LAS CONFESIONES Y LA CRISIS RELIGIOSA
Estas angustias de Levine, estas veleidades de suicidio que ocultaba a Kitty, las ocultaba Tolstoi en el mismo momento a su esposa; pero aún no había alcanzado él la calma que ponía en su héroe. A decir verdad, esta calma no era nada comunicativa; se siente que más era deseada que lograda, y que al instante Levine volverá a caer en sus dudas. En ello no se engañaba Tolstoi, pues había hecho un gran esfuerzo para llegar hasta el fin de su obra. Ana Karenina lo aburría antes de que hubiese concluido[648]; no podía trabajar más; permanecía así, inerte, sin voluntad, presa del disgusto y del terror de sí mismo. Entonces, en el vacío de su vida, se levantó el gran soplo que salía del abismo, el vértigo de la muerte. Más tarde, Tolstoi ha contado estos años terribles, cuando acaba de escapar al abismo[649].
“No tenía cincuenta años, dice[650]; amaba, era amado, tenía buenos hijos, un gran dominio, la gloria, la salud, el vigor físico y moral; trabajaba diez horas seguidas sin experimentar fatiga. Bruscamente, mi vida se detuvo: podía respirar, comer, beber, dormir; pero esto no era vivir; no podía ni desear siquiera conocer la verdad. La verdad era que la vida es una insania. Yo había llegado al abismo y veía claramente que delante de mí ya no había nada, sino la muerte; yo, hombre lleno de salud y feliz, sentía que no podía vivir más. Una fuerza invencible me arrastraba a desembarazarme de la vida... No diré que deseaba matarme. La fuerza que me empujaba fuera de la vida era más potente que yo; y era una aspiración semejante a mi antigua aspiración a la vida, solamente que obraba en sentido inverso. Debí de recurrir hasta al engaño para conmigo mismo a fin de no ceder demasiado pronto; y he aquí que yo, el hombre feliz, tenía que ocultar de mi mismo la cuerda, para no colgarme de una viga entre los armarios de mi alcoba, donde permanecía solo cada noche al desnudarme. No iba yo de caza con mi fusil, para no dejarme tentar[651]. Me parecía que mi vida era una farsa estúpida, que era representada por cualquiera. ¡Cuántos años de trabajo, de penas, de progreso, y ver al fin que no había nada! De mí no quedaría más que la podredumbre y los gusanos... Se puede vivir solamente durante el tiempo en que se está embriagado con la vida; pero inmediatamente que se disipa la embriaguez, se ve que todo es superchería, superchería estúpida... La familia y el arte no podían ya bastarme; los de mi familia no eran más que desventurados como yo; el arte, un espejo de la vida. Cuando la vida no tiene sentido, el juego del espejo no puede divertirnos ya. Y era lo peor que no podía resignarme. Me parecía a un hombre extraviado en un bosque, quien, presa del horror porque se ha extraviado, corre en todas direcciones y no puede detenerse, aun cuando sabe que a cada paso se pierde más...”.
La salud le vino del pueblo. Tolstoi había tenido siempre por él “una afección extraña, enteramente física”[652], que no habían podido quebrantar las repetidas experiencias de sus desilusiones sociales. En sus últimos años, como Levine, se había acercado mucho al pueblo[653]. Y se entregó a pensar en estos millares de seres colocados fuera del círculo estrecho de los sabios, de los ricos y de los ociosos que se matan, se aturden o arrastran cobardemente, como él, una vida desesperada; se preguntaba por qué estos millares de seres escapaban a esta desesperación, por qué no se mataban. Advirtió entonces que ellos vivían, no con la ayuda de la razón, sino antes, sin cuidarse de ella, sólo por la fe. ¿Qué era esta fe que ignoraba la razón?
La fe es la fuerza de la vida. No se puede vivir sin la fe. Las ideas religiosas han sido elaboradas en la lejanía infinita del pensamiento humano. Las respuestas dadas por la esfinge de la vida contienen la sabiduría más profunda de la humanidad.
¿Basta, por tanto, conocer estas fórmulas de la sabiduría que tiene registradas el libro de las religiones? No, la fe no es una ciencia, la fe es una acción; no tiene sentido sino en tanto que es vivida. El disgusto que inspiraron a Tolstoi las gentes ricas y que piensan bien, para quienes la fe es sólo una especie de “consolación epicúrea de la vida”, lo arrojó decididamente entre los hombres sencillos que eran los únicos que ponían de acuerdo su vida con su fe.
Y comprendió que la vida del pueblo trabajador era la vida misma, y que el sentido que se atribuía a esa vida era verdad.
¿Pero cómo convertirse al pueblo y compartir su fe? Es hermoso reconocer que los otros tienen razón, mas no depende de nosotros que seamos como ellos. En vano oramos a Dios, en vano tendemos hacia él nuestros ávidos brazos. Dios se aleja. ¿Dónde alcanzarlo?
Un día la gracia llegó a él.
Un día de temprana primavera estaba yo solo en el bosque y escuchaba sus rumores. Pensaba en mis agitaciones de los tres últimos años, en cuánto había buscado a Dios, en mis perpetuos saltos de la alegría a la desesperación... Y bruscamente vi que yo no vivía sino cuando creía en Dios. A su solo pensamiento, las ondas jocundas de la vida se levantaban en mí. Todo se animaba en torno mío; todo adquiría un sentido. Mas, desde el momento que yo no creía en él, súbitamente cesaba la vida.
—¿Qué es entonces, lo que yo busco?—gritaba dentro de mí una voz. ¡Es ÉL, sin quien yo no puedo vivir! Conocer a Dios y vivir son una misma cosa; Dios es la vida...
Desde entonces esta luz ya no me ha abandonado[654].
Estaba salvado. Dios se le había aparecido[655]. Mas como no era un místico de la India, para quien el éxtasis fuera suficiente, como en él se mezclaban a los sueños del asiático la manía de la razón y la necesidad de acción del hombre del Occidente, le era indispensable traducir su revelación a la fe práctica y desprender de esta vida divina las reglas para la vida cotidiana. Sin ninguna prevención, con el deseo sincero de creer en las creencias de los suyos, comenzó por estudiar la doctrina de la Iglesia ortodoxa, de la cual formaba parte[656]. Y con el propósito de estar más cerca de ella, durante tres años se sometió a todas las ceremonias, confesando, comulgando, no osando emitir juicio sobre lo que le repugnaba, inventando explicaciones para lo que encontraba obscuro o incomprensible; uniéndose en su fe a todos los que amaba, vivos y muertos, y siempre conservando la esperanza de que en algún momento “el amor le abriría las puertas de la verdad”. Pero tenía que luchar, porque su razón y su corazón se rebelaban. Algunos actos, como el bautizo y la comunión, le parecían escandalosos. Cuando se le obligaba a repetir que la hostia era el cuerpo verdadero y la sangre verdadera de Cristo, “sentía como una puñalada en el corazón”. Y no fueron, sin embargo, los dogmas los que levantaron entre la Iglesia y él un muro infranqueable, sino las cuestiones prácticas, dos sobre todo: la intolerancia rencorosa y mutua de las iglesias,[657] y la sanción, formal o tácita, dada al homicidio: la guerra y la pena de muerte.
Entonces rompió Tolstoi abiertamente, y tanto más violenta fué la ruptura cuanto que hacía tres años que comprimía su pensamiento. No toleró ya nada más, y, con cólera, pisoteó esa religión que todavía la víspera se obstinaba en practicar. En su Crítica de la Teología Dogmática (1879-1881) la trata no solamente de “locura, sino también de mentira interesada y consciente”[658]. A ella opuso el Evangelio, en su Concordancia y Traducción de los cuatro Evangelios (1881-1883); y a la postre sobre el Evangelio edificó su fe. (En qué consiste mi fe, 1883). Está toda contenida en estas palabras:
Creo en la doctrina de Cristo. Creo que la felicidad no es posible en la tierra en tanto que no cumplan esta doctrina todos los hombres.
Y tiene por piedra angular el Sermón de la Montaña, cuya enseñanza esencial fija Tolstoi en cinco mandamientos:
I. No te dejes arrebatar por la cólera.
II. No cometas adulterio.
III. No prestes juramento en vano.
IV. No devuelvas mal por mal.
V. No seas enemigo de nadie.
Es ésta la parte negativa de la doctrina, pues la parte positiva queda resumida en este único mandamiento: Ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo.
Cristo dice que quien hubiere violado el menor de estos mandamientos tendrá el más pequeño lugar en el reino de los cielos.
Y agrega Tolstoi ingenuamente:
Por extraño que esto parezca, he debido descubrir estas reglas, después de dieciocho siglos, como una novedad.
¿Creía, por tanto, Tolstoi en la divinidad de Cristo? De ninguna manera. ¿A qué título, entonces, lo invocaba? Como el más grande entre los sabios, (Brahma, Buda, Lao-Tsé, Confucio, Zoroastro, Isaías), que han mostrado a los hombres la felicidad verdadera a la cual aspiran y el camino que es necesario seguir para alcanzarla[659]. Tolstoi es el discípulo de estos grandes creadores de religiones, de estos semidioses y de estos profetas hindús, chinos y hebreos. Los defiende (como él sabe defender: atacando) contra aquéllos a quienes llama los “fariseos” y los “escribas:” contra las iglesias establecidas y contra los representantes de la ciencia orgullosa, o más bien, del “filosofismo científico”[660]. Y no es que haga llamamiento a la revelación contra la razón, pues desde que salió del período de inquietudes que refiere en las Confesiones, continúa siendo esencialmente un creyente de la Razón, o, podría decirse, un místico de la Razón.
“En el principio era el Verbo, repite con San Juan; el Verbo, Logos, es decir, la Razón”[661].
Su libro De la Vida (1887) lleva, como epígrafe, las palabras famosas de Pascal[662]:
El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero una caña que piensa... Toda nuestra dignidad consiste en el pensamiento... Trabajemos pues para pensar bien, que esto es el principio de la moral.
Y el libro entero no es más que un himno a la Razón. Pero su Razón no es la razón científica, razón restringida que “toma la parte por el todo, y la vida animal por la vida entera”, sino antes la ley soberana que rige la vida del hombre, “la ley según la cual deben vivir forzosamente los seres razonables, es decir, los hombres”.
Es una ley análoga a las que rigen la nutrición y la reproducción del animal, el crecimiento y la eflorescencia de la hierba y del árbol, y el movimiento de la tierra y de los astros. Y solamente en el cumplimiento de esta ley, en la sumisión de nuestra naturaleza animal a la ley de la razón, consiste nuestra vida... La razón no puede ser definida, y nosotros no tenemos necesidad de definirla, porque no solamente la conocemos todos, sino que es la única que conocemos... Todo lo que el hombre sabe lo conoce por medio de la razón, y no por la fe[663]... La verdadera vida no comienza hasta el momento en que se manifiesta la razón. La única vida verdadera es la vida de la razón.
¿Qué es, pues, la existencia visible, nuestra vida individual? “No es vida nuestra”, dice Tolstoi, porque no depende de nosotros.
Nuestra actividad animal se realiza fuera de nosotros... La humanidad ha concluido ya con la idea de la vida considerada como existencia individual. La negación de la posibilidad del bien individual permanece como verdad inquebrantable para todo hombre, de nuestra época, que esté dotado de razón[664].
Hay en esto toda una serie de postulados, que no me detendré a discutir aquí, pero que muestran con qué pasión se había apoderado la razón de Tolstoi. En realidad, era una pasión no menos ciega y celosa que las otras pasiones que lo habían poseído durante la primera mitad de su vida. Un fuego se extingue, y otro se enciende; o mejor, es el mismo fuego, que sólo cambia de alimento. Añádase a la semejanza entre las pasiones “individuales” y esta pasión racional, que, la una como las otras, no encuentran satisfacción sólo en amar, pues quieren obrar, quieren realizarse.
No es necesario hablar, sino obrar, ha dicho Cristo.
¿Y cuál es la actividad de la razón?—El amor.
El amor es la única actividad razonable del hombre, el amor es el estado de alma el más racional y el más luminoso. Tiene necesidad, no más, de que nada le oculte el sol de la razón, único que lo hace crecer... El amor es el bien real, el bien supremo, que resuelve todas las contradicciones de la vida, que no sólo hace desaparecer el espanto de la muerte, sino que mueve también al hombre a sacrificarse en bien de los otros. Porque no hay otro amor que el que da su vida por aquéllos a quienes se ama: y no es el amor digno de este nombre sino cuando es un sacrificio de sí mismo. El verdadero amor, por tanto, no es realizable sino cuando el hombre comprende que le es imposible alcanzar la felicidad individual. Entonces es cuando toda la savia de su vida viene a alimentar el noble injerto del amor verdadero; y este injerto toma para su desarrollo todo vigor del tronco de ese árbol salvaje, que es la individualidad animal...[665].
No llega Tolstoi, pues, a la fe como un río agotado que se pierde entre las arenas. Aporta a ella el torrente de fuerzas impetuosas acumuladas durante una vigorosa vida. De ello iba a darse cuenta.
Esta fe apasionada, en la cual se reunían en ardiente abrazo la Razón y el Amor, ha encontrado su más augusta expresión en la célebre respuesta al Santo Sínodo que lo excomulgaba[666]:
“Creo en Dios, que es para mí el Espíritu, el Amor, el Principio de todo. Creo que él está en mí, como yo en él. Creo que la voluntad de Dios nunca se ha expresado más claramente que en la doctrina del Hombre-Dios; pero no se puede considerar a Cristo como Dios y dirigirle plegarias, sin cometer el más grande de los sacrilegios. Creo que la verdadera felicidad del hombre consiste en el cumplimiento de la voluntad de Dios; creo que la voluntad de Dios quiere que todo hombre ame a sus semejantes y obre siempre con respecto a ellos, como querría que los demás obrasen con respecto a él, que es lo que resume, dice el Evangelio, toda la ley y los profetas. Creo que el sentido de la vida, para cada uno de nosotros, está solamente en aumentar el amor en él: creo que este desarrollo de nuestra potencia de amar nos valdrá en esta vida una felicidad más perfecta; creo que este aumento del amor contribuirá, más que ninguna otra fuerza, a fundar el reino de Dios sobre la tierra, es decir, a reemplazar una organización de vida en la cual la división, la mentira y la violencia son todopoderosas, por otro orden nuevo en el cual reinarán la concordia, la verdad y la fraternidad. Creo que, para progresar en el amor, solamente disponemos de un medio: la plegaria. No la plegaria pública en los templos, que Cristo ha reprobado formalmente (Mateo, VI, 5-13), sino aquella plegaria de que él mismo nos dió ejemplo, la plegaria solitaria que afirma en nosotros la conciencia del sentido de nuestra vida y el sentimiento de que dependemos solamente de la voluntad de Dios... Creo en la vida eterna, creo que el hombre es recompensado según sus actos, aquí y donde quiera, ahora y siempre. Creo esto tan firmemente que a mi edad, al borde de la tumba, debo a menudo hacer un esfuerzo para no llamar con mis votos la muerte de mi cuerpo, es decir, mi nacimiento a una nueva vida...”[667].