VII

Así que Fernando llegó a la esquina de las calles de Alcalá y Barquillo, un coche se detuvo junto a la acera. Abriose la puertecilla. El mozo entró en el carruaje. Rosina dio las señas de su casa. El cochero guió a través de la calle de Alcalá, luego a lo largo de la del Turco, hasta la del Prado. Rosina y Fernando no se habían dicho aún una palabra. La mujer, asomándose por una ventanilla, gritó al cochero: «A la Castellana.» Subió el vidrio y se dejó caer sobre el hombro de Fernando.

—Me siento mal.

Fernando la acariciaba con lento manoseo y no sabía qué decir.

—Ya no soy nada para ti —murmuró muy arisca, irguiéndose—. Mejor dicho, nunca he sido nada para ti. La mujer de una noche: una de tantas. ¿Con cuántas has hecho lo que conmigo, yendo de pueblo en pueblo? Si hasta me asombra que te acordases del santo de mi nombre. Lo mejor es que hagamos por no volver a vernos. Bájate del coche y adiós —su voz era árida y conminatoria.

Fernando la agarró con bárbara violencia, la levantó en vilo y la sentó de golpe sobre sus piernas.

—Cállate y no digas estupideces —masculló, triturándola casi, de lo cual recibía la mujer una alegría dolorosa.

Rosina apoyó la cabeza sobre el hombro derecho de Fernando y le adhirió determinadamente los labios en la coyuntura del cuello y la mandíbula, como si quisiera succionarle la sangre. Sentía en sus encías el recio batido de la yugular y le embestía un ansia furiosa de morder.

Después de largo silencio, Rosina bisbiseó:

—Vamos a mi casa.

—No puede ser.

—¿No puede ser? ¿No puede ser? ¿Has dicho que no puede ser?

—No puede ser.

Rosina intentó desgajarse de Fernando. Fernando la retuvo, apresándola con brutal ahinco.

—Suéltame, suéltame o te escupo. ¿No ves que me das asco?

Fernando la dejó en libertad. Rosina fue a sentarse en el asiento. La luz de un farol público, entrándose por la ventanilla con movimiento de guadaña, segó por un instante las sombras del coche. Rosina pudo ver que Fernando tenía la cabeza caída sobre el pecho.

—Tienes una querida. ¡Niégalo! Una querida rica que te sostiene. ¡Niégalo! Eres un chulo, eso, un chulo. No hay más que verte. ¡Niégalo!... ¿Vamos a casa?

—No puede ser.

—Claro. Si la otra lo sabe, adiós pitanza, y trajes de señorito, y la vida holgona. ¡Ten al menos el valor de confesar! ¿Tienes una querida?

Fernando no respondió.

—Di sí o no.

—No.

—¿No?

—No.

—Pues vamos a casa.

—No puede ser.

—¡Qué canalla! ¡Qué bandido! ¡Qué embustero!... Y qué cobarde, que lo oyes todo sin rechistar. ¿Cómo era posible que a la vuelta de unos años te encontrase hecho un señorito, si no es a fuerza de las indecencias que habrás cometido?

—¿Y cómo te encuentro yo?

Rosina, con voz estrangulada por la ira, bramó:

—Pero, ¿te atreves?...

—¡Perdón! —y su acento estaba empañado—. ¡Tenme lástima!

Rosina no pudo oír la última frase de Fernando. Se había llevado las manos al pecho, y al tropezar con la rosa de Teófilo, ajada y media deshecha por otro hombre, sintió su conciencia traspasada de remordimiento. Vio que la conducta de Fernando para con ella era la misma de ella para con Teófilo. Teófilo la quería para sí, por entero; pero ella no se atrevía a renunciar a los beneficios que de don Sabas recibía. Fernando tampoco se resolvía a despreciar las dádivas de aquella desconocida amante. Rosina era supersticiosa. Pensó: «Castigo de Dios. Me lo he merecido. El que a hierro mata, a hierro muere.» Y la imagen de Teófilo se agigantó en su recuerdo.

Rosina oprimió el llamador del coche. El cochero detuvo los caballos.

—Haz el favor de bajar.

—¿Me echas?

—Haz el favor de bajar.

—Has sido como un sueño. Para mí siempre has sido un sueño... —se detuvo, esperando que Rosina dijera nuevamente: «Vamos a casa.» Pero Rosina permaneció en silencio—. Mi corazón —habló a tiempo que echaba pie al estribo— ha estado siempre lleno de sueños. Un sueño, la primera vez que te vi. La segunda vez, una pesadilla —y cerró de golpe la portezuela, como si quisiera despertarse a la realidad.

Y entonces fue Rosina la que se quedó como soñando. Poco después abrió la ventanilla, asomó por ella todo el torso, y gritó, como loca:

—¡Fernando! ¡Fernando!

—¿Adónde vamos, señorita? —preguntó el cochero.

—A casa.

Rosina se retrepó en el respaldar del asiento y murmuró en voz baja: «Pero, ¿no estoy de veras soñando?»