III
Para cualquier observador superficial la casuca de Celorio, en donde moraban Rosina, Verónica, Teófilo y Guzmán, era la casa del presente; esto es, la casa de la dicha, ya que es opinión casi unánimemente recibida que la felicidad no es fantasma de esperanza o recuerdo, afán de lo porvenir o fruición de lo fenecido, sino goce del instante actual, en cierta manera eterno, porque en él se absorben las nociones de pasado y futuro; en suma, el carpe diem horaciano. Los cuatro moradores de la casuca se ingeniaban como podían en extraer a los días sucesivos la mayor cantidad posible de sustancia de presente. Verónica y Guzmán, por la virtud de cierto matiz de su carácter, que pudiera denominarse clásico, vivían casi siempre y sin esfuerzo abandonados al presente; carecían de ambiciones y, por lo tanto, sus deseos, más que deseos, eran tendencias o mansas energías enderezadas a un fin y reforzadas por un sentimiento latente a modo de sorda certidumbre de que habían de realizarse. Por el contrario, para Rosina y Teófilo la concentración en el presente era propósito de la voluntad, ceguera preconcebida y miedo del mañana misterioso. Aquéllos no temían perder nada; estos sufrían la zozobra de perderlo todo, o, por mejor decir, en el hondón más íntimo del espíritu mantenían amordazada la conciencia de ser efímera y engañosa aquella felicidad que se hacían la ilusión de estar gozando. De ahí que en la alegría de Rosina y Teófilo hubiera en todo punto algo de estridente y acre.
Pero lo cierto es que la casuca de Celorio estaba saturada de continuo de chácharas, risas y cánticos.
Teófilo había venido al pueblo con la determinación de aprovechar el verano para cargarse otro drama, como él decía. Pasaba el tiempo, sin embargo, y Teófilo no hacía nada. La sequedad de sus facultades creadoras y el torpor de su estro tan ágil y desenfadado en otro tiempo, eran alarmantes y le traían acongojado. Confiose a Alberto, rogándole que le proporcionase algún remedio.
—No sé cómo te arreglas —habló Teófilo—. Trabajas todos los días cinco o seis horas con regularidad, tú que siempre has sido tan vago. No veo que pongas especial ahinco, sino que parece que escribes por distraer el tiempo; pero tu obra cunde maravillosamente. Dime, ¿qué debo hacer yo?
—Yo qué sé, Teófilo. La mayor parte de las cosas en la vida son independientes del albedrío humano. Me pides consejos... Soy enemigo de las frases genéricas y vanas. ¿Qué quieres que te aconseje? Que te adoctrines en la simplicidad de la naturaleza... Que escuches el rumor de árboles y ondas hablándose entre sí, sin decirse retruécanos, como hacemos los hombres... Es todo lo que puedo decirte, y esto como ves, no tiene ningún valor. Aguarda. Si ahora te sientes incapaz para urdir un argumento o hilvanar cuatro versos, piensa que esa esterilidad es pasajera, y que a todos los artistas les ocurre lo propio a temporadas. Aguarda. En medio de todo no es raro que te sientas inútil para el arte, cuando el amor te tiene acaparado por completo.
—Así es. Acaparado por completo —repitió Teófilo, esbozando una sonrisa de candoroso orgullo—. Se cree vulgarmente que el amor estimula el ejercicio de las artes, y muy particularmente el de la poesía. Ahora veo que no. Al contrario, le anula a uno. Pero es un anulamiento tan placentero... ¿Que ahora no puedo escribir? No importa; aguardaré. Tienes razón. La vida es anterior y superior al arte. Yo ahora vivo.
—Sí; vivir es sentir la vida, es tener sensaciones fuertes, como dice Stendhal.
—Me gusta la cita. Se me figura como si toda mi vida anterior no hubiera sido sino preparación espiritual para sentir en toda su magnitud las sensaciones presentes. Tener sensaciones fuertes... eso es todo, sí, señor. Pero para resistir las sensaciones fuertes no vendría mal tener un cuerpo fuerte, robusto. ¿No crees que me estoy desmejorando bastante? —Teófilo pretendió en balde sonreir. Sus ojos traicionaban escondido anhelo.
—Un poco, es natural.
—No me preocupa. Una vez que se amortigüen un tanto estos primeros ímpetus, cuando volvamos a Madrid, cuyo clima me sienta muy bien, me repondré en muy pocos días.
A fines de agosto, cierta noche, a la hora de la cena, Guzmán dijo:
—Amigos míos; pongo en vuestro conocimiento, que he terminado mi novela.
—«Hurra», «bravo», «choquemos las copas», «tienes que leérnosla», y otras palabras de este tono, fueron las precipitadas respuestas de los tres amigos.
—Gracias, amado pueblo. Ahora os participo que mañana salgo para Madrid. No pongáis esa cara, que la cosa no es para tanto. Os abandono con dolor, pero no puedo quedarme. Quiero que la novela salga a fines de septiembre, y he de estar en Madrid en tanto se imprime. ¿Cuándo pensáis marchar vosotros?
—Yo, por mi gusto, me quedaría aquí toda mi vida, ¿verdad, Teófilo? —y contempló al poeta con mimosidad—. Por lo pronto, no tengo contratos hasta el mes de noviembre, de modo que podemos quedar aquí todo el mes de octubre. Y tú, no digas, si te da la gana te puedes quedar también. O, si es tan necesario que corrijas esas pruebas, puedes volver después de publicado el libro.
—No, porque precisamente en el mes de octubre se casa Amparito, la hija de Antonia. Aún no está señalado el día. Yo soy uno de los testigos. Antonia no me perdonaría que faltase.
—Pues hijo, te portas como hay Dios —dijo Verónica, desabridamente—. Tú vas a lo tuyo y a los demás que nos parta un rayo. Has concluido tu librito, pues, agur, y ahí queda eso. Eso es una cesta que pesa varios quintales. De órdago, hijo, para llevarla yo sola.
—Ven a Madrid conmigo.
—Estoy por marcharme también.
—Eso será si te dejo yo. Pues no faltaba más —habló Rosina—. Seremos muy formalitos y no te molestaremos lo más mínimo, ¿eh, Teófilo? Y tú —dirigiéndose a Alberto—, sinvergonzón, no sabes lo que te pierdes, porque ahora saldremos todas las tardes en lancha a pescar panchos, y en cuanto entren las mareas vivas nos vamos a dar cada atracón de percebes...
—¡Quédate! —rogó Teófilo con gran amargura en la voz.
—No me es posible.
Al día siguiente, en el momento de despedirse, Teófilo dijo confidencialmente a Alberto:
—Mientras has estado aquí apenas si me daba cuenta de tu compañía. Ahora que te vas, tengo no sé qué tristes presentimientos. Miedo, sí, miedo.
—¿De qué o a qué?
—No lo sé yo mismo.