V

A los dos días de casarse Amparito recibiose un telegrama en casa de Antonia. Era de Verónica. Decía así: «Tren correo llegamos Teófilo y yo. Teófilo mal.»

Travesedo y Guzmán descendieron a la estación a esperar a los viajeros.

Al detenerse el tren, Verónica asomó por una ventanilla e hizo señas a Travesedo y Guzmán. Venía desencajada, descolorida, como después de haber pasado una mala noche. No bien se acercaron los dos amigos, Verónica, sin saludar, dijo impaciente:

—Suban a ayudarme. No se puede mover. Está muy malito.

Teófilo estaba tendido a lo largo de un diván. Su lividez era tanta que semejaba transparecer una amarilla luz interna, la cual, al asomar en el negro vidrio de los ojos, emitía angustiados reflejos.

—¡Me muero, me muero, me muero! —sollozó Teófilo. Cortole la palabra un acceso de tos.

—Sí, está muy malito. Pero no tanto. Es un cobardón. Parece mentira... —y se volvió a mirar a Teófilo, con sonrisa reconfortante.

—Me muero. Escupo sangre. Me muero en seguida. Avisad a mi madre.

—Quizás no sea nada grave. ¿No habéis visto a ningún médico en Celorio? —preguntó Travesedo.

—No ha querido él. Se empeñó en venir a Madrid a escape.

Con infinitos cuidados y no poca dificultad trasladaron a Teófilo a la casa de huéspedes. Se telegrafió a doña Juanita y Travesedo salió a buscar a un médico joven y talentoso, amigo suyo.

El médico, después de examinar, auscultar y percutir a Teófilo, en un aparte que tuvo con Travesedo y Guzmán, declaró:

—No sé lo que tiene. El cuadro sintomático es dudoso. Lo mismo puede ser pulmonía que fiebre tifoidea. A la tarde volveré, a ver si se han especificado los síntomas.

—En todo caso, la enfermedad es grave —sugirió Travesedo.

—Muy grave. Otra cosa. Es necesario mudar a Pajares de habitación. La que tiene carece de condiciones de capacidad y de ventilación.

Recorrieron las diferentes estancias de la casa, hasta la de Lolita, quien estaba aún en el lecho, con San Antonio, rodeado de flores, en la mesa de noche, prueba concluyente de que el santo miraba a Lolita con singular predilección por aquellos días.

El médico eligió la habitación de Lolita como la más amplia y a propósito para el caso. Lolita, abnegadamente, se la cedió al poeta, con todos los muebles y ropas.

Verónica se instaló en casa de Antonia; no quería apartarse del enfermo, y este, de su parte, no admitía otra enfermera que Verónica.

Alberto inquirió cerca de Verónica los orígenes del mal.

—Pues verás, hijo mío —explicó Verónica—. Hace cosa de ocho días, Rosina recibió una carta de Fernando, en la cual él le decía que iba de un momento a otro a Arenales. Ya sabes que Arenales es el pueblo de Rosina. Fernando creía que ella estaba pasando el verano allí. Si supieras el lío que se traía con eso de las cartas... para no descubrir el pastel. Bueno; con la última carta el cielo se le cayó encima. Vino a decírmelo a mí, con mucho misterio, y quería que yo, con cualquier pretexto, me trajera a Teófilo a Madrid. ¡Qué pretexto ni qué ocho cuartos! Pues va ella, y un día a la mesa, como un escopetazo, le dice a Teófilo que todo tiene que concluir, porque llegaba Fernando. El infeliz Teófilo se quedó talmente como un cadáver. ¡Daba compasión verlo! Tanto, que hasta esa perra se compadeció, y se fue a él haciéndole cucamonas e hipocresías, y «no te apures, bobín, que es para unos días», y aquello de «yo no quiero a nadie más que a ti», y lo de siempre. ¡Qué hiena sin entrañas! A todo esto Teófilo no dijo esta boca es mía; pálido, pálido como un muerto, y un aire tan orgulloso, tan noble... Al día siguiente se nos fue la pájara. En todo el día Teófilo no salió del cuarto. Yo no entré porque respetaba su tristeza, ¡a ver qué iba a hacer yo! Pero, ya por la noche, viendo que no daba señales de sí, le llamé desde la puerta. Él contestaba, pero eran cosas sin sentido. Tomé entonces un quinqué; entré en el cuarto... ¡Virgen de Guadalupe! Todas las almohadas llenas de sangre; Teófilo como un desenterrado, delirando y como si se ahogase. Le toqué la frente; era un horno. Cuando volvió en sus sentidos, lo primero que dijo fue: «Vámonos a Madrid, a escape.» Yo quise llamar al médico del pueblo; él se puso furioso; me entró miedo, y así nos vinimos a Madrid; yo, temiendo que se me muriese en el viaje, porque le entraban a veces unos ahogos que partía el alma verlo. Está muy malito, como veis; pero me da el corazón que cura.

A la tarde, el médico añadió una nueva y más fatídica presunción a su diagnóstico.

—Sospecho que se trata de un caso de granulia —dijo.

—¿Qué es granulia? ¿Alguna erupción? —inquirió Travesedo.

—Tuberculosis virulenta, fulminante. Una antigua tuberculosis latente que de pronto se agudiza, estalla y se propaga a toda la sangre. ¿Ustedes recuerdan si solía toser o tener fiebres frecuentes?

—Él siempre tuvo la aprensión de estar tísico —habló Guzmán.

—Si fuera granulia, como presumo —continuó el médico—, conviene que ustedes se precavan del contagio.

—Y si fuera granulia —preguntó Travesedo—, ¿el caso es desesperado?

—Desesperado. Cosa de diez, quince, veinte días. Pajares se encuentra muy débil.

—¿Sin remedio?

—Sin remedio.

A la mañana siguiente, muy temprano, el médico vino nuevamente, y sentenció que la enfermedad era granulia y que no había salvación.

—¿No será lo mejor llevarlo a El Pardo? —consultó Travesedo.

—¿Para qué? —interrogó a su vez, con amargura, el médico—. Por el contrario, no debe moverse. Que esté en cama o en una butaca, como más a gusto se encuentre; pero que no se mueva. Repito que anden con cuidado con el contagio.

Aquí dio prolijas instrucciones acerca del modo de defenderse del contagio. Concluyó:

—Por supuesto, después de terminado todo, que por desgracia terminará antes de lo que se piensa, es preciso destruir los muebles, ropas, etc. que han estado en contacto con el enfermo y desinfectar la habitación. Es una tuberculosis virulentísima.

Cuando Lolita supo que su ajuar estaba condenado fatalmente a la destrucción, exclamó con ánimo heroico:

—¡Anda y que se lo lleve er mengue! Eso y too lo que tengo daría yo porque er probesiyo tuviera salú. Y eso que no le debo ninguna finesa, porque cuidao que era eriso pa tratá a la gente. ¡Dios lo perdone!

Aquella misma mañana llegó doña Juanita. Todos temían que el encuentro entre madre e hijo trajera consigo escenas lamentables y la subsiguiente agravación de la enfermedad. Estaba Teófilo sentado en una butaca, detrás de los vidrios del balcón. Doña Juanita, con mucha entereza, se acercó a besarle la frente. Teófilo elevó hacia su madre los ojos, con ternura infantil y suplicante:

—Madre, me muero.

—Eso será si yo lo consiento. Pues estaría bueno que yo te dejara morir; yo, una vieja que de nada sirve en el mundo, y tú, un mozo que tiene muchos años y mucha felicidad por delante. Conque, ya lo has oído: no consiento que se hable de cosas tristes.

—Madre, creí que usted no vendría.

—¿Que no vendría? Cállate, pillo; ¿por qué no iba a venir?

—Creí que no vendría, madre. Ya sabe usted por qué.

—Estos mozuelos —replicó doña Juanita, esforzándose en dar un tono descuidado a sus locuciones por esperanzar al hijo—, estos mozuelos tan sabidores y poetas, que presumen de conocerlo todo y se les enfrían las migas de la mano a la boca. Calla, aturdido; ya sé a qué te refieres; pero no sabes de la misa la media. Ya te explicaré, ya te explicaré —y a pesar suyo su voz temblaba con oscilaciones dubitativas, como caminando a oscuras entre los dédalos de la vida y de la muerte.

Verónica, de enfermera todo el tiempo que duró aquel morbo ávido que consumía a Teófilo hora por hora, condújose con abnegación, solicitud y blandura tales, que a todos tenían admirados y movieron a doña Juanita al más amante y maternal reconocimiento. No se avenía Verónica fácilmente a que Teófilo muriese. Confiaba en el milagro. Como prestaba absoluta fe al oráculo de Hermes Trimegisto, entre ella y Lolita, con mucha discreción, consultaron por dos veces el libro de los augurios, en la pregunta: «¿Sanará el enfermo?» La primera vez respondió la palabra revelada: «El enfermo puede sanar, pero bueno es estar preparado para lo peor.» La segunda: «Los dolores con que es afligido el enfermo terminarán muy pronto.»

—Nos hemos quedao como estábamos, a la luna de Valensia y sin saber a qué carta quedarnos —dijo Lolita.

Pero Verónica tuvo la corazonada de que aquellas respuestas anfibológicas anunciaban la muerte de Teófilo.

Una tarde estaban a solas el poeta y la bailarina. Verónica, sentada en una sillita baja, no lejos del enfermo. Teófilo, hundido en un butacón, con los ojos entornados.

—¿Sabe que dentro de ocho días es la apertura del teatro y comienzo a bailar de nuevo? —habló Verónica.

—¿Y te vas a marchar? —bisbiseó Teófilo.

—Marcharme... vamos. Pues solo faltaba eso. No sé si aceptar el contrato. En todo caso iría tres horitas al teatro, por la noche, y luego vuelta aquí, si usted me necesita.

—Sí, sí.

—¿Le molesta que hable? ¿Le duele la cabeza?

—Sí; pero no me molesta que hables. Al contrario.

—¿Quiere un poco de agua azucarada?

—Sí; me abrasa la boca.

Verónica acudió con el vaso de agua y lo acercó a los labios de Teófilo.

—Gracias, Verónica. Bendita seas.

—Calle, no diga. Si no vale la pena...

Teófilo envió una mirada ardiente y escrutadora al rostro de Verónica, la cual, por huirla y disimular su turbación, se retiró con el vaso.

—Acércate a mí, Verónica —suplicó Teófilo—. Tengo que hacerte una revelación.

—Ya ha oído al médico, que no le conviene a usted hablar. Estese quietecito y haga por dormir y no pensar en nada. Yo hablaré, si le entretiene, muy bajito para que no le empeore el dolor de cabeza —Verónica no sabía lo que decía.

—Acércate.

—¿Qué me quiere?

—Si yo me hubiera enamorado de ti en lugar de la otra... Si yo me hubiera enamorado de ti... —interrumpiose para toser. Respiró afanosamente y continuó—: Pero es ya tarde. No tengo derecho a saber; pero quiero saber. Tú... ¿me hubieras querido?

Verónica no acertó a responder. Respondieron por ella las lágrimas que asomaron a sus ojos, las cuales Teófilo parecía querer secar con el fuego de los suyos.

—¡Verónica! ¡Verónica!

Verónica había caído acurrucada a los pies de la butaca, y Teófilo le pasaba la mano sobre la abatida cabeza de bravos y abundosos cabellos negros. Hubo un largo silencio.

—Yo también te quiero a ti, Verónica.

Verónica, con la cara oculta entre la manta que cubría las piernas de Teófilo, murmuró:

—Usted no puede dejar de querer a la otra.

—No digas eso. Aquello no era amor. Si volviera a estar sano quizás cayera de nuevo y a pesar de todo en el mismo desorden y locura. Pero ahora soy un alma sin cuerpo, en los umbrales de la eternidad, y veo claro, veo claro, veo claro. Te quiero, Verónica, te quiero.

Verónica estrechaba la mano de Teófilo y apoyaba en ella la mejilla, sin atreverse a besarla. A poco penetró en el aposento doña Juanita, y más tarde Guzmán y también Macías, el actor, el cual, a una distancia prudencial, por temor al contagio, estudiaba la expresión del enfermo, la deformación de sus facciones, sus gestos, ademanes e inflexiones de voz, por si llegaba el caso de representar en escena algún moribundo de granulia, que todo podía ocurrir. Luego se iba a su cuarto y hacía sinnúmero de muecas ante el espejo, repapilándose de antemano con el éxito que había de tener el día que se muriese en escena con arte tan concienzudo, tomado del natural. Como más adecuado observatorio Macías solía apostarse en los ángulos sombríos; aparte de que por nada del mundo se hubiera colocado en las estrías y haces luminosos que pasaban de claro la estancia, con sus infinitas partículas de polvo danzante, que no eran otra cosa que visibles microbios voladores, en opinión de Macías. Después de cinco minutos de tácitos estudios, Macías salió a grabar bien en la memoria la aprendida lección.

Aquella misma tarde la obesa Blanca entregó una carta a Guzmán.

—¿Quién te escribe? —curioseó Teófilo, que había caído en un infantilismo dulce y mimoso al perder la salud.

—Voy a ver. Arsenio Bériz.

Teófilo, volviéndose hacia su madre, refirió quién era Bériz, y cómo, huyendo de Madrid, había encontrado la felicidad.

Guzmán leyó para sí: «Dos palabras, querido Guzmán; dos palabras de hiel. Necesito desahogar con alguno. Perdona que te haya elegido a ti. Seis meses de casado... ¿Tú sabes lo que son seis meses de casado? Y vendiendo abanicos. He pensado en el suicidio. En serio, Alberto. No vayas a creer que mi mujer es mala. ¡Quia! Todo lo contrario. No puede ser mejor, más afectuosa, más empalagosa quiero decir. Y ahora se encuentra en estado. ¡Vaya por Dios! Dirás, ¿por qué el suicidio? Por tedio. Esto no es vivir. Constantemente, con tenacidad de alucinación, me persiguen los recuerdos de aquellos años de vida madrileña. Una temporadilla, muy corta por cierto, se me había embotado la memoria por efecto del incentivo carnal —llámalo amor, si quieres— que me inspiraba mi Petrilla. Acabose aquello, y aquí estoy yo, como Prometeo, encadenado a la roca conyugal, sin dar pie ni mano, y los buitres insaciables del hastío, de la concupiscencia, del ansia de vivir, de todas las pasiones nobles, en suma, desgarrándome la tripa. Comprendo a Heliogábalo, comprendo a César Borgia, comprendo a todos los que han experimentado la sed de lo extraordinario y el desprecio de este bajo animal que llamamos burgués; el tirano, el guerrero, el crapuloso, el libertino. Vivir es exacerbar la sensación de vivir y con ella el anhelo de vivir más. Estoy desesperado. ¡Madrid, mi Madrid fascinador y canallesco! Compadéceme, Arsenio

Entretanto, Teófilo decía a doña Juanita:

—¿Se acuerda usted, madre, de una carta que me escribió en que me rogaba: «Vente a Palacios; te casarás con tu prima Lucrecia. Qué vejez tan dichosa me deparabas si te decidieras a escucharme»? ¿Se acuerda usted? Fue en la misma carta en que usted me anunciaba que no me podía enviar la mensualidad porque se le habían marchado los huéspedes, hasta don Remigio, el canónigo; parece mentira —doña Juanita palideció—. Si le hubiera hecho a usted caso... A estas horas estaría ya casado y seríamos todos felices. Pero, no vaya usted a creer, madre; casado, y no con Lucrecia —contempló a Verónica con ojos vagos y diluidos, que no se sabía si estaban vueltos hacia el pasado o hacia el futuro; en todo caso hacia lo imposible—. Ese Bériz, ¡qué suerte la suya! Huyó a tiempo y se salvó. ¿Qué te dice, Alberto? Será venturoso; ha encontrado el paraíso en la tierra. ¿Qué te dice? Léeme la carta.

—¿Para qué? Lo de la otra vez.

—Sí, mejor es que no la leas. No le deseo mal, pero me hace sufrir el ver que yo, torpe y cobardemente, pude gozar también de lo mismo que otros gozan. Y tú, Alberto, ¿cuándo te casas?

En esto entró Travesedo.

—Nunca.

—¿Y tu novia?

—He roto con ella.

—¿Cuándo?

—Hace varios días.

Oír esto Travesedo, tomar a Guzmán de un brazo y sacarlo fuera de la habitación, fue obra de un minuto.

—¿Es cierto lo que has dicho?

—Sí.

—¿Te has cansado de Fina?

—No.

—Entonces, ¿es cuestión de ideología?

—Desde luego, y otras cosas largas de explicar.

—Bueno, hombre; me haces gracia. En cambio yo te anuncio con toda solemnidad que me voy a casar. ¿Enarcas las cejas? Sí, hijo, sí. Me caso, y en seguida. Por amor y por ideología.

—¿Cuándo?

—No lo sé aún.

—¿Con quién?

—No lo puedes saber aún.

Penetraron de nuevo en la habitación de Teófilo. Estaban todos sentados, sin hablar palabra.

—¡Aquel día, aquel día!... —exclamó Teófilo con voz tenue y afligida.

—¿Qué día, hijo mío? —preguntó doña Juanita.

—El día que recibí aquella carta de usted, madre. ¡Aquel día! De aquel día vienen todos mis infortunios, por mi ceguedad y estupidez; de aquel día que debió ser el manantial de mi dicha. Aquel día te conocí, Verónica. Fue aquel el día de mi caída, y debió ser el de mi renacimiento. En aquel día cometí la acción más cobarde, vergonzosa, fea y miserable que puede cometer un hombre. Cerca estoy de la muerte; quiero entrar en ella libre de toda carga. Quiero confesarme.

Doña Juanita, que andaba toda preocupada con el asunto de la confesión sin acertar cómo insinuárselo a Teófilo, vio ahora el cielo abierto.

—¿Quieres confesarte, hijo?

—Sí, en voz alta, ante todos ustedes, como los antiguos cristianos, para que me desprecien. Aquel día robé, sí, robé doscientas pesetas a Antón Tejero. Las robé, se las saqué del bolsillo. No merezco que nadie me mire a la cara, ya lo sé. Madre, que Alberto le diga las señas de ese señor Tejero y usted le restituirá las doscientas pesetas. Ahora quedo tranquilo.

Ninguno se atrevió a hablar. Teófilo respiraba aquel silencio piadoso e indulgente, como si con él recibiera la paz del espíritu.

Doña Juanita, que hacía tiempo y con tácitas angustias ansiaba descargar su conciencia de la pesadumbre de un gran secreto pecaminoso, consideró que aquella era la mejor conyuntura. Hizo disimuladamente señas a los presentes de que se retirasen y quedó a solas con su hijo.

—Hijo mío —comenzó a hablar con voz tenue y aplomada—, más grave que tu delito es el que yo voy a confesarte, del cual ya me confesé ante Dios y recibí su absolución de manos del sacerdote; pero, con venir del mismo Señor de cielos y tierra, no me considero absuelta ni redimida hasta tanto que tú me hayas perdonado. No creo que el tuyo haya sido delito sino falta, fea falta si se quiere de las muchas a que nos inclina la flaqueza de nuestra natura. Mi error fue más capital que el tuyo, y tan funesto que me amargó el corazón toda la vida de tal suerte que los remordimientos y sinsabores que me acarreó, si Dios en su infinita bondad y justicia me los toma en cuenta, me cancelarán muchos años de purgatorio. Por el amor que te tengo, hijo mío, te ruego que me escuches con benevolencia y, aunque no lo merezco, te atengas a aquella flaqueza humana de que antes he hablado y consideres la ceguera que el demonio pone a veces en nuestra carne mortal —doña Juanita estaba de espaldas a la luz. Sus palabras fluían en un curso sereno y claro. Teófilo escuchaba con recogimiento. Doña Juanita añadió concisa y netamente—: Tú no eres hijo de Hermógenes Pajares, sino de don Remigio Villapadierna.

Una pausa. Doña Juanita hizo ademán de arrojarse a los pies de su hijo; este la detuvo con un movimiento del brazo.

—No, Teófilo, no puedes entenderme hablándonos a esta distancia. Déjame tenerte tan junto a mí, tan pegado a mi cuerpo que mis sentimientos pasen de mi corazón al tuyo sin necesidad de palabras. Ni ¿qué palabras podrían expresar lo que yo siento? —doña Juanita se acercó a la butaca de su hijo y reclinando su cabeza junto a la del enfermo comenzó a murmurar en voz baja—: Hermógenes se casó conmigo con engaño y doblez. No me amaba, sino que pretendía solamente apoderarse de la corta hacienda que al matrimonio llevé. No bien nos hubimos casado, me abandonó. No quiero decir que hubiera huído de mi lado, no. Ante los ojos de la gente era un marido como otro cualquiera. Pero, en la intimidad de nuestra casa, era despegado, de todo punto indiferente, duro y hasta cruel a veces. Vivíamos en el pueblo. Él administraba mis bienes, y tan pronto como recibía el importe de las pequeñas rentas marchábase a Valladolid a gastárselo Dios sabe cómo. Yo, y bien lo sabes tú, que en eso eres como yo, siempre he tenido un alma muy tierna y sensible: yo he querido bien a todo el mundo, y el desamor ajeno siempre me ha dolido sobremanera. Imagina, pues, lo que me haría sufrir el desamor del propio marido. ¿Qué iba a hacer yo? Busqué consuelos en la religión. Era por entonces don Remigio coadjutor del pueblo y yo su hija de confesión; yo le juzgaba noble, caritativo, afectuoso. Y así fue cómo, paso a paso, sin echar de ver uno ni otro que nos perdíamos, caímos en el pecado. Naciste tú —doña Juanita guardó silencio y continuó al cabo de unos minutos—: Durante los primeros años de tu infancia don Remigio parecía amarte hasta no más y de doble modo, como padre en la carne y padre espiritual, pues le preocupaba grandemente formarte el espíritu e instruirte en las cosas del saber, que él siempre fue persona muy leída. Viéndole tan solícito de tu bien, el ardor de mis remordimientos se mitigaba un tanto. Más tarde, por empeño de mi marido, pasamos a Valladolid con la fonda. La vida de Pajares fue tal que no había dinero que le bastase. Hubimos de trocar lo que era fonda en humilde casa de huéspedes, a tiempo que Pajares era llamado por Dios a juicio y moría lleno de arrepentimiento. ¡Dios le haya perdonado! Por aquel tiempo don Remigio vino con una parroquia a Valladolid y se hospedó en mi casa. Tú ya eras mayorcito, y entonces es cuando él te enseñaba latín y a hacer versos. Lo odiabas ya entonces y eso que no podías saber nada ni era fácil que lo sospechases, porque a su vuelta a Valladolid, si bien parecía conservarte algún afecto, a mí, que había envejecido bastante, me trataba con menosprecio. ¡Solo Dios sabe lo que yo hube de padecer! —nueva pausa de Doña Juanita—. Años y más años, muchos años, hijo mío, me consideraba a mí misma tan malvada que en lugar de desear tu perdón solo apetecía tu maldición, por recibir con ella esa triste paz que dan las penas justamente recibidas. Por eso, aquella noche que me maldijiste, hijo mío, yo, desde el fondo de mis entrañas te estaba bendiciendo y loando a Dios porque había enviado, después de muchos años, un rayo de luz a mi alma. Sin lo ocurrido aquella noche, nunca, nunca me hubiera atrevido a revelarte este secreto ni a solicitar, con lágrimas en los ojos, tu perdón.

En efecto, en este punto, doña Juanita comenzó a derramar abundoso y sosegado llanto, que se esparcía sobre la frente de Teófilo, aliviando el fuego de su calentura.

—Todo eso lo sabía yo, madre, antes de que usted me lo confesara, y le había perdonado a usted, la había perdonado con toda mi alma. No llore, madre. Sí, llore, madre, que sus lágrimas me refrescan la frente y el alma.

—¿Que tú sabías?... —Dijo doña Juanita, incorporándose.

—Venga más cerca de mí, madre, que yo la sienta pegada a mí. Así. No sabía las circunstancias que usted me ha referido; pero he sentido siempre en lo más hondo y arcano de mi ser la certidumbre de que yo había sido engendrado por una mala sangre en una sangre generosa. Siempre ha habido en mí dos naturalezas: una torpe y vil, simuladora y vana, otra sincera y leal, entusiasta y dadivosa. Usted madre, me ha dado todo lo que tenía: porque todo lo bueno que hubo en mí usted me lo transfundió al darme la vida. ¿No la he de perdonar? Lo malo y ruin me viene de aquel hombre, que al engañarla a usted me perdió a mí. Madre, béseme.