LA GUERRA Y LA PAZ
La Guerra y la Paz es la más vasta epopeya de nuestros tiempos, una Ilíada moderna. Un mundo de pasiones y de figuras se mueve en ella; y sobre este océano humano, de innumerables olas, priva un alma soberana, que levanta y refrena las tempestades con serenidad. Más de una vez, al contemplar esta obra, he pensado en Homero y en Goethe, no obstante las enormes diferencias así de carácter como de tiempo. Después he visto que efectivamente, en la época en que esto escribía, el pensamiento de Tolstoi se nutría en Homero y Goethe[620]. Más todavía: en sus notas de 1865, en las cuales clasifica los diversos géneros literarios, inscribía como de la misma familia a “La Odisea”, “La Ilíada” y “1805”[621]... El movimiento natural de su espíritu lo arrastraba de la novela de los destinos individuales a la novela de los ejércitos y de los pueblos, de los grandes rebaños humanos, en las cuales se funden las voluntades de millones de seres. Su trágica experiencia del sitio de Sebastopol lo llevaba a comprender el alma de la nación rusa y su vida secular. La Guerra y la Paz, tan inmensa, no debía de ser, según sus proyectos, sino el panneau central de una serie de frescos épicos en los cuales se desarrollaría el poema de Rusia, desde Pedro el Grande hasta los “decembristas”[622].
Para comprender bien el vigor de la obra, es necesario darse cuenta de su oculta unidad[623], pues la mayor parte de nuestros lectores no ven en ella, un poco miopes, sino los millares de detalles, cuya profusión los deslumbra y descamina. Se pierden en esta selva de vidas, cuando es necesario elevarse por encima de ella y abarcar con la mirada el horizonte libre, el círculo de los bosques y de los campos; pues sólo entonces se percibirá el espíritu homérico de la obra, la tranquilidad de las leyes eternas, el ritmo imponente del soplo del destino, el sentimiento del conjunto al cual todos los detalles están subordinados; y, dominando su obra, el genio del artista, como el Dios del Génesis que flota sobre las aguas.
Desde luego, el mar está inmóvil; la paz, la sociedad rusa en vísperas de la guerra. Las cien primeras páginas reflejan, con una exactitud impasible y una ironía superiores, lo vano de las almas mundanas. Hacia la centésima página solamente se levanta el grito de uno de estos muertos vivientes, el peor de entre ellos, el príncipe Basilio:
“Nosotros pecamos, engañamos, y todo esto ¿por qué? Yo he pasado de los cincuenta años, amigo mío... Todo acaba en la muerte... La muerte, ¡qué terror!”
Entre estas almas insulsas, mentirosas y ociosas, capaces de todas las aberraciones y de todos los crímenes, se esbozan algunas naturalezas más sanas: las sinceras, por ingenuidad torpe, como en Pedro Besukhov; por independencia campesina, por sus viejos sentimientos rusos, como María Dmitrievna; por frescura juvenil, como en los pequeños Rostov; las almas buenas y resignadas, como la princesa María; y aquéllas que no son buenas, sino valientes, a quienes atormenta esta existencia malsana, como el príncipe Andrés.
Pero aparece el primer estremecimiento en las ondas de aquel mar. La acción; el ejército ruso en Austria; la fatalidad reina, y en ninguna parte más dominadora que en el desencadenamiento de las fuerzas elementales, en la guerra. Los verdaderos jefes son quienes no tratan de dirigir, sino que, como Kutuzov o como Bagration, “dejan creer que sus intenciones personales están en concordancia perfecta con lo que en realidad es simple efecto de la fuerza de las circunstancias, de la voluntad de los subordinados y de los caprichos de azar”. ¡Beneficio de abandonarse en manos del Destino! Felicidad de la acción pura; estado moral y sano. Los espíritus conturbados recobran su equilibrio. El príncipe Andrés respira, comienza a vivir... Y en tanto que allá, lejos del soplo vivificador de estas tempestades sagradas, las dos mejores almas, Pedro y la princesa María, son amenazados por el contagio de su mundo, por la mentira de amor, Andrés herido en Austerlitz, tiene de pronto, en medio de la embriaguez de la acción, caído brutalmente, la revelación de la inmensidad serena. Tendido sobre la espalda, “no ve ya nada más que arriba, por encima de él, un cielo infinito, profundo, en el cual muellemente bogan ligeras nubes gríseas”.
¡Qué calma! ¡Qué paz, se decía; cuál diferencia con mi desatentada carrera! ¿Cómo no había visto antes este alto cielo? ¡Qué feliz soy de haberlo al fin advertido! Sí; todo es vacío, todo es desengaño, menos él... ¡Nada hay fuera de él!... y que sea Dios alabado!
Sin embargo, la vida lo recobra y la onda vuelve a caer. Abandonadas de nuevo a sí mismas, en la atmósfera desmoralizadora de las ciudades, las almas desalentadas, inquietas, vagan al azar en la noche. Algunas veces, al soplo envenenado del mundo se mezclan los efluvios inebriantes y enloquecedores de la naturaleza, de la primavera, del amor, las fuerzas ciegas que al príncipe Andrés acercan a la encantadora Natacha, y que, un instante después, la arrojan en los brazos del primer seductor que se presenta. ¡Cuánta poesía, ternura, pureza de corazón, que el mundo ha marchitado! Y siempre “el gran cielo que se extiende sobre la abyección ultrajante de la tierra!” Pero los hombres no lo ven, y aun el mismo Andrés ha olvidado la luz de Austerlitz, y para él ya no es más el cielo “que una bóveda sombría y brumosa” que cubre la nada.
Es tiempo de que se levante de nuevo, sobre estas almas anémicas, el huracán de la guerra. La patria está invadida. Borodino. Grandeza solemne de esta jornada. Las enemistades se borran, y Dologhov abraza a su enemigo Pedro; y Andrés, herido, llora de ternura y de piedad sobre la desventura del hombre que más odiaba, Anatolio Kuraguine, su vecino de ambulancia. La unidad de los corazones se realiza, la unidad por el apasionado sacrificio a la patria y por la sumisión a las leyes divinas.
“Aceptar la espantosa necesidad de la guerra, seriamente, con austeridad... La prueba más difícil es la sumisión de la libertad humana a las leyes divinas. La sencillez de corazón consiste en la sumisión a la voluntad de Dios”.
El alma del pueblo ruso y su sumisión al destino se encarnan en el generalísimo Kutuzov:
Este anciano, que ya no tenía más, en cuanto a pasiones, que su experiencia resultante de las pasiones, y en quien la inteligencia destinada a agrupar hechos y a extraer conclusiones, estaba reemplazada por una contemplación filosófica de los sucesos, no inventaba nada, no emprendía nada; pero lo escuchaba todo y todo lo ordenaba, y sabría de ello sacar provecho llegado el momento; no pondría trabas a nada útil, ni permitiría nada que fuera perjudicial. Atisbaba en el semblante de sus tropas esa fuerza que no puede ser sujetada y que se llama la voluntad de vencer, la futura victoria. Aceptaba algo más fuerte que su voluntad: la marcha inevitable de los hechos que se desarrollaban ante sus ojos; los ve, los sigue, sabe hacer abstracción de su persona.
Tiene, en fin, corazón ruso. Este fatalismo del pueblo ruso, tranquilamente heroico, se personifica también en el pobre mujik Platón Karataiev, que es sencillo, piadoso, resignado, con su sonrisa buena en los sufrimientos y en la muerte. A través de las pruebas, de la ruina de la patria, de la espantosa agonía, los dos héroes del libro, Pedro y Andrés, llegan a la liberación moral y a la alegría mística por el amor y la fe, que hacen que los vivientes puedan ver a Dios.
No termina allí Tolstoi. El epílogo, que pasa en 1820, es una transición de una época a otra, de la época napoleónica a la de los “decembristas”; da el sentimiento de la continuidad y del principio de otra vida, pues en lugar de principiar y de concluir en plena crisis, Tolstoi acaba como ha comenzado, en el momento en que una gran ola se desvanece, y la ola siguiente se levanta. Se percibe ya a los héroes por venir, y los conflictos que se levantarán entre ellos, y los muertos que en los vivos resucitan[624].
He tratado de destacar los grandes lineamientos de la novela, porque es raro que alguien se tome la molestia de hacerlo; pero ¡qué decir del extraordinario vigor de vida de estos centenares de héroes, todos individuales y pintados de inolvidable manera, soldados, campesinos, grandes señores, rusos, austriacos y franceses! Nada descubre la improvisación. Para esta galería de retratos, de la cual no hay otra análoga en toda la literatura europea, hizo Tolstoi bocetos sin cuento; “combinó, decía, millones de proyectos”; buscó en las bibliotecas, puso a contribución sus archivos de familia[625], sus notas anteriores, sus recuerdos personales. Esta minuciosa preparación asegura la solidez de la obra, pero no le resta nada de su espontaneidad. Trabajaba Tolstoi con un entusiasmo, con un ardor y una alegría que se comunican al lector; mas sobre todo, lo que constituye el mayor encanto de La Guerra y la Paz, es la juventud de corazón que revela. No hay ninguna otra obra de Tolstoi que ofrezca el espectáculo de esta riqueza de almas de niños y de adolescentes; y cada una es una música de pureza de origen y de gracia que penetra y enternece, como una melodía de Mozart: el joven Nicolás Rostov, Sonia, el pobrecito Petia.
La más exquisita es Natacha, criatura amada, soñadora, risueña, de corazón amante; a quien de cerca se mira crecer, a quien se sigue en la vida con la casta ternura que se tendría por una hermana. ¿Quién no cree haberla conocido?... Admirable la noche de primavera en la cual Natacha, en su ventana que baña el claro de luna, sueña y habla locamente, por encima de la ventana del príncipe Andrés, que la escucha... Emociones del primer baile; amor, espera del amor, desordenada floración de deseos y de ensueños; carreras en trineo, de noche, por la floresta nevada, en la cual se encienden fuegos fantásticos; naturaleza que os oprime con su inquieta ternura; noche en la ópera, en el mundo extraño del arte, donde la razón se embriaga; locura del corazón, locura del cuerpo que languidece de amor; dolor que purifica el alma; piedad divina, que vela a la bienamada moribunda... No es posible evocar esos pobres recuerdos sin la emoción que se tendría al hablar de una amiga, la más cara y la más amada. ¡Ah, qué bien se aprecia, ante una creación semejante, la debilidad de los tipos femeninos en casi toda la novela y el teatro contemporáneos! La vida misma está copiada de manera tan flexible, tan fluida que, de una línea en otra parece que se la ve palpitar y cambiar. La princesa María, la fea, tan bella por la bondad, no es una pintura menos perfecta; y ¡cómo se habría empurpurado, muchacha tímida y torpe, cómo enrojecerían cuantas se le asemejan, al mirar descubiertos todos los secretos de un corazón que se oculta medrosamente a las miradas!
En general, los caracteres de mujeres son, como lo indicaba antes, muy superiores a los caracteres de hombres, sobre todo a los de ambos héroes en quienes Tolstoi puso su propio pensamiento: la naturaleza muelle y débil de Pedro Besukhov, y la ardiente y seca del príncipe Andrés Bolkonsky. Son éstas, dos almas que carecen de centro, que oscilan perpetuamente, más que evolucionar; van de un polo al otro, sin avanzar nunca. Se replicará que, sin duda, por ello mismo son muy rusas; y sin embargo, haría yo notar que algunos rusos han hecho de ellas iguales críticas. Con esta ocasión precisamente Turguenef reprochaba a la psicología de Tolstoi el permanecer estacionaria: “No hay verdadero desarrollo. Eternas vacilaciones, vibraciones de sentimientos”[626]. Tolstoi mismo convenía en haber sacrificado un poco, por momentos, los caracteres individuales[627] en bien del cuadro histórico.
Y en efecto, la gloria de La Guerra y la Paz está en la resurrección de toda una época histórica, de esas migraciones de pueblos, de la batalla de las naciones. Sus verdaderos héroes son esos pueblos; y detrás de ellos, como detrás de los héroes de Homero, los dioses que los mueven, las fuerzas invisibles, “lo infinitamente pequeño que dirige las masas”, el soplo de lo Infinito. Estos combates gigantescos, en los cuales un oculto destino hace chocar a las ciegas naciones, tienen una grandeza mítica. Más allá de la Ilíada, por ellos, se sueña en las epopeyas indias[628].