LAS NARRACIONES DE SEBASTOPOL
Estas tres narraciones, (Sebastopol en diciembre de 1854, Sebastopol en mayo de 1855 y Sebastopol en agosto de 1855), son de ordinario comprendidas en un mismo juicio; y sin embargo, son muy diferentes entre sí. Sobre todo la segunda se distingue de las otras dos por el sentimiento y por el arte. Están dominadas éstas por el patriotismo, mientras que sobre la segunda se extiende una implacable verdad.
Se cuenta que después de haber leído la segunda narración[571] la zarina lloró, y que el zar ordenó, movido por su admiración, que fueran traducidas al francés estas páginas y que pusieran al autor a cubierto de peligros. Se comprende esto fácilmente. Nada hay en ellas que no exalte a la patria y a la guerra. Tolstoi acaba de llegar; su entusiasmo está intacto; se sumerge en el heroísmo. Aún no advierte entre los defensores de Sebastopol ni ambición ni amor propio, ni ningún otro sentimiento mezquino. Para él es aquélla una epopeya sublime, cuyos héroes “son dignos de la Grecia”. Por otra parte, sus notas no atestiguan ningún esfuerzo de imaginación, ningún ensayo de representación objetiva; el autor se pasea por la ciudad; mira con lucidez, pero narra en una forma que carece de libertad: “Veis... Entráis... Advertís...”. Todo esto es periodismo, con algunas hermosas impresiones del natural.
Muy distinta es la escena segunda: Sebastopol en mayo de 1855. Desde las primeras líneas se lee:
El amor propio de millares de hombres ha luchado aquí, se ha apagado en la muerte...
Y más adelante:
...Y como había muchos hombres, había muchas vanidades... ¡Vanidad, vanidad, por todas partes vanidad, aun a las puertas de la tumba! Es la enfermedad particular de nuestro siglo... ¿Por qué los Homero y los Shakespeare hablan del amor, de la gloria, del dolor, y por qué la literatura de nuestro siglo no es más que la historia sin término de los vanidosos y de los advenedizos?
El relato, que no es una simple narración de sucesos, pone en escena directamente a los hombres y las pasiones, muestra todo lo que se oculta tras del heroísmo. La clara mirada desengañada de Tolstoi penetra en el fondo del corazón de sus compañeros de armas, y como en los corazones de ellos en el propio, para leer allí el orgullo, el miedo, toda la comedia del mundo que aún se continúa representando a un paso de la muerte. El miedo sobre todo es confesado, libre de sus velos, mostrado al desnudo. Estas zozobras perennes[572], esta obsesión de la muerte, son analizadas sin pudor, sin piedad, con una sinceridad terrible. En Sebastopol aprendió Tolstoi a perder todo sentimentalismo “esa compasión vaga, femenina, llorona”, como él decía con desdén. Y nunca su genio analizador, cuyo instinto se ha visto despertar durante sus años de adolescencia y que a menudo ha de tomar un carácter casi mórbido[573], alcanzó mayor intensidad sobreaguda, alucinada, que en el relato de la muerte de Praskhoukhine. Dos páginas enteras están consagradas en esta narración a describir lo que pasa en el alma del desventurado durante el segundo que la bomba ha tardado en silbar y caer, antes de estallar; y una página para decir las propias impresiones, después del estallido, y que “ha muerto al punto por un fragmento de casco que lo hirió en pleno pecho”[574].
Como entreactos de orquesta en el drama, se abren en estas escenas de batalla amplios claros de naturaleza y de luz, la sinfonía del día que se levanta sobre el espléndido paisaje, donde agonizan millares de hombres. Y el cristiano Tolstoi, olvidando el patriotismo de su primera narración, maldice la impía guerra:
¡Y estos hombres, cristianos que profesan la misma gran ley de amor y de sacrificio, no caen de rodillas, al contemplar lo que han hecho, arrepentidos, delante de Aquél que al darles la vida ha puesto en el alma de cada uno, con el miedo a la muerte, el amor al bien y a la belleza! ¡No se abrazan, con lágrimas de alegría y de felicidad, como hermanos!
En el momento de concluir esta novela, cuyas páginas tienen una esperanza que antes ninguna de sus obras había mostrado, se siente Tolstoi asaltado por la duda, ¿ha hecho mal en hablar?
Una duda penosa me abruma; quizás no era conveniente decir todo esto; quizá lo que digo es una de esas verdades perversas que, ocultas inconscientemente en el fondo de cada alma, no deben de ser expresadas para que no lleguen a ser perjudiciales, como no debe agitarse la hez, so pena de echar a perder el vino. ¿Dónde está la expresión del mal que es necesario evitar? ¿Dónde la expresión de lo bello que sea preciso imitar? ¿Quién es el malhechor y quién el héroe? Todos son buenos y todos son malos...
Pero se recobra fieramente:
El héroe de mi novela, a quien amo con todas las fuerzas de mi alma, a quien trato de mostrar en toda su belleza, que siempre fué, es y será hermoso, es la Verdad.
Después de haber leído estas páginas[575], Nekrasov, el director de “Sovremennik”, escribió a Tolstoi:
“Esto precisamente es lo que hace falta a la sociedad rusa de hoy: la verdad, la verdad, que, después de la muerte de Gogol, tampoco ha existido en la literatura rusa... Esta verdad que traéis a nuestro arte es algo enteramente nuevo entre nosotros; sólo de una cosa tengo miedo: que el tiempo y la cobardía de la vida, la sordera y el mutismo de cuanto nos rodea os hagan lo que a la mayor parte de nosotros, que os maten vuestra energía”[576].
Nada de eso era de temerse. El tiempo, que consume la energía de los hombres ordinarios, no ha hecho sino templar la de Tolstoi; pero en aquellos momentos, las desventuras de la patria, la toma de Sebastopol, despertaron con un sentimiento de dolorosa piedad, el dolor de su franqueza demasiado ruda. En la tercera narración, (Sebastopol en agosto de 1855), al describir una escena de oficiales que juegan y riñen, se interrumpe y reflexiona:
Pero dejemos caer el telón sobre este cuadro. Mañana, acaso hoy mismo, cada uno de estos hombres irá alegremente al encuentro de la muerte. En el fondo de cada alma se recata la chispa que hará de cada uno un héroe.
Y si este pudor no resta nada de vigor al realismo del relato, la elección de los personajes muestra suficientemente las simpatías del autor. La epopeya de Malakoff y su heroica caída quedan simbolizadas en dos figuras bravas y conmovedoras: dos hermanos, de los cuales uno, el mayor, el capitán Kozeltzov, tiene algunos de los rasgos de Tolstoi[577]; y el otro, el abanderado Volodia, tímido y entusiasta, con sus febriles monólogos y sus ensueños, las lágrimas que sin motivo le brotan a los ojos, lágrimas de ternura, lágrimas de humillación; sus angustias en las primeras horas que pasa en el baluarte (el pobre muchacho tiene aún el miedo a la obscuridad, y cuando está acostado oculta la cabeza bajo el capote), con la opresión que le causa el sentimiento de su soledad y la indiferencia de los otros, más tarde, cuando la hora es llegada, tiene la alegría del peligro. Pertenece éste al grupo de las figuras simpáticas de adolescentes, (Petia en La Guerra y la Paz y el subteniente de La Incursión), que con el corazón lleno de amor, hacen la guerra riendo y se arrojan de pronto, sin comprenderlo, a la muerte. Los dos hermanos caen heridos, en el mismo día, el último día de la defensa. Y la novela concluye con estas líneas, en las cuales gruñe una rabia patriótica:
“El ejército salía de la ciudad; y cada soldado, al mirar abandonado a Sebastopol, con una indecible amargura en el corazón, suspiraba y mostraba el puño al enemigo”[578].
Cuando al salir de este infierno, en el cual durante un año había penetrado hasta el fondo de las pasiones, de las vanidades y del dolor humano, Tolstoi se encontró, en noviembre de 1855, entre los hombres de letras de Petersburgo, experimentó por ellos un sentimiento de desencanto y de desprecio. Todo lo descubría en ellos mezquino y mentiroso. Estos hombres que de lejos le parecieron aureolados por el arte, (Turguenef, a quien había admirado y a quien acababa de dedicar La Tala en el Bosque), vistos de cerca le desilusionaron amargamente. Un retrato de 1856 lo presenta entre Turguenef, Gontcharov, Ostrovsky, Grigorovitch y Drujinine. Sorprende, entre el abandono de los otros, por su aire ascético y duro, su cabeza ósea, sus mejillas hundidas, los brazos cruzados con rigidez. De pie y de uniforme, detrás de estos literatos, “parece,—como escribe espiritualmente Suarés—que custodia a estas gentes y no que forma parte de su sociedad; se diría que está presto a conducirlos a prisión”[579].
Sin embargo, todos se muestran solícitos alrededor del joven colega, que llega a ellos cubierto de la doble gloria del escritor y del héroe de Sebastopol. Turguenef, que había llorado y gritado “¡Hurra!” al leer las escenas de Sebastopol, le tendía la mano fraternalmente; mas estos dos hombres no podían entenderse. Si ambos veían el mundo con igual claridad de mirada, a su visión mezclaban el color de sus almas enemigas: irónica y vibrante la una, amorosa y desencantada, devota de la belleza; violenta la otra, orgullosa, atormentada de ideas morales, poseída por un Dios oculto.
Lo que Tolstoi principalmente no perdonaba a estos literatos, era que se creyesen una casta elegida, cabeza de la humanidad. Entraba en su antipatía hacia ellos mucho del orgullo del gran señor y del oficial hacia burgueses escritorzuelos y liberales[580]. Era también un rasgo característico de su naturaleza (lo reconocía él mismo) “oponerse por instinto a todos los juicios generalmente aceptados”[581].
Una desconfianza de los hombres, un desdén latente hacia la razón humana, le hacían olfatear por todas partes el engaño de sí mismo o de los otros, la mentira.
No creía nunca en la sinceridad de las gentes. Todo impulso moral le parecía falso, y tenía la costumbre de fijar con acritud su mirada extraordinariamente penetrante, en el hombre que sospechaba que no decía la verdad...[582].
¡Cómo escuchaba! ¡Cómo miraba a su interlocutor desde el fondo de sus ojos grises, hundidos en sus órbitas! ¡Con qué ironía contraía los labios![583].
Decía Turguenef que nunca había sentido nada más penoso que esta mirada aguda que, junto con dos o tres palabras de alguna observación corrosiva, era capaz de despertar el furor[584].
Escenas violentas se suscitaron, desde sus primeros encuentros, entre Tolstoi y Turguenef[585]. De lejos, ambos se tranquilizaban y trataban de hacerse justicia. El tiempo no hizo sino agravar la repulsión que sentía Tolstoi hacia aquel medio literario, pues no podía perdonarles a estos artistas la mezcolanza de sus vidas depravadas y de sus pretensiones morales.
“Adquirí la convicción de que casi todos eran hombres inmorales, malos, sin carácter, muy inferiores a cuantos había conocido en mi vida de bohemia militar. Y en cambio, estaban tan seguros y contentos de ellos mismos, como lo puedan estar quienes en verdad sean santos. Me desagradaron”[586].
Se separó de ellos; y sin embargo, por algún tiempo conservó su fe interesada en el arte[587], porque se sentía halagado su orgullo, y era, además, una religión pingüemente retribuida, que “procuraba mujeres, dinero y gloria...”.
De esta religión yo era uno de los pontífices. Situación agradable y muy ventajosa...
Para mejor consagrarse a ella, presentó su dimisión en el ejército (en noviembre de 1856). Mas un hombre de su temple no podía cerrar los ojos por largo tiempo. Creía, deseaba creer en el progreso. Le parecía que “esta palabra significaba algo”. Un viaje por el extranjero (del 29 de enero al 30 de julio de 1857), por Francia, Suiza y Alemania, derribó esta fe. En París, el 6 de abril de 1857, el espectáculo de la ejecución de un hombre “le mostró lo vano de la superstición del progreso...”.
Cuando vi desprenderse la cabeza del cuerpo y caer en el cesto, comprendí, con todas las fuerzas de mi alma, que ninguna teoría acerca de la razón del orden existente podía justificar semejante acto. Aun cuando todos los hombres del universo, apoyándose en alguna teoría, encontrasen esto necesario, yo sostendría que está mal, “porque no es lo que dicen o hacen los hombres lo que decide entre lo bueno y lo malo, sino mi corazón”[588].
El 7 de julio de 1857, en Lucerna, el espectáculo de un pequeño cantador ambulante, a quien unos ricos ingleses, huéspedes de Schweizerhof, rehusaban dar una limosna, le hizo escribir en su Diario del Príncipe D. Nekhludov[589], su desprecio hacia todas las ilusiones caras a los liberales, esas gentes que “trazan líneas imaginarias sobre los mares del bien y del mal...”.
Para ellos la civilización es el bien; la barbarie, el mal; la libertad el bien, y la esclavitud el mal. Y este conocimiento imaginario destruye las necesidades instintivas, primordiales, las mejores. Mas ¿quién me definirá qué es la libertad, qué es el despotismo, qué es la civilización, qué es la barbarie? ¿Dónde, pues, no coexisten el bien y el mal? En nosotros hay solamente un guía infalible, el Espíritu universal, que nos empuja a unirnos los unos a los otros.
De regreso en Rusia, en Yasnaia, nuevamente se ocupa de ayudar a los campesinos. Y no era que se hiciese ilusiones sobre el pueblo. Escribía:
“Los apologistas del pueblo y de su buen sentido hablan bellamente, y la multitud tal vez sea una unión de buenas personas; pero entonces, sólo se unen por sus lados bestiales, despreciables, que no expresan más que la debilidad y la crueldad de la naturaleza humana”[590].
No es, por tanto, a la multitud a quien se dirige, sino a la conciencia individual de cada hombre, de cada hijo del pueblo, porque en la conciencia de cada uno está la luz. Funda escuelas, sin saber claramente qué enseñar; y para aprenderlo, hace un segundo viaje a Europa, del 3 de julio de 1860 al 23 de abril de 1861[591].
Estudia entonces los diversos sistemas pedagógicos. ¿Será preciso decir que rechaza todos? Dos estancias en Marsella le mostraron que la verdadera instrucción del pueblo se hace fuera de la escuela (que encuentra ridícula), por medio de los periódicos, los museos, las bibliotecas, la calle, la vida, lo que él llama “la escuela inconsciente” o “espontánea”. La escuela espontánea, por oposición a la escuela obligatoria, considerada por él como nefasta y perjudicial, es lo que quiere fundar, lo que ensaya, a su regreso, en Yasnaia Poliana[592]. Su principio es la libertad. No admite que una “élite”, la “sociedad privilegiada liberal”, imponga su ciencia y sus errores al pueblo, que le es extraño, porque esa “élite” no tiene para ello ningún derecho. Semejante método de educación forzada no ha podido producir nunca, en la Universidad, “hombres de aquéllos que la humanidad necesita, sino hombres de esos que son necesarios a la sociedad depravada: funcionarios, profesores oficiales, literatos oficiales, hombres arrancados sin ningún objeto a su medio anterior, cuya juventud fué echada a perder y que no encuentran ya lugar en la vida; liberales irritables, enfermizos”[593]. ¡Toca al pueblo decir lo que desea! Si no se inclina al “arte de leer y escribir que le imponen los intelectuales”, razones tiene para ello, porque otras son sus necesidades espirituales, más apremiantes y más legítimas. Tratad de comprenderlas y ayudadlo a satisfacerlas.
Estas teorías libres de un conservador revolucionario, como lo fué entonces, trató Tolstoi de ponerlas en práctica, en Yasnaia, donde más era el condiscípulo que el maestro de sus alumnos[594]. Al mismo tiempo, se esforzaba por introducir en las explotaciones agrícolas un espíritu más humano. Nombrado árbitro territorial en 1861, en el Distrito de Krapivna, se constituyó en defensor del pueblo contra los abusos del poder de los propietarios y del Estado.
No hay que creer sin embargo que esta actividad social le satisfacía y llenaba por completo, pues continuaba siendo presa de pasiones enemigas. A pesar suyo amaba a la sociedad, siempre, y tenía necesidad de ella. Por períodos, el placer lo recuperaba, y tenía también el gusto de la acción. Se ponía en peligros de muerte en la caza del oso; jugaba grandes sumas de dinero; aun llegó a sufrir la influencia del medio literario de San Petersburgo, que tanto despreciaba. Al salir de estas aberraciones, caía en crisis de disgusto. Las obras de esta época muestran lamentablemente las huellas de esta incertidumbre artística y moral. Los dos húsares, (1856)[595] tienen presunciones de elegancia, un aire fatuo y mundano que desagrada en Tolstoi. Alberto, escrito en Dijón en 1857[596], es débil y bizarro, carece de la profundidad y la precisión habituales en el autor. El Diario de un Marcador[597], más sorprendente, más prematuro, parece traducir el desaliento que Tolstoi se inspiraba a sí mismo. El príncipe Nekhludov, su Doppelgánger, su “doble”, se mata en un garito:
Lo tenía todo: riqueza, nombre, talento, aspiraciones levantadas; no había cometido ningún crimen, pero había hecho algo peor: había matado su corazón, su juventud; se había perdido, no teniendo siquiera una fuerte pasión por excusa, falto de voluntad.
La misma proximidad de la muerte no lo hizo cambiar...
La misma extraña inconsecuencia, la misma vacilación, la misma ligereza de pensamiento...