LA CIUDAD ALEGRE Y CONFIADA

CASO SEA ILUSIÓN de perspectiva; pero a mí se me figura que hace veinte años había en España unidad de ideas y de sentimientos, cuando menos en lo atañedero al Arte. Sobre poco más o menos, todos estaban conformes acerca de lo que era un buen cuadro, una buena poesía, una buena comedia. De entonces acá la conciencia y sensibilidad públicas han cambiado mucho. No es que todo se haya vuelto del revés. Es que se ha roto la unidad. Ya no hay un criterio general. Hace años, Los Condenados fué considerado como un esperpento teatral. Hoy en día hay quien continúa opinando de la propia manera; pero no falta quien lo reputa como drama admirable, muy superior en belleza y habilidad artística a cuanto se ha producido en las últimas décadas, con excepción de otras obras hijas del mismo ingenio. Lo propio acontece en la poesía, en la pintura, en la escultura, en la política, en todo. Hay dos grupos de españoles. Un grupo para el cual no han pasado los últimos veinte años. Otro grupo que estima como malo lo que hace veinte años fué aceptado como excelente, y viceversa. Atravesamos una época de equilibrio inestable, de crisis, de polémica, de aparente confusionismo. Las realidades que nos rodean son tan pronto realidades en trance de caducar como realidades en sazón de crecimiento. Ante el hecho más simple nos detenemos con perplejidad, interrogando: ¿Es residuo? ¿O es posibilidad? ¿Es recuerdo? ¿Es esperanza? ¿Es basura, o es simiente?

En una ocasión, y al caer de la tarde, paseaba yo por el campo. Andaba ya el sol cercano al horizonte, cuando comenzó a asomar la luna. Llegó un momento en que el sol y la luna estuvieron frente a frente. Eran como dos globos enormes, de color de topacio, uno y otro de la misma dimensión. Los dos rasaban con la Tierra, allá en la última linde, como si sobre ella se apoyasen, en dos puntos cardinales opuestos. Fué una duplicidad crepuscular desconcertante. ¿Cuál era el Levante? ¿Cuál el Poniente? ¿Cuál era el orto? ¿Cuál el ocaso? Pasados unos segundos, un astro se hundía, el otro se alzaba.

En la vida de los pueblos acontece lo propio. Las edades que no son clásicas, de plenitud, de cenit, como no lo es la nuestra, son edades de renacimiento, o de decadencia, o de entrambas cosas a la vez. En la vida de los pueblos hay horas indecisas, de zozobra crepuscular, en que no se sabe de cierto si hay renacimiento o hay decadencia, de qué parte cae el saliente ni hacia dónde el occidente. Así el orto como el ocaso se nos aparecen con la majestad purpúrea de la apoteosis.

Yo no he presenciado éxito teatral como el obtenido ayer por don Jacinto Benavente con su nueva obra La ciudad alegre y confiada. Ya desde el prólogo principiaron los aplausos con vehemencia, con arrebato. La representación se interrumpió frecuentemente y el autor hubo de salir a escena infinitas veces requerido por el público entusiasmo. Durante los parlamentos se oía de continuo esta exclamación: «¡Qué bonito! ¡Qué bonito!» Al finalizar los actos resonaba reiteradamente este grito: «¡Viva el Genio! ¡Viva el Genio!» Fué una perfecta apoteosis.

De algún tiempo a esta parte, el señor Benavente va dando a sus ensayos teatrales un carácter cada vez menos dramático y más apostólico. El autor de comedias se ha ido convirtiendo poco a poco en propagandista de ideas, en conductor de muchedumbres. Ya no le basta con interesar, divertir y regocijar al público, sino que desea persuadirle, moverle a la acción. Me parece ésta una de las más nobles actividades, inexcusable en todo artista de elevada talla, como lo es el señor Benavente. Si en sus ensayos teatrales no siempre acompañó el éxito al señor Benavente, sin duda por deficiencia o incapacidad estética del público español, después que ha derivado su esfuerzo desde el arte puro hacia la conducción de muchedumbres a cada nueva producción el éxito se acrecienta, debido, sin duda, a la profundidad de su intelecto, el cual acierta a desentrañar los más intrincados problemas con tanta precisión y claridad que el público lo ve todo claro y se le rinde a seguida. En esto, el señor Benavente goza de mejor fortuna que cuantos propagandistas de ideas en el mundo han sido. Para ser propagandista de ideas se supone que las ideas están por propagar todavía, pues si lo estuvieran, huelga el propagandista. Verdad que, como dice un personaje de La ciudad alegre y confiada: «nada hay tan fácil como ser propagandista de ideas y conductor de muchedumbres. Basta con proclamar lo que se sabe que piensa el público». Receta que ya había formulado Quevedo, hace siglos, cuando aconsejaba: «si quieres que las mujeres te sigan, no tienes sino andar delante de ellas».

En mi entender, La ciudad alegre y confiada no debe ser juzgada conforme a cánones de arte dramático. Si no me equivoco, el autor no ha querido hacer una obra dramática, sino más bien una obra política, una obra patriótica. Los elementos esenciales de toda obra dramática son: realidad, caracteres, acción y pasión. En cuanto a la realidad, el autor ha renunciado voluntariamente a ella. Es una obra de símbolos y de conceptos, comenzando por el título, tomado de un versículo de la Biblia, y que muchos espectadores creyeron que aludía a Jerusalén, pero luego, visto que se menciona a Lot, el Justo, y que la ciudad concluye abrasada por el fuego, se vió que el autor quería significar a Sodoma. En cuanto a los caracteres, el señor Benavente no se ha detenido, por esta vez, en crearlos, y se ha limitado a trazar la parodia de algunos tipos sociales españoles, enmascarándolos con los atavíos de los personajes de la llamada Commedia de arte italiana. La acción teatral no era menester con tales propósitos y elementos. La pasión hubiera sido también un estorbo, porque la pasión no consiente discurrir con serenidad, y en La Ciudad alegre y confiada se trata de discurrir con serenidad.

La obra, en síntesis, se reduce a una ciudad mal gobernada, que a la postre padece la afrenta de ser vencida en guerra injusta y arbitrariamente provocada, de donde viene la anarquía y la conflagración interior. La culpa de este desgobierno, que a tan bochornosos extremos conduce, no les incumbe sólo a los gobernantes ineptos y galopines, sino que la responsabilidad les toca señaladamente a cierta calaña de escritores jóvenes, procaces y envidiosos, que en aquella ciudad había, los cuales no se mordían la lengua para proclamar a todos los vientos que todo por allí andaba manga por hombro y era desbarato, improvisación y fingimiento, fomentando, de esta suerte, los más traicioneros y vituperables sentimientos antipatrióticos. Otro tanto de responsabilidad, no menos grave que la de los insolentes y traidores escritorzuelos, el autor se la adscribe a los prestamistas. A unos y otros les trata el señor Benavente con saña, tan poco disimulada, que no parece sino que le mueve algún resentimiento personal o espíritu vindicativo. En una obra dramática, quizás este procedimiento no se pueda aceptar como de buena ley. En una obra política, acusa sutileza y malignidad polémicas, sabroso y picante condimento de la oratoria de este linaje.

En medio de tanta corrupción, egoísmo y desenfreno como imperan en La ciudad alegre y confiada, entre tanto fantoche flexible y servil, con semejanza de hombres (son palabras del autor), descuella una arrogante y honrada virilidad. Este hombre único, que hubiera salvado seguramente la ciudad, de haber llegado a tiempo del destierro en que le mantenían los pícaros metidos a gobernantes, no lleva en la obra otra denominación que el Desterrado. El Desterrado, bravo enunciador de verdades, por amargas que sean, declara que en La ciudad alegre y confiada la única persona que cumple con su deber es una bailarina que va muy elegante y tiene por remoquete Girasol, Giraflor o Miraflor; valentísima declaración, que no hubiera osado hacer ninguno de los jóvenes y lenguaraces escritores.

En un motín callejero sucede que al Desterrado le matan un hijo. El Desterrado arrebata, de manos de los alborotadores, la bandera patria, y encarándose con el que los capitanea y guía, le pregunta, con entonación sibilina: «¿Sabes en dónde voy a clavar esta bandera?» El otro no atina así, al pronto, a presumirlo. El Desterrado añade: «En el corazón de mi hijo.» Y así lo verifica. En este punto, surge uno de los prestamistas sollozando: «¡Mi dinero! ¡Mi dinero!» Es el señor Pantalón. El Desterrado desclava la bandera de donde estaba clavada y le tapa con ella la boca al prestamista, corrigiendo: «¡Patria! ¡Patria!»

Las cualidades literarias de esta nueva producción benaventina están por encima de toda ponderación. ¡Qué abundancia de verbo! ¡Qué elegancia de giro! ¡Qué riqueza de metáfora! ¡Qué agudeza finísima! Don Jacinto Benavente se halla en la colmada madurez de su talento retórico.

En suma: la obra no admite discusión dramáticamente, porque el autor no la ha emplazado en este terreno. No admite discusión retóricamente, porque sus primores son harto palmarios para que nadie los ponga en

duda. Políticamente será muy discutida.
En lo escrito precedentemente no
se ha procurado adelantar un
juicio, sino insinuar un
parecer.

RAÍZ DEL PRIMER ESTRENO de La ciudad alegre y confiada...

Y ya, sin pasar de aquí, es fuerza que me detenga en una divagación explicativa, que de seguro el lector me está exigiendo tácitamente.

«¿Cómo primer estreno?»—pienso que me dice el lector—. «Pero ¿es que cabe más de un estreno? Lo que usted quiere dar a entender será estreno a secas.»

Pues, no, señor. Si hubiera querido dar a entender estreno mondo y lirondo, así lo hubiera dicho. Y cuando he dicho primer estreno, por algo es. ¿Que si cabe, por caso, más de un estreno? Pregúntenselo a la honrada madre Celestina, tan experimentada en ese linaje de prodigios. Cómo se verifica el milagro, no sabríamos decirlo. Ello es que hay cosas que parecen haber nacido ya viejas, envejecidas y estrenadas allá en un antaño remoto, y que, sin embargo, y a lo que se murmura, con renovada virtud constantemente se ofrecen como estrenos. Esta verdad, obtenida por la experiencia, es aplicable lo mismo a las cosas que a las ideas y a las personas. Por ejemplo, un político en España es una persona sin cesar inédita. Jamás se gasta, jamás se usa, jamás fracasa, jamás se le arrumba; antes por el contrario, siempre se mantiene flamante, aun cuando alcance la longevidad de un patriarca bíblico o de un mamut, siempre está en vísperas de estrenarse, siempre aguardamos que haga algo. En cuanto a las ideas, acontece lo propio. Ideas rancias y manidas, más que la momia de Sesostris, vemos que no falta quien nos la quiere hacer pasar por ideas mozas, fecundas y pudorosas en su inmaculada doncellez. Y basta de divagación.

Don Jacinto Benavente, escritor ilustre y popular, de industrioso y habilísimo ingenio, ha acertado a introducir en el mundo teatral la costumbre de estrenar las obras varias veces seguidas. La ciudad alegre y confiada se estrenó por lo menos tres veces en pocos días. La primera vez, por la tarde. La segunda, por la noche. La tercera, interpretando el propio autor el personaje culminante de la obra, por cierto con facultades histriónicas nada comunes. En los tres estrenos, obra y autor obtuvieron sendos éxitos ruidosos.

A raíz del primer estreno, los espectadores echaron de ver que la obra carecía de novedad. Esta carencia de novedad se fué acusando, claro está, en los estrenos sucesivos. Pero, en esta vejez ingénita, que se dijera cumplimiento de la profecía de Hesiodo: «llegará un tiempo en que los hombres serán ya viejos dentro del vientre de su madre»; repito que en esta vejez ingénita radica precisamente el mérito de la obra, y no es paradoja. Aquí es obligada otra divagación explicativa.

Todos se muestran conformes en que la obra dramática, ha pocos días requeteestrenada, como tal obra dramática es sobremanera deficiente. Igualmente, todos se hallan de conformidad en considerar que el señor Benavente no se había propuesto ofrecer al público un dechado de comedia, antes bien, dejando de lado vanidosas ínfulas estéticas y artísticas, atento a sus deberes de buen español, quiso despertar en nuestro pueblo, de suyo harto distraído e indiferente, el sentimiento del patriotismo.

Ahora bien: en cuantas ocasiones se hable de patriotismo, inevitablemente se evocan las mismas ideas, se sugieren las mismas emociones y se pronuncian las mismas palabras. El sentimiento patriótico es connatural al hombre, por cuanto su historia es tan antigua como la historia humana. De aquí la falta de novedad en la obra del señor Benavente, y de aquí precisamente su mérito. Tanto vale como decir que el señor Benavente ha elegido para su obra un tema eterno. ¡Y qué tema! El patriotismo es el sentimiento que con más fuerza mueve el corazón y la voluntad del hombre. Es más fuerte que el amor humano, puesto que por él se deja la madre, la novia, la mujer, los hijos. Es más fuerte que el amor divino, puesto que por él el religioso quebranta su regla, y, habiendo ordenado el Divino Maestro «no matarás», no obstante esto, el religioso, convertido en soldado, mata, y mata creyendo cumplir su deber y ser grato a su Dios. Es, en suma, más fuerte que la misma muerte, ya que por él se da la vida, más que de buen grado, con fervor. Así es el patriotismo, en su grado supremo de exaltación, una especie de locura sagrada. Pues si es así, piénsese cuán peligroso, temerario y criminal será provocar con ligereza y por fatuidad o vanagloria esta santa locura, enderezándola hacia un mal fin o simplemente sin propósito ninguno. Y ya que no un caso de conciencia, parece de buen sentido que del patriotismo exaltado hasta este grado supremo no debe hacerse uso sino en circunstancias supremas.

En circunstancias normales el sentimiento del patriotismo se manifiesta con locuciones normales. Y así es lógico que se manifieste, so pena de incurrir en ficciones lucrativas. Así como todos los modos de sentimiento amoroso de hombre a mujer se reducen a dos tipos, el tipo Werther y el tipo Don Juan, el hombre que está dominado por el sentimiento y el hombre que es dueño de su sentimiento, así también el sentimiento normal del patriotismo se presenta en la vida nacional por dos estilos: el optimista o alardoso y el pesimista o voluntarioso. El credo del primero es: el deber patriótico nos exige, sin ningún género de disculpa, creer y proclamar que nuestro pueblo es el pueblo más grande de la tierra. El credo del segundo es, en cierto modo, más modesto y en cierto modo más orgulloso: el deber patriótico nos exige hacer de nuestro pueblo un pueblo tan grande como otro cualquiera, en lo cual va implícito que todavía no lo es. En opinión de primero, nuestros antepasados lo han hecho todo para nosotros. En opinión del segundo, tenemos que hacerlo todo por nosotros mismos y lo que se pueda para nuestros descendientes. La gran herejía patriótica, según el primero, es la crítica. Según el segundo, la rutina. Para el primero, el gran pecado es la actividad renovadora. Para el segundo, la pereza tradicional.

Fracasada desde el primer estreno La ciudad alegre y confiada como obra literaria, éramos muchos los que fiábamos, llenos de esperanza, en que gozase de larga vitalidad política. Nos prometíamos que apasionase y suscitase saludables polémicas; y la obra no interesa a nadie ya, ni literaria ni políticamente. Por varias razones. Helas aquí: La obra encierra una contradicción radical. Aparentemente cae dentro del segundo estilo de patriotismo a que aludimos con anterioridad; el patriotismo crítico y negativo. El señor Benavente no saca en su obra sino ciertos pormenores de cosas y personas que él, individualmente, halla muy enojosos y nocivos para el bien común. Pero el verdadero patriotismo crítico no se conforma con señalar el mal, y hasta piensa que hay el peligro de la mala fe en señalarlo sin razonarlo y acompañarlo del remedio. En cambio, el señor Benavente, tan penetrativo para denunciar el mal, se vuelve asaz romo a la hora de aconsejar el remedio. Por otra parte, el patriotismo crítico es una forma normal que no admite la caprichosa, inoportuna y profanadora aplicación del supremo patriotismo con ocasiones de poco momento. Y en la obra del señor Benavente se da la promiscuidad (tal es la contradicción radical más arriba indicada) de un patriotismo crítico normal y de un patriotismo exaltado sin motivo suficiente. Viene a ser algo así como entonar la marcha real y ponerse en pie cuando la doméstica entra en el comedor con la fuente de cocido, el plato nacional. Consecuentemente, los que aprueban el patriotismo crítico sospechan que, si bien la obra pretende estar inspirada en este linaje de patriotismo, debe de haber algo de insinceridad o de atolondramiento en la pretensión; y los indicios que conducen a esta sospecha son la ausencia de soluciones concretas y prácticas, y la explosión intempestiva y falsa del patriotismo retórico. Y no les queda otro recurso que volver la espalda con desdén. Por otra parte, los que comulgan en la necesidad frecuente del patriotismo exaltado, venga o no a cuento, en el fuero interno han de condenar necesariamente las tentativas, aunque tímidas, de patriotismo crítico que en la obra asoman aquí y acullá. Las condenan, aunque no lo declaren y se contenten, en tales casos, con no aplaudir y torcer el gesto. En definitiva, lo que le sucedió al señor Benavente es como si un hombre que se ha vestido aceleradamente se da cuenta, ya en la calle, que se ha puesto mal las botas, la del pie izquierdo en el derecho, y viceversa. Con las botas trocadas, no se pueden andar muchos

pasos. Con los públicos y los conceptos
trocados, una obra teatral
no puede durar muchos
días.