ESCENA III.
PAULINA, SU ABUELA.
PAULINA. Abuela, Dios guarde á usté.
ABUELA. Muchacha, tú por aquí?
PAULINA. Hemos de hablar.
ABUELA. Sobre qué?
PAULINA. ¿Sobre qué? ¡Triste de mí!
No sé qué fuego me sube,
Se me oprime el corazon….
ABUELA. Huy! huy! la misma cancion
Que yo con tu abuela tuve.
PAULINA. La paciencia se me acaba.
¿Se rie de mi agonía?
ABUELA. Tambien tu abuela reia
Cuando yo así me quejaba.
PAULINA. Por Dios, venga usted acá:
¿Qué es esto que así me inquieta?
ABUELA. Cuando tengas una nieta …
Tu nieta te lo dirá.
PAULINA. Mi madre al mirar mi tédio,
Me mandó hablar con usté….
ABUELA. Pues, chica, á tu madre vé
Que ella sabe ya el remedio.
No te apesares, Paulina;
Trás esta viene otra edad:
El tiempo es la enfermedad
Y el tiempo es la medicina
Pasemos á la visita de los establecimientos públicos, luego seguirán las curiosidades estadísticas, y terminarémos este largo dia con la noticia de los monumentos más notables.
Los mataderos nos han dejado atónitos. Para que el lector se forme una idea del incalculable movimiento que allí debe haber, de la sangre que allí se debe derramar, bastará decir que de allí han salido en el año pasado sobre ciento veintisiete millones de libras de carne. La carne de vaca, de ternera, de cerdo y de cabrito, entró en esta cifra por ciento trece millones de libras, ó sea cuatro millones y medio de arrobas. ¿Cuántas cabezas de ganado supone aquel guarismo monstruoso? Si el matar á los animales fuera realmente una culpa, como creian no pocos filósofos de la antigüedad, los mataderos de Paris serian una herejía tan grande, que bastaran ellos solos para que se condenara irremisiblemente toda la Europa. En fin, sepan, tambien mis lectores, que esta municipalidad recibe de los mataderos y de los mercados una contribucion anual que no baja de veinte millones de reales.
En el Monte-Pio se han empeñado un millon trescientos mil objetos, y se han renovado trescientas cuarenta mil papeletas, cuyas operaciones suponen un total de más de millon y medio de artículos.
Los empeños han importado noventa y seis millones, y las renovaciones cerca de treinta y tres, de modo que la cifra total de las operaciones no baja de ciento veintinueve, a ciento treinta millones de reales.
Se han vendido setenta y seis mil objetos, por valor de cinco millones. Los sueldos y honorarios de los empleados importan anualmente de cincuenta y cinco á sesenta mil duros.
En cuanto á los hospicios y hospitales, nos han asegurado personas fidedignas y autorizadas, que las familias indigentes han sido veintinueve mil seiscientas, compuestas de más de setenta mil individuos.
El Hospicio de expósitos y huérfanos ha recibido tres mil novecientas cuarenta y tres criaturas, de las cuales han muerto setecientas ochenta y ocho.
Se han gastado en los hospitales, en el año anterior, sobre sesenta y seis millones de reales, en cuya suma entran los artículos siguientes por las partidas que voy á notar.
Pan; seis millones, ciento noventa mil, setecientos sesenta y cuatro reales.
Vino; cinco millones, veinte mil, cuatrocientos.
Carne; seis millones, ochocientos trece mil, ochocientos veintiocho.
Comestibles; cinco millones, setecientos ochenta y nueve mil, cuarenta y cuatro.
Leña y carbon; tres millones, treinta y nueve mil, setecientos setenta y seis.
Resulta que en los cinco artículos anteriores se ha gastado bastante más de un millon de duros, ó sea veinticuatro millones de reales.
Los establecimientos de locos ofrecen una estadística sorprendente.
En 1º de Enero de 1856 existian, en los dos asilos del Sena, tres mil trescientos cuarenta y un locos. Además, entraron en el año mil quinientos ochenta y nueve, de modo que componían un total de muy cerca de cinco mil, ó sea una especie de pequeña ciudad.
En el mismo año salieron de aquellos dos asilos ochocientos cuarenta y nueve, y murieron quinientos setenta y cinco. Quedó, pues, reducida aquella poblacion á tres mil, quinientos seis.
El estudio de esta materia no deja de tener sus curiosidades instructivas, por más que sean tristes y dolorosas, tales como la influencia de las profesiones en el desarrollo de la locura. A medida que se estudia este fenómeno terrible, este, terrible inconveniente de la razón, este negro ocaso del pensamiento, se va comprendiendo que la locura pertenece tanto á la medicina, como á la filosofía y á la moral. El ejercicio, los hábitos, las profesiones y el género de vida; es decir, la conducta, influye más tal vez que la disposicion constitucional de los órganos cerebrales. Me he informado minuciosamente acerca de esto, y he conseguido averiguar que las industrias manufactureras son las profesiones que han pagado al extravío mental mayor contingente; pero en una proporcion que asusta.
Luego siguen las profesiones mercenarias; ó sean criados y dependientes de todas clases.
Despues las profesiones liberales, como la poesía, la pintura, la escultura, la música la declamacion, la plástica y otras.
Despues las profesiones mercantiles.
Luego las gentes que no tienen profesion.
Por fin, las ocupaciones agrícolas. Estas son las menos castigadas por aquel espantoso azote, en la proporcion que vamos á ver.
Las profesiones industriales representan un 37 por ciento.
Los oficios mercenarios un 19
Las profesiones liberales un 9
El comercio un 7
Gentes sin profesion un 3
La industria agrícola un 1-1/2
De modo que las ocupaciones que pagan un tributo más caro á la locura son la fábrica, la servidumbre y el ingenio; despues viene el comercio, luego la vagancia; por fin, la industria de los campos.
El movimiento de la poblacion de esta ciudad, nos ofrece tambien algunas extrañas singularidades.
Han nacido en 1856 treinta y ocho mil criaturas; veintiseis mil legítimas, y doce mil de otras procedencias. Han muerto veintinueve mil setecientas cuarenta y tres; resultando un aumento de más de ocho mil.
Se han contraido doce mil cuatrocientos noventa y tres matrimonios, en la forma siguiente:
Entre solteros; diez mil ciento setenta y siete.
Entre viudos y solteras; mil doscientos sesenta y ocho.
Entre solteros y viudas; quinientos noventa y siete.
Entre viudos y viudas; cuatrocientos cincuenta y uno.
Resulta que la cifra menor es la de los viudos y viudas. Quizás se han acordado de lo que dice cierto adagio: pan con pan, comida de tontos.
En la Caja de ahorros se han verificado doscientas cuarenta y ocho mil, ciento veintidos imposiciones, hechas por doscientos veintiun mil imponentes. La Caja ha recibido ciento diez millones; y ha devuelto sobre ciento quince, habiéndose operado un movimiento total de doscientos veinticinco millones, durante el referido año de 1856. En 31 de Diciembre del mismo año, debía ciento ochenta y tres millones, á doscientos veintiun mil trescientos setenta y nueve imponentes.
Las operaciones de la Caja de descuentos se han verificado sobre setecientos veintidos mil, doscientos sesenta y cinco efectos, por un valor de dos mil quinientos millones de reales próximamente.
El presupuesto municipal de Paris es mayor que el de algunas naciones de cierta importancia.
La concesion de privilegios produjo á la villa en 1856 la enorme suma de ciento ochenta y seis millones de reales, cifra que representa tres presupuestos como el de toda la Suiza. Para que se comprenda lo maravilloso de este hecho, sepa el lector que el Austria, toda el Austria, una poblacion de treinta y cinco á cuarenta millones de almas, no recaudó en el mismo año por aquel concepto, más de veintiseis millones de reales, ó sea menos de una sétima parte que la sola ciudad de Paris.
En fin, los ingresos montaron á doscientos ochenta y cuatro millones. Es muy probable que en el año presente no bajen de trescientos millones, poco menos de lo que pagaba al Erario nuestro país, durante el régimen absoluto.
En el presupuesto de gastos hallamos las partidas siguientes:
Instruccion primaria. 6 millones.
Empedrado. 15
Beneficencia. 32
Policía. 51
Rédito y amortizacion de la deuda municipal. 64
La policía cuesta á Paris más de siete mil duros diarios.
Los consumos ofrecen resultados no menos admirables. Esta ciudad consumió en 1856 los artículos y cantidades siguientes:
Vinos; siete millones, trescientas mil arrobas.
Alcohol y aguardiente; quinientas treinta y nueve mil; idem.
Barniz; cincuenta y tres mil, idem.
Frutas en conserva; ciento ochenta mil, idem.
Vinagres; ciento cincuenta y nueve mil, idem.
Cerveza; dos millones, treinta y tres mil, idem.
De esta cerveza, se ha fabricado en Paris un millon, doscientas diez y siete mil arrobas.
Aceites; ochocientas cincuenta y cuatro mil, idem.
Comestibles. Carnes de todas clases; ciento cuarenta y tres millones de libras.
Queso fresco; tres millones y medio de libras.
Sal; catorce millones, seiscientas mil setecientas, idem.
Ubas; siete millones, idem.
Manteca; seis millones y medio, idem.
Huevos; ciento cuarenta mil arrobas.
Volatería y caza; cien mil idem.
Combustibles. Leña; cuatrocientos setenta y dos mil piés cúbicos.
Carbon vegetal; veintitres millones de arrobas.
Carbon de tierra; veinticuatro millones, idem.
Materiales. Cal; dos millones y medio, idem.
Yeso; veinticuatro, idem.
Baldosas; cinco millones y medio. (Unidades,)
Ladrillos; diez y seis millones, idem.
Alfarería; ocho millones de metros cúbicos.
Forraje; ocho millones y medio de haces.
Heno; quince millones, idem.
Cebada; ciento sesenta y cuatro mil fanegas.
Avena; dos y medio millones de idem.
Cera blanca; ciento treinta y seis mil libras.
Amarilla; ciento noventa mil, idem.
El importe de las ventas por mayor, verificadas en los mercados, presentan los siguientes guarismos.
Pescado de agua dulce, cerca de 4 millones de reales.
De mar 36 idem.
Ostras, cerca de 8
Volatería y caza 68
Manteca 73
Huevos 35
Estos solos artículos suponen un movimiento comercial de doscientos veinticuatro millones de reales.
Las declaraciones que se han hecho en la Aduana de esta ciudad, en el año indicado, suben á ciento diez y seis mil, quinientas noventa y siete. El número de bultos ha sido el de doscientos doce mil, setecientos treinta y ocho.
El valor de las mercancías ha montado á casi mil millones (novecientos ochenta y cuatro), cifra á que asciende el comercio general de muchos países.
Esto me ha dado la curiosidad de conocer el comercio general y especial de Francia, y las noticias que da la estadística oficial, no han podido menos de asombrarme.
El importe del comercio general, en 1856, subió á más de cinco mil millones de francos 5.399
El comercio especial representó un valor de cerca
de cuatro mil millones de aquella moneda 3.883
———
9.282
———
Hallamos, pues, que el comercio general y especial de Francia, en dicho año, representa una suma de más de treinta mil millones. No quiero presentar la cifra de nuestro comercio, porque, á pesar de sus progresos rapidísimos y sorprendentes, ofrece un resultado muy desconsolador, muy aflictivo, muy penoso.
En el floreciente comercio francés la Europa figura por un
valor de 3.571 millones de francos.
La América por 1.207
Las colonias francesas por 368
El África por 133
Y el Asia por 120
Las siete naciones con que Francia ha hecho un comercio más importante, son las siguientes:
Inglaterra. 763
Estados-Unidos. 660
Bélgica. 447
Suiza. 399
Zollwerein (Union aduanera alemana). 261
España. 246
Cerdeña. 220
El comercio francés ha presentado setecientas sesenta quiebras, y se han disuelto ochocientas catorce sociedades.
El número de estas sociedades en 1856, era el de mil cuatrocientas seis, con los fondos siguientes:
Sociedades colectivas. 93 millones de reales.
Comanditarias ordinarias. 168
Idem por acciones. 7.712
———
Total. 7.973
———
En los ingresos del Estado hallamos las siguientes partidas:
Contribuciones directas. 1.700 millones de reales.
Idem indirectas. 1.600
Timbre y registro. 1.400
Aduanas y sales. 868
Estos cuatro guarismos montan á más de cinco mil quinientos millones.
El presupuesto general sube á muy cerca de siete mil millones de reales.
En la série de gastos nos llaman la atencion cinco cifras.
Intereses y amortizacion de la Deuda pública. 2.088 millones.
Ministerio de la Guerra. 1.384
De Marina. 532
Correos. 155
Emperador y cuerpos colegisladores. 154
Al ver que la renta de Correos costaba á la nacion sobre ciento cincuenta y cinco millones de reales al año, he querido tener noticias acerca del producto de aquella renta, y he hallado que en 1856 circularon más de doscientos cincuenta y tres millones de cartas, cuyo franqueo produjo al Estado un ingreso de ciento noventa y dos millones. El total de los ingresos subió á doscientos veinticuatro millones.
No quiero dejar de hacer mencion de una partida que he encontrado en el presupuesto de gastos, y que me ha hecho suspirar. La instruccion es aquí atendida con una suma de ochenta millones próximamente. ¿Cuánto dedica nuestro Gobierno á la instruccion pública? No quiero decirlo; tengo bastante con la amargura que siento en mi alma; no quiero añadir á la amargura otra cosa peor.
Los ferro-carriles presentan el resultado que voy á notar:
Leguas en explotacion. 1.492
Productos. 1.244 millones.
Vayamos ahora al Reino-Unido, atravesemos el Estrecho de la Mancha, y este órden de cosas nos parecerá tal vez pequeño.
Las aduanas y las sales produjeron al Estado francés. 868 millones. Las aduanas solamente produjeron al Tesoro inglés, en 1857. 1.300
Los intereses y amortizacion de los setenta y cinco mil millones de la Deuda pública, importaron. 2.755 millones. El ejército y marina. 4.074 El cuerpo civil. 650 Los gastos de Hacienda. 420 ———— 7.899 ————
Estas cuatro partidas representan una suma bastante mayor que el presupuesto de toda la Francia.
Una singularidad he notado entre el presupuesto de ambas naciones.
Francia destina á obras públicas doscientos cincuenta y seis millones, mientras que la Inglaterra no destina arriba de noventa millones.
Francia destina a la instruccion pública ochenta millones, como ya dije, mientras que el Reino-Unido destina muy cerca de ciento, ó sea novecientas noventa y seis libras esterlinas.
Las cartas circuladas han sido en número de cuatrocientos setenta y ocho millones, ciento veinticinco millones más que en Francia. La renta de este ramo subió en 1856 á doscientos ochenta y siete millones, sesenta y tres millones más que en el imperio francés, á pesar de la diferencia en el precio del franqueo y certificado.
Los licores espirituosos han dado al Tesoro del Reino-Unido una renta de. 1.125 millones de reales.
La cerveza ha producido al Estado. 650
La moneda acuñada sube á. 447 millones de reales.
Los metales y minerales extraidos y fundidos en 1855, presentan la siguiente curiosa estadística:
El carbon representa un valor de. 1.472 millones.
El hierro. 1.064
Otros metales y minerales. 1.264
————
3.800
————
Se emplearon en operaciones metalúrgicas doscientos noventa y cinco mil hombres, y cerca de nueve mil mujeres.
La Inglaterra ha extraido de la Australia, desde 1851 á 1855, ó sea en el trascurso de cuatro años, cuarenta y un millones de libras esterlinas, que vienen á representar próximamente una cifra de cuatro mil millones.
Para que se conciba una idea de su fabuloso comercio, baste saber que ha enviado á los Estados-Unidos mercancías por valor de. 2.200 millones. A la India. 1.048 A las ciudades libres de Alemania. 1.012 A la Australia. 982 A Francia. 640
La Compañía de Indias, ese coloso comercial, ese portento de la asociacion mercantil, en Inglaterra, esa maravilla del mundo moderno, ha vendido en 1856 cerca de seis millones de libras de ópio de Patua y Benarés, percibiendo una suma de más de trescientos cincuenta millones de reales.
El valor de los billetes del Banco de Lóndres, puestos en circulacion en dicho año, fué el siguiente:
Billetes de quinientos reales. 610 millones. De mil. 390 De dos mil á diez mil. 570 De veinte á cien mil. 430 ———- 2.000 ———-
El movimiento de todos los Bancos ingleses, en la época indicada, representa una cifra de muy cerca de treinta y nueve millones de libras esterlinas, ó sea tres mil novecientos millones de reales, repartida del modo siguiente:
Banco de Lóndres. 20.062.041 libras esterlinas.
De Irlanda. 7.425.740
De Escocia. 4.444.702
Bancos particulares. 3.355.971
Por acciones. 8.113.886
——————-
Total. 39.9022.340
——————-
Basta de guarismos. La aritmética, no crea el lector que la desdeño; pero no es lo que está más en armonía con mis aficiones, y siento que mi alma se anega entra el oleaje contínuo de tanto millon. No obstante, me he detenido en la anterior reseña más de lo que pensaba, atendida la índole de estos apuntes, porque la estadística tiene en nuestro siglo una influencia incalculable. Esta influencia es mucho mayor de lo que nosotros creemos, sin embargo de ser nosotros los que la atribuimos y la damos el influjo que ejerce. En esto, así como en otras muchas cosas, nos acontece lo que á aquel que se entrega al sueño. El es el que se duerme, y él es quien menos sabe que se duerme en efecto. La estadística hoy no es solamente un ramo de ciencia, una simple materia de administracion, un punto de historia, una especie de erudicion social, sino una regla de gobierno, un consejo de Estado, un código, una constitucion. Observemos de dónde proceden casi todas las revoluciones, casi todas las turbulencias, la mayor parte de los conflictos en las sociedades modernas, y en todas esas complicaciones y tumultos hallarémos algun orígen económico, algo administrativo, algo que dice relacion al Tesoro público, á la Hacienda, al Erario; hallarémos algo estadístico. ¿Cuántas caidas de gabinetes no han sido producidas por un empréstito? ¿Cuántos tumultos no han tenido por causa una contribucion? ¿A cuántas crísis gubernamentales no han dado lugar los presupuestos? ¿Cuántos gobiernos no han perdido, y pierden el poder todos los dias, bajo el peso de una bancarota? En fin, baste decir que una mera crísis monetaria, la crísis ocurrida no ha mucho, produjo la modificacion de importantísimos gabinetes europeos. La estadística entró en los consejos constitucionales, fué llamada y oida como un personaje de la nacion, como un gran poder del Estado; la estadística, la aritmética social, el nuevo magnate, expulsó á unos hombres, y llamó á otros para que ocuparan las sillas del gobierno. Esto es asombroso; esto no se cree antes de pensar y de ver con cuidado lo que sucede; pero sucede realmente; es una verdad; una verdad que anda por todo el mundo; una verdad que reconstruye, por decirlo así, el sistema de todos los pueblos, aun el de aquellos pueblos que muestran más tenacidad en hacer del tiempo presente un centinela del tiempo pasado. ¿No veis movimiento en la India, en el mismo Japon, aun en el propio imperio Chino? ¿No veis que ese Japon abre sus puertos á las naves de ciertas naciones, profanando el misterio tradicional que la religion atribuye al legado de Sinto, á su oculto y divino Diari? ¿No veis agitarse la atmósfera en la China, en ese vastísimo imperio, en ese inmenso hogar de centenares de millones de criaturas? ¿No advertís como cierto vaiven, cierta oleada, en el ambiente de ese pueblo, convertido, hace miles y miles de años, en un guardian que contempla con ojos desencajados la urna veneranda de sus tradiciones? ¿No hallais algo extraño, sumamente extraño, en esa China, en esa segunda humanidad, en esos hombres cubiertos de polvo; el polvo que ha debido dejar detrás de sí la pisada autómata de tantos siglos? Sí, lector, allí hay un espíritu nuevo, una nueva palanca, un viento de otros climas. Pues el espíritu que agita á ese imperio fabuloso, esa palanca que lo remueve, ese huracan que lo airea y lo empuja, el arquitecto milagroso que echa por tierra su enorme muralla, el mago invisible que lo hechiza, ¿lo oyes lector mio? ese formidable poder que aturde á los chinos; ese huésped irresistible que les obliga á tolerar otras religiones; que les obliga á conceder la libertad de cultos, aunque al oirlo se estremezca la tumba de su sagrado Fé; eso que allí se mueve, que por allí anda, eso que allí reina, es la estadística; la Economía política; la administracion, las matemáticas sociales; el gobierno de nuestros dias. Quitad á Luis Napoleon los siete mil millones de presupuesto nacional. ¿Qué seria? Nada. ¿Qué haria? Nada. ¿Estaria en el trono? No. ¿Caeria de ese trono, como cae el rayo de las nubes? Sí. Quitad á la Inglaterra su organizacion administrativa; su particular régimen económico; su espíritu estadístico, si así puede decirse; quitadla eso, y la quitareis su importancia, su genio, su poder; la quitareis el ser Inglaterra. Ni trono, ni Cámaras, ni Parlamento, ni meetings; nada bastará. India, Australia, California, todo será inútil. Quitadla su ley y su Banco; su libro y su oro, su ciencia y sus metales, y rezad un Padre nuestro por su alma.
La Economía política, el libro estadístico, hace hoy lo que hacian en otro tiempo la fuerza, la conquista, la tradicion, la herencia y la casta. La estadística es la nueva casta social, la nueva sangre de la política, la nueva sangre de los gobiernos. Hoy reina el número, como antes imperaban la guerra, la teología y el pergamino.
La historia del gobierno humano debe dividirse actualmente de otra manera que se ha hecho hasta aquí. Aquella division debe hoy hacerse del siguiente modo, ó de un modo análogo.
Primero: gobiernos conquistadores; la fuerza.
Segundo: gobiernos teologales; la religion.
Tercero: gobiernos tradicionales; la casta.
Cuarto: gobiernos históricos; la herencia.
Quinto: gobiernos sociales; la estadística.
Pitt en Inglaterra, Sully y Colbert en Francia, Campomanes, Florida Blanca, Jovellanos y Florez Estrada en nuestro país, son dignísimos representantes de la nueva historia social.
Y este es el lugar de decir que, desde fines del siglo pasado, se han verificado dos grandes movimientos en la marcha del mundo; han tenido lugar dos nuevos y trascendentales juicios en el espíritu de los fastos humanos, en ese espíritu que gobernaria la vida del hombre, aunque aquellos fastos no estuvieran escritos en papel; aquel espíritu anterior y providencial, ley eterna de todos los tiempos, eterna moral de todos los pueblos y de todas las razas, del cual el libro histórico no es más que un signo, como el cuerpo no es otra cosa que un signo del alma; aquel espíritu que se reviste de la forma de la literatura, de la imprenta, como nuestro ánimo se reviste de ojos y de frente, por ejemplo: es un ángel vestido de bruto.
Digo que en ese espíritu que domina al hombre, que gobierna la vida, como si fuese el interminable reinado de la historia, están germinando dos ideas profundas y poderosas, desde fines del siglo pasado hasta nuestros dias. Aquellas dos ideas se enseñorean hoy de todas las formas, de todos los poderes, de todos los entendimientos, en una palabra, se enseñorean de todas las revoluciones que se operan en la razon del mundo.
Las dos ideas de que hablo son: la estadística y la fisiología: la estadística, explicando la sociedad; la fisiología explicando al hombre. ¡Quién habia de decir á nuestros antiguos filósofos que la fisiología es espiritualista á su manera!
Véase con cuidado lo que pasa en el mundo de hoy, y se hallará tal vez que la grande lucha, el gran trabajo de nuestro siglo, no es más que el resultado del natural antagonismo que existe entre las ciencias tradicionales y ese genio de la historia, ese nuevo espíritu que se ha despertado en el alma del hombre; más claro, entre las ciencias escolásticas por una parte, y las matemáticas y la física por otra. Digo, matemáticas, porque la estadística no es otra cosa que las matemáticas aplicadas al régimen social.
Esas dos ciencias, esas dos geometrías, la interna y la externa, la humana y la social: esas dos creaciones casi fabulosas que llenan el globo desde fines del siglo pasado, marcan hoy la medida de la civilizacion de los pueblos; son la manecilla de metal que mide las horas del mundo en ese reloj oculto y misterioso. La fisiología y la estadística son actualmente lo que eran antes la astronomía, la teología y aún la mágia. Hoy no es más civilizada la nacion que más sabe y que más disputa, sino la que más analiza y más demuestra. Casi puede decirse que la física de hoy, equivale á la metafísica de ayer.
Pasó el tiempo de la palabra.
Estamos en el tiempo de la prueba.
Pasó el tiempo de la opinion.
Estamos en el tiempo del experimento.
Pasó el tiempo del puro raciocinio, del criterio teórico; pasó el tiempo medio caballeresco y medio fantástico, en que la ciencia convencia al mundo y lo gobernaba ocultamente, empeñando palabras de honor.
Estamos en el tiempo del criterio práctico, del criterio de aplicacion, del análisis geométrico de la prueba real, casi física; en un tiempo en que el compás explica la idea; en que un pedazo de materia explica un pensamiento, como el alambre explica la electricidad, como el plomo explica la imprenta, como la brújula marca el polo Norte; en un tiempo que no cree en las palabras de honor que da la ciencia.
Pasaron los tiempos de Platon y Aristóteles.
Estamos en los tiempos de Colon, Guttemberg, de Bichat, de Vaucauson, de Montgolfier y de Fulton. Pasó la dialéctica, pasó el silogismo, y vino el instrumento, vino la máquina.
Este gran fenómeno, el más peregrino y trascendental que se ha realizado en la historia, tiene una razon profunda, una profunda psicología. Toda la civilizacion asiática, como la judía, como la griega, como la romana, como la feudal, pretendian explicar el cuerpo por el alma, la materia por el espíritu, la criatura por el criador. Y pasan siglos y más siglos, pasan espectros y más espectros, sombras y más sombras, y por honrar al Criador se ahorcaba en un cadalso á la criatura; y por redimir al espíritu se ponia en un tormento la materia; y por salvar el alma se encendian hogueras al cuerpo. El hombre era quemado, como quien tributa un culto á Dios. Así servian y adoraban á Dios las castas antiguas, las antiguas civilizaciones, ese algo histórico que ha venido reinando en el mundo hasta el siglo XIV de la era cristiana; ese algo no definido todavía; esa casta revuelta y confusa, que se ha denominado de muchos modos, pero que en realidad no es otra cosa que la ley de la contradiccion, la ley de la Persia, un mundo de luz, representado por Ormuzd, y un mundo de tinieblas representado por Ahriman: decir, una gloria, explicando un infierno; un Dios explicando á un diablo. El alma era Dios, era el ídolo, y se le quemaban perfumes; el cuerpo era el diablo, y se le apedreaba, cuando no se le achicharraba vivo.
Estudiado con imparcialidad y reposo este intrincado asunto, hallarémos que el mundo antiguo, la humanidad hasta el siglo XIV, no es más ni menos que un órden de cosas creado por la ley de la contradiccion, por la ley de las castas, la ley de arriba declarando pária á la ley de abajo; la ley de un espíritu y de una materia, considerados como poderes antagonistas; como fuerzas radicales contrarias; la ley terrible que convertia al hombre en enemigo del hombre y de Dios. Que este enemigo se llamara sudra en la India, hebreo en Egipto, hierodul en Capadocia, esclavo en Grecia y Roma, ilota en Esparta, siervo ó hereje en la edad media, poco importa: la filosofía de la historia es la misma. Es una idea que se ha revelado bajo distintas formas; es un vidrio que ha reflejado la luz de varios modos, como un libro tiene varias páginas, como una tormenta tiene varias nubes, como la escama de las serpientes tiene varias pintas. Repito que el mundo, hasta el siglo XIV de nuestra era, venia del Asia; y que el Asia venia de la ley de la contradiccion; esa ley abolida por el Evangelio; ese mónstruo ahogado por la sangre vertida en la cruz; esa fosa de la humanidad cegada por el mártir del monte Calvario. ¡Mundo pagano, mundo gentil, no luches, basta! Si algo te queda dentro del valladar que Dios ha puesto al hombre, si alguna gloria te está reservada por el pensamiento de la Providencia, no hallarás esa gloria, ese dia luminoso no brillará en el cielo para tí, sino volviendo tu inteligencia y tu corazon al monte Calvario. No luches, no huyas, no leas, no esperes, no mires atrás ni adelante; ponte de rodillas ante un crucifijo. Muda de fe, y adora. Más claro, ten fe, porque lo que tú tienes ahora no es fe; lo que tú haces ahora no es creer, es soñar. Ten fe, repito, y te salvarás, como se ha salvado la humanidad cristiana.
El mundo moderno mudó enteramente de pensamiento y de conducta. En vez de explicar la criatura por el criador, la materia por el espíritu, el cuerpo por el alma, el hombre por la sociedad, tiende á explicar la sociedad por el hombre, el alma por el cuerpo, el espíritu por la materia, el criador por la criatura, arrojando del mundo una metafísica simbólica, poética, oriental; una especie de augurio pagano, una adivinacion, egipcia que, ó no explica nada, ó explica todos los absurdos y monstruosidades que la mente de un loco puede concebir; todos esos absurdos y monstruosidades que han venido reinando en la historia de la humanidad.
Antes sucedia que por el misterio del geroglífico, querian explicar las figuras del mismo geroglífico, de donde resultaba que no conocian ni las figuras, ni el misterio, ni modo ni esencia, ni cuerpo ni alma, ni criatura ni criador. Partian de lo que ignoraban, para llegar á lo que no sabian. Eran dos ignorancias obstinadas y supersticiosas, creando todo un mundo; el mundo en que debia vivir el hombre, el sér que piensa y siente, el sér que raciocina y ama, el sér que crea tambien, la hechura más noble, la concepcion más sábia de la suma sabiduría, el poder más grande que dió á luz el Todopoderoso; el único poder creado, capaz de conciencia, capaz de convencerse, capaz de arrepentirse, capaz de bajar la cabeza y suspirar; el hombre, la criatura que llora y que espera. Y luego hay cristianos, hoy, en nuestro siglo, pasados mil ochocientos sesenta y tres años de la Cruz; hay cristianos, repito (¡parece mentira!) que profesan la ley de la contradiccion, la ley de un alma divinizada y de un cuerpo quemado; la ley de los tormentos y de las hogueras; la ley de la horca y del cuchillo; la ley de Tiberio que llenó de gemidos las tinieblas sagradas de las catacumbas; la ley de Pilatos, que hizo caer á Jesucristo bajo la carga de un madero. Y al hablar de cristianos que profesan hoy aquella ley bárbara, no me refiero á hombres vulgares, sino á personas ilustradas y fervorosas. Yo no puedo expresar cuánto me amarga esa inconcebible y lastimosa contradiccion. No se comprende cómo esos hombres viven en el mundo, ni cómo han leido la historia.
El espíritu moderno, el mundo cristiano, hizo lo contrario de lo que hacia el mundo venido del Asia. Para adivinar el misterio del geroglífico, partió de las figuras: para adivinar el geroglífico, que estaba dentro, partió del geroglífico que estaba fuera; para adivinar lo que no veia, partió de un hecho que estaba viendo; y de esta manera consiguió que si no veia lo de dentro, veia al menos lo de fuera; algo veia. Acaso no logre conocer el espíritu, pero conoce la materia; tal vez no conozca á su criador, pero conoce la criatura; tal vez no logre explicarse la sociedad humana, pero se explica al hombre. Ya que no la esencia, conocerá el modo; ya que no logre adivinar ese algo infuso, esa cifra divina, esa última duda, esa duda suprema y venerable de que parece circuirse el espíritu providencial, logrará siquiera conocer lo que se ha revelado, lo que obra en la naturaleza, lo que Dios ha escrito en esa segunda teología, lo que Dios promete en esa segunda religion. Antes no se veia lo visible; no se realizaba lo realizable. Hoy, sí. Este es el gran carácter del cristianismo sobre la civilizacion gentil y pagana. El hombre cristiano se cree autorizado, se cree con poderes, se cree hasta con fuero, para ver lo que puede verse; dejó de quemar al que manifestaba que veia lo que no se habia visto antes; dejó de fabricar tormentos, de aparejar cadalsos y de encender hogueras al altísimo y venerando ministerio de la razon humana; al ministerio de pensar y de decir lo que se habia pensado; al ministerio de medir, y de hacer patente lo que se habia medido, y esto, esto solo explica la incalculable superioridad del mundo moderno sobre el mundo antiguo, la incalculable superioridad del hombre cristiano sobre el hombre de las regiones gentiles y paganas. La ley de la humanidad, puesta en lugar de la ley de la contradiccion; la ley de Dios y la del hombre, puesta en lugar de la ley del diablo y de la del hereje, esto lo explica todo. Sin este dato, sin esta observacion, sin hallar en las fastos humanos ese fin adorable, esa providencia que triunfa, sin que nadie vea los laureles del triunfo; sin que las cosas se miren así por la razon y por la fe, unidas y hermanadas, no es posible encontrar la filosofía de la historia. La historia será un acaso horrible, un fatalismo ciego y cruel, un pandemonium, como la denominan los escépticos, los ateos del hombre y de Dios. Dicen bien esos desdichados. La historia es un pandemonium para los que no creen en la providencia y en la humanidad, como la razon es un delirio para el loco, como la ciencia es una algarabia para el ignorante, como la luz es una tiniebla para el ciego. Más digo y opine lo que quiera esa pobre gente, la historia ha sido, es y será siempre la Biblia social, una segunda revelacion, una infalible geometría del progreso humano.
He dicho antes que hoy no se considera más civilizada la nacion que más sabe y que más disputa, sino la que más analiza y más demuestra. Esta verdad no admite duda en mi juicio. La Italia, por ejemplo, es más teóloga, más metafísica, más ontológicamente sábia que la Inglaterra; sin embargo, la Inglaterra es hoy un pueblo más civilizado, inmensamente más civilizado que la Italia. Esto quiere decir que ha analizado más en estudios estadísticos y fisiológicos, que es más sábia en la ciencia del hombre, y en la ciencia de la sociedad, porque hoy se llama ciencia lo que antes se llamaba herejía, y se llama fárrago lo que antes se llamaba ciencia.
Cada escuela podrá traducir este hecho á su modo, dejándose llevar de sus recuerdos, de sus aficiones ó de sus intereses; pero la existencia de aquel hecho, tan capitalmente trascendental, es indisputable.
Voy á decir ahora dos palabras sobre los monumentos citados en el sumario de este dia, dando principio por el palacio de la Bolsa.
Nada tengo que oponer acerca de la magnificencia del edificio. Es un verdadero palacio. Tiene efectivamente ese aspecto grave y majestuoso, esa gallardía reposada, casi circunspecta, de aquel género de arquitectura. Su historia, considerado como edificio, esto es, su historia de piedra, es muy breve. Considerado como una institucion social, como juego público, aquella historia es algo más larga y más difícil.
La Bolsa de hoy ocupa el espacio que ocupó en otro tiempo el convento de las hijas de Santo Tomás. ¡Qué cambios tan curiosos y tan elocuentes! Principió este palacio el primer imperio, y lo terminó Cárlos X. Presenta un paralelógramo de setenta y un metros de longitud, sobre cuarenta y dos de latitud, si no mienten los informes que nos dan, informes que considero exactos. Al menos no desmienten la impresion que aquí se recibe. Circuye al suntuoso edificio una gran galería de setenta columnas de un metro de espesor y diez de altura, sostenidas por un basamento de tres metros de elevacion. Un sólido cornisamento y un elegante ático coronan las setenta columnas, de órden corintio, las cuales nos hacen sentir la doble emocion de la majestad y de la fuerza.
Quisimos penetrar, pero los guardas del edificio, herederos históricos de la gravedad monacal, nos prohibieron la entrada con cara de priores, enviándonos al estanco de la Hacienda pública, en donde debiamos proveernos de una especie de credencial, mediante la limosna de dos francos, uno por cabeza. He dicho limosna, porque esta rara contribucion, esta curiosa prevision del Erario francés, me huele al saco del convento. Yo me volví á mi mujer, y la dije en nuestro idioma: aquí se ha verificado una trasmigracion casi portentosa. El franco que nos piden, se escapó sigilosamente del convento de las hijas de Santo Tomás, y se escondió en el palacio de la Bolsa.
—¿Qué franco nos piden? Preguntó mi mujer con picante curiosidad. (Para las mujeres es picante todo lo que tire á dar dinero.)
—Ese bedel, conserje ó lo que sea, contesté á mi compañera, me dice que vayamos al estanco, en donde nos darán un billete, cuya presentacion es indispensable para visitar el edificio. El billete en cuestion nos costará un franco á cada uno.
Mi mujer agrió el gesto de un modo visible.
Esta conversacion pasaba en presencia del conserje, que nos miraba con estrañeza, y que permanecia de pié, custodiando imperiosamente la entrada, como si se tratase de guardar las manzanas de oro en el jardin de las Hespérides.
Mi mujer y yo nos dirigimos á un estanco, que hay á pocos pasos del edificio. Al bajar la magnífica escalinata de la Bolsa, mi mujer me tira del brazo, en señal de llamarme la atencion, y me dice:
—Llévame á la fonda; yo me quedaré allí, mientras que tú vienes á visitar ese palacio. Me remorderia la conciencia, continuó mi compañera con más animacion, si los franceses me cogieran un franco por visitar la Bolsa.
—Ese franco que piden, contesté yo, no tiene nada de particular; al contrario, es una gabela natural, y lógica. Se trata de la Bolsa, y por simpatía, atacan la bolsa de los curiosos.
—Te lo voy á decir francamente, repuso mi mujer, y apretó el paso, como si lo que me iba á decir la espolease. «Yo creí que Paris era un pueblo de suma caballerosidad, y de sumo idealismo. Yo creia en España que en Paris se hacian muchas cosas por galanura, por etiqueta, por urbanidad, por espíritu de civilidad y de hidalguía. Pero, amigo mio, estoy viendo que me engañaba de una manera lastimosa. Esto es mucho peor que Madrid. Aquí no podemos llevarnos las manos á la cabeza, aquí no se puede decir el Padre nuestro, aquí no se puede ni rezar, sin tener que hacer frente al dichoso franco. Odio esta palabra, ¡Qué sujeto tan descortés! ¡Qué persona tan atribulada y tan agresiva! Franco le llaman, y en verdad que le han dado con el nombre, pues tan franco es, que se mete por todas partes como trasquilado por iglesia. ¿Quieres que te diga la verdad? Segun voy viendo, esto es una batalla contínua, en que los combatientes no abrigan otra idea que apoderarse del botin de los enemigos; una guerra que se hace, una lucha que se traba, únicamente por coger el botin. Ni más ni menos, ni menos ni más. Los combatientes son los hijos de este país. Los enemigos son los extranjeros. En España, en el mismo Madrid, el dinero es una gran necesidad. En Paris es una gran plaga, una gran peste; en fin, es una guerra, con todos los peligros, con todos los sustos, con todas las calamidades y las desdichas de una guerra. Mira, añadió resueltamente mi mujer; déjame en la fonda; no quiero dar un franco por ver ese edificio; por una peseta está cavando un español todo el dia en el campo….»
Sin embargo dé estos sermones de mi compañera, yo me dirigí al estanco, con el fin de comprar el documento que el conserje me reclamaba. Mi mujer lo notó, y se detuvo á despecho mio.
—No te empeñes, porque no voy. No quiero pagar el derecho de ser extranjera. Aguantaré que me traten como enemiga, en lo que yo no puedo evitar; pero á sabiendas, no.
—Bien, la contesté yo; tú dices que no quieres dar un franco por esa visita. Enhorabuena, no lo des; pero yo quiero darlo; no es cosa tuya, sino mia, y no debes tener remordimiento alguno. Iba á replicar; pero la llevé hácia adelante con el brazo, y esto la persuadió mucho más que si la hubiera predicado un sermon. No sé el por qué, mas tengo por cosa evidente que á las mujeres las convence más un ademan que veinte palabras.
Por santa obediencia se resignó á entrar en el estanco, y no pude menos de soltar la risa, cuando observé la cara de vinagre que mi mujer puso al ver los dos francos en el mostrador.
—¡Lástima de dinero! dijo furtivamente, y nos dirigimos á la Bolsa.
Buena escalera, excelentes pasillos, galerías espaciosas, hermosas balaustradas, salas magníficas…. Repito que nada tengo que tachar á la arquitectura del edificio, aunque desde luego se echa de ver que no fué construido para que sirviera de palacio. Volviendo ahora los ojos á su oficio social, si así puede decirse, principio por no estar conforme con el nombre de Bolsa, aplicado al cambio oficial, cambio importado en Francia por el hacendista escocés Law, á fines del siglo XVII.
La palabra Bolsa, no sólo es impropia, sino escasa, ruin, grosera, hasta ridícula, para darnos la idea de un lugar en que se verifican operaciones mercantiles de cierta monta. No comprendo cómo los negociantes que se dedican á aquel juego público, llevan en paciencia que se les designe con el apellido de Bolsistas. Me parece que en este nombre hay algo que se rie de la persona que lo lleva, como si dijéramos bolsillistas, faldriqueristas, taleguistas, ó palabras por este jaez. Yo deploro (en este sentido ¡tengo tanto que deplorar!) deploro, decia, que los españoles, dominados por un espíritu de imitacion incalificable, desnaturalizando una de las lenguas más bellas y más ricas del mundo, malversando el depósito que muchos siglos y muchas glorias les han confiado, hayan mendigado de los franceses la plabra Bolsa, condenando tan irreflexiva como injustamente los nombres castizos de lonja y casa de contratacion. En lugar de Bolsa, que nada significa, ó significa una ridiculez, porque ridículo es todo despropósito ¿qué razon hay para que no pudiera decirse lonja del cambio? Pero ahora caigo en que esto no bastaba; era indispensable ponerse á la moda; era indispensable llamar la atencion con una cuquería de nuestros vecinos; era indispensable engalanarse con una palabra parisiense, como los payasos se visten de siete colores, para que les sigan los chiquillos, ó como se enjaeza un caballo, para venderlo bien en la feria. Era indispensable el relumbron, el palaustre, y atravesó los Pirineos la palabra Bolsa. No sólo hay servilismo en política; hay servilismo tambien en conducta, y esas limosnas que el pueblo español recibe de Francia; esas caridades que le implora, cuando tantas podria hacer, cuando tantas ha hecho á esa misma nacion que nos manda hoy con sus monerías; esas limosnas vergonzantes que á Francia pide, es un servilismo de nuestra época; y no solamente es un servilismo, sino una sandez. ¿Qué se diria del que fuese á buscar falsas doraduras á país extraño, olvidando el oro, el oro fino, que tiene en su país? Pues eso es cabalmente lo que debe decirse de los españoles, que van á Francia para traerse la grotesca palabra Bolsa, arrinconando, para que crie moho, la palabra lonja; término propio, lógico, natural, en relacion perfecta con las tradiciones de nuestro idioma; con su pensamiento y con su melodía; es decir, en perfecta relacion con su etimología, con su filosofía y con su esthética.
Nuestra nacion no sufriria que el pueblo francés pusiera el pié en un palmo de nuestro territorio, y consiente á las mil maravillas una invasion completa en otro sentido; una invasion más peligrosa, porque nos conquista ocultamente, por dentro, en el interior de nuestras casas, en el interior de nuestras viviendas, en lo más íntimo, en lo más profundo que tiene el hombre: en la palabra. La palabra es lo último que pierden los pueblos, porque esa palabra es á un mismo tiempo su ciencia, su poesía, su amor: la palabra es el espíritu que sobrevive á la libertad, á los usos, á las costumbres, á las leyes. Se quema un código, mil códigos: no se quema la lengua en que están escritos. La palabra y la historia son los dos genios que van al frente en todas las exequias, son los manes eternos que velan sin cesar sobre la tumba de las generaciones. Pasó el Lacio, pasó el pueblo latino; pero queda una sombra de aquello; queda una huella que no se borra, un alma que no muere, una ceniza que no se enfria, un sepulcro que no se cierra; queda un cadáver que no se consume; sobre el polvo, sobre las ruinas, sobre la soledad y el silencio de los cadáveres que se extinguieron, queda un cadáver que no se extingue, que no se extinguirá, mientras que la tierra sienta el calor de las plantas del hombre: pasó el pueblo latino; pero nos queda la latinidad. Pasó el pueblo; no pasó la palabra. Pasó el cometa, no pasó su rastro. Pasó la tormenta, no pasó el celaje.
Los españoles no sufririan que nos conquistaran un solo palmo de territorio; que nos invadiesen un grano de arena, y van á Francia para que nos conquisten en el idioma, para que nos invadan en nuestro espíritu, en la tierra de Dios, porque es la tierra del pensamiento. Hablar es pensar, y el que trastorna lo que hablo, trastorna necesariamente lo que pienso. Sí á mí me dijeran: ¿qué es lo que quieres para apoderarte de una nacion, para mandarla, para ser su amo? yo contestaria: quiero ante todo apoderarme de su lengua, mandar en su palabra, ser amo de ese libro en que están escritos los nombres de Dios, padre, madre, hijo, hermano, amigo, patria, luz, amor, espacio. Más, mucho más que de su territorio, desearia apoderarme de lo que está dentro del territorio, de lo que está dentro de las ciudades, de lo que está dentro de las casas, dentro de la familia, dentro del individuo; de esa sombra que le acompaña, de ese centinela invisible que le custodia, de ese misterioso y terrible poder que le defiende; la palabra, la inteligencia. Mandando en la lengua, mando en el alma; mandando en la boca, mando en la frente, y este es el gran terreno que hay que invadir, esta es la gran conquista que hay que hacer, este es el gran pueblo que hay que conquistar. Sin saberlo nosotros, sin apercibirnos siquiera, sin soñarlo, los franceses nos están invadiendo; los franceses nos ametrallan, en una guerra en que se lucha sin disparar tiros. Los soldados de esa campaña particularísima, son las palabras; la palabra Bolsa es uno de los tantos y tantos combatientes de ese ejército numeroso, de ese ejército irresistible, de ese ejército que acabaria por conquistarnos, si no llegase un dia en que el pueblo español, aplicando, no el oído de fuera, sino el oído de dentro, no aplicando la oreja, sino la mente, oyese ruido en el interior de su casa, oyese disparos en el territorio de su inteligencia. Ese dia llegará. España comprenderá al cabo que el pensamiento tiene sus estados tambien; comprenderá que su idioma es su pensamiento, y defenderá las fronteras de su inteligencia, como defenderia las fronteras de su territorio.
Entre tanto, yo expulso de mi casa la palabra Bolsa, como rechazaria á todo el que quisiera arrojarme de mi país. Llegará una hora en que España se vuelva á España; yo me he vuelto ya hace algunos dias, aún permaneciendo en Paris.
Pero no es la palabra Bolsa el solo punto en que no estoy conforme, al estudiar el edificio de que se trata. Tampoco estoy conforme, con que la Bolsa tenga un palacio, conque haya un palacio que se llame el palacio de la Bolsa. Esto me parece tan indiscreto, tan extravagante, tan ridículo, como el que hubiese un palacio que se denominara el palacio del bolsillo, el palacio de la faldriquera ó del talego. Entre bolsa y palacio no hay relacion posible, en el órden lógico, por más que nos echemos á soñar relaciones. No sólo no hay analogía entre aquellas palabras; no sólo carecen del más lejano parentesco, sino que se nos entra por los ojos su discrepancia, su evidente contradiccion, y no pueden unirse objetos y atributos que se repugnan, que se contradicen, que se zahieren. Si esto valiera, podriamos decir: el palacio del hambre, el alcázar de la mendicidad, y admitida esta nueva manera de discurrir, deberia mandarse construir una gran jaula para encerrar al mundo. No estoy conforme con el palacio de la Bolsa, como no lo estoy con el palacio de la Industria, ni con otros muchos palacios que por aquí bullen, despertando en mi alma recuerdos penosísimos, tristes y lamentables contradicciones. ¡Palacio de la Industria! ¡Y el industrial no tiene dónde vivir! ¡Y el obrero tiene que ir á buscar una vivienda más allá del recinto de la ciudad, á Batiñoles! Es un magnate que tiene un alcázar, y ha de andar buscando un asilo de zoca en molondra. Es un mendigo á quien se ha levantado un palacio; pero que no ha dejado de ser mendigo, ¡Vanos alardes! ¡Estéril pompa! ¡Pobre magnificencia! Aquí se hacen muchas cosas por el solo gusto de hacer; se dicen muchas cosas por el solo gusto de decir: hay ostentacion, aparato; no hay intencion, no hay propósito, no hay ese íntimo y fervoroso trabajo de la conciencia, que precede á todo deseo, á toda aspiracion, sobre todo cuando es una aspiracion madura y sensata. Aquí hay muchos principios sin fines. No encuentro en Francia ese pensamiento anterior, circunspecto, convencido, inflexible, que hallo en los trabajos de los alemanes; ese bellísimo sentimiento, esa fantasía aromática, esa seductora inspiracion de los italianos; ese cálculo fijo, inflexible, tenaz, callado, sigiloso, tal vez traidor, pero lógico, convencido, sábio, de los ingleses; esa rusticidad hospitalaria, generosa y fiel; esa barbarie honrada, creyente, leal y valerosa; esa liga de lo salvaje y de lo hidalgo; esa mistura indefinible del soldado, del poeta, del pastor y del caballero; ese algo latino, scita y árabe; ese carácter en que han entrado Régulo, Attila y Saladino; esa especialidad, única en el mundo (como la palabra hidalguía) que distingue á los españoles. No digo que sea buena, ni que sea mala; digo que es única, y admito el reto que para probar lo contrario se me haga. No hallo eso aquí. Me parece hallar prisa, aturdimiento, indeliberacion, exterioridad, lujo, boato: púrpura por fuera; por dentro es otra cosa. Es una gran botella que se destapa. Mucho ruido, mucho hervidero, mucha espuma; á poco pasa todo aquel estrépito, y la botella queda medio vacía. No parece sino que esta ciudad siente que la vida se le va de las manos, y corre detrás frenéticamente, como para cogerla por los cabellos.
En cualquiera otra parte del globo, un palacio es un edificio que sirve de morada á los reyes, á los pontífices, á los magnates, á los poderosos, á las grandes corporaciones del Estado, como un Congreso ó una Asamblea. Aquí, no. Aquí es un palacio el depósito de la Industria, la casa de cambio, el banco, la casa de moneda; sin embargo de que ni la casa de moneda, ni el banco, ni la industria, son altos cuerpos del Estado, ni poderosos, ni magnates, ni reyes, ni pontífices. Aquí toma el nombre fastuoso de palacio, lo que en otros países se llama simplemente casa, lonja, depósito, alhóndiga, almudin, ó cosa semejante. Y aquel nombre fastuoso, esa régia estirpe con que se decora á la arquitectura (¡ni las piedras están á salvo del genio francés!) viene de la tendencia general que ha creado tantas y tantas formas en esta Babilonia del Occidente; formas colosales algunas de ellas; que ha creado tantos y tantos intereses, respetables no pocos, porque no hay delirio que no tenga algo sublime, y el delirio de los franceses ha sido afortunado: aquel prurito de idealizarlo todo, de hacerlo todo régio, como si hubiese dejado de ser belleza la eterna belleza de la sencillez; la inagotable, la majestuosa, la imponente, la sin igual belleza de la verdad; la belleza de una ligera nube que atraviesa el cielo solitaria: aquella pasion, vuelvo á decir, viene de ese espíritu mitológico, fantástico, visionario casi, que tiene ciegos á los franceses, con que los franceses quieren cegar á todo el mundo. No es lo doloroso que ellos lo quieran, porque cada cual realiza su genio como puede: lo doloroso es que lo quieran y lo consigan. Dejarán de conseguirlo mañana, porque la doradura no brilla siempre como el oro, porque el hervidero de la cerveza no dura siempre: pero hoy lo consiguen, porque las doraduras deslumbran, porque el ruido de la botella de cerveza aturde. Hoy lo consiguen; esta es la verdad.
Y penetrando más en el asunto de la Bolsa, con la cabeza destocada y pidiendo perdon á las personas á quienes pueda lastimar, sin que en ello pueda tener parte mi deseo, porque mi deseo más deliberado es no herir á nadie, digo que no estoy tampoco conforme con ese cambio, con ese negocio, con ese juego que se llama Bolsa, tal como hoy se encuentra establecido y organizado. Acepto todo juego lícito, como distraccion; como oficio social, como carrera, como profesion, como jornal de todos los dias, no lo acepto. Harto se me alcanza que esta opinion escandalizará á no pocos lectores; adivino que se me llamará extravagante; enhorabuena; digo y repito en alta voz que no lo acepto. Jugar para pasar honestamente el rato, sí. Jugar para vivir jugando; para dar á un juego nuestra vida; para desplumarnos dándonos las manos y sonriéndonos; para hacer en un dia una fortuna injustificada, á costa del prójimo insensato; jugar para que tantos comerciantes dignos y honrados se quemen el cerebro con una pistola, eso no. Podrán contestarme lo que quieran; yo no llevo la contra á nadie; á nadie desmiento; pero digo que no.
Y el que quiera tener ideas de la Bolsa; el que quiera saber lo que es ese juego, ese juego que hace muy poco se llamaba agiotaje, que venga á las dos de la tarde, y sea testigo de lo que pasa en el interior de este local. Voy á decir lo que yo propio he visto, lo que yo por mí mismo he presenciado, lo que acabo de ver y de presenciar, y ¡ojalá que no lo hubiera visto ni presenciado!
Suena la hora de la cotizacion de fondos, y muchas gentes llegan, se apiñan, se hostilizan, se estrujan. Todos se ponen de puntillas, los cuellos se estiran, las barbas asoman, los rostros se encienden, los ojos se inflaman…. ¡Madre de Dios! Eso no es un pregon, ni una gritería; es un ahullido interminable, un galimatías infernal. Eso no es un cambio, un negocio, un comercio; eso es un frenesí, un rapto, una calentura. Reconozco la existencia de la calentura y del frenesí como enfermedad; no la reconozco como negociacion.
La Francia gana una batalla en Cochinchina, y los fondos suben. La misma Francia sufre un descalabro en Sebastopol, y los fondos bajan. Y el francés, el hombre que ha nacido en este pueblo, el hijo de esta madre, ve á su madre caida, y si la Bolsa lo requiere, vuelve la espalda y la vende por tres ochavos. El caido se levanta luego, gana una victoria en los campos de Italia, suena el cañon que anuncia el triunfo de Solferino, y el francés que hace poco vendió á la Francia por tres ochavos, se vuelve ahora y la ofrece un talego lleno de oro. No se lo da á la Francia, sino á su juego, á su albur, á su egoismo. Ese es un juego que negocia con la fortuna y con la desgracia de su país; con el honor y con las glorias de su patria. No admito que se jueguen las lágrimas de una nacion; no puedo admitir que se juegue con los conflictos de los hombres. No puedo admitir que se juegue con el espíritu que busca un amparo bajo una corona de laurel, una corona empapada tal vez en sangre, una sangre vertida quizá por un hermano del que juega con aquella corona. ¡Tambien ha de ser un oficio del hombre el jugar la palma del mártir! ¿Qué dejan al mundo, qué dejan á la vida, si no le dejan esa palma! ¡Comercien en buenhora con la materia; comercien con todo lo del mundo; pero que dejen al alma del hombre la metafísica poética de un laurel, la metafísica poética de una gloria!
Dije y vuelvo á decir que eso no es comercio; esa no es la inteligencia que une á las naciones, que funde las razas, que establece la unidad del globo, la unidad del hombre, la unidad de la naturaleza, la inmutable y santa unidad de Dios. Eso no es el comercio, el conquistador universal, el universal revolucionario, encargado por la Providencia de llevar, entre sus mercancías, el espíritu de tolerancia y civilizacion á todos los países. Jugar no es comerciar; comerciar, no jugar, debe ser el oficio del comerciante. Si su nuevo oficio consiste en un juego, lo natural es que deje el nombre de comerciante, y tome el nombre de jugador. Si aceptan el nombre, si se avienen á recibir el nuevo bautismo, con su pan se lo coman. Un hijo mio no tomaria seguramente tal profesion, al menos si mi hijo oyera la voz de su padre.
Ni estoy conforme con la palabra Bolsa, ni con que la Bolsa tenga un palacio, ni con el juego que en el palacio se verifica.
En este momento entra en mi habitacion D. Francisco Javier de Mendoza, que ha llegado hace poco de Venezuela, y á quien conocí en casa de D. José Segundo Florez. El lector me permitirá que dedique dos líneas á estos dos nuevos personajes, que honrarán las páginas de mis humildísimos apuntes.
Florea es un hombre metódico, reposado, silencioso, observador, profundo: es un hombre de estudio, un hombre de letras, como si dijéramos un sábio antiguo; pero con la ciencia de los modernos.
Javier de Mendoza habla con soltura, con elegancia, con pasion. Se apasiona de todo lo que reputa bueno, y está apasionado de la palabra: habla mucho y bien, discurre más que habla; imagina más que discurre; calcula y proyecta más que imagina. El solo digiere mucho más con su pensamiento, que veinte personas con el estómago. Llega al punto á donde se dirige antes de partir. Tal es la fuerza con que su alma mide el espacio que le separa del objeto que busca. Aquel espacio desaparece, lo devora, y antes de marchar hácia su pensamiento, se encuentra á su lado. Este hombre es uno de los caractéres más extensos que yo conozco. Hay en él cierta mezcla de galan y de literato, de soldado y de artista, de diplomático y de banquero. Es un gran taller, una gran oficina, en que cada uno de esos personajes trabaja, sin que los obreros se incomoden.
Hablando de opiniones políticas, dice que él quiere la igualdad de la riqueza y de los goces, no de la miseria y del martirio. Es demócrata, pero quiere ir en coche. Tiene la democracia del sentimiento, y la aristocracia del carruaje.
Si aspirara á que lo empleasen, su primer empleo seria una cartera de ministro, ó una embajada de primer órden.
Si tuviese el don del colorido, si sintiese mejor la forma artística, seria un genio; aún sin esas dotes, es un buen talento.
Pues he leido á mi amigo Javier de Mendoza lo referente al palacio de la Bolsa, y al juego público denominado así, y ha convenido en la impropiedad de aquella palabra, y en la impropiedad del nombre de palacio, aplicado á dicho edificio. Por lo que hace al juego, ha convenido conmigo tambien; pero me ha hecho notar que mis opiniones acerca de este punto causarán escándalo entre ciertas gentes, pudiendo hacer daño á la publicación de mi obra.
Pues aunque mi obra se hunda, y á mí me quemen, contesté, digo y repito que no estoy conforme sino con las cosas cristianas, y me parece que aquel juego no es cristiano. En medio de mis desventuras (que han sido infinitas) debo al cielo la dicha suma de tener valor para decir á todo el mundo la verdad de un modo decoroso, y la digo siempre, aunque me costara subir al cadalso.
Departiendo despues amigablemente sobre el carácter de esta maravillosa ciudad, hemos convenido en que no extrañariamos que el mejor dia se levantara aquí un edificio suntuoso, con el título de PALACIO DEL MERCADO. Tal es la comezon que tienen los franceses por relucir, que no nos causaria sorpresa ciertamente que dieran un palacio á los conejos y á las perdices; á la manteca y á los huevos; á las coles, á las patatas y á los rábanos.
Se dirá que decimos esto con intencion de satirizar á este país. No seré yo el que niegue que haya en nosotros algo de esa malicia picaresca, con que se zahiere una cosa ridícula; algo tal vez de ese sabor áspero que siente el español, cuando cata un manjar de nuestros vecinos; puede que haya eso en nosotros, sin que nosotros lo sepamos, como sin saberlo nosotros nos pican los mosquitos durante el sueño; pero esto no quita que en lo que decimos haya un gran fondo de verdad.
Vayamos ahora al Palacio Real, cuya historia es más breve y galante. Sepa el lector que durante el trascurso de algunos siglos, ese palacio fué el centro espléndido de la coquetería parisiense. En ese jardin que estoy viendo, la astuta cortesana se ofrecia á los espectadores con el traje muy escotado, luciendo la espalda y el pecho, como si quisiese hacer gala de la riqueza de sus incentivos, tambien de la riqueza su pudor. Digo riqueza de pudor, porque si el que da mucho debe ser rico, aquellas cortesanas debian ser muy ricas de decoro. Pero siendo el Palacio Real uno de los grandes prodigios de la monarquía absoluta, claro es que al pasar aquel régimen, debió perder no poco de su antiguo esplendor. En espacio es en lo que menos ha perdido, y tres calles se han hecho á expensas de sus encantadores jardines; las calles de Valois, de Beaujolais y de Montpensier.
Nada quiero decir de la arquitectura del Palacio, porque los grabados que acompañarán á la obra, darán una idea más exacta que todas las descripciones que yo pudiera hacer, y paso á su reseña histórica.
Richelieu, el cardenal más galanteador que la historia conoce; el brazo derecho de uno de los reyes más galanteadores que la historia conoce tambien; el gran ministro del gran Luis XIV; aquel cardenal más grande que aquel rey; Richelieu, el prelado poeta, el poeta hacendista, el hacendista político, el político filósofo, el filósofo magnate, levantó de pié el Palacio Real. Despues, hubo de acudirle la memoria de los grandes tesoros de que era deudor al pródigo cariño de sus reyes; aquellos tesoros debieron hurgarle en la conciencia, se sintió herido; en una palabra, tuvo remordimiento, y dejó el palacio á Luis XIII, que no pudo tomar posesion.
¡Cuántos secretos debe encerrar ese monton de piedras! ¡Qué historia tan curiosa se pudiera escribir, si la mente del hombre fuera capaz de arrancar al olvido aquellos secretos! Pero no digo bien; muchas de las cosas que han presenciado esas paredes y esos pavimentos, no podrian escribirse, porque hay en este mundo muchos arcanos que no pueden contarse.
Ese palacio fué el local más célebre, la casa favorita de la aristocracia del siglo XVII y XVIII; el monumento de los festines, de la galantería, del amor; una especie de templo ateniense, uno de aquellos templos griegos que se consagraban á la hermosura, un trono en donde se sentaba como reina la diosa Vénus.
En ese palacio habia un teatro, el más brillante de toda la Francia, en el cual cabian holgadamente tres mil personas; habia una capilla, cuyos ornamentos eran de oro macizo; una biblioteca magnífica; ricas colecciones de pinturas, é infinitos retratos de hombres ilustres, de tal manera que aquellos salones parecian más bien un campo santo histórico. El palacio del Cardenal representaba el consorcio extraño de la cortesanía, de la religion, de la ciencia y del arte: alcázar, iglesia, teatro, pinturas y libros.
Ana de Austria, reina de Francia y regente del reino, habitó el palacio de Richelieu con sus dos hijos, á mediados del siglo XVII en 1643, y en el mismo palacio tuvieron lugar las espléndidas bodas de su hija con el duque de Orleans, hermano de Luis XIV, cuyo monarca lo cedió despues á su hermano el duque, á título de infantazgo.
Ese mismo palacio sirvió de morada al regente, hijo del duque de Orleans, y el alcázar fué menos alcázar que tálamo. Los libros y los retratos de hombres ilustres, la ciencia y el arte, dieron lugar á los brindis y á las orgias. Richelieu abrió paso á un príncipe, tristemente famoso.
Vino Luis Felipe, vinieron las libertades modernas, y tendiendo á nivelarlo todo, el Palacio Real tuvo que caer, porque el Palacio Real no era otra cosa que un gran desnivel de las antiguas aristocracias.
Hoy, una gran parte del fastuoso alcázar del siglo XVII, se ha convertido en un bazar inmenso. Esta inesperada y maravillosa trasformacion, presenta el espectáculo interesantísimo de una casta que conquista á otra casta, de un fausto que sucede á otro fausto, de una pompa que se pone en lugar de otra pompa. Ese gran bazar es el comerciante, puesto en lugar del cortesano.
El que viva en el Palacio Real, no tiene precision de salir de allí para proveerse de todas las cosas de la vida, desde el panecillo que cuesta un sueldo, hasta la sortija que vale diez mil duros. Aquello no es un edificio; es una gran exposicion; una ciudad; un pueblo.
Tres personajes que llenan la historia de la humanidad, han pisado en un mismo siglo las escaleras de ese alcázar: Richelieu, Luis XIV y Pedro el Grande.
El Palacio Real ha tenido sucesivamente los nombres que voy á anotar.
Presten atencion mis lectores.
En sus primeros tiempos, se llamó:
Palacio de Richelieu y Palacio del Cardenal.
Bajo Ana de Austria, Palacio Real.
Bajo la revolucion, Palacio de la Igualdad.
Despues de la revolucion de Febrero, Palacio Nacional.
Ultimamente, Palacio Real.
Ha servido de alcázar, de tribunado, de Bolsa, de tribunal de comercio, y actualmente de Palacio y bazar.
Vamos al Luxemburgo, cuya historia es más breve todavía, aunque no menos curiosa y picante. Digo picante, porque en todas las creaciones de esta sociedad, hay algo que sorprende, que asombra; pero que asombra y que sorprende, con una sorpresa y con un asombro que tienen un no sé qué que provoca á la risa. Los franceses tienen un patético particular: es mitad patético y mitad ironía: una criatura que llora y rie á un mismo tiempo.
En todos los países del mundo, las instituciones, los sistemas, las leyes, asisten al entierro de generaciones y generaciones. Aquí una generacion asiste al entierro de muchas leyes, de muchos sistemas, de muchas y encontradas instituciones. Esta veleidad infatigable está reflejada en casi todos los edificios públicos, en el Luxemburgo tambien, y por esto dije que tiene una historia curiosa y picante.
Roberto Harlay de Sancy construyó un edificio, en el terreno que hoy se llama Jardin de Luxemburgo, hácia el año de 1550, y probablemente aquella fábrica se denominaria Hotel de Harlay.
Trascurridos treinta y tres años, en 1583, Piney de Luxemburgo, duque opulento de aquella edad, compró y ensanchó el Hotel de Harlay, conociéndose desde entonces con el nombre de Palacio de Luxemburgo.
Trascurren veintinueve años, María de Médicis lo compra al Duque por veinte mil libras, levanta un edificio suntuoso, el que ha llegado á nuestros dias, llamándose en aquella fecha Palacio de Médicis.
La reina María hizo donacion del Palacio al duque de Orleans, su segundo hijo, y entonces se llamó Palacio de Orleans.
Despues lo compra la duquesa de Montpensier, Ana María Luisa, la heroina de la Fronda, por quinientas mil libras.
Luego pasa á manos de la duquesa de Guisa y de Alençon, en 1672.
Más tarde, á fines del mismo siglo XVII, en 1694, fué propiedad de Luis
XIV.
Posteriormente Luis XVI se lo regaló al conde de Provenza, que reinó despues con el nombre de Luis XVIII.
Por último, vinieron los tiempos revolucionarios, y el antiguo palacio de Luxemburgo, el heredero de tantos reyes, de tantas intrigas, de tantos misterios y de tantos conflictos, pasó á ser una finca nacional.
Bajo la Convencion, se convirtió en prision de Estado, á la cual fuéron conducidos Hebert, Danton, y otros célebres personajes, incluso Robespierre.
Bajo el Directorio, el gobierno habitó el palacio de Luxemburgo, y á las tinieblas de la cárcel sucede el brillo de un alcázar deslumbrador, en donde Barrás, el aristócrata republicano Barrás, hizo alarde de todo el fausto y de todas las dilapidaciones de la regencia. Entonces el palacio de María de Médicis, tomó el nombre de Palacio Directorial.
Viene el 18 de Brumario, y el Palacio Directorial se convierte en
Palacio de los Cónsules, habitándole Napoleon, hasta que fijó su morada
en las Tullerías. Entonces tomó la nueva denominacion de Palacio del
Consulado.
Bajo el imperio, el Palacio de los Cónsules se torna en palacio de los
Senadores, y á la sazon se denomina Palacio del Senado.
Despues de la revolucion de Febrero, que echó por tierra á Luis Felipe, el Palacio de Luxemburgo abrió sus puertas á Luis Blanc, que explicó allí el socialismo á los obreros.
De modo que ha sido alternativamente Palacio de la Monarquía, del
Directorio, del Consulado, del Senado, cárcel y cátedra socialista.
Visitemos ahora el cuartel de Inválidos.
No lo debo ocultar. Al coger la pluma para describir este grande osario de la guerra, experimento cierta emocion de religiosidad, cierta intencion solemne, cierta uncion histórica, si así puede decirse.
El actual cuartel de los Inválidos fué obra del gran rey. Así llama
Francia á Luis XIV.
Las ciento treinta y tres ventanas que decoran su fachada principal, dan al edificio un aspecto grave, reposado, claustral, respetuoso. Así debia ser la fachada del palacio de la Caridad.
El conjunto del edificio comprende un espacio de treinta y cinco á cuarenta mil varas. Tiene tres pabellones, uno central y dos laterales, y cuatro pisos de elevacion. Puede alojar á cinco mil hombres.
La puerta principal da á un buen vestíbulo, circuido de columnas jónicas, que sostienen un grande arco, orlado de trofeos militares. Este vestíbulo conduce al patio que se llama de honor, cuya longitud no bajará de ciento cuarenta á ciento cincuenta varas, sobre setenta de latitud. Es un patio régio, verdaderamente aristocrático; pero de una aristocracia tranquila, desnuda, humilde; la aristocracia de la extension y de la sencillez; casi una aristocracia del cristianismo. El grupo de caballos que exorna cada uno de los cuatro ángulos, da al patio en cuestion no poca fuerza y majestad.
Antes de hablar de las cosas grandes que hay dentro, diré dos palabras de una cosa muy bella que hay fuera, en lo alto del edificio, recibiendo la luz del sol y de las estrellas. Aludo á la media naranja de los Inválidos. Esta media naranja con sus tres cúpulas, una de las cuales, la de los Bienaventurados, tiene un diámetro de veinte á veinte y cinco varas; con su pórtico, con sus estátuas, con su columnata circular, con sus doce ángulos dorados, con sus trofeos brillantes, con su rica veleta, es una de las creaciones artísticas más acabadas que yo he visto. Al ver la cúpula de los Inválidos, experimento lo que experimenté cuando ví por primera vez la sublime Concepcion de Murillo. Parece que hay algo que está nadando sobre nosotros, que nos coge por los cabellos y nos lleva hácia arriba. Esa arquitectura, como aquel cuadro, tiene un espíritu que nos enaltece, que nos eleva, y esto me convence de que no hay arte en donde no hay esa belleza íntima, impalpable, invisible, espiritual; esa exhalacion, esa chispa, esa esencia, ese poco de aroma sutilísimo que se quema en el interior de nuestra alma. No; no hay belleza sin metafísica; no hay arte sin espíritu; no hay flor aromática sin aroma. El arte, el arte verdadero, el arte profundo y caritativo de aquella Concepcion y de esa cúpula, es un Dios que habla al mundo por boca del hombre. Cuando se hallan creaciones semejantes, el arte se convierte en una especie de revelacion, y se le adora. Sí; yo adoro esa cúpula; yo adoro la pintura que se custodia en un palacio que veo desde aquí. Puesto delante de la Concepcion, yo adoro á Murillo. Puesto delante de la cúpula de los Inválidos, adoro á Mansard, sea ó no sea francés. Si Mansard fuese la Francia entera, yo adoraria toda la Francia.
Mansard fué el arquitecto de Versalles, uno de los mayores héroes que contribuyeron á la grandeza y á la gloria de Luis XIV. Sin embargo, creo que más que el alcázar de Versalles, vale la cúpula de los Inválidos. Creo que Mansard es más grande, mucho más grande, en esa cúpula que en aquel alcázar.
Cuando aparto los ojos de esa media naranja, siento pesar. Es esbelta, atrevida, grandiosa. Parece que es capaz de fe y de esperanza; parece que cree en Dios. Esto hará reir á mis lectores, pero es la expresion genuina de lo que siento. ¡Salud, Mansard!
Indicado lo bello que hay fuera, vamos á lo grande que hay dentro.
Ya nos tiene el lector recorriendo este grande cementerio de muertos que andan. Á pesar de tantos trofeos y de tanto esplendor, aquí se respira la idea de la muerte. Por eso el cuartel de los Inválidos es el edificio más imponente, más grande de Paris. No es el más grande por el conjunto de la piedra, por el arte de la arquitectura, sino por el sentido del establecimiento, por la índole de la institucion. Este cuartel es la casa cristiana de lo que unos llaman heroicidad, de lo que otros llaman barbarie; pero de todos modos, es casa cristiana, porque la caridad es tan vecina de todos los países, que lo mismo puede ejercerse con los héroes que con los bárbaros. Además, hay otra circunstancia que favorece más la idea de que visitamos un cementerio, de que asistimos á un cortejo fúnebre. Al ver tantos cañones, tantos grupos de naciones vencidas, tantas banderas, tantos trofeos, parece que vemos pasar delante de nosotros una procesion de esqueletos ensangrentados. Pero, en fin, el hombre que ahí duerme; el hombre enterrado en esa tumba que vamos á ver; ese hombre que queria trastornar el siglo XVIII y el siglo XIX; que los trastornó hasta cierto punto, como una tempestad trastorna la atmósfera; el cautivo de Santa Elena, que habló tantas veces por boca de esas culebrinas, habló tambien más de una vez por boca de la inteligencia; estos cañones anunciaron un pensamiento, y el pensamiento es un conquistador de tan alta estirpe, que hay que perdonarle muchas faltas. Más valen los errores de la inteligencia que los aciertos de la ignorancia, porque detrás de la primera siempre queda un rastro luminoso, como detrás de un astro queda su disco, mientras que detrás de la segunda queda algo oscuro, como detrás de una tormenta queda siempre un celaje.
Penetremos ahora en la capilla de San Gerónimo. No hay nadie. Un silencio profundo reina en la iglesia, que fué el sepulcro provisional de Napoleon, cuando trageron sus cenizas de Santa Elena, en 15 de Diciembre de 1840, entre la salva del agradecido cañon de Inválidos, y una pompa, y un regocijo, de que apenas se encontrarán ejemplos en la historia del mundo. Acerca, de ese regocijo y de esa pompa, algo se pudiera decir. ¡Qué calamidad la del pueblo francés! Adorar hoy para quemar mañana; quemar ayer para adorar hoy. Pero estamos en la capilla de San Gerónimo, en lo que fué tumba de un cautivo, un cautivo que ese pueblo adora, y ante la sagrada veneracion que un pueblo profesa á un gran cadáver, debo callar.
A través del sarcófago provisional, en que se depositaron los restos de
Bonaparte, se puso la espada que el muerto habia legado al general
Bertran, y el sombrero que llevaba en Eylau, dado por el mismo al baron
Gros.
Seguimos hácia el fondo. Detrás del altar mayor, hay una escalera de mármol, que conduce á una cripta, ó bóveda subterránea, en donde se custodia una sepultura. Bajamos por aquella escalera, hasta llegar á la puerta de la cripta. Esta puerta es de bronce, y está como guardada por dos figuras colosales, que representan el poder civil y el poder militar. Aquellas estátuas inmóviles y silenciosas, parecen dos testigos del otro mundo. En la parte superior de la puerta de bronce, se leen estas palabras:
«Deseo que mi polvo repose cerca de los bordes del Sena, en medio de ese pueblo francés, que yo he amado tanto.» Estas palabras son del mismo Napoleon.
La puerta se abre, y penetramos en un vestíbulo que encierra los sepulcros de Bertrand y Duroc. Luego pasamos á la sepultura de Bonaparte.
Napoleon, en el arco del Triunfo, es un canto.
En la capilla de San Gerónimo, es una plegaria.
En esta sepultura es una sombra.
Doce figuras colosales rodean las cenizas del Emperador. Este enorme grupo parece ser como un jurado de la historia. La tumba es de granito y pórfido, sin ornamento alguno. Este es el mejor ornamento. Aquella desnudez es grande, solemne, religiosa. El espíritu que nos domina al mirar la cúpula, el espíritu que hay allí, ha bajado á este panteon, y ha enterrado ahí un poco de polvo, sin otro ornato ni otra esplendidez que el polvo mismo.
¿Qué ornamento mayor puede darse á un sepulcro que la ceniza que contiene? ¿Qué mayor monumento puede darse al mar, que el inmenso líquido que inunda sus playas?
Esto me parece muy bien. Salgo complacidísimo. Esta bóveda, este subterráneo, esta sepultura escondida, no olvidada, es un digno sepulcro de Napoleon. Es la caridad noble, sencilla, humilde y fervorosa que debe tributarse al genio. Si alguna pompa, si algun fausto, si alguna esplendidez debe haber aquí, está ahí dentro, entre las cenizas de ese hombre, entre los arcanos de esa memoria. La historia, no la piedra, es el panteon de los grandes hombres.
Pasamos luego á una especie de cueva, que está enfrente de la puerta de entrada. Una sola lámpara alumbra este recinto. Entre una atmósfera indecisa de luz y de sombra, distingo un objeto, tendido á lo largo. Es una espada de Bonaparte: la espada de Austerlitz.
Dije que Napoleon, en el arco del Triunfo, era un canto; en la capilla de San Gerónimo, una plegaria; en la cripta, una sombra. En esta cueva, en esta cueva casi sublime, es una vision. ¡Qué elocuencia tan irresistible tienen las sombras! ¡Qué patético tan elevado tiene la oscuridad!
Al ver aquella espada, alumbrada á medias por aquella lámpara fija, cuya luz no tiene otra oscilacion que la que la produce nuestro aliento; al ver aquel testigo mudo de tanto estruendo, de tantas luchas, de tanto heroismo, de tanto entusiasmo; de tanta crueldad y de tanta gloria, el corazon se oprime, y apenas podemos respirar.
Al ver esa lámpara, á la luz de ese fuego sombrío, parece que vemos á Napoleon, sentado en la arena de su destierro, con el codo apoyado sobre una roca, con la frente puesta sobre una mano, contemplando la inmensidad del mar, que lo separaba de aquel mundo que él habia concebido, de la otra inmensidad que él habia soñado. Si la Inglaterra entera hubiese podido caber en el corazon de aquel hombre, la Inglaterra entera se hubiese quemado. Del fuego que ardia en aquel corazon, brotó una chispa, y esa chispa quemó una página de la historia del pueblo inglés. Napoleon es una página quemada de aquella historia.
Al juzgar el pasado en los libros, la conducta de la Gran Bretaña se nos presenta como una crueldad; juzgando aquí, aquella conducta es un remordimiento; un remordimiento para esa nacion, que no se puede definir; misionera hoy, pirata mañana, siempre temible, formidable siempre.
Visto Napoleon en esta pobre cueva, puede decirse que es más grande muerto que vivo.
Al salir, di al inválido que me acompañaba una moneda de veinte francos. No la quiso. Le insté; no la quiso. Volví á instarle, casi le supliqué; no la quiso. Esto no se encomia con palabras. Aquel viejo soldado (¡cuántas veces habrá llorado por su Emperador!) tiene conciencia de la morada en que vive; tiene conciencia de lo que vale la tumba que guarda. El creerá que el Napoleon que allí tiene, vale mucho más que los cuatro napoleones que yo le daba, y cree muy bien. ¡Salud al viejo, al noble, al digno veterano!
Durante la revolucion, el cuartel de los Inválidos tomó el nombre de
Templo de la Humanidad.
Bajo el imperio, se denominó Templo de Marte.
Ir de la humanidad á Marte, es como ir de la Vírgen á las Sibilas, ó del Evangelio á la fábula. Aquí el monte Olimpo se puso sobre el monte Calvario, el alfanje sobre la cruz. De este modo la veleidad febril de los franceses ha estampado su huella, hasta en ese gran monumento, que basta y sobra para la honra de una nacion, y de una nacion grande. He aguardado á decir esto en la calle, léjos de la tumba de Napoleon, léjos de la capilla de San Gerónimo.
Pero, mi querido lector, ahora me acuerdo que, al hablar del palacio de
Luxemburgo, he omitido un detalle que pertenece á estos apuntes.
Cerca de aquel palacio, se ve un edificio algo sombrío, casi oscuro; una casa que parece un castillo feudal, cuyo nombre le cuadra perfectamente, no tanto por lo negruzco de sus piedras, como por lo que tiene de misterioso, de galante y de aventurero. Lo mandó edificar el poderoso cardenal de Richelieu, que fijó en él su residencia, hasta que terminaron el Palacio Real. Posteriormente, esas paredes silenciosas dieron alojamiento á un huésped más ilustre aún. Bonaparte, elevado á primer Cónsul, habitó ese palacio durante seis meses. Fué su morada el entresuelo de la derecha, entrando por la calle de Vaugirard. En aquel entresuelo habia una puerta secreta, la cual daba paso á una escalera misteriosa. Por aquella escalera se subia al piso principal, en cuyo piso vivia una mujer hermosa, muy hermosa y muy desgraciada, porque el llanto es el aura que la mujer respira en los alcázares, como si Dios quisiese castigar el vicio del fausto. Á dicha mujer podian aplicarse los versos siguientes de un célebre poeta italiano:
Una cautiva que nombrarte temo,
Cautiva con el nombre de señora;
Una mujer bellísima en extremo
Porque es muy bella la mujer que llora.
Habia resuelto no nombrarla, para no profanar un sepulcro lleno de misterios y de dolores; pero no quiero dejar á los lectores con esa intranquila curiosidad. Aquella mujer era Josefina.
La visita de los Inválidos me deja sin aliento para emprender la descripcion de Santa Genoveva. Esta descripcion será la tarea de otro dia, porque no debo ser mezquino con un monumento tan espléndido. La historia de su orígen es una página bellísima de la historia del hombre, y necesito reposarme un poco. Cuando el objeto que tiene que mirarse está muy alto, hay que pararse para levantar la cabeza. Permítame el lector que yo alce la frente procurando dominar con los ojos del alma la cúpula grandiosa de ese magnífico panteon, y luego le diré lo que mi pobre pensamiento ha podido ver y adivinar.
Hoy terminaré con algunas curiosidades. He leido en un periódico, que una casa noble de Madrid ha dado un banquete, cuyos manjares y aderezos han sido encargados á esta ciudad. El convite se da en la corte de España, y la corte de Francia envia los platos. ¿Cómo se llama esto? ¿Qué nombre debe dársele? He pensado durante más de cinco minutos sobre el particular, y no se me ocurre cómo bautizar al recien nacido, ¿Es antojo, rareza, extravagancia, ridiculez, lujo, pompa, locura, dilapidacion? No; no es nada de eso separadamente; lo es todo junto, con más otra cosa que no se puede definir, que acaso no se puede imaginar.
Cada cual se gasta el dinero como quiere, se dirá por algunos moralistas á la violeta. Yo contesto que cuando cualquiera gasta su dinero de una manera loca, tiene que avenirse á sufrir la nota de locura, como cuando lo gasta en vestirse de un modo ridículo, tiene que sufrir que se burlen de su ridiculez. Yo contesto que nadie es dueño de su dinero, ni de un grano de arena, ni de la hoja seca de un árbol, ni del aliento de su boca, para hacer despropósitos y sandeces; nadie es dueño de nada para abusar, porque nadie tiene el poder de cometer absurdos. Nadie, absolutamente nadie, ni ricos, ni reyes, ni pontífices, ni emperadores, ni sultanes, son dueños de una cosa para contradecir el dogma de la moral y de la razon, para usurpar á la Providencia el sublime misterio con que gobierna el mundo. Ante la idea del deber no hay más que una alcurnia; la alcurnia de lo bueno, de lo discreto, de lo justo, y ante esa alcurnia de la conciencia universal, nadie es personaje para dar banquetes extravagantes y risibles, haciendo gala de un orgullo tonto. ¡Gasta su dinero! ¡Su dinero es suyo! Esto responden siempre los adoradores del señorío feudal. ¡Argumentacion peregrina! Segun esa filosofía, tambien el que abusa de la fuerza podria decir: ¡es mi fuerza! Y el que abusa de su entendimiento, podria decir: ¡es mi entendimiento! Y el que abusa con su avaricia, podria decir: ¡es mi avaricia! Y el asesino que abusa de un puñal, podria decir del mismo modo: ¡es mi puñal! ¡No, mil veces no! Los ricos no son dueños de su dinero, el dinero no es suyo, para dilapidarlo, como nadie es dueño de un cuchillo para asesinar, ni del entendimiento para argumentar falsamente, ni de la fuerza para oprimir al débil, ni de la avaricia para dejar secas las entrañas del pobre.
¡Es mio! Eso no significa nada, cuando se obra contra la ley sagrada del deber. Tambien la hipocresía es del hipócrita, y la maldad es del malvado, y el adulterio es del adúltero, y las traiciones son del traidor.
¡Es mio! No, no es tuyo, para levantarte contra Dios, contra la creacion y contra el hombre. Para eso no tenemos nada; para eso todos somos mendigos.
¡Qué desocupada tendrá la cabeza esa familia noble de Madrid, que da un convite, y encarga á Paris los aderezos y los manjares! ¡Qué poco tendrá en que pensar! ¡Pobre gente! Esa familia creeria que iba á dar una campanada de buen tono en el mundo, que iba á inmortalizarse con un escándalo de alta escuela, y no sabe que un escritor oscuro y desgraciado le tiene lástima. ¡Cuánto más valdria que los miles de duros dilapidados en ese festin, se hubieran empleado en enjugar las lágrimas que circundarán aquella fastuosa vivienda, lágrimas que habrán visto aquel convite con espanto!
Paso á otra curiosidad. Cuando de regreso á la fonda, cruzábamos la esquina de nuestra calle, nos dimos de cara con Luisa. Como que la mirada de los tres fué un relámpago, no pude adivinar la emocion que la habia causado nuestra presencia. No me atrevo á decir que adivino aquella emocion, porque los secretos del alma son muy difíciles de adivinar. Distábamos ya de la esquina quince ó veinte pasos, y aunque estábamos segurísimos de que no podiamos verla, volvimos el rostro. Otro tanto habrá hecho Luisa.
Al pasar tocando con nosotros, su vestido rozó instantáneamente por mi pantalon, y sentí un estremecimiento convulsivo. Si yo fuese jóven y soltero, llegaria á enamorarme frenéticamente de esa mujer; esa mujer podria tiranizarme. Siendo viejo y casado, cuando apenas me queda otro resto de vida que la esencia divina de la voluntad, amando como amo á mi mujer, casi me siento apasionado de nuestra vecina, menos por su belleza que por su infortunio. Á medida que vivo y que observo, me voy convenciendo de que la poesía más irresistible es la del dolor.
Paso á la tercera curiosidad. En la calle de Lepelletier vive un ruso, el cual tira todos los dias á la calle media talega de napoleones. El buen señor pasa media hora arrojando puñados á los transeuntes; muchachos, menestrales y mujeres del pueblo se agolpan á coger las monedas; al verlos reunidos en un punto, arroja un puñado en otra direccion; todos corren, se chocan, se apiñan, gritan, riñen, pelean, exclaman, se insultan, se agarran, y el ruso se divierte. Yo ignoraba que en Rusia se divertian de este modo.
Algun lector tendrá deseo de preguntarme: y ¿qué te parece más risible, la costumbre de ese hijo del polo, ó el convite francés de la familia de Madrid? Creo que el convite de la familia de Madrid es una dilapidacion imbécil, una plétora de vanidad y de tontería. Creo que la costumbre de tirar diariamente á la calle media talega, es una diversion no vista, un entretenimiento díscolo, una limosna bárbara, rusa, vecina del Cáucaso; pero al fin y al cabo es una limosna, y muchos infelices comen con aquella manía. Triste es, muy triste, que un hombre medio loco socorra á semejantes suyos, divirtiéndose á costa de la miseria de su prójimo; pero es muy triste todavía que se despilfarren miles y miles de onzas de oro, encargando manjares y bicocas á Paris, cuando España es la tierra de los manjares.
Lo del ruso es más extraordinario.
Lo de la familia de Madrid es más necio.
El ruso se divierte á sí mismo.
La familia de Madrid divierte á todo el mundo.
El ruso nos prueba que tiene mucho oro.
La familia de Madrid hace ver que tiene muchos humos en la cabeza.
Si todo el mundo estuviese compuesto de rusos, como el de la calle de Lepelletier, y de familias, como la del convite de Madrid, la humanidad ofreceria seguramente un espectáculo muy curioso.
Vamos á la última novedad. Los periódicos anuncian la llegada á Paris de un banquero español muy célebre; el más célebre de nuestro país, quizá el más célebre de todo el mundo: D. José Salamanca. Un amigo me dice que debo hacer un paralelo entre Salamanca y el judío Rothschild, y me ha parecido muy bien la idea.
El dia de mañana comprenderá la visita de Santa Genoveva, y la comparacion entre aquellos dos grandes ídolos de nuestros tiempos.
=Dia trigésimo primero=.
Santa Genoveva.—Rothschild.—Salamanca.—Invitacion.—Nuevas curiosidades.
La historia del Panteon nos espera. Estamos en el siglo quinto de la era cristiana. El célebre Pelagio difunde por toda Inglaterra su herejía, la cual amenaza turbar las verdades fundamentales de la Iglesia católica. San German de Augerre y San Loujo de Troyes parten en el acto para la Gran Bretaña, con el pensamiento de combatir el famoso cisma, pasando por Nauterre, pequeña ciudad que se halla á pocas leguas de Paris. A la llegada de los dos santos, toda la ciudad se reunió en la plaza, como para oir y admirar la palabra de aquellos virtuosos varones. San German habla á la multitud, y en medio del profundo silencio y de la profunda veneracion con que le escuchaban, se oyen sollozos.
San German calla, las gentes se miran, se interrogan, buscan…. La que lloraba era una muchacha de Nauterre.
El santo se abre paso á través de la multitud, se aproxima á la jóven, que aún no podia contener las lágrimas, y la pregunta:
—¿Por qué lloras?
La pobre muchacha que se ve cerca de aquel gran santo, que oye su pregunta, temblaba y lloraba al mismo tiempo, y con mucha prisa, tal vez con vergüenza, se enjugaba las lágrimas; pero sin poder dejar de llorar.
—¿Qué tienes, hija mía? volvió á decirla el piadoso viajero, dando más dulzura á su palabra y á su ademan. La muchacha, con el rostro encendido, llorando todavía á despecho suyo, balbuceó:
—Quiero ser monja.
—¿Sabes, repuso San German, los sacrificios, las virtudes, el olvido y la fe que te reclama el estado á que aspiras?
—Yo no sé nada, contestó la muchacha, turbada aún. No sé más, sino que deseo vivir para mi Salvador. Y diciendo esto, se puso de rodillas, y besó la mano á San German.
El santo le dió su bendicion, y una medalla de metal, en que estaba esculpida la efigie de Cristo.
Los misioneros parten, Nanterre los saluda con gritos de fervor, y la muchacha quedó allí. Es probable que allí viviera oscuramente durante algun tiempo; pero no estaba sola. La fe es una grande y poderosa compañera. Por fin, la muchacha en cuestion deja su pueblo, su casa y su familia, buscando una familia, una casa y un pueblo más grande. Inútil es decir que los halló: el genio lo halla todo.
Pasan algunos años. El rey de los Hunos, el azote de Dios, el formidable Atila, se dirige á Paris. Aterrorizada la ciudad, al tener noticia de que llegaba el Neron del Norte, todo el mundo se disponia á salir, dejando sus casas en manos del saqueo, de la profanacion y de la barbarie. He dicho todo el mundo, y esto no es exacto. Una mujer, una mujer sola, débil, desconocida, pobre, descalza, con un cordon á la cintura, con los cabellos sueltos por la espalda, con los ojos inflamados, con la mano derecha suspendida, mostrando una medalla de cobre, recorria las calles de Paris, apostrofando á unos, consolando á otros, exhortando y animando á todos.
—¡No temais, no temais! El cielo vela por la ciudad.
Esto gritaba aquella mujer, y luego corria, y volvia á gritar, y corria nuevamente, y en todas partes se encontraba.
No hay medio posible: ó es una santa, ó una loca.
Paris se detiene, cobra fe, prepara la defensa, espera al salvaje conquistador. Atila no tomó la ciudad.
Despues de Atila viene Meroveo, y pone á Paris estrecho sitio. El hambre diezmaba á los sitiados que se contemplaban unos á otros silenciosamente, y en sus rostros escuálidos se veia escrita la terrible sentencia: ó entregarse ó morir.
Una mujer recorre las murallas.
—Que me sigan doce guerreros de vosotros, grita, y doce guerreros la siguen.
Aquella mujer encuentra víveres en las ciudades de Arsi y de Troyes, y
Meroveo no tomó á Paris.
Pasan cuatro siglos. Los normandos asedian la ciudad. En el momento en que el enemigo daba el asalto, el ataud que contenia el polvo de una mujer, recorre en procesion las murallas. Al mirar entre ellos aquel ataud, los parisienses gritan de entusiasmo y de júbilo, como si viesen venir en su auxilio á un ejército numeroso y triunfante. Los normandos no tomaron tampoco á Paris.
La mujer que salvó á los parisienses de Atila y Meroveo con su palabra y con su fe; la que los salvó de los normandos con su ataud; aquella mujer que salvó á un pueblo con un puñado de cenizas, cuyo polvo fué más poderoso y más valiente que la pica de los guerreros, era una muchacha llamada Genoveva; la misma muchacha que rompió á llorar, oyendo la voz de San German de Augerre; la misma á quien dió el santo la medalla de cobre con la efigie del Salvador; una muchacha á quien Nauterre llama hija, á quien la Iglesia llama santa, á quien Paris llama Patrona, á quien yo llamo un nobilísimo carácter histórico.
De la reseña que acabo de hacer, viene ese monumento que visitamos.
El rey Clovis, cediendo á las instancias de Santa Genoveva y de la reina Clotilde, levantó una iglesia, dedicada á San Pedro y San Pablo, en el monte llamado Lucotitius, que dominaba al antiguo Paris.
En aquella iglesia fuéron sepultados los restos de la Santa, á quien Paris debió tres veces su salvacion, y la fe y la gratitud que inspiraba aquel nombre, hizo olvidar la primitiva advocacion de los santos apóstoles. La veneracion pública dió al templo de Clovis el nombre de Santa Genoveva. Vienen los normandos en el año 887, y la iglesia de Santa Genoveva fué presa de las llamas. En el siglo XII se reconstruyó; pero en el XIV amenazaba ya ruina, y hasta el XVIII no vió Paris alzarse ese magnífico monumento. Lo principió Luis XV, y hago mérito de esta circunstancia, porque quien da su nombre á un monumento de tal tamaño, tiene positivamente derecho á que la posteridad no lo olvide.
Cuando se desemboca á la plaza del Panteon, la fachada de aquel gigantesco edificio viene á cautivar deliciosamente el ánimo del que lo contempla. Un monumento como el que tengo delante, se contempla, no se mira. Compónese aquella preciosa fachada de una galería y de un gran pórtico, imitacion del Panteon romano. Tiene veintidos columnas estriadas de órden corintio, de veinte metros de elevacion, y dos de diámetro, sosteniendo un fronton triangular de una longitud de treinta y tres metros, sobre una latitud de siete si son exactos, como creo, los informes que aquí nos dan. El arte ateniense tiene el genio de hacer que el mármol sea casi aéreo, casi vaporoso, y eso se nota aquí. Parece que esas columnas y ese enorme fronton se mueven, parece que se disponen á partir, á dejar la tierra, como cuando un pájaro levanta la cabeza y agita las alas, en actitud de querer volar.
El plan general de ese atrevido monumento, de esa altísima concepcion, representa una cruz latina. La componen cuatro naves, poderosamente dominadas por una sola cúpula, que se alza en el centro. Todo el edificio comprende un espacio de ciento trece metros de longitud, ochenta y cinco de latitud, y ochenta y tres de altura.
La linterna circular, rodeada de doce columnas, que corona elegantemente todo el edificio, estará a una altura de ciento cuarenta á ciento cincuenta metros.
Para ir desde la planta baja á lo alto de la cúpula, hay que subir cuatrocientos setenta y cinco escalones.
Cuando llegamos á una gran baranda de hierro que circuye lo alto de la cúpula, el ingeniero que me acompañaba (ya mis lectores le conocen), se empeñó en que yo tenia que asomarme, echando fuera una buena parte del cuerpo, á fin de dominar el enorme cóncavo de la media naranja, y las lejanas naves y paredes del monumento. Yo experimentaba que mi cabeza se deprimia por instantes; sentia que una mano de bronce me aplastaba la frente; ya me creia rodando por aquellas extensas y horribles bóvedas; horribles me parecian á mí, pues miraba en ellas el vacío lóbrego y misterioso de una sepultura. En fin, á despecho mio, arrostrando con cierta vergüenza la nota de cobarde, con que queria picarme el compañero, eché á huir hácia la escalera, casi dando chillidos y con los cabellos erizados. En mi vida me he creido más fuera del mundo. Me parecia que era propiedad de un mago, de un duende, de una bruja.
El ingeniero que me vió huir, echa detrás de mí como un rayo y me coge por los hombros, cuando yo no habia ganado todavía la escalera. Aquí fuéron mis grandes apuros; sudaba como un pollo; balbuceaba palabras interrumpidas, porque no podia hablar, y Dios sabe el esfuerzo que tuve que hacer sobre mi convulsion nerviosa, para no gritar pidiendo auxilio, como si me viera rodeado de asesinos ó de ladrones. ¡Qué sábia ha sido mi mujer! decia yo para mí. ¡Cuándo me veré en donde está ella! Mi mujer no quiso subir, y esperaba abajo. El ingeniero me coge por los hombros, tira hácia atrás, casi me arrastra, y como quien maneja un cadáver, me lleva á la baranda, me inclina el cuerpo, me baja la cabeza y me obliga á mirar, mientras que mis manos estaban asidas fuertemente á los hierros. ¡Es un espectáculo maravilloso! exclamaba con cierto frenesí de artista, un frenesí que le hacia muchísimo favor, que le honraba en extremo; pero que yo no podia comprender, mucho menos que comprender, venerar; y mucho menos que venerar, aplaudir. Yo dejé caer la cabeza sobre la baranda como un muerto, cerraba los ojos como para no desvanecerme; pero era inútil. Todo rodaba; todo me circuia dando vueltas en una confusion diabólica. No sé si porque ví algo al cerrar los ojos, ó por una adivinacion incomprensible del fluido eléctrico que me volvia loco: más claro, no sé si porque ví algo con mis ojos ó con mi gran miedo, me parecia estar mirando aquella formidable concavidad, al mismo tiempo que me imaginaba dando vuelcos por aquella region, muy maravillosa, muy sorprendente; pero muy vacía. ¡Dios le pague al buen ingeniero la excelente intencion con que obraba; pero se acabó el ir con él á la visita de ningun monumento que tenga más de un piso! Yo no puedo significar lo que padecí, las crueles angustias que pasé, las extravagantes y monstruosas visiones que se apoderaron de mi imaginacion. El ingeniero, que arrebatado del entusiasmo de su noble oficio, no veia que yo estaba medio difunto, me preguntó con aire orgulloso qué me parecia. Yo me apresuré á manifestarle que me habia parecido asombroso, que estaba lleno de admiracion y de regocijo, que no lo olvidaria en mi vida (era la verdad), y diciendo esto, y estudiando sus ademanes, me dirigia á la escalera. Luego que bajé el primer tramo, dí un suspiro, y saltaba los escalones de dos en dos, temeroso sin duda de que el ingeniero viniera á cogerme segunda vez. ¡Oiga usted! ¡Venga usted aca! me gritaba desde arriba. ¡Verá usted un grupo magnífico! Yo saltaba antes los escalones de dos en dos; ahora los saltaba de tres en tres, contestándole al mismo tiempo: sí, señor, un grupo muy magnífico, allá voy, espéreme usted, y miraba hácia bajo, para ver si faltaba mucha escalera. Creí no llegar; hasta sospeché que habia equivocado el camino y que marchaba hácia las nubes. Por fin llegué, por fin pisé tierra, por fin ví á mi mujer que ya estaba impaciente, y que me pareció sumamente hermosa. Me figuré que veia una divinidad.
El ingeniero estuvo por allá una media hora. Entre tanto, en union de mi compañera, visité el interior espléndido de esto que no sé cómo denominar: si necrópolo ó templo, si protesta ó fe, si reliquia ó profanacion, si monte Calvario ó Roca Tarpeya.
Frescos brillantes, fastuosos, casi lascivos; apoteosis de Bonaparte, hombres ilustres de la república y del imperio; Fenelon, Malesherbes, Mirabeau, Voltaire, Rousseau, Lafayette, Carnot, Manuel, Monge, Laplace, David, Bichat, Lagrange: es decir, allí está todo lo que debe estar en un arco de triunfo, en una academia, en un teatro, en un cementerio, en un museo, en un alcázar: no hay nada de lo que debe haber en una iglesia: victorias, apoteosis griegas, pinturas romanas, la libertad, el genio, el valor, la ciencia, la historia; guerreros, teólogos, protestantes, cismáticos, realistas, republicanos, poetas, cirujanos, matemáticos, críticos, filósofos, inventores; todo eso he visto allí: no he visto un santo. Sin embargo, esto que visitamos, esto que vemos, este resplandor que nos ofusca, que nos fascina, es un templo católico. En un templo católico están Voltaire, Rousseau, Diderot y otros compañeros de la Enciclopedia: no están Bossuet, Bourdaloue, Flechier, Masillon. Ya lo he dicho en otro lugar de estos apuntes, pero hay cosas tan raras y originales, que no basta decirlas una vez.
Este edificio, como la Magdalena, es una cosa santa sin santidad: es una santidad á la fuerza, mandada guardar y cumplir como ley de Estado, á la manera del Jehovah hebreo. Todo es Dios en esta irreverente iglesia, menos Dios: todo es iglesia, menos la iglesia. Los franceses deben estar muy satisfechos de esto, porque, realmente, esto es muy francés.
Muchos franceses creen (yo lo he oído) que el Panteon parisiense es de un mérito superior á la Basílica Romana. Me parece que esta opinion es una lisonja con que se adula el espíritu nacional. Al comparar estas dos grandes páginas de la historia del arte, no debemos remontarnos á la poesía de los templos, porque el Panteon no lo es. Hablarémos de los edificios; es decir, de la piedra.
Santa Genoveva, obra de un solo hombre, realizacion de un solo pensamiento, tiene más unidad, más simetría, más órden.
El Vaticano, en donde cada siglo pone muchas estátuas, tiene infinitamente más fecundidad, más grandeza, más galanura, más esplendidez.
En el Panteon hallamos más escuela, más regularidad: si se quiere, más sabiduría.
En el Vaticano admiramos más arte, más creacion, más genio.
Si el Panteon es un edificio, el Vaticano es un monumento.
Si el Panteon es un monumento, el Vaticano es una maravilla.
En Santa Genoveva reina Soufflot: el puritanismo aleman.
En la Basílica de San Pedro, reina Miguel Angel: la magnificencia italiana.
En Santa Genoveva se admira al hombre.
En el Vaticano se admira á Dios.
En la catedral de Sevilla y de Toledo, se le adora.
Childerico dió a la primera iglesia la denominacion de San Pedro y San
Pablo.
La veneracion pública borró el nombre de San Pedro y San Pablo, para llamar al nuevo edificio Santa Genoveva.
La Asamblea constituyente borró el nombre de Santa Genoveva, para denominarlo el Panteon, despojándolo del culto católico.
Napoleon I no le volvió el nombre de la santa; pero le devolvió su culto.
La restauracion borra el nombre de Panteon, para llamarlo nuevamente
Santa Genoveva.
La revolucion de Luis Felipe vuelve á borrar el nombre de Santa
Genoveva, para darle el de Panteon.
Napoleon III, en 1852, vuelve á borrar la advocacion revolucionaria de
Panteon, para darle el nombre religioso de Santa Genoveva.
Mañana ú otro dia volverá á llamársele Panteon, para volverle á llamar luego Santa Genoveva, Panteon despues, y Santa Genoveva más tarde, hasta que por fin venga al suelo, quedando para siempre la memoria confusa y revuelta de Santa Genoveva y de Panteon.
Si se pudieran averiguar todas las veces que el pueblo francés ha dicho hoy ¡muera! á lo mismo que ayer dijo ¡viva!, es seguro que se formaria la historia más curiosa del universo. No debe negarse que en todos los países suceden mil extravagancias; pero lo que es extravagancia en otras partes, es aquí consecuencia. El prurito, el frenesí, casi la locura de variar, es lo único que en Francia no varia: lo único estable es lo voluble. Un ¡viva! equivale aquí á una escalera que conduce irremisiblemente al patíbulo. No tengo la ambicion de ser victoreado en ningun pueblo de la tierra; menos que en ningun otro, en este devorador Paris. No estoy tan mal con mi pescuezo.
Otro dia bajaré al subterráneo, en donde se custodian las cenizas de Voltaire, Rousseau, Diderot, y algunos otros personajes célebres. No bajo hoy, ya porque los novecientos cincuenta escalones que he bajado y subido, han quitado á mis piernas el gusto de subir y bajar; ya tambien porque llevo un compañero sospechoso. El ingeniero que me acompaña tiene una frenética aficion á todas las cosas de la antigüedad; es un arqueólogo furibundo, y estoy cierto que si bajo con él al Panteon, me obligará á meter la cabeza por todo nicho, sepultura, grieta, rendija, escondrijo y recobeco que vaya encontrando. Si hubiese un abismo por allí, es seguró, tambien que me obligaria á meter las narices en el abismo, como me obligó á mirar la cúpula desde la baranda de hierro, á la altura de un décimo piso. La verdad, dicho sea sin ofender á nadie, no tengo ninguna comezon por ser héroe ni en las profundidades, ni en las alturas.
Salimos del templo, atravesamos la plaza, cruzamos luego por San
Sulpicio, y á los cuatro minutos nos vemos en el muelle de Voltaire.
Pasamos uno de los puentes, y véanos el lector en la otra orilla del
Sena, en el momento en que uno de los vapores que van á Versalles se
dispone para partir.
La orilla del río presenta un espectáculo animado, extraño, pintoresco, delicioso. Unos salen, otros entran, todos corren; se agolpan; se apiñan; las marras del buque se sueltan; el humo asoma; las ruedas se mueven; el agua salta convertida en espuma; el vapor parte. Al clamoreo festivo de la despedida, sucede un silencio general. El tiuque se desliza sobre aquella corriente azulosa, como una culebra sobre el musgo de un prado verde. No bien habia partido, cuando llega una pobre señora con dos criaturas. Tiene los labios entreabiertos, la boca seca; los ojos dilatados; la frente sudosa é hinchadas las narices, efecto de cansancio. La infeliz madre, al mirar que el vapor se alejaba, se quedó inmóvil, con un niño en los brazos y el otro cogido de la mano, sin saber lo que la pasaba. Es seguro que tenia el aliento suspendido.
Luego exclamó: ¡que je suis malheureuse! ¡J'arrive tard toujours!
(¡Qué desgraciada soy! Siempre llego tarde.)
Despues de estar en la misma actitud dos ó tres minutos, hizo un ademan de forzosa resignacion, y se volvió con sus dos niños.
Nosotros permanecimos en el muelle, hasta que el buque desapareció. Ver un vapor en medio de una ciudad populosísima, como si nos hallásemos en las márgenes del Océano, es un panorama que me tiene encantado.
Luego que ya no divisamos el buque, nos dirigimos á la plaza de la Concordia, con ánimo de tomar el ómnibus que viene del arco de la Estrella. Á los pocos pasos que dimos, nos encontramos con un hombre que estaba sentado sobre el muelle, inmediato á una cuerda que iba á sumergirse en el rio. Al ingeniero le faltó tiempo para preguntarle qué significaba aquella cuerda. El hombre contestó que era una máquina, dentro de la cual se bajaba al fondo del rio, pudiendo ir sentado con la mayor comodidad, y llevar los ojos abiertos. Desde la, máquina en cuestion se veia el fondo del Sena, la diafanidad de las aguas, los barquichuelos que pasaban por encima, y otras curiosidades á este tenor. Nuestro ingeniero hizo una exclamacion de alegría. Se conoce que habia ido á Paris en busca de lances estupendos, y la cuerda realizaba una de sus soñadas maravillas. Inmediatamente me coge por los hombros, y se empeña en que habia de bajar con él al fondo del rio, á una profundidad de diez ó doce varas. Yo me quedó mirándole entre amostazado y risueño: por fin le dije: pero, hombre, ¿usted se ha formado el propósito de que yo no salga entero de Paris? ¿Cómo quiere usted que vaya á rastrear el fondo del Sena, incrustrado en una máquina de vidrio? ¿Y si casualmente se rompe un cristal, y la máquina se llena de agua y me ahogo? Espere usted que me haya convertido en cangreo, y entonces bajarémos juntos.
—No, señor; no, señor; exclamaba con mucha prisa, como si la ocasion se le escapara de las manos, y sin soltar mis hombros. Es necesario probar la máquina. ¿Qué se diria de nosotros en Madrid, cuando se supiera que no habiamos bajado por miedo?
—Déjeme usted por el amor de Dios, le contestaba yo sonriendo. Madrid puede decir lo que tenga por conveniente; pero yo no estoy en el caso de hacer el buzo, para dar un buen rato á las tertulias de Madrid….
—Nada, nada, repetia, y apretándome más fuertemente, previno al hombre que subiera la máquina.
Al notar mi mujer que el hombre tiraba de la cuerda, me cogió del brazo con resolucion, diciendo al ingeniero.
—Usted puede bajar, si gusta; lo que es mi marido no se mete ahí, y tiró de mí valerosamente hácia la plaza de la Concordia. Mi hombre no se atrevió á habérselas con una señora, y tuvo que capitular, bien á pesar suyo. Si mi mujer no se convierte en casa de asilo, me coge y me empaqueta en la máquina de cristal, como me llevó casi en vilo á colocarme sobre la baranda del Panteon.
—Noto, le dije, al par que caminábamos hácia la Concordia, que la arqueología de usted tiene instintos atroces. Seria menester, amigo mio, que diese usted más humanidad á sus caballerescos antojos.
—No son antojos caballerescos; son quimeras artísticas.
—Pues seria menester que tuviese usted quimeras artísticas más amables.
En esto llegamos á la Plaza, cerca de cuyo muelle hay una fragata, surta en el rio, como ya he dicho en otro lugar de, estos apuntes.
—¿Una fragata? exclamó el ingeniero. Pues vamos allá.
Creo que si le muestran en Paris el purgatorio, se mete dentro con medias y ligas.
Fué preciso ceder. Vimos la fragata, y tomamos encima de cubierta, debajo de un elegante toldo, varios refrescos que pedimos. Esto es otra cosa que la máquina de vidrio, y que la baranda de Santa Genoveva.
Salimos de allí, cruzamos la Plaza, llega el ómnibus, montamos en él, y á los veinte minutos nos hallábamos en la puerta de nuestra fonda. El ingeniero no quiso subir, porque tenia que continuar sus excursiones. ¡Todavía no estaba satisfecho, cuando yo tendré que hacer cama por la batahola del Panteon! Al separarse de nosotros, exclamé para mi coleto: ese hombre ha equivocado el oficio; ha nacido para hacer piruetas en la maroma.
Vamos á la comparacion entre Rothschild y Salamanca. No voy á hacer una pintura, sino un boceto, al mismo tiempo concebido y ejecutado. No debo ocultar que lo escribo con miedo; pero la buena fe me salva.
La Europa presenció, no ha mucho, un congreso de soberanos. En ese congreso entra Rothschild, y todos los reyes se levantan y se destocan, menos el de Holanda, que era el único que no le debía. Despues de esto, acaso no seria temerario decir que aquellos reyes se destocaron ante su rey, lo cual significa que el dinero es el rey de los reyes de nuestro siglo, porque claro es que aquellos soberanos no acataban en Rothschild otra teología, otra heroicidad, otra ciencia, otro arte, que el dinero. Ese es Rothschild; una especie de rey universal, un gran monarca de nuestros tiempos, ante quien los monarcas dinásticos se destocan.
Hay un rico, muy rico, inmensamente rico, que ha sabido enriquecerse más. Hay un hombre, una familia, que hereda un gran tesoro, que sabe ponerlo á buenas ganancias, que sabe acrecentarlo, hasta reunir la suma fabulosa de miles de millones de reales, asombrando al mundo con un prodigio de que no hay ejemplo en la historia de la humanidad: ese es el judío Rothschild.
Salamanca hizo con su fortuna lo que Dios con el universo: la sacó de la nada.
Muy entrado el presente siglo, hay en Granada un estudiante que va al café, y habla de onzas de oro; va al billar, y habla de onzas de oro; y habla de onzas de oro á su patrona, á sus compañeros, átodo el mundo. Sin embargo, el estudiante es pobre. ¡Cuántas veces se veria en aprieto para pagar su modesto pupilaje! ¡Cuántas veces esquivaría atravesar la puerta del sastre! ¡Cuántas veces huiria de la calle del zapatero! El buen escolar de Granada no tenia las onzas de oro en su bolsillo; las tenia en su imaginacion; no las tiene, las ve; quizá no las ve; las adivina. De cualquier modo, las onzas, de oro están allí; ya saldrán cuando llegue la hora. En el alma de aquel estudiante hay una geometría oculta, una química incomprensible, una especió de mágia. Cuando la sazon llegue, asomará el geómetra, saldrá el químico, aparecerá el mago.
El estudiante se licencia en leyes; nuestro licenciado se casa; el casado se hace juez; el juez no tiene lo que necesita para vivir; pero no recibe de nadie un maravedí por sus legítimos derechos; abandona el juzgado; el cesante, viene á Madrid; se hace banquero, el banquero se hace diputado, el diputado se hace ministro. Cae el ministro, cae con estrépito, más que con estrépito, con escándalo (un hombre del desarrollo de Salamanca no admite medias tintas); cae furiosamente, como suele decirse, todo el mundo le vuelve la espalda, su nombre atemoriza, su firma se rechaza, sus letras se protestan, y tiene que huir. Está arruinado, desacreditado, y proscrito: tres ruinas pesan á un mismo tiempo sobre el comerciante. La ruina del dinero, la ruina del nombre, y la ruina de la libertad. ¡Está perdido! decía todo el mundo. Y él contestaba en su interior: ¡no, no estoy perdido! ¡Ya no vuelve á España! volvian á decir, aún las personas que le tocaban más de cerca. Y él contestaba en sus adentros: ¡sí vuelvo á España!
Efectivamente volvió. Antes disponia de quinientos millones: ahora, de mil. ¿Cómo lo hizo? Á esta pregunta contesto yo con otra pregunta: ¿cómo hizo Galileo para hallar modo de pesar el aire? Pues como Galileo pesaba el ambiente atmosférico, pesa D. José Salamanca los negocios: Como Galileo arreglaba su ciencia, arregla D. José Salamanca la suya.
Estalla una revolucion; los revolucionarios invaden la casa del banquero, y la queman. El banquero huye; el banquero emigra. Á poco vuelve de la emigracion. ¿De qué manera vuelve? Antes disponia de mil millones; ahora dispone de dos mil. Infinitas líneas de ferro-carriles en España, todas las de Italia, todas las del vecino Portugal; banquero en Madrid, banquero en Paris, banquero en Lisboa, banquero en Roma, banquero en Lóndres, banquero en todas partes. Pierde en Italia treinta y cinco millones, gasta quince ó veinte millones todos los años en sus atenciones particulares, mil y mil compromisos enormes pesan sobre su caja, y cuando todo el mundo lo cree más apurado, compra terrenos y levanta planos para hacer un barrio magnífico, el más magnífico de Madrid, por la espalda de su palacio, cuya obra no debe costarle menos de mil trescientos á mil cuatrocientos millones. Cuando todo el mundo lo cree embarazado por aquella pérdida, una pérdida tan enorme, dice á Manzanedo que él llevará la Puerta del Sol á lo que es hoy Plaza de Toros; y si vive, es bien seguro que la llevará. Y es casi seguro que no dejará de vivir, porque hombres de semejante estrella no mueren hasta que dejan acabados sus planes. Sí; llegará un dia, en que el terreno que se llama hoy Plaza de Toros, será un centro mas rico, más brillante, de una vista más deslumbradora que la actual Puerta del Sol. Llegará un dia en que los coches de la nobleza inundarán el nuevo barrio, para hacer sus compras en los iluminados bazares y en los inmensos almacenes del nuevo Madrid. Vivir por ver.
Estudiante, abogado, juez, diputado, ministro, tribuno, empresario, capitalista, caballero, galan, magnate, casi pintor sin saber pintar; casi poeta sin saber hacer versos; siempre privado, aún habiendo perdido la privanza; siempre en pié, aún, cuando esté caido: ese es D. José Salamanca.
Al judío Rothschild se le pregunta: ¿cuánto tienes? Y él contesta: tanto millones.
A Salamanca se le pregunta: ¿cuánto tienes? Mira en torno suyo, hojea sus libros; y acaso responde: no tengo nada. Luego se concentra, registra su interior, busca en su fantasía, la encuentra sembrada de minas preciosas, halla riquezas inagotables, y responde: lo tengo todo. Es un hombre que lo tiene todo, no teniendo nada. Sin un maravedí, es un banquero como Rothschild.
Imaginar en Salamanca equivale á fundir barras de oro. Idear es hacer dinero. No tiene entendimiento como los demás. Su entendimiento es una fábrica de moneda, de billetes y talones de Banco. Salamanca camina por donde camina todo el mundo; nadie oye nada; él oye ruido bajo sus piés; se baja; escarba con el dedo, y halla un tesoro. Adivina donde hay tesoros, como Colon adivinó la América. No sé si es espíritu lo que en él obra tales maravillas; no sé si es magnetismo, sonambulismo, electricidad ó cosa parecida; pero lo cierto es que hay en aquel hombre un instinto maravilloso, unas matemáticas que nadie le ha enseñado; unas matemáticas que vienen de Dios. Si pudiera reunirse todo lo que ha gastado y perdido, me atrevo á decir que se formaria un depósito mayor que el que tiene en sus cavas el Banco de Lóndres. Yo conozco una lonja en Madrid, cuyo dueño se ha enriquecido con los licores que ha despachado para la casa de Salamanca. Lo que ha consumido en tabaco, bastaria para dotar líberalmente á cien familias necesitadas. Diez mil duros da anualmente á su señora, para que pueda satisfacer sus caritativas inclinaciones. Pero ¿es él quien da esos diez mil duros á los menesterosos? No, no es él. Esto importa mucho para describir religiosamente el carácter propio del personaje que nos ocupa. No es él. El no los da á los pobres, sino á su señora, para que su señora tenga la piadosa satisfaccion de darlos á los pobres; Cada cual se entiende, y D. José Salamanca es un hombre que se entiende siempre á las mil maravillas.
Sentados los ligeros datos anteriores, preguntarémos: ¿quién es más grande, Rothschild ó Salamanca?
La cuestion está reducida á lo siguiente: ¿qué tiene más mérito, reunir mil no teniendo nada, ó juntar un millon teniendo mil?
Me parece que para partir de los mil y llegar al millon, no se necesita otra cosa que comerciar.
Creo que para partir de la nada y llegar á mil, es indispensable crear.
El primero cambia.
El segundo elabora.
El uno tiene capital, cálculo, diligencia y fortuna.
El otro tiene genio.
Al primero todo se lo da el hombre.
Al segundo, se lo da Dios.
La compañía de Rothschild es un centro inmenso de accion.
Salamanca es su accion misma.
Rothschild es una casa, una sociedad.
Salamanca es él.
Rothschild envia á las Californias buques llenos de plata, y se los traen llenos de oro.
Salamanca no tiene que salir de su escritorio, para explotar las minas de las Californias; para Salamanca son Californias todos los países; las Californias van consigo.
Salamanca seria el carácter más extenso, uno de los genios más grandes del siglo xix, que es el siglo más grande que registra la historia del mundo, si no le faltasen dos cosas.
—¿Le faltan dos cosas? preguntará el lector.
—Sí; á ese carácter prodigioso faltan dos cualidades capitalísimas.
—¿Cuáles son?
—Las siguientes; y cuidado que cuando yo censuro, tengo derecho á que se me crea, porque al tachar un vicio, siento dolor. La censura que cae de mi humilde pluma, es una flor mústia que mi alma deposita en la urna sagrada de la verdad. Olga D. José Salamanca la verdad; esa verdad que se le ha escondido en las biografías que se le han dedicado; oiga la verdad de unos apuntes, que no van dedicados á Salamanca, sino á la opinion de mi país, á la probidad de mi conciencia, y si pudiera ser, al espíritu de la historia. Oiga la verdad que imprime en estas líneas un oscuro y pobre escritor, que no tiene en el mundo otro caudal, ni otra esperanza, ni otro consuelo, que la religion de su penoso y elevado oficio; oficio que él estima tanto como D. José Salamanca su fausto y sus millones. Oiga una vez la leccion severa de la moral, quien ha recibido tantas veces las caricias aduladoras de la fortuna.
D. José Salamanca tiene el sentimiento de la naturaleza; lo tiene realmente, y esto no puede menos de suceder, cuando tiene, en alto grado, el sentimiento de la forma. D. José Salamanca es artista sin saberlo. Por eso ama la luz, los campos, los árboles, las flores, los perfumes, los rios: por eso sus quintas son las más poéticas que hay en España. Esto no procede únicamente de que disponga de muchos millones; de más millones disponia Cárlos III, y en las obras de Cárlos III no hay el orientalismo que en las creaciones de Salamanca. Es cuestion de dinero y de gusto; es cuestion de oro y de fantasía. D. José Salamanca tiene fantasía, tiene gusto; pero es una fantasía exterior, sensual; es un gusto que apenas pasa de la sensacion, que no halla pasto suficiente en las emociones más elevadas del sentimiento. D. José Salamanca es un idealista que no se contenta con la idealidad; es un artista que no se contenta con el arte; es un poeta que no tiene bastante con la alta y verdadera poesía.
En una palabra, ama la naturaleza, porque la naturaleza convida á sus sentidos con un placer más: placer de los sentidos; este es el sentimiento particular de Salamanca. Si la naturaleza no fuera un gran goce, un gran disfrute, el primero y más rico de los festines, la primera y más seductora de las beldades, D. José Salamanca no la amaria. Pero ¿en que consiste este raro fenómeno? No es raro. Consiste en que D. José Salamanca no sabe amar con el amor de la imaginacion, con el amor del pensamiento, con el amor purísimo de la fe; don José Salamanca no puede amar con ese rescoldo suave que siente el alma, cuando contemplamos un cuadro sublime, como cuando vemos en un cielo azul, casi mojadas por la lluvia de la tempestad, las franjas encendidas del arco íris. Consiste en que D. José Salamanca ama especialmente con los sentidos, de una manera casi voluptuosa.
Tiene tambien el sentimiento de la vida; por eso se rodea de una opulencia y de unos placeres que los demás ricos no saben adquirir; tal vez los codician; pero ni los sabrian tener; por eso idealiza cuanto le circuye, con una pompa y una imaginacion que deslumbran. En las cosas de Salamanca, hay lo que antes se llama galanura, hidalguía, gentileza. Es como si dijeramos el fabuloso Montecristo de nuestra edad. Sí, tiene el sentimiento de la vida; pero no lo tiene en relacion con Dios y con el hombre, sino en relacion con sus deleites. Su voluntad, lo que él desea, lo que él quiere, no es servir al hombre ni á Dios, sino para lograr que Dios y el hombre le sirvan á él. Sirve á Dios y á la humanidad ¿quién lo duda? sin anhelarlo en el fondo de su conciencia, sin cifrar en ello una grande ilusion de su vida, aun cuando lo hiciera sin comprenderlo, D. José Salamanca seria de todos modos un aventajadísimo obrero de la civilizacion de un siglo, un laboriosísimo menestral de la historia: sirve á la humanidad y á Dios, todo genio sirve, dejaria de ser genio si no sirviera; pero su primera intencion no es servir, sino ser servido. Hace con la vida lo que hace con la naturaleza.
Tiene el sentimiento de la fama; pero no de la fama espiritual, imaginativa, apasionada, fervorosa: no el sentimiento de ese ángel que mueve sus alas sobre la silenciosa cavidad de un sepulcro; no el sentimiento que se exhala en el corazon de los héroes, de los mártires, de los sábios; no ese sentimiento que es una de las más supremas gerarquías del alma; esa emocion vaga, melancólica, indefinible, que brota en el espíritu del hombre, como nace una violeta al pié de una cruz. Para D. José Salamanca significa poco la fama moral, metafísica, póstuma; la fama que viene despues, como despues del vivo viene el muerto, como despues del muerto vienen sus cenizas. D. José Salamanca busca siempre la fama real, sensible, presente, bulliciosa; la fama que se oiga, que se vea, que se toque; esa fama que equivale al crédito; ese crédito que es un gran capital, un gran fondo, un grande y universal gerente. D. José Salamanca es un esclavo de la opinion pública, para hacerse dueño del público. Quema incienso á la sociedad, para que la sociedad se lo queme á él. Adora á un ídolo, á fin de que ese ídolo agradecido se convierta en idólatra suyo. Por eso es generoso á su manera; es generoso efectivamente, espléndido y hospitalario; da como nadie, porque da como gana, y nadie gana como él; da, no se lo niego, no debo negárselo; pero da con su cuenta y razon. Dará siempre, en buen hora; pero cuando el público lo ve, da con alarde; más que con alarde, con gala, con orgullo, con engreimiento. De esta manera, si no recibe de aquel á quien da, consigue recibir de la opinion pública, que le llama héroe y personaje por aquella limosna astuta; limosna buena, porque al cabo hay algo en ella de caridad; limosna astuta, porque es una caridad ingeniosa, casi mercantil. La generosidad de Salamanca es, en más de un caso, una mercancía que vende al público, para que el público le compre á él otra mercancía por un precio mayor; es un comercio hábil, habilísimo; este comercio necesita una táctica tan maestra, que casi, casi, tiene tanto mérito como la generosidad misma. D. José Salamanca compra con monedas que los demás banqueros no conocen; compra y vende mercancías que no conocen los demás mercaderes, y en esto consiste que los demás ricos, los muy ricos, parezcan muy pobres comparados á Salamanca. La cuestion, la ruidosísima cuestion de generosidad, es muchas veces para el personaje de que me ocupo, un juego de Bolsa, que nadie comprende como él, porque nadie tiene su talento. Hace con la fama lo que hace con la vida.
D. José Salamanca es el Dios, la naturaleza y la humanidad de sí mismo: una iglesia en que no se rezan oraciones mentales: un rito en que no se conoce el culto interno. Culto interno; hé aquí lo único que le falta para ser muy grande, pues para ser muy grande, hay que ser grande por fuera y por dentro; y ese hombre que revoca tan bien su fachada; ese atrevido artista que sabe derramar tanto hechizo en el frontis de su palacio, vive muchas veces en un interior mezquino y estrecho. ¡Ah! si esa privilegiada fantasía que lo idealiza todo, comprendiera por un momento la idealidad; si esa razon fecunda y ardorosa que en todo piensa, rindiese un homenaje al pensamiento; si ese orientalismo que quema tanta mirra á la materia, guardase un aroma para el espíritu; si esa brujería que hace un Dios de todas las bellezas sensuales, comprendiese á Dios en la lágrima solitaria que vierte la virtud entre cuatro paredes negras; si Salamanca fuese capaz de exhalar un suspiro, al cual no fuese unida una memoria impura; si fuese capaz de una hora de silencio y de dolor en el íntimo santuario del alma, si fuese capaz de ese culto interno, D. José Salamanca seria indudablemente el carácter más general, y acaso el más bello de su nacion y de su siglo. Pero vuelvo á decir que le faltan dos cosas: honrar el pensamiento por ser pensamiento; honrar la virtud por ser virtud.
Reasumamos lo dicho sobre ambos personajes. Un hombre que hereda dos mil millones de reales, y que hoy cuenta con cuatro mil: un coloso de oro, de empresas, de fortuna, de crédito; un semi-Dios de nuestra época; ese es Rothschild.
Un hombre de facciones expansivas y despejadas, de ademan suelto; de trato festivo, casi epigramático; de palabra fácil, aguda, algunas veces armoniosa; de carácter sencillo en apariencia, doble en el fondo; ingénuo para los demás; trascendental para sus fines; liberal para todos; más liberal para sí mismo; ojo de águila; suspicacia de mercader; galantería de cortesano; pompa de noble, boato de banquero; esplendidez de favorito, magnificencia de monarca; griego en la fantasía; asiático en el gusto; sibarita en sus aficiones, en sus hábitos, en sus placeres; sobre todo, negociante en sus cálculos inspirados, vastísimos, fecundos, inagotables, geométricos; negociante en su increible actividad, en su audacia maravillosa; mago, hechicero, adivino, zahorí y alquimista, en materia de sacar oro de los carbones, ese es D. José Salamanca.
Aún con las faltas que le hallo, y que no he debido disimular porque hablo á la conciencia de un pueblo; aún con defectos capitales, que lo hacen temible, D. José Salamanca tiene tanto genio, su fama es tan brillante, tan provocativa, tan espléndida; sus vicios y virtudes se ponen un traje tan nuevo, tan magnífico, tan fascinador, que su nombre es hoy de los que más suenan en el mundo, de los más conocidos en Europa, el más popular de nuestro país.
No hace mucho dijo en las Córtes, que es verdad que él se habia enriquecido; pero tambien lo era que habia dotado á España de ferro-carriles.
Sus enemigos dirán lo que quieran; yo podré hallarle todos los defectos que me plazca, cada cual dirá, lo que le parezca; pero la nacion debe estarle reconocida, y se lo está. En este sentido, yo tambien se lo estoy. ¡Qué curioso seria escribir una biografía, cogiendo el hilo de aquella existencia tan movible y tan ávida, y seguir hilando hasta dar con el fin de la revueltísima madeja! Si Salamanca viviese encerrado en una cueva; si tuviese por palacio un desierto; si á su sombra llevase atadas las dificultades y las amarguras del proscrito yo no tendria ningun reparo en escribir su vida, que es sin disputa la más fecunda en episodios extraordinarios que conoce nuestro país en el siglo presente; pero no quiero nada con hombres tan ricos. Por lo menos se creeria que pensaba adularle, y soy muy avaro de mi pobreza.
Un amigo á quien he leido estos apuntes, me dice:
—¿Si Salamanca enviase á usted diez mil duros, usted qué haria?
—Devolvérselos.
Hemos sido invitados para concurrir á una tertulia de alto copete, que tiene lugar en la calle Vivienne. Mi mujer ha dicho que no; yo he dicho que sí. Esta vez espero triunfar.
Voy á concluir este dia con algunas curiosidades.
Hemos ido á un gran establecimiento público, en que dan de comer por dos sueldos, ó sea por muy poco más de tres cuartos. La comida consiste en un trozo de pan y un plato de patatas guisadas con bastante curiosidad. Al ver allí, colocada en extensas filas, aquella numerosa y callada congregacion, acude á nuestra mente la idea de la sopa monacal. Sin embargo, estoy más por estos conventos sociales, que por aquellas caridades frailunas.
Otra curiosidad. Todo Paris repite la contestacion que ha dado un niño en los exámenes de moral. El maestro le preguntó qué era la gratitud. El examinando no se acordaba de la definicion del libro, y despues de titubear un momento, como cediendo á una inspiracion, con acento seguro y altanero, dijo: la gratitud es la memoria del corazon.
Una asamblea, mil asambleas de filósofos, de sábios, de poetas y oradores, reunidas al efecto, no hubieran acertado positivamente con una respuesta tan profunda, tan graciosa, tan viva, tan moral y tan bella. El niño en cuestion ha hecho su fortuna, y la merece. La criatura que consigue, con cuatro palabras, alarmar á una ciudad como Paris, menos que criatura es un personaje en pequeño. ¡Dios le dé tanta suerte, y tantas expresiones felices, como es admirable, sabia y poética su definicion de la gratitud!
Otra curiosidad. Hemos visitado una calle célebre, muy célebre, en la historia oculta de esta ciudad: la calle de Chantres. En esta calle habia, hace algunos siglos, una casa pequeña, baja y húmeda: esta casa presenció los amores de Abelardo y Eloisa. Mi mujer, que tan desdeñosa se muestra con todas las cosas de Paris, ha visitado aquel lugar histórico con el mas afectuoso interés. Esto procede de que Abelardo y Eloisa, antes que á la historia de un país, tocan á la historia del corazon, que es la historia más universal del género humano. Al dejar la calle en cuestion, dirigimos un triste saludo á los desgraciados amantes.
Última curiosidad de este dia. Cerca de la Plaza de la Concordia, hemos visto á la Emperatriz y al Príncipe. Observamos que de la parte de las Tullerías bajaba un carruaje, en cuyo torno se agrupaban los transeuntes, nos aproximamos y no tardamos en distinguir á nuestra paisana, que venia, sola con su hijo. La antigua condesa de Teba es una fisonomía delicada, noble, bella y majestuosa. Indudablemente es uno de esos tipos privilegiados, capaces de inspirar una pasion profunda. Pero me parece que aquella mujer no vive contenta; me parece qué no es feliz. Detrás de aquellos ojos dulces y apacibles, detrás de aquel cútis blanquísimo, de aquellas sutilísimas venas azules, de-aquel bello contorno; más allá del magnífico carruaje que la conduce como en triunfo; más allá de las galas y de las pedrerías que adornan su traje; más allá de los torreones de aquel suntuoso palacio de donde acaba de salir, me parece que veo cierto espíritu de resignacion y de melancolía. Detrás de esos velos brillantes, me parece que alcanzo á distinguir un misterio, y casi tengo por seguro que ese misterio es una pena. Detrás del tinte de la cara, vislumbro yo un tinte que no puedo explicar; aunque en mi conciencia lo sé definir. Esto ha hecho que la Emperatriz me haya parecido más hermosa, porque no hay belleza sin algo triste, porque tal vez en un algo triste consiste la grande y verdadera belleza. La madre miraba á su hijo; luego, saludaba y se sonreia; pero ¡ay! aquella sonrisa venia á decirme que tambien los palacios ocultan lágrimas; que tambien las joyas atavian pechos doloridos, como luces brillantes alumbran la cara de un muerto.
Una cosa muy rara he notado, á propósito de la Emperatriz, y acerca de la cual hemos hablado varias veces mi mujer y yo. En Paris todo el mundo tiene sus historias, sus anécdotas, su chismografía. En un pueblo tan fabuloso, natural es que todo personaje tenga su fábula. He hablado con muchos franceses de todas gerarquías; he hablado con muchas francesas que hablan de todo; (las mujeres en Francia son como en todas partes;) he provocado la conversacion de la Emperatriz; he procurado esforzar el asunto; en vano. Nadie nos ha dicho una sola palabra de la esposa del Emperador. Ni una aventura, ni una limosna, ni un dicho agudo, ni un ademan, ni un gesto. Por lo que mi mujer y yo hemos observado, sin tener más datos que nuestra experiencia personal, podemos decir que la antigua condesa de Teba es aquí un cadáver. ¿Tendrá esto su explicacion en que la condesa de Toba es española? No lo sé; no quiero atribuir esa ruindad, esa estrechez, á la nacion francesa; pero es evidente que algo hay aquí.
Volviendo á la persona de la Emperatriz, he notado tambien que la mujer perjudica á la reina, y que la reina perjudica á la mujer. Se ven dos sujetos, y el uno quita encanto al otro. Parece que una mujer tan bella no necesita ser Emperatriz; y que una Emperatriz tan hermosa, no saca su diadema más que de su hermosura; de donde resulta que no es completa la ilusion de la reina, ni la ilusion de la mujer. La Emperatriz seria más Emperatriz con menos belleza; y la mujer seria más mujer con menos atavíos imperiales.
Si yo tuviese una diplomacía y una cortesania que no tengo que no quiero tener, es casi seguro que veria á la esposa de Napoleon, y que a través del alabastro de su semblante, divisaria las sombras que dan vueltas alrededor de su alma; porque, no hay duda, en ese cielo hay nubes. Cuento con un medio, un medio facilísimo, infalible, de abrirme paso hasta nuestra paisana; nuestra paisana me recibiria; no se me esconde que esta entrevista seria tal vez la única página interesante de estos desaliñados apuntes; pero aquel palacio negruzco, casi agorero, me infunde temor, tanto temor, que no me acude ánimo ni para describirlo. Algun dia lo describiré; pero hoy me es imposible; porque me inspira miedo, real y verdaderamente miedo.
Vivienda de prodigios y de asombro Donde vive agobiada la memoria,
Como el gigante á quien oprime el hombro El peso horrible de su
horrible historia.
El coche de la Emperatriz desapareció entre los árboles de los Campos
Elíseos; nosotros montamos en el ómnibus que va á la Plaza de la
Bastilla, y á los quince minutos nos encontrabamos en nuestra fonda.
Un amigo que nos acompañaba me preguntó con mucho interés durante el camino:
—¿Morirá en Paris la Emperatriz Eugenia?
—Yo dije: no lo sé.
Mañana volverémos á la misma plaza de donde venimos; á la Plaza de la Concordia, y diré á mis lectores varios secretos de la revuelta historia de Paris.
=Dia trigésimo segundo=.
Visita.—El Brigadier Rotalde.—El Panteon.—Café cantante de los Campos
Elíseos.—Tertulia.—Una madre como hay muchas.—Curiosidades.
Madama Fonteral viene á vernos antes de las ocho de la mañana. La pobre lechera entra en nuestra estancia con cierto aire de aturdimiento, casi de confusion.
—¿Qué sucede, mi buena señora Fonteral? la pregunté.
—Luisa está en cama; Luisa está enferma.
Esta noticia nos desconcertó á mi mujer y á mí.
—¿Qué tiene? preguntamos aun mismo tiempo mi mujer y yo.
—No sé lo que tiene; es decir, no lo sé y lo sé; lo sé; pero no sé decirlo. Está muy mala; tiene los ojos desencajados; su frente arde; creo que se muere; tendré que ir á llamar á un médico …
—¡Qué médico ni qué ocho cuartos! Ustedes lo arreglan siempre todo con los médicos. El médico no puede volverla su amante; no puede volverla su honra; no puede volverla su familia. El médico no puede echar tierra en el abismo, en cuyas tenebrosas cavidades yerra perdido el corazon de esa mujer. Ustedes no ven más que la medicina del cuerpo: y la mayor parte de las dolencias no se curan sino con la medicina, del alma. No es cuestion de botica, madama Fonteral; es cuestion de prudencia y de amor al prógimo. El verdadero médico de Luisa es la amistad y el sacrificio. Tome usted 20 francos, y pague usted otros quince dias al amo de la fonda, para que la trate con cariño, ya que con dinero hay que ganar cariño en un pueblo que se llama cristiano. Tome usted otros 20 francos y déselos usted á la enferma, ó reténgalos usted misma, á fin de que Luisa tenga la asistencia que su estado reclama. Vaya usted volando, y dígala usted que no se abata, que no se aflija, que no se desespere; dígala usted que no está sola; que no está abandonada, que hay ojos que la miran; que hay corazones que la compadecen; que hay enfermeros que velan por ella á la cabecera de su cama. Dígala usted que tenga generosidad, abnegacion; la abnegacion del verdadero arrepentimiento. Dígala usted que hay un deber, el último entre todos los de la vida; el supremo entre todos los grandes deberes; el que nos imponen nuestras culpas; el deber de llorar y de pedir que nos perdonen; el deber de esperar la ventura y la dicha por el merecimiento de la humildad y del dolor. En fin, dígala usted que se levante de la cama, y que se tranquilice; que irá á su casa, que irá á Pisa, que su familia la perdonará, y que si hay virtud en su corazon, si hay vida en su conciencia, si hay calor en su alma, todavía puede ser feliz. Vaya usted volando; en la inteligencia de que si usted no la dice todo eso, ó si no se lo dice bien, Luisa se muere.
Madama Fonteral se echó á temblar, y me miraba como aquel que pide compasion.
—Vaya usted corriendo! añadió mi mujer con mucha prisa.
—Maladroite que je suis (¡Torpe de mí!) exclamó la buena mujer, y se dirigió á la escalera apresuradamente volviendo la cara y saludándonos con la mano.
Inmediatamente que quedamos solos, me preguntó mi compañera:
—¿Qué piensas hacer?
—Pienso ver á los españoles y americanos que aquí conozco, y reunir la suma necesaria para que Luisa vuelva á su país. Estando en Pisa, una lágrima y un perdon lo salvan todo. Es una llaga que sólo se pura con aquel bálsamo; ¿Crees que hago bien ó mal? Pregunté á mi mujer, mirándola con atencion, como para adivinar sus intenciones.
Mi mujer contestó:
—Creo que haces muy bien.
En el Hotel de Bilbao, de que hice mencion al principio de estos apuntes, he tenido, la satisfaccion de conocer al brigadier Rotalde, tan excelente caballero como buen pintor. Viene de la Habana, y teniendo que permanecer pocos dias en Paris, hemos acordado visitar hoy el Panteon, y tomar luego una botella de cerveza en un café cantante de los Campos Elíseos. Para mañana queda aplazada la visita del Louvre, en donde podrémos admirar la sublime Asuncion de Murillo, que es el sueño dorado del brigadier, y que yo no dejo de desear.
—A estilo de campaña, exclamó el brigadier artista. Lo que ha de hacerse luego, hágase ahora.
Y pronunciando estas palabras, abria la portezuela de un carruaje público que estaba enfrente de la fonda, invitándome á que subiera. Subo en efecto, sube él, el cochero levanta el látigo, y véanos el lector rodando, por las calles de esta moderna Nínive. Al pasar por el Mercado Nuevo, nos apeamos, recorrimos una de sus espaciosas galerías, vimos camarones, compramos por valor de un franco de esta fruta marítima, tornamos al coche, y en el momento de montar, levantamos los ojos, y vimos á una jóven como de diez y ocho á veinte años, que, sentada en el balcon de un piso segundo, se entretenia en dar muchos besos al pico de un loro. El afan de aquella muchacha no dejó de causarnos cierta impresion, y apenas nos sentamos en el carruaje, dije yo al brigadier:
A un loro; Julia Amengual
Da de besos un tesoro.
Y á esto dice Don Pascual
Qué á falta de otro animal
Pasa el rato con su loro.
EL brigadier, por un efecto de hidalga galantería, celebró mucho estos malos versos, y comiendo y conversando como buenos amigos, llegamos á Santa Genoveva. Despues de visitar el monumento que ya conocen mis lectores, aunque muy superficialmente, manifestamos, al conserje nuestro, deseo de visitar el Panteon. Advierta el lector que yo no he andado esta vez por la linterna circular ni por la cúpula, ni he subido un solo escalon, sino que he esperado á pié firme en la planta baja, contemplando una pintura al fresco, copia no muy feliz de Rafael de Urbino. Temí que el brigadier tuviera algun antojo, parecido á los invasores antojos del travieso ingeniero. Vuelto el brigadier, tratamos de bajar á la capilla subterránea, como ya dije; pero se ofrecia una dificultad. El conserje nos manifestó que teniamos que esperar algun tiempo.
El brigadier, que á su despejo natural, une la impaciencia del soldado, preguntó al conserje por qué razón teniamos que esperar el tiempo que decía.
El conserje le contestó que debian reunirse doce personas para bajar á la capilla.
Esto picó la desembarazada curiosidad de mi compañero, que volvió á replicar á nuestro guia:
—Pero ¿por qué razon tienen que juntarse doce personas, para bajar á la capilla subterránea? ¿Es esta costumbre, por ventura, una ritualidad del establecimiento, ó como si dijeramos un estatuto de esta iglesia?
—Non, monsieur, (no, señor) murmuró el conserje, y bajó la cabeza, pareciendo que rezaba entre dientes. El brigadier me echó una mirada, como para decirme, si yo comprendia; yo echó otra mirada al brigadier, como si quisiera contestarle que no entendia una jota de aquella rara pantomima, y ambos miramos al conserje, el cual tenia vueltos los ojos hácia la puerta principal, en significacion sin duda de que no queria responder. Pero mi compañero, que no es hombre que se acorbarda ante la distraccion estudiada de un conserje, volvió á llamarle la atencion de un modo resuelto, tan resuelto, que nuestro guia conoció que estaba en el caso de capitular. Los conserjes son gente en extremo conocedora.
—Entendámonos, si á usted le parece, le dijo el brigadier con ademan suelto y apremiante. ¿Hay alguna ordenanza de este cabildo, por la cual se manda que hayan de ser doce personas las que bajen siempre al Panteon?
—No, señor, no hay tal ordenanza; pero hay la costumbre de que cada persona que baje al Panteon, tiene que pagar. 25 céntimos (un real de nuestra moneda), y como yo no abro las puertas de aquel lugar por menos de tres francos, tengo que esperar que se reunan doce personas….
—¡Enhorabuena! exclamó el brigadier. Nosotros darémos á usted los tres francos, y todos los francos que sean menester, sin necesidad de esperar á nadie. Con que ¡á la capilla!
Ante una oratoria tan elocuente, nuestro guia inclina la cabeza, coge unas llaves, hace señas á tres caballeros y dos señoras que aguardaban, entra por una puerta lateral, abre otra, baja una escalera, y todos empezamos á bajar tras él, despues de abrir paso á las dos señoras, qué parecian ser personas muy distinguidas. Luego supimos casualmente que eran escocesas.
Estamos á siete ú ocho varas de profundidad. Hay poca luz. Los techos son bajos, abovedados, y no ofrecen nada de grande, de majestuoso, de imponente, ni de magnífico. Al contrario, despues de admirar el monumento de arriba, el monumento de abajo parece ruin; mejor dicho, no parece monumento, porque no hay monumentos ruines. Sin embargo de que la oscuridad habla tanto á mi corazon; sin embargo de que no hay para mí una poesía tan grande como un sepulcro; sin embargo de que un ciprés me llama mucho más la atencion que unas pirámides, declaro con pena que he recibido una ingrata impresion. Esto dista infinito de ser lo que yo me habia figurado, lo que todo el mundo se figura y debe figurarse, cuando sabe que una Asamblea Constituyente decreta que tome el nombre de Panteon, lo que la creencia y la gratitud de todo un pueblo llamaban antes Sta. Genoveva. Yo creía, como yo creian los demás, que el Panteon era un monumento más grande que la iglesia, puesto que la iglesia habia desalojado su primer puesto, para cederlo al Panteon. La Asamblea Constituyente debió darle el sér antes de darle el nombre, porque de otro modo es un nombre sin sér. Lo declaró poema sin darle poesía; lo declaró tiniebla sin darle sombra, y esto es gana de hablar. Ya dije que en Francia se hacen muchas cosas, infinitas cosas, por ganas de hacer, como se dicen otras por ganas de decir, como se piensan otras por ganas de pensar.
Creo que he dado con la expresion: esta capilla subterránea es una tiniebla que no tiene sombra, ó bien una sombra que no tiene tiniebla.
Estamos en el sepulcro de Voltaire, de este gran revolucionario, de este gran invasor, de este gran rey, como le apellidaba tan admirablemente Federico de Prusia. Esto no es una tumba histórica; no es tampoco un sepulcro; no es ni una sepultura. Es un escondrijo con cuatro paredes; un cachivache con una estátua, un hoyo, una losa, y un epitafio. Esta especie de zaquizami dista tanto de estar á la altura de Voltaire, como la capilla subterránea de estar á la altura del nombre de Panteon.
La estátua de Voltaire se celebra mucho por los franceses. A mí no me gusta. Esto procederá indudablemente de que no lo entiendo; pero para mí no es cuestion de filosofía, sino de gusto. Creo que el gusto es la gran escuela de las artes, y no me gusta ese mármol que miro, porque ahí Voltaire no parece un hombre de talento, sino una inteligencia maliciosa. Las arrugas de ese semblante, lo hundido de esas sienes, lo agudo de esos pómulos, lo contraido de esos labios, lo furtivo de esa mirada, significan, malicia, perspicacia, argucia; no significan un entendimiento liberal, extenso, vario, rico, fecundo, inagotable; me significan el entendimiento de un Voltaire. Voltaire en esa piedra es más bien un hombre de chispa, no un hombre de genio. Los que comprendan algo, aunque no sea sino por instinto, por barrunto siquiera, acerca de lo que es genio y de lo que es chispa, podrán explicarse el por qué no me gusta esa estátua que estoy viendo. Digo de esa estátua lo que antes dije del subterráneo. El subterráneo no es monumento, porque no hay monumentos ruines, del mismo modo que esa estátua no es estátua para mí, porqué no hay estátuas que se ven con disgusto.
Yo murmuré sobre el particular algunas palabras al oído del brigadier; el conserje hubo de apercibirse, y empezó á explicarme las maravillas de aquella piedra, como si quisiese tomar á empresa el persuadirme, en honra del difunto cuyas cenizas nos escuchaban.
Yo dije al conserje: eso que se ve en esa piedra, es la estátua de la malicia; la malicia es el talento de la ignorancia, y Voltaire, el jefe de la Enciclopedia, el primer revolucionario de su siglo, el Robespierre literario del mundo, la admiracion y el susto de la historia, Voltaire, señor conserje, es algo más que un ignorante.
El conserje hizo un gesto agridulce.
La inscripcion del sepulcro dice:
Ses manes sont ici; son génie est partout. (Sus manes están aquí; su genio está en todas partes.)
Yo, al estilo francés, pido mil perdones al poeta que escribió este epitafio. No creo que el genio de Voltaire esté en todas partes, porque aquí no está.
Mirado en este mezquino chirivitil aquel enorme personaje histórico, parece pequeño, muy pequeño; muy escaso, muy pobre. El rey es aquí un pordiosero que nos pide limosna. Voltaire habla más, infinitamente más, que todo esto. Es una cuna sin sepulcro, un Oriente que no halló su ocaso.
Luego vimos la tumba de Rousseau. Es menos tumba todavía que la de Voltaire. Sobre la pared de su sepultura tiene pintada una mano que empuña una antorcha, en significacion de que su inteligencia lo alumbra todo. Digo de esta antorcha lo que dije del epitafio de su ilustre vecino. La inteligencia de Rousseau lo alumbrará todo, menos el lecho, en que reposa.
Luego visitamos ligeramente los sepulcros del arquitecto del edificio, Soufflot, de Bougainville, del mariscal Lannes, y de siete ú ocho generales y senadores del primer imperio. Entre aquellos sepulcros vimos como escombros ó tierra removida.
—¿Qué es esto? preguntamos á nuestro guia.
—Ahí, contestó este, estuvieron los restos de Mirabeau y de Marat.
—¿No están ahora?
—No, señor.
—¿Quién desalojó sus cenizas de este asilo sagrado?
—La Convencion Nacional.
—¿Por qué?
El conserje movió la cabeza. Todos nos echamos á reir. Los franceses son los únicos hombres del globo que hacen cosas, las cuales obligan á que los cristianos se rian en el momento de visitar un Panteon. Ya dije, no há mucho, que el patético de los franceses hace á un mismo tiempo llorar y reir, y lo que nos acaba de pasar es una prueba incontestable de que no los he calumniado. Es un patético que juega con las cenizas de los hombres. Al hablar de la Bolsa dije que ni las piedras están á salvo del genio francés; ahora debo añadir que no está seguro ni el polvo del que ha muerto hace muchos siglos.
Atravesamos un pasillo oscuro, muy oscuro, tenebroso. Aquí principia á ser esto Panteon. El Panteon principia en donde el Panteon concluye. Despues entramos en una gruta, en donde se percibe confusamente alguna claridad. Cualquier sepulcro que sé pusiera aquí, seria positivamente más sepulcro que las covachas que hemos visitado.
El conserje se detuvo y calló. Todos nos detuvimos y callamos. El conserje permanece mudo, todos enmudecimos del mismo modo. Nadie respira, no se oye ni una mosca. ¿Qué significa esto? Á través de la escasa luz que allí habia, todos queriamos mirarnos mútuamente á las caras, como para ver qué gestos hacíamos ó qué nos parecia aquel silencioso entremés. De pronto, como un rayo cae de las nubes, como el tañido arranca del golpe que el badajo da en una campana, se oye un estruendo agudo, agudísimo, formidable; un estruendo que viene á caer encima de nosotros, que parece aplastarnos. Todos creimos que el Panteon se hundia, y que la cúpula, y las naves, y los techos, y las columnas, aquella enorme masa revuelta y confundida, se desplomaba sobre nuestras cabezas. Las dos señoras arrojaron un chillido que nos heló la sangre; yo creí que la tierra faltaba á mis piés, y me agarré frenéticamente á los hombros del brigadier Rotalde.
Sin que nosotros pudiéramos verlo, porque no habia la necesaria claridad, el conserje cogió un gran tambor que tenia oculto en uno de aquellos rincones, y sacudió en él un fuerte golpe, que aumentado increiblemente por un notable efecto acústico de aquellas bóvedas, produjo el estrépito de que he hecho mencion.
Luego que nos enteramos de la causa de aquel aparente terremoto, nos tranquilizamos, y nos dispusimos á saborear el extraño chiste de aquel espectáculo.
El conserjé, despues de hacer varias evoluciones con el tambor, bajó la voz todo lo que pudo, y con un acento apenas perceptible, decia: ¿Qué quieres? ¿quién eres? ¿qué buscas aquí? Y á lo léjos, muy á lo léjos, como un aviso del otro mundo, con la expresion autómata de un hecho mecánico, repetia el eco casi apagado: ¿qué quieres? ¿quién eres? ¿qué buscas aquí? Aquel acento ténue, sutilísimo, se iba haciendo cada vez más remoto, hasta que parecia perderse entre los escombros de aquellos sepulcros, como, el acento de un moribundo parece perderse entre los misterios de la eternidad. Las señoras chillaban furtivamente á despecho suyo, y habia hombre allí á quien se erizaban los cabellos. En aquel lugar se experimenta una emocion en que entran á la vez la sorpresa, la curiosidad, el asombro y la maravilla. Hay algo de arte, de religion y de fanatismo.
A los pocos minutos estabamos arriba. Nos despedimos de nuestros subterráneos compañeros, no sin haber dado un napoleon al conserje, y al mismo tiempo, que atravesamos la espléndida nave de Santa Genoveva, el brigadier me dice:
—¿Qué le parece á usted?
—Es una cueva, le contesté; no es un Panteon. Son hoyos, no son tumbas. No nos preocupa la idea de la muerte, sino la idea de un cautiverio. No hay espíritu allí, no hay providencia; todo es humano, ni aun humano; todo es francés.
Esta iglesia, añadí, es un templo sin Dios.
Aquel Panteon es un panteon sin sepulcros.
Pasan tres horas, que hemos empleado en comer, el brigadier en su fonda de Bilbao, yo en el restaurant de las Columnas con mi compañera. Allí presenciamos una disputa de que daré cuenta otro dia. Antes de ir á las Columnas, escribí tres cartas á mis buenos y excelentes amigos de Reus. Mis lectores ignoran, como no puedo menos de suceder, la grande y justísima estimacion que profeso á esa ciudad, la cual ha sido uno de los pueblos de España que ha prestado una hospitalidad más generosa á mis pobres escritos, así políticos como literarios y filosóficos. Despues, en circunstancias muy difíciles para mí; en momentos de tribulacion y de amargura; en esos momentos trabajosos en que el hombre conoce si tiene algun amigo, la ciudad de Reus, la noble, la honrada, la laboriosa, la liberal ciudad de Reus, ha entrado siempre por las puertas de mi casa, trayéndome ánimo y consuelo. ¡Dios querrá que sea tan feliz como lo merece por sus sacrificios, por sus deseos, por su cultura y por sus virtudes! Acepta, pueblo á quien amo sin haberte visto; acepta este saludo que te envia un hombre humilde, como prenda de eterno cariño y de lealísima gratitud.
Verificada la comida, volví á nuestra fonda con mí mujer, la dejé allí ocupada en escribir á su familia, y yo me dirigí inmediatamente al boulevart de los Italianos, en donde está la fonda Bilbaina. El brigadier me esperaba ya, ocupando su puesto en la carretela, acompañado de otro amigo. Llego, monto, me siento, y el coche arranca. No habian pasado nueve minutos cuando nos encontramos, cerca de la barrera que circuye á uno de los cafés cantantes de los Campos Elíseos. Entramos, nos apoderamos de una mesa, se agolpan los mozos (los mozos de los cafés cantantes son linces), y pedimos cerveza con bizcochos, unos bizcochos particulares que hacen en Paris. Principia á oscurecer, aunque hace rato que se han encendido los faroles; miles de luces oscilan en todas partes á impulsos del viento; no hay árbol, ni arbusto, ni columna, ni espacio de barrera, en donde no aparezca un resplandor. En este momento se enciende, la elegante lucerna del teatro, entre cien mecheros de gas que ya lucian, y entre cien guirlandas de flores que decoran el techo y las paredes de la escena. Cualquiera diria que en aquel lugar iba á verificarse la representacion de algun prodigio, de algun encantamiento ó cosa semejante. Parece que en ese teatro de mágia no debe ser actor otro personaje que un hechicero. Entretenidos en mirar aquella mímica brillante, nadie tocaba á la cerveza ni á los bizcochos. Yo no quitaba ojo al brigadier Rotalde, que tan pronto se echaba el sombrero hácia la frente, como se lo dejaba caer hacia atrás, moviéndose casi contínuamente en la silla, en señal sin duda de impaciencia. Yo, que calculaba en qué vendrian á parar aquellas misas, no podia menos de reirme en mi interior. En esto asoman los actores por una puerta lateral de la derecha, clama la muchedumbre que rodea la valla exterior, todo el mundo fija sus miradas en el reluciente teatro, los artistas saludan con una profunda cortesía, permanecen un momento de pié, contemplando al público, como si quisiesen tomar posesion anticipada de su benevolencia, y despues de esta pantomima seductora toman asiento en sus respectivos sofás. Las hembras, vestidas de blanco, convertidas (por sus vestidos) en símbolos de la pureza y de la castidad, engalanan el sofá de la derecha, inmediato á la puerta de entrada, mientras que los varones van á ocupar el otro sofá de la izquierda, frente por frente del sofá de las damas.
—¿Empezará ya el canto? preguntó el brigadier.
—No, señor, respondí.
—Pues ¿por qué salen?
—Porque así lo tienen estipulado en sus contratas. Esto es parte de la funcion. Antes de empezar la tarea, tienen obligacion de exponerse al público, á fin de entretenerle con esta novedad, hasta que llegue la hora convenida.
—¿Cual es esa hora?
—Creo que las ocho.
El brigadier sacó el reloj con mucha prisa, y vió que eran más de las siete y media. Tomamos un sorbo de cerveza, miramos á nuestro alrededor, principiamos á contar las luces, aunque no pudimos terminar; cruzamos algunas palabras sobre el viso dramático que los franceses saben dar alas cosas, sobre esa habilidad fascinadora que sabe hacer bonito, muy bonito, lo que es realmente feo, muy feo; sobre ese instinto trastornador que convierte la realidad en apariencia, y la apariencia en realidad, ofuscándonos de tal modo, que casi llegamos á perder el conocimiento natural de lo que es bueno y de lo que es malo; discurríamos, vuelvo á decir, sobre el particular, cuando el clamoreo confuso y prolongado de la multitud que circuye la barrera, vino á noticiarnos que la hora del concierto se aproximaba. Dejamos de hablar, volvemos los ojos á la escena, el brigadier se levanta maquinalmente y vuelve á sentarse, como si quisiera tomar una posicion más segura, en señal de que aguardaba algun portento; los artistas se ponen de pié, saludan como antes; se abre la puerta del fondo, los galanes se sitúan cortesmente á los lados de la puerta; pasan las damas; los galanes las siguen, y la escena se queda sin nadie. Silencio profundo. Todo el café, por dentro y por fuera, aguarda resignado. La orquesta preludia, la multitud grita, las sillas crugen, las mesas se chocan, los mozos corren, los curiosos se arremolinan, todos se sientan, la puerta del fondo se abre, el carácter cómico asoma…. ¡Carcajada general, unánime! ¡Ovacion completa!
—¿Qué es eso? me preguntó muy bajo el asombrado brigadier.
—Es que ha salido el gracioso, como si dijéramos el payaso.
El brigadier arrugó el entrecejo. Esta salida inesperada no fué muy de su gusto.
El carácter cómico anda de gatas, se pone en cuclillas, de bruces, canta, llora, chilla, gorgea, ladra, maya, ahulla, hace la gallina, hace el gallo….
El brigadier se siente dominado por un ímpetu de noble y generosa indignacion; se levanta con aire brusco; la mesa tambalea, los vasos se vierten, los bizcochos andan por el suelo, los mozos acuden, el brigadier deja una moneda de cuatro duros: ¡esto es una poca vergüenza! exclama colérico, y todos tres abandonamos el café cantante.
Luego me dice el brigadier: el que no quiera ser injusto con la Francia, no debe venir á este infame y grotesco espectáculo. Si viene aquí, tiene que ser injusto por necesidad; tiene que creer que Francia es una horda civilizada, porque no se concibe que tamaña degradacion de los sentimientos cristianos pueda caber en la conciencia de un gran pueblo.
Yo dije al digno y pundonoroso Brigadier: tiene usted razon. Lo que usted siente hoy, lo sentí yo del mismo moda cuando vi por primera vez esa degradante pantomima, y así lo tengo consignado en la obra que escribo.
—Hace usted bien, muy bien, contestó, y nos dirigimos silenciosamente hácia la Plaza de la Concordia. Habiamos entrado ya en la Plaza, cuando todavía duraba aquel silencio. No parecia sino que nos habia sucedido una desgracia. Sí; óigalo el Sr. Alejandro Dumas; óigalo ese famoso novelista, que ha hecho tanto daño á este mundo, como la peste que más daño haya hecho; óigalo esa celebridad que ha descompuesto tantos matrimonios; que ha torcido tantas ideas; que ha enloquecido tantos corazones; óigalo ese genio francés, cuyas novelas han dado veneno á tantas jóvenes incautas, engañadas y seducidas por sus encantadoras fantasmagorías, óigalo el eminente novelista Dumas; óigalo esta Francia que ha dado tanto oro, tanta fama, tanta honra, tanto aplauso, á los chismes y á las mentiras de ese novelista sin conciencia, de ese vendedor de falsas novedades: oiga la Francia, esta culta, esta rica, esta poderosísima Francia, lo que voy á decir: tres españoles, tres cafres de allende el Pirineo, caminan tristes, están afligidos, porque acaban de ver un espectáculo que desdora á esta gran nacion. Tres cafres de allende el Pirineo caminan mudos y sienten dolor en su alma, al cumplir el deber cristiano que tienen de pronunciar esta justa censura.
—¿Qué Plaza es esta? pregunta el brigadier, medio amostazado todavía por la aventura del café-concierto.
—Es la célebre Plaza de la Concordia.
—¿Y por qué es célebre?
—Por dos grandes bautismos de sangre. Aquí, cuando apenas estaba concluida la Plaza, tuvieron lugar las fiestas públicas por el casamiento de María Antonieta con el Delfín, y la multitud aplastó en un dia á ciento treinta y dos personas. Aquí, sobre este suelo que pisamos, rodaron en el trascurso de tres años no cumplidos, mil quinientas cabezas de personajes célebres. Aquí se trasladó en el sangriento 23 de Agosto la guillotina, por órden del Consejo general de la Municipalidad de Paris, y esa guillotina, ese mónstruo bárbaro é insaciable, devoró las cabezas de Luis XVI, de María Antonieta, de Carlota Corday, de la Princesa Isabel, de Madama Roland, de los Girondinos, de Barnave, de Hebert, de Danton y de Robespierre. Si toda la sangre humana que aquí se ha derramado, brotase en este instante de las losas que pisan nuestras plantas, nos llegaria seguramente al cuello. Al decir yo esto, sucedió una cosa muy particular, que juré no echar en olvido al escribir este pasaje. La Plaza de la Concordia está profusamente iluminada, como que la alumbran ciento cuarenta y dos mecheros de gas; hacia luna, una luna muy clara, de modo que parecia que nos hallábamos al declinar la tarde. En el momento de pronunciar yo, que si la sangre derramada en la Plaza de la Concordia brotara de las piedras que pisábamos, nos ahogaría, un caballero y una señora pasaron muy cerca de nosotros, y al oir mis palabras la señora, se levantó el traje y anduvo de puntillas algunos pasos, como si temiera mancharse las botas y el vestido. Se lo hice notar al brigadier y al otro compañero, y todos celebramos la admirable ocurrencia de aquella señora, y la exquisita sensibilidad de la mujer. Debe presumirse que la señora en cuestion era paisana nuestra, puesto que entendió lo que hablábamos, y nosotros hablábamos en español.
Volviendo á la historia terrible de la Plaza, dije al brigadier: lo malo tiene la ventaja de que no es necesario que nadie lo extirpe: él tiene el encargo providencial de extirparse á sí mismo. La guillotina mató la guillotina; el terror mató al terror; la barbarie mató á sus hijos, como el Saturno de la Fábula, y concluyó por matarse á sí propia.
—¿Qué es aquella columna?
—El obelisco de Lougsor, cerca del Cairo, que sirvió de ornamento al palacio real de la famosa Tebas. Sus geroglíficos dicen que fué principiado bajo Rhamsés II, mil quinientos cincuenta años antes de la venida del Salvador, y concluido en el reinado de su hermano Rhamsés III, que la historia conoce bajo el nombre de Sesostris, que fué el rey más grande de todo Egipto, el rey más grande de toda el Asia. De modo que esa piedra tiene tres mil cuatrocientos trece años. Pesa próximamente…. ¿Cuánto dirán ustedes?
—¿Quién puede saberlo? contestaron al par mis interlocutores.
—Calculen ustedes poco más ó menos.
—¿Dos mil quinientos quintales? preguntó el compañero del brigadier.
—Más de cinco mil. Pesa muy cerca de veintitres mil arrobas.
—¿Y esa columna es de una sola pieza?
—Una sola pieza. De otra manera no seria obelisco.
—Pues señor, dijo el brigadier, difícilmente puede encontrarse un personaje de más peso y de más edad.
Dejé á mis compañeros en su fonda, y el carruaje me llevó á mi casa, en donde encontré á la amable familia americana, la misma que nos habia convidado á la tertulia de la calle de Lepelletier. Mi compañera estaba empeñada en que no habia de ir, y yo empeñado en que no se habia de quedar, y ¡gracias al cielo! esta vez no se cumplió el refran que dice: pídele á Dios que sea bajo! Hago aquí mencion de este triunfo de un marido, porque un hecho tan raro bien merece la pena de que se mencione.
—Es que yo no hablo una palabra en francés, ¿qué papel haré en la tertulia? Todos se reirán de mí….
—Mira, dije á mi compañera, Paris tiene la presuncion de ser el pueblo universal; España está dentro del universo, de modo que tú cumples hablando en español.
A las once y cuarto estábamos en la tertulia. Muchas sonrisas, muchos gestos, muchas contorsiones, muchas luces, muebles magníficos, un gusto refinado en todas partes, una comedia deliciosamente ejecutada. En cuanto al recibimiento que merecimos, nada puedo decir que no ceda en honor de aquella bondadosa y liberal familia. Mi pobre mujer estaba allí como raton en boca de gato, á despecho de su fecunda locuacidad. Una señora que estaba á su lado, la dirigió no sé qué pregunta en francés. Mi mujer contestó en castellano que no entendia; la otra la respondió en francés que no la comprendia tampoco, y despues de estas amigables explicaciones, ambas se miraron y movieron la cabeza, como si quedaran convencidas, sin embargo de que no habian comprendido una palabra.
Se bailó muy bien; se cantó mejor; se tocó á las mil maravillas. El arte, más severo nada hubiera podido objetar; pero no hallé otra cosa. He hecho propósito firme de no faltar á la verdad, ni aun por galantería, ni aun por gratitud. No encontré ese ambiente embalsamado, esa atmósfera vaporosa, esa idealidad inspirada, esa naturaleza rica, esos instintos poderosos: no encontré esa aura indefinible, el genio sencillo con que nos embelesa la sociedad italiana. ¡Qué bella es Roma, cuando se la mira desde Paris! Voy á hacer mérito de la risible extravagancia de una mujer de Batiñoles, que formaba parte de la tertulia. Esto no es hablar de Paris, ni de Francia, porque ni Francia ni Paris pueden tener culpa de que haya una vieja ridícula.
En segundo término del salon, como las últimas figuras de un cuadro, habia una señora con su hija, muchacha graciosísima que podria rayar en los quince ó diez y seis años. Un caballero preguntó á la madre cuándo se casaba la muchacha. La vieja se puso encarnada como un pavo.
—¡Casarse mi hija! exclamó con miedo y casi con cólera. ¡Qué delirio! Haga usted el favor de no hablar de amores y de casamientos á una niña, que no debe pensar en otra cosa que en vestir y desnudar muñecas. ¡Casarse! ¿Cómo quiere usted que se case esta mocosa? No, señor; yo no quiero engañar á ningun hombre. Mi hija no se casará un dia antes de los treinta años. Á los treinta años se casó su abuela, á los treinta años me casé yo, y si mi hija piensa otra cosa, puede hacer cuenta que no tiene madre.
Al decir esto, aproximaba su asiento al de la muchacha, como si temiera que alguno viniese á robársela. Pero advertí que mientras que la madre hablaba, la hija se reia. La vieja lo notó, y la tiró desabridamente del traje, y es muy probable que la sermoneara con algun pellizco, esos pellizcos afectuosos que las madres dan á las hijas.
El caballero quiso replicar…. ¡Aquí fué Troya! La vieja no sabia cómo estar sentada; sudaba; se llevaba las manos a la cabeza; paladeaba contínuamente, porque sin duda se le secaba la saliva en la boca.
—¡Nada! ¡nada! exclamaba fuera de sí. Treinta años cumplidos, y si falta un dia, no quiero. El caballero tuvo que mudar de conversacion, é hizo perfectamente, porque es seguro que si no deja el tema comenzado, hay en la tertulia un soponcio. Yo miraba á la vieja diciendo para mí: ¡qué imbecilidad! Luego miraba á la muchacha, y decia: ¡qué lástima!
Los lectores me permitirán que diga dos palabras sobre una curiosidad muy rara, sumamente rara, como teoría: muy comun, sumamente comun, como hecho. Quiero decir que está sucediendo á cada instante, y que tal vez no puede hallarse la razon de una experiencia tan repetida y tan trivial. Hé aquí la curiosidad de que hablo. Nadie ama á su hija como una madre; no hay un carácter más digno de veneracion, que el santo carácter de la maternidad. Pero no digo bien; la maternidad es más que carácter; es la virtud suprema, la suprema emocion de este mundo; es la grande heroicidad de la vida. Una madre es el héroe de todos los héroes, el mártir de todos los mártires. El héroe da su vida al sentimiento de la gloria; el mártir da su vida al sentimiento de la fe; pero cuando llega la hora de morir, mueren con dolor. La madre que muere por sus hijos, muere con placer. La madre mantendria á sus hijos con sus propias lágrimas. La madre tirita cuando ve que sus hijos tienen frio. Una madre murió en un lecho hediondo, lleno de harapos. En aquel lecho habia con ella dos criaturas. Cuando los vecinos entraron al dia siguiente, hallaron á la madre abrazada á sus hijos; los brazos helados de la muerta, tenian á las dos criaturas encadenadas contra su pecho, mientras que sus labios amoratados estaban tocando la frente de uno de los niños, porque sin duda alguna habia muerto arrojando el aliento sobre aquella frente, para calentarla con el hálito de su boca y de su corazon. Los niños vivian. Para arrancárselos á la mujer que ocupaba el lecho, fué necesario enderezar aquellos brazos rígidos, que tenia presas á las dos criaturas. Para arrancar esas criaturas á la mujer que ocupaba aquel lecho hediondo, fué necesario luchar con su cadáver. Aquella madre abrigó á sus hijos con su desnudez; los calentó con su propio frio, con el frio de la muerte. Esto es un prodigio, un milagro; pero la madre tiene el don celestial de hacer milagros y prodigios. Sobre una madre no hay nada en el mundo, nada absolutamente más que Dios. No se me puede tachar de indiferente, ó de descastado. Adoro á mi madre, adoro á todas las madres de la tierra; adoro á las madres, no á las ayas. ¡Misterio incomprensible! Esas madres que aman tanto á sus hijos, son las que causan más frecuentemente su perdicion. No hay ninguna cosa más temible para una hija, que el casamiento arreglado por una madre. No hay nada más expuesto á error, más expuesto á ser engañado, que el corazon de una mujer, cuando se trata de sus hijos. Basta que cualquier hombre mal intencionado aparente amor á su hija, para que la madre se embobe y lo eche todo á pique. Cree que va á labrar la felicidad de aquella criatura que tanto ama, y labra su desdicha con un afan que raya en frenesí. La madre tiene amor, no tiene juicio; tiene abnegacion, no tiene reserva; sabe criar á sus hijos en sus pechos, no sabe criarlos para el mundo; tiene el don divino de darles el sér; no tiene el don humano de darles la felicidad; SON MADRES, NO SON AYAS.
Figúrese el lector qué sucederá á la pobre muchacha de Batiñoles, con la manía que tiene embargada la cabeza de su madre. Tiene que casarse á los treinta años, á los treinta años cumplidos, y si falta un dia, la madre no quiere. ¿Cuántas luchas, cuántos sinsabores, cuántas amarguras no esperan á esa pobre hija? ¡Treinta años! Ahora tiene quince ó diez y seis. Y ¿si ama ya? Y ¿si hoy tiene ya una pasion? ¿Ha de esperar trece ó catorce años, para satisfacer el sentimiento más querido de su alma, la necesidad más irresistible de su corazon, la fantasía más grande con que la ha embellecido la Providencia? Y si despechada, al ver que contrarian el más profundo instinto de su existencia, huye de la casa que la vió nacer, y se pone en brazos de un hombre pérfido, como Luisa se puso en brazos del estudiante de Rodhese ¿la volverá su madre la honra y la dicha que ha perdido? ¡Madre insensata! ¿qué es lo que crees? ¿Crees que eres madre de tu hija, para sacrificarla á los caprichos de su madre y de su abuela? ¿Crees que tu hija ha de vivir con la vida especial de su abuela ó de su madre? ¿Crees que eres madre de tu hija, para encerrar en el canutero de tus agujas el sentimiento más grande y poderoso de la existencia, el encanto de todos los vivientes, el secreto de todas las familias, la lumbre que calienta todos los hogares, el ángel del mundo que arrulla el sueño, de todas las almas? ¿Crees que eres madre para poner ó para arrancar ese sentimiento del alma de tu hija, como quitas ó pones un garbanzo en tu olla, como clavas ó dejas de clavar tu aguja de coser en una costura? ¿Crees que el cielo te ha dado la dicha inmensa y el inmenso deber de ser madre, para disponer á tu antojo de la ventura de ese sér que criaste en tu seno, de quien has de dar cuenta á la familia, al mundo y á Dios? ¡No, madre indiscreta!
Dios no da privilegios para lo absurdo y lo ridículo. Dios no te ha dado la alteza, la soberana alteza de ser madre para que le pagues con la ruindad de hacer infeliz á tu hija.
Suplico á las hijas que se hagan cargo que no hablo con ellas; figúrense que no han leido nada; fórmense la ilusion de que estas páginas están en blanco. No hablo con las hijas, sino con las madres.
Voy á dar un consejo á los padres, porque á los padres toca el gobierno de los grandes intereses de su casa; por consecuencia, el gobierno de sus hijos, puesto que un hijo es el interés capital de la familia.
Cuando tu hija ame y sea amada, no mediando peligro en el casamiento, no te opongas á que se case. Sobre todo, no te opongas, alegando por causa los pocos años de la novia. Semejante causa no es verdadera, ni legítima. Semejante causa es muchas veces la preocupacion vulgar de que se vale tu egoismo, porque amas á tu hija, y no tienes bastante abnegacion para sacrificar tu amor á su felicidad. La mujer, tu hija, es capaz de casarse, desde luego que es capaz de amar á quien ha de ser su marido, y un padre sensato no debe pretender legislar esto de otro modo. La naturaleza, Dios, te ha ahorrado este trabajo, porque legislar estas cosas tocaba á Dios, y un padre sensato debe calcular que la Providencia sabe más que él. Y léjos de evitar que tu hija se case jóven, debes procurar con mucho cuidado que no se case vieja. ¿Por qué? Por cuatro razones capitales.
1.ª Casándose tu hija jóven, es más apta para la generacion, en lo cual gana la sociedad, y tiene que correr muchos menos peligros al ser madre, en lo cual gana ella. De las veinte mujeres que se casan á cierta edad, las once sucumben cuando dan á luz la primera criatura.
2.ª Casándose jóven tu hija, aun cuando muera á una edad mediana, dejará educados á sus hijos; cuando menos, á los mayores, que podrán encargarse de la educacion y del porvenir de los pequeños, pudiendo morir con la indecible satisfaccion de que deja en el mundo una familia. Por el contrario, las que se casan tarde, no pueden vivir lo preciso para dejar á un hijo establecido y colocado, de donde resulta frecuentemente que los huérfanos tienen que ser presa de los hospicios, de los hospitales; de la miseria, de la ignorancia y del vandalismo. Si pudiéramos ver la historia secreta de todos los hechos sociales ¡cuántas lecciones hallaríamos! ¡Cuántos escarmientos vendrian á castigar nuestras imprudencias! ¡Cuántos desgraciados habrán subido las gradas del patíbulo, por las extravagancias de sus madres, madres como esa madre de Batiñoles!
3.ª Casándose jóven tu hija, satisfaciendo á tiempo la necesidad más imperiosa y más sagrada de su corazon, no puede ser víctima, como lo son tantas mujeres, de una pasion contrariada, de un amor combatido y tiranizado. Pero aunque su virtud se conserve pura, aunque no halle su perdicion y su deshonra en un mar de lágrimas y de desdichas; aunque tenga el necesario desprendimiento de sí misma para sacrificarse, ¿por qué razon ha de sacrificarse esa criatura? ¿Por qué razon ha de ser su padre quien la sacrifique? ¿Por qué ese martirio sin gloria? Tu hija ama á los diez y seis años, y tú te empeñas en que ha de casarse á los treinta cumplidos. ¿Quién llena ese vacío de catorce años? ¿Quién premia esa lucha? ¿Quién compensa ese sacrificio y esa agonía? ¿Y si tu hija enferma, quién la volverá su salud? ¿Y si se muere, quién la arrancará de su sepulcro?
4.ª Casándose jóven tu hija, se atempera con mucha menos dificultad al carácter y á las costumbres de su marido; y con mucha menos dificultad puede recibir esta segunda educacion, infinitamente más peligrosa, más difícil y más importante que la primera. ¿Crees tú, padre de tu hija, que tú sólo la educas? Estás en un error gravísimo. Tú la educas para la sociedad, para la familia, para todo el mundo. Su marido tiene que educarla luego para él. Tú haces con tu hija, lo que hace el sastre que confecciona un traje para el primer parroquiano que salga. Luego que el parroquiano se presenta, se pone el traje, y va designando al maestro en dónde le está estrecho, en dónde le está ancho, en dónde le hace arrugas, porque no quiere un traje que le haga arrugas, ni que le esté ancho, ni que le esté estrecho. Tú, padre de tu hija, haces un traje sin tomar la medida de tu yerno; tu yerno ha de ajustárselo despues, y esta segunda hechura es una medida que tiene más peligros, porque el nuevo sastre no cuenta con toda la tela, sino con la tela que tiene el vestido que le dan, con la tela que tú le has dado. Y ¿qué cristiano educa á una mujer, endurecida en sus costumbres, en sus hábitos, en sus vicios y preocupaciones? ¿Qué cristiano educa á una mujer de treinta años, como la abuela de la muchacha de Batiñoles? Más fácil es enderezar á un roble de cien años, que á una mujer de quince. ¿Quién será tan necio que eche sobre sí el andar á pleitos con una de treinta? ¡Ay! Aún siendo jóven, aún sin tener conciencia cabal de sí propia, en el período inocente de la generosidad y del amor, aún en la aurora de la vida, entre los alegres albores del amanecer, pasa lo que Dios sabe: ¿qué no pasará, cuando la mujer se ha explicado á su modo el mundo en que vive; cuando está celosa y enamorada dé sus ideas, de sus opiniones y de sus hábitos, como de su pelo, de sus ojos ó de su vestido?
En favor de la teoría contraria no hay ninguna verdadera razon. En abono de la teoría que defiendo, existen, sin esforzar mucho el asunto, las cuatro razones que acabo de exponer. Encargo á los padres que mediten despacio sobre este consejo, dado á la ligera; pero que es fruto de una contínua y madura observacion, no desmentida nunca por la geometría infalible de la vida, por la experiencia.
Voy á terminar este dia con algunas curiosidades.
Primera curiosidad. Un amigo nos ha referido lo que oyó en Sevilla, á un hombre y á una mujer del pueblo. Es el caso que una mujer, jóven y hermosa, pasaba por cierto lugar. Un hombre se aproxima á ella, y la dice: oiga usted, cuando ese cuarto se desalquile, puede avisarme, porque yo lo quiero habitar.
—Sí, señor, contestó con mucho reposo la mujer. Cuando usted guste, puede pasarse por mi casa, que mi marido le entregará la llave.
¿Qué retórico, por sábio que fuera, escribiria una alegoría más vigorosa, más bien expresada, más significativa, sin dejar de ser decorosa y honesta?
Segunda curiosidad. Un periódico literario de Paris hace tres preguntas, á fin de que los suscritores curiosos se las contesten.
Primera. ¿Qué es lo más temible de este mundo?
Yo creo que un tonto.
Segunda. ¿Qué debe hacer el hombre para evitar los inconvenientes del casamiento?
Yo creo que lo mejor es no casarse.
Tercera. ¿Cuál es la tendencia favorita de las mujeres?
Voy á contestar con dos redondillas castellanas.
El dominio, este es su afan;
Y tan de antiguo lo quiso,
Que dominó el Paraíso
Aún siendo soltero Adán.
Con lo que queda expresado
Que he dicho bastante infiero;
Si lo enredó de soltero
¿Qué hubiera sido casado?
Mañana nos espera el Louvre. El brigadier Rotalde no habla de otra cosa que de la Asuncion. Por lo que á mí toca, Dios sabe cuánto deseo verla. ¡Animo, mis queridos y benévolos lectores! Hasta mañana.
=Dia trigésimo tercero=.
La enferma.—Museo del Louvre.—La Asuncion.—Apoteosis de Rubens.—Otra pintura de Murillo.—Una respuesta.—Noticia á mis lectoras.—Curiosidades.
¡Virtud increible la de la sangre! ¡Cariño santo el de la familia! La hermana de Luisa ha llegado con su esposo; Luisa está buena; y no sólo está buena, sino que es feliz, todo lo feliz que puede ser una criatura que ha perdido la grande ilusion, la grande esperanza y el grande secreto de su existencia. La honra es en nuestra alma, lo que es el aroma en las flores: una esencia de aquella vida.
Un abrazo de la mujer con quien se ha criado en la casa paterna, un solo abrazo de su hermana, ha curado casi las llagas de su corazon. ¿Qué sentirian aquellas dos mujeres cuando se vieron? ¿Qué sentiria Luisa, al oir la voz de su segunda madre? ¿Qué hay en él mundo comparable á las lágrimas, que aquellas dos criaturas derramaron? ¿Qué poder, qué riqueza, qué fausto, qué ciencia, qué genio, qué gloria, tiene el arcano arrebatador qué da la Providencia á esas lágrimas ignoradas y mudas? ¡Ah! Este amor innato de la familia, esta preciosa herencia que las madres dejan á sus hijos, esta lumbre apacible que calienta á todos los que viven en una casa, es lo que más nos reconcilia con la humanidad; más que el talento, más que el heroismo, más que la virtud. Al ver á un mendigo, á un criminal, á un traidor, á un leproso, no puedo menos de exclamar: á ese hombre le ama su madre, le ama su esposa, le ama su hijo; y en aquel hombre miserable, en aquella criatura abyecta, en aquel andrajo de la vida, si así puede decirse, encuentro algo digno de respetarse. Sí, yo respeto en aquel hombre el amor augusto de la familia; respeto y adoro esa sacratísima poesía, cuyo poeta no mora en este mundo. Aquella criatura envilecida lleva consigo un profundo misterio que Dios le ha dado, y ante ese misterio que Dios nos da, debia el hombre estudiar en silencio y con la cabeza destocada.
Volviendo á Luisa, Madama Fonteral vino á enterarnos de lo ocurrido, y el alborozo ahogaba su voz. La buena mujer no sabia por dónde empezar, y exclamaba-muy á menudo: ¡estoy loca, estoy loca! Por fin, nos participó la noticia, y mi mujer y yo sentimos lo que sentiriamos, cuando encontráramos á una hermana que se nos hubiera perdido. Mi mujer miraba á todos lados de la estancia; diciendo: me parece que somos más. En efecto, todos creiamos que nuestra familia se habia aumentado. La hermana de Luisa era tambien hermana nuestra, hermana por la compasion y por la caridad.
Madama Fonteral cogió la escalera, balbuceando palabras que no comprendimos, y mi Ana y yo nos dirigimos una ojeada, como si nos quisiéramos decir: ¡qué excelente mujer!
Desde este dia, miramos á Madama Fonteral con un verdadero y entrañable cariño. Tal vez esa pobre lechera es la persona á quien más queremos en Paris.
Mi mujer y yo, con los ojos iluminados por la alegría, nos asomamos al balcon; Luisa estaba en el de enfrente, con la vista clavada en el nuestro. Indudablemente esperaba á que nosotros nos asomásemos, para saludamos. Así fué. Nos miró con un aire indecible de regocijo, nos hizo diferentes saludos con las manos y con la cabeza, pronunció palabras que no pudimos entender, y se metió dentro como un relámpago, dejando en nuestro balcon, no á dos criaturas, sino dos estátuas. Al darnos de cara con Luisa, al recibir el saludo de su ademan y de sus ojos, aquel tierno saludo de un alma buena y generosa; al vernos casi enfrente de aquella mujer que poco antes se moria, de aquel cadáver resucitado, se nos oprimió el corazon, y quedamos allí como dos figuras de piedra. ¡Pobre Luisa! ¡Alma tierna! Aquel saludo que nos hizo, fué un consuelo que quiso darnos, que realmente nos dió. Hay jóvenes (yo conozco algunas), que tienen como el sentimiento del vicio, sin embargo de que viven en la virtud. Hay otras que tienen la conciencia de la virtud, sin embargo de vivir en el vicio. A estas últimas pertenece Luisa. Ha pasado por la deshonra, y no ha perdido totalmente el encanto de la inocencia. Es más inocente por su alma, que muchas jóvenes lo son por su edad.
Mudemos de decoracion. Es la una de la tarde; el brigadier Rotalde, otro amigo y yo, paseamos nuestros ávidos ojos por una gran sala del Louvre, denominada el salon de los Estados. La gran sala del palacio de Versalles, y la que ahora examinamos, son las dos piezas más espaciosas y magníficas que he visto. Tiene próximamente dos pisos de altura, sobre ochenta pasos de longitud, y veintiocho ó treinta de latitud. El famoso salon de embajadores del Palacio Real de Madrid, es mucho más pequeño; sin embargo, me parece que es más majestuoso, porque es más sencillo. El único defecto que noto en esta regia estancia, consiste en que la profusion en el ornato, la quita esplendidez en el conjunto. Con menos lujo, habria más grandeza, porque resaltaria más la grandeza de los techos, de las paredes, del espacio; la grandeza de la extension. A pesar de todo, es una pieza deslumbradora. Entre las infinitas cosas notables que hemos visto en la sala de que hablo, no voy á hacer mencion más que de una. Casi al fin del lienzo de la derecha, como en el comedio de la pared, divisamos un cuadro. Nos aproximamos cuanto pudimos, y echamos de ver que era el retrato de su pintor. Uno de los curiosos que visitaban el Museo en aquel dia, contemplaba el retrato con cierta entusiasta curiosidad, casi con maravilla. Esto nos llamó la atencion á nosotros, que no veiamos en aquella pintura un motivo tan grande de admiracion y de entusiasmo. Nos fijamos con más insistencia en el cuadro que teniamos delante; volvimos los ojos al espectador, y notamos de nuevo que no dejaba de hacer muecas y contorsiones, como encareciendo la excelencia de la pintura. En esto nos miró, y nosotros le miramos tambien, en señal de decirle: «¿que ves tú en ese cuadro? ¿Qué prodigio es ese?»
El extranjero (era aleman) nos comprendió, y al pasar cerca de nosotros, balbuceó en mal francés: ese retrato que ustedes ven, esa pintura que está ahí colgada, no es una pintura, no es un cuadro al óleo: es un tapiz, y saludándonos con un ademan, partió.
Los tres nos quedamos asombrados, y permanecimos mucho tiempo contemplando aquella maravilla. No sabiendo que aquella pintura es un tapiz de la fábrica de Gobelinos, parece imposible que haya una persona que distinga el tapiz de una pintura al óleo, y de una pintura de buena escuela. El tejido ha hecho tanto como el pincel; la lana es allí rival de los colores. Sombras, medias tintas, confusion de matices, hasta vaguedad en el colorido, hasta esa mezcla indefinible, infinitamente varia y distinta, que sólo puede hacerse en la paleta de un pintor, todo está allí. Los Gobelinos son tan pintores como tapiceros, ó tan tapiceros como pintores. Creo que ese retrato que acabamos de ver y admirar, es una de las más grandes curiosidades que posee el arte humano.
Entramos en el Museo de pinturas. Despues de atravesar algunas galerías, en donde hay más riqueza de arquitectura, en donde el edificio es mucho más notable que el Museo, penetramos en la sala de preferencia. En esta rica sala se custodian todas las obras más estimadas que el Louvre posee de los grandes maestros. En medio del ángulo de la derecha, entre pinturas de Rafael de Urbino, de Rubens, de Ticiano y Poussin, vimos un cuadro que parecia presidir aquella especie de banquete histórico; un banquete á que asisten silenciosamente tantos genios.
El brigadier Rotalde se destoca, y con una valentía de sentimiento, que no fué dueño de reprimir, exclamó: ¡viva Bartolomé Estéban de Murillo! Esta exclamacion improvisada tenia cierto fluido eléctrico.
Nuestra curiosidad está satisfecha. La pintura que vemos es la ASUNCION. ¿Puede explicarse el mérito de ese inmenso cuadro? Creo que no. En esto sucede lo que con el color y con el sonido. En vano explicaremos el color al ciego, y el sonido al sordo. El que no reciba estas nociones de la creacion natural, bajará al sepulcro sin ellas. El que no tenga entendimiento, fantasía y corazon para comprender y sentir la gran belleza que el genio de un hombre esculpió en ese lienzo; el que no oiga dentro de su alma, muy dentro, lo que le dice ese silencio arrebatador, esa elocuencia que no habla con la boca, esa elocuencia muda, y que por lo mismo es más sublime; quien no tenga el talento del entusiasmo, como tuvo Murillo el talento del arte, apenas podrá entender una palabra de esa lengua divina. Cuando más se le explique, menos comprenderá. Sin embargo, daré cuenta al lector de mis impresiones. No tome el lector á soberbia, lo que voy á decir por ingenuidad. No veo el mérito de la ASUNCION, en donde otros lo ven. Lo veo, grande, muy grande, maravillosamente inspirado y feliz, en donde no se ve generalmente. Creo que el mérito maestro de ese cuadro no consiste, sino en que teniendo todas las formas de mujer, no nos hace experimentar la emocion del sexo; en que tiene esa indecision misteriosa del pensamiento, de la conciencia, de la esperanza; es decir, de la Vírgen, porque la esperanza es toda la vida y toda la belleza de la virginidad. Es una mujer en su cuerpo, y una idealidad en su alma; y la idealidad es tan poderosa, que la impresion del cuerpo desaparece, y triunfa el espíritu. Esa ASUNCION es una escuela en que el arte se pone de rodillas ante la fe. No veo á Murillo; no veo á España; no veo á Sevilla; no veo á nadie; no veo más que á la ASUNCION. La obra es tan grande, que mata la idea del obrero.
¿En dónde principia esa Vírgen? No se sabe. Un ropaje magnífico oculta sus piés.
¿En dónde acaba? No se sabe. El dedo índice de su mano derecha señala á lo alto, y el cielo es un espacio que no tiene confines. Parece que se va, que se sale del cuadro, que se echa á volar sin alas; parece que aquella figura tiene su complemento en otro mundo; parece que Murillo quiso concluirla en el arcano de una esperanza, en la sombra de un vaticinio, en el pensamiento de Dios. La ASUNCION es un cuadro á que no falta nada, como creacion artística, y que considerado como creacion religiosa, no tiene principio ni fin. El espectador no sabe, no ve, de dónde arranca, ni en dónde concluye.
En esa ignorancia misteriosa y trascendental, en esa ignorancia sublime con que la ASUNCION se apodera de nosotros, consiste el gran mérito de la pintura, á juzgar por lo que yo siento delante de ella.
Voy á dar noticia de algunos detalles, procurando apartar la vista de otras muchas bellezas, porque cualquiera pincelada de ese lienzo vale un buen cuadro.
Yo sé que los ojos de la figura que contemplo son bellísimos, y sin embargo, ¡portento que asombra! no sabria decir qué color tienen. Y ¿en qué consiste esto? dirá algun lector. Consiste en que Murillo quiso que los espectadores no viesen los ojos de la ASUNCION, sino que mirasen al cielo, á donde mira la inspirada imágen.
Otra cosa me llama mucho la atencion, y es la profunda filosofía que me revela el pensamiento de ocultar los piés á la Vírgen. Realmente, á una vírgen no se le deben ver los piés. Todo lo que una vírgen pierde en sombra, pierde en misterio; y todo lo que pierde de misterio, pierde de vírgen. Pero ¡qué pliegue para indicar el muslo! ¡Qué contorno para insinuar la cintura! ¡Qué manto para ocultar los piés! ¡Qué ondulaciones en el traje! ¡Qué suavidad de colorido! ¡Qué dulzura de sentimiento! ¡Qué expresion de actitud! ¡Qué pureza y qué fervor de alma! No hablo de la maestría del pincel. El alma, un alma muy llena de grandes afectos y de grandes verdades, es el pincel que pinta cuadros como el que miro.
Vuelvo los ojos á otro lado, porque no quiero decir más. Sólo añadiré dos palabras acerca de su historia.
Cierto convento de Sevilla encargó esta ASUNCION á Murillo. El pintor da cabo á su tarea, coge su cuadro, lo lleva al convento, se enteran los frailes, y se reune la comunidad. Murillo les presenta su pintura; los críticos se acercan, examinan, miran con más cuidado, se contemplan unos á otros frunciendo el entrecejo, y dicen al pintor: «vuestra merced perdone; no es eso lo que hemos encargado; vuestra ASUNCION no hace al convento.»
—Permitan vuestras reverencias, contestó Murillo, que coloque el cuadro en donde debe estar, y si entonces no agrada á vuestras reverencias, me lo llevaré, porque, gracias á Dios, esta vírgen no come pan en casa de su amo.
—Poco ó nada ganarán en ello pintor y pintura, porque el convento vuelve á deciros que ese cuadro no sirve. Se conoce, señor Bartolomé, que vuestra merced ha manejado muy aprisa los pinceles.
—Los habré manejado tan aprisa como plazca á vuestras reverencias, pero déjenme con mil santos colocar la pintura, y diciendo y haciendo, la ASUNCION principió á subir. Los frailes, que la habian mirado de cerca, no habian visto otra cosa que pinceladas de almazarron, pegones de albayalde, y casi todos habian vuelto la espalda al gran maestro. Pero el cuadro subia, y á medida que iba subiendo, se transformaba de una manera portentosa. La pintura se sitúa en su lugar, la Vírgen aparece, el lienzo brilla, la ASUNCION llena todo el convento.
—Si no desagrada á vuestra merced, señor Bartolomé, ese cuadro puede quedar ahí, porque, ó la vista nos engaña, ó casi decimos á vuestra merced que vuestra vírgen hace al convento.
—No quedará ahí, con permiso de vuestras reverencias, contestó el pintor. Antes se vea azotado por mano del verdugo Bartolomé Estéban Murillo, que vuelva ese lienzo á pisar los umbrales de la comunidad, si vuestras reverencias no han de tomarlo á enojo. No valieron ruegos, ni súplicas. Á los pocos instantes Murillo salia del convento con su grande obra.
Ignoro qué hizo de ella. Lo que consta es que el mariscal Soult se apoderó del cuadro, que se lo llevó á Paris, y que lo conservó hasta su muerte, entre las pinturas de familia. Muerto el mariscal, el Museo del Louvre hizo proposiciones á los herederos, los cuales vendieron la pintura por la mitad próximamente de su valor, en obsequio del establecimiento nacional á que se destinaba. El Louvre dió por ella ciento sesenta mil napoleones, ó sean ochocientos mil francos. Desde entonces está situada, en donde ahora la admiran los viajeros de todo el globo. ¡Quién habia de decir á los buenos frailes de Sevilla, que aquella ASUNCION que no hacia á su convento, habia de ser vendida al Museo del Louvre en ciento sesenta talegas de napoleones, y que debia presidir la gran sala de aquel suntuoso Museo, entre pinturas de Poussin, de Rubens, del Ticiano y de Urbino!
Despues de dirigir la última mirada al cuadro español, con cierto orgullo nacional, pasamos á una galería, y luego á un salon, en donde no hay otras pinturas que la apoteosis de Catalina de Médicis, por Rubens, por el gran Rubens. Hasta que se ve esta apoteosis gigantesca, no se tiene una idea exacta del pintor, conde y diplomático á la vez; pero en quien el pintor vale más, mucho más que el diplomático y que el conde. Los cuadros enormísimos de aquella divinizacion artística, llenan las paredes de toda la sala. Hay descuidos, hay prisa en aquel inmenso trabajo; pero se echa de ver tal fecundidad, tal concepcion, tal valentía en las actitudes y musculaturas, una profusion tan admirable de figuras y tipos mitológicos, que el ánimo se pasma de que un solo hombre haya pintado aquellos lienzos colosales. Aquella apoteosis no es la de Catalina de Médicis; es la de Rubens. En esta sala, el arte ha podido más que la dinastia.
Despues de visitar todo el Museo, en una de las salas contiguas á la de preferencia, hemos encontrado otra pintura de Murillo. Es un lienzo de media vara en cuadro, poco más ó menos. Representa un muchacho de corta edad, pobre, mendigo, sentado en el suelo, y que tiene una pierna colocada sobre la otra. Con la mano izquierda vuelve un pié, y con la derecha pretende sacarse una espina. Los tres compañeros nos clavamos delante de aquel mendigo, y no sabiamos cómo desasirnos de sus miradas. ¡Qué pintura más grande! Si yo fuese rico, daria por estos dos palmos de lienzo, tanto como dió el Louvre por la ASUNCION. Este pequeño cuadro vale más que la apoteosis de Rubens, no menos que la Vírgen que hemos visto hace poco. Apenas se concibe que pueda presentarse un pasaje tan trivial de la vida humana, de un modo tan encantador, tan elevado, tan filosófico, tan perfecto. Cabello enredado y mugriento, frente oprimida, ojos dilatados y tristes, mano tostada y sucia, uñas ennegrecidas, cara chupada, pómulos salientes, tez arrugosa, fisonomía mústia, todo está allí con una ingenuidad que sorprende. Es un chiquillo que nunca ha conocido á su madre, que desde que nació pide limosna. El hijo que conoce á la que le dió el ser, tiene alguna alegría en su semblante, una alegría que deja algo allí hasta que la criatura se muere. En ese muchacho no ha dejado aquella alegría ningun vislumbre. Positivamente, esa criatura no ha visto jamás á su madre. Si estuviese vivo, nos lo llevariamos á España. Viendo su estampa inanimada en ese pedazo de lienzo, nos da gana de echar mano al bolsillo, y de dejarle una limosna. ¡Con qué verdad, con qué candor, con qué inocencia, abre los ojos lánguidos y marchitos, frunce los labios, y alarga dos dedos estirados, para sacarse la espina del pié! Lo repito; esa media vara de lienzo; ese huérfano solo, abandonado y triste; ese desecho del orgullo del hombre, ese olvido del mundo, ese andrajo de nuestras culpas, vale tanto como la Vírgen.
Y díganme ustedes, señores franceses: ¿cómo ese cuadro inestimable, esa preciosísima pintura, esa tiernísima creacion cristiana, esa bellísima apoteosis del espíritu del Evangelio: cómo ese mendigo no ocupa un lugar en la sala de preferencia? ¿Creen ustedes que de cien cuadros que se custodien en aquella sala, hay noventa y nueve que valgan más que ese muchacho que está pintado ahí? ¿Creen ustedes que hay un solo cuadro en la sala de preferencia, uno solo, que pertenezca á un arte más extenso y más elevado, á una escuela más bella, más fecunda, más sábia y más grande? ¿Por qué ese huérfano casi divino está oculto aquí? ¿Es pequeño el tamaño de la pintura? ¿Costó poco quizá?
Al atravesar el salon de preferencia, hemos notado una novedad. Una jóven lindísima, condesa italiana, está subida al caballete, copiando la ASUNCION. Si vale juzgar por los pocos detalles que hemos visto, es un pincel maestro. Ignoro la vida de esa mujer; ignoro los secretos de su alma; pero si tiene un alma pura, si tiene un corazon vírgen y bueno, la copia que saca de la ASUNCION debe ser admirable. ¿Cómo es posible que no se entiendan bien dos vírgenes tan bellas? algo hemos dicho de esto al descuido; pero un descuido tal que ella pudiera oir, y la noble y hermosa pintora se ha sonreido deliciosamente. ¡Ah! ¡quién sabe lo que habrá debajo de esa risa! Muchas veces vemos que la flor más brillante, es la que oculta con sus frescos tallos á la serpiente más venenosa.
Si su conciencia es como su cintura, casi me atrevo á presagiar que verá el reino de los cielos; aunque se ven frecuentemente cinturas muy estrechas con conciencias muy anchas.
=Dia trigésimo cuarto=.
La columna de Vendome.—El balcon de la fonda.—Dicho del general
Welington.—La Saboyana del Bosque de Bolonia.—Una Colegiala.
—Cuestion atrasada.—Curiosidades.—A última hora.
Es el último dia que el brigadier Rotalde piensa permanecer en Paris, y estoy en el caso de hacerle los honores que son debidos al que se va. Poco despues de las diez de la mañana, estamos en la Plaza de Vendome, en cuyo centro se levanta una enorme y gallarda columna. El guardian nos dice que en la fábrica de este monumento, que es de bronce, se han empleado doce mil cañones, apresados por Bonaparte á los enemigos de Francia.
Los cimientos de esta gigantesca pirámide, imitacion de la columna de Trajano, en Roma, tienen una profundidad de doce varas; su diámetro no baja de cinco, y de cincuenta la elevacion. Se llega á la cima por una escalera de ciento setenta y seis tramos. Corona la columna una estátua de Napoleon, vestido de gran Capitan. Aguilas, guirnaldas de encina y de laurel, y otros varios trofeos alegóricos, ornan este monumento de triunfo.
Encima de la puerta de entrada, se lee una inscripcion latina que dice: «con el bronce del enemigo, levantó el Emperador Napoleon este monumento á la gloria del gran ejército, que, bajo sus órdenes, venció en cinco meses á toda la Alemania.»
Con motivo de la columna de Vendome, se cuentan dos anécdotas muy curiosas. De la una es héroe el actual emperador de los franceses; de la otra, el general Welington.
La de Napoleon III es la siguiente. Cuando, ocurrido el movimiento de 1848, vino á Paris el actual emperador, se hospedó en una fonda que hay en la Plaza de Vendome. Sus amigos y adectos le aconsejaron que debia enviar gente á provincias, para preparar la opinion pública, y conseguir que le nombrasen diputado.
—No es preciso enviar á nadie, contestó el emigrado de Lóndres.
—¿Por qué? preguntaron con extrañeza sus amigos.
—Porque no necesito de los electores.
—Pero ¿cómo se explica que quien quiere ser elegido, no necesite de los electores?
—Porque tengo bastante con aquel ELECTOR. Y diciendo esto se levanta, abre los cristales de un balcon que daba á la plaza, y les muestra la estátua de Bonaparte, que corona (como ya dije) la columna triunfal.
El antiguo emigrado de Lóndres tenia razon. El elector de bronce, aquella grande historia, lo nombró diputado primero, presidente de la república despues, emperador más tarde. No niego lo que este emperador haya podido hacer; pero creo que el otro emperador, el ELECTOR de la columna de Vendome, ha hecho mucho más.
Vamos á la anécdota del general Welington. La primera estátua de Bonaparte, que servia de remate á la columna, se bajó en 1815, y su bronce sirvió para fundir la estátua de Enrique IV, que decora hoy el puente Nuevo. Pues dicen que, al ver el general Welington aquella estátua de Napoleon I, concibió la idea de mandar hacer otra estátua de aquel personaje. Efectivamente, la estátua se hizo, y el general inglés la colocó en el primer rellano de la escalera de su casa. Varios amigos del general, sorprendidos de que dejase la estátua en la escalera, pretendieron hacerle ver que aquello no era decoroso, porque podria entenderse que queria desairar la memoria del héroe.
—La estátua está en donde debe estar, contestó Welington, y bajó la cabeza.
—¿Pero cree usted, argüian los otros, que la estátua de Bonaparte debe servir de adorno en la escalera de Welington?
—La estátua está en donde debe estar, repetia el viejo general; no puede estar más que en la escalera, y volvia á bajar la frente.
—Pero ¿por qué no puede estar en otra parte que en la escalera?
—Porque no cabe por las puertas de mi casa.
Esta buena expresion de Welington hubo de inspirar á uno de nuestros compañeros de expedicion, el cual dijo: esa columna es un digno pedestal de aquella estátua. Realmente, Napoleon no necesitaba menor cimiento.
Subimos á nuestro carruaje, y á los veinticinco ó treinta minutos estábamos en el bosque de Bolonia. Al fin de una de las calles de árboles, en sitio bastante lejano, nos encontramos á una jóven rubia, muy rubia, y de un cútis tan blanco y tan terso, que más que cútis parecia alabastro. Una mujer en la soledad, y especialmente entre árboles y flores, tiene un prestigio fascinador. Estaba al pié de un arbusto, y con una rama se daba golpes en la punta del zapato derecho, teniendo clavada allí la vista de un modo maquinal. Alguna idea agujereaba el cerebro de aquella mujer; algun pensamiento diabólico volcanizaba aquella cabeza. Sobre esto dijimos algunas palabras á media voz; pero la jóven no levantó los ojos para mirarnos. No parecia sino que tenia los ojos atados á la punta del pié derecho, en donde continuaba dando golpes con la rama.
Al pasar casi tocando con sus piés, el brigadier dijo, esta está maquinando contra algun infeliz, y al oir esto, todos nos reimos con cierta algazara. La saboyana (tal parecia por su color y por sus facciones) no levantó tampoco la vista. Dimos un paseo bastante largo, y á la vuelta la encontramos en el mismo sitio, conservando la misma actitud, y sin dejar la extraña ocupacion de dar golpes á la punta del zapato derecho.
¿Qué pensará? ¿Qué sucederá á esa mujer? Esto murmuramos entre nosotros, y casi tuvimos tentacion de hablarla. Seguramente lo hubiéramos hecho, si aquella mujer hubiera levantado la vista hácia nosotros, pero en balde. Al pasar esta vez por su orilla, esforzamos la voz, procuramos hacer ruido; nada: aquellos ojos estaban cosidos al zapato. Nosotros pasamos por fin, nos alejamos volviendo la cara, hasta que la perdimos de vista. La saboyana quedó allí. ¿Hemos hecho bien en no hablarla? Creo que no; presiento que hemos cometido una falta de caridad, porque presiento que aquella mujer oculta un plan diabólico, debajo de aquel movimiento maquinal, casi idiota. La memoria de aquella desgraciada (estoy seguro de que aquella mujer no es dichosa) nos ha preocupado todo el dia.
Cerca del arco de la Estrella, hemos encontrado á una familia americana, que ha venido á Paris con el fin de llevarse á una niña, que tenia en un colegio de esta ciudad. La colegiala, jóven de diez y siete á diez y ocho años, iba con sus padres y dos hermanitos. La niña en cuestion parecia una lela revoltosa. La educacion de los colegios es quizá el inconveniente más grave de la civilizacion de nuestros dias. La mujer que en ellos se educa, contrae mil hábitos extravagantes y caprichosos, pierde una gran parte del cariño que debe á los suyos, no sirve para la vida de la casa, puesto que no se ha criado en familia, ni para la vida civil, puesto que no se ha criado en sociedad. Tiene la ignorancia del que no experimenta la realidad de la vida humana, el deseo aturdido y desordenado del que desea experimentar, y la malicia peligrosísima del que anhela una dicha que ignora. Al salir del colegio se figura la colegiala que viene al mundo, se figura que acaba de nacer; y aún á despecho suyo, tiene la volubilidad, los antojos y el ánsia de un niño. En un dia, en una hora, quiere disfrutar lo que no ha disfrutado en diez años de encierro, y nunca está contenta, nunca está tranquila; siempre mira impaciente, siempre murmura, siempre anhela más. Querer verlo todo, sentirlo todo, devorarlo todo á la vez, esta es la educacion, esta es la cultura, esta es la moral que la jóven saca del colegio.
Padres que leais este libro, antes que á un colegio, antes que á esas escuelas, en donde pagais tanto dinero para que os desnaturalicen vuestras hijas, enviadlas á una aldea. En una aldea serán ignorantes: en el colegio son ignorantes, impacientes, mal habituadas y locas.
Si yo tuviese un hijo y me preguntara: ¿qué cualidad es la primera que debo buscar en la mujer, que haya de ser mi esposa?
—Que no sea de colegio, contestaria yo.
¿Quiero decir con esto que no pueda haber colegialas virtuosas y cultas? No; la virtud está en todas partes; en todas partes hay mujeres educadas y virtuosas; yo no hablo aquí de la bondad de la mujer, sino de los peligros, de los graves peligros, de un colegio.
Todavía hablábamos con la familia americana, cuando, delante de nosotros, se para un coche, abre el lacayo la portezuela, y asoma una mujer de hermosa figura. Pone el pié en el estribo, se suspende el traje, habla con el lacayo, y así se estuvo un par de minutos, como para que nosotros admirásemos el bello contorno de su pierna. Parece imposible que haya mujeres tan insensatas; parece imposible que de tal manera malversen el caudal que deben al cielo. Quieren darse interés menospreciándose; quieren ataviarse y deslumbrarnos, cubriéndose de harapos y de girones.
A esa pobre mujer (una mujer puede ser pobre con muchas alhajas y muchas riquezas) seria necesario enseñarla la copla que dice:
En el amoroso imperio
Busca el hombre lo que ignora:
No es la mujer lo que adora,
Lo que adora es su misterio.
¡Cuánto más valdrian las mujeres, cuán diferente seria el mundo, si se comprendiera y se practicara la moral de esas cuatro líneas!
Ya lo he dicho en otro lugar, y voy á decirlo aquí otra vez. El que crea que no necesita leerlo dos veces, que lo pase por alto; pero casi me atrevo á decir que aunque lo leyera todos los dias, no perderia el tiempo.
Una virtud moral que se llama recato.
Una virtud física que se llama aseo.
Una virtud social y religiosa que se llama caridad.
Dos virtudes domésticas que se llaman laboriosidad y economía: hé aquí el verdadero dote, el dote más grande, que un padre puede dar á su hija. Con ese dote, la pobre es rica; y la fea es hermosa. Sin ese dote, la hermosa es fea, y la rica es pobre.
¡Cuántos pechos exhalarán un profundo suspiro, al leer estos desaliñados renglones!
La francesa partió con el lacayo. Dios la dé lo que la hace falta, que es una buena dósis de juicio.
Hemos tenido un gran placer. Visitamos el Instituto, y vimos las estátuas de Bossuet, de Descartes, de Fenelon y de Tully. Vimos tambien con gran satisfaccion los bustos de otros hombres célebres, entre ellos el de Molière, sin embargo de que este gran poeta no perteneció á la Academia de su siglo. Pertenecia á otra Academia mucho más grande: á la de la historia, á la del tiempo. El busto tiene esta noble y discreta inscripcion:
Rien ne manque à sa gloire, il manquait à la nôtre. Nada falta á su gloria; pero á nuestra gloria faltaba el tenerle aquí.
Estas palabras son un digno y generoso epitafio. ¡Ilustre Molière! Ya que un siglo dejó tu cadáver insepulto; ya que un siglo negó á tus cenizas el palmo de tierra, que no se niega á tantos idiotas y á tantos malvados, otro siglo te llama, te hace entrar y te tiene guardado aquí.
¡Qué arcanos tan raros envuelven el destino de la vida! El genio salva al mundo, y el mundo lo trata casi siempre como herege. O lo quema, ó lo ahorca, ó lo reduce á morir de hambre, ó lo deja insepulto. Pero Dios que está arriba, tan arriba, Dios que ve tanto, que tanto vela, que tan justo es, entierra luego á los que no tuvieron sepultura, y da pan á los que se murieron de hambre, y quita la argolla á los que perecieron en los cadalsos, y junta los miembros, y resucita el polvo de los que sirvieron de pábulo á bárbaras hogueras. Ahí estan esas estátuas y esos bustos. ¡Gloria á ellos, gloria al siglo cristiano que los fabrica, y gloria al espíritu que los ha mandado fabricar!
Vamos á las curiosidades de este dia. Ha caido en mis manos, por una venturosa casualidad, un memorial antiguo, y en él encuentro noticias, que no dejan de llamarme la atencion.
Primera. En tiempo de San Luis, se dió el nombre de Universidad á la reunion de todas las escuelas parisienses, y la universidad se llamaba entonces LA TRES-HUMBLE ET TRES-DEVOTE FILLE DU ROY: LA MUY HUMILDE y MUY DEVOTA HIJA DEL REY. ¡Quién habia de decir á San Luis que la muy humilde y muy devota hija del rey, habia de poner pleito á los mismos reyes!
Segunda. La vara toesa de mampostería, que hoy no costará menos de quince ó diez y seis reales, costaba en Francia ocho sueldos, ó sean doce cuartos españoles, á mediados del siglo XIII.
Tercera. En el mes de Febrero de 1377, el Emperador Cárlos V recibió en Paris al Emperador Cárlos IV. Entre los multiplicados presentes que el Preboste y los Síndicos de la ciudad hicieron al recien venido, se veia un barquichuelo, que pesaba ciento noventa marcos de plata, neuf vingt et dix marcs d'argent, lo que equivale á unas cuatro arrobas de Castilla.
Si los demás presentes eran por el estilo, bien necesitaba el Emperador una acémila para cada presente.
A la segunda comida que el rey de Francia dió á su huésped, asistieron el Delfin, el duque de Sajonia, las duques de Berry, de Borbon, de Brabante, de Borgoña, de Bar, el conde de Eu, y cerca de mil caballeros y barones, así extranjeros como franceses. Durante la comida, se representaron dos entremeses, uno de los cuales tenia por asunto la toma de Jerusalem, por Godofredo de Bullon. Una de las decoraciones figuraba la gran torre, desde donde los musulmanes proclaman su ley. Un actor, vestido de sarraceno con la más minuciosa propiedad, pregonaba la ley desde la torre en lengua arábiga.
A juzgar por las muestras, debe suponerse que el convite duró todo el dia. Los dos entremeses no dejarian de durar dos ó tres horas; de modo, que cuando tomaran los postres, las entradas debian estar ya en los talones. ¡Con qué reposo lo tomaba aquella buena gente!
Cuarta. El Memorial cuenta la historia de un compadre que no se anda en chiquitas. Estéban Marcel, de quien ya he hablado en estos apuntes, era Preboste de Paris á mediados del siglo XIV. Un dia tuvo la idea (¡en mala hora la tuvo!) de vender la ciudad á los ingleses. Era el 1.º de Agosto de 1358, y por más señas que habia nubes. Así lo dice el Memorial. Para el Preboste de Paris estuvo realmente bien nublado. Pues nuestro buen Estéban Marcel se hace amo de las llaves de la ciudad, y á la media noche, toma el camino de la Bastilla de San Antonio. El Preboste creia que iba solo; pero se engañaba. Dos hombres le seguian. Estos dos hombres silenciosos, que avanzaban como dos sombras, eran los hermanos Juan y Simon Maillard.
—Estéban, ¿qué se hace por aquí á estas horas?
—Juan, ¿qué importa á nadie lo que yo hago? Atiendo á mi oficio de
Preboste de la ciudad.
—¡Voto á brios! exclamó Juan Maillard, que era su compadre; el diablo cargue conmigo, si estais aquí para nada que huela á bueno. Ved, añadió luego á varios hombres que se habian reunido; intenta vender la ciudad, y por eso tiene las llaves en la mano.
—¡Compadre Juan, miente usted!
—¡Usted es el que miente, compadre Estéban! Y si no, ahora lo verá usted; y acercándose al Preboste, levanta el hacha y le separa la cabeza del cuerpo. ¡Y eso que era compadre! ¿Qué hubiera hecho, á no mediar el compadrazgo?
Quinta. (Para el Sr. Alejandro Dumas.) El Memorial refiere que en el siglo XI, estaba Paris lleno de clérigos y de estudiantes, cuyos clérigos y estudiantes, en su mayoría, «vivian menos en el santuario de las artes y de las ciencias, que en medio de las riñas y de las bacanales de la calle de Fouare. Saqueaban las tabernas, violentaban á las mujeres, apaleaban á sus maridos con bastones ofensivos, y preferian la belleza de las muchachas á las bellezas de Ciceron.»
Sepa el Sr. Alejandro Dumas que los clérigos y los estudiantes de Paris, en el siglo XI, saqueaban las tabernas, violentaban á las mujeres, y apaleaban á sus maridos con bastones ofensivos. Sepa el Sr. Alejandro Dumas que Paris, en el siglo XI y bastante despues, era una horda, porque solamente en una horda pueden consentirse tamañas tropelías. Más valiera que el Sr. Dumas tuviese presente la historia de su pueblo, antes de hacer befa de una nacion leal y generosa, á quien paga con despropósitos, con calumnias y ridiculeces.
Sexta. (Para el mismo Sr. Dumas.) Bajo el reinado de San Luis, el jefe de los mercaderes tomó el célebre nombre de Preboste, y á contar de esta fecha, el Prebostazgo dejó de venderse á pública subasta, como acontecia en los tiempos anteriores. «De aquí resultaba, dice el Memorial, que los pobres no hallaban amparo contra los ricos, á causa de los muchos presentes que los ricos hacian á los Prebostes. El bajo pueblo no se atrevia á morar en las tierras del rey, y se iba en busca de otras prebostias y otros señoríos, por lo cual las tierras del rey estaban tan desiertas, que cuando el Preboste daba audiencia, no asistian á ellas arriba de diez ó de doce personas; pero en cambio, habia tantos malhechores y rateros dentro y fuera de la ciudad, que toda la comarca estaba llena.»
Y para que el Sr. Alejandro Dumas no crea que pretendo burlarme, siguiendo su costumbre, copio á continuacion el texto en francés antiguo.
«Le menu peuple n'osoit demourer en la terre du roy, et alloit demourer en d'autres prévostés et aultres seigneuries, et la terre du roy etoit si déserte que, quand le prébost tenoit ses plaids, il n'y avoit pas plus de dix personnes ou de douze; mais il y avoit tant de malfaicteurs et larrons à Paris et dehors, que tout le pays en estoit plein.»
Sepa tambien el Sr. Dumas que, hasta el reinado de San Luis, Paris y sus alrededores estaban plagados de malhechores y de rateros, y que los vasallos de la corona tenian que ir á buscar otros señoríos, porque no podian parar en las tierras del rey. ¿Y cómo llama usted á eso, Sr. Dumas? ¿Es eso cultura y civilizacion? ¿Eso no es Africa? ¿Para eso no hay Pirineos?
Basta de Memorial. Vamos á curiosidades de otro género. Segun un inventario hecho en 1774, los diamantes de la corona francesa excedian de ocho mil, de los cuales eran los mejores, y lo son todavía, los denominados el Regente y el Sancy.
El Regente, que ocupaba el tercero ó cuarto lugar entre los primeros diamantes conocidos, fué comprado por el duque de Orleans por cuatrocientos mil napoleones, en 1717.
La historia de Sancy es más antigua y novelesca. En el siglo XV, un suizo poseia este gran diamante, no se sabe cómo, y lo vendió por un escudo á Cárlos el Temerario. El tal hombre ignoraba seguramente que aquel pedacito de piedra encerraba una gran fortuna. De Cárlos el Temerario pasó á Nicolás de Harlay de Sancy, que lo empeñó á D. Antonio, rey de Portugal, en doscientos mil francos. El mismo Sancy lo desempeñó luego, mediante una suma de quinientos mil, ó sean dos millones de reales. ¿Qué diria á esto el buen Suizo, que lo vendió por un escudo?
Ultima curiosidad. En la calle de los Pequeños Campos, hemos encontrado á una señora que caminaba con el aire de una heroina, mientras que la seguia un corderito, que llevaba sobre el lomo un manojo de parras. La señora volvia la cara de cuando en cuando, de lo cual inferimos nosotros que alguna persona interesada quedaba atrás, y así era efectivamente, segun luego vimos. En estos dares y tomares, atraviesa la acera un caballero jóven, y ambos se saludan con más afecto del que conviene manifestar en público, sobre todo cuando la mujer es casada, y muy especialmente, cuando detrás viene un carnero. El recienvenido la pregunta por su esposo, y ella, con cierto desden, con cierta saciedad (es muy prosáico en el poético Paris el amar á un marido) contesta á media voz: ahí detrás viene. El otro miró, y no vió otra cosa que el borreguillo que traia las parras. Nosotros presenciábamos la escena, situados delante de un escaparate, á diez ó doce pasos de distancia. Mi mujer me miraba, porque no comprendia el tremendo chiste de la situacion, hasta que yo me eché á reir, sin ser dueño de contenerme. Entonces mi mujer me preguntó por qué me reia, y yo la conté el lance, que la hizo reir tambien.
No comprendo por qué; pero ello sucede que, las cosas más graves son las que nos causan más risa.
Yo no pude menos de poner en verso esta peregrina aventura, aunque en
Paris no tiene nada de peregrina, ni de extraordinaria.
Va una dama con gran fuero,
Y gran pompa y grande brillo,
Siguiéndola un carnerillo
Que es animal muy casero.
Con su manojo de parras
Iba el animal ufano,
Cuando llega un Don Fulano
Que es amigote de marras,
—¿Y su esposo? dice luego.
—Detrás viene, dice ella …
¡Oh prodigio de la estrella!
Detrás marchaba un borrego.
A lo léjos, muy á lo léjos, apareció una víctima. Era el marido.
A última hora. Son las once de la noche. En el momento de ponerme á escribir el noveno artículo para La América, nos traen una noticia. No sé cómo anunciarla á mis lectores. Temo lastimar su corazon, como lo está el de mi mujer y el mio. Luisa ha muerto. Sin duda la sorpresa que la produjo el ver á su hermana, la causó un derrame cerebral, que devoró su vida en pocos instantes. ¡Pobre mujer! Hé aquí lo que deben esperar las jóvenes que no saben luchar consigo mismas, que no saben ser lo que Dios ha querido que sean, y los padres que ponen en olvido que la paternidad no es una tiranía, sino una mision, un sacramento, un sacerdocio.
¡Desgraciada Luisa, adios! ¡El cielo tenga más misericordia de tí, que lástima te tuvo ese hombre infame de Rodhese! Si tuviéramos valor para ello, averiguariamos en dónde te entierran, y antes de volver á nuestro país, iriamos á despedirnos de tus cenizas. Mi mujer llora, y yo tengo el pecho oprimido.
Juro que no he de partir de esta ciudad, sin escribir al estudiante de
Estrasburgo, noticiándole la desgracia de una mujer que él no merecia.
Sí, lo sabrá al menos, para que esa sombra vaya sobre su corazon, y no
engañe á otra desdichada.
=Dia trigésimo quinto=.
Disputa del restaurant de las Columnas.—Manuela Bernaola.—Una mujer de Batiñoles y de Lamartine.—Un caballero vestido de hombre, y un hombre vestido de caballero.—Un conflicto.—Llanto de mi mujer.—Cartas—Visitas.—Las cinco y media de la tarde.—Un puente.—El Napoleon y el guardia civil.
Prometi dar cuenta de una disputa que presencié el otro dia en el restaurant de las Columnas. Era la siguiente. Dos caballeros discutian en alta voz, acerca de la prenda que constituia el carácter más grande del hombre. Uno opinaba que era la generosidad, la abnegacion. El otro decia que era el valor ó la firmeza. Yo creo que es la resolucion para emprender, y la constancia para proseguir y terminar. Despues del genio y de la honradez, me parece que aquellas dos virtudes son las más elevadas y trascendentales del mundo. Con resolucion hay casi todo.
Obran en mi poder los datos relativos al asesinato de Manuela Bernaola é Ignacio Cabezudo; pero no puedo publicarlos aquí, porque un escritor de Madrid me participa que prepara una historia de aquel atentado, y no debo perjudicar á mi compañero de letras, anticipando datos curiosos que quitarian interés á su obra. Dicho escritor me pide un prólogo para la historia que piensa publicar, y me despido del asunto hasta entonces.
Me han contado hoy cierta aventura muy notable de una mujer de Batiñoles. Esta mujer, que es una verdulera, supo que se habia abierto una suscricion á favor del célebre poeta de Lamartine, con el fin de que pudiera rescatar un castillo feudal, que tenia empezado. Con este ó semejante motivo, se han abierto ya dos suscriciones, que no habrán importado menos de trescientos mil duros. ¡Un republicano acude á la caridad europea, para desempeñar un castillo feudal! ¡A la suscricion de un republicano francés, contribuyen en primer lugar los lores ingleses! Esto seria extraño, muy extraño, en cualquier país de la tierra; en Paris, no. En Paris no tienen absolutamente nada de extraño las cosas más extrañas.
Pues la buena mujer de Batiñoles supo la suscricion á que me refiero, supuso que el poeta se hallaba en grandes conflictos, y repetia frecuentemente: ¡pobre señor Alfonso de Lamartine! ¡Qué apurado estará! Y hoy guardaba un franco, otro franco mañana, y así fué reuniendo hasta cuatro napoleones. Toma nota del número de la casa, se aliña lo mejor que puede, y llena de gozo, como quien sabe que va á practicar una buena obra, coge el camino de Paris, y al cabo de una hora de buen andar, se para en la puerta del gran escritor. El corazon saltaba del pecho á la pobre mujer, imaginándose que iba á encontrar, afligido y pobre, al eminente autor de las Melodías. Pasa el umbral…. No, no es aquí, dijo en sus adentros la verdulera. En este patio hay coches, veo lacayos, escudos de armas … no, no es esta la casa de mi pobre señor Alfonso de Lamartine. Pregunta á los vecinos, y todos la aseguran que aquella es la casa del poeta. Pasa segunda vez el umbral, se detiene, mira, da unos cuantos pasos con recelo…. La vecindad me engaña sin duda, decia para sí la aturdida mujer. Por fin, medio balbuceando, entera á uno de los criados del objeto que la llevaba, y la hacen entrar en un gabinete. Alfombras, cortinajes, dorados, tremoles…. ¿Que es esto? exclamaba la verdulera. Sale del gabinete, atraviesa el patio, cruza el umbral, camina á marchas dobles por la calle, y como alma que lleva el diablo, entra en Batiñoles. Inmediatamente que se vió en su casa, se sienta, deshace el nudo que tenia la esquina de un pañuelo, saca cuatro napoleones que habia envueltos allí, y se los mete en el bolsillo exclamando: mucha más falta me hacen á mí que al señor Alfonso de Lamartine. Con estos veinte francos, haré un vestido nuevo á mi hijo Vicente. El niño asoma en este momento, da un grito de alegría, y corre hácia su madre, que le abre los brazos.
Esta aventura, que no tiene nada de particular para otros, tiene para mí una grandísima importancia, porque tiene una grandísima moralidad. La accion de la mujer de Batiñoles vale infinitamente más que el castillo, y que mil castillos del poeta de Lamartine.
Otro incidente no ha dejado de impresionarme. En el pasaje de Jouffroi hemos encontrado á un vizcaino, que viene de la Habana, y que se ha hecho rico con la trata de negros. Lleva una gran cadena de oro, sortija de brillantes, alfiler de lo mismo; casi al propio tiempo, pasa por nuestro lado un hombre modesto y humilde. Era M. Littré, el hombre más sábio quizá de todo el Instituto de Francia. Yo dije para mí: aquel es un hombre disfrazado de caballero, y señalé al vizcaino: aquel otro es un caballero vestido de hombre, y señalé al sábio y modesto publicista.
Otro incidente me ha impresionado más. Un amigo llega esta mañana, me mira, calla, y despues de un minuto de silencio, me dice: ¿usted me oye?
—Sí, señor, le oigo.
—Si usted no me ayuda, dentro de tres horas estoy en la cárcel.
—¡Cómo! ¿Por qué?
—Porque debo ochocientos cincuenta francos.
Vi el conflicto pintado en el semblante de aquel hombre; aquel hombre no me engañaba; era un amigo mio; sobre todo, era un hombre honrado, la vergüenza quemaba sus mejillas, y no me fué dado vacilar. No quise, ni pude. Un hombre que tiene corazon, no vacila nunca en tales momentos. Mi mujer no se habia levantado aún. Sin decirla nada, sin saber lo que hacia, tanto ó más aturdido que mi amigo, abro mi cofre, y le doy los ciento setenta napoleones que necesita. Aquel hombre coge el dinero, me aprieta la mano sin decir palabra, y con los ojos humedecidos, sale precipitadamente de mi habitacion.
Si él no me paga, exclamé para mí, Dios me lo pagará. No sabemos cómo, acaso no lo conocemos, tal vez nos quejamos, porque no vemos el interior de esta enorme máquina que se llama mundo; pero tenga el lector por cierto que Dios paga siempre estas cosas. Tal vez nos lo paga con monedas que nosotros no sabemos apreciar; pero nos lo paga. Esta verdad es la más evidente y la más necesaria de la vida.
Pero otra cosa me ha producido todavía mayor sensacion. Luego que el amigo partió con su dinero, conté lo que me quedaba, y despues de pagar la fonda, no me resta lo necesario para volver á nuestro país. ¡Desdichado de mí un millon de veces! ¿Cómo se lo digo á mi mujer? ¿Qué hago? ¿A qué apelo?
Pero otra novedad debia impresionarme más aún. Á la vuelta del restaurant de las Columnas, entrados ya en nuestra calle, hube de decir algo á mi compañera sobre la aventura del amigo; mi mujer se para repentinamente, me echa una ojeada terrible, suelta su brazo del mio, se cubre la cara con ambas manos, y arranca á llorar; pero un llorar que no podia contener, un llorar sin consuelo. Yo me quedé inmóvil, estático; crucé los brazos, y la miraba sin saber qué hacer, ni qué decir. Debia estar pálido como un cadáver. Hice que se cogiera de nuevo á mi brazo, entramos en la fonda, la señora acudió para saber qué la sucedia, yo la dije que habiamos recibido la noticia de que mi suegro estaba enfermo de gravedad, la patrona nos manifestó su deseo de que se aliviara, y subimos. Al entrar en nuestra habitacion, vi algunas cartas sobre la chimenea. Abro la primera que cogí, y con la carta abierta en la mano, digo á mi compañera:
—¿Por quién dirás que podemos volver á España cuando queramos?
Mi mujer me miraba con mucha atencion, y con un aire indefinible de sorpresa y de regocijo.
—¿Por quién? me preguntó.
—Por la ciudad de Reus.
—¡Bendita sea! exclamó mi mujer.
—¡Bendita sea! exclamaron tambien otros labios.
Mis amigos de Reus, presumiendo que podia verme en algun apuro, y deseosos de que no me quedara en Francia, me mandaban cien duros á Paris, y otros ciento á Madrid, con el objeto de que me encontrase con recursos á mi llegada. Hay demostraciones tan generosas, tan delicadas y tan nobles, que no se pueden olvidar nunca, aún supuesta la ingratitud, aún supuesto ese negro vicio, el más negro de todos. Y ya que trato del capítulo de la gratitud, voy á trasladar al papel algunas páginas de mi corazon, por si sucede que estos apuntes sean el último ensayo que doy al público, como pudiera suceder, si la terrible dolencia que me aflige avanza algo más. Estoy seguro de que mis lectores no llevarán á mal este desahogo de un alma agradecida y lacerada, porque ¿quién no tiene en el mundo algo que agradecer? ¿Quién no tiene deudas sagradas que pagar?
Cuando la prohibicion de siete obras consecutivas (prohibiciones sistemáticas las más de ellas) consumieron todos mis recursos, puesto que las obras prohibidas no valian menos de cuatrocientos mil reales: cuando me he visto sin medios humanos de vivir, despues de veinticinco años de estudios constantes, de constantes vigilias; un artesano, un menestral, un hombre que no me conocia; un hombre que habia aprendido á leer en un libro mio, se redujo á comer un pedazo de pan, y me enviaba, contra mi voluntad, todo el preciosísimo capital de sus economías: este artesano, esta alma grande, es José Mallol, natural de Gandía, provincia de Valencia. Pongo este ejemplo en primer lugar, porque José Mallol no me daba lo que él tenia, sino lo que arrancaba de su existencia.
Si algo he hecho y puedo hacer por mi patria; si alguna huella dejo en el mundo; si la Providencia ha querido favorecerme con esta altísima merced, á que seguramente no me considero acreedor, España deberia agradecerlo al marido de mi hermana Filomena, D. Antonio Miravent y Bogarin, á su hermano D. Francisco, y al marido de mi hermana Amparo, D. Juan María de Zarandieta, naturales todos de la isla Cristina, provincia de Huelva. Tambien son dignos de mi gratitud, por su conducta liberal y caballerosa, D. Miguel Roselló, de las Baleares; D. Cayetano del Portillo, D. Rafael Molero de la Borbolla, D. José Bulnes y Solera, y mi hermano político, D. Salvador de Cantos, de Sevilla; D. Ramon Sans, de Huesca; el Marqués de Premio Real, y D. José Bartorelo y Quintana, de Cádiz; D. Cárlos Cervera y D. Félix Gallac, de Valencia; D. Alejo Tresario Echevarría, de Bilbao; D. Serafin Martinez y D. Gregorio Garcerán, de la Habana; D. Lúcas Cuesta, de Oviedo; D. Juan de Torres y Gil, de Casariche; D. Antonio Gonzalez y Ciezar, de Ayamonte; D. Vicente Ramirez Cruzado, de Villarrasa; D. Juan Bautista Revuelta, de Carlet; D. Policarpo Villalobos, de Dénia, y otros muchos, cuyos nombres no me son conocidos. Casi, casi puede un hombre ser desgraciado, por tener el consuelo de verse rodeado de tantas almas buenas. Reciban todos mi saludo y mi agradecimiento; si me muero, como en señal de despedida; si vivo, como en señal de testimonio. Á la lista de mis amigos y favorecedores debo añadir tres nombres queridos: D. Juan de la Puerta Canseco, de Santa Cruz de Tenerife; D. Amaranto Martinez Escobar, de Palmas de Canarias; y D. Fernando García, de Gerona.
Cobramos la letra de Reus, pagamos la fonda, hacemos tres visitas, compramos algunas frioleras, y nos proveemos de dos billetes. Llegan las cinco y media, subimos á un coche que nos conduce á una estacion de ferro-carril; nos acomodamos en nuestros puestos, y el tren arranca. Pasan algunas horas, y á los rayos de una luna llena, distinguimos los árboles corpulentos de Orleans, luego las llanuras de Burdeos, despues las torres de Angulema, de Bayona y de Irun. Irun está delante de nosotros. Pasamos un puente, á cuya izquierda hay un guardia civil: mi mujer se baja del carruaje, besa la tierra, y da un napoleon al guardia, que no quiere tomarlo. Estamos en España. Al oir mi mujer que estamos en España, las órbitas la saltan de los ojos, y tartamudeaba de alegría. Entre estos regocijos, se vuelve hácia el territorio francés, y hace una cruz, diciendo; cruz y raya: una y no más, Santo Tomás. Entre tanto, yo murmuraba: ¡Paris, palacio por fuera, sepulcro por dentro; fábula del mundo, fábula de tí propio, adiós! ¡Luisa, pobre Luisa, adiós!