XVI

Á las once de la mañana, Alberto estaba en pie y apercibido á emprender la vuelta á Cenciella. Antes de marcharse, escribió á Fina un lacónico billete:

«Señorita Josefina Tramontana.

Fina: mi conciencia me exige renunciar á ti. Soy indigno de tu amor. Procura olvidarme. No intentes saber la causa de mi determinación. Te basta saber, de mi boca, que no te merezco. Adiós: quizá no volveremos á vernos nunca. Temo causarte dolor; ¡perdóname! Si no tuviera ahora la entereza de romper nuestras relaciones, tal vez te acarrease mayores amarguras andando el tiempo, y acaso llegaras á despreciarme. Sírvate esto de consuelo, ¡pobre consuelo, en verdad!

Adiós. Te quiero más que nunca. Te querré siempre ¡la más admirable y pura de las mujeres!

Alberto.»

Plegó cuidadosamente el billete, lo cerró y se lo entregó á Manuela, con orden de que aquella misma tarde lo enviaran á casa de don Medardo.

Llegó á Cenciella á las cinco de la tarde. Dió la vuelta á las afueras del pueblo y penetró en su finca entrando por la casa del casero.

Así que descabalgó, Manolo acudió á él con el rostro alterado y grandes señales de aturdimiento:

—¿Usted no sabe lo que pasa, señorito?

—Tú me lo dirás.

—Pues... Pero, si no puede ser... Aquí hay una confusión. Ea, que no puede ser... Pero ¡qué susto nos llevamos! Que le diga Rufa, la vieja, y Celedonio... Por supuesto, en el pueblo no se habla de otra cosa. Parece que no quieren muy bien al señorito.

En aquel momento llegaron Sultán, rebrincando y ladrando, y Azor, corriendo á su modo sobre las tres patas útiles.

—En resumen, Manolo —inquirió Alberto, aun cuando ya presumía de lo que se trataba.

—En resumen, que estuvo aquí la justicia reclamándole á usted. Decían ¡qué sé yo! Si el señorito quiere que le cuente...

—No me hace falta.

—Entonces el señorito sabrá lo que ha de hacer...

—Naturalmente que lo sé. ¿Ha ocurrido alguna otra cosa de particular?

—Nada.

—Puedes retirarte.

Oíase de la parte del pueblo un gran vocerío de muchedumbre.

—¿Oyes, Manolo?

—Sí, señorito; es en la plaza.

—Supongo que tratarán de lincharme...

Manolo sonrió estúpidamente.

—Creo que sí.

—¿Crees que sí? ¿Y estás tan fresco?

—No me he explicado bien... Quiero decir que... ¿Cómo era? —no conocía el verbo linchar, y estaba confuso.

Alberto, que comprendió sus apuros, lo despidió, reprimiendo la risa:

—Puedes retirarte.

Apenas había quedado solo cuando surgió Rufa, temblequeante y llorosa:

—¡Ay, señoritín de mío vida! ¿Ello qué ye? Mal diaño, mal diaño —y se santiguaba, repetidas veces.

—¡Es mucho moler! —rezongó Alberto, dando una patada en el suelo—. Hágame el favor de tranquilizarse, Rufa, y de no hacer más pamplinas, que estoy ya hasta la coronilla.

Rufa sorbió sus lágrimas y miró los ojos de Alberto, como investigando si eran sanguinarios y criminosos.

—¡Ay, qué gente condergada de Dios! Malhaya pa ellos. Y decíen... Con esos gueyinos azules de angelín —suspiró en elogio de los ojos de Alberto.

—Bien, bien, Rufa. Se acabó y no haga caso de cuentos —se acariciaba la cabeza, envuelta en un inmenso pañuelo de áspero hilo crudo—. ¿Qué ruido es ese que viene de la plaza?

—Pues esa sí que ye buena. ¡Hay títeres esta noche! Está el pueblo en rivolución. Esta mañana salieron los comediantes pel les calles. ¡Cuánta majencia! Y ¡qué modo de soplar en el trompón! atruenaben. Ya ve, señorito, que yo todes les noches á la nueve estoy ya en el xergón: pues hoy pienso dir á ver los títeres. Non quiero morime sin este gusto. Dicen que ye una preciosura.

—Yo también iré y le pagaré á usté la entrada, Rufa, si hay entradas. Quizá, al final, pasen un guante.

—Yo qué sé de eso, señoritín. Diz que un guante; en mi vida oí eso de pasar un guante como no sea pa los doraos. Eso, ustedes que anden pel mundo.

—Hasta luego. Que me suban un vaso de leche. Voy á dormir hasta la hora de los títeres.

Tumbóse en la cama vestido como estaba. Dió vueltas y más vueltas, sin conciliar el sueño. Se le había ocurrido un proyecto inmediato, y á él se aferraba con tanto ahinco é ilusión, que le produjo desequilibrio físico. Las sienes le latían sordamente sobre la almohada y los nervios le daban sacudidas. El cansancio le rindió á la postre. Despertáronlo los alaridos de un cornetín. Comenzaba la función de títeres.

Alberto saltó de la cama y descendió apresurado las escaleras. En el portal tropezó con Rufa, que iba ataviada con sus prendas más ricas; mitones, un mantón que parecía manteleta, mantilla, un abanico con un gato de tamaño natural sobre fondo verde que le había regalado Alberto, y un grueso libro de misa.

—¿Qué es eso, Rufa? —preguntó Alberto señalando el devocionario.

Rufa permaneció perpleja unos minutos. Dióse luego en la frente con el gato, y dijo:

—Estoy toña. Ye la edad. Como nunca me pongo estes gales más que pa dir á misa... ¡Señor, señor, qué cabeza! Pues nada, que iba tan riscantimplada con el libro de misa. ¿Usté ve? Y á lo mejor ye pecao.

Alberto la dió dos pesetas por si la entrada fuese de pago, y salió á escape.

En la plaza pública había un barracón circular, cubierto de lona. Los cencielleses hormigueaban en derredor del improvisado circo. De vez en vez sobresalía del mosconeo general un llanto de niño.

Á la entrada, debajo de seis grandes candiles de aceite, estaba una muchacha huesuda y de avinagrado rostro, vestida de mallas. Á su lado un hombre cincuentón, arrebolado de nariz y mejillas, panzudo. Vestía de frac, cuyos faldones, á causa de las grandes asentaderas del individuo, se entreabrían y levantaban como las alas del grillo puesto á estridular. Alberto pidió una localidad de primera fila. Un jovenzuelo, con un gabancillo pelado y cochambroso, á través del cual se descubría el traje de acróbata, y las mejillas untadas de bermellón, condujo á Alberto hasta su localidad. Hubo de sentarse sobre un tablón, no desbastado y sin respaldar; ante él una maroma que, suspendida de trecho en trecho por medio de estacas, trazaba el círculo quebrado de la pista, espolvoreada de aserrín. Apenas se había sentado, diéronle unos golpecitos en la espalda. Era un rapaz del pueblo.

—Señorito; ahí fuera le llaman.

—¿Quién?

—El Morciello. Dice que salga aína, que le ha de hablar.

El Morciello era el juez de Cenciella. Salió Alberto sin disimular su contrariedad. Conjeturaba el objeto de la conversación. El niño guió á Alberto, señalándole el lugar en donde el Morciello aguardaba. Puesta la mano sobre la boca, el juez tosía con tos breve y hueca de tuberculoso. Llevaba un gabán claro echado sobre los hombros á modo de esclavina; debajo de sus pómulos se abrían fosos profundos, y sus ojos estaban bañados de un humor denso y brillante. Aprovechándose de la tos del juez, Alberto se adelantó á hablar:

—Ya sé para qué me llama usted. Pues bien, yo le digo que parece mentira que esa majadería tan sin pies ni cabeza se prolongue tanto tiempo. Así, me creo excusado de añadir una palabra más, y vuelvo á mi sitio.

—Un momento, le suplico. No puedo meterme en si se trata de una majadería ó no. Basta que usted me lo diga. El asunto concretamente es que he recibido un exhorto del Juzgado de Pilares y debo detenerle á usted, á lo cual no estoy dispuesto porque no olvido los favores que debo á su difunto padre, comenzando por el juzgado, que, gracias á él, me concedieron... Supongo que se trata de una locura de jóvenes y que se arreglará sin pasar á mayores. Por eso he determinado hacer la vista gorda. Pero comprenderá usted que no puedo entrar en el circo, tenerle á usted cerca de mí toda la noche, y mañana asegurar que no he dado con usted. La responsabilidad... Retírese á su casa, márchese mañana de Cenciella y todo se arreglará.

—Usted perdone que no le dé gusto; pero hoy estoy particularmente determinado en hacer mi capricho. Buenas noches.

—Entonces me obligará usted á privarme de ver la función.

—Haga usted lo que le plazca. Buenas noches —giró secamente sobre sus talones y se apartó del Morciello.

Durante toda la noche, Alberto se mantuvo con los codos apoyados en las rodillas, y la mandíbula inferior hundida entre las manos, siguiendo con porfiada fijeza los ejercicios de los titiriteros. Entretanto, su espíritu se conservaba en ebullición continua. La viuda de Ciorretti, no lejos de él, le miraba á hurtadillas, suponiéndole presa de remordimientos atroces, y, movida de compasiva ternura, meditaba la manera de atraerlo en terminando la función, y hacer por endulzarle la sombría soledad de la noche.

Marchaba ya la gente, celebrando la destreza y gracejo de saltimbanquis y payasos. Alberto aguardó inmóvil, la barba metida tozudamente en el ángulo que hacían las dos manos. La viuda de Ciorretti hubo de renunciar á su obra de misericordia. Alejóse el hervor del público. Alberto levantó la cabeza y miró á todos lados; estaba solo. Saltó, por encima de la maroma, y, atravesando la pista, fuese al lugar adonde se habían acogido los titiriteros. Batió palmas. Salió el Pichichi, uno de los clowns, eliminando el albayalde con que se había embadurnado, merced á las virtudes corrosivas de una arpillera.

—¿Qué se le ocurría?

—¿El Director?

—Está mudándose de ropa.

—Deseo hablar con él.

—¿No lo puede usted dejar para mejor ocasión?

—No.

—¿Y si él no pudiera hoy hablar con usted?

—Podrá.

—¿Es usted un carabinero?

—Basta de payasadas, amigo, que ha terminado el espectáculo —y le tendió una moneda de cinco pesetas.

—¡Oh! Egsto egstar un aggumento podegoso —dijo, remedando la macarrónica prosodia francesa que afectaba en sus farsas. Hizo una reverencia bufa y desapareció.

—Pase usted —se oyó desde la oscuridad.

Alberto se adelantó, tanteando con los pies. Había una tienda de lona, cerrada, y en la raíz líneas de luz, lindando con la hierba; una masa negra, rectangular, al fondo, sobre la cual se abría un cuadro de resplandor débil, cernido por una cortina de tela verde. Levantóse la cortina y se recortó en lo claro el perfil del hombre cuyos faldones se enhiestaban sobre las posaderas. Ahora estaba en mangas de camisa.

—Subir usted á la caravana. Tener cuidado, cuatro escalones —hablaba con los dientes apretados y la lengua proyectada sobre la bóveda palatina, imitando el acento inglés convencional de las obras cómicas.

Alberto se dió cuenta al punto de que el individuo que le recibía era un sajón nacido en solar ibérico, quizás en tierras de Pontevedra ó Lugo.

One, two, three, four —dijo, según subía los escalones. Y en estando arriba—. Oh, thanks, many thanks. I am so glad to meet you. You are Mister Levitón I suppose? are you not?

Mister Levitón quedó corrido y fulminado de afasia repentina. Alberto hallaba muy amena la situación, y se dispuso á prolongarla. Examinó el lugar de la acción. Estaba dentro de la carreta de los saltimbanquis. Veíase la armadura interior del vehículo, de maderas ensambladas, como un vagón de ferrocarril. De la techumbre pendía una lámpara de aceite. Había dos ventanillas á los lados y prendas de vestir, mugrientas y mal olientes, colgadas de los tabiques. Frontera á la puertuca de entrada, corría una cortina, de color ecléctico y remiendos profusos, detrás de la cual se adivinaba algo á manera de alcoba y se oía rebullir de gente. Del lado de acá de la cortina, además de Alberto y de Mister Levitón, que así se anunciaba sobre el frontis del circo, estaba una mujer, sentada sobre un tamboril estrecho y alto, semejante á una columna. Arrebujábase en astroso mantón, mostrando los vuelos inferiores de un tonelete amarillo y las piernas, de papandujos molledos. Su cara era excesivamente marsupial; bolsas debajo de los ojos, bolsas en las comisuras de los labios, bolsas en las mejillas, bolsas en las mandíbulas, bolsas en la barba, y bolsas en sus tres papadas: amén de otras bolsas que no hay para qué mencionar. La carne la caía á pedazos. Se comprendía que había sido obesa en increíble medida y que un morbo tenaz y diligente la iba consumiendo. Su mirar era alelado y doloroso.

Alberto preguntó en inglés á Mister Levitón si aquella dama era su esposa. Mister Levitón permanecía herido de mudez. Continuó hablando Alberto, siempre en el dulce idioma de Shakespeare; la risa le retozaba en el cuerpo.

La mujer dijo, con voz cansada que dejaba traslucir un sentimiento de rencor.

—Te está bien empleado, por acémila, Víctor —y elevando los ojos hacia Alberto—. Es de Calahorra, calagurritano. Si usted habla español, diga lo que se le ocurra, caballero. Y perdónele, que no sabe lo que hace.

—¿Pues no he de saber castellano? Usted es quien debe perdonarme la broma, Víctor. ¿No ha dicho Víctor la señora? Quiero que seamos buenos amigos.

—Es que... la costumbre de hablar así ante el público... —balbució Víctor. Miró por encima del hombro á su mujer, y refunfuñó cruelmente—. Tú también ya podías meterte la lengua donde te cupiera, y no decir mamarrachadas. Tanto suspirar... Muérete de una vez.

—Ya te encargarás tú de matarme. ¡Ay! —y se estremeció dentro del mantón.

—Papá... mamá... —suplicó una voz femenina y joven, detrás de la cortina.

—Tengamos paz —aconsejó Alberto, riéndose—. Vuelvo á repetirles que quiero que seamos muy buenos amigos.

Y á continuación les explicó sus propósitos. Pretendía formar parte de la compañía, y seguir con ella, mundo adelante. Víctor y Ramona le escudriñaban de pies á cabeza, sin determinarse á responder. Rosita asomó la nariz y los ojos por un desgarrón de la cortina. En el silencio, se oía á un caballo que arrancaba acompasadamente la hierba de la tierra. Víctor se atrevió á preguntar.

—¿Qué cosas sabe usted hacer?

—Haré payasadas.

—¿Y sueldo?

—De eso no hay que hablar.

—Es que nuestra vida es muy dura...

Ramona suspiró.

—Ya la haremos blanda. Elevaremos nuestro circo á la altura de los mejores.

Víctor, oyendo á Alberto decir nuestro, experimentó una sacudida de los nervios.

—Ha dicho usted que... ¿nuestro?

—Sí, yo seré el empresario; un empresario que renuncia desde luego á todos los beneficios. Por lo pronto, están á su disposición diez mil pesetas. ¿Hace?

—¡Piñones! —murmuró Ramona.

Rosita extendió con la nariz el desgarrón de la cortina.

—¿Pues no ha de hacer? Venga esa mano.

—¿Cuándo partimos?

—Mañana á eso de las ocho de la mañana.

—Pues voy á recoger mi ropa. En media hora estoy de vuelta. ¿Puedo dormir aquí?

—En el carretón, no. Dormirá usted en la tienda, con mi hijo, con Fernando y con los otros. Algo recio, para usted...

—¡Quiá! Entretanto ahí van cinco duros para que preparen un refresco á mi salud. ¡Ah! Traeré conmigo un perro que estoy amaestrando.

—De pistón de mico —afirmó Víctor, quizás algo misteriosamente.

De vuelta en su casa conferenció con Manolo y le preguntó si quería seguir sirviéndole y vagamundear á la ventura. Manolo mostrábase remiso en contestar, de donde Alberto dedujo que no lo deseaba ni se atrevía á negarse, por temor de enojar al señorito.

—Bueno, pues te quedas, que á nada te obligo. Pero, yo no sé cuándo volveré.

—Es el caso, señorito, que yo va para tiempo que ando cavila que te cavilarás... —y se arrascaba el occipucio—. Porque... quiero casarme.

—Arrea.

—Tengo novia formal. Es Teresuca, la criada de los de Oliva.

—Sí, la conozco. Muy guapa y que sea enhorabuena.

—Pero es el caso que como soy tan pobre. Si usted me ayudase...

—Qué piensas hacer después de casado...

—¿Que qué pienso hacer? Ju, ju.

—¿Á qué te piensas dedicar?

—Ahí le duele. Yo quisiera venir á vivir en Cenciella, y poner un negocio de embutidos. Algo prosaico es, ¿verdad, señorito?

—Anda, anda... ¿También tú te preocupas de lo prosaico y lo poético?

Manolo sonrió cazurramente.

—He leído muchos libros del señorito, cuando ya había terminado mis obligaciones.

—En suma, ¿qué necesitas?

—Yo creo que con unas ocho ó diez mil pesetas...

Alberto se sentó á escribir.

—Mientras escribo, prepárame una maleta con alguna ropa interior.

Escribió á Telesforo ordenándole que entregara diez mil pesetas al ayuda de cámara, y colocara urgentemente otras diez mil en Meredo, un pueblo próximo á Cenciella, en una casa de comercio conocida, de donde Alberto pudiera recogerlas.

—Toma, Manolo. Mañana vas á Pilares, y allí, en la banca de don Celso Robles, preguntas por el señor Hurtado. Te entregarán diez mil pesetas.

—¡Ah, señorito! Cómo le agradeceré —lloriqueaba y besaba las manos á su dueño.

—Ea, basta. No seas niño —repuso Alberto enternecido.

—¿Quiere que le haga un recibo?

—No hace falta. Eres bueno y trabajador; irás arriba en tus empresas. Cuando te sea fácil me devuelves nueve mil quinientas. Las otras quinientas son mi regalo de boda. Dónde está Azor. ¡Azor! ¡Azor! —apareció al punto el cojo—. Vamos, hijo mío, á correr mundo. Dame la maleta, Manolo.

—Yo se la llevaré.

—Que no. Yo la llevo. Adiós, Manolo; que tengas suerte. ¡Ah! Y que nadie entienda adónde ni á qué me he ido.

Manolo, entre suspirar y contemplar apasionadamente la carta que Alberto le había entregado, no atinó á decir palabra.