PREFACIO

Quiero demostrar que todo el que
obra recta y noblemente, puede, por
ello mismo, sobrellevar el infortunio
”.

BEETHOVEN

Al Municipio de Viena,
el 1.º de febrero de 1819.

Un denso ambiente nos envuelve. La vieja Europa se adormece en una atmósfera cargada y viciosa; un materialismo sin grandeza pesa sobre el pensamiento y estorba la acción de los gobiernos y de los individuos; el mundo muere de asfixia en su egoísmo prudente y vil, y al morir nos ahoga. Abramos las ventanas para que entre el aire puro; respiremos el aliento de los héroes.

La vida es dura. Para los que no se resignan a la mediocridad del alma es un combate diario, triste las más de las veces, librado sin grandeza ni fortuna en la soledad y en el silencio. Oprimidos por la pobreza, por los ásperos deberes domésticos, por los trabajos abrumadores y estúpidos, en los que inútilmente se pierden las fuerzas, la mayor parte de los hombres están separados los unos de los otros, sin una esperanza, sin un rayo de alegría, sin tener siquiera el consuelo de tender la mano a sus hermanos de infortunio, que nada saben de ellos y de quienes ellos nada saben. Cada uno cuenta sólo consigo mismo; y hay momentos en que los más fuertes flaquean bajo el peso de su pena, y demandan socorro y amistad.

Para ayudarlos me propongo reunir, en torno suyo, a los Amigos heroicos, a las grandes almas que se sacrificaron por el bien. Estas Vidas de Hombres Ilustres no se dirigen al orgullo de los ambiciosos, sino que están consagradas a los desventurados. ¿Y quién, en el fondo, no lo es? Ofrezcamos a quienes sufren el bálsamo del sagrado sufrimiento. No estamos solos en el combate, pues alumbran la noche del mundo luces divinas, y ahora mismo, cerca de nosotros, hemos visto brillar dos de las más puras llamas, la de la Justicia y la de la Libertad: el coronel Picquart y el pueblo boer. Si estas llamas no han logrado abrasar las espesas tinieblas, nos han mostrado, en un relámpago, el camino. Avancemos en pos de estos hombres, en pos de todos los que como ellos lucharon, aislados, esparcidos en todos los países y en todos los tiempos. Acabemos con los valladares de los siglos y resucitemos el pueblo de los héroes.

No llamo héroes a los que triunfaron por el pensamiento o por la fuerza; llamo héroes sólo a aquéllos que fueron grandes por el corazón. Como ha dicho, entre ellos, uno de los más altos, aquél cuya vida contamos en estas páginas: “no reconozco otro signo de excelsitud que la bondad”. Cuando no hay grandeza de carácter no hay grandes hombres, ni siquiera grandes artistas, ni grandes hombres de acción; apenas habrá ídolos exaltados por la multitud vil; pero los años destruyen ídolos y multitud. Poco nos importa el éxito, ya que se trata de ser grande y no de parecerlo.

La vida de aquéllos cuya historia intentaremos narrar en estas páginas fué casi siempre un martirio prolongado. Sea que un trágico destino haya querido forjar sus almas en el yunque del dolor físico y moral, de la enfermedad y de la miseria; o bien que asolara sus vidas y desgarrara sus corazones el espectáculo de los sufrimientos y de las vergüenzas sin nombre que torturaban a sus hermanos, todos comieron el pan cotidiano de la prueba, y fueron grandes por la energía, porque lo fueron también por la desgracia. Que no se quejen demasiado quienes son desventurados, porque los mejores de entre los hombres están con ellos. Nutrámonos del valor de estos hombres, y, si somos débiles, reposemos por un instante nuestra cabeza sobre sus rodillas, que ellos nos consolarán. Mana de estas almas sagradas un torrente de fuerza serena y de bondad omnipotente: no es siquiera necesario interrogar sus obras, ni escuchar sus palabras, para que leamos en sus ojos, en la historia de su vida, que nunca la vida es más grande, más fecunda—ni más dichosa—que en el dolor.


Al frente de esta legión heroica, vemos, en primer lugar, al fuerte y puro Beethoven. Él mismo anhelaba, en medio de sus sufrimientos, que su ejemplo pudiera ser un sostén para todos los desvalidos, y que el desventurado se consolase al encontrar otro desdichado como él, que, a pesar de todos los obstáculos de la Naturaleza, había hecho cuanto de él dependía para llegar a ser un hombre digno de este nombre. Triunfante de su pena, tras años de luchas y de esfuerzos sobrehumanos, y cumplida su misión, que era, como él decía, la de infundir un poco de valor a la pobre humanidad, este Prometeo vencedor respondía a un amigo que invocaba a Dios: ¡Hombre, ayúdate a ti mismo!

Inspirémonos en su valiente palabra. Reanimemos, con su ejemplo, la fe del hombre en la vida y en el hombre.

ROMAIN ROLLAND

Enero de 1903.

VIDA DE BEETHOVEN

Woltuen, wo man kann,
Freiheit über alles lieben,
Wahrheit nie, auch sogar am
Throne nicht verleugnen.

BEETHOVEN

(Hoja de Álbum, 1792).

(Hacer todo el bien que sea posible,
amar la libertad por encima de todo, y
aun cuando fuera por un trono,
no traicionar nunca a la Verdad).

Era pequeño y gordo, de cuello robusto, de complexión atlética; tenía una cara grande color de rojo ladrillo, menos al fin de su vida, que se tornó su tono enfermizo y amarillento, en invierno sobre todo, cuando permanecía encerrado y lejos del campo; una frente poderosa y abultada; cabellos extremadamente negros, muy espesos, en los cuales parecía que no había entrado nunca el peine, erizados por todos lados, “las serpientes de Medusa”[1]; sus ojos brillaban con una fuerza prodigiosa, que dominaba a cuantos los miraban; pero casi todos se engañaron sobre el color de estos ojos. Como irradiaban con fulgor salvaje, en un semblante obscuro y trágico, se les creía generalmente negros, cuando eran de un azul gríseo[2]; pequeños y muy hundidos, se abrían bruscamente en la pasión o en la cólera y entonces giraban en sus órbitas, reflejando todos sus pensamientos con verdad maravillosa[3]. Frecuentemente se volvían hacia el cielo con una mirada melancólica. La nariz era chata y ancha, como un hocico de león: la boca delicada, con el labio inferior saliente; mandíbulas temibles que habrían podido cascar nueces; y un hoyuelo profundo en el mentón, hacia el lado derecho, daba una extraña disimetría al rostro. “Sonreía bondadosamente, dice Moscheles, y había en su conversación, a menudo, un tono amable y alentador. En cambio su risa era desagradable, violenta y gesticulante, rápida”,—la risa de un hombre que no está acostumbrado a la alegría. Su expresión habitual era melancólica, de “una tristeza incurable”. Rellstab, en 1825, decía que tenía necesidad de todas sus fuerzas para no llorar al ver “sus ojos dulces y su dolor penetrante”; Braun von Braunthal, un año después, lo encontró en una cervecería: estaba sentado en un rincón, fumando una larga pipa y con los ojos cerrados, como lo hacía más frecuentemente a medida que se aproximaba a la muerte. Un amigo le dirigió la palabra; sonrió con tristeza, sacó de su bolsillo una libreta de conversación, y, con la voz aguda que adquieren a menudo los sordos, le dijo que escribiera lo que quería preguntarle. Su semblante se transfiguraba, ora en los accesos de inspiración súbita que lo acometían de improviso, aun en la calle, y que llenaban de sorpresa a los transeúntes, ora cuando se le sorprendía sentado al piano. “Los músculos de su rostro se le saltaban, sus venas se hinchaban; los ojos salvajes se hacían dos veces más terribles; le temblaba la boca, y tenía el aire de un encantador vencido por los demonios que hubiera evocado”. Parecía una figura de Shakespeare[4]; Julius Benedict dice: “El rey Lear”.


Ludwig van Beethoven nació el 16 de diciembre de 1770, en Bonn, cerca de Colonia, en una mísera bohardilla de casa pobre. Era flamenco de origen[5]; su padre, un tenor borracho y sin talento; su madre, una criada, hija de un cocinero y viuda en primeras nupcias de un ayuda de cámara.

Su infancia severa no tuvo la familiar dulzura con que la de Mozart, más feliz, estuvo rodeada. Desde el principio la vida se le reveló como un combate triste y brutal; su padre quiso explotar sus disposiciones musicales y exhibirlo como un niño prodigio; a los cuatro años de edad lo sentaba, durante horas enteras, frente a su clave, o lo encerraba con un violín y lo abrumaba de trabajo. Poco faltó para que por siempre le hubiera hecho odioso el arte. Fué preciso usar de la violencia para que Beethoven aprendiera la música. Su juventud fué entristecida por las preocupaciones materiales, el cuidado de ganarse el pan, los trabajos prematuros; a los once años formaba parte de la orquesta del teatro, y a los trece era organista. En 1787 perdió a su madre, a quien adoraba. “¡Era tan buena conmigo, tan digna de ser amada, mi mejor amiga! ¡Oh, quién más feliz que yo cuando podía pronunciar el dulce nombre de madre, y que ella podía escucharme!”[6]. Había muerto de tisis, y el mismo Beethoven se creyó atacado de esa enfermedad; sufría ya constantemente y unía a su dolencia una melancolía más cruel que el propio mal[7]. A los diecisiete años era jefe de familia, encargado de la educación de sus hermanos. Pasó la vergüenza de solicitar el retiro de su padre, incapaz de dirigir la casa por borracho, y fué al hijo a quien se entregó la pensión paterna para evitar que fuese disipada. Semejantes sufrimientos dejaron en él una huella profunda. Tuvo la fortuna de encontrar un cariñoso apoyo en una familia de Bonn, que le fué siempre muy querida, los Breuning. La gentil “Lorchen”, Eleonora de Breuning, tenía dos años menos: le enseñó él la música y ella lo inició en la poesía; fué su compañera de infancia y acaso hubo entre ellos algún sentimiento tierno. Eleonora casó más tarde con el doctor Wegeler, que fué uno de los mejores amigos de Beethoven: hasta el último día no cesó de reinar entre ellos una amistad apacible, de que dan testimonio las cartas dignas y cariñosas de Wegeler y de Eleonora, y las del viejo y fiel amigo (alter treuer Freund) al bueno y querido Wegeler (guter lieber Wegeler); cariño más conmovedor todavía cuando la vejez llegó para los tres sin enfriar la juventud de sus corazones[8].

Por triste que haya sido la infancia de Beethoven, conservó siempre de ella y de los lugares en que transcurrió un tierno y melancólico recuerdo. Obligado a abandonar Bonn y a pasar casi toda su vida en Viena, en la grande y frívola ciudad o en sus tristes barriadas, no olvidó nunca el valle del Rhin, ni el gran río augusto y paternal—unser Vater Rhein—como él lo llama, “nuestro padre el Rhin”, tan viviente en verdad, casi humano, semejante a un alma gigantesca por la cual pasan pensamientos y fuerzas innumerables; en ninguna parte más bello, más poderoso y más dulce que en la deliciosa Bonn, cuyas pendientes, sombreadas y florecidas, baña con la violencia de una caricia. Allá vivió Beethoven sus veinte primeros años; allá se formaron los ensueños de su corazón de adolescente, en estas praderas que flotan lánguidas sobre el agua, con sus chopos envueltos por la bruma, sus malezas, sus sauces, sus árboles frutales, que empapan las raíces en la corriente silenciosa y rápida; y, sobre la orilla inclinadas, muellemente curiosas, las aldeas, las iglesias, hasta los cementerios, en tanto que en el horizonte las Siete Montañas azuladas dibujan sobre el cielo sus perfiles atormentados, que coronan las esbeltas y bizarras siluetas de los viejos castillos en ruinas. Su corazón permaneció eternamente fiel a este país, y hasta el último instante soñó en volver a verlo, sin que lo hubiese logrado nunca. “Mi patria, la hermosa región en donde yo vi la luz primera, siempre tan bella, tan clara delante de mis ojos, como cuando yo la dejé”[9].


En noviembre de 1792 Beethoven se estableció en Viena, metrópoli musical de Alemania[10]. La Revolución había estallado y comenzaba a ahogar a Europa. Beethoven salió de Bonn en el momento preciso en que la guerra llegaba, y en camino de Viena cruzó por entre los ejércitos de Hesse, que avanzaban contra Francia. En 1796 y 1797 puso música a las poesías bélicas de Friedberg, un Canto de Partida, y un Coro Patriótico, Somos un gran pueblo alemán (Ein grosses deutsches Volk sind wir); pero en vano quiso cantar a los enemigos de la Revolución, porque la Revolución conquistó al mundo y a Beethoven. Desde 1798, y a pesar de la tirantez de relaciones entre Austria y Francia, entró Beethoven en comunicación íntima con los franceses, con la embajada, con el general Bernadotte, que acababa de llegar a Viena; y en sus conversaciones con ellos comenzaron a formarse en él los sentimientos republicanos, cuyo poderoso desarrollo se advierte en el resto de su vida.

Un dibujo que en esta época le hizo Stainhauser nos muestra una imagen bastante clara de lo que era entonces Beethoven. Es con relación a sus siguientes retratos, lo que el retrato de Buonaparte por Guérin—rostro áspero, devorado por la fiebre de la ambición,—es a los otros retratos de Napoleón. Aparece Beethoven más joven de lo que era, enjuto, derecho, tieso dentro de su alto corbatín, con el mirar retador y violento: sabe lo que vale, y confía en su fuerza. En 1796 escribe en su cuaderno: “¡Valor! A pesar de todas las flaquezas del cuerpo, mi genio triunfará... ¡Veinticinco años! Los tengo ya, y es necesario que en este año el hombre se revele todo entero”[11]. La señora de Bernhard y Gelinck dicen que es muy orgulloso, de modales rudos y huraños, y habla con un acento marcadamente provinciano; pero sólo sus amigos íntimos conocen la exquisita bondad que se oculta bajo ese orgulloso encogimiento. Al escribir a Wegeler acerca de sus triunfos, el primer pensamiento que le viene a la mente es: “Por ejemplo, cuando veo a un amigo necesitado, si mi bolsillo no me permite acudir inmediatamente en su ayuda, no tengo más que sentarme a la mesa de trabajo, y, en poco tiempo, lo he sacado del apuro... Ya ves que esto es encantador”[12]. Y un poco después agrega: “Mi arte debe consagrarse al bien de los pobres”. (Dann soll meine Kunst sich nur zum Besten der Armen zeigen.)

Ya el dolor había llamado a su puerta; se había apoderado de él para nunca más dejarlo. Entre 1796 y 1800 comenzaron los estragos de la sordera[13]; las orejas le zumban noche y día; lo minan dolores en las entrañas; su oído se debilita progresivamente. No lo confesará a nadie durante muchos años, ni a sus amigos más queridos; evita toda compañía para que su enfermedad no sea advertida, y este terrible secreto es sólo suyo; pero en 1801 ya no lo puede callar, lo confía con desesperación a dos de sus amigos: el doctor Wegeler y el pastor Amenda:

“Mi querido, mi bueno, mi cariñoso Amenda... ¡qué a menudo he deseado tenerte cerca de mí! Tu Beethoven es profundamente desventurado. Debes saber que la parte más noble de mí mismo, mi oído, se ha debilitado mucho. Ya en la época en que estábamos juntos, sentía síntomas del mal, y lo ocultaba; pero después ha empeorado mucho... ¿Curaré? Lo espero, naturalmente, pero muy poco, porque estas enfermedades son de las más incurables. ¡Qué tristemente vivo, abandonando todo lo que amo y me es más querido, y en un mundo tan miserable, tan egoísta!... ¡Triste resignación ésta en la cual debo refugiarme! Naturalmente que me he propuesto sobreponerme a todos estos males. Pero ¿cómo me será posible?”[14].

Y a Wegeler: “...Llevo una vida miserable; desde hace dos años eludo toda compañía, porque no me es posible conversar con los demás: soy sordo. Si tuviera cualquier otro oficio, esto sería llevadero; pero en el mío mi situación es terrible. ¡Qué dirán mis enemigos, cuyo número no es corto!... En el teatro debo colocarme muy cerca de la orquesta para escuchar a los actores. Los sonidos altos de los instrumentos y de las voces no los oigo si me coloco un poco lejos... Cuando se habla suavemente, apenas entiendo... Y por otra parte, cuando se grita, ello es para mí intolerable... Frecuentemente maldigo mi existencia. Plutarco me ha llevado a la resignación. Quiero, si esto es posible, desafiar mi destino; pero hay momentos de mi vida en los cuales soy la más miserable de las criaturas... ¡Resignación! ¡Qué triste refugio, y sin embargo es el único que me queda!”[15].

Esta tristeza trágica se externa en algunas obras de esta época, en la Sonata Patética, op. 13 (1799), y sobre todo en el largo de la Tercera Sonata para piano, op. 10 (1798). Es extraño que no aparezca todavía en tantas obras más, como el riente Septimino (1800), y la límpida Primera Sinfonía (en do mayor, 1800), que reflejan todavía una despreocupación juvenil. Indudablemente que el alma necesita tiempo para acostumbrarse al dolor; siente tal necesidad de la alegría, que, cuando no la tiene, es necesario que la cree; cuando el presente es demasiado cruel, vive en el pasado; los días felices que fueron no se borran de un solo golpe, pues su fulgor persiste largo tiempo después de que pasaron. Solo y desventurado en Viena, Beethoven se refugió en su nostalgia del país natal, y sus recuerdos de entonces están todos de ella impregnados. El tema del andante con variaciones del Septimino, es sólo un lied riniano; la Sinfonía en do mayor es también una obra del Rhin, un poema de adolescencia que sonríe a sus ensueños; es alegre, lánguida; se adivina en ella el deseo y la esperanza de agradar; pero en algunos de sus pasajes, en la introducción, en el claroscuro de algunos bajos sombríos, en el scherzo fantástico, se advierte ya, ¡con cuánta emoción! en este rostro de joven la mirada del genio que está por venir. Son los ojos del bambino de Botticelli, en sus Sagradas Familias, estos ojos de niño en los cuales se adivina ya la próxima tragedia.

A los sufrimientos físicos se unían trastornos de otro orden. Wegeler dice que no conoció nunca a Beethoven sin una pasión llevada al paroxismo. Sus amores parece que siempre fueron de una gran pureza, porque en ellos no hubo nunca ninguna relación entre la pasión y el placer. La confusión que se establece en nuestro tiempo entre la una y el otro, no prueba más que la ignorancia en que la mayoría de los hombres están acerca de la pasión, y de su extrema rareza. En el alma de Beethoven había algo de puritano; las conversaciones y los pensamientos licenciosos le causaban horror; tenía sobre la santidad del amor ideas intransigentes, y se dice que no perdonaba a Mozart haber profanado su genio escribiendo un Don Juan. Schindler, que fué su amigo íntimo, asegura que “cruzó por la vida con un pudor virginal, sin haber tenido nunca que reprocharse una flaqueza”. Un hombre así estaba hecho para ser engañado y ser víctima del amor, y lo fué. Sin cesar se enamoraba locamente, sin cesar soñaba con la felicidad, que en el acto fracasaba, y era seguida de amargos sufrimientos. En estas alternativas de amor y de orgullosa rebeldía es preciso buscar el más fecundo manantial de las inspiraciones de Beethoven, hasta la edad en que su fogosa naturaleza se apacigua en una resignación melancólica.

En 1801 el objeto de su pasión fué, a lo que parece, Giulietta Guicciardi, a quien inmortalizó con la dedicatoria de su famosa sonata llamada del Claro de Luna, op. 27 (1802). “Vivo de una manera muy dulce, escribía a Wegeler, y trato más con los hombres... Esta mudanza es obra del encanto de una muchacha adorable, que me ama y a quien yo amo. Son éstos los primeros momentos felices que tengo desde hace dos años[”[16]. Los pagó duramente. Desde luego este amor le hizo sentir las miserias de su enfermedad y las condiciones precarias de su vida, que le hacían imposible desposarse con la que amaba. Además Giulietta era coqueta, infantil, egoísta; hizo sufrir cruelmente a Beethoven, y en noviembre de 1803 casó con el conde Gallenberg[17]. Semejantes pasiones arruinan el alma, y cuando el alma está ya debilitada por la enfermedad como lo estaba la de Beethoven, suelen aniquilarla. Y fué el único momento de la vida de Beethoven en que parece haber estado a punto de sucumbir. Sufrió una crisis desesperada, que nos hace conocer una de sus cartas: el Testamento de Heiligenstadt a sus hermanos Carlos y Juan, con esta indicación: ”Para ser leída y cumplida después de mi muerte[18]. Es un grito de rebeldía y de sufrimiento desgarrador, que no puede escucharse sin sentirse penetrado de piedad. Estuvo entonces a punto de poner fin a su vida, y sólo su inflexible sentimiento moral lo detuvo[19].

Sus esperanzas últimas de curación desaparecieron. “Hasta el valor que me sostenía se ha desvanecido. ¡Oh, Providencia, concédeme una vez un día, un solo día de alegría verdadera! ¡Hace tanto tiempo que el son profundo de la perfecta alegría me es extraño! ¿Cuándo, cuándo, ¡Dios mío!, podré encontrarla? ¿Nunca?... ¡No, porque eso sería demasiado cruel!”

Parece un lamento de agonía y, sin embargo, Beethoven vivirá aún veinticinco años. Su vigorosa naturaleza no se podía resignar a sucumbir en la prueba. “Mi fuerza física aumenta más que nunca, al mismo tiempo que mi vigor intelectual... Mi juventud, sí, lo siento, apenas ha comenzado; y cada día me acerca al fin que entreveo y que no puedo definir... ¡Oh, si estuviera libre de este mal, abarcaría entre mis brazos al mundo!... ¡Pero no tengo reposo! No conozco otro descanso que el sueño, y soy tan desventurado que tengo que concederle más tiempo que enantes. Si me viera libre de mi mal, aun cuando sólo fuese a medias, entonces... No, no lo soportaré ya; quiero morder al destino, que no ha de lograr doblegarme enteramente. ¡Es tan bello vivir mil veces la vida!”[20].

Este amor, este dolor, esta voluntad, estas alternativas de postración y orgullo, estas tragedias interiores aparecen en las grandes obras escritas en 1802: la Sonata con marcha fúnebre, op. 26, la Sonata quasi una fantasía y la Sonata llamada del Claro de Luna, op. 27; la Sonata segunda, op. 31, con sus recitados dramáticos que semejan un grandioso y desolado monólogo; la Sonata en do menor para violín, op. 30, que dedicó al emperador Alejandro; la Sonata a Kreutzer, op. 47, y las seis heroicas y conmovedoras melodías religiosas sobre palabras de Gellert, op. 48. La Segunda Sinfonía, que es de 1803, refleja su amor juvenil con mayor intensidad, y en ella se advierte que su voluntad se impone sobre todo; una fuerza irresistible barre los tristes pensamientos y el final se levanta en impetuoso borbotar de vida. Beethoven quiere ser feliz; no quiere consentir en creer que es irremediable su infortunio: anhela la curación, desea el amor; desborda de esperanzas[21].


En muchas de estas obras sorprende la energía y la insistencia de los ritmos de marcha y de combate, que son muy sensibles, sobre todo en el allegro y en el final de la Segunda Sinfonía, y todavía más en el primer trozo, soberbiamente heroico, de la Sonata al Emperador Alejandro. El carácter marcial, característico de esta música, recuerda la época en que fué escrita: la revolución llegaba a Viena, y Beethoven era arrastrado por ella. “Manifestaba de buena gana en la intimidad—nos dice el caballero Seyfried—su aprobación para los sucesos políticos, que juzgaba con una rara perspicacia, con mirada clara y penetrante”. Todas sus simpatías lo llevaban hacia las ideas revolucionarias; “amaba los principios republicanos”, dice Schindler, el amigo que más lo conoció en el último período de su vida. “Era partidario de la libertad sin limitaciones y de la independencia nacional... Quería que todos cooperasen en el gobierno del Estado... Deseaba para Francia el sufragio universal y confiaba en que Bonaparte lo establecería, echando así los cimientos de la felicidad del género humano”. Revolucionario romano, nutrido en Plutarco, soñaba con una república heroica, fundada por el dios de la Victoria: el Primer Cónsul; y golpe sobre golpe forjó la Sinfonía Heroica: Bonaparte (1804)[22], que es la “Ilíada” del Imperio; y el final de la Sinfonía en do menor (1805-1808), la epopeya de la Gloria. Primera música verdaderamente revolucionaria, el espíritu de la época revive en ella con la intensidad y la pureza que tienen los grandes sucesos en las grandes almas solitarias, cuyas impresiones no son debilitadas por el contacto de la realidad. La figura de Beethoven se muestra en ella iluminada por los resplandores de estas épicas guerras que están expresadas por doquiera, acaso sin quererlo, en las obras de este período: en la Obertura de Coriolano (1807), que tiene soplo de tempestades; en el Cuarto cuarteto, op. 18, cuyo primer trozo tiene tanto parecido con esa obertura; en la Sonata Appassionata, op. 57 (1804), de la cual decía Bismarck: “Si la escuchara yo a menudo, sería más valeroso”[23]; en la partitura de Egmont, y hasta en sus conciertos para piano, en este concierto en mi bemol, cuyo virtuosismo también se hace heroico y en el que parece que pasan ejércitos. ¿Cómo sorprenderse de esto? Si Beethoven ignoraba, al escribir la Marcha fúnebre a la muerte de un héroe (de la Sonata op. 26), que el héroe más digno de sus cantos, aquél que se acercaba más que Bonaparte al modelo de la Sinfonía Heroica, Hoche, acababa de morir cerca del Rhin—al cual domina su monumento funerario, todavía ahora, desde lo alto de una pequeña colina entre Coblenza y Bonn,—había visto en la misma Viena dos veces victoriosa a la revolución. Fueron los oficiales franceses quienes asistieron en noviembre de 1805 al estreno de Fidelio, y el general Hulin, el vencedor de la Bastilla, que se instaló en la casa de Lobkowitz, amigo éste y protector de Beethoven, a quien dedicó la Heroica y la en do menor. Y todavía el 10 de mayo de 1809, Napoleón se hospedó en Schoenbrunn[24]. Bien pronto Beethoven odiará a los conquistadores franceses; pero no por ello sintió menos el fervor de su epopeya, y quien no la sienta como él sólo a medias comprenderá esta música de acción y de imperiales triunfos.

Interrumpió Beethoven bruscamente la Sinfonía en do menor para escribir, de un golpe y sin sus bosquejos habituales, la Cuarta Sinfonía. La felicidad se le había revelado: en mayo de 1806 entró en relaciones con Teresa de Brunswick[25], quien lo amaba desde hacía largo tiempo, porque siendo niña recibía de él lecciones de piano, en los primeros tiempos que vivió éste en Viena. Beethoven era amigo de su hermano el conde Francisco, de quien fué huésped en Mártonvásár, Hungría, en 1806, y fué allá donde él y Teresa comenzaron a amarse. El recuerdo de estos días felices se conserva en algunos relatos de Teresa de Brunswick[26]. “Una noche de domingo, dice ella, después de comer, Beethoven se sentó al piano, a la luz de la luna. Principió por pasar su mano abierta sobre el teclado, que era su manera de preludiar siempre, y que Francisco y yo conocíamos ya. Tocó después algunos acordes en las notas bajas, y lentamente, con una solemnidad misteriosa, ejecutó un canto de Sebastián Bach[27]: ‘Si quieres, darme tu corazón, que sea primero en secreto, y que nadie pueda adivinar nuestro mutuo pensamiento’. Mi madre y el cura se habían dormido; mi hermano miraba en el vacío con gravedad; y yo, bajo el influjo de su canto y de su mirada, sentía la vida en toda plenitud. En la mañana del siguiente día nos encontramos en el jardín, y me dijo: ‘Estoy escribiendo ahora una ópera cuya figura principal está delante de mí, en todas partes por donde voy, en todas partes donde estoy; nunca había alcanzado tal altura, en la que todo es luz, pureza, claridad. Hasta hoy me parecía a ese niño de los cuentos de hadas, entretenido en recoger guijarros, que no veía la flor espléndida que sobre el camino florece...’. En el mes de mayo de 1806 era su novia, sólo con el consentimiento de mi bienamado hermano Francisco”.

La Cuarta Sinfonía, escrita ese año, es una flor pura que guarda el perfume de aquellos días, los más tranquilos de su vida. En ella se ha advertido justamente “la preocupación de Beethoven, entonces, de conciliar, en tanto que fuera posible, su genio con la tradición generalmente conocida y amada de las formas transmitidas por sus predecesores”[28]. El mismo espíritu conciliador, nacido del amor, obraba sobre sus modales y manera de vivir. Ignaz von Seyfried y Grillparzer dicen que estaba pleno de ímpetus, ágil, alegre, espiritual, cortés con los demás, paciente para con los importunos, vestido con rebuscamiento; y los engaña al extremo de que no se dan cuenta de su sordera y dicen que está sano, si no es de su vista, muy debilitada[29]. Tal es la idea que de él nos da un retrato de elegancia romántica y un poco amanerada que por entonces pintó Maehler. Beethoven deseaba agradar, y sabía que agradaba. El león está enamorado, y esconde sus garras; pero se adivina bajo estas apariencias, bajo la fantasía y la ternura de la Sinfonía en si bemol, la fuerza temible, el humor caprichoso y los coléricos arranques.

Esta paz profunda no debía durar; mas el influjo bienhechor del amor se prolongó hasta 1810. Beethoven le debió sin duda su dominio de sí mismo, que hizo entonces producir a su genio los más perfectos frutos: esta tragedia clásica, la Sinfonía en do menor; y este divino ensueño de un día de estío: la Sinfonía Pastoral (1808)[30]. La Appassionata, inspirada en la Tempestad de Shakespeare[31], considerada por él como la más vigorosa de sus sonatas apareció en 1807 y está dedicada al hermano de Teresa. La ensoñadora y fantástica sonata, op. 78 (1809), la dedicó a Teresa. Una carta sin fecha[32] y dirigida A la Inmortal Amada expresa, no menos que la Appassionata, la intensidad de su amor:

“Ángel mío, mi todo, mi yo... tengo el corazón henchido de tantas cosas que decirte... ¡Ah, en donde yo estoy, tú estás siempre conmigo!... Lloro sólo de pensar que no recibirás antes del domingo, probablemente, mis primeras noticias.—Te amo, como tú me amas; pero mucho más... ¡Oh, Dios! ¡Qué vida ésta sin ti! ¡Tan cerca, y tan lejos! Mis pensamientos van hacia ti, mi inmortal amada (Meine unsterbliche Geliebte), jocundos unas veces, tristes después, interrogando al destino, demandándole si nos acogerá benignamente. No puedo vivir si no es contigo, porque de otra manera no vivo... Nunca será de otra mi corazón. ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Oh, Dios mío! ¿por qué es preciso que se alejen los que se aman? Y sin embargo mi vida, como al presente, es una vida de tristezas. Tu amor me ha hecho a un mismo tiempo el más feliz y el más desdichado de los hombres... ¡Está tranquila... está tranquila, y ámame! Ahora, ayer, cuán ardiente aspiración, ¡cuántas lágrimas mías van hacia ti!... a ti... a ti... mi vida, mi todo! ¡Adiós! ¡Continúa amándome, no olvides jamás el corazón de tu amado L. ¡Tuyo eternamente, eternamente mía, por siempre el uno para el otro!”[33].

¿Cuál causa misteriosa impidió la felicidad de estos dos seres que se amaban? Acaso la falta de fortuna, la desigualdad social; acaso Beethoven se sublevó ante la larga espera que se le imponía, y ante la humillación de mantener en secreto su amor indefinidamente; tal vez, violento, enfermo y misántropo como era, hizo sufrir, sin quererlo, a la que amaba, y esto lo desesperó. La promesa de unión se rompió, y, sin embargo, ni el uno ni el otro parece que hayan olvidado nunca su amor. Hasta su último día (murió en 1861), Teresa de Brunswick amó a Beethoven. Y en 1816, Beethoven decía: “Al pensar en ella el corazón me palpita con tanta violencia como en el día que la vi por la primera vez”. De este mismo año son las melodías a la Amada Lejana (an die ferne Geliebte), op. 98, de un carácter tan conmovedor y tan profundo. Escribió en sus notas: “Mi corazón desborda ante el espectáculo de esta admirable naturaleza, y sin embargo Ella no está aquí, a mi lado”. Teresa había dado su retrato a Beethoven con esta dedicatoria: “Al genio extraordinario, al gran artista, al hombre bueno.—T. B.”[34]. En el último año de su vida sorprendió un amigo a Beethoven, solo, besando este retrato con lágrimas en los ojos y hablando en voz alta, como era su costumbre: “¡Eras tan hermosa, tan grande, tan parecida a los ángeles!” Y el amigo se retiró, y cuando regresó un poco más tarde lo encontró sentado al piano y le dijo: “Hoy, mi viejo amigo, no hay nada de diabólico en vuestro rostro”. Beethoven le respondió: “Es que hoy me ha visitado mi ángel”. La herida fué profunda. “Pobre Beethoven, decía él mismo, no es posible que para ti haya felicidad en este mundo. Sólo en las regiones de lo ideal encontrarás amigos”[35].

Escribió en su libro de notas: “Sumisión, sumisión profunda a tu destino: no puedes existir para ti, sino solamente para los demás; para ti la única felicidad posible está en tu arte. ¡Oh, Dios mío, concédeme la fuerza necesaria para vencer!”


Fué, pues, abandonado por el amor. En 1810 se halla de nuevo solo; pero ha alcanzado la gloria y la conciencia de su poder. Está en la fuerza de su edad; se abandona a su humor salvaje y violento, ya sin cuidarse de nada, sin consideraciones al mundo, a las conveniencias sociales, a los juicios de los demás. ¿A quién tiene que temer o agradar? Su fuerza es lo único que le queda, la alegría de su fuerza y la necesidad de emplearla, casi de abusar de ella. “La fuerza, he aquí la moral de los hombres que se elevan por encima del común de los hombres”. Ha reincidido en la negligencia de su vestir, y su libertad de modales se ha hecho más audaz que antes; sabe que tiene el derecho de decirlo todo hasta a los grandes. “No reconozco otro signo de superioridad más que la bondad”, escribió el 17 de julio de 1812[36]. Bettina Brentano, que lo vió entonces, dice que “ningún emperador, ningún rey había tenido una conciencia tal de su fuerza”. Quedó fascinada por su poder: “Cuando lo vi por la vez primera, escribía a Goethe, el universo entero desapareció para mí. Beethoven me hizo olvidar al mundo, y aun a ti mismo, ¡oh Goethe!... Creo no equivocarme al asegurar que este hombre se ha adelantado mucho a la civilización moderna”. Goethe hizo por conocer a Beethoven. Se encontraron en los baños de Bohemia, en Toeplitz, el año de 1812, y no llegaron a comprenderse. Beethoven admiraba apasionadamente el genio de Goethe[37]; pero era su carácter demasiado libre y demasiado violento para acomodarse al de éste y para no herirlo. Ha contado él mismo de un paseo que hicieron juntos, en el cual el republicano orgulloso dió una lección de dignidad al consejero áulico del gran duque de Weimar, quien no se lo perdonó.

“Los reyes y los príncipes pueden muy bien hacer profesores y consejeros privados; pueden muy bien colmarlos de títulos y de condecoraciones; pero no pueden hacer a los grandes hombres, a los espíritus que se elevan por encima del fango del mundo... Y cuando están reunidos dos hombres tales como yo y Goethe, estos señores deben sentir nuestra grandeza. Ayer encontramos en el camino, al regresar, a toda la familia imperial: la vimos de lejos; Goethe se desprendió de mi brazo para detenerse a la orilla de la carretera, y me habría gustado decirle que yo querría no dejarlo dar un paso más. Me hundí entonces el sombrero, me abotoné la levita, y avancé, con los brazos a la espalda, por entre los grupos más espesos. Príncipes y cortesanos formaron valla; el duque Rodolfo se quitó el sombrero delante de mí, y la emperatriz fué la primera en saludarme. Los grandes me conocen. Para mi entretenimiento, vi desfilar la procesión delante de Goethe, que permanecía a la orilla del camino, profundamente inclinado y con el sombrero en la mano. Se lo reprendí en seguida, y no le he perdonado nada...”[38]. Goethe no lo olvidó tampoco[39].

De esta época son la Séptima y la Octava Sinfonías, escritas en pocos meses, en Toeplitz y en 1812; la Orgía del Ritmo y la Sinfonía Humorística, las obras en que quizás se reveló más al natural, o como él decía, más “desabrochado” (aufgeknoepft), con sus transportes de alegría y de furor, sus contrastes imprevistos, sus arranques desconcertantes y grandiosos, sus explosiones titánicas, que arrojaban a Goethe y a Zelter en el espanto[40], y hacían decir de la Sinfonía en la, en la Alemania del Norte, que era la obra de un borracho. Sí, de un hombre ebrio en efecto, pero de fuerza y de genio. “Soy, dijo él mismo, soy Baco, que extrae el delicioso néctar para la humanidad; soy yo quien da a los hombres el divino frenesí del espíritu”. Ignoro si, como lo ha dicho Wagner, quiso pintar en el final de su Sinfonía una fiesta dionisíaca[41]. Reconozco principalmente en esta fogosa “kermesse” la huella de su herencia flamenca, lo mismo que encuentro mucho de su origen en su audaz libertad de lenguaje y de modales, que detona soberbiamente en el país de la disciplina y de la obediencia. En nada puede encontrarse más franqueza y más libertad de poder que en la Sinfonía en la; es un loco despilfarro de energías sobrehumanas, sin objeto, por placer, el placer de un río que desborda y que inunda. En la Octava Sinfonía la fuerza es menos grandiosa, pero más extraña aún y más característica del hombre, porque mezcla la tragedia a la farsa, y pone un vigor hercúleo en juegos y caprichos de niño[42].

El año de 1814 señala el apogeo de los triunfos de Beethoven. En el Congreso de Viena fué considerado como una gloria europea. Tomó parte activa en las fiestas; los príncipes le rendían homenaje, y él dejaba, altivamente, que le hicieran la corte. De ello se alababa con Schindler.

Se sintió enardecido por la guerra de Independencia[43]. En 1813 escribió una sinfonía a la Victoria de Wellington, y al principiar el año de 1814, un coro guerrero, el Renacimiento de Alemania (Germanias Wiedergeburt). El 29 de noviembre de 1814 dirigió, ante un público de reyes, una cantata patriótica: El Momento glorioso (Der glorreiche Augenblick), y compuso para la toma de París, en 1815, un coro: ¡Todo está consumado! (Es ist vollbracht!) Estas obras ocasionales valieron más a su reputación que todo el resto de su producción musical.

El grabado de Blasius Hoefel, hecho según un dibujo del francés Letronne, y la máscara feroz que en 1812 moldeó sobre su rostro Franz Klein, dan una imagen viva de Beethoven en los tiempos del Congreso de Viena. El rasgo dominante de esta cara de león, de recias mandíbulas y de pliegues dolorosos y coléricos, es la voluntad, una voluntad napoleónica. En ellos se reconoce al hombre que decía de Napoleón después de Jena: “¡Qué desgracia que no sepa de la guerra como sé de música! ¡Lo destruiría!” Pero su reino no era de este mundo. “Mi imperio está en las nubes”, como escribía a Francisco de Brunswick. (Mein Reich ist in der Luft)[44].


A esta hora de gloria sucedió el período más triste y miserable. Nunca había sido Viena simpática a Beethoven. Un genio altivo y libre como el suyo no podía sentirse a gusto en esta ciudad artificiosa, de espíritu mundano y mediocre, a la cual Wagner señaló duramente con su desprecio[45]. No perdía ninguna ocasión para alejarse de ella, y hacia 1808 había pensado seriamente en abandonar Austria para dirigirse a la Corte de Jerónimo Bonaparte, rey de Westfalia[46]. Pero Viena abundaba en recursos musicales, y hay que hacerle justicia en este punto, porque hubo siempre en ella nobles dilettanti para sentir la grandeza de Beethoven y para ahorrar a su patria la vergüenza de perderlo. En 1809, tres de los más ricos señores de Viena: el archiduque Rodolfo, alumno de Beethoven; el príncipe Lobkowitz y el príncipe Kinsky, se comprometieron a darle anualmente una pensión de cuatro mil florines, con la condición única de que permanecería en Austria: “Como ha demostrado—decían—que no puede consagrarse enteramente a su arte si no es a condición de verse libre de todo cuidado material, y que sólo en estas circunstancias puede producir estas obras sublimes que son la gloria del arte, los subscritos han tomado la resolución de poner a Ludwig van Beethoven al abrigo de toda necesidad y de retirar así los obstáculos miserables que se podrían oponer al vuelo de su genio”.

Infortunadamente el efecto no correspondió a las promesas, porque esta pensión fué pagada siempre sin puntualidad, y bien pronto dejaron por completo de pagarla. Por otra parte, Viena había cambiado de carácter después del Congreso de 1814; la política distraía del arte a la sociedad, el gusto musical estaba echado a perder por el italianismo, y la moda, que era la de Rossini, trataba de pedante a Beethoven[47]. Sus amigos y protectores se dispersaron o murieron: el príncipe Kinsky, en 1812; Lichnowsky, en 1814, y Lobkowitz en 1816. Rasumowsky, para quien había escrito sus admirables cuartetos, op. 59, dió su último concierto en febrero de 1815. En ese mismo año Beethoven se disgustó con Stephan von Breuning, su amigo de infancia, hermano de Eleonora[48], y, aislado desde entonces, “no tengo amigos y soy solo en el mundo” escribía en sus notas de 1816.

La sordera había llegado a ser completa[49]. Desde el otoño de 1815 ya no podía tener comunicación con los demás, a no ser por escrito. Su cuaderno de conversación más antiguo es de 1816[50]. Conocido es el doloroso relato de Schindler sobre la representación de Fidelio en 1822: “Pidió Beethoven dirigir el ensayo general... desde el dúo del primer acto se evidenció que no oía nada de lo que pasaba en el escenario. Retardaba considerablemente el movimiento, y en tanto que la orquesta seguía su batuta, los cantantes, por su parte, se adelantaban. Esto originó una confusión general. El director habitual de la orquesta, Umlauf, propuso un momento de descanso sin dar ninguna razón, y, después de haber cambiado algunas palabras con los cantantes, se volvió a comenzar. El mismo desorden se produjo de nuevo, y fué necesaria una segunda pausa. La imposibilidad de continuar bajo la dirección de Beethoven era evidente; pero ¿cómo hacérselo comprender? Nadie tenía valor de decirle: ‘Retírate, desventurado, porque no puedes dirigir’. Beethoven, inquieto, agitado, se volvía a derecha y a izquierda, se esforzaba por leer en la expresión de los rostros que lo rodeaban y por comprender dónde estaba el obstáculo; pero por todos lados era el mismo silencio. De pronto me llamó en una forma imperiosa y, cuando estuve cerca de él, me presentó su cuaderno y me hizo señales de que escribiera. Yo tracé estas palabras: ‘Os suplico que no continuéis; en la casa os explicaré por qué’. De un brinco saltó al patio, gritándome: ‘¡Salgamos!’ Corrió sin parar hasta la casa; entró, y se dejó caer inerte en un sofá, cubriéndose el rostro con las dos manos; y así permaneció hasta la hora de comer. En la mesa no fué posible hacerle pronunciar palabra; conservaba la expresión del abatimiento y del dolor más profundo; y cuando, al terminar la comida, quise retirarme, me retuvo expresando el deseo de no quedar solo. En el momento de separarnos me rogó que lo acompañase a la casa de su médico, quien tenía una gran reputación para enfermedades del oído... En todo el demás tiempo de mis relaciones con Beethoven no encuentro un día que pueda ser comparado con este día fatal de noviembre... Había sido herido en pleno corazón, y hasta el día de su muerte vivió con la impresión de esta escena terrible”[51].

Dos años después, el 7 de mayo de 1824, al dirigir la Sinfonía con coros (o mejor, como decía el programa, “tomando parte en la dirección del concierto”), no escuchó nada del tumulto de toda la sala que lo aclamaba; y no se dió cuenta hasta que una de las cantantes le tomó de la mano, lo hizo volverse de frente al público y pudo ver de pronto a todos los espectadores de pie, agitando sus sombreros y batiendo palmas. Un viajero inglés, Russel, que lo vió sentado al piano hacia 1825, dice que cuando quería tocar suavemente las teclas no resonaban, y que era conmovedor observar en este silencio la emoción que lo animaba, en su semblante y en sus dedos crispados.

Recogido en sí mismo[52], separado de todos los demás hombres, sólo podía hallar consuelo en la naturaleza. “Era su única confidente”, decía Teresa de Brunswick; y fué su refugio. Carlos Neate, que lo conoció en 1815, dice que no había visto nunca persona que amase tan profundamente las flores, las nubes, la naturaleza[53]: parecía vivir la vida de ellas. “Nadie en la tierra puede amar los campos tanto como yo, escribía Beethoven... Amo a un árbol más que a un hombre...”. Diariamente, en Viena, daba la vuelta a las fortificaciones. En el campo, de la aurora a la noche, se paseaba solo, sin sombrero, bajo el sol o bajo la lluvia. “¡Oh, Providencia! ¡En los bosques soy feliz, feliz en los bosques en que cada árbol me habla de ti! ¡Dios mío, qué esplendor! En estas florestas, sobre estas colinas, está la calma, la calma necesaria para servirte...”. Su inquietud espiritual encontraba en la naturaleza algún reposo[54]. Estaba asediado por los cuidados de dinero; escribía en 1818: “Estoy casi reducido a la mendicidad, y obligado a aparentar que no carezco de lo necesario”. Y en otra parte: “La sonata op. 106 ha sido escrita en circunstancias agobiadoras. Dura cosa es tener que trabajar para ganarse el pan”. Spohr dice que a menudo no podía salir de casa por estar sus zapatos rotos. Tenía muchas deudas con sus editores y sus obras no le producían nada. La Misa en re, anunciada en subscripción, tuvo siete subscriptores (ninguno músico de ellos)[55]. Apenas recibía treinta o cuarenta ducados por sus admirables sonatas, y cada una le costaba tres meses de trabajo. El príncipe Galitzin le hacía componer sus cuartetos, op. 127, 130, 132, sus obras acaso las más profundas y que parecen escritas con su sangre, y no le pagaba nada. Se agotaba Beethoven en estas dificultades domésticas, en estos procesos sin término, para obtener que se le pagasen las pensiones que le debían, o para conservar la tutela de un sobrino, hijo de su hermano Carlos, que había muerto de tisis en 1815.

Consagraba a este niño toda la necesidad de abnegación que su corazón desbordaba. Pero hasta este cariño le reservaba aún crueles sufrimientos. Se diría que un hado cuidase de renovar incesantemente y de aumentar sus miserias, para que su genio no careciese de alimento. Tuvo que disputar, desde luego, el pequeño Carlos a la madre indigna, que quería arrebatárselo.

“¡Dios mío, escribía, mi amparo, mi defensa, mi único refugio!: lees en las profundidades de mi alma y sabes los dolores que sufro cuando es necesario que yo haga sufrir a quienes quieren disputarme a mi Carlos, ¡mi tesoro![56]. ¡Escúchame, Ser que no sé cómo nombrar; acoge la ardiente plegaria de la más desventurada de tus criaturas!

“¡Oh, Dios mío! ¡mi socorro! ¡Mírame abandonado de la humanidad entera porque no quiero pactar con la injusticia! ¡Concédeme que pueda, para lo por venir, vivir con mi Carlos!... ¡Oh, suerte cruel, implacable destino! ¡No, no, mi desventura no terminará nunca!”

Pues este sobrino, tan apasionadamente amado, se mostró indigno de la confianza de su tío. La correspondencia de Beethoven con él es dolorosa y colérica, como la de Miguel Ángel con sus hermanos, pero más ingenua y más conmovedora:

“¿Debo una vez más ser pagado con la más abominable ingratitud? Pues bien, toda unión queda rota entre nosotros, ¡que sea así! Cuantas personas imparciales lo sepan, te odiarán... si el pacto que nos une te pesa ¡oh Dios! que sea según su voluntad: te abandono a la Providencia; he hecho cuanto podía; puedo comparecer tranquilo ante el Juez Supremo...”[57].

“Mimado como has sido, no te estará mal tratar al fin de ser sencillo y franco; mi corazón ha sufrido mucho por tu conducta hipócrita para conmigo, y me es difícil olvidar... Dios es testigo que sólo sueño con estar a mil leguas de ti, y de este triste hermano, y de esta abominable familia... ya no puedo tener confianza en ti”. Y firma: “Tu padre, por desgracia; pero no, tu padre, nunca”[58].

Mas el perdón venía inmediatamente:

“¡Mi querido hijo! No digamos una palabra más; ven a mis brazos y no escucharás ningún duro reproche... te recibiré con el mismo amor; y en cuanto a lo que haya que hacer por tu porvenir, hablaremos de ello amistosamente. ¡Palabra de honor, no habrá un reproche! De nada servirían y tú no tienes que esperar de mí más que solicitud y ayuda las más cariñosas. Ven, ven hacia el corazón fiel de tu padre.—Beethoven.—Ven inmediatamente que hayas recibido esta carta, ven a la casa”. (Y en el sobre agregaba, en francés: “Si no vinieres, me matarías seguramente”)[59].

“No mientas, le suplicaba, sigue siendo siempre mi hijo bienamado. ¡Qué horrible disonancia si tú me pagases con hipocresía, como se me quiere hacer creer! Adiós; quien no te ha dado la vida, pero que seguramente te la ha conservado y se ha tomado todos los cuidados posibles para velar por tu desarrollo moral, con un cariño más que paternal, te ruega desde el fondo de su corazón que sigas el único y verdadero camino del bien y de lo justo. Tu fiel y buen padre”[60].

Tras de haber acariciado toda clase de sueños acerca del porvenir de este sobrino, que no carecía de inteligencia y a quien quería llevar hacia la carrera universitaria, Beethoven tuvo que consentir a la postre en que fuese un comerciante. Pero Carlos frecuentaba los garitos y se endeudaba.

Por un triste fenómeno, más frecuente de lo que parece, la grandeza moral de su tío, en lugar de hacerle bien le hacía mal, lo exasperaba, lo empujaba a la rebeldía, como decía él mismo con estas palabras terribles, en las cuales a lo vivo se muestra su alma miserable: “He llegado a ser el más malvado, porque mi tío quería que fuese mejor”. En el estío de 1826 llegó a dispararse un tiro de pistola en la cabeza; y él no murió, pero Beethoven estuvo a punto de morir y nunca se le borró la huella de esta impresión espantosa[61]. Carlos curó, vivió hasta el fin, para hacer sufrir a su tío, en la muerte del cual alguna culpa tuvo y en cuya hora final no estuvo presente. “Dios no me ha abandonado nunca”, escribía Beethoven a su sobrino, algunos años antes. “Alguien estará junto a mí para cerrarme los ojos”. Mas este alguien no debía ser aquél a quien llamaba “su hijo”[62].


Desde el fondo de este abismo de tristeza Beethoven se levantó a exaltar la Alegría.

Era el propósito de toda su vida, en el cual ya pensaba, desde 1793, en Bonn[63]. Durante toda su existencia ambicionó cantar la Alegría, y dar cima así a una de sus grandes obras; toda su vida vaciló acerca de la forma exacta que habría de tener el himno y la obra en la cual podría darle cabida. Aun en su Novena Sinfonía estaba lejos de una resolución, y hasta el último instante pensó dejar la Oda a la Alegría para una décima o undécima sinfonía. Se debe advertir bien que la Novena no se intitula, como se dice, Sinfonía con coros, sino Sinfonía con un coro final de la Oda a la Alegría. Pudo pues, debió tener otra conclusión. En julio de 1823 todavía pensaba Beethoven en darle un finale instrumental, que aprovechó en seguida para el cuarteto op. 132. Czerny y Sonnleithner llegan a afirmar que, después de la ejecución (mayo de 1824), Beethoven no había abandonado esta idea.

Grandes dificultades técnicas se le presentaron para la introducción del coro en una sinfonía, y de ello nos dan pruebas los cuadernos de Beethoven y sus ensayos numerosos para hacer entrar las voces de otra manera, y en otro momento de la obra. En los bosquejos de la segunda melodía del adagio[64] escribió: “Tal vez entraría aquí el coro en forma conveniente”. Pero no podía resolverse a separarse de su fiel orquesta: “cuando una idea me viene, decía, la escucho en un instrumento y nunca en las voces”. Por eso aplaza lo más posible el momento de emplearlas, y aun llega a dar a los instrumentos no sólo los recitados del finale[65], sino también el tema mismo de la Alegría.

Pero es preciso ir más adelante en la explicación de estas vacilaciones y de estos aplazamientos, porque la causa es más profunda. Este hombre desventurado, atormentado siempre por la pena, aspiró siempre a cantar la excelsitud de la Alegría; y de año en año aplazaba su labor, sin cesar arrastrado por el torbellino de sus pasiones y por su melancolía. Sólo hasta el último día consiguió realizarlo. ¡Y con cuál grandeza!

En el instante que el tema de la Alegría va a aparecer por la vez primera, la orquesta se detiene bruscamente, se hace un súbito silencio, que da a la entrada del canto un carácter misterioso y divino. Y esto es verdadero: el tema es propiamente un dios. La Alegría desciende del cielo, envuelta en una calma sobrenatural: con su hálito leve acaricia los sufrimientos, y la primera impresión que causa es tan tierna, cuando se desliza en el corazón convaleciente, que puede decirse con el amigo de Beethoven que “dan ganas de llorar al ver sus ojos dulces”. Cuando en seguida pasa el tema a las voces, es en las más bajas en las que primero aparece, con un carácter serio y un poco deprimido; pero poco a poco la alegría se apodera del ser. Es una conquista, una guerra contra el dolor. Y he aquí los ritmos de la marcha, los ejércitos en movimiento, el canto ardiente y anhelante del tenor, todas estas páginas estremecedoras en las cuales se cree percibir el aliento mismo de Beethoven, el ritmo de su respiración y de sus clamores inspirados, cuando recorría los campos componiendo su obra, transportado por un furor demoníaco, como un viejo rey Lear en medio de la tempestad. A la Alegría guerrera sucede el éxtasis religioso, y luego una orgía sagrada, un delirio de amor. Toda una humanidad palpitante que tiende los brazos al cielo levanta clamores poderosos, se lanza hacia la Alegría y la estrecha sobre su corazón.

La obra del titán triunfó sobre la mediocridad pública. La frívola Viena se sintió un momento conmovida, cuando estaba enteramente de parte de Rossini y de las óperas italianas. Beethoven entonces, humillado y entristecido, iba a establecerse en Londres y pensaba hacer ejecutar allá la Novena Sinfonía. Por segunda vez, como en 1809, algunos nobles amigos le suplicaron que no abandonase la patria. “Sabemos, decían, que habéis escrito una nueva composición con música sagrada[66], en la cual expresáis los sentimientos que os inspira vuestra profunda fe”.

“La luz sobrenatural que inunda vuestra grande alma la ilumina. Sabemos, por otra parte, que la corona de vuestras grandes sinfonías se ha enriquecido con otra flor inmortal... Vuestra ausencia, durante estos últimos años, afligía a todos aquéllos que hacia vos tenían vueltas sus miradas[67]. Todos pensaban con tristeza que el hombre de genio, que tan alto se ha levantado sobre los humanos, permanecía silencioso, en tanto que una música extranjera trataba de arraigar en nuestra tierra, haciendo caer en el olvido las producciones del arte alemán... Sólo de vos la nación espera una vida nueva, nuevos laureles y un nuevo reino de la verdad y de lo bello, a despecho de la moda del día... Dadnos la esperanza de ver bien pronto satisfechos nuestros deseos... ¡Y pueda la primavera que se avecina florecer doblemente, gracias a vuestros dones, para nosotros y para el mundo!”[68]. Esta generosa carta demuestra cuál era el poderío no solamente artístico, sino también moral, de que gozaba Beethoven sobre la ”élite“ de Alemania. La primera palabra que acude a sus admiradores para loar su genio, no es la de ciencia, ni la de arte: es la de fe[69].

Estas palabras conmovieron profundamente a Beethoven. No partió. El 7 de mayo de 1824 tuvo lugar en Viena la primera audición de la Misa en re y de la Novena Sinfonía. El éxito fué triunfal y casi tomó un carácter sedicioso. Cuando Beethoven se presentó, fué acogido con cinco salvas de aplausos; y la costumbre, en este país ceremonioso, imponía que sólo se hiciesen tres para saludar la entrada de la familia imperial. Tuvo la policía que poner fin a las manifestaciones. La sinfonía levantó un entusiasmo frenético; muchos lloraban; Beethoven se desvaneció por la emoción después del concierto, y se le llevó a casa de Schindler, donde permaneció amodorrado, vestido, sin comer ni beber, durante toda la noche y la mañana siguiente. Pero el triunfo fué pasajero y los resultados prácticos nulos para Beethoven; el concierto no produjo nada; las dificultades materiales de su vida no tuvieron cambio. Y continuó siendo pobre, enfermo[70] y solitario, pero vencedor[71]. Vencedor de la mediocridad de los hombres, vencedor de su propio destino, vencedor de su dolor.

“¡Sacrifica, sacrifica siempre las naderías de la vida a tu arte! ¡Dios está por encima de todo!” (O Gott über alles!)


Había alcanzado al fin la meta deseada en toda su vida; había alcanzado la alegría. ¿Lograría permanecer en esta cima del alma que domina las tempestades? En realidad tuvo que recaer muchos días en las viejas angustias; en realidad sus últimos cuartetos están plenos de sombras extrañas; y sin embargo, parece que la victoria de la Novena Sinfonía hubiese dejado en él su gloriosa huella. Los proyectos que tenía para el porvenir[72]: la Décima Sinfonía[73], la Obertura al nombre de Bach, la música para la Melusina de Grillparzer[74], para el Odiseo de Korner y para el Fausto de Goethe[75], y el oratorio bíblico sobre Saúl y David, muestran cómo su espíritu era atraído hacia la vigorosa serenidad de los grandes y viejos maestros alemanes: de Bach y de Haendel, y, más aún, hacia la luz del Mediodía, hacia el Sur de Francia o hacia esa Italia que soñaba recorrer[76].

El doctor Spiller, que lo vió en 1826, cuenta que su rostro se había tornado alegre y jovial; y en ese mismo año, cuando Grillparzer le habla por la vez última, es Beethoven quien alienta al poeta abrumado: “¡Ah, le decía éste, si yo tuviese la milésima parte de vuestra fuerza y de vuestra firmeza!” Los tiempos eran duros; la reacción monárquica oprimía a los espíritus. “La censura me ha sacrificado, gemía Grillparzer. Es preciso partir para la América del Norte si se quiere hablar, pensar libremente”. Mas ningún poder bastante fuerte para amordazar el pensamiento de Beethoven. “La palabra está encadenada; pero los sonidos por fortuna son libres todavía”, le escribía el poeta Kuffner. Beethoven es la gran voz libre, la única tal vez del pensamiento alemán de entonces. Y lo sentía así: habla a menudo del deber que tiene de obrar, por medio de su arte, “en favor de la pobre humanidad, de la humanidad del porvenir” (der künftigen Menschheit), de hacerle el bien, de alentarla, de sacudir su sueño, de flagelar su cobardía. “Nuestra época, escribía a su sobrino, tiene necesidad de robustos espíritus para azotar a estos miserables bribones de almas humanas”. El doctor Müller dice, en 1827, que “Beethoven se expresaba siempre con mucha libertad acerca del gobierno, la policía, la aristocracia y hasta el público. La policía lo sabía, pero toleraba sus críticas y sus sátiras como se toleran las ensoñaciones inofensivas, y dejaba tranquilo al hombre cuyo genio tenía tan extraordinario fulgor”[77].

Nada era, pues, capaz de doblegar esta fuerza indomable, que parecía aceptar el dolor como un fuego. La música escrita en estos últimos años, a pesar de las circunstancias penosas en que fué compuesta[78], tiene a menudo un carácter irónico enteramente nuevo, de heroico y alegre desprecio. Cuatro meses antes de su muerte, el último trozo que terminó, en noviembre de 1826, el nuevo finale para el cuarteto op. 130, es alegre, y en verdad esta alegría no es la de todo el mundo. Ora es la risa áspera y entrecortada de que habla Moscheles, ora la sonrisa conmovedora hecha con tantos vencidos sufrimientos. No importa, es un vencedor; no cree en la muerte.

Sin embargo, ella se acercaba. Hacia fines de noviembre de 1826 cogió un resfriado pleurético, y cayó enfermo, en Viena, al retornar de un viaje que emprendiera en invierno para asegurar el porvenir de su sobrino[79].

Sus amigos estaban lejos; encargó a su sobrino que buscara un médico; pero el miserable olvidó la comisión y apenas se acordó de ella dos días después. El médico llegó tarde y atendió mal a Beethoven; durante tres meses su constitución atlética luchó contra el mal; y el 3 de enero de 1827 instituyó a su amado sobrino heredero universal. Se acordó de sus amigos queridos del Rhin; todavía escribía a Wegeler: “...¡Cuánto quisiera decirte! pero estoy demasiado débil. Ya no puedo más que abrazarte en mi corazón, a ti y a tu Lorchen”. La miseria habría ensombrecido sus últimos instantes a no ser la generosidad de algunos amigos ingleses. Se había vuelto muy dulce y muy paciente[80]; en su lecho de agonía, el 17 de febrero de 1827, después de tres operaciones, y mientras esperaba la cuarta[81], escribía con serenidad: “Tengo paciencia y pienso que todo mal trae consigo algún bien”.

El bien fué la liberación, “el fin de la comedia”, como dijo al morir. Digamos nosotros: de la tragedia de su vida.

Murió durante una tempestad, una tempestad de nieve, al fulgor de un relámpago. Una mano extraña cerró sus ojos[82] el 26 de marzo de 1827.


¡Amado Beethoven! Muchos han alabado su grandeza artística; pero es, antes que el primero de los músicos, la fuerza más heroica del arte moderno: es el más grande y el mejor amigo de los que luchan y de los que sufren. Cuando las miserias del mundo nos entristecen, es él quien viene junto a nosotros, como llegaba a sentarse al piano de una madre en duelo, y, sin una palabra, consolaba a la que lloraba con el canto de su queja resignada. Y cuando se apodera de nosotros la fatiga del eterno combate, librado inútilmente contra la mediocridad de los vicios y de las virtudes, es un bien indecible reconfortarse en este océano de voluntad y de fe. Se desprende de él un contagio de valor, de felicidad por la lucha[83], embriaguez de una conciencia que siente en sí misma la presencia de un dios. Parece que en su comunión de todos los instantes con la naturaleza[84] hubiese acabado por asimilarse sus profundas energías. Grillparzer, que admiraba a Beethoven con un sentimiento mezclado de temor, dijo de él: “Fué hasta el punto temible en que el arte se funde con los elementos salvajes y caprichosos”. Lo mismo dice Schumann de la Sinfonía en do menor: “Mientras más se le escucha, ejerce sobre nosotros un influjo invariable, como esos fenómenos de la naturaleza que, por muy frecuentemente que se produzcan, nos llenan siempre de temor y de sorpresa”. Y Schindler, su confidente: “Se posesionó del espíritu de la naturaleza”. Esto es verdad, porque Beethoven es una fuerza de la naturaleza; y un espectáculo de grandeza homérica este combate de una potencia elemental contra todo el resto de la natura.

Su vida toda es comparable a un día de tempestad: al principio, una joven y límpida mañana, con algunos hálitos de languidez apenas; pero ya, en el aire inmóvil, un amago secreto, un presentimiento abrumador. Y bruscamente pasan las grandes sombras, se oyen los trágicos truenos, los silencios zumbadores y temibles, los golpes de furioso viento de la Heroica y de la En do menor. Sin embargo, la pureza del día no se ha perdido aún: la alegría sigue siendo la alegría; la tristeza conserva siempre una esperanza. Pero, después de 1810, el equilibrio del alma se destruye; la luz llega a ser extraña; de los pensamientos más claros se ve ascender como vapores, que se disipan, que de nuevo se concretan, que obscurecen el corazón con su turbación melancólica y caprichosa; algunas veces la idea musical parece que se pierde por completo, ahogada, después de haber emergido una o dos veces de la bruma; y no vuelve a surgir sino al fin del trozo, como en una borrasca. La alegría misma ha tomado un carácter áspero y salvaje; una fiebre, un veneno, se mezclan a todos los sentimientos[85]. La tempestad se prepara, a medida que la tarde desciende; y he aquí las pesadas nubes, henchidas de relámpagos, negras de sombra, preñadas de tempestades, del principio de la Novena. De pronto, en lo más fuerte del huracán, las tinieblas se desgarran, la noche es arrojada del cielo y vuelve la serenidad al día, por un acto de voluntad. ¡Cuál conquista vale como ésta, cuál batalla de Bonaparte, qué sol de Austerlitz alcanza la gloria de este esfuerzo sobrehumano, de este triunfo, el más brillante que haya jamás alcanzado el Espíritu: un desventurado, pobre, enfermo, solitario, el dolor hecho hombre, a quien el mundo rehúsa la alegría, crea la alegría él mismo para darla al mundo! Y la forja con su miseria, como él lo ha dicho con palabras altivas, en las cuales se resume su vida y que son el emblema de toda alma heroica:

“LA ALEGRÍA POR EL SUFRIMIENTO.”
Durch Leiden Freude.

NOTAS:

[1] J. Russel (1822).—Carlos Czerny, que, siendo niño, lo vió en 1801 con una barba de muchos días y una melena salvaje, con un chaquetón y un pantalón de pelo de cabra, creyó encontrar en él a Robinsón Crusoe.

[2] Nota del pintor Kloeber, que hizo su retrato hacia 1818.

[3] “Sus hermosos ojos que hablan, decía el doctor W. C. Müller, ora amables y tiernos, ora extraviados, amenazadores y terribles” (1820).

[4] Kloeber decía: “De Ossian”. Todos estos detalles están tomados de noticias de los amigos de Beethoven, o de viajeros que lo visitaron, como Czerny, Moscheles, Kloeber, Daniel Amadeus Atterbohm, W. C. Müller, J. Russel, Julius Benedict, Rochlitz, etc.

[5] El abuelo Ludwig, el hombre más notable de la familia y aquél a quien Beethoven se parecía más, nació en Amberes y se estableció hacia los veinte años de su edad en Bonn, donde llegó a ser maestro de capilla del príncipe elector. Es preciso no olvidar esto si se quiere comprender la fogosa independencia de la naturaleza de Beethoven y tantos otros rasgos de su carácter que no son propiamente alemanes.

[6] Carta al doctor Schade, de Augsburgo, el 15 de septiembre de 1787. (Nohl, Cartas de Beethoven, II).

[7] Decía más tarde (en 1816): “¡Es un pobre hombre aquél que no sabe morir! Cuando apenas tenía yo quince años, ya lo sabía”.

[8] Reproducimos en el Apéndice algunas de estas cartas.—Beethoven encontró también un amigo y un consejero excelente en Christian-Gottlob Neefe, su maestro, cuya nobleza moral no tuvo menos influjo sobre él que la amplitud de su inteligencia artística.

[9] A Wegeler, el 29 de junio de 1801. (Nohl, XIV).

[10] Había hecho ya un corto viaje en la primavera de 1787. Visitó entonces a Mozart, quien parece que le concedió poca atención. Haydn, a quien había conocido en Bonn, en diciembre de 1790, le dió algunas lecciones. Tomó también Beethoven por maestros a Albrechtsberger y Salieri. El primero le enseñó el contrapunto y la fuga, y el segundo a escribir para las voces.

[11] Apenas comenzaba a presentarse en público. Su primer concierto en Viena, como pianista, fué el 30 de marzo de 1795.

[12] A Wegeler, el 29 de junio de 1801. (Nohl, XIV). “Ninguno de mis amigos debe carecer de nada, en tanto que yo tenga algo”, escribía a Ries, hacia 1801. (Nohl, XXIV).

[13] En el Testamento de 1802, Beethoven dice que hacía seis años que el mal había comenzado, o sea, por consecuencia, en 1796. Advirtamos de paso que, en el catálogo de sus obras, la op. 1 (tres tríos) es sólo anterior a 1796. La op. 2, las tres primeras sonatas para piano, aparecen en marzo de 1796. Se puede, por tanto, decir que toda la obra de Beethoven es del Beethoven sordo.

Véase acerca de la sordera de Beethoven un artículo del doctor Klotz Forest, en la Chronique Médicale de 15 de mayo de 1905. El autor del artículo cree que el mal tuvo origen en una afección general hereditaria (acaso en la tisis de la madre). Diagnostica un catarro en las trompas de Eustaquio, hacia 1796, que se transformó en 1799 en una otitis semiaguda; mal cuidada se convirtió en otitis catarral crónica, con todas sus consecuencias. La sordera aumenta sin llegar nunca a ser completa. Beethoven percibía los sonidos graves mejor que los sonidos agudos. En sus últimos años se servía, se dice, de una varilla de madera cuya extremidad colocaba sobre la caja de su piano, sujetándola por la otra con los dientes. Usaba de este procedimiento para oír cuando componía.

Véase sobre la misma cuestión: C. G. Kunn: Wiener medizinische Wochenschrift, febrero-marzo de 1892; Wilibald Nagel: Die Musik (marzo de 1902).

Se conservan en el museo Beethoven, de Bonn, los instrumentos acústicos que para él fabricó el mecánico Maelzel, hacia 1814.

[14] Nohl, Cartas de Beethoven, XIII.

[15] Nohl, Cartas de Beethoven, XIV. (Véase en el Apéndice).

[16] A Wegeler, el 16 de noviembre de 1801. (Nohl, XVIII).

[17] Ella no tuvo empacho, después, en aprovechar el antiguo amor de Beethoven en favor de su marido. Beethoven ayudó a Gallenberg. “Era mi enemigo, y justamente por esa razón le hice todo el bien que pude”, decía a Schindler en uno de sus cuadernos de conversación de 1821. Pero después la despreció: “Cuando llegué a Viena, escribía en francés, ella me fué a ver, llorando; pero yo la desprecié”.

[18] 6 de octubre de 1802. (Nohl, XXVI). Véase en el Apéndice.

[19] “Recomendad a vuestros hijos la virtud, porque sólo ella nos puede hacer felices, y no el dinero. Hablo por experiencia. Sólo ella me ha sostenido en la miseria y a ella debo, tanto como a mi arte, no haber terminado mi vida en el suicidio”. Y en otra carta del 2 de mayo de 1810, a Wegeler: “Si no hubiese yo leído en alguna parte que el hombre no debe separarse voluntariamente de la vida, por todo el tiempo en que aún pueda realizar una buena acción, hace ya mucho tiempo que yo no existiría, y sin duda por mi propia voluntad”.

[20] A Wegeler. (Nohl, XVIII).

[21] La miniatura de Hornemann, que es de 1802 muestra a Beethoven a la moda de la época, con patillas, el cabello cortado a la Tito, el aire fatal de un héroe byroniano; pero con la tensión de voluntad napoleónica que no cede nunca.

[22] Se sabe que la Sinfonía Heroica fué escrita sobre Bonaparte y para él, y que el primer manuscrito lleva aún el título: Buonaparte. Entretanto Beethoven tuvo noticia del coronamiento de Napoleón, y entró en furor: “¡No es más que un hombre ordinario”, clamó, y en su indignación hizo pedazos la dedicatoria y escribió este título vengador y conmovedor a la vez: “Sinfonía Heroica... para celebrar el recuerdo de un gran hombre”. (Sinfonía eroica... composta per festeggiare il sovvenire di un grand' uomo.) Schindler cuenta que después se calmó un poco su desprecio hacia Napoleón; no vió ya en él más que un desventurado digno de compasión, un Ícaro precipitado del cielo. Cuando supo la catástrofe de Santa Elena, en 1821, dijo: “Hace diecisiete años que yo escribí la música que conviene a este triste suceso”. Se complacía en reconocer en la Marcha Fúnebre de su Sinfonía un presentimiento del fin trágico del conquistador. Es, pues, muy probable que la Sinfonía Heroica, y sobre todo su primer trozo, era en el pensamiento de Beethoven una especie de Bonaparte, muy diferente del modelo, sin duda; pero tal como lo imaginaba y como lo habría querido: el genio de la revolución. Beethoven repite, por otra parte, en el final de la Heroica, una de las frases principales de la partitura que ya había escrito para el héroe revolucionario por excelencia, el dios de la libertad: Prometeo (1801).

[23] Roberto de Keudell, exembajador de Alemania en Roma: Bismarck y su familia, 1901, traducción francesa de E. B. Lang. Roberto de Keudell tocó esta sonata a Bismarck, en un mal piano, el 30 de octubre de 1870, en Versalles. Bismarck decía de la primera frase de la obra: “Son estas las luchas y los sollozos de toda una vida”. Prefería a Beethoven entre los músicos y más de una vez afirmó: “Beethoven es quien mejor conviene a mis nervios”.

[24] La casa de Beethoven estaba cerca de las fortificaciones de Viena, que Napoleón quiso derribar después de la toma de la ciudad. “¡Qué vida salvaje, qué de ruinas en torno mío!—escribe Beethoven a los editores Breitkopf y Haertel, el 26 de junio de 1809:—sólo tambores, trompetas, miserias de todas clases!”

Ha llegado hasta nosotros un retrato de Beethoven, de esta época, hecho por un francés que lo vió en Viena, en 1809: el barón de Trémont, auditor del Consejo de Estado. Hace una descripción pintoresca del desorden que reinaba en la habitación de Beethoven. Charlaron de filosofía, de religión, de política, “y sobre todo de Shakespeare, su ídolo”. Beethoven se mostraba muy dispuesto a seguir a Trémont a París, cuyo Conservatorio sabía que ejecutaba sus sinfonías y donde tenía admiradores entusiastas. (Véase en el Mercure musical de 1.º de mayo de 1906, Une visite a Beethoven, por el barón de Trémont, publicada por J. Chantavoine).

[25] O más exactamente Teresa Brunsvik. Beethoven había conocido a los Brunsvik en Viena, entre 1796 y 1799. Giulietta Guicciardi era prima de Teresa. Beethoven parece que también se enamoró, durante algún tiempo, de una hermana de Teresa, Josefina, que casó con el conde Deym y en segundas nupcias con el barón Stackelberg. Se encontrarán los detalles más vivos sobre la familia Brunsvik en un artículo de Andrés de Hevesy: Beethoven et l’immortelle Bien-aimée. (Revue de Paris, 1.º de mayo y 15 de marzo de 1910). Hevesy utilizó para este estudio las memorias manuscritas y los papeles de Teresa, conservados en Mártonvásár, Hungría. Al mostrar la afectuosa intimidad de Beethoven con los Brunsvik trae a discusión su amor a Teresa; pero sus argumentos no parecen convincentes, y me reservo a discutirlos algún día.

[26] Mariam Tenger: Beethoven’s unsterbliche Geliebte. Bonn, 1890.

[27] Es el aire admirable que figura en el Álbum de la mujer de J. S. Bach, Ana Magdalena (1725), con el título de Aria di Giovannini. Se ha discutido que se le atribuya a J. S. Bach.

[28] Nohl, Vie de Beethoven.

[29] Beethoven era miope en efecto. Ignaz von Seyfried dice que la debilidad de su vista la había originado la viruela y le obligaba, siendo muy joven, a usar anteojos. La miopía debió contribuir a dar el carácter de extravío de sus ojos. Sus cartas en 1823 y 1824 contienen quejas frecuentes acerca de sus ojos, que lo hacen sufrir. Véanse los artículos de Christian Külischer: Beethovens Augens und Augenleiden. (Die Musik 15 de marzo y 1.º de abril de 1902).

[30] La música de escena para el Egmont de Goethe fué comenzada en 1809. Beethoven habría querido escribir también la música de Guillermo Tell; pero se prefirió a Gyrowetz.

[31] Conversación con Schindler.

[32] Pero escrita, a lo que parece, en Korompa, en casa de los Brunsvik.

[33] Nohl. Cartas de Beethoven, XV.

[34] Este retrato se encuentra todavía ahora en la casa de Beethoven, en Bonn. Está reproducido en la Vie de Beethoven por Frimmel, página 29, y en el Musical Times, del 15 de diciembre de 1892.

[35] A Gleichenstein. (Nohl, Neue Briefe Beethovens, XXXI).

[36] “El corazón es la palanca para todo lo que hay de grande”. (A Giannatasio del Rio. Nohl, CLXXX).

[37] “Las poesías de Goethe me hacen feliz”, escribía a Bettina Brentano el 19 de febrero de 1811. Y en otra parte: “Goethe y Schiller son mis poetas preferidos, con Ossian y Homero, a quienes desgraciadamente no puedo leer sino en traducciones”. (A Breitkopf y Haertel, 8 de agosto de 1809. Nohl, Neue Briefe, LIII). Debe advertirse cuánto, a pesar de lo descuidado de su educación, era seguro el gusto literario de Beethoven. Fuera de Goethe, de quien se ha dicho que se le parecía por “grande, majestuoso, siempre en re mayor”, y por encima de Goethe amaba a tres hombres: Homero, Plutarco y Shakespeare. De Homero prefería “La Odisea”. Leía continuamente a Shakespeare en la traducción alemana y ya se sabe con cuál trágica grandeza tradujo en música a Coriolano y la Tempestad. En cuanto a Plutarco, se nutría en sus páginas como los hombres de la Revolución. Bruto era su héroe tal como lo fué de Miguel Ángel; tenía su estatuilla en su alcoba. Amaba a Platón y soñaba en establecer su República en el mundo entero. “Sócrates y Jesús han sido mis modelos”, dijo alguna vez. (Conversaciones de 1819 y 1820).

[38] A Bettina von Arnim. (Nohl, XCI).

[39] “Beethoven, decía Goethe a Zelter, es desgraciadamente una personalidad indomable; sin duda no se equivoca al hallar el mundo detestable; pero no es el medio de hacerlo agradable para él y para los demás. Es preciso excusarlo y compadecerlo, porque es sordo”. No hizo nada contra Beethoven después, pero tampoco nada en su favor, y guardó completo silencio sobre su obra y hasta sobre su nombre. En el fondo lo admiraba, pero temía su música, que le producía turbación; tenía miedo de que le hiciera perder la paz de su alma, que había conquistado a precio de tantas penas y que, contra la opinión corriente, nada tenía de natural. Una carta del joven Félix Mendelssohn, que pasó por Weimar en 1830, descubre inocentemente las profundidades de esta alma turbada y apasionada (leidenschaftlicher Sturm und Verworrenheit como Goethe mismo decía, que una inteligencia vigorosa dominaba).

“...Desde luego, escribía Mendelssohn, no quería hablar de Beethoven; pero le fué preciso pasar por ello y escuchar el primer trozo de la Sinfonía en do menor, que lo emocionó de modo extraño. Quería ocultar su emoción y se contentó con decirle: ‘Esto no conmueve y no hace más que sorprender’. Al cabo de algún tiempo, añadió: ‘Es grandioso, insensato; se diría que la casa va a derrumbarse’. Llegó la hora de comer, y durante la comida permaneció pensativo hasta el momento en que, volviendo de nuevo a Beethoven, se puso a interrogarme, a examinarme. Vi bien el efecto que le había producido...”. (Sobre las relaciones de Goethe y de Beethoven, véanse diversos artículos de Frimmel).

[40] Carta de Goethe a Zelter, el 2 de septiembre de 1812. De Zelter a Goethe, de 14 de septiembre de 1812: “Auch ich bewundere ihn mit Schrecken”. “Yo también lo admiro con espanto”. Zelter escribió en 1819 a Goethe: “Se dice que está loco”.

[41] Es en todo caso un tema en el cual Beethoven había pensado, porque lo encontramos en sus notas, y, particularmente, en sus proyectos de una Décima Sinfonía.

[42] Contemporánea, y acaso inspiradora, a las veces, de estas obras fué su intimidad, tan tierna, con la joven cantante berlinesa Amalia Sebald.

[43] Muy distinto de él en esto, Schubert había escrito en 1807 una obra de ocasión “en honor de Napoleón el Grande”, y él mismo dirigió la ejecución ante el emperador.

[44] “No os diré nada de nuestros monarcas y de sus monarquías”, escribía a Kauka durante el Congreso de Viena. “Para mí el imperio del espíritu es el más amado de todos; es el primero de todos los reinados temporales y espirituales”. (Mir ist das geistige Reich das Liebste, und der Oberste aller geistlichen und weltlichen Monarchien.)

[45] “¿Viena, no es decir todo? Toda huella del protestantismo alemán se borra aquí; hasta el acento nacional está perdido, italianizado. El espíritu alemán, las maneras y las costumbres alemanas, explicadas por los manuales de origen italiano y español... ¡Es el país de una historia falsificada, de una ciencia falsificada, de una religión falsificada... un escepticismo frívolo, que debía aniquilar y sepultar el amor a la verdad, al honor, a la independencia!” (Wagner, Beethoven, 1870). Grillparzer escribió que era una desgracia haber nacido austriaco. Los grandes compositores alemanes de fines del siglo XIX, que vivieron en Viena, sufrieron cruelmente por el espíritu de esta ciudad, abandonada al culto farisaico de Brahms. La vida de Bruckner allá fué un largo martirio; Hugo Wolf, que se debatía furiosamente antes de sucumbir, expresó sobre Viena juicios implacables.

[46] El rey Jerónimo había ofrecido a Beethoven una pensión de seiscientos ducados de oro, vitalicia, y dietas de viaje por ciento cincuenta ducados de plata, a cambio del compromiso único de tocar algunas veces delante de él y de dirigir sus conciertos de música de cámara, que no debían ser ni largos ni frecuentes. (Nohl, XLIX). Beethoven estuvo a punto de partir.

[47] El Tancredo de Rossini bastó a conmover todo el edificio de la música alemana. Bauernfeld, citado por Ehrhard, anota en su Diario este juicio, que era corriente en los salones de Viena, en 1816: “Mozart y Beethoven son dos viejos pedantes; la tontería de la época precedente les gustaba; y sólo después de Rossini se sabe lo que es la melodía. Fidelio es una inmundicia; no es posible comprender que se dé uno la pena de fastidiarse yendo a escucharlo”.

Beethoven dió su último concierto, como pianista, en 1814.

[48] En el mismo año Beethoven perdió a su hermano Carl: “Amaba tanto la vida, cuanto yo tendría placer en perder la mía”, escribía a Antonia Brentano.

[49] Además de la sordera, su salud empeoraba de día en día. Desde octubre de 1816 estaba muy enfermo de un catarro inflamatorio; durante el estío de 1817 su médico le dijo que era una enfermedad del pecho; y durante el invierno de 1817-1818 se atormentaba con el temor de la tisis. Siguieron después los reumatismos agudos en 1820-1821, una ictericia en 1821 y una conjuntivitis en 1823. Beethoven escribió a Franz Brentano, el 12 de noviembre de 1821 (cuando estaba en plena composición de la Misa en re): “Desde el año pasado hasta hoy he estado siempre enfermo... Ahora estoy un poco mejor, a Dios gracias, y me parece que puedo vivir de nuevo para mi arte, lo que propiamente hablando no ha sido, desde hace dos años, por falta de buena salud, como también por tantos otros sufrimientos”.

[50] Adviértase que de este año data, en su música, un cambio de estilo, inaugurado por la sonata op. 101. Los cuadernos de conversación de Beethoven, que forman más de once mil páginas manuscritas, se encuentran reunidos actualmente en la Biblioteca Real de Berlín.

[51] Schindler, que llegó a ser desde 1819 amigo íntimo de Beethoven, había entrado en relaciones con él en 1814; pero había costado mucha pena a Beethoven concederle su amistad; lo trataba, además, con altivo menosprecio.

[52] Véanse las admirables páginas de Wagner sobre la sordera de Beethoven. (Beethoven, 1870).

[53] Amaba a los animales y tenía piedad de ellos. La madre del historiador Von Frimmel contaba que mucho tiempo sintió rencor involuntario contra Beethoven, porque cuando ella era pequeña él espantaba con su pañuelo las mariposas que quería coger.

[54] Se encontraba siempre mal alojado. En treinta y cinco años cambió treinta veces de casa en Viena.

[55] Beethoven se había dirigido personalmente a Cherubini, que era “de sus contemporáneos aquél a quien más estimaba”. (Nohl, Cartas de Beethoven, CCL). Cherubini no le contestó.

[56] “Yo no me vengo nunca, escribía también a la señora Streicher. Cuando me veo obligado a obrar contra los demás, no hago sino lo estrictamente necesario para defenderme, o para impedirles hacer mal”.

[57] Nohl, CCCXLIII.

[58] Nohl, CCCXIV.

[59] Nohl, CCCLXX.

[60] Nohl, CCCLXII-LXVII. Una carta que acaba de encontrar en Berlín M. Kalischer, muestra con qué pasión Beethoven ambicionaba hacer de su sobrino “un ciudadano útil al Estado”. (De primero de febrero de 1819).

[61] Schindler, que lo vió entonces, dice que se volvió súbitamente como un viejo de setenta años, gastado, sin fuerza, sin voluntad. Habría muerto si Carlos hubiera muerto. Murió pocos meses después.

[62] El dilettantismo de nuestro tiempo no ha dejado de procurar la rehabilitación de este pillo. Esto no puede sorprender.

[63] Carta de Fischenich a Charlotte Schiller (enero de 1803). La oda de Schiller había sido escrita en 1785. El tema actual aparece en 1808, en la Fantasía para piano, orquesta y coro, op. 80, y en 1810 en el Lied sobre palabras de Goethe: Kleine Blumen, kleine Blaetter. He visto en un cuaderno de notas de 1812, propiedad del doctor Erich Prieger, en Bonn, entre los bosquejos de la Séptima Sinfonía y un proyecto de obertura de Macbeth, un ensayo de adaptación de las palabras de Schiller al tema que utilizó más tarde en la obertura op. 115 (Namensfeier). Algunos de los motivos instrumentales de la Novena Sinfonía aparecen antes de 1815; y en fin, el tema definitivo de la Alegría está anotado en 1822, así como todos los demás aires de la Sinfonía, salvo el trío, que viene después, en seguida del andante moderato, y por último el adagio que aparece al final.—Sobre el poema de Schiller y sobre la falsa interpretación que acerca de él se ha querido dar, en nuestro tiempo, substituyendo la palabra Freude (Alegría) por la palabra Freiheit (Libertad), véase un artículo de Carlos Andler en Pages Libres (8 de julio de 1905).

[64] Biblioteca de Berlín.

[65] Also ganz so als standen Worte darunter. (“Enteramente como si hubiera en ellos palabras”).

[66] La Misa en re, op. 123.

[67] Beethoven, agobiado por los trajines domésticos, la miseria, los cuidados de todo género, no escribió en cinco años, de 1816 a 1821, más que tres obras para piano (op. 101, 102, 106). Sus enemigos decían que estaba agotado; se volvió a entregar al trabajo en 1821.

[68] En febrero de 1824. Firmaron: Príncipe C. Lichnowski, conde Mauricio Lichnowski, conde Mauricio de Fries, conde M. de Dietrichstein, conde F. de Palfy, conde Czernin, Ignacio Edler de Mosel, Carlos Czerny, abate Stadler, A. Diabelli, Artaria y C., Steiner y C., A. Streicher, Zmeskall, Kiesewetter, etc.

[69] “Mi carácter moral es conocido públicamente”, contestó con altivez Beethoven al municipio de Viena el 1.º de febrero de 1819, para reivindicar su derecho a la tutela de su sobrino. “Hasta los escritores distinguidos como Weissenbach, han juzgado que valía la pena consagrarle algunas páginas”.

[70] En agosto de 1824 estaba asediado por el temor de morir bruscamente de un ataque, “como mi querido abuelo, a quien tanto me parezco”, escribió el 16 de agosto de 1824 al doctor Bach. Sufría mucho del estómago. Estuvo muy mal durante el invierno de 1824-1825. En mayo de 1825 tuvo expectoraciones de sangre y hemorragias de la nariz. El 9 de junio de 1825 escribió a su sobrino: “Mi debilidad llega a menudo al extremo... La señora de la guadaña no tardará en venir”.

[71] La Novena Sinfonía fué ejecutada por la primera vez, en Alemania, en Francfort, el 1.º de abril de 1825; en Londres, el 25 de marzo de 1825; en París, el 27 de marzo de 1831, en el Conservatorio. Mendelssohn, a los 17 años, la ejecutó en una audición de piano en la Jaegerhalle de Berlín, el 14 de noviembre de 1826. Wagner, estudiante en Leipzig, la recogió entera de su mano; y, en una carta de 6 de octubre de 1830 al editor Schott, le ofreció una reducción de la sinfonía para piano a dos manos. Se puede decir que la Novena Sinfonía decidió la vida de Wagner.

[72] “Apolo y las Musas no querrán abandonarme aún a la muerte, ¡porque es tanto lo que les debo todavía! Es preciso que antes de mi partida para los Campos Elíseos deje tras de mí lo que el Espíritu me inspira y me ha ordenado cumplir. Me parece que apenas he escrito algunas notas”. (A los hermanos Schott, el 17 de septiembre de 1824. Nohl, Neue Briefe, CCLXXII).

[73] Escribió Beethoven a Moscheles, el 18 de marzo de 1827: “Una sinfonía bosquejada por completo está en mi pupitre, con una nueva obertura”. Este bosquejo no ha sido encontrado nunca. Se lee únicamente en sus notas: “Adagio cántico. Canto religioso para una sinfonía a la manera antigua (Herr Gott dich loben wir.Alleluja), sea como trozo independiente, o como introducción a una fuga. Esta sinfonía podría ser caracterizada por la entrada de las voces, bien en el finale, bien desde el adagio. Los violines de la orquesta, etc., decuplicados para los últimos movimientos. Hacer entrar las voces una a una, o repetir en cierta manera el adagio, en los últimos movimientos. Para texto del adagio un mito griego, o un cántico eclesiástico; en el allegro, fiesta a Baco”. (1818). Como se ve la conclusión coral estaba entonces reservada para la Décima y no para la Novena Sinfonía. Más tarde dijo que quería realizar en su Décima Sinfonía “la reconciliación del mundo moderno con el mundo antiguo, lo mismo que Goethe había intentado en su Segundo Fausto”.

[74] El tema es la leyenda de un caballero que está enamorado y cautivo de una hada, y que sufre la nostalgia de la libertad. Hay analogías entre el poema y el de Tannhaüser. Beethoven trabajó en ella de 1823 a 1826. (Véase A. Ehrhard, Franz Grillparzer, 1900).

[75] Tenía Beethoven desde 1808 el designio de escribir la música de Fausto. (La primera parte del Fausto acababa de publicarse, con título de Tragedia, en el otoño de 1807). Era éste su más caro proyecto. (Was mir und der Kunst das Hoechste ist.)

[76] “¡El Mediodía de Francia! ¡Allá está! ¡Allá está!” (Südliches Frankreich, dahin! dahin!) (Cuaderno de la Biblioteca de Berlín).... “...Partir de aquí: sólo con esta condición podrás de nuevo elevarte a las altas regiones de tu arte... una sinfonía, después partir, partir, partir... En el estío, trabajar para el viaje... Recorrer Italia, la Sicilia, con algún otro artista”. (Id.)

[77] En 1819 estuvo a punto de ser perseguido por la policía, por haber dicho en voz alta, “que después de todo Cristo no había sido más que un judío crucificado”. Escribía entonces la Misa en re; y es bastante decir de la libertad de sus inspiraciones religiosas. En cuanto a sus opiniones políticas, Beethoven atacaba audazmente los prejuicios y los vicios del Gobierno; le reprochaba, entre otras cosas, la organización de la justicia, arbitraria y servil, llena de trabas por un largo procedimiento; la policía, que tendía constantemente a propasarse de sus atribuciones; la burocracia bizarra e inerte, que mataba toda iniciativa individual y paralizaba la acción; los privilegios de una aristocracia degenerada, tenaz en arrogarse exclusivamente los más altos puestos del Estado; la impotencia del soberano para proveer al bienestar de los ciudadanos. Parece que sus simpatías en materia política estaban entonces por Inglaterra.

[78] El suicidio de su sobrino.

[79] Véase sobre La última enfermedad y la muerte de Beethoven un artículo del doctor Klotz-Forest, en la Chronique Médicale de 1.º y 15 de abril de 1906. Se tienen informaciones muy precisas por los Cuadernos de Conversación, en los cuales están escritas las preguntas del doctor, y por el relato del médico mismo (Dr. Wawruch), publicado con el título de: Aerztlicher Rückblick auf L. V. B. letzte Lebenstage en la Wiener Zeitschrift, en 1842 (fechado el 20 de mayo de 1827). Hubo dos fases en la enfermedad: primero, accidentes pulmonares, que parece fueron detenidos después de seis días; “el séptimo día se sintió suficientemente bien para levantarse, caminar, leer y escribir; y segundo, perturbaciones digestivas, complicadas con perturbaciones de la circulación.”

“El octavo día lo encontré aniquilado, con el cuerpo todo amarillo. Un violento acceso de diarrea, complicado con vómitos, estuvo a punto de acabar con su vida en la noche. A partir de este momento, la hidropesía se desarrolló. Para esta recaída hubo causas morales que son mal conocidas. Una cólera violenta, un sufrimiento profundo, determinado por la ingratitud que había tenido que sufrir, y un ultraje inmerecido, habían determinado esta explosión”, dice el doctor Wawruch. “Temblando, con estremecimientos, estaba encorvado por el dolor que le desgarraba las entrañas”. Resumiendo estas diversas observaciones, el doctor Klotz-Forest diagnostica, tras de un ataque de congestión pulmonar, la cirrosis atrófica de Laennec (enfermedad del hígado), ascitis y edema de los miembros inferiores. Cree que el uso inmoderado de las bebidas espirituosas contribuyó a agravar el mal. Ésta era ya la opinión del doctor Malfatti: “Sedebat et bibebat”.

[80] Los recuerdos del cantante Luis Cramolini, que acaban de ser publicados, cuentan una emocionante visita a Beethoven durante su última enfermedad, en la cual Beethoven se mostró con una serenidad y una bondad conmovedoras. (Véase la Frankfurter Zeitung, de 29 de septiembre de 1907).

[81] Las operaciones se le hicieron el 20 de diciembre, el 8 de enero, el 2 y el 27 de febrero. El pobre hombre, en su lecho de muerte, estaba devorado por las chinches. (Carta de Gerhard von Breuning).

[82] El joven músico Anselmo Hüttenbrenner.“¡Alabado sea Dios!”,—escribió Breuning.—“Démosle gracias por haber puesto fin a este prolongado y doloroso martirio”.—Todos los manuscritos, libros y muebles de Beethoven fueron vendidos en remate, en 1575 florines. El catálogo comprendía doscientos cincuenta y dos números de manuscritos y de libros musicales que no sobrepasaron la suma de novecientos ochenta y dos florines, treinta y siete kreutzer. Los Cuadernos de Conversación y los Tagebücher fueron vendidos en un florín, veinte kreutzer. Entre sus libros Beethoven poseía, de Kant, Naturgeschichte und Theorie des Himmels; de Bode, Anleitung zur Kenntnis des gestirnten Himmels; Thomas von Kempis, Nachfolge Christi. La censura se apoderó de: Seume, Spaziergang nach Syrakus; Kotzebue, Ueber den Adel; Fessler, Ansichten von Religion und Kirchentum.

[83] “Soy feliz todas las veces que venzo alguna dificultad”. (Carta a la Inmortal Amada). “Querría vivir mil veces la vida... Yo no nací para una vida tranquila”. (A Wegeler, el 16 de noviembre de 1801).

[84] “Beethoven me enseñó la ciencia de la naturaleza y me dirigió en este estudio como en el de la música. No eran las leyes de la naturaleza, sino su poder elemental, lo que lo maravillaba”. (Schindler.)

[85] “¡Oh, es tan bella la vida; pero la mía está para siempre envenenada!” (vergiftet). (Carta del 2 de mayo de 1810, a Wegeler).