MIGUEL ÁNGEL

Era un burgués florentino, de esa Florencia de palacios sombríos, de torres que surgen como lanzas, de colinas esbeltas y secas, finamente cinceladas sobre el cielo color de violeta, con los husos negros de sus cipreses pequeños y la banda de plata de los olivos que se estremecen como olas; de esa Florencia de aguda elegancia, donde el rostro pálido e irónico de Lorenzo de Médicis, y Maquiavelo, de boca grande y astuta, satirizaban la Primavera y las Venus cloróticas de Botticelli, de cabelleras de oro pálido; de esa Florencia febril, orgullosa, neurótica, presa de todos los fanatismos, sacudida por todas las histerias religiosas o sociales, donde todos eran libres y todos eran tiranos, donde era tan dulce vivir y la vida era un infierno; de esa ciudad de ciudadanos inteligentes, intolerantes, entusiastas, rencorosos, de lengua acerada, de espíritu desconfiado, que se espiaban entre sí, tenían celos unos de otros y se devoraban mutuamente; de esa ciudad donde no cabía el espíritu libre de Leonardo; donde Botticelli terminaba en el misticismo alucinado de un puritano de Escocia; donde Savonarola, con su perfil cabrío y sus ojos ardientes, hacía bailar en ronda a los monjes, alrededor de la hoguera en que quemaba las obras de arte, y donde, tres años más tarde, se volvía a levantar la hoguera para quemar al profeta.

Fué de esa ciudad y de ese tiempo con todos sus prejuicios, sus pasiones y su ardor.

Con seguridad no era afectuoso para sus compatriotas. Su genio de anchos pulmones, hecho para el aire libre, despreciaba el arte de cenáculos, el estilo amanerado, el realismo vulgar, el sentimentalismo, la mórbida sutileza. Los trataba rudamente, pero los amaba; no tenía para su patria la indiferencia sonriente de Leonardo.

Lejos de Florencia, lo devoraba la nostalgia[103]. Toda su vida agotó sus esfuerzos en vano para vivir en Florencia. Estuvo con Florencia en las horas trágicas de la guerra, y quiso “volver aunque fuera muerto, ya que no había podido vivo”[104].

Como viejo florentino estaba orgulloso de su sangre y de su raza, más que de su mismo genio[105]. No permitía que se le considerase como a un artista:

“Yo no soy el escultor Michelagniolo, soy Michelagniolo Buonarroti”[106].

Espíritu aristocrático, tenía todos los prejuicios de casta y aun llegaba a decir que “el arte debería ser ejercido por los nobles y no por los plebeyos”[107].

Tenía de la familia un concepto religioso, antiguo, casi bárbaro; le sacrificaba todo, y quería que los demás hicieran lo mismo. Habríase, decía, “vendido por ella como esclavo”[108]. El afecto intervenía muy poco en ello.

En 1515, con motivo del viaje de León X a Florencia, Buonarroto, hermano de Miguel Ángel, fué nombrado comes palatinus y los Buonarroti recibieron el privilegio de poner en sus armas la palla de los Médicis con tres flores de lis y la cifra del Papa.

Despreciaba a sus hermanos, que bien lo merecían. Despreciaba a su sobrino, heredero suyo. Pero en éste, en ellos, respetaba a los representantes de su raza. Esta palabra aparece sin cesar en sus cartas: “...nuestra raza, la nostra gente... sostener nuestra raza... que nuestra raza no muera...”.

Tuvo todas las supersticiones, todos los fanatismos de esta raza dura y fuerte, que fué la arcilla de que se formó su ser. Pero de esta arcilla surgió el fuego que todo lo purifica: el genio.


Quien no crea en el genio, quien no sepa qué es, que mire a Miguel Ángel. Ningún hombre ha sido dominado por el genio como él. Este genio no parecía que fuera de su misma naturaleza. Era un conquistador que se había arrojado sobre él y lo tenía sujeto. Su voluntad no intervenía allí para nada, y, casi se podría decir, tampoco su espíritu ni su corazón. Era una exaltación frenética, una vida formidable en un cuerpo y una alma demasiado débiles para contenerla. Vivía en un furor continuo. El sufrimiento de este exceso de fuerza lo llenaba y lo hacía trabajar, obrar sin descanso, sin una hora de reposo.

“Me agoto trabajando, como ningún hombre lo ha hecho nunca, escribía; no pienso más que en trabajar día y noche”.

Esta necesidad de actividad enfermiza no solamente lo hacía acumular las tareas y aceptar más trabajo del que podía ejecutar: degeneraba en manía; quería esculpir montañas. Si tenía que construir un monumento, perdía años enteros en las canteras, escogiendo los bloques y construyendo caminos para el transporte; quería ser todo: ingeniero, obrero, tallador de piedras; quería hacerlo todo por sí mismo, elevar palacios e iglesias él solo. Era una vida de forzado. No se concedía ni el tiempo necesario para comer y dormir. A cada instante, en sus cartas, aparece esta repetición lamentable:

“Apenas tengo tiempo para comer... No tengo tiempo ni para comer... desde hace doce años la fatiga aniquila mi cuerpo, carezco de lo indispensable... No tengo ni un centavo, estoy desnudo, sufro penas innumerables... Vivo entre penas y miseria... lucho con la miseria...”[109].

Esta miseria era imaginaria. Miguel Ángel era rico, se hizo rico, muy rico[110]. ¿Pero de qué le servía serlo? Vivía como pobre uncido a su tarea, como un caballo de molino. Nadie podía comprender por qué se torturaba así; nadie podía comprender que no estaba en su poder dejar de torturarse, que esto era una necesidad para él. Su mismo padre, que se le parecía en muchos rasgos, se lo reprochaba:

“Tu hermano me ha dicho que vives con gran economía, y hasta de una manera miserable: La economía es buena, pero la miseria es mala; es un vicio que disgusta a Dios y a los hombres, y que perjudicará tu alma y tu cuerpo. Mientras seas joven, podrá pasar; pero cuando no lo seas, las enfermedades y los achaques que haya producido esta vida mala y miserable, saldrán todos a luz. Evita la miseria, vive con moderación, cuida de que no te falte lo necesario, guárdate del exceso de trabajo...”[111].

Pero ningún consejo pudo nada. Nunca consintió en tratarse de una manera más humana. Se alimentaba con un poco de pan y de vino; dormía algunas horas apenas. Cuando estaba en Bolonia, trabajando en la estatua de bronce de Julio II, no tenía más que un lecho para él y sus tres ayudantes[112]. Se acostaba vestido y con las las botas puestas. Una vez se le hincharon las piernas, hubo que cortar las botas, y al quitárselas se le arrancaba la piel de las piernas.

Esta higiene espantosa hizo que constantemente estuviera enfermo como su padre se lo había advertido. Se descubren en sus cartas indicios de catorce o quince enfermedades graves[113]. Tenía calenturas, que lo pusieron más de una vez al borde del sepulcro. Sufría de los ojos, de los dientes, de la cabeza y del corazón[114]. Lo roían las neuralgias, sobre todo cuando dormía; el sueño era para él un sufrimiento. Desde muy temprano fué un viejo. A los cuarenta y dos años, se sentía decrépito[115]. A los cuarenta y ocho años, escribe que si trabaja un día tiene que descansar cuatro[116]. Rehusaba obstinadamente dejarse atender por ningún médico.

Todavía más que su cuerpo, su espíritu sufre las consecuencias de esta vida de trabajo de forzado. El pesimismo lo minaba. Era en él un mal hereditario. En su juventud se fatigaba tranquilizando a su padre, quien parece haber tenido a veces accesos de delirio de persecución[117]. Pero estaba él mismo más enfermo que aquél a quien pretendía tranquilizar. Esta actividad sin tregua, esta fatiga aplastante, sin descanso, lo entregaban indefenso a todas las aberraciones de su espíritu, que temblaba con toda clase de sospechas. Desconfiaba de sus enemigos. Desconfiaba de sus amigos[118]. Desconfiaba de sus padres, de sus hermanos, de su hijo adoptivo, porque tenía sospechas de que esperaban con impaciencia su muerte.

Todo le inquietaba[119]; su propia gente se burlaba de su eterna inquietud[120]. Vivía como él mismo dice “en un estado de melancolía o más bien de locura”[121]. A fuerza de sufrir había acabado por encontrar una especie de gusto en el sufrimiento, una amarga alegría:

“Y más me gusta lo que más me daña”.
E più mi giova dove più mi nuoce[122].

Todo se había hecho para él un motivo de sufrimiento. Hasta el amor[123], hasta el bien[124].

“Mi alegría es la melancolía”.
La mia allegrez’ è la maninconia[125].

Nadie fué menos hecho para la alegría y mejor conformado para el dolor. El dolor era lo único que veía, lo único que sentía en el inmenso universo. Todo el pesimismo del mundo se resume en este grito de desesperación, de una injusticia sublime:

“Mil placeres no valen un tormento”.
Mille piacer non vaglion un tormento[126].


“Su energía devoradora, dice Condivi, lo separó casi completamente de toda sociedad humana”.

Vivió solo. Odió y fué odiado. Amó y no fué amado. Se le admiraba y se le temía. Al fin, llegó a inspirar un respeto religioso y a dominar a su siglo. Entonces se apacigua un poco. Ve a los hombres desde arriba y los hombres lo ven desde abajo. Mas nunca es uno de ellos; nunca alcanza el reposo, la dulzura que se concede al más humilde de los seres, de poder durante un minuto de su vida adormecerse en el afecto de otra persona, formar con dos almas distintas una sola personalidad. No le fué concedido el amor de una mujer; en este cielo desierto luce únicamente, por un instante, la estrella fría y pura de la amistad de Vittoria Colonna. En torno suyo es la noche que surcan los meteoros ardientes de sus pensamientos, sus deseos y sus sueños delirantes. Beethoven no conoció nunca una noche semejante. Es que esta noche estaba en el corazón mismo de Miguel Ángel. Beethoven triste por culpa del mundo, pero alegre por naturaleza, aspiraba a la alegría. Miguel Ángel tenía en sí mismo la tristeza que causa miedo a los hombres y de la cual todos huyen por instinto. Hacía el vacío a su alrededor.

Y esto no era nada todavía. Lo peor no era estar solo: lo peor era estar solo consigo mismo y no poder vivir en esta compañía; no ser dueño de sí mismo, renegarse, combatirse y destruirse a sí mismo. Su genio estaba ligado con un alma que lo traicionaba. Se habla algunas veces de la fatalidad que se encarnizó en contra suya y le impidió realizar sus grandes designios. Esta fatalidad fué él mismo. Lo que explica toda la tragedia de su vida, la llave de su infortunio—lo que se ha visto menos, o menos se ha tenido el valor de ver—es su falta de voluntad y su debilidad de carácter.

Era indeciso en arte, en política, en todas sus acciones y en todos sus pensamientos. Entre dos obras, dos proyectos o dos partidos, no podía decidirse a escoger, como lo demuestra la historia del monumento de Julio II, de la fachada de San Lorenzo, de los sepulcros de los Médicis. Comenzaba y no llegaba al fin. Quería y no quería. Apenas había hecho la elección comenzaba a dudar. Se extinguía su vida y él no terminaba nada. Todo le disgustaba. Se pretende que sus trabajos eran para él una imposición y se hace recaer sobre sus amos la responsabilidad de esta fluctuación perpetua de un proyecto a otro, sin considerar que sus amos no hubieran tenido ningún medio de imponerse si él se hubiera resistido. Pero no se atrevía.

Era débil. Era débil de todos modos, por virtud y por timidez. Era débil por conciencia. Se atormentaba con mil escrúpulos que una naturaleza más enérgica hubiera rechazado. Se creía obligado, por un sentimiento exagerado de su responsabilidad, a cumplir trabajes mediocres, que cualquier contramaestre hubiera hecho mejor en lugar suyo[127]. No sabía ni cumplir sus compromisos ni olvidarlos[128].

Era débil por prudencia y por temor. El mismo hombre a quien Julio II llamaba el terrible—terribile—era calificado por Vasari de prudente, demasiado prudente; y el que inspiraba miedo a todos, hasta a los Papas, tenía miedo de todos[129]. Era débil con los Príncipes. Y sin embargo nadie despreciaba tanto como él a los que eran débiles con ellos, “los asnos de albarda de los Príncipes”, como él mismo los llamaba[130]. Quería huir de los Papas, pero se quedaba y obedecía[131]. Toleraba las cartas injuriosas de sus amos y les respondía humildemente[132]. Se sublevaba por instantes, hablaba orgullosamente, pero siempre cedía; hasta su muerte se debatió, sin fuerza para luchar. Clemente VII, que contra la opinión corriente, fué de todos los papas el que tuvo más bondades para con él conocía sus debilidades y lo compadecía[133].

Perdía toda dignidad en asuntos de amor. Se humillaba ante pícaros como Febo di Poggio[134]. Trataba de “poderoso genio” a un ser amable, pero mediocre, como Tommaso de Cavalieri[135].

El amor hace cuando menos que sus debilidades sean conmovedoras. No son más que tristemente dolorosas: no es posible atreverse a decir vergonzosas, cuando el miedo es lo que las causa. Sufre bruscamente terrores pánicos. Entonces huye de un extremo a otro de Italia, perseguido por el miedo. Huye de Florencia, en 1494, aterrorizado por una visión. Huye de Florencia, en 1529, de Florencia, que estaba sitiada y a la cual estaba encargado de defender. Huye hasta Venecia. Está próximo a huir hasta Francia. Se avergüenza en seguida de tal extravío, y lo repara volviendo a la ciudad sitiada, donde cumple su deber hasta el fin del asedio. Pero después de la toma de Florencia, cuando comienzan las proscripciones, vuelve a sentirse débil y a temblar; llega hasta cortejar a Valori, el proscriptor, el que acababa de hacer morir a su amigo, el noble Battista della Palla; llega hasta renegar de sus amigos los desterrados florentinos[136].

Tiene miedo. Se avergüenza mortalmente de su miedo. Se desprecia. Cae enfermo, disgustado de sí mismo, quiere morir. Se cree que va a morir[137].

Pero no puede morir. Hay en él una fuerza rabiosa de vida que renace diariamente para sufrir más. ¡Si al menos pudiera desprenderse de la vida activa! Pero eso le está vedado. No puede dejar de obrar. Es preciso que obre. ¿Es realmente un sujeto activo? No, más bien es un sujeto pasivo, arrastrado en el ciclón de sus pasiones furiosas y contradictorias, como un condenado del Dante.

¡Cuánto debió sufrir!

Oilmè, oilmè, pur riterando
Vo’l mio passato tempo e non ritruovo
In tutto un giorno che sie stato mio!
[138].

“¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
En todo mi pasado no encuentro
ni un solo día que haya sido mío!”

Dirigía a Dios llamamientos desesperados:

O Dio, o Dio, o Dio,
Chi più di me potessi, che poss’io?
[139].

“¡Oh Dios, oh Dios, oh Dios!
¿quién puede más en mí que yo mismo?”

Si estaba hambriento de morir, era que veía en la muerte el fin de esta esclavitud enloquecedora. ¡Con cuánta envidia habla de los muertos! “Vosotros no teméis ya los cambios del ser y del deseo... El curso de las horas no os inquieta; la necesidad o el azar no os impulsan... Apenas puedo escribirlo sin envidia”[140].

¡Morir! ¡No ser ya nada! ¡No ser ya nadie! ¡Huir de la tiranía de las cosas! ¡Escapar a la alucinación de sí mismo!

“¡Ah! Haced que yo no vuelva más a mí mismo”.
De fate, c’a me stesso più non torni![141].


Escucho este grito trágico como si surgiera del rostro doloroso cuyos ojos inquietos nos miran todavía en el Museo del Capitolio[142].

Era de estatura mediana, ancho de hombros, reciamente construido, musculoso. Deformado su cuerpo por el trabajo, caminaba con la cabeza echada atrás, la espalda hundida y el vientre levantado. Así nos lo muestra un retrato de Francisco de Holanda: de pie, de perfil, vestido de negro; un manto romano sobre los hombros, en la cabeza una montera de tela y sobre ésta un gran sombrero de fieltro negro muy hundido[143]. Tenía el cráneo redondo, la frente cuadrada, levantada encima de los ojos y surcada con arrugas. Los cabellos eran negros, poco abundantes, desordenados y crespos. Los ojos pequeños[144], tristes y fuertes, eran color de cuerno, cambiantes y moteados con manchas amarillas y azulosas. La nariz larga, recta y con caballete, había sido aplastada por el puñetazo de Torrigiani[145]. Se marcaban pliegues profundos de la nariz a la comisura de los labios; la boca era fina; el labio inferior avanzaba un poco. Unas patillas escasas, y una barba de fauno, ganchuda, no muy espesa, de cuatro a cinco pulgadas de largo, encuadraban las mejillas enjutas y de pómulos salientes.

En el conjunto de la fisonomía dominan la tristeza y la incertidumbre. Es una figura del tiempo del Tasso, ansiosa, roída por la duda. Sus ojos conmovedores inspiran y atraen la compasión.


Y ésta no se le debe regatear. Debemos darle el amor al cual aspiró toda su vida y que le fué rehusado. Conoció las más grandes desgracias que puede sufrir un hombre; vió a su patria sujeta a la servidumbre; vió a Italia entregada por siglos a los bárbaros; vió morir la libertad; vió desaparecer uno tras otro a todos los que amaba; vió extinguirse una tras otra todas las luces del arte.

Se quedó solo, el último en la noche que venía. Y en el dintel de la muerte, cuando miraba hacia atrás, no tuvo el consuelo de decirse que había hecho todo lo que debía y todo lo que hubiera podido hacer. Su vida le pareció perdida, vana, porque había vivido sin alegría: la había sacrificado en vano al ídolo del arte[146].

El trabajo monstruoso al cual él mismo se había condenado durante noventa años de vida, sin un día de reposo, sin un día de verdadera vida, no le había servido para ejecutar uno solo de sus grandes proyectos. Ni una de sus grandes obras, de aquéllas que más le importaban, había sido terminada. Una ironía de la suerte quiso que este escultor[147] no lograra terminar más que las pinturas que hizo a pesar suyo. De sus grandes trabajos, que le habían dado alternativamente tantas esperanzas orgullosas y tantos tormentos, unos, como el cartón de la guerra de Pisa y la estatua de bronce de Julio II, fueron destruidos durante su vida; otros, como la tumba de Julio II y la Capilla de los Médicis, abortaron lastimosamente: caricaturas de su pensamiento.

El escultor Ghiberti, cuenta en sus Comentarios, la historia de un pobre orfebre alemán, servidor del Duque de Anjou, “que se podía comparar con los artistas antiguos de Grecia” y que al fin de su vida vió destruir la obra a la cual había consagrado toda su existencia. “Entonces supo que toda su fatiga había sido inútil y, arrodillándose, exclamó: ‘¡Oh Señor, dueño del Cielo y de la Tierra, tú que haces todas las cosas, no me dejes extraviar y seguir a nadie más que a ti; ten piedad de mí!’ E inmediatamente dió todo lo que tenía a los pobres y se retiró a un monasterio y allí murió”. Como el pobre orfebre alemán, Miguel Ángel, al llegar al fin de su existencia, contempló amargamente su vida vivida en vano, sus esfuerzos inútiles, sus obras no terminadas, destruidas, incompletas.

Entonces abdicó. El orgullo del Renacimiento, el magnífico orgullo del alma libre y soberana del universo, se transformó dentro de él en “este amor divino que para acogernos, abre sus brazos en la Cruz”.

...Volta a quell’ amor divino
C’aperse a prender noi, ’n croce le braccia
[148].

El grito fecundo de la Oda a la Alegría no llegó a ser lanzado. Hasta su último aliento cantó la Oda al Dolor y a la Muerte liberadora. Fué totalmente vencido.


Tal fué uno de los vencedores del mundo. Nosotros gozamos con las obras de su genio, lo mismo que gozamos con la conquista de nuestros antepasados, sin pensar en la sangre vertida.

Non vi si pensa
Quanto sangue costa
[149].

Yo he procurado exponer esta sangre a la vista de todos, he querido hacer flotar por encima de nuestras cabezas el estandarte rojo de los héroes.

NOTAS:

[103] “Caigo de vez en cuando en una gran melancolía, como sucede a los que están lejos de su hogar”. (Carta del 19 de agosto de 1497. Roma).

[104] Pensaba en sí mismo cuando hacía decir a su amigo Cecchino dei Bracci, uno de los desterrados florentinos que vivían en Roma: “La muerte me es grata, porque le debo la dicha de volver a mi patria que, viviendo, me estaba prohibida”. (Poesías de Miguel Ángel, edición Carl Frey, LXXIII, 24).

[105] Los Buonarroti Simoni, originarios de Settignano, son mencionados en las crónicas florentinas desde el siglo XII. Miguel Ángel no lo ignoraba; conocía su genealogía. “Somos burgueses de la más noble raza”. (Carta a su sobrino Lionardo, en diciembre 1546).—Le indignaba que su sobrino pensara en ennoblecerse: “Esto no es respetarse; todos saben que somos de la antigua burguesía florentina y tan nobles como el que más”. (Febrero 1549). Trató de rehabilitar a su raza, haciendo que sus gentes volvieran a tomar el antiguo nombre de los Simoni, y fundando en Florencia una casa patricia; pero chocó siempre con la mediocridad de sus hermanos: se avergonzaba al pensar que uno de ellos (Gismondo) era carrero y vivía como campesino. En 1520, el Conde Alejandro de Canossa le escribió que había encontrado en sus archivos de familia, una prueba de que eran parientes. La información era falsa; pero Miguel Ángel la creyó; quiso adquirir el Castillo de Canossa, pretendida cuna de su raza. Su biógrafo Condivi, de acuerdo con sus indicaciones, inscribió entre sus antepasados a Beatriz, hermana de Enrique II, y a la gran Condesa Matilde.

[106] “Nunca he sido, continúa, un pintor, ni un escultor que hace comercio del arte. Yo siempre me he guardado de ello por el honor de mi raza”. (Carta a Lionardo, mayo 2, 1548).

[107] Condivi.

[108] Carta a su padre, el 19 de agosto de 1497. No fué “emancipado” por su padre sino hasta el 13 de marzo de 1508, a los 33 años. (Acta oficial, registrada el 28 de marzo siguiente).

[109] Cartas, 1507, 1509, 1512, 1513, 1525, 1547.

[110] Se encontraron después de su muerte, en su casa de Roma, de 7 a 8,000 ducados de oro con un valor de 4 a 500,000 francos de ahora. Además, Vasari dice que ya había dado dos veces a su sobrino 7,000 escudos y 2,000 a su servidor Urbino. Tenía grandes sumas invertidas en Florencia. La Denunzia de’ beni de 1534 muestra que poseía entonces seis casas y siete terrenos en Florencia, Settignano, Rovezzano, Stradello, San Stefano de Pozzolatico, etc. Tenía pasión por la tierra, y compraba constantemente: en 1505, 1506, 1512, 1515, 1517, 1518, 1519, 1520, etc. Era en él una herencia de campesino. Por lo demás, si ahorraba no era para él; gastaba para los otros y se privaba de todo.

[111] Siguen algunos consejos de higiene que demuestran la barbarie del tiempo: “Antes que todo cuida tu cabeza, consérvate moderadamente caliente y no te laves nunca: puedes hacer que te limpien, pero no te laves nunca”. Cartas: 19 de diciembre de 1500.

[112] Cartas, 1506.

[113] En septiembre de 1517, en la época de la fachada de San Lorenzo y del Cristo de la Minerva, “enfermó de muerte”. En septiembre de 1518, en las canteras de Seravezza, cae enfermo de fatiga y disgustos. Nueva enfermedad en 1520, en la época de la muerte de Rafael. A fines de 1521 un amigo, Lionardo el sillero, lo felicita por haberse curado de una enfermedad “de la que muy pocos escapan”. En junio de 1531, después de la toma de Florencia, ya ni duerme ni come, está enfermo de la cabeza, del corazón; este estado se prolonga hasta el fin del año; sus amigos lo creen perdido; en 1539 cae de sus andamios en la Sixtina y se rompe una pierna. En junio de 1544, tiene una fiebre muy grave; lo cuida en la casa Strozzi, en Florencia, su amigo Luis del Riccio. En diciembre de 1545 y enero de 1546, tiene una peligrosa recaída de esta fiebre, que lo deja muy debilitado; lo cuida otra vez Riccio en la casa de los Strozzi. En marzo de 1549, sufre cruelmente del mal de la piedra. En julio de 1555, lo tortura la gota; en julio de 1559 sufre de nuevo por la piedra y dolores de todo género; está muy debilitado. En agosto de 1561, tiene un ataque, “cae sin conciencia, con movimientos convulsivos”.

[114]Febbre, fianchi dolor, morbi occhi e denti”. Poesías, LXXXII.

[115] Julio, 1517. Carta escrita de Carrara a Domenico Buoninsegni.

[116] Julio, 1523. Carta a Bart. Angiolini.

[117] Constantemente en las cartas a su padre: “No se atormente usted” (primavera de 1509). “Me apena que usted viva en semejante angustia, no piense usted en esto, se lo suplico”. (27 de enero de 1509). “No se asuste usted, no tenga ni una onza de tristeza”. (15 de septiembre de 1509).—El viejo Buonarroti parece haber tenido, como su hijo, crisis de terror pánico. En 1521, como se verá más adelante, huyó bruscamente de su propia casa gritando que su hijo lo había arrojado.

[118] “En la dulzura de una perfecta amistad se oculta con frecuencia un agravio al honor y a la vida...”. (Soneto LXXIV, a su amigo Luis del Riccio, que acababa de salvarlo de una enfermedad grave en 1546).—Véase la hermosa carta de justificación que le escribió, en 15 de noviembre de 1561, su fiel amigo Tommaso de Cavalieri, de quien sospechaba injustamente: “Estoy más que seguro de no haberos ofendido jamás; pero creéis demasiado fácilmente a los que menos deberíais creer...”.

[119] “Vivo en continua desconfianza... No tengáis confianza en nadie, dormid con los ojos abiertos”.

[120] Cartas de septiembre y octubre de 1515 a su hermano Buonarroto: “No te burles de lo que te escribo... No debe uno burlarse de nadie; y en estos tiempos, vivir en el temor y la inquietud no perjudica ni al cuerpo ni al alma... En cualquier tiempo es bueno inquietarse...”.

[121] Con frecuencia en sus cartas se llama “melancólico y loco”, “viejo y loco”, “loco y malvado”. Por lo demás, se defiende de esta locura que se le reprocha, alegando que nunca ha hecho daño más que a sí mismo.

[122] Poesías, XLII.

[123]

Ché degli amanti è men felice stato
Quello, ove’l gran desir gran copia affrena,
C’una miseria di speranza piena.

“Es menor felicidad para el que ama,
la plenitud del goce que extingue el deseo,
que la miseria llena de esperanza”.

(Soneto CIX, 48).

[124] “Todo me entristece, escribía... El bien mismo, a causa de su duración demasiado corta, aflije y oprime mi alma tanto como el mal”.

[125] Poesías, LXXXI.

[126] Poesías, LXXIV.

[127] Deben recordarse los años que pasó en las canteras de Seravezza, para la fachada de San Lorenzo.

[128] Por ejemplo, aceptó el encargo del Cristo de la Minerva en 1514, y en 1518 exclamaba desolado por no haber podido ni empezar: “muero de dolor... me parece que soy un ladrón”. Lo mismo por lo que se refiere a la Capilla Piccolomini, de Siena, para la cual había firmado un contrato, en 1501, estipulando que entregaría la obra en tres años. Sesenta años más tarde, en 1561, todavía se atormentaba por el compromiso no cumplido.

[129]Facte paura a ognuno insino a’papi”, le escribía Sebastián del Piombo, el 27 de octubre de 1520.

[130] Conversación con Vasari.

[131] Así en 1534, cuando quiere huir de Pablo III y acaba por dejarse encadenar a la tarea.

[132] Por ejemplo, la carta humillante del Cardenal Julio de Médicis, el futuro Clemente VII, del 2 de febrero de 1518, sospechando que Miguel Ángel se hubiera dejado comprar por los Carraras. Miguel Ángel se inclina, acepta y escribe “que sólo le importa en el mundo complacerlo”.

[133] Véanse sus cartas y las que hizo que Sebastián del Piombo le escribiera después de la toma de Florencia. Se inquieta por su salud, por sus sufrimientos. En 1531 publica un breve para defenderlo contra las impertinencias de los que abusaban de su complacencia.

[134] Compárese la humilde carta de Miguel Ángel a Febo en diciembre de 1533, con la respuesta de Febo en enero de 1534, pedigüeña y vulgar.

[135] “...Si yo no poseo el arte de navegar sobre el océano de vuestro poderoso genio, éste me excusará y no me despreciará, porque no puedo compararme a él. Quien es único en todo no puede nunca ser igualado”. (Miguel Ángel a Tommaso de Cavalieri, 1.º de enero de 1533).

[136] “Hasta ahora me he cuidado de hablar con los desterrados y de tener trato con ellos y me cuidaré todavía más en lo futuro. No hablo con nadie; especialmente, no hablo con los florentinos. Si se me saluda en la calle tengo que responder amistosamente, pero no me detengo. Si yo supiera quiénes son los desterrados florentinos, no respondería de ninguna manera”. (Carta de Roma, en 1548, a su sobrino Lionardo, quien lo ha advertido de que en Florencia se le acusa de tener relaciones con los desterrados, contra los cuales Cosme II acababa de promulgar un edicto muy severo).

Hace más todavía. Reniega de la hospitalidad que recibió estando enfermo, en la casa de los Strozzi:

“En cuanto al reproche que se me hace de haber sido recibido y cuidado, durante mi enfermedad, en la casa de los Strozzi, considero que no estaba en su casa, sino en el cuarto de Luis del Riccio, quien me era muy adicto”.(Luis del Riccio estaba al servicio de los Strozzi). Hay tan pocas dudas de que Miguel Ángel hubiera sido huésped de los Strozzi y no de Riccio, que él mismo, dos años antes, había enviado los Dos Esclavos (ahora en el Louvre) a Roberto Strozzi, para darle las gracias por su hospitalidad.

[137] En 1531, después de la toma de Florencia, después de su sumisión a Clemente VII y de sus cortejos a Valori.

[138] Poesías, XLIX. Probablemente por el año de 1532.

[139] Ibid., VI. Entre 1504 y 1511.

[140]

Né tem’or più cangiar vita né voglia,
Che quasi senza invidia non lo scrivo...
L’ore distinte a voi non fanno forza,
Caso o necessità non vi conduce...

(Poesías, LVIII. Sobre la muerte de su padre; 1534).

[141] Ibid., CXXXV.

[142] La descripción que sigue se inspira en diversos retratos de Miguel Ángel: principalmente en el de Jacobo del Conte (1544-1545) que está en los Uffizi, y del cual Marcelo Venusti hizo una copia atenuada (Museo del Capitolio); en el grabado de Francisco de Holanda, que data de 1538-1539; en el de Julio Bonasoni que es de 1546, y en la descripción de Condivi, hecha en 1553. Su discípulo y amigo Daniel de Volterra hizo después de su muerte varios bustos de él. Leone Leoni grabó en 1561 una medalla con su efigie.

[143] Así lo vieron todavía los que mandaron abrir su ataúd en 1564, cuando fué llevado su cuerpo de Roma a Florencia. Parecía dormido, con su sombrero de fieltro en la cabeza y en los pies sus botas con espuelas.

[144] Condivi. El retrato de Venusti los representa bastante grandes.

[145] Hacia 1490-1492.

[146]

L’affectuosa fantasia,
che l’arte mi fece idol’e monarca...

“La fantasía apasionada
que me hizo del arte un ídolo y un monarca”.

(Poesías, CXLVII. Entre 1555 y 1556).

[147] Se llamaba a sí mismo escultor y no pintor. “Ahora, escribe el 10 de marzo de 1508, yo, Miguel Ángel, escultor, he comenzado las pinturas de la Capilla (Sixtina)”. “Ése no es mi oficio, escribía un año después... pierdo mi tiempo sin utilidad”. (27 de enero de 1509).

Nunca cambió de opinión sobre este punto.

[148] Poesías, CXLVII.

[149] Dante. Paraíso, XXIX, 91.

LA LUCHA

I
LA FUERZA

Davide cholla fromba
e io choll’archo.

Miguel Ángel[150].

Nació el 6 de marzo de 1475 en Caprese, en el Casentino. País áspero, “aire fino”,[151] rocas y bosques de hayas dominando el espinazo del Apenino huesoso. No muy lejos Francisco de Asís vió aparecer al Crucificado sobre el Monte Alvernia.

El padre[152], podestá de Caprese y Chiusi, era un hombre violento, inquieto, “temeroso de Dios”. La madre,[153] murió cuando Miguel Ángel tenía seis años[154]. Fueron cinco hermanos: Lionardo, Miguel Ángel, Buonarroto, Giovan Simone y Sigismondo[155]. Miguel Ángel fué enviado a la casa de su nodriza, la mujer de un tallador de piedras de Settignano; y más tarde, bromeando, atribuía a esta leche su vocación de escultor. Lo mandaron a la escuela y no se ocupó en ella más que de dibujo. “Fué mal visto por esta causa y a menudo cruelmente golpeado por su padre y los hermanos de su padre, que tenían odio para la profesión de artista y consideraban como una vergüenza tener un artista en casa[”[156]. Así aprendió a conocer desde niño la brutalidad de la vida y la soledad del espíritu.

Su obstinación venció a su padre. A los trece años entró como aprendiz en el taller de Domenico Ghirlandajo, el más grande, el más sano de los pintores florentinos. Sus primeros trabajos tuvieron tanto éxito que según se dice, el maestro sintió celos del alumno[157]. Se separaron al cabo de un año.

La pintura lo había disgustado. Aspiraba a un arte más heroico. Pasó a la escuela de escultura que Lorenzo de Médicis sostenía en los jardines de San Marcos[158]. El príncipe se interesó por él; lo alojó en el Palacio y lo admitió en la mesa de sus hijos; el niño se encontró en el corazón del Renacimiento italiano, en medio de colecciones antiguas, en la atmósfera poética y erudita de los grandes Platónicos: Marsilio Ficino, Benivieni, Ángel Policiano. Miguel Ángel se exaltó con estos espíritus; viviendo en un mundo antiguo se hizo un alma antigua; fué un escultor griego. Guiado por Policiano, “quien lo quería mucho”, esculpió El Combate de los Centauros y los Lapitas[159].

Este bajo relieve orgulloso, donde imperan únicamente la fuerza y la belleza impasibles, refleja el alma atlética del adolescente y sus juegos salvajes con sus rudos compañeros.

Iba a la Iglesia del Carmine a dibujar los frescos de Masaccio, con Lorenzo di Credi, Bugiardini, Granacci y Torrigiano dei Torrigiani. Se burlaba de sus camaradas menos hábiles que él. Un día atacó al vanidoso Torrigiani; éste le aplastó la cara de un puñetazo y, más tarde, se alababa de ello contando a Benvenuto Cellini: “Cerré el puño y le di un golpe tan violento en la nariz que sentí los huesos y los cartílagos aplastarse como una oblea. Así lo dejé señalado para toda su vida”[160].


El paganismo no había extinguido la fe cristiana de Miguel Ángel. Los dos mundos enemigos se disputaban su alma.

En 1490 el monje Savonarola comenzó sus inflamadas predicaciones sobre el Apocalipsis. Tenía treinta y siete años y Miguel Ángel quince. Vió al pequeño y endeble predicador devorado por el Espíritu de Dios; se sintió helado de espanto por la voz terrible que desde el púlpito del Duomo lanzaba rayos sobre el Papa y suspendía sobre Italia la espada sangrienta de Dios; Florencia temblaba; la gente corría por las calles llorando y gritando como enloquecida; los más ricos ciudadanos, Ruccellai, Salviati, Albizzi, Strozzi, pedían ingresar en las órdenes monásticas; los sabios, los filósofos, hasta Policiano y Pico de la Mirandola, abdicaban de su razón[161]. El hermano mayor de Miguel Ángel, Lionardo, se hizo dominico[162].

Miguel Ángel no se escapó del contagio del espanto. Cuando se aproximó aquél a quien el Profeta había anunciado, el nuevo Ciro, la espada de Dios, el pequeño monstruo deforme—Carlos VIII, Rey de Francia—fué presa del pánico. Un sueño lo enloqueció.

Un amigo suyo, Cardiere, poeta y músico, vió que se le aparecía una noche la sombra de Lorenzo de Médicis, vestido de harapos, de duelo, semidesnudo; el muerto le ordenó previniese a su hijo Pedro que iba a ser arrojado de su patria y que no retornaría nunca a ella[163]; contó su visión a Miguel Ángel y éste lo convenció para que se la comunicara al Príncipe; pero Cardiere, que tenía miedo a Pedro, no se atrevió. Pocos días después, volvió una mañana a buscar a Miguel Ángel y le dijo, lleno de espanto, que el muerto se le había aparecido de nuevo, con el mismo vestido; y como Cardiere, acostado, lo mirara fijamente en silencio, el fantasma lo abofeteó para castigarlo por no haber obedecido. Miguel Ángel hizo violentos reproches a Cardiere y le obligó a que fuera inmediatamente a pie a la Villa de los Médicis, Careggi, cerca de Florencia. A la mitad del camino, Cardiere encontró a Pedro, lo detuvo e hizo su narración. Pedro se rió estrepitosamente y mandó a sus escuderos que lo apalearan. El Canciller del Príncipe, Bibbiena, le dijo: “Tú estás loco, ¿a quién crees que Lorenzo quiera más, a su hijo o a ti? Si hubiera querido aparecerse lo habría hecho a él y no a ti”. Cardiere, humillado y escarnecido, se volvió a Florencia; hizo saber a Miguel Ángel el fracaso de su intento y lo convenció tan bien de las desgracias que debían caer sobre Florencia, que Miguel Ángel huyó dos días después[164].

Éste fué el primer acceso de los terrores supersticiosos que se reprodujeron más de una vez durante su vida y que se apoderaban de él a pesar de su propia vergüenza.


Huyó hasta Venecia.

Apenas salió de la hornaza de Florencia su sobre-excitación se extinguió. De vuelta en Bolonia, donde pasó el invierno, olvidó totalmente al Profeta y sus profecías[165].

Vuelve a sentir la belleza del mundo; lee a Petrarca, a Bocaccio y a Dante; regresa a Florencia, en la primavera de 1495, durante las fiestas religiosas del Carnaval y las luchas rabiosas de los partidos. Pero esta vez se mantiene tan alejado de las pasiones que en torno suyo se devoran que, a manera de desafío al fanatismo de los savonarolistas, esculpe su famoso Cupido Dormido, que sus contemporáneos tomaron por una obra antigua. No permanece más que algunos meses en Florencia; parte para Roma, y, hasta la muerte de Savonarola, es el más pagano de los artistas. Esculpe el Baco ebrio, el Adonis moribundo y el Cupido grande el mismo año en que Savonarola hace quemar “las Vanidades y los Anatemas”, libros, adornos, obras de arte[166]. Su hermano, el monje Lionardo, sufre persecuciones por su fe en el Profeta. Los peligros se acumulan sobre la cabeza de Savonarola; Miguel Ángel no vuelve a Florencia para defenderlo. Savonarola fué quemado y Miguel Ángel permaneció en silencio[167]. No se halla ninguna huella de este suceso en ninguna de sus cartas.

Miguel Ángel calla, pero esculpe la Piedad: Sobre las rodillas de la Virgen inmortalmente joven, el Cristo muerto está recostado y parece dormir. La severidad del Olimpo flota sobre los rasgos de la diosa pura y del Dios del Calvario; mas hay también una indecible melancolía, que baña estos cuerpos hermosos. La tristeza ha tomado posesión del alma de Miguel Ángel[168].


Y no era únicamente el espectáculo de las miserias y de los crímenes lo que iba a ensombrecerlo. Una fuerza tiránica había entrado en él para no soltarlo ya. Era presa de un furor de genio que ya no le permitió respirar hasta su muerte. Sin ilusiones en la victoria, había jurado vencer para gloria suya y de sus gentes. Toda la carga de su familia pesaba sobre él solo. Lo asediaban con peticiones de dinero. No lo tenía, pero cifraba su orgullo en no rehusarlo jamás; se hubiera vendido él mismo para mandar a los suyos el dinero que reclamaban. Su salud comenzaba a perjudicarse; la mala alimentación, el frío, la humedad, el exceso de trabajo comenzaba a arruinarla, sufría de la cabeza y tenía hinchado un costado[169]. Su padre le reprochaba su manera de vivir, sin creerse él mismo responsable.

“Todas las penas que he sufrido, las he sufrido por usted”, le escribía más tarde Miguel Ángel[170]...

“Todas mis preocupaciones, todas, las tengo por mi amor para usted”[171].


En la primavera de 1501 volvió a Florencia.

Cuarenta años antes se había confiado a Agostino di Duccio un bloque gigantesco de mármol para esculpir en él la figura de un profeta, para la Obra de la Catedral (Opera del Duomo). El trabajo, apenas esbozado, se había quedado interrumpido. Nadie se atrevía a continuarlo. Miguel Ángel se encargó de ello, y de esta roca de mármol hizo surgir el David colosal[172].

Se cuenta que el gonfaloniero Pier Soderini fué a ver la estatua que había encargado a Miguel Ángel y le hizo algunas observaciones para exhibir su buen gusto. Criticó lo grueso de la nariz. Miguel Ángel se subió sobre el andamiaje, tomó un cincel y un poco de polvo de mármol y, moviendo ligeramente el cincel, hizo caer poco a poco el polvo; pero se cuidó muy bien de tocar la nariz y la dejó como estaba. Después, volviéndose hacia el gonfaloniero, le dijo:

—Mirad ahora.

—Ahora, dijo Soderini, me gusta mucho más. Le habéis dado vida.

Entonces Miguel Ángel bajó y se rió silenciosamente[173]. Este mismo desprecio silencioso parece adivinarse en la obra. Es la fuerza tumultuosa en reposo. Está llena de desdén y de melancolía. Se ahoga entre las paredes de un museo. Necesita el aire libre, “la luz sobre el lugar de su colocación”, como decía Miguel Ángel[174].

El 25 de enero de 1504 una comisión de artistas de la cual formaban parte Filippino Lippi, Botticelli, Perugino y Leonardo de Vinci, deliberaron sobre el sitio en que se debía colocar el David. A petición de Miguel Ángel decidieron instalarlo frente al Palacio de la Señoría[175]. El transporte de esta masa enorme fué confiado a los arquitectos de la Catedral. El 14 de mayo por la tarde se hizo salir del cobertizo de tablas donde estaba instalado al coloso de mármol, demoliendo la pared arriba de la puerta. En la noche, gente del pueblo arrojó piedras contra el David, con intenciones de romperlo. Hubo necesidad de vigilarlo. La estatua avanzaba lentamente, ligada, derecha y suspendida de tal manera que se balanceaba libremente sin chocar con el suelo. Se necesitaron cuatro días para llevarla del Duomo al Palacio Viejo. El 18, al medio día, llegó al sitio designado. Se continuó la vigilancia alrededor de la estatua por las noches, pero a pesar de todas las precauciones, una tarde fué lapidada[176].

Así era ese pueblo florentino que algunas veces se presenta al nuestro como modelo[177].


En 1504 la Señoría de Florencia puso frente a frente a Miguel Ángel y a Leonardo de Vinci.

No se amaban estos dos hombres. Su soledad común hubiera debido aproximarlos. Si se sentían alejados del resto de los hombres, lo estaban más todavía el uno del otro. El más aislado de los dos era Leonardo. Tenía 52 años, 20 más que Miguel Ángel. Desde la edad de 30 años había salido de Florencia, cuyas ásperas pasiones eran intolerables para su naturaleza delicada, un poco tímida, y su inteligencia serena y escéptica, abierta para todo y que todo comprendía. Este gran dilettante, este hombre absolutamente libre y absolutamente solo, estaba tan desligado de la patria, de la religión, del mundo entero, que no se hallaba bien más que cerca de los tiranos, libres de espíritu como él. Obligado a salir de Milán en 1499, por la caída de su protector Ludovico el Moro, había entrado al servicio de César Borgia en 1502; y el fin de la carrera política del Príncipe, en 1503, lo hizo volver a Florencia. Allí, su sonrisa irónica se encontró en presencia del sombrío y febril Miguel Ángel y lo exasperó. Miguel Ángel, íntegro en sus pasiones y en su fe, odiaba a los enemigos de sus pasiones y de su fe, pero odiaba mucho más a los que no tenían nada de pasión ni eran de ninguna fe. Mientras más grande era Leonardo, más aversión sentía Miguel Ángel por él y no desperdiciaba ocasión de manifestársela.

Leonardo era un hombre de bella figura, de modales atractivos y distinguidos. Vagaba un día con un amigo por las calles de Florencia; vestía una túnica rosa que le caía hasta las rodillas; sobre su pecho flotaba su barba bien peinada en bucles y arreglada con arte. Cerca de Santa Trinidad conversaban algunos burgueses; discutían unos versos del Dante. Llamaron a Leonardo y le pidieron que les explicara el sentido de dichos versos. Miguel Ángel pasaba en aquellos instantes. Leonardo dijo: “Miguel Ángel explicará los versos de que habláis”. Miguel Ángel, creyendo que quería burlarse, replicó amargamente: “Explícalos tú mismo, tú que has hecho el modelo de un caballo de bronce[178], y que no fuiste capaz de fundirlo, sino que para vergüenza tuya te detuviste en el camino”. Después de lo cual volvió la espalda al grupo y continuó su paseo. Leonardo se quedó allí mismo y enrojeció: y Miguel Ángel, no satisfecho todavía y ardiendo en deseos de ofenderlo, gritó: “¡Y esos tales de milaneses que te creían capaz de semejante obra!”[179].

Así eran los dos hombres que el gonfaloniero Soderini puso en competencia en una obra común: la decoración de la Sala del Consejo en el Palacio de la Señoría. Fué un combate singular entre las dos más grandes fuerzas del Renacimiento. En mayo de 1504 Leonardo comenzó el cartón de la Batalla de Anghiari[180]. En agosto de 1504, Miguel Ángel recibió el encargo de pintar la Batalla de Cascine[181]. Florencia se dividió en dos bandos, por el uno y el otro. El tiempo ha igualado todo y las dos obras han desaparecido[182].


En marzo de 1505, Miguel Ángel fué llamado a Roma por Julio II. Entonces comenzó el período heroico de su vida.

Los dos violentos y grandiosos, el Papa y el artista, estaban hechos para entenderse, cuando no chocaban el uno contra el otro con furor. Sus cerebros hervían con proyectos gigantescos. Julio II quería mandarse construir una tumba digna de la Roma antigua. Miguel Ángel se inflamó con esta idea de orgullo imperial y concibió un proyecto babilónico, una montaña de arquitectura, con más de cuarenta estatuas de dimensiones colosales. El Papa, entusiasmado, lo envió a Carrara para hacer tallar en las canteras todo el mármol necesario. Miguel Ángel permaneció más de ocho meses en las montañas, presa de una exaltación sobrehumana. “Un día que viajaba por la región a caballo, vió un monte que dominaba la costa; lo asaltó el deseo de esculpirlo todo entero, de transformarlo en un coloso visible desde lejos para los navegantes. Y lo habría hecho si hubiera tenido tiempo y si se lo hubieran permitido”[183].

En diciembre de 1505 volvió a Roma, donde comenzaron a llegar por mar los bloques de mármol que había escogido.

Fueron transportados a la plaza de San Pedro, a espaldas de Santa Catarina, donde habitaba Miguel Ángel. “La masa de piedras era tan grande que provocaba el estupor de las gentes y la alegría del Papa”.

Miguel Ángel se puso a trabajar. El Papa, en su impaciencia, iba a verlo sin cesar y “lo trataba tan familiarmente como si hubiera sido su hermano”. Para ir más cómodamente hizo construir un puente levadizo que le aseguraba un paso secreto, del corredor del Vaticano a la casa de Miguel Ángel.

Pero este favor no duró. El carácter de Julio II, no era menos trepidante que el de Miguel Ángel. Se apasionaba sucesivamente por los proyectos más diversos. Le pareció más a propósito otro plan para eternizar su gloria; quiso reedificar la Catedral de San Pedro. Para ello lo impulsaban los enemigos de Miguel Ángel que eran muchos y poderosos; encabezados por un hombre de genio igual al de Miguel Ángel y de una voluntad más fuerte: Bramante de Urbino, arquitecto del Papa y amigo de Rafael. No podía existir simpatía entre la razón soberana de los dos grandes hijos de la Umbría y el genio salvaje del florentino; pero si se decidieron a combatirlo, fué sin duda porque él los había provocado[184]. Miguel Ángel criticaba imprudentemente a Bramante, y con razón o sin ella, lo acusaba de malversaciones en sus trabajos[185]. Bramante decidió inmediatamente arruinarlo.

Lo privó del favor del Papa. Se aprovechó de las supersticiones de Julio II, recordándole la creencia popular según la cual es mal presagio mandarse construir en vida su propia tumba. Logró que ya no se interesara por los proyectos de su rival, substituyéndolos con los suyos. En enero de 1506, Julio II se decidió a reconstruir San Pedro; la tumba fué abandonada; Miguel Ángel se encontró no solamente humillado, sino con deudas por los gastos que había hecho para la obra[186]. Se quejó amargamente. El Papa le cerró sus puertas y como él volviera a la carga, Julio II lo mandó arrojar del Vaticano por uno de sus palafreneros.

Un obispo de Lucques, que presenciaba la escena, dijo al palafrenero:

—Pero ¿no lo conoces?

El palafrenero, dijo a Miguel Ángel:

—Perdonadme, señor, pero he recibido esta orden y tengo que ejecutarla.

Miguel Ángel volvió a su casa y escribió al Papa: “Santo Padre, he sido arrojado del Palacio esta mañana por orden de Vuestra Santidad. Os hago saber que desde hoy, si tenéis necesidad de mí, podéis mandarme buscar en todas partes menos en Roma”.

Envió la carta, llamó a un mercader y a un tallador de piedras que se alojaban en su casa, y les dijo:

“Buscad un judío, vended todo lo que hay en mi casa y venid a Florencia”.

Después montó a caballo y partió[187]. Cuando el Papa recibió la carta, despachó a cinco jinetes, que lo alcanzaron cerca de las once de la noche, en Poggibonsi, y le entregaron la orden siguiente: “Inmediatamente que recibas esta orden volverás a Roma, bajo pena de incurrir en nuestra desgracia”. Miguel Ángel replicó que volvería cuando el Papa cumpliera sus compromisos, porque si no, Julio II no debía esperar volver a verlo jamás[188].

Dirigió al Papa este soneto:[189].

“Señor, si algún proverbio antiguo es cierto, es el que dice que el que puede nunca quiere. Tú has creído fábulas y murmuraciones y has recompensado al enemigo de la verdad. ¡Yo soy y he sido tu bueno y viejo servidor, y te soy adicto como los rayos al sol!... ¡mi tiempo perdido no te aflija! que mientras más me esfuerzo menos te complazco. Yo había esperado engrandecerme con tu grandeza, y que mis únicos jueces fueran la balanza justa y la espada poderosa, y no el eco de la mentira. Pero el cielo se mofa de la virtud, cuando la coloca en este mundo, si debe la virtud coger los frutos de un árbol seco”[190].

La afrenta que recibió de Julio II no fué la única razón que hizo a Miguel Ángel emprender la fuga. En una carta a Giuliano da San Gallo deja entender que Bramante quería mandarlo asesinar[191].

Una vez que salió Miguel Ángel, Bramante se quedó dueño del campo, y al día siguiente de la fuga de su rival mandó poner la primera piedra de San Pedro[192]. Su rencor implacable se encarnizó contra la obra del escultor y procuró arruinarla para siempre. Hizo que el populacho saqueara los talleres de la plaza de San Pedro, donde estaban los bloques de mármol para la tumba de Julio II[193].

Pero el Papa, rabioso por la rebelión de su escultor, enviaba una orden tras otra a la Señoría de Florencia, donde Miguel Ángel se había refugiado. La Señoría mandó comparecer a Miguel Ángel, y le dijo: “Has hecho al Papa una jugada como el mismo rey de Francia no se la hubiera hecho. No queremos comprometernos por causa tuya en una guerra con él; así es que debes volver a Roma. Nosotros te daremos unas cartas en tal forma, que cualquier injusticia en contra tuya sería también contra la Señoría”[194].

Miguel Ángel se resistía tercamente y ponía condiciones. Exigía que Julio II lo dejara hacer la tumba, en la inteligencia de que ya no trabajaría en Roma, sino en Florencia. Cuando Julio II salió a la guerra contra Perusa y Bolonia[195], y sus intimaciones se hicieron más amenazadoras, Miguel Ángel pensó en irse a Turquía, donde el Sultán le ofreció, por conducto de los franciscanos, que fuera a Constantinopla para construir un puente en Pera[196].

Al fin fué necesario ceder, y en los últimos días de noviembre de 1506 fué, aunque de mala gana, a Bolonia, donde Julio II, vencedor, acababa de entrar por la brecha.

“Miguel Ángel había ido una mañana a oír misa a San Petronio. El palafrenero del Papa advirtió su presencia, lo reconoció y lo condujo ante Julio II, quien estaba en la mesa en el Palacio de los Diez y Seis. El Papa, irritado le dijo:

“Tú debías haber ido a buscarnos (a Roma) y has esperado que nosotros viniéramos a encontrarte (en Bolonia)”.

Miguel Ángel se arrodilló y pidió perdón en voz alta, diciendo que no había obrado por malicia sino por irritación porque no había podido soportar ser arrojado como lo había sido. El Papa permanecía sentado con la cabeza baja y la cara inflamada de cólera, cuando un obispo a quien Soderini había enviado para que tomara la defensa de Miguel Ángel, quiso interponerse, y dijo: “Tenga a bien Vuestra Santidad no conceder atención a sus tonterías; ha pecado por ignorancia. Fuera de su arte, todos los pintores son lo mismo”. El Papa, furioso, exclamó: “Le estás diciendo una grosería que nosotros no hemos dicho. El ignorante eres tú... Vete y que el diablo te lleve”, y como no se iba, los servidores del Papa lo arrojaron a puñetazos. Entonces, habiendo descargado su cólera sobre el Obispo, el Papa mandó a Miguel Ángel que se acercara y lo perdonó[197].

Desgraciadamente, para hacer las paces con Julio II fué necesario pasar por todos sus caprichos, y la voluntad todopoderosa había cambiado de nuevo. Ya no se trataba de la tumba, sino de una estatua colosal de bronce que quería mandarse construir en Bolonia. Miguel Ángel protestó en vano diciendo “que él no conocía nada de la fundición del bronce”. Fué necesario aprenderla mediante un trabajo encarnizado. Habitaba un mal cuarto con una sola cama donde se acostaba con sus dos ayudantes florentinos, Lapo y Ludovico, y con su fundidor, Bernardino. Quince meses se pasaron entre molestias de todos géneros. Tuvo que reñir con Lapo y Ludovico, quienes lo robaban.

“Este pillo de Lapo, escribió a su padre, daba a entender a todos que él y Ludovico eran los que hacían toda la obra, o al menos que la hacían en colaboración conmigo. No le podía caber en la cabeza que él no era el amo hasta el instante en que lo despedí; entonces, por primera vez, advirtió que estaba a mi servicio. Lo arrojé como a un animal”[198].

Lapo y Ludovico se lamentaron ruidosamente: propagaron en Florencia calumnias contra Miguel Ángel, y lograron sacarle dinero a su padre con el pretexto de que el escultor les había robado.

Después fué el fundidor, cuya incapacidad se reveló.

“Había creído que el maestro Bernardino era capaz de fundir hasta sin fuego; tanta fe tenía yo en él”.

En junio de 1507 fracasó el trabajo de fundición. La figura no salió más que hasta la cintura. Fué necesario volver a empezarlo todo, Miguel Ángel permaneció ocupado en esta obra hasta febrero de 1508, y estuvo a punto de perder en ella la salud.

“Apenas tengo tiempo de comer, escribe a su hermano... Vivo con la mayor incomodidad y con grandes penas; sólo pienso en trabajar día y noche; he tenido tales sufrimientos y los tengo todavía, que creo que si tuviera que hacer otra vez la estatua, no me alcanzaría la vida; éste ha sido un trabajo de gigante”[199].

El resultado fué miserable, comparado con tales fatigas. La estatua de Julio II, elevada en febrero de 1508 frente a la fachada de San Petronio, no permaneció allí más que cuatro años. En diciembre de 1511 fué destruida por el bando de los Bentivoglio, enemigos de Julio II; y Alfonso de Este compró los restos para hacer un cañón.


Miguel Ángel volvió a Roma. Julio II le imponía otra tarea, no menos inesperada y más peligrosa aún: al pintor, que no sabía nada de la técnica del fresco, le ordenaba pintar la bóveda de la Capilla Sixtina. Se hubiese dicho que se complacía ordenando lo imposible y Miguel Ángel ejecutándolo.

Parece que fué Bramante quien, viendo que Miguel Ángel volvía a tener el favor papal, le colocó esta tarea donde pensaba que naufragaría su gloria[200]. La prueba era tanto más peligrosa para Miguel Ángel cuanto que en este mismo año de 1508, su rival Rafael comenzaba la pintura de las Stanze del Vaticano con un éxito incomparable[201]. Hizo todo lo que pudo por rehusar este formidable honor; llegó hasta a proponer a Rafael en lugar suyo: decía que no era su arte y que no tendría éxito. Pero el Papa se obstinó y fué necesario ceder.

Bramante construyó para Miguel Ángel un andamiaje en la Capilla Sixtina, y se mandaron traer de Florencia algunos pintores experimentados en el fresco, para que lo ayudaran algo. Pero estaba dicho que Miguel Ángel no podía tener ningún género de ayuda. Comenzó por declarar inútil el andamiaje de Bramante, construyendo otro. En cuanto a los pintores florentinos, les tomó mala voluntad y sin más explicaciones los puso a la puerta. “Mandó destruir una mañana todo lo que habían pintado; se encerró en la Capilla y no quiso abrirles ni apareció más por su propia casa. Cuando la burla les pareció que había durado bastante, se decidieron a volver a Florencia, profundamente humillados”[202].

Miguel Ángel se quedó solo con algunos obreros[203]. Y en vez de que las dificultades mayores disminuyeran su atrevimiento, hizo más grande su plan y decidió pintar, no solamente la bóveda como se pretendía al principio, sino también los muros.

El trabajo gigantesco comenzó el 10 de mayo de 1508. ¡Años sombríos, los más sombríos y más sublimes de toda esta vida! Éste es el Miguel Ángel legendario, el héroe de la Sixtina, aquél cuya imagen grandiosa está y debe quedar grabada en la memoria de la humanidad.

Sufrió terriblemente. Sus cartas de entonces demuestran un desaliento apasionado, que no podía satisfacerse con sus divinos pensamientos:

“Estoy en un gran abatimiento de espíritu; hace un año que no recibo nada del Papa; no le pido nada, porque mi obra no avanza bastante para que me parezca merecer una remuneración. Esto se debe a la dificultad del trabajo que no es de mi profesión. Así es que pierdo mi tiempo sin provecho. ¡Dios me asista!”[204].

Apenas había acabado de pintar el Diluvio cuando la pintura comenzó a enmohecerse; ya no se podían distinguir las figuras, y se rehusó a continuar. Pero el Papa no admitió ninguna excusa y tuvo que volver al trabajo.

Sus gentes agregaban a las fatigas y las inquietudes impertinencias odiosas. Toda su familia vivía a sus expensas, abusaba de él, lo hostigaba mortalmente. Su padre no cesaba de gemir, de inquietarse por asuntos de dinero. Tenía que gastar su tiempo dándole valor, cuando él mismo estaba agotado.

“No os agitéis, ésas no son cosas que importen fundamentalmente para la vida... yo no dejaré que os falte nada mientras yo mismo tenga algo... mientras que yo exista no os faltará nada, aunque os quiten todo lo que tenéis en el mundo... Prefiero ser pobre y saber que estáis vivo, a tener todo el oro del mundo y saber que estáis muerto... Si no podéis como otros tener los honores de este mundo, que os baste tener vuestro pan, y vivir como Cristo, bueno y pobre, como yo lo hago aquí; porque yo soy un miserable y no me atormento por la vida ni por el honor, es decir, por el mundo; y vivo entre grandes penas y con una desconfianza infinita. Desde hace quince años no tengo una hora buena; he hecho todo lo posible por sosteneros y nunca lo habéis reconocido ni creído. ¡Que Dios nos perdone a todos! ¡Estoy dispuesto en lo futuro y mientras viva a obrar siempre de la misma manera, con sólo que lo pueda hacer!”[205].

Sus tres hermanos lo explotaban. Esperaban de él dinero y posición; agotaban sin escrúpulo el pequeño capital reunido por Miguel Ángel en Florencia; iban a hospedarse en su casa, en Roma; hacían que se les comprara, Buonarroto y Giovan Simone un pequeño comercio, y Gismondo algunas tierras cerca de Florencia. Y no agradecían nada, como si todo se lo merecieran. Miguel Ángel sabía que lo explotaban, pero era demasiado orgulloso para impedirlo. Los pícaros no se limitaban a esto, pues observaban mala conducta y maltrataban a su padre cuando Miguel Ángel estaba ausente. Entonces Miguel Ángel estallaba con amenazas furiosas; corregía a sus hermanos como si fueran pilluelos viciosos, a latigazos; los hubiera matado en caso necesario.

“Giovan Simone:[206]

“Se dice que quien hace bien al bueno, lo hace mejor, pero que los beneficios vuelven más malvado al malvado. Hace mucho que trato, con buenas palabras y con buenas maneras, de conducirte a una vida honrada, en paz con tu padre y con nosotros, y cada día eres peor... Podría hablarte muy largo, pero sólo serían palabras. Para terminar, sabe con certidumbre que no posees nada en el mundo, porque yo soy quien te da el sustento para vivir, por amor de Dios, porque creía que eras mi hermano como los otros; pero ahora estoy seguro de que no eres mi hermano, porque si lo fueras, no habrías amenazado a mi padre. Eres más bien una bestia, y te trataré como a una bestia. Debes saber que quien ve a su padre amenazado, debe exponer la vida por él... ¡Basta! Te digo que no posees nada en el mundo, y si oigo algo de ti, iré a enseñarte a dilapidar tu fortuna y a quemar la casa y los bienes que tú no has ganado. No estás donde tú crees. Si voy a tu lado, te mostraré algunas cosas que te harán llorar lágrimas ardientes y conocer en qué fundas tu arrogancia... Si quieres dedicarte a obrar bien, a honrar y venerar a tu padre, te ayudaré como a los otros y dentro de poco te procuraré una tienda. Pero si no lo haces así, iré y arreglaré tus asuntos de tal manera que conozcas quién eres y que sepas exactamente lo que tienes en el mundo... ¡Nada más! Donde me faltan palabras, las suplo con hechos”.

Michelagniolo, en Roma.

“Dos líneas más. Desde hace doce años arrastro una vida miserable por toda Italia, soporto todas las vergüenzas, sufro todas las penas, desgarro mi cuerpo con todas las fatigas, expongo mi vida a mil peligros, únicamente por ayudar a mi casa; y ahora que he comenzado a levantarla un poco, ¡te diviertes destruyendo en una hora lo que yo he edificado con tanto trabajo y en tantos años! ¡Cuerpo de Cristo! ¡Eso no será! Porque yo soy capaz de hacer pedazos a diez mil como tú, si es necesario. Por eso debes ser prudente, y no impulsar hasta el extremo a quien tiene pasiones muy distintas de las tuyas”[207].

Después le toca el turno a Gismondo:

“Vivo aquí en la miseria y con grandes fatigas corporales. No tengo amigo de ningún género, ni lo quiero. Hace muy poco tiempo que tengo recursos para comer a mi gusto. Dejad de causarme tormentos, porque ya no podría soportar ni una onza”[208].

Finalmente, el tercer hermano, Buonarroto, empleado en la casa de comercio de los Strozzi, después de todos los préstamos de dinero que le hizo Miguel Ángel, lo molesta desvergonzadamente y se vanagloria de haber gastado por él más de lo que ha recibido.

“Yo querría, le escribe Miguel Ángel, saber por tu ingratitud, de dónde tienes tú dinero; querría saber si tienes en cuenta los 228 ducados míos que tomaste en el banco de Santa María la Nueva, y de otros muchos centenares de ducados que he enviado a la casa, y de las penas y preocupaciones que he tenido para sosteneros. Yo querría saber si tienes en cuenta todo esto. Si tuvieras bastante inteligencia para reconocer la verdad, no dirías: He gastado tanto de lo mío, y no te habrías vuelto contra mí para atormentarme con tus asuntos, sin acordarte de toda mi conducta pasada para vosotros. Te habrías dicho: ‘Miguel Ángel sabe lo que nos ha escrito; si no lo hace ahora, es porque se lo impide algo que no sabemos: seamos pacientes’. Cuando un caballo corre todo lo que puede, no es bueno espolearlo, para que corra más de lo que puede. Pero ustedes nunca me han conocido ni me conocen. ¡Qué Dios los perdone! Él es quien me ha concedido la gracia de bastarme para todo lo que he hecho en ayuda de ustedes. Pero ustedes no lo reconocerán sino hasta que ya no me tengan”[209].

Tal era la atmósfera de ingratitud y de envidia en la cual se debatía Miguel Ángel, entre una familia indigna que lo hostigaba y enemigos encarnizados que lo espiaban, contando con su fracaso. Y él ejecutaba entre tanto la obra heroica de la Sixtina, mediante esfuerzos desesperados. Poco faltó para que abandonara todo y huyera de nuevo. Creía que iba a morir[210]. Tal vez lo haya deseado.

El Papa se irritaba con sus lentitudes y su obstinación para ocultar la obra. Sus caracteres orgullosos entrechocaban como nubes de tempestad. “Un día, dice Condivi, Julio II le preguntó cuándo terminaba la Capilla, y Miguel Ángel contestó, según su costumbre: ‘Cuando pueda’. Julio II, furioso, le dió un golpe con su bastón repitiendo: ‘¡Cuando pueda! ¡Cuando pueda!’ Miguel Ángel corrió a su casa e hizo sus preparativos para salir de Roma. Pero Julio II le despachó un enviado que le llevaba 500 ducados, lo apaciguó lo mejor que pudo y disculpó al Papa. Miguel Ángel aceptó las excusas. Pero al día siguiente volvían a empezar. El Papa llegó a decirle un día, coléricamente: ‘¿Quieres que mande tirar tus andamios?’ Miguel Ángel tuvo que ceder, quitó el andamiaje y descubrió la obra el día de Todos los Santos de 1512”.

Esta festividad brillante, y al mismo tiempo sombría, por los reflejos que recibe del Día de Muertos, era bien apropiada para la inauguración de esta obra terrible, llena del Espíritu del Dios que crea y que mata—Dios devorador, por donde se precipita toda la fuerza de vivir, como un huracán[211].

NOTAS:

[150] Poesías, I. En una hoja suelta, en el Louvre, donde están los esbozos del David.

[151] Miguel Ángel se complacía diciendo que debía su “genio al aire fino de la comarca de Arezzo”.

[152] Ludovico di Lionardo Buonarroti Simoni. Porque el verdadero nombre de la familia era Simoni.

[153] Francesca di Neri di Miniato del Sera.

[154] El padre volvió a casar algunos años después, en 1485, con Lucrezia Ubaldini, quien murió en 1497.

[155] Lionardo nació en 1473; Buonarroto, en 1477; Giovan Simone en 1479; Sigismondo, en 1481. Leonardo se hizo monje y así Miguel Ángel fué el mayor, el jefe de la familia.

[156] Condivi.

[157] A decir verdad, apenas puede creerse esta envidia de un artista tan potente; de cualquier manera yo no creo que haya sido la causa de la partida precipitada de Miguel Ángel, quien conservó hasta su vejez respeto para su primer maestro.

[158] El director de esta Escuela era Bertoldo, discípulo de Donatello.

[159] El Combate de los Centauros y los Lapitas, está en la casa Buonarroti de Florencia. Del mismo tiempo es la Máscara del fauno riendo, que valió a Miguel Ángel la amistad de Lorenzo de Médicis, y la Madona de la Escalera, bajo relieve de la casa Buonarroti.

[160] Esto fué como por 1491.

[161] Murieron poco después, en 1494. Policiano pidió que se le enterrara como dominico en la Iglesia de San Marcos, la Iglesia de Savonarola; Pico de la Mirandola revistió para morir los hábitos dominicos.

[162] En 1491.

[163] Lorenzo de Médicis había muerto el 8 de abril de 1492; su hijo Pedro le había sucedido. Miguel Ángel abandonó el Palacio, volvió a la casa de su padre y permaneció algún tiempo sin empleo. Después Pedro lo volvió a tomar a su servicio, encargándolo de comprarle camafeos y piedras grabadas; entonces esculpió el Hércules colosal, de mármol, que estuvo primero en el Palacio Strozzi, después fué comprado por Francisco I en 1529 y colocado en Fontainebleau, de donde desapareció en el siglo XVII. De este tiempo es también el Crucifijo de madera, del convento de San Spirito, para el cual Miguel Ángel estudió la anatomía sobre cadáveres, con tal encarnizamiento que cayó enfermo (1494).

[164] Condivi. La fuga de Miguel Ángel sucedió en octubre de 1494. Un mes más tarde Pedro de Médicis huyó a su vez por la rebelión del pueblo; y el Gobierno popular se instaló en Florencia con el apoyo de Savonarola, quien profetizaba que Florencia extendería la República por el mundo entero. Esta República reconocía sin embargo un rey: Jesucristo.

[165] Fué huésped del noble Giovanni Francesco Aldovrandi, quien lo ayudó en ciertas dificultades con la policía de Bolonia. Trabajó entonces en la estatua de San Petronio y en una estatuita de ángel para el tabernáculo (Arca) de San Domenico; pero estas obras no tienen absolutamente ningún carácter religioso. Siempre es la misma fuerza orgullosa.

[166] Miguel Ángel llegó a Roma en junio de 1496. El Baco ebrio, el Adonis moribundo (Museo del Bargello), y el Cupido (South Kensington), son de 1497. Parece que Miguel Ángel dibujó también en esta misma época, el cartón de la Estigmatización de San Francisco para San Pedro de Montorio.

[167] 23 de mayo de 1498.

[168] Se ha dicho siempre hasta ahora que la Pietà fué ejecutada para el cardenal francés Juan de Groslaye de Villiers, abate de Saint Denis, embajador de Carlos VIII, quien la encargó a Miguel Ángel para la capilla de los Reyes de Francia en San Pedro. (Contrato de 27 de agosto de 1498). M. Charles Samaran, en un estudio sobre La Casa de Armagnacen el siglo XV, ha comprobado que el cardenal francés que mandó esculpir la Pietà, fué Juan de Bilhères, abate de Pessan, obispo de Lombez, abate de Saint Denis. Miguel Ángel trabajó en ella hasta 1501.

Una conversación de Miguel Ángel con Condivi explica por un pensamiento de misticismo caballeresco la juventud de la Virgen, tan diferente de las Mater Dolorosa, salvajes, marchitas, convulsas de dolor, de Donatello, de Signorelli, de Mantegna y de Botticelli.

[169] Carta de su padre, 19 de diciembre de 1500.

[170] Carta a su padre. Primavera de 1500.

[171] Carta a su padre, 1521.

[172] En agosto de 1501. En los meses precedentes había firmado con el Cardenal Francesco Piccolomini un contrato, que no cumplió nunca, para la decoración del altar Piccolomini en la Catedral de Siena. Éste fué uno de los remordimientos de toda su vida.

[173] Vasari.

[174] Miguel Ángel decía a un escultor, que se esforzaba por arreglar la luz en su taller de tal manera que su obra resultara favorecida: “No te tomes tantos trabajos; lo que importa es la luz sobre el lugar de su colocación”.

[175] Se ha conservado el detalle de estas deliberaciones. (Milanesi, Contratti artistici, páginas 620 y siguientes). El David permaneció hasta 1873 en el lugar señalado por Miguel Ángel, frente al Palacio de la Señoría. Después, la estatua, que había sido perjudicada de una manera inquietante por la lluvia, fué llevada a la Academia de Bellas Artes de Florencia, a una rotonda especial (Tribuna del David.) El Circolo Artistico de Florencia propone ahora mandar hacer una copia en mármol blanco para elevarla en el sitio antiguo, frente al Palacio Viejo.

[176] Relación contemporánea e Historias Florentinas de Pietro di Marco Parenti.

[177] Debemos agregar que la casta desnudez del David ofendía el pudor de Florencia. El Aretino, reprochando a Miguel Ángel la indecencia de su Juicio Final, le escribía, en 1545: “Imitad la modestia de los florentinos, que ocultan con hojas de oro las partes vergonzosas de su bello Coloso”.

[178] Alusión a la estatua ecuestre de Francesco Sforza, que Leonardo dejó sin terminar y con la cual los arqueros gascones de Luis XII se divirtieron tomando como blanco el modelo en yeso.

[179] Relación de un contemporáneo. (Anónimo de la Magliabecchiana.)

[180] Se le impuso la humillación de pintar la victoria de los florentinos sobre sus amigos los milaneses.

[181] O la Guerra de Pisa.

[182] El cartón de Miguel Ángel que fué el único ejecutado desde 1505, desapareció en 1512, cuando los motines provocados en Florencia por el regreso de los Médicis. Esta obra sólo es conocida por copias fragmentarias. La más famosa de estas copias es el grabado de Marco Antonio. (Los Trepadores.) En cuanto al fresco de Leonardo, Leonardo mismo bastó para destruirlo. Quiso perfeccionar la técnica del fresco y ensayó una pintura de aceite que no se conservó; en 1506 abandonó desalentado este trabajo, que ya en 1550 no existía.

De este período de la vida de Miguel Ángel (1501-1505) son también los dos bajo relieves circulares de la Madona y del Niño que están en la Royal Academy de Londres y en el Museo del Bargello de Florencia; la Madona de Brujas, adquirida en 1506 por unos comerciantes flamencos, y el gran cuadro al temple de la Santa Familia de los Uffizi, el más bello y más cuidado de los de Miguel Ángel. Su austeridad puritana y su aspecto heroico, se oponen rudamente a las languideces afeminadas del arte leonardesco.

[183] Condivi.

[184] Cuando menos a Bramante. Rafael era demasiado amigo y estaba demasiado obligado con Bramante para no hacer causa común con él; pero no hay pruebas de que haya obrado personalmente contra Miguel Ángel. Sin embargo, éste lo acusa formalmente: “Todas las dificultades habidas entre el Papa Julio y yo fueron obra de los celos de Bramante y de Rafael. Trataban de perderme; y en verdad Rafael tenía motivos para ello, porque lo que sabía de arte, de mí lo había aprendido”. Carta de octubre de 1542 a un personaje desconocido. (Cartas, edición Milanesi, páginas 489-494).

[185] Condivi, que por su ciega amistad con Miguel Ángel se hace un poco sospechoso, dice: “Bramante era impulsado a perjudicar a Miguel Ángel en primer lugar por sus celos y después por el temor que tenía de los juicios de Miguel Ángel, quien descubría sus faltas. Bramante, como todos saben, era muy dado al placer y muy disipador. El sueldo que recibía del Papa, por elevado que fuera, no le bastaba y trataba de ganar en sus obras, haciendo construir los muros con malos materiales, de solidez insuficiente. Cualquiera puede comprobarlo en sus construcciones de San Pedro, del corredor del Belvedere, del claustro de San Pedro Advíncula, etc. que ha sido necesario recientemente sostener por medio de garfios y puntales, porque habían caído o estaban para caer en poco tiempo”.

[186] “Cuando el Papa cambió de idea, y llegaron los barcos con el mármol de Carrara, yo mismo tuve que pagar el flete. Al mismo tiempo, los talladores de piedras que yo había hecho venir de Florencia para la tumba, llegaron a Roma; y como yo había hecho instalar y amueblar para ellos la casa que Julio me había dado detrás de Santa Catarina, me vi sin dinero y con grandes dificultades”. (Carta ya citada, de octubre de 1542).

[187] El 17 de abril de 1506.

[188] Toda esta relación está tomada textualmente de una carta de Miguel Ángel, de octubre de 1542.

[189] Lo atribuyo a esta fecha, que me parece la más verosímil, aun cuando Frey, sin suficientes razones a mi juicio, cree que el soneto es de hacia 1511.

[190] Poesías, III. Véanse Apéndice I, y al fin de la segunda parte de este libro. El árbol seco es una alusión a la encina verde que figura en el escudo de los De la Rovere, familia de Julio II.

[191] “Esta no fué la única causa de mi partida; había también otra cosa de la cual prefiero no hablar. Basta decir que me hizo pensar que si yo me quedaba en Roma, esta ciudad sería mi tumba, antes que la del Papa. Y ésta fué la causa de mi partida súbita”.

[192] 18 de abril de 1506.

[193] Carta de octubre de 1542.

[194] Ibid.

[195] Fines de agosto de 1506.

[196] Condivi. Miguel Ángel había tenido ya la idea de ir a Turquía en 1504; y en 1519 estuvo en relaciones con “el Señor de Andrinópolis”, quien le pedía que fuera a ejecutar para él algunas pinturas. Es sabido que Leonardo de Vinci también había intentado ir a Turquía.

[197] Condivi.

[198] Carta a su padre, 8 de febrero de 1507.

[199] Cartas a su hermano, del 29 de septiembre y del 10 de noviembre de 1507.

[200] Esto es al menos lo que pretende Condivi. Hay que notar sin embargo, que desde antes de la fuga de Miguel Ángel a Bolonia, se había tratado de que pintara la Sixtina, y que entonces este proyecto agradaba poco a Bramante, quien quería alejar de Roma a su rival. (Carta de Pietro Rosselli a Miguel Ángel, en mayo de 1506).

[201] Entre abril y septiembre de 1508, Rafael pintó el cuarto llamado de la Firma (Escuela de Atenas y Disputa del Santo Sacramento).

[202] Vasari.

[203] En las cartas de 1510 a su padre, Miguel Ángel se lamenta respecto de uno de sus ayudantes, que no es bueno para nada más “que para hacerse servir... sin duda me faltaba este trabajo. No tenía ya suficiente... me hace sufrir como una bestia”.

[204] Carta a su padre, 27 de enero de 1509.

[205] Cartas a su padre, 1509-1512.

[206] Giovan Simone había maltratado brutalmente a su padre. Miguel Ángel escribió a éste:

“He visto por vuestra última carta cómo van las cosas y cómo se porta Giovan Simone. Hace diez años que no tenía una noticia tan mala. Si hubiera podido, el mismo día que recibí vuestra carta, habría montado a caballo para ir a arreglarlo todo. Pero puesto que me es imposible, ya le escribo, y si no cambia de conducta, si se lleva un solo limpiadientes de la casa o si hace cualquier cosa que os disguste, os suplico que me informéis; obtendré licencia del Papa e iré”. (Primavera de 1509).

[207] Carta a Giovan Simone. Fechada según Henry Thode en la primavera de 1509 y en la edición Milanesi en julio de 1508.

Adviértase que Giovan Simone era entonces un hombre de treinta años. Miguel Ángel sólo tenía cuatro más que aquél.

[208] A Gismondo, 17 de octubre de 1509.

[209] Carta a Buonarroto, julio 30 de 1513.

[210] Cartas, agosto de 1512.

[211] He analizado esta obra en el Miguel Ángel, de la colección “Los Maestros del Arte”. Por eso no la estudio aquí.

II
LA FUERZA QUE SE ROMPE

Roct’è l’alta colonna[212].

Miguel Ángel salió de este trabajo de Hércules, glorioso y aniquilado. Por haber tenido, durante varios meses, la cabeza hacia atrás, para pintar la bóveda de la Sixtina, “se había lastimado la vista de tal modo, que por mucho tiempo no pudo leer una carta, o mirar un objeto, sino levantándolos por encima de su cabeza, para verles mejor”[213].

Él mismo se burlaba de sus achaques:

“La fatiga me ha hinchado, como el agua a los gatos de Lombardía. Mi vientre apunta hacia la barba; la barba se endereza hacia el cielo; mi cráneo se apoya en la espalda y mi pecho parece de harpía; el pincel, chorreando sobre mi cara, le dejó una decoración muy pintoresca. Los lomos se me han hundido dentro del cuerpo y el trasero me sirve de contrapeso. Camino al azar, sin poder verme los pies. Mi piel se estira por delante y se arruga por detrás; estoy convertido en un arco sirio. Mi inteligencia es tan bizarra como mi cuerpo, porque no puede dar mucho de sí una caña torcida...”[214].

Es preciso no engañarse con este buen humor. Miguel Ángel sufría por ser feo. Para un hombre como él, enamorado más que nadie de la belleza física, la fealdad era una vergüenza[215]. Se descubren indicios de esta humillación en algunos de sus madrigales[216]. Su pena era más profunda, porque toda su vida fué devorado por el amor; y no parece que alguna vez fuera correspondido. Por eso se replegaba en sí mismo y confiaba a la poesía su ternura y sus penas.

Desde la infancia componía versos; esto era para él una necesidad imperiosa. Llenaba sus dibujos, sus cartas, sus hojas sueltas, con pensamientos escritos que reformaba sin cesar. Desgraciadamente, en 1518, quemó la mayor parte de sus poesías de juventud; otras fueron destruidas antes de su muerte. Lo poco que nos queda, basta sin embargo para evocar sus pasiones[217].

La más antigua de sus poesías parece haber sido escrita en Florencia, por el año de 1504[218].

“¡Qué feliz vivía, mientras me fué dado resistir victoriosamente tus furores, oh amor! ¡Ahora, ay de mí, mi pecho está bañado de lágrimas! ya he conocido tu fuerza...”[219].

Dos madrigales, escritos entre 1504 y 1511, probablemente dedicados a la misma mujer, tienen una expresión conmovedora:

“¿Quién me arrastra por fuerza hacia ti... ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!... ligado y encadenado, aunque sea libre y dueño de mí mismo!”

Chi è quel che per forza a te mi mena,
Oilmè, oilmè, oilmè,
Legato e strecto, e son libero e sciolto?
[220]

“¿Cómo es posible que yo ya no sea mío? ¡Oh Dios, oh Dios, oh Dios! ¿Quién me ha arrancado a mí mismo?... ¿Quién puede más en mí que yo mismo? ¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ¡Oh Dios!”

Come può esser, ch’io non sia più mio?
O Dio, o Dio, o Dio!
Chi m’ha tolto a me stesso,
Ch’a me fusse più presso
O più di me potessi, che poss’io?
O Dio, o Dio, o Dio!...
[221].

De Bolonia, en el reverso de una carta de diciembre, 1507, es este soneto juvenil, cuya preciosidad sensual evoca una visión de Botticelli:

“¡Cuánto goza la guirnalda bien compuesta ciñendo su cabellera de oro! Todas las flores parecen luchar por ser las primeras en besar su frente... El traje que oprime y cubre su pecho es feliz todo el día. La tela de oro no se cansa de tocar sus mejillas y su cuello. Pero más feliz aún es el listón bordado de oro, que ciñe dulcemente y con ligera presión el blanco seno. El cinturón parece decir: ‘¡Quisiera estrecharla siempre!’ ¡Ah!... ¿y qué harían entonces mis brazos?”[222].

En una larga poesía de carácter íntimo, una especie de confesión[223], que es difícil citar exactamente, Miguel Ángel describe, con una singular crudeza de expresión, sus angustias de amor.

“Cuando estoy un día sin verte, no puedo hallar la paz en ningún sitio; cuando te veo, eres para mí como la comida para el hambriento... Cuando tú me sonríes o me saludas en la calle, ardo como pólvora... Cuando me hablas, mi rostro se enrojece, pierdo la voz y se apaga súbitamente mi gran deseo...”[224].

Y después, estos gemidos de dolor:

“¡Ah, qué pena infinita siente mi corazón cuando recuerdo que aquélla a quien yo amo no me ama...! ¿Cómo seguiré viviendo?...”.

...Ahi, che doglia’nfinita
Sente’l mio cor, quando li torna a mente,
Che quella ch’io tant’amo amor non sente!
Come restero’n vita?...
[225].

Y estas líneas escritas después de sus estudios para la Madona de la Capilla Médicis:

“Me quedo solo, ardiendo entre la sombra, cuando el sol priva al mundo de sus rayos. Todos se regocijan, y yo sufro, postrado en tierra, gimiendo y llorando”[226].

El amor no aparece en las poderosas esculturas y pinturas de Miguel Ángel; en ellas sólo expresa sus pensamientos heroicos, como si se avergonzara de manifestar ahí las debilidades de su corazón. Sólo a la poesía se ha confiado. Aquí es donde hay que buscar el secreto de este corazón, tímido y tierno bajo su ruda corteza:

Amando, a che son nato?

“Yo amo: ¿para qué he nacido?”[227].


Terminada la Sixtina y muerto Julio II[228], Miguel Ángel volvió a Florencia y reanudó el proyecto que tanto le interesaba: la tumba de Julio II. Se comprometió por contrato a hacerla en siete años[229]. Durante tres años se consagró casi exclusivamente a este trabajo[230]. En este período relativamente tranquilo—período de madurez melancólica y serena, en el cual se apaciguan las furias hirvientes de la Sixtina, como un océano que se calma y vuelve a su lecho—Miguel Ángel produjo sus obras más perfectas, las que realizan mejor el equilibrio de sus pasiones y de su voluntad: el Moisés y los Esclavos del Louvre[231].

Pero no fué más que un instante: el curso tempestuoso de su vida continuó casi inmediatamente. Volvió a caer entre las sombras.

El nuevo Papa, León X, quiso separar a Miguel Ángel de la tarea de glorificación de su predecesor, y dedicarlo al triunfo de su propia estirpe. Era para él una cuestión de orgullo más que de simpatía, porque su espíritu epicúreo no podía comprender el genio triste de Miguel Ángel[232]; todos sus favores eran para Rafael. Pero el hombre de la Sixtina era una gloria italiana; León X quiso domesticarlo.

Ofreció a Miguel Ángel que construyera la fachada de San Lorenzo, la iglesia de los Médicis, en Florencia. Miguel Ángel, estimulado por su rivalidad con Rafael, quien se había aprovechado de su ausencia para llegar a ser en Roma el soberano del arte[233], se dejó arrastrar en esta nueva tarea, que le era materialmente imposible cumplir sin descuidar la anterior, y que debía ser para él una causa de tormentos sin fin. Trataba de convencerse de que podía seguir adelante con la tumba de Julio II y la fachada de San Lorenzo. Esperaba descargarse de la mayor parte del trabajo buscando un ayudante, para no ejecutar él mismo más que las estatuas principales. Pero, según su costumbre, se embriagó poco a poco con su proyecto, y muy pronto no soportó ya compartir con nadie este honor. Más aún, temía que el Papa quisiera retirarle la obra, y suplicó a León X que lo sujetara con esta nueva cadena[234].

Naturalmente, le fué imposible continuar el monumento de Julio II. Pero lo más triste fué que tampoco llegó a elevar la fachada de San Lorenzo. No le bastaba con rechazar toda colaboración; por su terrible manía de hacerlo todo personalmente, en lugar de quedarse en Florencia y trabajar su obra, fué a Carrara para vigilar la extracción de los bloques. Allí tropezó con dificultades de toda clase. Los Médicis querían utilizar las canteras de Pietrasanta, recientemente adquiridas por Florencia, en vez de las de Carrara. Por haber tomado el partido de los de Carrara, Miguel Ángel fué acusado injuriosamente por el Papa de haberse vendido[235], y por haber tenido que obedecer las órdenes del Papa, fué perseguido por los Carraras, quienes se entendieron con los marineros ligures, y no encontró un solo barco de Génova a Pisa para transportar sus mármoles[236]. Tuvo que construir un camino, en parte sobre pilotes, a través de las montañas y de los llanos pantanosos. La gente de la comarca no quería contribuir para los gastos del camino. Los trabajadores no entendían absolutamente su cometido. Las canteras eran nuevas, los obreros eran nuevos. Miguel Ángel gemía:

“He intentado resucitar muertos, queriendo domar estas montañas y traer el arte aquí”[237]. Se mantenía firme, sin embargo. “Lo que he prometido, lo cumpliré, a pesar de todo: haré la obra más bella que se haya hecho en Italia, si Dios me asiste”.

¡Cuánta fuerza, entusiasmo y genio perdidos en vano! A fines de septiembre de 1518, cayó enfermo en Seravezza, de fatiga y de hastío. Comprendía que su salud y sus ensueños se gastaban en esta vida de obrero. Tenía la obsesión de comenzar al fin su trabajo y la angustia de no poder hacerlo. Estaba asediado por otros compromisos que no podía satisfacer[238].

“Muero de impaciencia porque mi adverso destino no me permite hacer lo que quisiera. Muero de dolor, me siento como si fuera un tramposo, aunque no sea mía la culpa”[239]...

De vuelta en Florencia, se consumía esperando la llegada de los cargamentos de mármol; pero el Arno estaba seco y los barcos no podían subir el río con los bloques.

Al fin llegaron. ¿Podrá trabajar ahora?—No. Vuelve a las canteras. Se obstina en no comenzar antes de haber reunido, como antes para la tumba de Julio II, toda una montaña de mármol. Retrocede cuando llega el instante de empezar; parece que tiene miedo. ¿No habrá prometido demasiado? ¿No se habrá comprometido de una manera temeraria en este trabajo de arquitectura? Éste no es su oficio: ¿dónde pudo haberlo aprendido? Y ahora no puede avanzar ni retroceder.

Todas sus fatigas no le bastan ni para asegurar el transporte de los mármoles. De seis columnas monolíticas enviadas a Florencia, cuatro se rompieron en el camino y otra en la misma Florencia. Sus obreros lo engañaban.

Al fin, el Papa y el Cardenal de Médicis se impacientaron por tanto tiempo precioso, inútilmente perdido entre las canteras y los caminos fangosos. El 10 de marzo de 1520, un breve del Papa desligó a Miguel Ángel del contrato de 1518 para la fachada de San Lorenzo. Miguel Ángel no recibió más aviso que la llegada a Pietrasanta de los equipos de obreros enviados para reemplazarlo. Se sintió cruelmente agraviado.

“No tomo en cuenta al cardenal, dijo, los tres años que he perdido aquí. No le tomo en cuenta que me he arruinado por esta obra de San Lorenzo. No le tomo en cuenta la gran afrenta que se me hace encargándome esta obra y retirándomela después sin saber siquiera por qué. No le tomo en cuenta todo lo que he perdido y todo lo que he gastado... Y ahora, el asunto puede resumirse así: el Papa se queda con la cantera y con los bloques tallados, y yo con el dinero que tengo en mano: ¡500 ducados, y se me devuelve mi libertad!”[240].

No era a sus protectores a quienes Miguel Ángel debía acusar, sino a sí mismo, y él bien lo sabía. Éste era su mayor dolor. Luchaba en contra de sí mismo. De 1515 a 1520, en la plenitud de su fuerza y desbordante de genio, ¿qué había hecho?

El insignificante Cristo de la Minerva; ¡una obra de Miguel Ángel donde no está Miguel Ángel! Y ni esto siquiera pudo acabar[241].

De 1515 a 1520, en estos últimos años del gran Renacimiento, antes de los cataclismos que iban a dar fin a la primavera de Italia, Rafael había pintado las Loggias, la Sala del Incendio, la Farnesiana, obras maestras de todos los géneros; había edificado la Villa Madame, dirigido la construcción de San Pedro, las exploraciones, las fiestas, los monumentos; había gobernado el arte, fundado una escuela numerosa y había muerto en medio de su trabajo y de su triunfo[242].


La amargura de sus desilusiones, la desesperación de los días perdidos, de las esperanzas arruinadas, de la voluntad rota, se reflejan en las obras del período siguiente: las tumbas de los Médicis y las nuevas estatuas del monumento de Julio II[243].

El libre Miguel Ángel, que toda su vida no hizo más que pasar de un yugo a otro, había cambiado de amo. El cardenal Julio de Médicis, que llegó a ser Papa con el nombre de Clemente VII, reinó sobre él de 1520 a 1534.

Clemente VII ha sido juzgado con mucha severidad.

Sin duda, como todos estos Papas, quiso hacer del arte y de los artistas unos servidores del orgullo de su familia. Pero Miguel Ángel no tuvo por qué quejarse de él; ningún Papa lo amó tanto; ninguno demostró un interés tan constante y apasionado por sus trabajos[244]. Nadie comprendió mejor las debilidades de su voluntad, hasta defendiéndolo contra él mismo e impidiendo que se dispersara en vano. Aun después de la sublevación de Florencia y la rebelión de Miguel Ángel, Clemente no cambió para él[245]. Pero no dependía de él apaciguar la inquietud, la fiebre, el pesimismo y la mortal melancolía que devoraban su gran corazón. ¡Qué importaba la bondad personal de un amo! De todos modos era un amo.

“He servido a los Papas, decía Miguel Ángel, pero únicamente por fuerza”[246].

¿Qué importaban un poco de gloria y una o dos obras bellas? ¡Estaba esto tan lejos de lo que él había soñado! Y la vejez ya venía. Todo se iba ensombreciendo a su alrededor. El Renacimiento terminaba. Roma iba a ser saqueada por los bárbaros. La sombra amenazadora de un Dios triste iba a pesar sobre el pensamiento de Italia. Miguel Ángel sentía venir la hora trágica, y sufría una angustia sofocante.

Después de haber arrancado a Miguel Ángel de la enredada empresa en la cual se había comprometido, Clemente VII resolvió lanzarlo por un nuevo camino, donde tenía la intención de vigilarlo más de cerca. Le confió la construcción de la capilla y las tumbas de los Médicis. Esperaba retenerlo enteramente a su servicio[247]. Hasta le propuso que ingresara en las órdenes ofreciéndole un beneficio eclesiástico[248]. Miguel Ángel rehusó: pero Clemente VII no dejó por eso de pagarle una pensión mensual triple de la que pedía, y le regaló una casa cerca de San Lorenzo.

Todo parecía ir por buen camino y el trabajo para la capilla se iniciaba activamente, cuando de pronto Miguel Ángel abandonó su casa y rehusó la pensión de Clemente VII[249]. Sufría una nueva crisis de desaliento. Los herederos de Julio II no le perdonaban que hubiera abandonado la obra emprendida; lo amenazaban con persecuciones y ponían en duda su lealtad. Miguel Ángel se enloqueció con la idea de un proceso; su conciencia daba la razón a sus adversarios y lo acusaba de haber faltado a su compromiso; le parecía imposible aceptar el dinero de Clemente VII mientras no hubiera restituido el que recibió de Julio II.

“No trabajo ni vivo”, escribía[250]. Suplicaba al Papa que interviniera con los herederos de Julio II y lo ayudara a restituir todo lo que les debía.

“Venderé, haré lo que sea posible para llegar a esta restitución”. O bien que se le permitiera consagrarse enteramente al monumento de Julio II: “deseo más salir de esta obligación, que vivir”.

Con el pensamiento de que sin Clemente VII, quedaría abandonado a la persecución de sus enemigos, lloraba y se desesperaba como un niño:

“Si el Papa me deja así, no podré permanecer en este mundo... No sé lo que escribo, tengo la cabeza completamente perdida...”[251].

Clemente VII que no tomaba muy en serio esta desesperación de artista, insistía para que no se interrumpiera el trabajo de la Capilla de los Médicis. Sus amigos no comprendían estos escrúpulos y le aconsejaban que no se pusiera en ridículo rehusando la pensión. Uno de ellos le reprochaba con viveza haber obrado irreflexivamente, y le rogaba que en lo futuro no se entregara a sus caprichos[252]. Otro le escribía:

“Se me dice que habéis rehusado vuestra pensión, abandonado vuestra casa y suspendido vuestro trabajo; esto me parece un acto de locura. Amigo mío, compadre, de esta manera dais gusto a vuestros enemigos... no os ocupéis más de la tumba de Julio II, y tomad la pensión porque os la dan con buena voluntad”[253].

Miguel Ángel se obstinaba. La Tesorería Pontificia le cogió la palabra y suprimió la pensión. El desgraciado, reducido a la desesperación, tuvo que volver a pedir algunos meses más tarde lo mismo que había rehusado. Primero lo hizo tímidamente, con vergüenza:

“Mi querido Giovanni, puesto que la pluma es siempre más atrevida que la lengua, os escribo lo que he querido deciros varias veces en estos días y que no he tenido el valor de expresar de viva voz: ¿Puedo contar todavía con la pensión...? Si estuviera seguro de no recibirla no cambiaría por esto mi disposición, ni dejaría de trabajar para el Papa tanto como pudiera, pero arreglaría mis asuntos según esta situación”[254].

Luego, obligado por la necesidad vuelve a la carga:

“Después de haber reflexionado bien, he comprendido cuánto interesa al Papa esta obra de San Lorenzo; y puesto que S. S. me ha concedido una pensión con el designio de que yo tenga más comodidad para servirlo prontamente, sería retrasar el trabajo no aceptarla; así, pues, he cambiado de opinión y si hasta ahora no pedía esta pensión, ya la pido por más razones de las que puedo escribir... ¿Quiere usted dármela, haciéndola contar desde el día en que me fué concedida? Decidme desde qué momento preferís que la reciba”[255].

Para darle una lección, no le hicieron caso. Dos meses más tarde no había recibido nada, y después tuvo que reclamar la pensión varias veces.

Trabajaba en medio de sus tormentos. Se quejaba de que sus preocupaciones fueran estorbo para su imaginación...: “Los disgustos pueden mucho sobre mí... no se puede trabajar con las manos en una cosa y con la cabeza en otra; sobre todo en escultura. Se dice que todo esto sirve para aguijonearme; pero yo respondo que estos son malos aguijones que incitan a retroceder. Hace más de un año que no he recibido la pensión y lucho con la miseria; estoy muy solo en medio de mis penas, y tengo tantas que me ocupan más que el arte; no tengo recursos para buscar alguien que me ayude”[256].

Clemente VII se manifestaba algunas veces conmovido por sus sufrimientos y le enviaba expresiones de afectuosa simpatía. Le aseguraba su favor mientras viviera[257]. Pero la incurable frivolidad de los Médicis era más poderosa, y en vez de aliviarlo de una parte de sus trabajos le hacía nuevos encargos; entre otros el de un absurdo Coloso cuyo cabeza debía ser un campanario, y el brazo una chimenea. Miguel Ángel tuvo que ocuparse algún tiempo en este proyecto extravagante[258].

Tenía que estar en constantes dificultades con sus obreros, sus albañiles y sus carreteros, quienes intentaban hacerse apóstoles precursores de la jornada de ocho horas[259].

Al mismo tiempo, sus disgustos domésticos no dejaban de aumentar. Su padre se hacía más irritable y más injusto con la edad; un día creyó conveniente escaparse de Florencia, acusando a su hijo de haberlo arrojado. Miguel Ángel le escribió esta carta admirable[260]:

“Muy querido padre: Me ha sorprendido mucho ayer no encontraros en la casa, y ahora que sé que os quejáis de mí y que decís que yo os he arrojado, me sorprendo mucho más. Desde el día en que nací hasta ahora, estoy seguro de no haber tenido ninguna intención de hacer nunca cosa grande o pequeña que os disguste. Todas las penas que he soportado, las he soportado siempre por vuestro amor. Siempre he tomado vuestro partido... todavía hace pocos días os dije y os prometí consagraros todas mis fuerzas, y os lo prometo de nuevo. Estoy estupefacto de que hayáis olvidado esto tan pronto. Desde hace treinta años me habéis puesto a prueba, vos y vuestros hijos, y sabéis que siempre he sido bueno para vosotros, tanto como podía, en pensamiento y en acción. ¿Cómo podéis andar diciendo en todas partes que yo os he arrojado? ¿No comprendéis la mala reputación que esto me forma? No me faltaba más que esto, con todas las preocupaciones que tengo; y todas estas preocupaciones las tengo por vuestro amor. ¡Bien me recompensáis!... Pero de todos modos, quiero persuadirme de que nunca he dejado de causaros vergüenza y perjuicios, y os pido perdón como si lo hubiera hecho. Perdonadme como a un hijo que siempre ha tenido mala conducta y que os ha hecho todo el mal que puede hacerse en este mundo. Una vez más os lo suplico; perdonadme como a un miserable que soy: pero no me deis la reputación de que os he arrojado, porque mi reputación me importa más de lo que creéis. A pesar de todo, soy vuestro hijo”.

Tanto amor y tanta humildad sólo desarmaban por un instante el agrio espíritu del viejo. Algún tiempo después, decía que su hijo lo robaba. Miguel Ángel, empujado hasta el extremo, le escribió[261]:

“Ya no sé lo que queréis de mí. Si os pesa que yo viva, habéis encontrado un buen medio para libraros de mí y muy pronto os encontraréis en posesión de las llaves del tesoro que pretendéis que yo guardo. Y haréis bien, porque todos saben en Florencia que sois un hombre inmensamente rico, que yo siempre os he robado, y que merezco un castigo; recibiréis altas alabanzas... decid y gritad de mí todo lo que queráis, pero ya no me escribáis, porque así no puedo trabajar. Me obligáis a recordaros todo lo que habéis recibido de mí, desde hace veinticinco años. Yo no quería decirlo, pero al fin me veo obligado... tened cuidado... no se muere uno más que una vez y después ya no se vuelve para reparar las injusticias que se han hecho. Habéis esperado hasta la víspera de la muerte para hacerlas. ¡Que Dios os ayude!”

Éste era el auxilio que encontraba entre los suyos.

“¡Paciencia!”, escribía en una carta a un amigo. “Que Dios no permita que lo que a él no le disgusta me disguste a mí”[262].

En medio de estas penas el trabajo no avanzaba. Cuando sobrevinieron los sucesos políticos que trastornaron Italia en 1527, no estaba terminada ni una estatua de la Capilla de los Médicis[263].

Así, este nuevo período de 1520 a 1527, no había hecho más que agregar sus desilusiones y sus fatigas a las del período precedente, sin haber traído a Miguel Ángel la alegría de una sola obra acabada, de un solo designio realizado después de más de diez años.

NOTAS:

[212] Poesías, I.

[213] Vasari.

[214] Poesías, IX: Véase Apéndice, II.

Esta poesía, escrita con el estilo burlesco de Francesco Berni y dirigida a Giovanni da Pistoja, tiene, según Frey, fecha junio-julio de 1510. En los últimos versos, Miguel Ángel alude a las dificultades de su trabajo, durante la ejecución de los frescos de la Sixtina, y se disculpa, alegando que ese no es su oficio:

“Defiende, pues, Giovanni, mi obra muerta, y defiende mi honor, porque la pintura no es mi oficio. Yo no soy pintor”.

[215] Henry Thode ha esclarecido exactamente este rasgo del carácter de Miguel Ángel en su primer volumen de Michelangelo und das Ende der Renaissance, 1902. Berlín.

[216] “...Puesto que el Señor devuelve a las almas sus cuerpos después de la muerte, para la paz o el tormento eternos, yo le pido que me deje el mío, aunque feo, lo mismo en el cielo que en la tierra, junto al tuyo, porque un corazón amante vale tanto como un bello rostro...”.

...Priego 'l mie benché bructo,
Com’è qui teco, il voglia im paradiso:
C’un cor pietoso val quant’un bel viso...

(Poesías, CIX, 12).

“El cielo parece irritarse con justicia, porque yo, tan feo, me miro en tus ojos tan bellos”.

Ben par che’l ciel s’adiri,
Che’n sì begli ochi i’mi veggia sì bructo...

(Ibid., CIX, 93).

[217] La primera edición completa de las poesías de Miguel Ángel fué publicada por su sobrino nieto, al principio del siglo XVII, con el título de Rime di Michelangelo Buonarroti raccolte da M. A. suo nipote, 1623, Florencia; está llena de errores. Cesare Guasti publicó la primera edición casi exacta, en 1863, en Florencia; pero la única verdaderamente científica y completa es la admirable edición de Carl Frey: Die Dichtungen des Michelagniolo Buonarroti, herausgegeben und mit kritischem Apparate versehen von Dr. Carl Frey, 1897. Berlin. A ella me refiero en esta biografía.

[218] En la misma hoja están algunos dibujos de caballos y de hombres combatiendo.

[219] Poesías, II. Véase Apéndice, III.

[220] Poesías, V.

[221] Poesías, VI.

[222] Poesías, VII. Véase Apéndice IV.

[223] Esta expresión es de Frey, quien atribuye a la poesía sin suficiente razón, a mi juicio, la fecha de 1531-32. Yo creo que es muy anterior.

[224] Poesías, XXXVI. Véase Apéndice, V.

[225] Poesías, XIII. Del mismo tiempo es un madrigal célebre que el compositor Bartolommeo Tromboncino puso en música, antes de 1518:

“¿Cómo tendré valor para vivir sin ti, mi bien, si no puedo pedirte ayuda al partir? Estos sollozos, estos llantos y estos suspiros, con los cuales te acompaña mi pobre corazón, anuncian mi muerte próxima y mi martirio. Pero si es cierto que la ausencia no hará olvidar mi fiel esclavitud, te dejo mi corazón, que ya no es mío”. (Poesías, XI. Apéndice VI).

[226]

Sol’io ardendo all’ ombra mi rimango,
Quand’el sol de suo razi el mondo spoglia;
Ogni altro per piacere, e io per doglia,
Prostrato in terra, mi lamento e piangho.

(Ibid., XXII).

[227] Poesías, CIX, 35.—Comparad estos versos de amor, donde amor y dolor parecen ser sinónimos, con el éxtasis voluptuoso de los sonetos juveniles y desmañados de Rafael, escritos en el reverso de sus dibujos para la Disputa del Santo Sacramento.

[228] Julio II murió el 21 de febrero de 1513, tres meses después de la inauguración de los frescos de la Sixtina.

[229] Contrato de 6 de marzo de 1513. El nuevo proyecto, más grande que el proyecto primitivo, comprendía 32 grandes estatuas.

[230] Parece que en este tiempo sólo aceptó Miguel Ángel un encargo: el del Cristo de la Minerva.

[231] El Moisés debía ser una de las seis figuras colosales para el coronamiento del piso superior de la tumba de Julio II. Miguel Ángel no dejó de trabajar en esta obra hasta 1545. Los Esclavos, en los cuales Miguel Ángel trabajaba en 1513, fueron enviados por él, en 1546, a Roberto Strozzi, el republicano florentino desterrado entonces en Francia, quien los obsequió a Francisco I.

[232] No le escatimaba demostraciones de afecto; pero Miguel Ángel le producía miedo. Se sentía inquieto junto a él:

“Cuando el Papa habla de vos, escribe Sebastián del Piombo a Miguel Ángel, parece que habla de uno de sus hermanos; tiene casi las lágrimas en los ojos. Me ha dicho que habéis sido educados juntos, y asegura que os comprende y os ama. Pero vos dais miedo a todos, hasta a los Papas”. (27 de octubre de 1520).

Miguel Ángel era motivo de burlas en la corte de León X, por sus imprudencias de lenguaje. Una malhadada carta que escribió al Cardenal Bibbiena, protector de Rafael, fué un regocijo para sus enemigos.

“No se habla de otra cosa en el palacio más que de vuestra carta, dice Sebastián a Miguel Ángel; hace reír a todos”. (Julio 3 de 1520).

[233] Bramante había muerto en 1514. Rafael acababa de ser nombrado superintendente de la construcción de San Pedro.

[234] “Quiero hacer de esta fachada una obra que sea espejo de la arquitectura y de la escultura para toda Italia. Es preciso que el Papa y el Cardenal (Julio de Médicis, el futuro Clemente VII) decidan pronto si quieren que la haga o no. Si quieren que yo la haga, es preciso firmar un contrato... Messer Domenico, dadme una contestación firme respecto a sus intenciones. Esto sería para mí una gran alegría”. (A Domenico Buoninsegni, julio de 1517).—El contrato fué firmado con León X el 19 de enero de 1518, y Miguel Ángel se comprometió a levantar la fachada en ocho años.

[235] Carta del Cardenal Julio de Médicis a Miguel Ángel, de febrero 2 de 1518: “Hemos tenido alguna sospecha de que seáis del partido de los Carraras por interés personal y que deseáis depreciar las canteras de Pietrasanta... Os hacemos saber, sin entrar en otras explicaciones, que Su Santidad quiere que todo el trabajo emprendido se ejecute con los bloques de mármol de Pietrasanta y no con otros... Si procedéis de otra manera, será contra los deseos expresos de Su Santidad y los nuestros, y tendríamos razón para irritarnos en contra vuestra... Alejad, pues, toda obstinación de vuestro espíritu”.

[236] “Fuí hasta Génova en busca de barcos. Los de Carrara han comprado a todos los patrones... Tengo que ir a Pisa”... (Carta de Miguel Ángel a Urbano; abril 2 de 1518). “Los barcos que contraté en Pisa no vinieron. Creo que he sido burlado. ¡Esta es mi suerte en todo! ¡Oh, mil veces maldito el día en que salí de Carrara! Esta es la causa de mi ruina”. (Carta de abril 18 de 1518).

[237] Carta de abril 18 de 1518. Y algunos meses más tarde: “La cantera es muy escarpada y la gente muy ignorante... ¡Paciencia! Hay que domar a las montañas e instruir a los hombres...”. (Carta de septiembre de 1518, a Berto da Filicaja).

[238] El Cristo de la Minerva y la tumba de Julio II.

[239] Carta de diciembre 21 de 1518 al Cardenal d’Agen. De este tiempo son tal vez las cuatro estatuas informes, apenas esbozadas, de las grutas Boboli. (Cuatro Esclavos, para la tumba de Julio II).

[240] Cartas, 1520, edición Milanesi, página 415.

[241] Miguel Ángel encargó que terminara este Cristo a su inepto discípulo Pietro Urbano, quien “lo estropeó”. (Carta de Sebastián del Piombo a Miguel Ángel, septiembre 6 de 1521). El escultor Frizzi, de Roma, reparó como pudo las torpezas de Urbano.

Todas estas contrariedades no impedían a Miguel Ángel buscar nuevas tareas para aumentar las que ya lo aplastaban. El 20 de octubre de 1519, firmó la petición de los Académicos de Florencia a León X para llevar los restos de Dante, de Rávena a Florencia, y se ofreció a elevar al poeta divino un monumento digno de él.

[242] El 6 de abril de 1520.

[243] El Vencedor.

[244] En 1526, Miguel Ángel tenía que escribirle semanalmente.

[245] “Adora todo lo que hacéis, escribe Sebastián del Piombo a Miguel Ángel; lo ama tanto como es posible amar. Habla de vos tan honrosamente y con tanto afecto, que un padre no diría de su hijo lo que él dice de vos...”. (Abril 29 de 1531). “Si quisieseis venir a Roma, seriáis todo lo que quisierais, duque o rey... Tendríais una parte del Papado, seríais el amo, podríais tener y hacer lo que quisierais...”. Diciembre 5 de 1531. (Es preciso, es verdad, tener en cuenta en este caso la charlatanería veneciana de Sebastián del Piombo).

[246] Carta de Miguel Ángel a su sobrino Lionardo. (1548).

[247] Los trabajos fueron comenzados desde marzo de 1521, pero no se impulsaron activamente sino desde la elección del Cardenal Julio de Médicis para el trono pontificio, bajo el nombre de Clemente VII, el 19 de noviembre de 1523. León X había muerto el 6 de diciembre de 1521 y Adriano VI lo había sucedido de enero de 1522 a septiembre de 1523.

El plan primitivo comprendía cuatro tumbas: las de Lorenzo el Magnífico, de Julián su hermano, de Julián duque de Nemours, su hijo, y de Lorenzo duque de Urbino, su nieto. En 1524, Clemente VII decidió agregar el sarcófago de León X y el suyo, atribuyéndoles los sitios de honor. Véase Marcel Reymond, “La Arquitectura de las tumbas de los Médicis”, Gazette des Beaux Arts, 1907.

Al mismo tiempo Miguel Ángel fué encargado de construir la Biblioteca de San Lorenzo.

[248] Se trataba de la orden de los Franciscanos. Carta de Fattucci a Miguel Ángel, en nombre de Clemente VII, el 2 de enero de 1524.

[249] Marzo de 1524.

[250] Carta de Miguel Ángel a Giovanni Spina, Agente del Papa (Abril 19 de 1525).

[251] Carta de Miguel Ángel a Fattucci (octubre 24 de 1525).

[252] Carta de Fattucci a Miguel Ángel (marzo 22 de 1524).

[253] Carta de Lionardo Sellajo a Miguel Ángel (marzo 24 de 1524).

[254] Carta de Miguel Ángel a Giovanni Spina (1524, Edición Milanesi, página 425).

[255] Carta de Miguel Ángel a Giovanni Spina (agosto 29 de 1525).

[256] Carta de Miguel Ángel a Fattucci (octubre 24 de 1525).

[257] Carta de Pier Paolo Marzi, de parte de Clemente VII, a Miguel Ángel (diciembre 23 de 1525).

[258] Cartas de octubre a diciembre de 1525 (Edición Milanesi, páginas 448-449). Véase en el Miguel Ángel de la Colección de los Maestros del Arte un resumen de este extraño asunto, y el proyecto de Miguel Ángel.

[259] Carta de Miguel Ángel a Fattucci (junio 17 de 1526).

[260] Según Henry Thode, esta carta es aproximadamente de 1521; en la recopilación de Milanesi, figura equivocadamente con fecha de 1516.

[261] Cartas, junio de 1523.

[262] Carta de Miguel Ángel a Fattucci, en junio 17 de 1526.

[263] La misma carta, de junio de 1526, dice que estaba comenzada una estatua, lo mismo que cuatro alegorías de los sarcófagos y la Madona.

III
LA DESESPERACIÓN

Oilmè, Oilmè, ch’i’ son tradito...[264].

Una repugnancia de todas las cosas y de sí mismo lo empujó a la revolución, iniciada en Florencia en 1527.

Miguel Ángel hasta entonces había puesto en los negocios políticos la misma indecisión de espíritu de que era víctima en su vida y en su arte. Nunca llegó a conciliar sus sentimientos personales con sus obligaciones para con los Médicis. Este genio violento fué siempre tímido en la acción; no se atrevía a luchar contra las potencias de este mundo en el terreno político ni en el religioso. Sus cartas lo muestran siempre inquieto por sí y por los suyos; temeroso de comprometerse, desmintiendo las palabras audaces que alguna vez pronunciara, en el primer movimiento de indignación contra cualquier acto de la tiranía[265]. Con frecuencia escribe a sus familiares que tengan cuidado, que guarden silencio y huyan a la primera alarma:

“Obrad como en tiempo de peste, sed los primeros en huir... la vida vale más que la fortuna. Vivid en paz, no os forméis ni un enemigo ni os confiéis a nadie, excepto a Dios, y no habléis mal ni bien de nadie, porque no se conoce el fin de las cosas; ocupaos solamente de vuestros asuntos... no os mezcléis en nada”[266].

Sus hermanos y sus amigos se burlaban de sus inquietudes y lo trataban de loco[267]. “No te burles de mí, respondía Miguel Ángel entristecido, no debe uno burlarse de nadie”[268]. En efecto, el temor perpetuo de este gran hombre no debe ser motivo de risa, sino más bien de compasión, por sus nervios miserables que lo hacían juguete de sus terrores, contra los cuales luchaba sin poder dominarlos. Más bien era meritorio salir de estos accesos humillantes, y obligar a su cuerpo y a su pensamiento enfermos, a afrontar el peligro, que en el primer impulso lo empujaba a huir. Por lo demás, tenía más razones para temer que ningún otro, porque era más inteligente y su pesimismo preveía con toda claridad las desgracias de Italia. Mas, para que con su timidez natural se dejara arrastrar en la revolución florentina, fué preciso que estuviera en una exaltación desesperada que lo obligó a descubrir el fondo de su alma. Esta alma tan tímidamente replegada sobre sí misma era ardientemente republicana. Esto se ve en las palabras llameantes que se le escaparon algunas veces en momentos de confianza o de fiebre, particularmente en las conversaciones que tuvo más tarde[269] con sus amigos Luigi del Riccio, Antonio Petreo y Donato Giannotti[270], y que este último reprodujo en sus Diálogos sobre La Divina Comedia del Dante[271]. Los amigos se admiraban de que Dante hubiera puesto a Bruto y a Casio en el último grado del infierno y a César encima. Interrogado Miguel Ángel, hizo la apología del tiranicidio:

“Si habéis leído atentamente los primeros cantos, dice, habréis visto que Dante conocía muy bien la naturaleza de los tiranos y que ha sabido qué castigo merecen recibir de Dios y de los hombres. Los coloca entre los ‘violentos contra el prójimo’, castigados en el séptimo círculo, hundiéndolos en sangre hirviente. Si Dante ha reconocido esto, es imposible admitir que no haya reconocido que César fué tirano de su patria y que Bruto y Casio lo asesinaron con justicia, porque el que mata a un tirano no mata a un hombre sino a una bestia con figura humana. Todos los tiranos carecen del amor que debe sentirse naturalmente para el prójimo; están privados de inclinaciones humanas, no son, pues, hombres, sino bestias; que no tienen ningún amor para el prójimo, es la evidencia misma; de otro modo no habrían tomado lo que pertenece a los demás y no habrían llegado a ser tiranos que pisotean a los hombres. Es claro, por lo tanto, que quien mata a un tirano no comete un asesinato, porque no mata a un hombre sino a una bestia. Así, Bruto y Casio no cometieron un crimen asesinando a César. Primero, porque mataron a un hombre que todo ciudadano romano tenía obligación de matar según lo mandaban las leyes. Segundo, porque no mataron a un hombre sino a una bestia con figura humana”[272].

Miguel Ángel se encontró en la primera fila de los rebeldes florentinos en los días del despertar nacional y republicano, después de la llegada a Florencia de las noticias de la toma de Roma por los ejércitos de Carlos V[273], y la expulsión de los Médicis[274]. El mismo hombre que en tiempo ordinario recomendaba a los suyos que huyeran de la política como de la peste, estaba en un estado de sobre-excitación que no temía ni a la una ni a la otra. Se quedó en Florencia, donde había peste y revolución. La epidemia atacó a su hermano Buonarroto, quien murió en sus brazos[275]. En octubre de 1528, tomó parte en la deliberación para la defensa de la ciudad; el 10 de enero de 1529, fué escogido en el Collegium de los Nove di milizia para los trabajos de las fortificaciones. El 6 de abril fué nombrado por un año governatore generale y procuratore de las fortificaciones de Florencia. En junio fué a inspeccionar la ciudadela de Pisa y los bastiones de Arezzo y de Liorna; y en julio y agosto fué enviado a Ferrara para examinar las famosas obras de defensa y conferenciar con el Duque, muy conocedor de fortificaciones.

Miguel Ángel reconoció que el punto más importante de la defensa de Florencia era la colina de San Miniato, y decidió asegurar esta posesión por medio de bastiones. Pero no se sabe por qué se encontró con la oposición del gonfaloniero Capponi, quien trató de alejarlo de Florencia[276]. Miguel Ángel, sospechando que Capponi y el partido de los Médicis querían librarse de él, para impedir la defensa de la ciudad, se instaló en San Miniato y no se movió. Su desconfianza enfermiza acogía todos los rumores de traición que circulaban en una ciudad sitiada, y que en este caso eran demasiado fundados. Capponi, que se hizo sospechoso, había sido reemplazado como gonfaloniero por Francesco Carducci; pero se había nombrado condottiere y gobernador general de las tropas florentinas al inquietante Malatesta Baglioni, quien más tarde había de entregar la ciudad al Papa. Miguel Ángel presentía el crimen. Participó sus temores a la Señoría. “El gonfaloniero Carducci, en vez de darle las gracias, le contestó injuriosamente, y le reprochó que fuera tan desconfiado y medroso”[277].

Malatesta supo la denuncia de Miguel Ángel; un hombre de su temple no retrocedía ante nada para quitarse un adversario peligroso; y en Florencia era omnipotente como generalísimo. Miguel Ángel se creyó perdido. “Yo estaba resuelto, sin embargo—escribió—a esperar sin temor el fin de la guerra. Pero el martes por la mañana, 21 de septiembre, alguien vino fuera de la puerta de San Niccoló donde yo estaba en los bastiones, y me dijo al oído que si quería salvar mi vida, no podía permanecer más tiempo en Florencia. Esta misma persona me acompañó a mi casa, comió conmigo, me proporcionó caballos y no me dejó hasta verme fuera de Florencia”[278].

Varchi, completando estos informes agrega que Miguel Ángel “mandó ocultar 12,000 florines de oro en tres camisas cosidas y prendidas en forma de jubones, y que huyó de Florencia no sin dificultad, por la puerta de la Justicia que era la menos custodiada, con Rinaldo Corsini y su discípulo Antonio Mini”.

“Si era Dios o el diablo quien me empujaba, no lo sé”, escribió Miguel Ángel algunos días después. Era su demonio habitual de terror demente. ¡Qué tal sería su espanto, si es cierto como se dice, que habiéndose detenido en su camino, en Castelnuovo, en la casa del antiguo gonfaloniero Capponi, le causó con sus relatos una emoción tan fuerte, que el pobre viejo murió algunos días después![279].

El 23 de septiembre Miguel Ángel estaba en Ferrara. Por su excitación, rehusó la hospitalidad que el Duque le ofrecía en el castillo y continuó su fuga. Llegó el 25 de septiembre a Venecia. La Señoría, habiendo tenido aviso de su llegada, le envió dos gentiles hombres para poner a su disposición todo lo que necesitara. Pero él, vergonzoso y huraño, rehusó y se escondió en el barrio de la Giudecca. No se creía aún bastante lejos. Quería huir a Francia. El mismo día de su llegada a Venecia, dirige una carta ansiosa y trepidante a Battista della Palla, comisionado de Francisco I en Italia para la compra de obras de arte.

“Battista, muy querido amigo, he salido de Florencia para ir a Francia; al llegar a Venecia me he informado del camino y se me ha dicho que era necesario pasar por los países alemanes, lo que es muy peligroso y difícil para mí. ¿Todavía tenéis intención de hacer el viaje? Os lo suplico, informadme y decidme dónde queréis que yo os espere; iremos juntos. Os lo suplico, respondedme al recibir esta carta, y tan pronto como os sea posible, porque me consumo en deseo de partir. Y si ya no deseáis hacer el viaje, hacédmelo saber para que yo me decida cueste lo que cueste, a irme solo...”[280].

El Embajador de Francia en Venecia, Lázaro de Baif, se apresuró a escribir a Francisco I y al Condestable Montmorency, haciéndoles instancias para aprovechar la ocasión de que Miguel Ángel se estableciera en la Corte de Francia. El Rey mandó ofrecer inmediatamente a Miguel Ángel una pensión y una casa. Pero este cambio de cartas requirió naturalmente algún tiempo, y cuando llegó la oferta de Francisco I, Miguel Ángel ya había vuelto a Florencia. Su fiebre se había extinguido; en el silencio de la Giudecca había tenido tiempo para avergonzarse de su miedo. Su fuga había hecho mucho ruido en Florencia. El 30 de septiembre la Señoría decretó que todos los que habían huido serían proscriptos como rebeldes si no volvían antes del 7 de octubre. En esta fecha, los fugitivos fueron declarados rebeldes y sus bienes confiscados. Sin embargo, el nombre de Miguel Ángel no figuraba todavía en la lista; la Señoría le otorgaba un nuevo plazo, y el embajador florentino en Ferrara, Galeotto Giugni, advirtió a la República que Miguel Ángel había conocido demasiado tarde el decreto, y que estaba dispuesto a volver si se le perdonaba. La Señoría prometió su perdón a Miguel Ángel y le envió a Venecia un salvoconducto con el tallador de piedras Bastiano di Francesco.

Bastiano le entregó diez cartas de amigos que le conjuraban todos a regresar[281]. Entre ellos, el generoso Battista della Palla lo llamaba con palabras llenas de amor patrio:

“Todos vuestros amigos, sin distinción de opiniones, sin vacilar, con una sola voz, os exhortan a volver para conservar vuestra vida, vuestra patria, vuestros amigos, vuestros bienes y vuestro honor, para gozar de los tiempos nuevos que tan ardientemente habéis deseado y esperado”.

Creía que la edad de oro había vuelto para Florencia y no dudaba del triunfo de la buena causa. El infeliz debía ser una de las primeras víctimas de la reacción, después del retorno de los Médicis.

Sus palabras decidieron a Miguel Ángel. Volvió lentamente: Battista della Palla que fué a encontrarlo a Lucca lo esperó muchos días y ya comenzaba a desesperar[282]. Al fin el 20 de noviembre Miguel Ángel volvió a Florencia[283]. El día 23 su sentencia de proscripción fué levantada por la Señoría, pero se decidió que el Gran Consejo estaría cerrado para él por tres años[284].

Desde entonces Miguel Ángel cumplió bravamente con su deber hasta el fin. Volvió a su puesto en San Miniato, que los enemigos bombardeaban desde hacía un mes; hizo fortificar de nuevo la colina, e inventó máquinas nuevas, y se dice que salvó el campanile cubriéndolo con bultos de lana y colchones colgados con cuerdas[285]. El último indicio que se tiene de su actividad durante el sitio, es una noticia de 22 de febrero de 1530, que nos lo muestra trepando sobre la cúpula de la catedral, para vigilar los movimientos del enemigo o para inspeccionar el estado de la misma cúpula.

Sin embargo, la desgracia prevista se cumplió. El 2 de agosto de 1530, Malatesta Baglioni defeccionó. El día 12 capituló Florencia, y el Emperador entregó la ciudad al Comisario del Papa, Baccio Valori. Entonces comenzaron las ejecuciones. Los primeros días nada detuvo la venganza de los vencedores. Los mejores amigos de Miguel Ángel—Battista della Palla entre ellos—fueron las primeras víctimas. Miguel Ángel se ocultó, según se cuenta, en el campanario de San Niccoló-oltr’Arno. Tenía motivos justos para temer, porque había circulado el rumor de que tuvo intenciones de destruir el Palacio de los Médicis. Pero Clemente VII no le había perdido su cariño. Si creemos a Sebastián del Piombo, se entristeció mucho por lo que supo de Miguel Ángel durante el sitio; pero se contentaba con alzar los hombros y decir:

“Miguel Ángel no tiene razón; yo nunca le he hecho ningún mal”[286]. Inmediatamente que se apagó la primera cólera de los proscriptores, Clemente VII escribió a Florencia; ordenaba que se buscara a Miguel Ángel, agregando que si quería continuar en el trabajo de las tumbas de los Médicis, debía ser tratado con todas las consideraciones que merecía[287].

Miguel Ángel salió de su escondite y reanudó el trabajo destinado a glorificar a los mismos a quienes había combatido. Su desgracia lo obligó a más aún: consintió en esculpir el Apolo tomando una flecha de su carcax, para Baccio Valori, el instrumento de las más bajas comisiones del Papa, el asesino de su amigo Battista della Palla[288]. Poco después tuvo que renegar de los proscriptos florentinos[289]. ¡Lamentable debilidad de un gran hombre, reducido a defender por medio de cobardías la vida de sus sueños artísticos contra la brutalidad asesina de la fuerza material, que podía impunemente aplastarlo! No sin razón debía consagrar todo el fin de su vida a elevar un monumento sobrehumano al Apóstol Pedro: más de una vez, como él, tuvo que llorar al oír el canto del gallo.

Forzado a mentir, obligado a adular a un Valori, a celebrar a un Lorenzo, Duque de Urbino, estallaba de dolor y de vergüenza. Se entregó al trabajo y puso en él toda su rabia de aniquilamiento[290]. No esculpió la estatua de los Médicis, sino la estatua de su desesperación. Cuando se le hacía notar la falta de parecido en los rostros de Juliano y Lorenzo de Médicis, respondía soberbiamente: “¿Quién los verá dentro de diez siglos?” Del uno hizo la Acción, del otro el Pensamiento, y las estatuas del zócalo que sirven como de comentario—el Día y la Noche, la Aurora y el Crepúsculo—expresan el sufrimiento de vivir y el desprecio de todo lo que existe. Estos inmortales símbolos del dolor humano, fueron terminados en 1531[291]. ¡Suprema ironía! nadie los comprendió. Un Giovanni Strozzi, contemplando la formidable Noche, hacía concetti:

“La Noche que tú ves dormir, tan graciosamente, fué esculpida por un Ángel en esta roca; y puesto que habla, vive. Si no lo crees, despiértala y te hablará”.

Miguel Ángel respondió: “El sueño me es grato, y más todavía el ser de piedra mientras que duren el crimen y la vergüenza. No ver, no sentir, es para mí una gran ventura; por eso no me despiertes, habla en voz baja”.

Caro m’è’l sonno et più l’esser di sasso,
Mentre che’l danno e la vergogna dura.
Non veder, non sentir m’è gran ventura;
Pero non mi destar, deh! parla basso.
[292].

Y en otra poesía exclamaba: “El cielo está dormido, puesto que uno solo se apropia los bienes de muchos hombres”.

Y Florencia responde a sus gemidos[293]: “No interrumpáis vuestros santos pensamientos; el que cree haberos despojado de mí, no goza de su gran crimen por causa de su gran miedo. Menor alegría es para los amantes la plenitud del goce que extingue el deseo, que la miseria llena de esperanza”[294].

Hay que pensar en lo que fué el saqueo de Roma y la caída de Florencia para los espíritus de entonces. Una quiebra espantosa de la razón, un derrumbamiento.

Muchos ya no se volvieron a levantar. Un Sebastián del Piombo cae en un escepticismo despreocupado: “He llegado a tal extremo que el universo podría hundirse sin que a mí me importe, y me río de todo... No me parece que todavía sea yo el Bastiano de antes del saqueo, no puedo volver en mí”[295].

Miguel Ángel piensa en matarse: “Si alguna vez es permitido darse la muerte, sería muy justo que este derecho perteneciera a quien, lleno de fe, vive esclavo y miserable”[296]. Estaba en una convulsión de espíritu. Cayó enfermo en junio de 1531. Clemente VII se esforzaba en vano por tranquilizarlo. Le mandaba decir por conducto de su Secretario y de Sebastián del Piombo, que no se excediera en el trabajo, que tuviera moderación para no fatigarse, que de vez en cuando diera un paseo, que no se redujera a la condición de un rudo operario[297]. En el otoño de 1531 se temía por su vida. Uno de sus amigos escribía a Valori: “Miguel Ángel está extenuado y enflaquecido. He hablado de ello últimamente con Bugiardini y Antonio Mini, y estamos de acuerdo en que no vivirá mucho si no se le cuida seriamente. Trabaja demasiado, come poco y mal, y duerme todavía menos. Desde hace un año sufre dolores de cabeza y de corazón”[298]. Clemente VII se preocupó; el 21 de noviembre de 1531 un Breve del Papa prohibió a Miguel Ángel, bajo pena de excomunión, trabajar en otra cosa más que en la tumba de Julio II y en la de los Médicis, para que pudiera conservar su salud “y glorificar por más tiempo a Roma, a su familia y a sí mismo”[299].

Lo protegió contra las impertinencias de Valori y de los ricos pedigüeños que iban, según la costumbre, a mendigar obras de arte y a imponer a Miguel Ángel nuevos trabajos. “Cuando te pidan un cuadro, debes sujetarte en el pie tu pincel, pintar cuatro rasgos y decir: el cuadro está hecho”[300]. Se interpuso entre Miguel Ángel y los herederos de Julio II, que se hacían cada vez más amenazantes[301]. En 1532 se firmó un cuarto contrato entre los representantes del duque de Urbino y Miguel Ángel, respecto a la tumba; Miguel Ángel prometió hacer un nuevo modelo del monumento, muy reducido[302], terminarlo en tres años y pagar todos los gastos, así como dos mil ducados por todo lo que había recibido ya de Julio II y de sus herederos. “Bastará con que se encuentre en la obra, escribe Sebastián del Piombo a Miguel, un poco de vuestro olor”. Un poco del vostro odore[303]. Tristes condiciones, porque lo que así firmaba Miguel Ángel era el fracaso de su gran proyecto y todavía tenía que pagar por esto. Pero en verdad lo que firmaba Miguel Ángel en cada una de sus obras desesperadas, era el fracaso de su vida, el fracaso de la Vida.

Después del proyecto del monumento de Julio II se hundió el proyecto de las tumbas de los Médicis. Clemente VII murió el 25 de septiembre de 1534; y Miguel Ángel, por fortuna, estaba entonces ausente de Florencia. Desde hacía mucho tiempo vivía allí con inquietud porque el duque Alejandro de Médicis lo odiaba. Si no hubiera sido por el respeto del Papa, lo hubiera mandado matar[304]. Su enemitad había crecido aún, desde que Miguel Ángel se había rehusado a contribuir a la sujeción de Florencia elevando una fortaleza para dominar la ciudad; rasgo de valor que demuestra bastante en este hombre tímido la grandeza de su amor a la patria.

Desde hacía mucho tiempo Miguel Ángel esperaba todo de parte del duque; y cuando Clemente VII murió no pudo salvarse más que por la casualidad que lo hizo estar en aquel momento fuera de Florencia, adonde no volvió ya más[305]. La Capilla de los Médicis no fué nunca terminada. Lo que conocemos con este nombre no tiene más que una lejana relación con lo que había soñado Miguel Ángel; apenas nos queda el esqueleto de la decoración mural. No solamente Miguel Ángel no había ejecutado ni la mitad de las estatuas[306], ni las pinturas que proyectaba[307]; pero cuando sus discípulos se esforzaron más tarde por descubrir y completar su pensamiento, él mismo no fué capaz de decirles cuál había sido[308]; había renunciado tan absolutamente a todas sus empresas, que las había olvidado.


El 23 de septiembre de 1534, Miguel Ángel volvió a Roma, donde debía permanecer hasta su muerte[309]. Hacía veintiún años que la había dejado. En estos veintiún años, había hecho tres estatuas del monumento no terminado de Julio II, siete estatuas no terminadas del monumento no terminado de los Médicis, el Vestíbulo no terminado de la Laurenziana, el Cristo no terminado de Santa María de la Minerva, el Apolo no terminado para Baccio Valori. Había perdido su salud, su energía, su fe en el arte y en la patria. Había perdido el hermano a quien quería más[310]. Había perdido a su padre que adoraba[311]. A la memoria del uno y del otro había elevado un poema de dolor, admirable, incompleto como todo lo que hacía, ardiendo por la pasión de morir:

“...Ahora que el cielo te arrancó de nuestra miseria, ten compasión de mí que vivo muerto!... has matado a la muerte y te has hecho divino; no temes los cambios de la vida y del deseo; apenas puedo escribirlo sin envidia. La fortuna y el tiempo que nos traen únicamente la alegría dudosa y la desgracia segura, no se atreven a pasar vuestra puerta. Ninguna nube obscurece vuestra luz, el paso de las horas no os inquieta, la necesidad y el azar no os impulsan. La noche no amortigua vuestro esplendor, ni el día lo aumenta a pesar de su claridad. Por tu muerte aprendo a morir, mi querido padre. La muerte no es, como algunos creen, lo peor para aquél cuyo último día es el primero y eterno cerca del trono de Dios. Ahí espero y creo volver a verte, por la gracia de Dios, si mi razón arranca a mi corazón del fango terrestre y si el máximo amor entre el padre y el hijo crece en el cielo como todas las virtudes”[312].

Nada lo retiene ya en la tierra: ni arte, ni ambiciones, ni ternura, ni esperanza de ninguna especie. Tiene sesenta años, su vida parece terminada; está solo, no cree en sus obras; tiene la nostalgia de la muerte, el deseo apasionado de escapar al fin, “del cambio del ser y del deseo, de la violencia de las horas, de la tiranía, de la necesidad y del azar”.

“...¡Ay de mí! ¡Ay de mí! he sido traicionado por mis días fugaces... he esperado demasiado; el tiempo ha huido y yo me encuentro viejo. Ya no puedo arrepentirme ni recogerme con la muerte cerca de mí. Lloro en vano: no hay desgracia igual al tiempo perdido...”.

“¡Ay de mí! ¡Ay de mí!... ¡cuando vuelvo los ojos hacia mi pasado no encuentro ni un solo día que haya sido mío! Las falsas esperanzas y el vano deseo, lo reconozco ahora, me han tenido llorando, amando, ardiendo y suspirando—porque ningún afecto mortal me es desconocido—lejos de la verdad... ¡Ay de mí!, ¡ay de mí! No sé adónde voy y tengo miedo, y si no me equivoco—¡oh!, Dios quiera que me equivoque—veo el castigo eterno, ¡oh Señor!, por el mal que he hecho conociendo el bien, y ya no sé qué esperar...”[313].

NOTAS:

[264] Poesías, XLIX.

[265] Carta de septiembre de 1512, a propósito de lo que había dicho sobre el saqueo de Prato por los Imperiales, aliados de los Médicis.

[266] Carta de Miguel Ángel a Buonarroto (septiembre de 1512).

[267] “No soy un loco, como os imagináis...”. (Miguel Ángel a Buonarroto, septiembre de 1515).

[268] Miguel Ángel a Buonarroto (septiembre y octubre de 1512).

[269] En 1545.

[270] Donato Giannotti fué para quien hizo Miguel Ángel el busto de Brutus. Algunos años antes de El Diálogo, en 1536, Alejandro de Médicis había sido asesinado por Lorenzino, quien fué celebrado como un nuevo Bruto.

[271] De’giorni che Dante consumò nel cercare l’Inferno e’l Purgatorio. La cuestión que discuten los amigos es la de saber cuántos días pasó Dante en el infierno: ¿fué del viernes en la tarde al sábado en la tarde, o del jueves en la tarde al domingo por la mañana? Se recurre a Miguel Ángel, quien conocía la obra del Dante mejor que nadie.

[272] Miguel Ángel, o Giannotti, que habla en nombre suyo, tiene cuidado de distinguir de los tiranos a los reyes hereditarios o príncipes constitucionales: “Yo no hablo aquí de los príncipes que poseen su poder por la autoridad de los siglos o por la voluntad del pueblo, y que gobiernan sus ciudades en perfecto acuerdo espiritual con el pueblo”.

[273] Mayo 6 de 1527.

[274] Expulsión de Hipólito y Alejandro de Médicis (mayo 17 de 1527).

[275] Julio 2 de 1528.

[276] Busini, según las confidencias de Miguel Ángel.

[277] Condivi. “Y seguramente, agrega Condivi, hubiera hecho mejor escuchando el buen consejo; porque cuando los Médicis volvieron fué decapitado”.

[278] Carta de Miguel Ángel a Battista della Palla (septiembre 25 de 1529).

[279] Segni.

[280] Carta de Miguel Ángel a Battista della Palla (septiembre 25 de 1529).

[281] Octubre 22 de 1529.

[282] Le escribió otras cartas conjurándolo para que volviera.

[283] Cuatro días antes, su pensión le había sido retirada por decreto de la Señoría.

[284] Según una carta de Miguel Ángel a Sebastián del Piombo, debía también pagar a la Comuna una multa de 1,500 ducados.

[285] “Cuando el Papa Clemente y los españoles pusieron sitio a Florencia—cuenta Miguel Ángel a Francisco de Holanda—los enemigos fueron mucho tiempo detenidos por las máquinas que yo hice construir sobre la terraza. Una noche hacía yo que se cubriera el exterior de los muros con sacos de lana; otra, mandaba cavar fosos para llenarlos de pólvora y hacerlos estallar, quemando a los Castellanos de tal modo que saltaran por el aire sus miembros desgarrados... ¡Para eso sirve la pintura! para las máquinas y los instrumentos de guerra; para dar una forma conveniente a las bombardas y a los arcabuces; para construir puentes y confeccionar escalas, y sobre todo para los planos y las proporciones de las fortalezas, de los bastiones, de los fosos, de las minas y de las contraminas...”. (Francisco de Holanda: Diálogo sobre la pintura en la ciudad de Roma. Tercera parte, 1549).

[286] Carta de Sebastián del Piombo a Miguel Ángel (abril 29 de 1531).

[287] Condivi. Desde el 11 de diciembre de 1530, la pensión de Miguel Ángel fué restablecida por el Papa.

[288] Otoño de 1530. La estatua está en el Museo Nazionale de Florencia.

[289] En 1544.

[290] En estos mismos años, los más sombríos de su vida, Miguel Ángel, por una reacción salvaje de su naturaleza contra el pesimismo cristiano que lo ahogaba, ejecutó obras de un paganismo audaz, como la Leda acariciada por el Cisne—1529-1530—la cual, pintada para el duque de Ferrara, obsequiada después por Miguel Ángel a su discípulo Antonio Mini, fué llevada por este último a Francia donde se dice que fué destruida por el año de 1643, a causa de su aspecto lascivo, por Sublet des Noyers. Un poco más tarde, Miguel Ángel pintó para Bartolommeo Bettini, una Venus acariciada por el amor, de la cual Pontormo hizo un cuadro que está en los Uffizi. Otros dibujos de un impudor grandioso y severo son probablemente de la misma época. Carlos Blanc describe uno de ellos: “En él se ven los transportes de una mujer violada, que se defiende contra un robusto raptor, pero no sin expresar un involuntario sentimiento de dicha y orgullo”.

[291] La Noche fué esculpida probablemente en el otoño de 1530; estaba terminada en la primavera de 1531; la Aurora, en septiembre de 1531; el Crepúsculo y el Día, un poco después. Véase doctor Ernst Steinmann: Das Geheimnis der Medicigraber Michel Angelos, 1907, Hiersemann. Leipzig.

[292] Poesías, CIX, 16, 17. Según Frey de fecha de 1545.

[293] Miguel Ángel imagina un diálogo entre Florencia y los florentinos desterrados.

[294] Poesías, CIX, 48. Véase Apéndice VII.

[295] Carta de Sebastián del Piombo a Miguel Ángel, de 24 de febrero de 1531. Era la primera carta que le escribía después del saqueo de Roma:

“Dios sabe cuán feliz he sido porque después de tantas miserias y peligros, el Todopoderoso nos haya dejado vivos y con buena salud por su misericordia y su piedad. Cuando pienso en ello me parece una cosa verdaderamente maravillosa... Ahora, compadre mío, que hemos pasado por el agua y por el fuego y hemos sufrido cosas inimaginables, demos gracias a Dios por todo, y pasemos al menos el resto de nuestra vida en el mayor reposo posible. Hay que contar muy poco con la Fortuna, porque es pérfida y dolorosa...”.

En esta época se violaba la correspondencia. Sebastián recomendaba a Miguel Ángel, considerado como sospechoso, que desfigurara su escritura.

[296] Poesías, XXXVIII. Véase Apéndice VIII.

[297] “...Non voria che ve fachinasti tanto...”. Carta de Pier Paolo Marzi a Miguel Ángel, junio 20 de 1531. Véase carta de Sebastián del Piombo a Miguel Ángel (junio 16 de 1531).

[298] Carta de Giovanni Battista di Paolo Mini a Valori, de 29 de septiembre de 1531.

[299] “...Né aliquo modo laborare debeas, nisi in sepultura et opera nostra, quam tibi commisimus...”.

[300] Carta de Benvenuto della Volpaja a Miguel Ángel. Noviembre 26 de 1531.

[301] “Si no tuvierais el escudo del Papa, le escribe Sebastián, saltarían como serpientes”. (Saltariano come serpenti.) Marzo 5 de 1532.

[302] Ya no se trataba más que de entregar para la tumba, que debía ser levantada en San Pedro Ad Víncula, seis estatuas comenzadas y no terminadas:—sin duda el Moisés, la Victoria y los Esclavos y las figuras de la gruta Boboli.

[303] Carta de Sebastián del Piombo a Miguel Ángel (abril 6 de 1532).

[304] Muchas veces Clemente VII tuvo que tomar la defensa de Miguel Ángel, contra su sobrino Alejandro. Sebastián del Piombo cuenta a Miguel Ángel una escena de este género en la cual “el Papa habló con tanta vehemencia, furor, y resentimiento, en términos tan terribles, que no es permitido escribirlos”. (Agosto 16 de 1533).

[305] Condivi.

[306] Miguel Ángel había ejecutado parcialmente siete estatuas, y las dos tumbas de Lorenzo de Urbina y de Julián de Nemours y la Madona. No había comenzado las cuatro estatuas de los ríos, que quería hacer, y abandonó a otros las figuras para las tumbas de Lorenzo el Magnífico y de Julián, hermano de Lorenzo.

[307] Vasari preguntó a Miguel Ángel en 17 de marzo de 1563, “que qué pensaba hacer respecto a las pinturas sobre los muros”.

[308] No se supo siquiera dónde colocar las estatuas ya hechas, ni cuáles había querido hacer para los nichos que estaban vacíos. En vano Vasari y Ammanati, encargados por el duque Cosme I de acabar la obra emprendida por Miguel Ángel, se dirigieron a él: no se acordaba de nada. “La memoria y el espíritu se me han anticipado, escribía en agosto de 1557, para esperarme en el otro mundo”.

[309] Miguel Ángel recibió los derechos de ciudadano romano el 20 de marzo de 1546.

[310] Buonarroto, muerto de la peste en 1528.

[311] En junio de 1534.

[312] Poesías, LVIII. Véase Apéndice IX.

[313] Poesías, XLIX. Véase Apéndice X.

LA ABDICACIÓN

I
AMOR

I’me la morte, in te la vita mia.[314]

Entonces, en este corazón despedazado, después de renunciar a todo lo que lo hacía vivir, se levantó una vida nueva, refloreció una primavera, el amor ardió con una llama más clara. Pero este amor no tenía casi nada de egoísta ni de sensual. Fué la adoración mística de la belleza de un Cavalieri; fué la religiosa amistad de Vittoria Colonna, comunión apasionada de dos almas en Dios; fué, en fin, la ternura paternal para sus sobrinos huérfanos, la piedad para los pobres y para los débiles, la santa caridad.

El amor de Miguel Ángel para Tommaso dei Cavalieri es muy propio para desconcertar a la mayoría de los espíritus, ya sean bien o mal intencionados. Hasta en la Italia del fin del Renacimiento era muy a propósito para provocar interpretaciones desagradables; el Aretino lo comentaba injuriosamente[315]. Pero las injurias de los Aretinos, porque siempre los hay, no pueden alcanzar a un Miguel Ángel. “Se forman en su corazón un Miguel Ángel del género de su propio corazón”[316].

Ninguna alma fué más pura que la de Miguel Ángel; nadie tuvo del amor un concepto más religioso.

“Con frecuencia he oído—decía Condivi—a Miguel Ángel hablando del amor; y los que estaban presentes decían que Platón no hablaba de otro modo. Por mi parte, yo no sé lo que Platón dijo; pero sé muy bien que después de haber tenido por mucho tiempo amistad íntima con él, nunca oí salir de sus labios más que conceptos honorables que tenían fuerza para extinguir en los jóvenes los deseos desordenados que los agitan”.

Pero este idealismo platónico, no tenía nada de literario ni de frío; se adunaba con una fuerza del pensamiento que hacía de Miguel Ángel una verdadera víctima de todo lo bello que veía. El propio Miguel Ángel no lo ignoraba y un día, al rehusar una invitación de su amigo Giannotti, dijo:

“Cuando veo a un hombre que posee algún talento o algún don del espíritu, un hombre que logra hacer o decir algo mejor que el resto del mundo, me siento atraído hacia él y me entrego de tal modo que ya no me pertenezco a mí mismo... todos vosotros estáis tan bien dotados que si aceptara vuestra invitación, perdería mi libertad; cada uno de vosotros me robaría un pedazo de mí mismo. Hasta el bailarín y el tocador de laúd, si fueran eminentes en su arte, harían de mí lo que quisieran. En vez de descansar, fortificarme y recobrar la serenidad en vuestra compañía, quedaría mi alma desgarrada y dispersa a todos los vientos, de tal manera que durante muchos días después no sabría yo en qué mundo me muevo”[317].

Si así lo conquistaban la belleza de los pensamientos de las palabras o de los sentidos, mucho más lo conmovía la belleza del cuerpo.

La forza d’un bel viso a che mi sprona!
C’altro non è c’al mondo mi diletti
[318]...

“La fuerza de un rostro hermoso es para mí un gran estímulo
y no hay nada en el mundo que me produzca tanto deleite”.

Para este creador de formas admirables, que era al mismo tiempo un gran creyente, un hermoso cuerpo era divino, un hermoso cuerpo era como Dios mismo, apareciendo bajo el velo de la carne. Como Moisés frente a la zarza ardiente, Miguel Ángel se aproximaba tembloroso. El objeto de su adoración era verdaderamente para él, como decía, un Ídolo. Se prosternaba a sus pies, y esta humillación voluntaria del gran hombre, penosa para el mismo Cavalieri, era tanto más extraña cuanto que con frecuencia el ídolo de bello rostro tenía un alma vulgar y despreciable como Febo di Poggio. Pero Miguel Ángel no veía nada... ¿No veía en verdad?—no quería ver nada;—en su corazón era donde modelaba la estatua apenas esbozada.

El más antiguo de sus amantes ideales, de sus ensueños vivientes, fué Gherardo Perini, por el año de 1522[319]. Miguel Ángel se enamoró de Febo di Poggio en 1533, y de Cecchino dei Bracci en 1544[320]. Su amistad para Cavalieri no fué pues exclusiva y única, pero fué durable y alcanzó un grado de exaltación, justificada, hasta cierto punto, no solamente por la belleza sino por la nobleza moral de su amigo.

Dice Vasari: “Por encima de todos, sin comparación, amó a Tommaso dei Cavalieri, gentilhombre romano, joven y apasionado por el arte; hizo de él un retrato de tamaño natural, el único retrato que dibujó, porque tenía horror de copiar a una persona viva a menos que no fuese de una incomparable belleza”.

Varchi agrega:

“Cuando vi en Roma a Messer Tommaso Cavalieri, tenía no solamente una incomparable belleza, sino maneras tan agraciadas, un espíritu tan distinguido y una conducta tan noble que bien merecía ser amado mientras más se le conocía”[321].

Miguel Ángel lo conoció en Roma en el otoño de 1532. La primera carta que Cavalieri escribió contestando a las declaraciones inflamadas de Miguel Ángel, está llena de dignidad:

“He recibido una carta vuestra que me ha sido tanto más grata cuanto era inesperada; digo inesperada, porque no me juzgo digno de que un hombre como vos me escriba. En cuanto a lo que decís en mi alabanza y de mis trabajos, por los cuales me aseguráis una simpatía no pequeña, os respondo que no son de naturaleza tal para que un hombre de genio como el vuestro, como no existe otro sobre la tierra, ya no digo igual, pero ni siquiera aproximado, escriba a un joven que principia apenas y que es tan ignorante. Yo no creo que me mintáis, pero sí creo, estoy seguro, de que el afecto que me tenéis no tiene otra causa más que el amor que un hombre como vos debe necesariamente tener para los que se consagran al arte y lo aman. Yo soy de éstos, y en este punto no cedo a nadie. Os devuelvo vuestro afecto, lo prometo; nunca he estimado a un hombre tanto como a vos, nunca he deseado una amistad tanto como la vuestra. Os suplico que me tengáis por vuestro servidor, cuando sea oportuno, y me recomiendo eternamente a vos. Vuestro muy adicto, Tommaso Cavalieri”[322].

Cavalieri parece haber conservado siempre este tono de afecto respetuoso y reservado. Permaneció fiel a Miguel Ángel hasta su última hora, en la cual estuvo presente. Tuvo siempre su confianza, era el único que pasaba por tener influencia sobre él y tuvo el raro mérito de usarla siempre para el bien y la grandeza de su amigo; él fué el que decidió a Miguel Ángel a terminar el modelo en madera de la cúpula de San Pedro; él fué quien conservó los planos de Miguel Ángel para la construcción del Capitolio y quien trabajó para realizarlos; él fué, en fin, quien después de la muerte de Miguel Ángel vigiló el cumplimiento de su voluntad.

Pero la amistad de Miguel Ángel para él era como una locura de amor. Le escribía cartas delirantes, se dirigía a su ídolo prosternando la frente en el polvo[323]. Lo llama un “genio poderoso... un milagro... la luz de nuestro siglo”; le suplica “que no lo desprecie porque no puede compararse a él, porque nadie puede igualarlo”. Le ofrece como un homenaje todo su presente y todo su porvenir, y agrega:

“Es para mí un dolor infinito no poder daros también mi pasado para poder serviros por más tiempo; porque el porvenir será corto, ya estoy muy viejo[324]... No creo que nada pueda destruir nuestra amistad, aunque hablo de una manera muy presuntuosa porque estoy infinitamente por debajo de vos[325]... Tan fácilmente podría olvidar vuestra amistad como el alimento que me da la vida; sí, más bien olvidaría el alimento que sostiene únicamente mi cuerpo sin placer, que vuestro nombre que alimenta al cuerpo y el alma y los llena de una dulzura tal que mientras pienso en vos no siento ni sufrimiento ni temor de la muerte[326]. Mi alma está en las manos de aquél a quien yo se la he dado[327]... Si yo tuviera que dejar de pensar en él, creo que caería muerto inmediatamente”[328]. Hizo a Cavalieri regalos soberbios: “dibujos sorprendentes, cabezas maravillosas a lápiz rojo y negro que había hecho expresamente para enseñarlo a dibujar. Después dibujó para él un Ganímedes arrebatado al Cielo por el Águila de Zeus, un Tityos con el buitre devorándole el corazón, la Caída de Faetonte en el Pó con el carro del Sol y una Bacanal de niños; todas obras de la más rara belleza y de una perfección inimaginables”[329].

Le dirigía también sonetos algunas veces admirables y muchas otras obscuros, de los cuales algunos fueron pronto recitados en los círculos literarios y conocidos por toda Italia[330]. Se ha dicho que el soneto siguiente era “la más hermosa poesía lírica de Italia en el siglo XVI”[331].

“Con vuestros ojos veo una dulce luz que con mis ojos ciegos no puedo ver. Con vuestros pies soporto una carga pesada que con mis pies no podría sostener. Por vuestro espíritu me siento elevado al cielo. Según vuestra voluntad me pongo pálido o encendido, frío bajo el sol, caliente entre las brumas frías. En vuestra voluntad está mi voluntad. Mis pensamientos se forman en vuestro corazón y mis palabras en vuestro aliento. Abandonado a mí mismo, soy como la luna si el sol no la ilumina”[332].

Más célebre es todavía este otro soneto, uno de los más hermosos cantos que se hayan escrito en honor de la perfecta amistad:

“Si un casto amor, si una piedad suprema, si una fortuna igual existen entre dos amantes, si la suerte cruel hiere a uno lo mismo que al otro, si un solo espíritu y una sola voluntad gobierna dos corazones, si una alma se hace eterna en dos cuerpos llevándolos hacia el cielo con las mismas alas, si el amor hiere con su flecha dorada dos pechos a la vez, si el uno ama al otro y ninguno se ama a sí mismo, si los dos no tienen más placer ni más alegría que aspirar juntos al mismo fin, si mil y mil amores no serían más que la centésima parte de este amor y de esta fe que los une, ¿por un solo desdén se rompería este lazo para siempre?”[333].

Este olvido de sí mismo, este don ardiente de todo el ser que se funde en el ser amado, no tenía siempre la misma serenidad. La tristeza triunfaba, y el alma poseída por el amor, se debatía gimiendo.

“Lloro, ardo y me consumo y mi corazón con esto se alimenta...”.

I’ piango, i’ ardo, i’ mi consumo, e 'l core
Di questo si nutrisce...
[334].

“Tú, que me has quitado la alegría de vivir”, dice a Cavalieri[335].

A estas poesías demasiado apasionadas, “el dulce y amado señor”[336] Cavalieri oponía su frialdad afectuosa y tranquila[337]. La exageración de esta amistad le chocaba en secreto. Miguel Ángel se disculpaba:

“Mi querido señor, no te irrites por mi amor que se dirige solamente a lo que hay de mejor en ti[338]; porque el espíritu de uno debe sentirse atraído por el espíritu del otro. Lo que yo deseo, lo que yo encuentro en tu hermoso rostro, no puede ser comprendido por los hombres vulgares. Quien quiera comprenderlo tiene que morir antes”[339].

Y seguramente esta pasión de la belleza no tenía nada que no fuera honesto[340]. Pero la esfinge de este amor ardiente y turbio[341], y casto a pesar de todo, no dejaba de ser inquietante y alucinada.

Estas amistades mórbidas—esfuerzos desesperados para negar la nada de su vida y para crear el amor del cual estaba hambriento,—fueron substituidas afortunadamente por el cariño sereno de una mujer, que supo comprender a este niño viejo, solo y perdido en el mundo, y que devolvió a su alma lacerada un poco de paz, de confianza, de razón, y la aceptación melancólica de la vida y de la muerte.


En 1533 y 1534[342], fué cuando la amistad de Miguel Ángel por Cavalieri llegó a su paroxismo. En 1535 comenzó a conocer a Vittoria Colonna.

Había nacido ella en 1492; su padre era Fabrizio Colonna, señor de Paliano, príncipe de Tagliacozzo. Su madre, Inés de Montefeltro, era hija del gran Federico, príncipe de Urbino. Su familia una de las más nobles de Italia, una de aquéllas en las cuales había encarnado mejor el luminoso espíritu del Renacimiento. A los diecisiete años se casó con el marqués de Pescara, Ferrante Francesco d’Avalos, gran General y vencedor de Pavía. Ella lo amó; él no la amó. No era hermosa[343].

Las medallas que se conocen de ella muestran un semblante viril, voluntarioso y un poco duro; frente alta, nariz larga y recta, labio superior corto, y labio inferior un poco saliente; boca apretada y mentón enérgico[344].

Filonico Alicarnasseo, que la conoció y escribió su vida, deja entender, a pesar de todas las reticencias que usa, que era fea: “cuando se casó con el marqués de Pescara—dice—se dedicó a desarrollar los dones de su espíritu, porque como no poseía gran belleza, se instruyó en las letras para asegurarse la belleza inmortal, que no pasa como la otra”. Era apasionadamente intelectual. En un soneto dice de sí misma que “los sentidos groseros, impotentes para formar la armonía que produce el puro amor de las almas nobles, no produjeron nunca en ella ni placer ni sufrimiento... Una llama clara—agrega—elevó tan alto mi corazón, que los pensamientos bajos lo ofenden”. No estaba hecha para ser amada por el brillante y sensual Pescara. Pero como lo dispone la sinrazón del amor, estaba hecha para amarlo y para sufrir por ello.

Sufrió cruelmente, en efecto, las infidelidades de su marido, que la engañaba en su propia casa, a la vista de todo Nápoles. Sin embargo, cuando él murió, en 1525, no se consoló; se refugió en la religión y en la poesía; llevó una vida de claustro en Roma y después en Nápoles[345]; sin renunciar desde luego a los pensamientos del mundo, buscaba la soledad sólo para absorberse en el recuerdo de su amor y cantarlo en sus versos. Estaba relacionada con todos los grandes escritores de Italia, con Sadoletto, Bembo, Castiglioni, quien le confió el manuscrito de su Cortegiano; con el Ariosto, que la celebró en su Orlando; con Pablo Jovio, Bernardo Tasso, Ludovico Dolce. Después de 1530 sus sonetos circularon por toda Italia y le conquistaron una gloria única entre las mujeres de su tiempo. Retirada en Ischia, cantaba sin cansarse su amor transfigurado, en la soledad de la bella isla, en medio del mar armonioso.

Pero desde el año de 1534 se dedicó a la religión por completo. El espíritu de reforma católica, el libre espíritu religioso que tendía entonces a regenerar a la Iglesia evitando el cisma, se apoderó de ella. No se sabe si conoció en Nápoles a Juan de Valdés[346]; pero la conmovieron profundamente las predicaciones de Bernardino Ochino, de Siena;[347] y fué amiga de Pietro Carnesecchi[348], de Giberti, de Sadoletto, del noble Reginaldo Pole, y del más grande de estos prelados reformadores que constituyeron en 1536 el Collegium de emendanda Ecclesia, el Cardenal Gaspare Contarini[349], quien intentó en vano establecer la unidad con los protestantes en la Dieta de Ratisbona y se atrevió a escribir estas valientes palabras[350]:

“La ley de Cristo es una ley de libertad... no se puede llamar gobierno al que está regido por la voluntad de un hombre, inclinado por la naturaleza al mal e impulsado por innumerables pasiones. ¡No! Toda soberanía es una soberanía de la razón. Tiene por objeto conducir por caminos de justicia a todos aquéllos que le están sometidos a su justo fin: la felicidad. La autoridad del Papa es también una autoridad de la razón. Un Papa debe saber que ejerce esta autoridad sobre hombres libres. No debe a su arbitrio ordenar, prohibir o dispensar, sino únicamente según las reglas de la razón, de los divinos mandamientos y del amor. Esta regla conduce todo a Dios y al bien común”.

Vittoria fué una de las almas más exaltadas de este pequeño grupo idealista, donde se unían las más puras conciencias de Italia. Tuvo correspondencia con Renato de Ferrara y con Margarita de Navarra; y Pier Paolo Vergerio, más tarde protestante, la llamaba “una de las luces de la verdad”. Pero cuando comenzó el movimiento de contrarreforma dirigido por el despiadado Caraffa[351], cayó en una duda mortal. Era, como Miguel Ángel, una alma apasionada pero débil; tenía necesidad de creer y era incapaz de resistir a la autoridad de la Iglesia. “Se mortificaba con ayunos y cilicios de tal manera que ya no le quedaba más que la piel sobre los huesos”[352]. Su amigo el Cardenal Pole[353] la tranquilizó obligándola a someterse, a humillar el orgullo de su inteligencia y a olvidarse en Dios, en una especie de embriaguez de sacrificio... Pero no se sacrificaba únicamente a sí misma sino a sus amigos, porque tuvo que renegar de Ochino y entregar sus escritos a la Inquisición de Roma. Como Miguel Ángel, este gran espíritu estaba aniquilado por el miedo. Ahogaba sus remordimientos en un misticismo desesperado:

“Habréis visto el caos de ignorancia donde yo estaba, y el laberinto de errores hacia donde iba, con el cuerpo perpetuamente en movimiento para encontrar reposo y el alma siempre agitada para encontrar la paz. Dios ha querido que se me dijera ‘Fiat lux!’ y que se me mostrara que yo no era nada y que todo estaba en Cristo”[354].

Deseaba la muerte como una liberación, y murió el 25 de febrero de 1547.


Conoció a Miguel Ángel cuando estaba más penetrada del libre misticismo de Valdés y de Ochino. Esta mujer triste y atormentada, que tenía siempre necesidad de un guía para apoyarse, no tenía menos necesidad de un ser más débil y más desgraciado que ella para dedicarle todo el amor maternal que llenaba su corazón.

Procuró ocultar su turbación a Miguel Ángel; serena en apariencia, reservada, un poco fría, le trasmitió la paz que ella tenía que pedir a otro. Su amistad, iniciada por el año de 1535, fué íntima desde el otoño de 1538 y por completo fundada en Dios. Vittoria tenía cuarenta y seis años y él sesenta y tres; ella vivía en Roma, en el Claustro de San Silvestre in Capite, abajo del Monte Pincio.

Miguel Ángel habitaba cerca del Monte Cavallo. Se reunían los domingos en la Iglesia de San Silvestre del Monte Cavallo. El hermano Ambrogio Caterino Politi les leía las Epístolas de San Pablo y ellos las discutían juntos. El pintor portugués Francisco de Holanda nos ha conservado el recuerdo de estas conversaciones en sus cuatro Diálogos sobre la pintura[355]. Son un cuadro vivo de esta amistad grave y tierna.

La primera vez que Francisco de Holanda fué a la Iglesia de San Silvestre, encontró a la marquesa de Pescara con algunos amigos escuchando la lectura piadosa.

Miguel Ángel no estaba ahí. Cuando terminó la Epístola la amable señora dijo sonriendo al extranjero:

—Francisco de Holanda habría oído sin duda con más gusto un discurso de Miguel Ángel que esta predicación.

A lo cual Francisco, creyéndose tontamente ofendido, respondió:

—¿Qué, señora, le parece a Vuestra Excelencia que no entiendo otra cosa y sólo sirvo para pintar?

—No seáis tan quisquilloso, messer Francisc,—dijo Lattanzio Tolomei,—precisamente la marquesa está convencida de que un pintor sirve para todo. Así estimamos la pintura nosotros los italianos. Pero tal vez ella dijo esto para agregar al placer que habéis tenido, el de oír a Miguel Ángel.

Francisco se confunde entonces, dando excusas, y la marquesa dice a uno de sus servidores: “Ve a la casa de Miguel Ángel y dile que yo y messer Lattanzio nos hemos quedado después del servicio religioso en esta Capilla, donde hace un fresco agradable; si quiere perder un poco su tiempo, sería con mucho provecho para nosotros... pero—agrega, conociendo el carácter huraño de Miguel Ángel—no le digas que Francisco de Holanda el español, está aquí”.

Esperando el regreso del enviado se quedan charlando, buscando cómo harán que Miguel Ángel hable de pintura sin que advierta su intención, porque si la comprende se rehusaría inmediatamente a continuar la plática.

“Hubo algunos instantes de silencio. Llamaron a la puerta; todos expresamos el temor de que el Maestro no viniera, porque la respuesta había sido muy repentina. Pero mi estrella quiso que Miguel Ángel, que habitaba muy cerca, fuera justamente de camino en la dirección de San Silvestre; iba por la vía Esquilina hacia las Termas, filosofando con su discípulo Urbino. Y como nuestro enviado lo había encontrado y conducido, él mismo en persona era quien estaba a la puerta. La marquesa se levantó y permaneció por mucho tiempo en conversación con él, de pie, aparte de los demás, antes de invitarlo a tomar asiento entre Lattanzio y ella. Francisco de Holanda se sentó al lado de él, pero Miguel Ángel no prestó ninguna atención a su vecino, lo cual chocó a éste vivamente. Francisco dijo con tono ofendido:

“En verdad el medio más seguro de no ser visto por alguno, consiste en ponérsele enfrente de los ojos”.

Miguel Ángel, sorprendido, lo miró y se disculpó inmediatamente con gran cortesía:

“Perdonad, messer Francisco: no os había visto, en verdad, porque no tenía ojos más que para la marquesa”. Sin embargo, Vittoria, después de una breve pausa, comenzó a hablar de mil cosas con una habilidad que no puede elogiarse lo suficiente; de una manera diestra y discreta, sin referirse a la pintura. Se hubiera dicho que era como el asedio a una plaza fuerte, hecho con esfuerzo y arte, y que Miguel Ángel parecía un sitiado vigilante y desconfiado, que coloca en un punto centinelas, levanta puentes en otra parte, en otra pone minas y tiene a la guarnición alerta en las puertas y sobre las murallas.

Al fin la marquesa venció, y verdaderamente nadie hubiera podido defenderse de ella.

“Vamos—dijo—hay que reconocer que no puede triunfarse cuando se ataca a Miguel Ángel con sus propias armas, es decir, con la astucia. Será necesario, messer Lattanzio, que hablemos con él de procesos, de breves del Papa, o bien... de pintura, si queremos reducirlo al silencio y decir nosotros la última palabra”.

Esta desviación ingeniosa llevó la conversación al terreno del arte. Vittoria habla a Miguel Ángel de una construcción piadosa que tenía el proyecto de levantar; e inmediatamente Miguel Ángel se ofrece para examinar el emplazamiento y esbozar un plan.

“Yo no me habría atrevido a pediros un servicio tan grande—respondió la marquesa—aunque sepa que seguís en todo la enseñanza del Salvador, que abatía a los soberbios y exaltaba a los humildes... Los que os conocen estiman la persona de Miguel Ángel más todavía que sus obras, mientras los que no os conocen personalmente admiran la más débil parte de vos mismo, es decir las obras de vuestras manos. Pero yo no alabo menos que os apartéis con tanta frecuencia, huyendo de nuestras inútiles conversaciones, y que en lugar de pintar los retratos de todos los príncipes que vienen a rogaros, consagréis casi toda vuestra vida a una sola gran obra”.

Miguel Ángel declina modestamente estos cumplimientos y expresa su aversión para los habladores y los ociosos—grandes señores o Papas—que se creen permitido imponer su sociedad a un artista que no tiene bastante vida para cumplir su tarea.

Después la conversación pasa a los más altos temas de arte, que la marquesa trata con una gravedad religiosa. Una obra de arte, para ella, como para Miguel Ángel, es un acto de fe.—“La buena pintura—dice Miguel Ángel—se aproxima a Dios y se une a él: No es más que una copia de su perfección, una sombra de su pincel, de su música, de su melodía...”.

“Por eso no basta que el pintor sea un maestro hábil y grande. Yo creo más bien que su vida debe ser pura y santa, lo más posible, para que el Espíritu Santo gobierne sus pensamientos...”[356].

Y así transcurre el día, en estas conversaciones verdaderamente sagradas, de una serenidad majestuosa, en la Iglesia de San Silvestre, a no ser que los amigos prefieran continuar la plática en el jardín que nos describe Francisco de Holanda, “junto a la fuente, a la sombra de una fronda de laureles, sentados sobre un banco de piedra adosado a un muro que tapiza la yedra”, desde donde dominan Roma, tendida a sus pies[357].

Desgraciadamente estas bellas conversaciones no duraron mucho. La crisis religiosa por la cual pasaba la marquesa de Pescara las rompió bruscamente. En 1541 salió ella de Roma para encerrarse en un claustro en Orvieto y después en Viterbo.

“Pero con frecuencia salía de Viterbo, e iba a Roma únicamente para ver a Miguel Ángel. Él estaba enamorado de su divino espíritu y ella le correspondía. Él recibió de ella y conservó muchas cartas llenas de casto y muy dulce amor, tales como podía escribirlas esta alma noble[358]. A petición suya, agrega Condivi, ejecutó Miguel Ángel un Cristo desnudo que, desprendido de la Cruz, caería como un cadáver inerte a los pies de su santa Madre si dos ángeles no lo sostuvieran por los brazos. María está sentada bajo la Cruz; su rostro lloroso y dolorido, y, los dos brazos abiertos, levanta las manos al Cielo. En la madera de la Cruz, se leen estas palabras: Non vi si pensa quanto sangue costa[359]. Por amor a Vittoria, Miguel Ángel dibujó también un Jesucristo en la Cruz, no muerto, como se ha representado habitualmente, sino vivo, con la cara vuelta hacia su Padre y exclamando: ‘¡Eli, Eli!’ El cuerpo no se entrega sin voluntad, sino que se tuerce y se crispa en los últimos sufrimientos de la agonía”.

Tal vez Vittoria inspiró igualmente los dos dibujos sublimes de la Resurrección, que están en el Louvre y en el British Museum. En el del Louvre, el hercúleo Cristo ha rechazado con furia la pesada losa de la tumba, tiene todavía una pierna en la fosa y, con la cabeza levantada, los brazos en alto, se precipita hacia el Cielo en un ímpetu de pasión, que recuerda el de uno de los Cautivos del Louvre. ¡Volver a Dios! ¡Dejar este mundo, estos hombres que él no mira y que se arrastran a sus pies, estúpidos y espantados! ¡arrancarse al horror de esta vida! ¡al fin! ¡al fin!... El dibujo del British Museum tiene más serenidad. El Cristo salido de la tumba parece volar; su cuerpo vigoroso flota en el aire que lo acaricia; con los brazos cruzados, la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, en éxtasis, sube en la cruz como un rayo de sol.

Así Vittoria volvió a abrir para Miguel Ángel el mundo de la fe. Hizo más todavía: dió impulso a su genio poético que el amor de Cavalieri había despertado[360].

No solamente lo iluminó sobre las revelaciones religiosas, de las cuales tenía obscuros presentimientos, sino que, como lo ha demostrado Thode, le dió el ejemplo de cantarlas en sus versos. En los primeros tiempos de su amistad fué cuando aparecieron los primeros Sonetos espirituales de Vittoria[361]. Ella se los enviaba a su amigo a medida que los iba escribiendo[362].

En ellos encontraba una dulzura consoladora, una vida nueva. Un hermoso soneto que él escribió en respuesta, da fe de su tierno agradecimiento.

“Feliz espíritu, que con un ardiente amor mantiene vivo mi viejo corazón moribundo, y que entre tus bienes y tus placeres me distingues a mí solo entre tantos otros seres nobles. Tal como apareciste en otro tiempo a mis ojos apareces hoy a mi alma para consolarla; por esto al recibir de ti como beneficio tus atenciones, te escribo para darte las gracias. Sería una gran presunción y una gran vergüenza darte pinturas miserables en cambio de tus creaciones vivientes y bellas”[363].

En el otoño de 1544 Vittoria fué a vivir en el Claustro de Santa Ana y ahí permaneció hasta su muerte. Miguel Ángel iba a verla. Ella pensaba apasionadamente en él y trataba de poner un poco de comodidad y de atractivo en su vida, haciéndole en secreto pequeños obsequios; pero el sombrío anciano “que no quería aceptar regalos de nadie”, ni de los que más amaba, no consintió en darle este gusto[364].

Vittoria Colonna murió. Él la vió morir, y dijo esta frase conmovedora que demuestra la casta reserva de su gran amor:

“Nada me duele tanto como pensar que la he visto muerta y no la he besado en la frente y en la cara como he besado su mano”[365].

“Esta muerte—dice Condivi,—lo dejó como estúpido por mucho tiempo; parecía haber perdido el juicio”.

“Me quería mucho, decía él tristemente más tarde, y yo lo mismo. (Mi voleva grandissimo bene, e io non meno a lei.) La muerte me ha robado un gran amigo”.

Escribió sobre su muerte dos sonetos, uno de ellos, impregnado del espíritu platónico, es de una rudeza preciosa, de un idealismo alucinado; parece una noche surcada de relámpagos. Miguel Ángel compara a Vittoria al martillo del escultor divino que hace brotar sublimes pensamientos de la materia.

“Si mi rudo martillo forma con las duras rocas imágenes de aspecto humano, sólo tiene movimiento por la mano que lo sostiene, lo conduce y lo guía; una fuerza extraña lo impulsa. Pero el martillo divino que se levanta en el Cielo, crea su propia belleza y la belleza de los demás por su fuerza única. Ningún otro martillo puede crearse sin martillo; éste es el que hace vivir a los otros, y como el golpe sobre el yunque es más fuerte mientras viene de más alto, éste se ha elevado por encima de mí hasta el Cielo. Por eso llevará mi obra a buen fin, si la forja divina le presta ahora su ayuda. Hasta ahora estaba solo en el mundo”[366].

El otro soneto es más tierno y proclama la victoria del amor sobre la muerte:

“Cuando aquélla que me arrancó tantos suspiros se fué de este mundo, huyendo de mis ojos y de ella misma, la naturaleza que nos había juzgado dignos de ella se quedó avergonzada; y los que la habían visto, llorando. ¡Pero que la muerte no se alabe ahora de haber apagado este sol de los soles, como lo ha hecho con otros! Porque Amor ha vencido y la hace revivir en la tierra y en el cielo entre los santos. La muerte inicua y criminal cree sofocar el eco de sus virtudes y empañar la belleza de su alma. Sus escritos han hecho lo contrario; la iluminan con más vida de la que tuvo en su vida y con la muerte ha conquistado el Cielo que aún no tenía”[367].


Durante esta grave y serena amistad, Miguel Ángel ejecutó sus últimas grandes obras de pintura y de escultura, el Juicio Final, los frescos de la Capilla Paulina y—al fin—la tumba de Julio II[368].

Cuando Miguel Ángel había salido de Florencia en 1534 para instalarse en Roma, pensaba, ya libre de todos sus otros trabajos por la muerte de Clemente VII, poder terminar en paz la tumba de Julio II, y después morir con la conciencia descargada del fardo que había pesado sobre su vida; pero apenas había llegado, se dejó encadenar otra vez por nuevos amos.

Paulo III lo mandó llamar y le pidió que entrara a su servicio... Miguel Ángel rehusó diciendo que no podía, pues estaba obligado por contrato con el duque de Urbino hasta terminar la tumba de Julio II. Entonces el Papa se encolerizó y dijo: “desde hace treinta años que tengo este deseo y ahora que soy Papa, ¿no podría satisfacerlo?; desgarraré el contrato. Quiero que me sirvas a pesar de todo”[369]. Miguel Ángel estuvo a punto de huir; pensó en refugiarse cerca de Génova en una Abadía del Obispo de Aleria que era amigo suyo y que lo había sido también de Julio II; ahí hubiera terminado cómodamente su obra, cerca de Carrara. También tuvo la idea de retirarse a Urbino, que era un lugar pacífico y donde esperaba ser bien recibido, por recuerdo de Julio II. Con este propósito ya había enviado a una de sus gentes para comprar una casa[370]. Pero en el instante de decidirse la voluntad le faltaba como siempre; temía las consecuencias de sus actos, se halagaba con la eterna ilusión eternamente fallida de que podría salvarse por medio de un compromiso. Se dejó de nuevo encadenar y continuó arrastrando su grillete hasta el fin. El 1.º de septiembre de 1535, un breve de Paulo III, le nombró arquitecto en Jefe, escultor y pintor del Palacio Apostólico. Desde el mes de abril precedente Miguel Ángel había aceptado trabajar en el Juicio Final[371]. Estuvo enteramente ocupado en esta obra, desde abril de 1536 hasta noviembre de 1541, es decir, durante la permanencia de Vittoria en Roma.

En el curso de esta enorme tarea, sin duda en 1539, cayó de los andamios y se hirió gravemente una pierna. “Por el dolor y la cólera no quiso que lo atendiera ningún médico”[372]. Odiaba a los médicos y manifestaba en sus cartas una inquietud cómica cuando sabía que alguno de los suyos había tenido la imprudencia de solicitar auxilios médicos.

Felizmente para él, después de su caída, el maestro Baccio Rontini, de Florencia, que era un médico de mucho talento y muy adicto a Miguel Ángel, tuvo piedad de él y fué un día a llamar a la puerta de su casa. Como nadie le respondiera, subió y buscó de cuarto en cuarto hasta que llegó adonde estaba Miguel Ángel acostado. Cuando éste lo vió se puso como un desesperado. Pero Baccio no quiso salir y no lo dejó hasta curarlo[373]. Como en otro tiempo Julio II, Paulo III quería ver pintar a Miguel Ángel y daba su opinión. Lo acompañaba su maestro de ceremonias Biagio da Cesena. Un día preguntó a este último lo que pensaba de la obra. Como Biagio era, dice Vasari, una persona muy escrupulosa, declaró que era una soberana inconveniencia haber representado en un sitio tan solemne tantas desnudeces; y agregó que aquélla era una pintura buena para decorar un baño o una posada. Miguel Ángel, indignado, retrató de memoria a Biagio cuando éste hubo salido. Lo representó en el infierno, bajo la forma de Minos, con una gran serpiente enrollada alrededor de las piernas, en medio de una montaña de diablos. Biagio se quejó con el Papa. Paulo III se burló de él, diciéndole: “todavía si Miguel Ángel te hubiera puesto en el purgatorio, habría podido hacer algo para salvarte, pero te puso en el infierno y ahí yo no puedo nada; en el infierno no hay redención”[374].

Biagio no fué el único que encontró indecentes las pinturas de Miguel Ángel. Italia se iba haciendo mojigata y no estaba lejos el tiempo en el cual el Veronés tendría que presentarse ante la Inquisición por la inconveniencia de su Cena en Casa de Simón[375]. No faltaron quienes se escandalizaran con el Juicio Final. El que gritó más fuerte fué el Aretino. El maestro de pornografía pretendió dar lecciones de decencia al casto Miguel Ángel[376]. Le escribió una carta de Tartufo impúdico[377]. Lo acusaba de haber representado “cosas capaces de avergonzar a una casa de vicios”; lo denunciaba como impío ante la Inquisición naciente; “porque sería un crimen menor no creer, decía, que atentar así contra la fe de otro”. Pedía al Papa que destruyera el fresco; mezclaba sus denuncias de luteranismo con innobles insinuaciones contra las costumbres de Miguel Ángel[378]; y para terminar lo acusaba de haber robado a Julio II. A esta carta infame de chantage[379], en la cual se manchaba y ofendía lo más profundo del espíritu de Miguel Ángel, su piedad, su amistad, su sentimiento del honor; a esta carta que Miguel Ángel no pudo leer sin reírse despectivamente y sin llorar de vergüenza, no respondió nada. Sin duda pensó lo que decía de ciertos enemigos, con su aplastante desdén: “que no valía la pena de combatirlos, porque la victoria sobre ellos no tiene ninguna importancia”. Y cuando las ideas del Aretino y de Biagio sobre su Juicio Final ganaron terreno, no hizo nada para responder ni para detenerlas. No dijo nada cuando su obra fué tratada de “suciedad luterana”[380]. No dijo nada cuando Pablo IV quiso destruir el fresco[381]. No dijo nada cuando por orden del Papa, Daniel de Volterra vistió a sus héroes[382]. Se le preguntó su opinión y respondió sin cólera, con una mezcla de ironía y de piedad: “Decid al Papa que esta es una insignificancia muy fácil de arreglar. Que procure Su Santidad solamente poner el mundo en orden; arreglar una pintura no cuesta mucho trabajo”. Él sabía con qué ardiente fe había ejecutado esa obra en medio de las conversaciones religiosas de Vittoria Colonna y bajo la protección de esta alma inmaculada. Se hubiera avergonzado al defender la casta desnudez de sus pensamientos heroicos, contra las sucias sospechas y las malicias de los hipócritas y de los corazones bajos.

Cuando el fresco de la Sixtina estuvo terminado[383] Miguel Ángel creyó al fin tener el derecho de acabar el monumento de Julio II. Pero el Papa, insaciable, exigió que aquel viejo de setenta años pintara los frescos de la Capilla Paulina[384]. Poco faltó para que se apoderara de algunas de las estatuas destinadas para la tumba de Julio II, con el objeto de adornar su propia Capilla. Miguel Ángel tuvo que darse por feliz cuando se le permitió firmar un quinto y último contrato, con los herederos de Julio II, mediante el cual entregaba las estatuas terminadas[385], y pagaba dos escultores para que terminaran el monumento, quedando libre de toda obligación para siempre.

Mas no habían terminado sus penas: los herederos de Julio II continuaron reclamándole ásperamente el dinero que pretendían haberle anticipado. El Papa le mandaba decir que no se preocupara, que se dedicara enteramente a su trabajo de la Capilla Paulina:

“Pero, respondía él, se pinta con la cabeza y no con las manos; quien no tiene sus pensamientos consigo se deshonra; por eso yo no hago nada bien mientras tenga estas preocupaciones. He estado encadenado a esta tumba toda mi vida; he perdido toda mi juventud tratando de justificarme ante León X y Clemente VII; me he arruinado por tener demasiada conciencia. ¡Así lo quiere mi triste destino! Veo a muchas gentes que se han formado rentas de dos o tres mil escudos, y yo, después de terribles esfuerzos, sólo he logrado llegar a ser pobre. Y se me trata de ladrón... Ante los hombres (no digo ante Dios) me tengo por un hombre honrado... yo no soy un ladrón, soy un burgués florentino de noble nacimiento e hijo de un hombre honorable ... Cuando tengo que defenderme contra pícaros, me vuelvo loco al fin[386]...”.

Para calmar a sus adversarios terminó por su mano las estatuas de la Vida activa y la Vida contemplativa, aunque no estuviera obligado a ello por su contrato. Al fin el monumento de Julio II fué inaugurado en San Pedro Ad Víncula, en enero de 1545. ¿Qué quedaba del hermoso proyecto primitivo? Solamente el Moisés, convertido en centro de la obra cuando al principio no era más que un detalle. ¡Caricatura de un gran proyecto!

Pero siquiera estaba terminado. Miguel Ángel estaba ya libre de la pesadilla de toda su vida.

NOTAS:

[314] Poesías, LIX.

[315] El sobrino nieto de Miguel Ángel, en su primera edición de las Rimas, en 1623, no se atrevió a publicar extensamente las poesías a Tommaso dei Cavalieri. Dejaba creer que habían sido dedicadas a una mujer. Hasta los recientes trabajos de Scheffler y Symmonds, Cavalieri pasaba por un nombre supuesto, que se suponía ocultaba el de Vittoria Colonna.

[316] Carta de Miguel Ángel a un personaje desconocido (octubre de 1542). Cartas, Edición Milanesi, CDXXXV.

[317] Donato Giannotti. Dialoghi, 1545.

[318] Poesías, CXLI.

[319] Gherardo Perini sufrió muy especialmente los ataques del Aretino. Frey ha publicado algunas cartas muy tiernas de 1522: “...che avendo di voi lettera, mi paia chon esso voi essere, che altro desiderio non o”.—“Cuando leo en una carta vuestra, me parece estar con vos; éste es mi único deseo”.—Y firma: “vostro come figliuolo”—vuestro como un hijo—. Una hermosa poesía de Miguel Ángel sobre el dolor de la ausencia y del olvido, parece estarle dedicada: “Muy cerca de aquí mi amor me ha robado el corazón y la vida. Aquí sus bellos ojos me han prometido ayuda y después me la han retirado. Aquí él me ha ligado y me ha desligado. Aquí he llorado, y con dolor infinito he visto partir de este lugar el que me robó a mí mismo y después ya no me quiso”. (Véase Apéndice XII. Poesías, XXXV).

[320] Henry Thode, que en su obra sobre Michelangelo und das Ende der Renaissance no resiste al deseo de construir a su héroe del modo más bello, aunque sea algunas veces a expensas de la verdad, dice que la amistad para Gherardo Perini fué anterior a la de Febo di Poggio, de manera que estos afectos van elevándose por grados, hasta llegar a la amistad para Tommaso dei Cavalieri, porque no puede admitir que Miguel Ángel haya bajado desde el amor más perfecto hasta su amistad con Febo. Pero en realidad, Miguel Ángel estaba ya en relaciones desde más de un año con Cavalieri, cuando se enamoró de Febo y cuando escribió las humillantes cartas de diciembre de 1533, según Thode, o de septiembre de 1534 según Frey, y las poesías absurdas y delirantes en las cuales juega con los nombres de Febo y de Poggio—Frey, CIII, CIV—cartas y poesías que el pícaro contestaba con peticiones de dinero. (Véase Frey, edición de las Poesías de Miguel Ángel, página 526). En cuanto a Cecchino dei Bracci, el amigo de su amigo Luis del Riccio, Miguel Ángel no lo conoció sino diez años después que a Cavalieri. Cecchino era hijo de un desterrado florentino, y murió prematuramente en Roma, en 1544. Miguel Ángel escribió en memoria suya cuarenta y ocho epigramas funerarios de un idealismo idólatra, si así puede decirse, algunos de los cuales son de una sublime belleza. Estas son tal vez las poesías más sombrías que Miguel Ángel haya escrito. (Véase Apéndice XIII).

[321] Benedetto Varchi: Due lezzioni, 1549.

[322] Carta de Tommaso dei Cavalieri a Miguel Ángel (enero 1.º de 1533).

[323] Véase sobre todo la respuesta que dió Miguel Ángel a la primera carta de Cavalieri, el mismo día que la recibió (enero 1.º de 1533). De esta carta existen tres borradores febriles. En una post-scriptum de uno de estos borradores, Miguel Ángel escribe:

“Debería ser permitido llamar por su nombre a las cosas... pero por respeto a las conveniencias no es así en esta carta”. Es claro que se trata de la palabra amor.

[324] Carta de Miguel Ángel a Cavalieri, de enero 1.º de 1533.

[325] Borrador de una carta de Miguel Ángel a Cavalieri (julio 28 de 1533).

[326] Carta de Miguel Ángel a Cavalieri (julio 28 de 1533).

[327] Carta de Miguel Ángel a Bartolommeo Angiolini.

[328] Carta de Miguel Ángel a Sebastián del Piombo.

[329] Vasari.

[330] Varchi comentó dos de ellos en público, en sus Due Lezzioni. Miguel Ángel no hacía un misterio de su amor. Hablaba de él a Bartolommeo Angiolini, a Sebastián del Piombo. Estas amistades no sorprendían a nadie. Cuando murió Cecchino dei Bracci, Riccio gritaba su amor y su desesperación a todos: “¡Ah! mi amigo Donato, nuestro Cecchino ha muerto. Toda Roma llora. Miguel Ángel hace para mí el dibujo de un monumento. Escribidme el epitafio, os lo suplico, y enviadme una carta consoladora; mi dolor me ha robado el espíritu; ¡paciencia! Vivo con mil y mil muertes en cada hora. ¡Oh Dios, cómo ha cambiado el aspecto de la fortuna!” Carta a Donato Giannotti (enero de 1544). “En mi pecho tenía yo mil almas de amantes”, hace decir Miguel a Cecchino en uno de sus epigramas funerarios. (Poesías, edición Frey, LXXIII, 12).

[331] Scheffler.

[332] Poesías, CIX, 19. Véase Apéndice XIV.

[333] Poesías, XLIV. Véase Apéndice XV.

[334] Poesías, LII. Véase también LXXVI. Al fin del soneto, Miguel Ángel hace un juego de palabras con el nombre de Cavalieri: Resto prigion d’ un Cavalier armato. (Soy prisionero de un caballero armado).

[335] Onde al mio viver lieto, che m’ha tolto... (Poesías, CIX. 18).

[336] Il desiato mie dolce signiore... (Ibid., L).

[337] Un freddo aspetto... (Ibid., CIX. 18).

[338] El texto exacto, dice: “lo que tú mismo ames más en ti”.

[339] Véase Apéndice, XVI.

[340] Il foco onesto, che m’arde... (Poesías, L). La casta voglia, che 'l core dentro infiamma. (Ibid., XLIII).

[341] En un soneto Miguel Ángel deseaba que su piel pudiera servir de vestido para su amado. Quería ser como los zapatos que llevaban sus pies de nieve. (Véase Apéndice XVII).

[342] Sobre todo entre junio y octubre de 1533, cuando Miguel Ángel de regreso en Florencia estaba alejado de Cavalieri.

[343] Los bellos retratos donde se ha pretendido reconocerla no tienen ninguna autenticidad. Por ejemplo, el dibujo famoso de los Uffizi donde Miguel Ángel ha representado una mujer joven, con casco. Cuando más, habrá sufrido al hacerlo la influencia inconsciente del recuerdo de Vittoria, idealizada y rejuvenecida. Porque la figura de los Uffizi tiene los rasgos regulares de Vittoria y su expresión severa; los ojos preocupados y grandes y la mirada dura; el cuello desnudo, el pecho descubierto y la expresión de una violencia fría y concentrada.

[344] Así la representa una medalla anónima reproducida en el Carteggio di Vittoria Colonna, publicado por Ermanno Ferrero y Giuseppe Müller. Así la vió Miguel Ángel sin duda. Sus cabellos están cubiertos con una gran cofia rayada y lleva un vestido cerrado severamente, con una abertura en el cuello.

En otra medalla anónima aparece idealizada y joven. Reproducida por Müntz: Historia del Arte durante el Renacimiento, III, 248, y en La obra y la vida de Miguel Ángel, publicada por la Gazette des Beaux-Arts, tiene los cabellos levantados y sujetos con un listón por encima de la frente; un bucle cae sobre la mejilla y finas trenzas sobre la nuca. La frente es alta y recta; los ojos miran con una atención un poco pesada; la nariz, larga y regular, es gruesa; las mejillas llenas, las orejas bien hechas; el mentón, recto y fuerte, está levantado; el cuello desnudo, con un ligero velo alrededor; el pecho desnudo; la expresión es indiferente y mohina.

Estas dos medallas hechas en edades diversas de su vida, presentan, como rasgos comunes, el fruncimiento de la nariz y del labio superior un poco mal humorado, y la boca pequeña, silenciosa y despectiva. El conjunto de la cara denota una calma sin ilusiones y sin alegría. Frey ha creído de una manera un poco aventurada, encontrar la imagen de Vittoria, en un extraño dibujo de Miguel Ángel, en el reverso de un soneto; hermoso y triste dibujo que Miguel Ángel no hubiera querido en este caso enseñar a nadie. La figura es de una mujer de edad, desnuda hasta la mitad del cuerpo; el pecho flácido; la cabeza no ha envejecido, recta, pensativa y fiera; un collar rodea el cuello largo y fino; los cabellos levantados están sujetos por una gorra que oculta las orejas y se anuda bajo la barba, en forma de casco. Enfrente de ella, una cabeza de viejo que se parece a Miguel Ángel, la mira... por última vez. Cuando hizo ese dibujo, ella acababa de morir. El soneto que lo acompaña es la hermosa poesía sobre la muerte de Vittoria: “Quand’el ministro de’ sospir mie tanti...”. Frey reprodujo el dibujo en su Edición de las Poesías de Miguel Ángel, página 385.

[345] Tenía entonces por consejero espiritual a Matteo Giberti, Obispo de Verona, que fué uno de los primeros que intentaron la renovación de la Iglesia Católica. El secretario de Giberti era el poeta Francesco Berni.

[346] Juan de Valdés, hijo de un Secretario íntimo de Carlos V, establecido en Nápoles en 1534, fué ahí el jefe del movimiento reformador. Nobles y grandes damas se agruparon a su alrededor. Publicó numerosos escritos, siendo los principales las Cento e dieci divine considerazioni, Basilea, 1550; y un Aviso sobre los intérpretes de la Sagrada Escritura. Creía en la justificación únicamente por la fe, y subordinaba la instrucción por la Escritura a la iluminación por el Espíritu Santo. Murió en 1541. Se dice que tuvo en Nápoles más de tres mil prosélitos.

[347] Bernardino Ochino, gran predicador y Vicario General de los Capuchinos, en 1539 llegó a ser amigo de Juan de Valdés, quien sufrió su influjo. A pesar de las denuncias, continuó sus predicaciones audaces en Nápoles, en Roma y en Venecia, sostenido por el pueblo contra las interdicciones de la Iglesia, hasta 1542 cuando, a punto de ser castigado como Luterano, huyó de Florencia a Ferrara y de ahí a Ginebra, donde se pasó al protestantismo. Era amigo íntimo de Vittoria Colonna y a punto de abandonar Italia, le anunció su resolución en una carta confidencial.

[348] Pietro Carnesecchi de Florencia, protonotario de Clemente VII amigo y discípulo de Valdés, fué citado ante la Inquisición por primera vez en 1546 y quemado en Roma en 1567. Había continuado en relaciones con Vittoria Colonna, hasta la muerte de ésta.

[349] Gaspare Contarini, de una gran familia veneciana, fué primero Embajador de Venecia en la corte de Carlos V, en los Países Bajos, en Alemania y en España, y después ante Clemente VII, de 1528 a 1530. Fué nombrado Cardenal por Pablo III en 1535, y legado en 1541 en la Dieta de Ratisbona. No logró entenderse con los protestantes y se hizo sospechoso a los católicos. Regresó desalentado y murió en Bolonia en agosto de 1542. Compuso numerosos escritos: De inmortalitate animae, Compendium primae philosophiae, y un tratado de la Justification, donde estaba muy cerca de las ideas protestantes sobre la gracia.

[350] Citadas por Henri Thode.

[351] Giampietro Caraffa, Obispo de Chieti, fundó en 1524 la Orden de los Teatinos, y desde 1528 comenzó en Venecia la obra de contrarreforma que debería continuar con implacable rigor como Cardenal y después como Papa, bajo el nombre de Pablo IV, desde 1555. En 1540 fué autorizada la Orden de los Jesuitas; en julio de 1542 fué instituido en Italia el Tribunal de la Inquisición, con plenos poderes contra los heréticos; y en 1545 se abrió el Concilio de Trento. Esto fué el fin del catolicismo libre, soñado por los Contarini, Giberti y Pole.

[352] Declaración de Carnesecchi ante la Inquisición, en 1566.

[353] Reginald Pole, de la Casa de York, había tenido que huir de Inglaterra por conflictos con Enrique VIII; estuvo en Venecia en 1532; se hizo amigo entusiasta de Contarini; fué hecho Cardenal por Pablo III y Legado del patrimonio de San Pedro. Tenía gran atractivo personal y un espíritu conciliador; se sometió a la contrarreforma y volvió a la obediencia a muchos espíritus libres del grupo de Contarini, que estaban dispuestos a pasarse al protestantismo. Vittoria Colonna se puso enteramente bajo su dirección en Viterbo, de 1541 a 1544. En 1554, Pole volvió a Inglaterra, como Legado; llegó a ser Arzobispo de Canterbury y murió en 1558.

[354] Carta de Vittoria Colonna al Cardenal Morone (22 de diciembre de 1543). Véase sobre Vittoria Colonna la Obra de Alfred de Reumont y el segundo volumen del Michelangelo de Thode.

[355] Francisco de Holanda. Cuatro Conversaciones sobre la Pintura, tenidas en Roma en 1538-1539, compuestas en 1548, y publicadas por Joachim de Vasconcellos. Traducción francesa en “Les Arts en Portugal”, por el Conde A. Raczynski, 1846. París, Renouard.

[356] Primera parte del Diálogo sobre la Pintura en la ciudad de Roma.

[357] Ibid., Tercera Parte. El día de esta conversación Octavio Farnesio, sobrino de Pablo III, se casaba con Margarita, viuda de Alejandro de Médicis. Con este motivo, doce carros decorados a la antigua desfilaban en cortejo triunfal por la plaza Navona, donde la multitud se apiñaba. Miguel Ángel se había refugiado con sus amigos en la paz de San Silvestre, arriba de la ciudad.

[358] Condivi. Estas no son en verdad las cartas que hemos conservado de Vittoria, que son nobles indudablemente, pero un poco frías. Hay que pensar que de toda la correspondencia no poseemos más que cinco cartas de Orvieto y de Viterbo, y tres cartas de Roma, entre 1539 y 1541.

[359] Este dibujo, como lo ha demostrado M. A. Grenier, fué la primera imagen inspiradora de las diversas Pietà que Miguel Ángel esculpió más tarde; la de Florencia—1550-1555,—la Pietà Rondanini—1563—y la encontrada recientemente en Palestrina—entre 1555 y 1560.—También relacionan con esta concepción los esbozos de la Biblioteca de Oxford y el Entierro, de la National Gallery. Véase a A. Grenier: Una Pietà desconocida de Miguel Ángel en Palestrina, Gazette des Beaux-Arts, marzo de 1907. Se encontrarán en este artículo reproducciones de las diferentes Pietà.

[360] Entonces fué cuando Miguel Ángel pensó en publicar sus poesías. Sus amigos Luigi del Riccio y Donato Giannotti le sugirieron esta idea. Hasta entonces no había dado gran importancia a lo que escribía. Giannotti se ocupó de esta publicación por el año de 1545. Miguel Ángel hizo una selección de sus versos, y sus amigos la copiaron. Pero la muerte de Riccio en 1546 y de Vittoria en 1547, lo desviaron de esta idea que le parecía una última vanidad.

Sus poesías no se publicaron durante su vida, excepto un corto número que aparecieron en las obras de Varchi, Giannotti, Vasari, etc., pero circulaban de mano en mano. Los más grandes compositores, Archadelt, Tromboncino, Consilium, Costanzo Festa, les pusieron música. Varchi leyó y comentó uno de los sonetos en 1546 ante la Academia de Florencia, descubriendo en esta poesía la pureza antigua y la plenitud de pensamientos de Dante.

Miguel Ángel se había nutrido de Dante. “Nadie lo comprendía mejor dice Giannotti, ni conocía con más perfección su obra”. Nadie le ha dedicado un homenaje tan magnífico como el bello soneto: “Dal ciel discese...” (Poesías, CIX, 37). Conocía igualmente a Petrarca, Cavalcanti, Cino da Pistoja y a todos los clásicos de la poesía italiana, conforme a los cuales modelaba su estilo; pero el sentimiento que vivificaba todo, era su ardiente idealismo platónico.

[361] Rime con giunta di XVI Sonetti spirituali, 1539.—Rime con giunta di XXIV Sonetti spirituali e Trionfo della Croce, 1544. Venecia.

[362] “Tengo un pequeño libro de pergamino que ella me regaló hace como diez años, escribe Miguel Ángel a Fattucci el 7 de marzo de 1551. Contiene ciento tres sonetos, sin contar los cuarenta escritos en papel que me mandó de Viterbo, que he mandado encuadernar con el mismo libro. También tengo muchas cartas que me escribió de Orvieto y de Viterbo. Eso es lo que poseo de ella”.

[363] Véase Apéndice, XVIII. (Poesías, LXXXVIII).

[364] Vasari. Se disgustó durante algún tiempo con uno de sus más queridos amigos, Luigi del Riccio, porque éste le hacía regalos a pesar suyo: “Me pesa más, le escribió, tu extrema bondad que si me robaras. Debe haber igualdad entre amigos; si uno da más que el otro, entonces comienza el conflicto y, si uno vence el otro no se lo perdona”.

[365] Condivi.

[366] Véase Apéndice, XIX. (Poesías, CI). Miguel Ángel agrega este comentario: “el martillo—es decir, Vittoria, estaba sola en el mundo para exaltar la virtud con sus grandes virtudes; no tenía aquí a nadie para mover el fuelle de la fragua. Ahora, en el Cielo, tendrá muchos auxiliadores, porque no hay nadie que no estime la virtud. Por eso, yo espero que de lo alto vendrá el perfeccionamiento de mi ser.—Ahora en el Cielo habrá alguno que mueva el fuelle; aquí abajo no tenía ninguna ayuda en la forja donde se forjan las virtudes”.

[367] Véase Apéndice, XX. (Poesías, C).—En el reverso del manuscrito de este soneto se halla el dibujo a pluma en el cual se ha pretendido reconocer la imagen de Vittoria con el pecho marchito.

[368] La amistad de Miguel Ángel para Vittoria Colonna no fué exclusiva de otras pasiones. No le bastaba para llenar su alma. Habíamos procurado no decirlo, por el escrúpulo ridículo de “idealizar” a Miguel Ángel ¡como si un Miguel Ángel tuviera necesidad de ser “idealizado!” Durante el tiempo de su amistad con Vittoria, entre 1535 y 1546, Miguel Ángel amó a una mujer bella y cruel, donna aspra e bella (CIX, 89), lucente e fiera stella, iniqua e fella, dolce pietà con dispietato core (CIX, 9), cruda e fiera stella, (CIX, 14), bellezza e gratia equalmente infinita (CIX, 3), mi dama enemiga, como también la llama: La donna mia nemica (CIX, 54). La amó apasionadamente, se humilló ante ella y casi le hubiera sacrificado su salvación eterna.

Godo gl’inganni d’una donna bella... (CIX, 90).
Porgo umilmente al’aspro giogo il collo... (CIX, 54).
Dolce mi saria l’inferno teco... (CIX, 55).

Este amor fué su tortura. Ella se burlaba de él:

Questa mia donna è sì pronta e ardita,
C’allor che la m’ancide, ogni mie bene
Cogli occhi mi promecte e parte tiene
Il crudel ferro dentro a la ferita...
(CIX, 15).

Ella excitaba sus celos y coqueteaba con otro. Acabó por odiarla. Le pedía al destino que la hiciera fea y enamorada de él para no poderla amar y hacerla sufrir a su vez: “Amor, ¿por qué permites que la belleza rehúse tu suprema cortesía a quien te desea y te aprecia y que la conceda a seres estúpidos? ¡Ah! haz que en otra ocasión ella sea de corazón amante y tan fea de cuerpo que yo no la ame y ella me ame”. (Véase Apéndice XXI. Poesías, CIX, 63).

[369] Vasari.

[370] Condivi.

[371] La idea de este inmenso fresco que cubría el muro de la entrada de la Capilla Sixtina, encima del altar del Papa, remontaba a Clemente VII, desde 1533.

[372] Vasari.

[373] Vasari.

[374] Ibid.

[375] Julio de 1573. Varonese no dejó de disculparse con el ejemplo del Juicio Final: “Convengo que es malo; pero vuelvo a lo que he dicho, que es un deber para mí seguir los ejemplos que mis maestros me han dado.”

“¿Qué han hecho pues tus maestros? ¿algo parecido tal vez?”

“Miguel Ángel, en Roma, en la Capilla del Papa, ha representado a Nuestro Señor, a Su madre, a San Juan, a San Pedro y a la Corte Celestial; y ha representado desnudos a todos los personajes, hasta a la Virgen María, y en actitudes que la más severa religión no ha inspirado...”. (A. Baschet: Pablo Veronés ante el Santo Oficio, 1880).

[376] Esto fué una venganza. El Aretino había tratado de obtener de él, según su costumbre, algunas obras de arte; además había tenido el descaro de trazarle un programa para el Juicio Final. Miguel Ángel había rechazado cortésmente este ofrecimiento de colaboración extraña, y se había hecho sordo para las peticiones. El Aretino quiso demostrar a Miguel Ángel lo que podía costarle esta falta de consideraciones.

[377] Una comedia del Aretino, El Hipócrita, fué el prototipo de Tartufo (P. Gauthiez: el Aretino, 1895).

[378] Hacía una alusión injuriosa a “Gherardi y Tomai”, Gerardo Perini y Tommaso dei Cavalieri.

[379] Este chantage se exhibe descaradamente. Al fin de su carta amenazadora, después de haber recordado a Miguel Ángel lo que esperaba de él, es decir obsequios, el Aretino agrega este post-scriptum: “Ahora que he descargado un poco mi cólera, y que os he demostrado que si sois divino yo no soy de agua, romped esta carta, como yo, y decidid”.

[380] Por un florentino, en 1549. (Gaye, Carteggio, II, 500).

[381] En 1596, Clemente VIII quiso también mandar borrar el Juicio Final.

[382] En 1559. Daniel de Volterra conservó desde entonces el sobrenombre de braghettone. Daniel era amigo de Miguel Ángel. Otro de sus amigos, el escultor Ammanati, condenó el escándalo de estas representaciones desnudas. Miguel Ángel no fué pues sostenido en esta ocasión por sus discípulos.

[383] La inauguración del Juicio Final se hizo el 25 de diciembre de 1541, con asistencia de gente de toda Italia, de Francia, de Alemania y de Flandes. Véase la descripción de esta obra en el libro de la colección de los Maestros del Arte, página 90-93.

[384] Estos frescos, que son la Conversión de San Pablo y el Martirio de San Pedro, en los cuales Miguel Ángel trabajó desde 1542, fueron interrumpidos por dos enfermedades en 1544 y 1546 y terminados penosamente en 1549-1550. Estas fueron “las últimas pinturas que ejecutó, escribe Vasari, y con grandes esfuerzos; porque la pintura, y en particular el fresco, no es un arte para los viejos”.

[385] Debían ser el Moisés y los dos Esclavos; pero le pareció a Miguel Ángel que los Esclavos no convenían para la tumba así reducida, y esculpió otras dos figuras, la Vida Activa y la Vida Contemplativa, (Raquel y Lía).

[386] Carta a un Monsignore desconocido (octubre 1542). Cartas, Edición Milanesi, CDXXXV.

II
FE

Signior mie caro, i’ te sol chiamo e 'nvoco
contr’a l’inutil mie cieco tormento
[387].

Su deseo hubiera sido después de la muerte de Vittoria volver a Florencia, para dejar ahí “sus huesos cansados junto a los de su padre”[388]. Pero después de haber servido toda su vida a los Papas, quiso consagrar sus últimos años a Dios. Tal vez había sido impulsado en este sentido por su amiga y cumplía en ello uno de sus últimos votos. Un mes antes de la muerte de Vittoria Colonna, el primero de enero de 1547, Miguel Ángel fué nombrado por breve de Pablo III prefecto y arquitecto de San Pedro, con plenos poderes para levantar el edificio.

Aceptó con disgusto, y no fueron las instancias del Papa las que lo decidieron a cargar sus hombros de septuagenario con el fardo más pesado que hubiera llevado nunca; vió en ello un deber, una misión de Dios:

“Muchos creen—y yo también creo—que he sido colocado en este puesto por Dios, escribía. Por viejo que sea no quiero abandonarlo, porque sirvo por amor a Dios y en Él pongo todas mis esperanzas”[389]. No aceptaba ninguna recompensa por esta sagrada tarea.

Tuvo que contender con numerosos enemigos: “La secta de San Gallo”[390], como dice Vasari, y todos los administradores, proveedores y contratistas de la construcción, de quienes denunciaba los fraudes, para los cuales San Gallo había cerrado los ojos. “Miguel Ángel, dice Vasari, libró a San Pedro de los ladrones y de los bandidos”. Se formó una coalición contra él que tuvo por jefe al descarado Nanni di Baccio Bigio, arquitecto a quien Vasari acusa de haber robado a Miguel Ángel y que pretendía suplantarlo. Se propagó el rumor de que Miguel Ángel no entendía nada de arquitectura, que despilfarraba el dinero y no hacía más que destruir la obra de su predecesor. El Comité de administración de la obra tomó también partido contra su arquitecto, y aprobó en 1551 una investigación solemne presidida por el Papa.

Los inspectores y los obreros fueron a declarar contra Miguel Ángel, con el apoyo de los Cardenales Salviati y Cervini[391]. Miguel Ángel se dignó apenas justificarse y rehusó toda discusión. “No estoy obligado, dijo al Cardenal Cervini, a comunicar a nadie lo que yo debo o quiero hacer. Vuestra obligación es averiguar los gastos. Lo demás sólo me importa a mí”[392].

Nunca consintió su inquebrantable orgullo en participar sus proyectos a nadie. A sus obreros, que se quejaban, les respondió: “vuestra obligación es cumplir como albañiles, como talladores, como carpinteros, hacer vuestro oficio y ejecutar mis órdenes. En cuanto a saber lo que yo tengo en la cabeza, no lo sabréis jamás porque eso sería contra mi dignidad”[393].

Contra los odios que recurrían a tales procedimientos, no hubiera podido sostenerse un instante sin el favor de los Papas[394]. Así es que cuando murió Julio III[395] y el Cardenal Cervini fué electo Papa, Miguel Ángel estuvo a punto de salir de Roma. Pero Marcelo II no hizo más que pasar por el trono y Paulo IV lo sucedió. Seguro de nuevo de la protección soberana, Miguel Ángel continuó luchando. Se habría creído deshonrado y habría temido por su salvación si hubiera abandonado la obra.

“Contra mi voluntad he sido encargado de ella”, dice.

“Hace ocho años que me esfuerzo en vano, entre disgustos y fatigas. Ahora que la construcción está bastante avanzada para que se pueda comenzar la cúpula, mi partida de Roma sería la ruina de la obra, una gran afrenta para mí, y para mi alma un gran pecado”[396].

Sus enemigos no dejaban las armas y la lucha tomó por instantes un carácter trágico. En 1563, el ayudante más adicto a Miguel Ángel en San Pedro, Pier Luigi Gaeta, fué encarcelado por una falsa acusación de robo; y el jefe de los trabajos, Cesare da Casteldurante, fué apuñaleado. Miguel Ángel respondió nombrando en lugar de Cesare a Gaeta. El Comité de administración arrojó a Gaeta y nombró al enemigo de Miguel Ángel, Nanni di Baccio Bigio; Miguel Ángel fuera de sí, no volvió a San Pedro. Se hizo correr el rumor de que abandonaba sus funciones y el Comité le dió por suplente a Nanni, quien se presentó desde luego como amo, esperando rendir por cansancio a aquel viejo de ochenta y ocho años, enfermo y moribundo. No conocía a su adversario; Miguel Ángel inmediatamente fué a buscar al Papa y amenazó con salir de Roma si no se le hacía justicia. Exigió una nueva investigación, dejó convicto a Nanni como incapaz y mentiroso y logró que lo despidieran[397]. Esto fué en septiembre de 1563, como cuatro meses antes de su muerte. Así es que hasta su última hora tuvo que luchar contra la envidia y contra el odio.

No lo compadezcamos. Sabía defenderse y, aunque moribundo, era capaz él sólo, como decía en otro tiempo a su hermano Giovan Simone, “de despedazar a diez mil de aquella ralea”.


Además de la gran obra de San Pedro, otros trabajos de arquitectura ocuparon el final de su vida: el Capitolio[398], la Iglesia de Santa María de los Ángeles[399], la escalera de la Laurenziana de Florencia[400], la Puerta Pía y, sobre todo, la Iglesia de San Juan de los Florentinos, el último de sus grandes proyectos, abortado como todos los demás.

Los florentinos le habían rogado que construyera la Iglesia de su nación en Roma; el duque Cosme mismo, le escribió una carta halagadora con este objeto; Miguel Ángel, sostenido por su amor a Florencia, emprendió la obra con un entusiasmo juvenil[401]. Dijo a sus compatriotas “que si ejecutaban su plan, ni los romanos ni los griegos habrían tenido nunca nada semejante”; palabras, dice Vasari, “como nunca habían salido de su boca, ni antes ni después, porque era extremadamente modesto”. Los florentinos aceptaron el proyecto sin cambiar nada. Un amigo de Miguel Ángel, Tiberio Calcagni, ejecutó, bajo su dirección, un modelo en madera de la Iglesia; “era una obra de arte tan rara, que no se ha visto nunca una Iglesia semejante por la belleza, la riqueza y la variedad. Se inició la construcción y se gastaron cinco mil escudos. Después faltó el dinero, se suspendió la obra y Miguel Ángel sufrió con ello una gran pena”[402]. La Iglesia no fué construida nunca y hasta el modelo ha desaparecido. Tal fué la última decepción artística de Miguel Ángel. ¿Cómo había de tener la ilusión al morir de que San Pedro, apenas esbozado, llegara a terminarse, o de que alguna de sus obras le sobreviviera?

Él mismo, si hubiera podido, tal vez las hubiera destruido. La historia de su última escultura, El Descendimiento de la Cruz, de la Catedral de Florencia, demuestra hasta dónde había llegado su desprendimiento del arte. Si continuaba todavía sus trabajos de escultor, no era ya por fe en el arte, sino por fe en Cristo, y porque “su espíritu y su fuerza no podían dejar de crear”[403]. Pero cuando había terminado su obra, la rompió[404]. “La hubiera destruido enteramente si su servidor Antonio no le hubiera suplicado que se la diera”[405].

Tal era la indiferencia que Miguel Ángel, próximo a la muerte, demostraba para sus obras.


Desde la muerte de Vittoria ningún gran afecto iluminaba su vida. El amor había partido.

Fiamma d’amor nel cor non m’è rimasa;
Se 'l maggior caccia sempre il minor duolo,
Di penne l’ alm’ ho ben tarpat’ e rasa
[406].

“La llama de amor no ha quedado en mi corazón;
el peor mal—la vejez—eclipsa el mal menor;
tengo recortadas las alas del alma”.

Había perdido a su hermano y a sus mejores amigos. Luigi del Riccio había muerto en 1546, Sebastián del Piombo, en 1547; su hermano Giovan Simone en 1548. Nunca tuvo grandes relaciones con su último hermano, Gismondo, que murió en 1555. Había concentrado su necesidad de afecto familiar y brusco, en sus sobrinos huérfanos, los hijos de Buonarroto, su hermano más amado. Eran dos, una niña, Cecca (Francesca), y un niño, Lionardo.

Miguel Ángel puso a Cecca en un convento. Le pagó su equipo y su pensión; iba a verla y cuando ella se casó[407], la dotó con una de sus propiedades[408]. Se encargó personalmente de la educación de Lionardo, que tenía nueve años a la muerte de su padre. Una larga correspondencia, que recuerda a menudo la de Beethoven con su sobrino, demuestra la seriedad con la cual cumplía su misión paternal[409]. No le faltaron por este motivo frecuentes disgustos. Lionardo ponía a prueba la paciencia de su tío y esta paciencia no era muy grande.

La mala letra del muchacho era suficiente para poner a Miguel Ángel fuera de sí, porque creía que esto era una falta de respeto para él:

“Nunca recibo una carta tuya sin que sienta calentura antes de poder leerla. No sé donde has aprendido tú a escribir. Será falta de amor. Creo que si tuvieras que escribir al mayor asno del mundo, pondrías más cuidado. He arrojado tu última carta al fuego porque no podía leerla. Así es que no puedo contestarte. Ya te he dicho y repetido hasta la saciedad, que siempre que recibo una carta tuya, me viene fiebre antes de que pueda leerla. Una vez por todas, no me escribas ya más. Si tienes algo que decirme busca alguien que sepa escribir, porque yo necesito mi cabeza para otras cosas y no para agotarme descifrando tus enigmas”[410].

Desconfiado por naturaleza, y más aún por las dificultades que había tenido con sus hermanos, se hacía muy pocas ilusiones respecto al cariño humilde y zalamero de su sobrino; este cariño le parecía más bien dirigido hacia su caja fuerte, que el muchacho esperaba heredar. Miguel Ángel se lo decía francamente. Una vez estando enfermo y en peligro de muerte, supo que Lionardo había ido a Roma y había hecho algunas diligencias indiscretas, y le escribió, furioso:

“¡Lionardo! Yo he estado enfermo y tú has ido a la casa de Ser Giovan Francesco para ver si no había dejado nada. ¿No te basta con mi dinero de Florencia? ¡No puedes desmentir tu raza, y dejar de parecerte a tu padre, quien me arrojó en Florencia de mi propia casa! Debes saber que he hecho un testamento de tal manera que no tengas nada que esperar de mí; así, pues, vete con Dios, y no te presentes más ante mi vista ni me escribas nunca”[411].

Estas cóleras no preocupaban mucho a Lionardo, porque generalmente después seguían las cartas afectuosas y los obsequios[412]. Un año más tarde, se precipitaba de nuevo a Roma atraído por la promesa de un regalo de tres mil escudos. Miguel Ángel, ofendido por su apresuramiento interesado, le escribe:

“Has venido a Roma con una prisa furiosa. No sé si habrías venido tan pronto si yo me encontrara en la miseria y me faltara el pan... Dices que era tu deber venir por amor para mí. ¡Sí, el amor de un taladro[413]! Si me tuvieras cariño, me hubieras escrito: ‘Miguel Ángel, guardad vuestros tres mil escudos y gastadlos en vos mismo, porque ya nos habéis dado bastante; vuestra vida nos es más cara que la fortuna’, pero desde hace cuarenta años habéis vivido de mí y nunca he recibido ni una buena palabra[414]...”.

Una grave cuestión fué la del matrimonio de Lionardo, que ocupó al tío y al sobrino durante seis años[415]. Lionardo condescendía con su tío dócilmente; pensando en la herencia aceptaba todas sus observaciones, lo dejaba escoger, discutir, rechazar los partidos que se le ofrecían y él parecía indiferente.

Miguel Ángel, al contrario, se apasionaba como si él tuviera que casarse. Consideraba el matrimonio como un asunto serio, para el cual el amor era la menor condición; la fortuna no entraba tampoco en cuenta, lo que importaba era la salud y la honorabilidad. Le daba rudos consejos, desprovistos de poesía, robustos y positivos:

“Ésta es una gran decisión; acuérdate de que entre el hombre y la mujer debe haber siempre una diferencia de edad de diez años, y fíjate en que la que escojas no sea solamente buena, sino también sana. Se me ha hablado de varias personas; unas me gustan y otras no. Si piensas en ello, escríbeme si es que te gusta más una que otra, y yo te diré mi opinión. Eres libre para tomar a una o a otra, con tal que sea noble y bien educada, y más bien sin dote, que con una gran dote, para vivir en paz[416]... Un florentino me ha dicho que te han hablado de una muchacha de la casa Ginori, y que te gusta. A mí no me gusta que tomes por mujer una hija cuyo padre no te la daría si tuviera bastante para constituirle una dote conveniente. Yo deseo que el que quiera darte una mujer te la dé a ti y no a tu fortuna. Tú piensa únicamente en considerar la salud del alma y del cuerpo, la calidad de la sangre y de las costumbres, y además ver quiénes son sus parientes, porque esto es de gran importancia. Tómate el trabajo de buscar una mujer que no se avergüence de lavar los platos en caso necesario y de ocuparse de las cosas de la casa. En cuanto a la belleza, como tú no eres precisamente el joven más bello de Florencia, no te preocupes, con tal que no sea ni estropeada ni repugnante[417]...”.

Después de mucho buscar parecía haberse hallado el ave rara. Pero a última hora he aquí que se le descubre un defecto de importancia:

“He sabido que tiene la vista corta, lo cual no me parece un defecto pequeño; por eso no he prometido nada todavía; y puesto que tú tampoco has prometido nada, mi opinión es que te desprendas, si estás seguro de esta cosa”[418].

Lionardo se desalienta. Se sorprende por la insistencia de su tío para casarlo, y éste responde:

“Es verdad, lo deseo, para que nuestra raza no acabe con nosotros. Sé muy bien que el mundo no se trastornará por eso; pero de todos modos, cada animal se esfuerza por conservar su especie. Por eso deseo que tú te cases”[419].

Al fin, el mismo Miguel Ángel se cansa; comienza a encontrar ridículo que él sea quien se ocupe siempre del matrimonio de Lionardo y que éste no se interese en ello. Declara su propósito de abstenerse en lo sucesivo:

“Desde hace sesenta años me he ocupado de vuestros asuntos; ahora estoy viejo y tengo que pensar en los míos”.

Precisamente entonces tiene noticias de que su sobrino tiene relaciones formales con Cassandra Ridolfi; se alegra de ello, lo felicita, y le promete una dote de mil quinientos ducados. Lionardo se casa[420]. Miguel Ángel envía sus felicitaciones a los jóvenes esposos, y promete un collar de perlas a Cassandra. La alegría no le impide sin embargo advertir a su sobrino, “que aunque él no sea muy conocedor de esas cosas, le parece que Lionardo debió haber arreglado todas las cuestiones de dinero antes de conducir a la mujer a su casa; porque siempre hay en estas cuestiones un germen de desunión”. Y termina con esta recomendación burlesca:

“¡Vamos! ahora procurar vivir, y piensa bien en ello, porque el número de las viudas es siempre más grande que el de los viudos”[421].

Dos meses después, en lugar del collar prometido, envió dos anillos a Cassandra, uno adornado con un diamante y el otro con un rubí. Cassandra, como agradecimiento, le manda ocho camisas. Miguel Ángel escribe: “Son muy bonitas, sobre todo la tela, y me gustan mucho, pero me disgusta que hayáis hecho este gasto, porque no me falta nada; da las gracias a Cassandra por mí, y dile que estoy a su disposición para enviarle todo lo que pueda encontrar aquí de artículos romanos u otros. Esta vez sólo he mandado una insignificancia, otra vez haremos algo mejor con algún objeto que le agrade; adviérteme solamente”[422].

Pronto vienen los hijos; el primero llamado Buonarroto[423], según el deseo de Miguel Ángel, y el segundo Michelangelo[424]. Y el viejo tío que invita a la joven pareja para que vaya a su casa de Roma, en 1556, no deja de tomar parte afectuosamente en la alegría y en los dolores de la familia, pero sin permitir nunca a los suyos que se ocupen de sus negocios, ni siquiera de su salud.


Fuera de sus relaciones de familia no faltaron a Miguel Ángel amistades ilustres o distinguidas[425]. A pesar de su humor salvaje sería completamente falso representarlo como un campesino del Danubio, a la manera de Beethoven. Fué un aristócrata italiano de alta cultura y de raza fina.

Desde su adolescencia, que transcurrió en los jardines de San Marco, cerca de Lorenzo el Magnífico, estuvo en relaciones con todo lo que Italia tenía de más noble entre sus grandes señores, sus príncipes, sus prelados[426], los escritores[427], y los artistas[428]. Tenía contiendas de ingenio con el poeta Francesco Berni[429]; tenía correspondencia con Benedetto Varchi; se cambiaba poesías con Luigi del Riccio y con Donato Giannotti. Su conversación era muy buscada, lo mismo que sus profundas observaciones sobre el arte y sus opiniones sobre el Dante, que nadie conocía como él. Una dama romana[430], escribía que cuando él quería, era “un gentil hombre de modales finos y seductores, como apenas habría otro igual en Europa”. Los diálogos de Giannotti y de Francisco de Holanda muestran su exquisita cortesía y la costumbre que tenía del trato social. Y hasta se encuentra, en algunas de sus cartas a los príncipes[431], que le hubiera sido fácil ser un perfecto cortesano. El mundo nunca huyó de él, sino que él fué quien lo tuvo a distancia, y no dependió más que de él mismo llevar una vida triunfal. Era para Italia la encarnación del genio italiano. Al fin de su carrera personificaba el gran Renacimiento como último superviviente, y él sólo era todo un siglo de gloria.

No solamente los artistas lo miraban como un ser sobrenatural[432]. Los príncipes se inclinaban ante él como si fuera un rey. Francisco I y Catalina de Médicis, le rendían homenaje[433]. Cosme de Médicis quiso nombrarlo senador[434]; y cuando fué a Roma[435], lo trató como a un igual, lo hizo sentar a su lado, y conversó con él confidencialmente. El hijo de Cosme, Francesco de Médicis, lo recibió con la gorra en la mano, “demostrando un respeto sin límites para aquel hombre extraordinario”[436]. En él no se honraba menos su genio que “su gran virtud”[437]. Su vejez fué tan gloriosa como la de Goethe o la de Hugo, pero él era un hombre distinto, no tenía ni la sed de popularidad del uno, ni el respeto burgués del otro, por libre que fuera para el mundo y para el orden establecido. Despreciaba la gloria y despreciaba al mundo, y si servía a los papas era por la fuerza; pero no ocultaba que “hasta los papas lo fastidiaban y lo enojaban algunas veces, conversando con él y mandándolo buscar”, y que, “a pesar de sus órdenes no iba a verlos cuando no tenía voluntad”[438].

“Cuando un hombre está hecho así por la naturaleza y por la educación y odia las ceremonias y desprecia la hipocresía, lo racional es dejarlo vivir como le conviene. Si no pide nada ni busca vuestra sociedad, ¿por qué buscar la suya? ¿por qué quererlo rebajar a las vulgaridades que le repugnan y lo hacen alejarse del mundo? No es un hombre superior el que piensa complacer a los imbéciles más bien que a su genio”[439].

No tenía pues con el mundo más que las relaciones indispensables o completamente intelectuales. No les permitía llegar hasta su intimidad; y los papas, los príncipes, la gente de letras y los artistas tenían poco lugar en su vida. Hasta con los muy pocos de entre ellos, para los cuales sentía una verdadera simpatía, era raro que se estableciera una amistad durable. Quería a sus amigos y era generoso con ellos; pero su violencia, su orgullo y su desconfianza, transformaban con frecuencia a los más favorecidos en enemigos mortales. Un día escribió esta bella y triste carta:

“El pobre ingrato está hecho de tal manera que si lo ayudáis en su desgracia, dice que él mismo os presta lo que vos le dais. Si le dais trabajo para demostrarle vuestro interés, pretende que habéis tenido que buscarlo porque vos no podéis hacerlo. De todos los beneficios que recibe, dice que el benefactor se ha visto obligado a hacerlos, y si los beneficios recibidos son tan evidentes que es imposible negarlos, entonces el ingrato espera bastante tiempo para que aquél de quien ha recibido el beneficio, cometa una falta evidente; entonces tiene pretexto para hablar mal de él y librarse de todo reconocimiento. Así se ha obrado siempre contra mí; y sin embargo, ningún artista se ha dirigido a mí sin que yo no lo haya beneficiado con todo mi corazón. Y después toman como pretexto mi carácter raro o la locura que me atribuyen y que a nadie hace daño, para hablar mal de mí y ultrajarme. Ésta es la recompensa de los que son buenos[”[440].


En su propia casa tenía ayudantes bastante adictos, pero en general mediocres. Se sospechaba que los escogía intencionalmente mediocres para tener instrumentos dóciles y no colaboradores, lo que, por lo demás, habría sido legítimo. Pero, dice Condivi: “...no era cierto, como muchos le reprochaban, que no quería enseñar; al contrario, lo hacía de buena gana. Desgraciadamente, la fatalidad quiso que le tocaran sujetos poco capaces, o capaces, pero poco perseverantes, que después de algunos meses de enseñanza se creían ya maestros”.

Es indudable que la primera cualidad que exigía de sus ayudantes era una sumisión absoluta. Así como era despiadado para los que desplegaban hacia él una independencia orgullosa, tuvo siempre tesoros de indulgencia y de generosidad para los discípulos modestos y fieles. El perezoso Urbano, “que no quería trabajar”[441], y que tenía razón, porque cuando trabajaba, era para estropear irremediablemente por su torpeza el Cristo de la Minerva, fué objeto de sus cuidados paternales durante una enfermedad[442]; llamaba a Miguel Ángel: “querido como el mejor padre”. Piero di Giannoto fué “amado como un hijo”. Silvio di Giovanni Cepparello, que salió de su casa para entrar al servicio de Andrés Doria, le suplica desoladamente que le permita volver con él. La historia conmovedora de Antonio Mini es un ejemplo de la generosidad de Miguel Ángel para con sus ayudantes. Mini, aquel discípulo que, según Vasari, “tenía buena voluntad pero no era inteligente”, amaba a la hija de una pobre viuda de Florencia. Según el deseo de sus padres, Miguel Ángel lo alejó de Florencia. Antonio quiso ir a Francia[443]. Miguel Ángel le hizo un obsequio regio: “todos los dibujos, todos los cartones, la pintura de Leda[444], todos los modelos que había hecho para ella, tanto en cera como en arcilla”. Provisto con esta fortuna, Antonio partió[445]. Pero la mala suerte que perseguía todos los proyectos de Miguel Ángel, fué más dura todavía con los de su humilde amigo. Fué a París para enseñar el cuadro de la Leda al Rey. Francisco I estaba ausente; Antonio dejó la Leda guardada en la casa de un italiano amigo suyo, Giuliano Buonaccorsi, y volvió a Lyon, donde se había establecido. Cuando regresó a París algunos meses más tarde, la Leda había desaparecido. Buonaccorsi la había vendido por su cuenta a Francisco I. Antonio, enloquecido y sin recursos, incapaz de defenderse, perdido en aquella ciudad extranjera, murió de aflicción a fines de 1533.

Pero de todos sus ayudantes el más amado de Miguel Ángel y a quien su afecto aseguró la inmortalidad, fué Francesco d’Amadore, por sobrenombre Urbino, de Castel Durante. Desde 1530 estaba al servicio de Miguel Ángel, y trabajó bajo sus órdenes en la tumba de Julio II. Miguel Ángel se preocupaba por su porvenir.

Le decía: “¿qué harás tú si yo muero?” Urbino respondió: “serviré a otro”.

—¡Oh infeliz! dijo Miguel Ángel, quiero remediar tu miseria.

“Y le dió dos mil escudos juntos. Un obsequio como sólo los emperadores y los papas podían hacer”[446].

Urbino fué quien murió primero[447]. Al día siguiente de su muerte, Miguel Ángel le escribió a su sobrino:

“Urbino murió ayer en la tarde, a las cuatro. Me ha dejado tan afligido y turbado que me hubiera sido más dulce morir con él, por el cariño que yo le tenía; y bien lo merecía, porque era un hombre digno, leal y fiel. Su muerte hace que me parezca no vivir, y no puedo recobrar la tranquilidad”.

Su dolor era tan profundo que tres meses después decía en una carta célebre, a Vasari:

“Messer Giorgio, mi querido amigo, es posible que escriba mal; sin embargo, en respuesta a vuestra carta, escribiré algunas palabras. Ya sabéis que Urbino ha muerto, lo que es para mí una pena muy cruel, pero también una gracia muy grande que Dios me ha hecho. Esta gracia es que él, que viviendo guardó mi vida, muriendo me ha enseñado a morir, no con pesar, sino con el deseo de la muerte. Me sirvió veintiséis años y siempre lo encontré seguro y muy fiel. Yo lo había enriquecido y ahora que contaba con él para que fuera el sostén de mi vejez, me fué quitado; y no me queda otra esperanza más que volverlo a ver en el paraíso, donde Dios ha demostrado que debía estar, por la muerte muy feliz que le procuró. Lo que ha sido para él más duro que la muerte, fué dejarme vivo en este mundo engañador, y en medio de tantas inquietudes. La mejor parte de mí mismo se ha ido con él y no me queda ya nada más que una miseria infinita”[448].

En su desolación, rogó a su sobrino que fuera a verlo a Roma. Lionardo y Cassandra, inquietos por su tristeza, fueron y lo encontraron muy debilitado. Tuvo que hacer nuevos esfuerzos, por la obligación que Urbino le había impuesto de encargarse de la tutela de sus hijos, de los cuales uno era su ahijado y llevaba su nombre[449].


Tenía otras amistades extrañas. Por la necesidad de reacción contra todas las imposiciones de la sociedad, que es tan fuerte en las naturalezas robustas, le gustaba rodearse de gentes sencillas de espíritu, que tenían salidas inesperadas y maneras libres, gentes que no fueran como todo el mundo: un tal Topolino, tallador de piedras en Carrara, “que se imaginaba ser un escultor distinguido y que nunca hubiera dejado partir para Roma un barco cargado con bloques de mármol, sin mandar tres o cuatro pequeñas figuras modeladas por él, que hacían morir de risa a Miguel Ángel”[450]. Un Menighella, pintor de Valdarno, “que iba de vez en cuando a la casa de Miguel Ángel, para que le dibujara un San Roque o un San Antonio que después iluminaba y vendía a los campesinos”. Y Miguel Ángel, con quien los reyes tenían tanto trabajo para obtener la obra más pequeña, dejaba todo para ejecutar estos dibujos según las indicaciones de Menighella, entre otros un Crucifijo admirable[451]; un barbero que se ocupaba también de pintar y para quien dibujó un San Francisco con los estigmas; uno de sus obreros romanos que trabajó en la tumba de Julio II y que creyó haberse hecho un gran escultor, sin haberlo notado, porque siguiendo dócilmente las indicaciones de Miguel Ángel había hecho salir del mármol, con estupefacción suya, una hermosa estatua; el chistoso orfebre Piloto, apodado Lasca; el holgazán Indaco, pintor singular, “tan amante de la charla que despreciaba la pintura”, y que acostumbraba decir que “trabajar siempre sin tomarse algún placer era indigno de un cristiano”[452], y sobre todo el ridículo e inofensivo Giuliano Bugiardini, para quien Miguel Ángel tenía una simpatía especial.

Giuliano tenía una bondad natural, una manera sencilla de vivir, sin maldad y sin envidia, que gustaba infinitamente a Miguel Ángel. No tenía más defecto que amar demasiado sus propias obras. Pero Miguel Ángel lo estimaba feliz precisamente por esto, porque él mismo era muy desgraciado no pudiendo satisfacerse plenamente con nada... Una vez messer Ottaviano de Médicis había pedido a Giuliano que le hiciera un retrato de Miguel Ángel.

Giuliano se puso a trabajar; y después de haber tenido a Miguel Ángel sentado dos horas sin hablar, le dijo: “Miguel Ángel, ven a ver, levántate ya; he atrapado lo esencial de tu fisonomía”. Miguel Ángel se levantó, y cuando vió el retrato, le dijo riendo a Giuliano: “¿qué diablos has hecho? mira, me has hundido un ojo en la sien”. Giuliano, con estas palabras, se puso fuera de sí. Miró varias veces al retrato y a su modelo, alternativamente, y respondió con atrevimiento: “No me parece; pero vuelve a tu sitio y lo corregiré, si hay lugar”. Miguel Ángel, que sabía lo que pasaba, se volvió a poner, sonriendo, enfrente de Giuliano, quien lo miró varias veces lo mismo que a la pintura. Después se levantó, y dijo: “el ojo está tal como yo lo he dibujado, y la naturaleza así lo muestra”. “Pues bien, dijo Miguel Ángel riendo, es culpa de la naturaleza. Continúa y no ahorres los colores”[453].

Tanta indulgencia, que Miguel Ángel no acostumbraba prodigar con otros hombres y que concedía a esta gente humilde, indica un humor burlón que se divierte con las ridiculeces humanas[454], al mismo tiempo que una piedad afectuosa para esos pobres locos que se creían grandes artistas y que le inspiraban tal vez un retorno hacia su propia locura. En esto había mucho de ironía melancólica y burlesca.

NOTAS:

[387] Poesías, CXXIII.

[388] Carta de Miguel Ángel a Vasari (19 de septiembre de 1552).

[389] Carta de Miguel Ángel a Lionardo su sobrino (julio de 1557).

[390] Se trata aquí de Antonio da San Gallo, arquitecto en jefe de San Pedro desde 1537 hasta su muerte, en octubre de 1546. Siempre había sido enemigo de Miguel Ángel, quien lo trató sin consideraciones. Se pusieron en pugna el uno contra el otro a propósito de las fortificaciones del Borgo, barrio del Vaticano, para las cuales Miguel Ángel hizo que se rechazaran los planos de San Gallo, en 1545, y cuando la construcción del Palacio Farnesio que San Gallo había edificado hasta el segundo piso, y que Miguel Ángel terminó, imponiendo en 1549 su modelo para la cornisa y eliminando el proyecto de su rival. (Véase el Michelangelo de Thode).

[391] El futuro Papa Marcelo II.

[392] Vasari.

[393] Bottari.

[394] Al terminar la investigación de 1551, Miguel Ángel, dirigiéndose a Julio III que la presidía, le dijo: “Santo Padre, ya veis cuáles son mis ganancias; si las molestias que sufro no sirven a mi alma, pierdo mi tiempo y mi trabajo”. El Papa, que lo quería, le puso las manos en los hombros, y respondió: “Tú ganas para los dos, para tu cuerpo y para tu alma. No tengas temor”. (Vasari).

[395] Paulo III había muerto el 10 de noviembre de 1549, y Julio III, que también amaba a Miguel Ángel, reinó del 8 de febrero de 1550 al 23 de marzo de 1555. El Cardenal Cervini fué electo el 9 de abril de 1555 bajo el nombre de Marcelo II; no reinó más que algunos días. Paulo IV Caraffa lo sucedió el 23 de mayo de 1555.

[396] Carta de Miguel Ángel a Lionardo (mayo de 1555). Inquieto por las críticas de sus propios amigos, llegó a pedir sin embargo en 1560, “que se tuviera a bien descargarlo del fardo que llevaba gratuitamente desde hacía diecisiete años por orden de los Papas”. Pero su dimisión no fué aceptada y Pío IV renovó sus poderes, por medio de un breve. Entonces fué cuando se resolvió al fin a ejecutar, por instancias de Cavalieri, el modelo en madera de la cúpula. Hasta entonces se había reservado todos sus proyectos, rehusándose a dejar ver nada a quienquiera que fuese.

[397] No por eso Nanni dejó de rogar al duque Cosme, al día siguiente de la muerte de Miguel Ángel, que se le diera la sucesión de éste en San Pedro.

[398] Miguel Ángel no pudo ver construidas más que las escaleras y la plaza. Los edificios del Capitolio no fueron terminados hasta el siglo XVII.

[399] De la Iglesia de Miguel Ángel no queda nada ahora. Fué reconstruida enteramente en el siglo XVIII.

[400] Se ejecutó el modelo de Miguel Ángel en piedra y no en madera, como él quería.

[401] En 1559-1560.

[402] Vasari.

[403] Ibid. En 1553 fué cuando comenzó esta obra, la más conmovedora de todas las suyas, porque es la más íntima. Se siente que ahí no habla más que por sí mismo, que sufre y se abandona a su sufrimiento. Y hasta parece que se representó a sí mismo en el viejo de cara dolorosa que sostiene el cuerpo de Cristo.

[404] En 1555.

[405] Tiberio Calcagni la compró a Antonio y pidió a Miguel Ángel permiso de repararla. Miguel Ángel consintió y Calcagni reajustó el grupo; pero murió y la obra quedó sin terminar.

[406] Poesías, LXXXI, (por el año de 1550). Sin embargo, algunas poesías que también parecen de su extrema vejez, demuestran que la llama no estaba tan apagada como creía, y que como él decía, la vieja leña quemada levantaba llama de vez en cuando. (Véase Apéndice, XXII. Poesías, CX y CXIX).

[407] Se casó en 1538 con Michele di Niccoló Guicciardini.

[408] Una propiedad en Pozzolatico.

[409] Esta correspondencia comienza en 1540.

[410] ...Stare a spasimare intorno alle tue lettere. (Cartas, 1536-1548).

[411] Carta de 11 de julio de 1544.

[412] Miguel Ángel fué el primero que advirtió a su sobrino, durante una enfermedad en 1549, que no lo había olvidado en su testamento. El testamento dice así: “A Gismondo y a ti les dejo todo lo que tengo; de manera que mi hermano Gismondo y tú, mi sobrino, tienen derechos iguales, y ninguno puede ejercer autoridad sobre mis bienes sin consentimiento del otro”.

[413] L’amore del tarlo!

[414] Febrero 6 de 1546. Y agrega: “Es cierto que el año pasado te he sermoneado tanto, que te dió vergüenza y me enviaste un barrilito de Trebbiano. ¡Lo que esto te habrá costado!”

[415] De 1547 a 1553.

[416] Y en otra parte decía: “no pienses en buscar dinero sino únicamente la bondad y la buena reputación. Tienes necesidad de una mujer que viva contigo y a quien puedas mandar, una mujer que no cause disgustos ni ande todos los días en bodas y en festines; porque donde hay cortejos es muy fácil perderse, (diventar puttana) sobre todo cuando no se tiene familia...”. Cartas, febrero 1.º de 1549.

[417] Storpiata o schifa... (Cartas, 1547-1552).

[418] Ibid. Diciembre 19 de 1551.

[419] Sin embargo, agrega: “Pero si acaso no te sientes bastante sano, entonces es mejor resignarse a vivir, sin traer más desgraciados al mundo”. Cartas, junio 24 de 1552.

[420] El 16 de mayo de 1553.

[421] Cartas, mayo 20 de 1553.

[422] Cartas, agosto 5 de 1553.

[423] Nacido en 1554.

[424] Nacido en 1555, que muere poco después de su nacimiento.

[425] Hay que distinguir bien entre los períodos de su vida. Se encontrarán en esta larga carrera desiertos de soledad, pero también algunos períodos de amistades. Por el año de 1515, en Roma, tiene un pequeño círculo de florentinos libres y de buen vivir: Domenico Buoninsegni, Lionardo Sellajo, Giovanni Spetiale, Bartolommeo Verazzano, Giovanni Gellesi, Canigiani. Un poco más tarde, bajo el pontificado de Clemente VII, fué la espiritual sociedad de Francesco Berni y de Fra Sebastiano del Piombo, amigo adicto pero peligroso, que contaba a Miguel Ángel todos los rumores que circulaban acerca de él y atizaba su enemistad contra el partido de Rafael. Fué, sobre todo en tiempo de Vittoria Colonna, el círculo de Luigi del Riccio, mercader florentino que lo aconsejaba en sus negocios y fué su más íntimo amigo. En su casa encontraba a Donato Giannotti, al músico Arcadelt y al hermoso Cecchino. Todos ellos amaban la poesía, la música y los buenos platos. Para Riccio, desesperado por la muerte de Cecchino, escribió Miguel Ángel sus cuarenta y ocho epigramas funerarios; y Riccio por cada epigrama enviaba a Miguel Ángel, truchas, setas, trufas, melones, tórtolas, etc. Véase Poesías, Edición Frey, LXXIII.—Después de la muerte de Riccio, en 1546, Miguel Ángel ya no tuvo amigos, sino discípulos; Vasari, Condivi, Daniel de Volterra, Bronzino, Leone Leoni, Benvenuto Cellini. Les inspiraba un culto apasionado, y él por su parte les mostraba un afecto conmovedor.

[426] Por sus funciones en el Vaticano no menos que por la grandeza de su espíritu religioso, Miguel Ángel estuvo particularmente relacionado con los altos dignatarios de la Iglesia.

[427] Será tal vez curioso anotar, de paso, que Miguel Ángel conoció a Maquiavelo. Una carta de Biagio Buonaccorsi a Maquiavelo, del 6 de septiembre de 1508, le anuncia que ha enviado por conducto de Miguel Ángel, dinero a una mujer cuyo nombre no se menciona.

[428] Entre los artistas fué sin duda donde tuvo menos amigos, excepto al fin de su vida, cuando estuvo rodeado de discípulos que lo adulaban. Tenía pocas simpatías para la mayor parte de ellos y no se los ocultaba. Estuvo en muy malos términos con Leonardo de Vinci, Perugino, Francia, Signorelli, Rafael, Bramante y San Gallo. “Maldito sea el día en que hayáis hablado bien de alguien” le escribió Jacopo Sansovino, el 30 de junio de 1517. Esto no impidió a Miguel Ángel hacer servicios más tarde a Sansovino, en 1524, y a otros muchos; pero tenía un genio demasiado apasionado para amar otro ideal más que el suyo, y era demasiado sincero para fingir amar lo que no amaba. Sin embargo, se mostró muy cortés con Ticiano cuando éste visitó Roma en 1545. Pero a la sociedad de los artistas, cuya cultura en general dejaba que desear, prefería la de los escritores y los hombres de acción.

[429] Se cambiaron epístolas en verso, amistosas y burlescas. Poesías, LVII y CLXXII. Berni hizo de Miguel Ángel un elogio magnífico en su Capitolo a Fra Sebastiano dei Piombo. Dice “que él era la Idea en sí de la escultura y de la arquitectura, como Atrea era la Idea de la Justicia, toda bondad y toda inteligencia”. Lo llama un segundo Platón, y dirigiéndose a los otros poetas les dice esta frase admirable, citada con frecuencia: “¡Guardad silencio, instrumentos armoniosos! Él dice cosas y vosotros palabras”. Ei dice cose, et voi dite parole...

[430] Dona Argentina Malaspina, en 1516.

[431] Sobre todo su carta a Francisco I, de 26 de abril de 1546.

[432] Condivi comienza así su vida de Miguel Ángel: “Desde la hora en que el Señor Dios, por su gracia todopoderosa, me juzgó digno no solamente de ver a Miguel Ángel Buonarroti, el escultor y pintor único, lo cual apenas habría tenido la audacia de esperar, sino también de gozar con su conversación, con su afecto y su confianza, en reconocimiento de tal beneficio, me dediqué a reunir todo lo que me parece en su vida digno de alabanza y de admiración, para ser útil a los demás con el ejemplo de tal hombre”.

[433] Francisco I, en 1546. Catalina de Médicis, en 1559, le escribió desde Blois, “que sabiendo como todo el mundo, cuán superior era a cualquier otro en su siglo”, le suplicaba que él esculpiera la estatua ecuestre de Enrique II, o que a lo menos hiciera un dibujo de ella. Noviembre 14 de 1559.

[434] En 1552. Miguel Ángel no respondió, lo cual ofendió al duque. Cuando Benvenuto Cellini volvió a hablar del asunto a Miguel Ángel, éste respondió de una manera sarcástica.

[435] En noviembre de 1560.

[436] En octubre de 1561.

[437] Vasari. A propósito de la recepción que Cosme hizo a Miguel Ángel.

[438] Francisco de Holanda. Conversación sobre la pintura.

[439] Ibid.

[440] A Piero Gondi. Enero 26 de 1524.

[441] Vasari describe así a los ayudantes de Miguel Ángel: “Pietro Urbano de Pistoia era muy inteligente, pero nunca quiso trabajar. Antonio Mini hubiera querido, pero no era inteligente. Ascanio della Ripa Transone trabajaba, pero nunca llegó a hacer nada”.

[442] Miguel Ángel se inquietaba por sus menores percances. Se preocupa cuando Urbano se corta un dedo. Cuida de que cumpla sus deberes religiosos: “Ve a confesarte, trabaja bien, cuida la casa...”. (Cartas, marzo 29 de 1518).

[443] Ya Miguel Ángel había querido ir a Francia con Antonio Mini, después de la fuga de Florencia, en 1529.

[444] El cuadro que había hecho durante el sitio para el duque de Ferrara, pero que no quiso entregar porque el Embajador de Ferrara le había faltado al respeto.

[445] En 1531.

[446] Vasari.

[447] El 3 de diciembre de 1555, pocos días después de la muerte del último hermano de Miguel Ángel, Gismondo.

[448] Febrero 25 de 1556.—Miguel Ángel termina así: “me recomiendo a vos y os ruego que me disculpéis con messer Benvenuto (Cellini) si no contesto su carta; porque estos pensamientos me causan tanto dolor que me siento incapaz de escribir”.

Véase también la poesía CLXII:

E piango e parlo del mio morto Urbino...

[449] Escribió a la mujer de Urbino, Cornelia, cartas llenas de afecto, en las cuales le prometía llevarse consigo al pequeño Michelangelo, “quererlo más que a los hijos de su sobrino Lionardo y enseñarle todo lo que Urbino deseaba que aprendiese”. Marzo 28 de 1557.—No perdonó a Cornelia que se volviera a casar, en 1559.

[450] Véase en Vasari la relación de estos chistes.

[451] Ibid.

[452] Ibid.

[453] Vasari.

[454] Como casi todas las almas sombrías, Miguel Ángel tenía a veces el humor burlón; escribió poesías burlescas del género de Berni. Pero su sátira es ruda y casi trágica, como la lúgubre caricatura de los achaques de la vejez. (Poesías LXXXI). Véase también su parodia de una poesía del amor. (Ibid., XXXVII).

III
SOLEDAD

L’anima mia, che chon la morte parla...[455]

Así vivía solo con sus humildes amigos, sus ayudantes y sus locos, y con otros amigos más humildes todavía, sus animales familiares, sus pollos y sus gatos[456].

En el fondo estaba solo, y cada día más. “Estoy siempre solo, escribía a su sobrino en 1548, y no habló con nadie”. Se había separado poco a poco no solamente de la sociedad de los hombres, sino de sus intereses mismos, de sus necesidades, de sus placeres y de sus pensamientos.

La última pasión que lo ligaba a los hombres de su tiempo, el fuego republicano, se había extinguido también. Todavía una vez había lanzado un último resplandor de tempestad, en la época de las dos graves enfermedades de 1544 y 1546, cuando Miguel Ángel fué recogido por su amigo Riccio en la casa de los Strozzi, republicanos y proscriptos. Miguel Ángel, convaleciente, mandó rogar a Roberto Strozzi, refugiado en Lyon, que recordara al Rey de Francia sus promesas, y agregaba que si Francisco I iba a restablecer la libertad en Florencia, se comprometía a elevarle por su cuenta una estatua ecuestre, de bronce, en la plaza de la Señoría[457]. En 1546 regaló a Strozzi, en señal de gratitud por la hospitalidad recibida, los Dos Cautivos que Strozzi a su vez obsequió a Francisco I.

Pero esto no era más que un acceso de la fiebre política, y el último. En algunos pasajes de sus Diálogos con Giannotti, en 1545, expresa casi los pensamientos de Tolstoi sobre la inutilidad de la lucha y la no resistencia al mal:

“Es una gran presunción atreverse a matar a alguien, porque no se puede saber seguramente si de su muerte resultará algún bien o si de su vida lo hubiera resultado. Por eso yo no puedo soportar a esos hombres que creen que no es posible producir el bien si no se comienza por el mal, es decir, por el asesinato. Los tiempos cambian, nuevos sucesos sobrevienen, los deseos se transforman, los hombres se cansan... y al fin de cuentas sucede siempre lo que no se había previsto”.

El mismo Miguel Ángel que había hecho la apología del tiranicidio, se irritaba contra los revolucionarios que se imaginan cambiar el mundo con un acto. Sabía bien que él había sido uno de ellos y se condenaba a sí mismo amargamente. Como Hamlet, dudaba ya de todo, de sus pensamientos, de sus odios, y de todo lo que había creído. Volvía la espalda a la acción. Y escribía: “El buen hombre que respondió a alguno:—Yo no soy un hombre de estado, yo soy un hombre honrado y un hombre de buen sentido—, ése decía la verdad. ¡Si mis trabajos de Roma me preocuparan tan poco como los negocios de los Estados!”[458].

La verdad es que ya no odiaba. No podía ya odiar. Era demasiado tarde:

Ahimè, lasso chi pur tropp’ aspetta,
Ch’i’ gionga a suoi conforti tanto tardj!
Ancor, se ben riguardj,
Un generoso, alter’ e nobil core
Perdon’ e porta a chi l’offend’amore.

“¡Ay de mí, cansado de una espera demasiado larga,
llego demasiado tarde a lo que había deseado!...
y ahora ¿no lo sabes?
un corazón generoso, soberbio y noble
perdona y ofrece su amor a quien lo ofende”[459].


Vivía en el Macel de’Corvi, sobre el foro de Trajano. Tenía allí una casa con un jardinillo y la ocupaba con un criado, una criada y sus animales familiares[460]. No tenía buena mano para sus criados. “Eran todos negligentes y sucios”, dice Vasari. Los cambiaba a menudo y se quejaba de ellos amargamente[461]. Tuvo por esta causa tantos disgustos como Beethoven; y sus Ricordi (recuerdos o notas) como los cuadernos y conversaciones de Beethoven, conservan todavía las huellas de sus trastornos domésticos. “¡Oh, más valía que no hubiera estado nunca aquí!” Escribía en 1560, después de haber despedido a una criada, Girolama.

Su cuarto era sombrío como una tumba[462]. “En él las arañas hacían mil trabajos hilando con sus pequeños husos”[463]. A la mitad de la escalera había pintado a la Muerte llevando sobre el hombro un ataúd[464]. Vivía como un pobre y apenas comía[465], y “cuando no podía dormir se levantaba por la noche, para trabajar con el cincel. Se había fabricado un casco de cartón sobre el cual ponía una vela encendida, encima de su cabeza y de esta manera sin estorbo en las manos, iluminaba su trabajo”[466].

Al hacerse más viejo se hacía más solitario; era para él una necesidad, cuando todo dormía en Roma, refugiarse en el trabajo nocturno. El silencio era para él un beneficio, y la noche una amiga:

“¡Oh noche, oh tiempo dulce aunque sombrío, donde todo esfuerzo acaba por alcanzar la paz; quien te alaba ve bien y comprende bien, y quien te honra está en su pleno juicio. Tú cortas todos los pensamientos fatigados, con las sombras húmedas y el reposo; y de aquí abajo, a menudo, me llevas en sueños hasta las alturas adonde espero ir. ¡Oh sombra de la muerte, por la cual se evitan todas las miserias enemigas del alma y del corazón, supremo y buen remedio de los afligidos, tú devuelves la salud a nuestra carne enferma, tú secas nuestro llanto, tú nos descargas de nuestras fatigas, y limpias a los buenos del odio y del disgusto[”[467].

Vasari visitó una noche al viejo que estaba solo en su casa desierta, contemplando la trágica Pietà y meditando:

Cuando Vasari tocó, Miguel Ángel se levantó y fué a la puerta con un candelero en la mano. Vasari quiso contemplar la escultura, pero Miguel Ángel dejó caer y apagarse la luz para que no pudiera ver nada. Y mientras que Urbino iba a buscar otra, el Maestro se volvió hacia Vasari y le dijo: “Estoy tan viejo que con frecuencia la muerte me tira de las calzas para llevarme. Un día caerá mi cuerpo como esta antorcha y como ella se extinguirá la luz de mi vida”.

La idea de la muerte lo absorbía, cada vez más próxima y llena de sombras.

“No hay en mí ningún pensamiento, decía a Vasari, que no tenga en el fondo esculpida la muerte[”[468].

Le parecía ya como la única felicidad de la vida:

“Cuando mi pasado se me hace presente, y esto me sucede a todas horas, ¡oh mundo falso! entonces conozco bien el error y la culpa de la raza humana. El que llega a consentir en tus frivolidades y en sus vanas delicias, prepara para su alma penas dolorosas. Bien lo sabe el que hace la prueba; con cuánta frecuencia prometes paz y bienes que no tienes ni tendrás nunca. Por eso el menos favorecido es el que permanece por más tiempo aquí abajo, y el que vive menos, más fácilmente vuelve al cielo[”[469].

“Conducido por muchos años a mi última hora reconozco tarde ¡oh mundo!, tus delicias. Tú prometes la paz que no tienes; tú prometes el reposo que muere antes del nacimiento. Lo digo y lo sé por experiencia, los únicos elegidos del cielo son los que más pronto mueren después de nacer[”[470].

Como su sobrino Lionardo festejara el nacimiento de su hijo, Miguel Ángel lo reprimió severamente:

“Esta pompa me disgusta. No hay que reírse cuando el mundo entero llora. Es una falta de sentido celebrar así una fiesta por alguien que acaba de nacer. Hay que reservar la alegría para el día en que muere un hombre que ha vivido bien[”[471].

Y al año siguiente lo felicitó por haber perdido a un segundo hijo de corta edad.


La naturaleza, que hasta entonces había desdeñado en su fiebre apasionada, y por su genio intelectual, fué en sus últimos años una consoladora para él[472]. En septiembre de 1556, huyendo de Roma, amenazado por las tropas del Duque de Alba, pasó por Spoleto y permaneció allí cinco semanas, en medio de los bosques de encinas y de olivos, dejándose penetrar por el esplendor cercano del otoño. Volvió a Roma con sentimiento, a fines de octubre, porque fué llamado. “He dejado allá más de la mitad de mí mismo, escribía a Vasari; porque verdaderamente la paz no se encuentra más que en los bosques”.

Pace non si trova se non nei boschi[473].

Y de regreso en Roma, el anciano de ochenta y dos años compuso una hermosa poesía a la gloria de los campos y de la vida campestre, en contraste con la mentira de las ciudades. Fué su última obra poética y tiene toda la frescura de la juventud[474].

Pero en la naturaleza, lo mismo que en el arte y en el amor, era a Dios a quien buscaba y a quien se aproximaba cada día más. Siempre había sido creyente. Aunque no se dejara engañar por los sacerdotes ni por los monjes, ni por los devotos y las devotas, aunque a veces se burlara rudamente de ellos[475], nunca tuvo según parece la menor duda en su fe. Cuando la enfermedad o la muerte de su padre y de sus hermanos, su primer cuidado fué siempre que recibieran los sacramentos[476]. Tenía una confianza sin límites en la oración: creía más en ella que en todas las medicinas[477]. Atribuía a su intercesión todos los bienes recibidos y los males que no le habían llegado. Tenía en su soledad crisis de adoración mística. La casualidad nos ha conservado el recuerdo de una de ellas: Un relato contemporáneo nos muestra la cara extática del héroe de la Sixtina, solo, orando en la noche, en su jardín de Roma e implorando con sus ojos dolorosos al cielo estrellado[478].

No es cierto, como se ha querido hacer creer, que su fe haya sido indiferente al culto de los Santos y de la Virgen[479]. Sería gracioso convertir en protestante al hombre que consagró los veinte últimos años de su vida a construir el templo del Apóstol Pedro y cuya última obra, interrumpida por la muerte, fué una estatua de San Pedro. No se puede olvidar que en diversas ocasiones quiso emprender grandes peregrinaciones, en 1545 a Santiago de Compostela, en 1556 a Loreto, y que formaba parte de la Hermandad de San Giovanni Decollato—San Juan Bautista—pero es cierto que, como todo gran cristiano, vivió y murió en Cristo[480]. “Vivo pobre con Cristo”, escribía a su padre desde 1512, y al morir suplicaba que se le recordaran los sufrimientos de Cristo. Desde la amistad, y sobre todo después de la muerte de Vittoria Colonna, su fe tomó un carácter más exaltado. Al mismo tiempo que su arte, se consagraba casi exclusivamente a la gloria de la Pasión de Cristo[481], su poesía se abismaba en el misticismo. Renegaba del arte y se refugiaba en los grandes brazos abiertos del Crucificado:

“El curso de mi vida ha llegado, sobre la mar tempestuosa, en un frágil barco, al puerto común donde se desembarca para dar cuenta y razón de toda obra pía e impía. La ilusión apasionada que me hizo del arte un ídolo y un monarca, me parece hoy cargada de errores y veo claramente lo que todo hombre desea para su mal. Los pensamientos amorosos, los pensamientos vanos y alegres, ¿qué son ahora que me aproximo a las dos muertes? de una de ellas estoy seguro y la otra me amenaza. Ni la pintura ni la escultura son capaces de apaciguar el alma, dirigida hacia el amor divino, que para recogernos, abre sus brazos sobre la Cruz”[482].


Pero la flor más pura que la fe y el sufrimiento hicieron brotar en aquel viejo corazón desgraciado, fué la divina caridad. Este hombre, a quien sus enemigos acusaban de avaricia[483], no dejó durante toda su vida de colmar con sus liberalidades a los infelices conocidos y desconocidos.

No solamente demostró siempre el afecto más conmovedor para sus viejos servidores y para los de su padre, para una tal Mona Margherita, a quien recogió después de la muerte del viejo Buonarroti, y cuya muerte le causó “más pena que si hubiera sido una hermana”[484]; para un humilde carpintero que había trabajado en el andamiaje de la Capilla Sixtina, a cuya hija dotó[485]... sino que también daba constantemente a los pobres y sobre todo a los pobres vergonzantes. Le gustaba asociar en sus limosnas a su sobrino y a su nuera, les inspiraba la costumbre de hacerlo; los hacía que hicieran caridades por cuenta de él sin nombrarlo siquiera, porque quería que sus limosnas se conservaran secretas[486]. “Le gustaba más hacer el bien que parecer hacerlo”[487]. Por un rasgo de exquisita delicadeza, pensaba sobre todo en las jóvenes pobres y procuraba darles ocultamente pequeñas dotes para que pudieran casarse o entrar en un convento.

“Procura, pues, conocer a un burgués necesitado que tenga una hija por casarse o para entrar al convento”; le escribe a su sobrino, y agrega: “hablo de los que están necesitados y se avergüenzan de mendigar. Dales el dinero que te mando, pero en secreto, y de tal manera que no te dejes engañar”[488].

Y en otra ocasión:

“Infórmame si conoces algún otro noble burgués muy necesitado, y sobre todo si tiene hijas en su casa; me sería muy agradable hacerle algún beneficio por la salud de mi alma”[489].

NOTAS:

[455] Poesías, CX.

[456] “Los pollos y el señor gallo triunfan, le escribe Angiolini en 1553, durante una de sus ausencias; pero los gatos están desolados por no veros, aunque no les falta comida”.

[457] Carta de Riccio a Roberto di Filippo Strozzi, (julio 21 de 1544).

[458] Carta a Lionardo su sobrino (1547).

[459] Poesías, CIX, 64. Miguel Ángel supone aquí un diálogo del poeta con un proscrito florentino. Es posible que haya escrito esta poesía después del asesinato de Alejandro de Médicis por Lorenzino, en 1536. (Se publicó por primera vez en 1543, con música de Giacomo Arcadelt).

[460] Entre sus criados anoto a título de curiosidad a un francés, Richard, Riccardo franzese. (Junio 18 de 1552. Ricordi, página 606).

[461] “Yo querría, escribe a Lionardo, una criada que fuera buena y limpia; pero es muy difícil, porque todas son sucias y perdidas. (Son tutte puttane e porche.) Les doy diez julios al mes. Vivo pobremente, pero pago bien”. (Cartas, agosto 16 de 1550).

[462] La mia scura tomba... (Poesías, LXXXI).

[463] Dov’è Aragn’ e mill’opre et lavoranti.

E fan di lor filando fusaiuolo. (Ibid.)

[464] Sobre el ataúd estaba este epitafio:

Io dico a voi, ch’al mondo avete dato
L’anima e 'l corpo e lo spirito 'nsieme:
In questa cassa oscura è 'l vostro lato.

“Yo os digo, a vosotros, que habéis dado al mundo
el alma, el cuerpo y el espíritu a la vez:
en esta caja obscura tendréis todo”.

(Ibid., CXXXVII).

[465] “Era muy sobrio. Cuando joven se contentaba con un poco de pan y vino para poder consagrarse enteramente al trabajo. En su vejez, desde la época en que hizo el Juicio Final, se acostumbró a beber un poco, pero únicamente por las tardes, cuando había terminado su trabajo, y de la manera más moderada. Aunque fuera rico vivía como un pobre. Nunca o muy rara vez comía algún amigo con él; no quería aceptar obsequios de nadie, porque se creía así obligado para siempre con el donante. Su sobriedad fué causa de que siempre fuera muy despierto y tuviera poca necesidad de sueño”. (Vasari).

[466] Vasari, observando que no usaba cera, sino candelas de sebo de cabra, le mandó cuarenta libras. El servidor de Miguel Ángel se las llevó, pero Miguel Ángel rehusó aceptarlas. El servidor dijo: “Amo, tengo los brazos deshechos por haberlas traído y no quisiera volvérmelas a llevar. Si no las queréis, voy a plantarlas en el lodazal seco que está frente a la casa y las encenderé todas”. Entonces Miguel Ángel replicó: “Déjalas pues allí, porque no quiero que hagas locuras ante mi puerta”. (Vasari).

[467] Véase Apéndice, XXIII. (Poesías, LXXVIII). Frey fija para esta poesía la fecha aproximada de 1546, en la época del Juicio Final y de la Capilla Paulina. Grimm cree que sea un poco posterior, hacia 1554. Otro soneto sobre la noche—Poesías, LXXVII—es de la más grande belleza poética, pero más literario y algo amanerado.

[468] Non nasce in me pensiero che non vi sia dentro sculpita la morte. (Cartas, junio 22 de 1555)

[469] Véase Apéndice, XXIV. (Poesías, CIX, 32).

[470] Apéndice, XXV. (Poesías, CIX, 34).

[471] Carta a Vasari, con esta fecha: “No se qué día de abril de 1554”. (A di non so quanti d’aprile 1554).

[472] Siempre había prestado muy poca atención a la naturaleza, a pesar de los años que pasó fuera de las ciudades, en Carrara o en Seravezza. El paisaje tiene ínfimo lugar en su obra; se reduce a algunas indicaciones abreviadas, casi esquemáticas, en los frescos de la Sixtina. En esto, Miguel Ángel se aleja de sus contemporáneos, de Rafael, del Ticiano, del Perugino, de Francia, de Leonardo. Despreciaba los paisajes de los artistas flamencos, entonces muy a la moda: “Grupos—decía,—paredes, campos muy verdes sombreados con árboles, ríos y gentes, y muchas figuras por aquí y por allá, eso es lo que se llama paisajes”.—Diálogos de Francisco de Holanda.

[473] Cartas, diciembre 28 de 1556.

[474] Quiero hablar de la larga poesía, no terminada, de 115 versos que comienzan así:

Nuovo piacere e di magiore stima
Veder l’ardite capre sopr’un sasso
Montar, pasciendo or questa or quella cima...

“Es un nuevo placer y siempre más estimado
ver las cabras atrevidas sobre una roca pastando,
ya en ésta o en aquella cima”.

(Poesías, CLXIII, págs. 249-253 de Frey).

Acepto aquí la interpretación de Frey, que señala para esta poesía la fecha de octubre a diciembre de 1556. Thode es de otra opinión, y la atribuye a la juventud de Miguel Ángel, pero no da a mi juicio ninguna razón suficiente.

[475] En 1548, disuadiendo a su sobrino Lionardo de hacer una peregrinación a Loreto, le aconsejaba gastar más bien el dinero en limosnas, “porque si llevas tu dinero a los sacerdotes, ¡Dios sabe lo que harán!” (Abril 7 de 1548). Sebastián del Piombo iba a pintar un monje en San Pedro in Montorio; Miguel Ángel piensa que aquel monje echará todo a perder y dice: “Los monjes han perdido al mundo que es muy grande; no sería sorprendente que perdieran una capillita”. En la época en que Miguel Ángel trataba de casar a su sobrino, fué a verlo una devota, le dijo un sermón, lo exhortó a la piedad y le ofreció para Lionardo una muchacha piadosa y de buenos principios. “Yo le respondí, escribe Miguel Ángel, que haría mejor ocupándose de tejer y de hilar, que rondando así alrededor de la gente, comerciando con las cosas santas”. (Cartas, julio 19 de 1549).

Escribió poesías ásperas de un sentimiento savonarolista contra los sacrilegios y las simonías de Roma. Por ejemplo, el soneto:

Qua si fa elmj di chalicj e spade,
E’l sangue di Christo si vend’a giumelle...

“Ahí se hacen con los cálices espadas y yelmos, y
la sangre de Cristo se vende a dos manos...”.

(Poesías, X, por el año de 1512).

[476] Carta a Buonarroto respeto a una enfermedad de su padre. (Noviembre 23 de 1516). Carta a Lionardo, refiriéndose a la muerte de Giovan Simone. (Enero de 1548). “Me sería agradable saber si se ha confesado y si ha recibido bien los Sacramentos. Si supiera que es así sufriría menos”.

[477]Più credo agli orazioni che alle medicine”. (Cartas a Lionardo, abril 25 de 1549).

[478] “En el año del Señor de 1513, el primer año del Pontificado de León X, Miguel Ángel que se encontraba entonces en Roma—y creo, si no me equivoco que era en Otoño—una noche, al aire libre, en un jardín de su casa, oraba y levantó los ojos al cielo. De repente vió un meteoro maravilloso, un signo triangular con tres rayos: uno, que iba hacia el Este, brillante y liso como una hoja de espada pulida y al fin terminaba en un gancho; el otro color de rubí azul rojizo, que se extendía sobre Roma; y el otro color de fuego, retorcido y de tal longitud que llegaba hasta Florencia. Cuando Miguel Ángel vió este signo divino fué a su casa a buscar un papel, pluma y colores y dibujó la aparición; y cuando hubo terminado, la señal desapareció”. (Fray Benedetto: Vulnera diligentis, tercera parte. Mss. Riccardianus 2985. Citado por Thode, según Villari).

[479] Henry Thode.

[480] Cuando Leone Leoni, en 1560, grabó una medalla con la efigie de Miguel Ángel, éste mandó dibujar en el anverso un ciego conducido por un perro, con esta inscripción: Docebo iniquos vias tuas et impii ad te convertentur. (Vasari).

[481] Crucifijo, Entierro de Cristo, Descendimiento de la Cruz, Pietà.

[482] Apéndice, XXVI. (Poesías, CXLVII). Este soneto, que Frey juzga con razón como el más hermoso de todos los de Miguel Ángel, es de 1555-1556. Muchas otras poesías expresan con menor belleza de forma, pero no con menos emoción y fe, un sentimiento análogo. Véase Apéndice XXVII.

[483] Estos rumores eran puestos en circulación por el Aretino y por Bandinelli. El Embajador del duque de Urbino contaba a quien quería oírlo, en 1542, que Miguel Ángel se había hecho inmensamente rico prestando con usura el dinero que había recibido de Julio II, para el monumento que no había ejecutado. Miguel Ángel había dado pretexto hasta cierto punto, para esas acusaciones, por la dureza que mostró algunas veces en sus negocios (por ejemplo, con el viejo Signorelli, a quien persiguió en 1518, por un préstamo hecho en 1513) y por una rapacidad instintiva de campesino avaro que existía en él al mismo tiempo que una generosidad natural; pero esto era, por decirlo así, un gesto maquinal y hereditario. En realidad era de una extremada negligencia en sus negocios y no llevaba nunca cuentas. No sabía lo que tenía y daba a manos llenas. Su familia no dejó de aprovecharse de su capital.

Hacía obsequios regios a sus amigos y a sus servidores. La mayor parte de sus obras fueron regaladas y no vendidas; trabajó gratuitamente en San Pedro. Nadie condenó tan severamente como él el amor al dinero. “La avidez de lucro es un gran pecado”, escribió a su hermano Buonarroto. Vasari protesta con indignación contra las calumnias de los enemigos de Miguel Ángel, recuerda todo lo que su maestro ha dado: a Tommaso dei Cavalieri, a Bindo Altoviti, a Sebastián del Piombo, a Gherardo Perini, dibujos inestimables; a Antonio Mini, la Leda con todos los esbozos y los modelos; a Bartolommeo Bettini una admirable Venus con Cupido que la besa; al marqués del Vasto, un Noli me tangere; a Roberto Strozzi, los Dos Esclavos; a su servidor Antonio el Descendimiento de la Cruz, etc. “Yo no sé cómo, concluye, se puede tratar de avaro al hombre que prodigaba tales obras, que valían miles de escudos”.

[484] Cartas a Giovan Simone (1533); y a Lionardo Buonarroti, (noviembre de 1540).

[485] Vasari.

[486] “Me parece que descuidas demasiado la caridad”, escribió a Lionardo en 1547.

“Me escribes que quieres dar a esa mujer cuatro escudos de oro por el amor de Dios, y eso me gusta”. (Agosto de 1547).

“Procura dar donde hay verdadera necesidad y no por amistad sino por amor de Dios. No digas de dónde viene el dinero”. (Marzo 29 de 1549).

“No tienes que hacer ninguna mención de mí”. (Septiembre de 1547). “Me sería más agradable que consagres a limosnas por el amor de Dios, el dinero que gastas en regalos para mí; porque creo que hay mucha miseria entre vosotros”. (1558).

“Viejo como soy, querría hacer algunos bienes con limosnas, porque no puedo ni sé hacer el bien de otra manera”. (Julio 18 de 1561).

[487] Condivi.

[488] Carta a Lionardo. (Agosto de 1547).

[489] Ibid. (Diciembre 20 de 1550). También se informa de uno de los Cerretani, que tiene una hija para entrar al convento. (Marzo 29 de 1549). Su sobrina Cecca intercede con él para una pobre muchacha que entra al convento y él envía con todo gusto la suma que le pide. (A Lionardo, mayo 31 de 1556). “Casarse con una joven pobre, decía en alguna parte, es también una manera de dar limosna”.

EPÍLOGO