LAS NARRACIONES DEL CÁUCASO

Pero las obras—tipo de este período son aquéllas que registran inmediatamente sus emociones actuales: las narraciones del Cáucaso. La primera, La Incursión, (concluida el 24 de diciembre de 1852), se impone por su magnificencia de paisajes: una salida de sol en las montañas, a la orilla de un arroyo; un sorprendente cuadro nocturno, en el cual sombras y ruidos están fijados con una conmovedora intensidad; y el retorno, en la tarde, mientras a lo lejos las cimas nivosas desaparecen en una bruma violeta y las voces hermosas de los soldados que cantan ascienden y se pierden en el aire transparente. Muchos de los personajes de La Guerra y la Paz hacen allí su entrada en la vida, como el capitán Khlopov, héroe verdadero, que no se bate por placer sino para cumplir su deber, “una de esas fisonomías rusas, sencillas, tranquilas, que es tan fácil y tan agradable mirar de lleno a los ojos”. Pesado, torpe, un poco ridículo, indiferente a cuanto le rodea, no cambia en medio de la batalla, cuando todos cambian; “permanece exactamente como se le ha visto siempre, con los mismos movimientos tranquilos, la misma voz igual, la misma expresión de sinceridad en su rostro ingenuo y pesado”. Junto a él está el teniente que encarna a los héroes de Lermontov, y que, siendo bueno, pone semblante de sentimientos feroces; y el pobre pequeño subteniente, tan alegre por su primera salida, que desborda en ternura y, presto a saltarle al cuello a cualquiera, adorable y risible, se hace matar estúpidamente, como Petia Rostov. En medio del cuadro está la figura de Tolstoi que observa, sin mezclarse en los sentimientos de sus compañeros, y que hace ya escuchar su grito de protesta contra la guerra.

¿No pueden los hombres vivir con tranquilidad en este mundo tan hermoso, bajo el inmensurable cielo estrellado? ¿Cómo pueden conservar aquí tales sentimientos de maldad, de venganza, de rabia para destruir a sus semejantes? Cuanto de malo hay en el corazón del hombre había de desaparecer al contacto de la naturaleza, que es la más inmediata expresión de la belleza y del bien[561].

Otras narraciones del Cáucaso con observaciones de esta época no fueron escritas sino más tarde, en 1854-1855, como La Tala en el Bosque[562], de un realismo exacto y un poco frío, pero lleno de notas curiosas acerca de la psicología del soldado ruso, (notas para lo porvenir); en 1856 un Encuentro en el destacamento con un conocido de Moscú[563], un hombre de mundo, fracasado, suboficial degradado, haragán, ebrio y mentiroso que no puede acostumbrarse a la idea de que pueda ser muerto como cualquiera otro de sus soldados, a quienes desprecia, y de quienes el peor vale cien veces más que él.