VIII.
=Moralidad francesa con relacion á la política=.
Entre los infinitos hechos que nos ofrece esta incansable sociedad, elegirémos únicamente uno: el pauperismo: esto es, la pobreza como hecho social, como manifestacion pública.
El actual emperador dijo: el cristianismo abolió la esclavitud; la democracia francesa abolió el pauperismo.
Esto dijo el Emperador; pero su dicho no pasó á ser realidad en la práctica. No condeno de ningun modo la buena intencion que puede abrigarse en aquel deseo; conozco que el deseo es, por sí solo, una gran virtud, una virtud inmensamente venerable, porque es lo que más nos acerca á Dios; pero cuando el deseo no se cumple, cuando no halla una fórmula práctica en su aplicacion, es una verdadera teología. Esto sucedió al actual Emperador de los franceses, al proclamar tan absoluta y confiadamente la extincion de la mendicidad. Fué teólogo, no hombre político, porque la política quiere hechos, realidades, aplicaciones evidentes de los principios que se proclaman, y el deseo del Emperador no tiene aplicacion alguna, no tiene aquí ninguna realidad trascendente en la organizacion de los hechos sociales.
Decir: quiero que no haya pobres, sin establecer el sistema que se necesita para realizar aquel pensamiento, es como decir: quiero que el aire no se nivele, cuando no se hiciera lo que debia hacerse, para que fuese imposible el nivel atmosférico. De otra manera, habrá pobres, como el aire se nivelará, como sucederá todo lo que la necesidad moral de las cosas haga que suceda, diga lo que guste el Emperador de los franceses; porque sobre la voluntad del Emperador, están las leyes universales que todo lo gobiernan, á los emperadores tambien.
Eso de que en Francia no hay mendigos, es gana de hablar. Los franceses lo pueden decir; los extranjeros no lo deben creer.
En este punto no hay otra realidad, que la existencia de una ley que prohibe el pauperismo. Existe la ley; nada más que eso. El cumplimiento de esa ley, es aparente, ficcioso; un golpe de palaustre francés.
Efectivamente sucede que no se mendiga por las calles; lo que nosotros llamamos mendigar. Los pobres franceses no dicen: deme usted una limosna por Dios; pero dicen y hacen cosas que producen idénticos resultados.
Un ciego, una ciega, un manco, un tullido, va por la calle en una máquina ó sobre un animal: canta, ó refiere una historia, ó reza, ó toca un violin, un organillo ó unas chirimías, y el transeunte le socorre. Claro es que la persona que auxilia á aquel desgraciado, no le da una moneda en pago de la historia que cuenta, ni del instrumento que toca, ni del canto con que tal vez desgarra los oídos; sino que lo hace por caridad. Aquella moneda que le ha dado es una limosna, una verdadera limosna. El pobre francés no ha dicho: socórrame usted por el amor de Dios; pero lo ha expresado á su modo, de un modo perfectamente análogo. No pide pidiendo; pero pide cantando; realmente pide; realmente es mendigo; realmente pasa su vida implorando la caridad de zoca en molondra.
Aquí hay mendigos como en España, con la diferencia de que allí el pan es pan, y el vino es vino, y aquí ni el vino es vino, ni el pan es pan. Hay mendigos; pero de un talante particular, á la moda, con su intríngulis y su busilis, el busilis que aquí reina en todo con dominio absoluto: mendigos de buen tono, de relumbron, con su poesía acomodada al género, con su aparato artístico: es decir, mendigos con la cara lavada por el palaustre de estas tierras; mendigos franceses.
¡Ay! se dice que el pauperismo se ha extinguido en Francia; se dice que en Francia no hay pobres. ¡Ojalá! No seré yo el que deplore que tuviésemos la santa obligacion de admirar á nuestros vecinos tan cristiana conquista; no seré yo el que me lastime de tener que emular esa gran fortuna á los franceses, no. Sobre la ojeriza trivial de pueblo y de historia, venera mi alma todo lo que puede enjugar una gota de llanto. ¡Ojalá que en Francia no se conociesen las lágrimas de la miseria, y que el mundo entero, toda la tierra, España tambien, tuviese un libro en donde estudiar ese caritativo secreto, ese bálsamo milagroso de profundas llagas sociales!
Pero ¡ay! repito. Si fuese posible que de un golpe, de una sola vez, como circula el fluido eléctrico, como corre la luz, apareciera á nuestros ojos el interior de las boardillas de este fastuoso Paris; si de un golpe se presentaran ante nosotros todas las cuitas de esta sociedad artificial; si cayeran sobre nosotros todas las lágrimas que una miseria honrada y venerable vierte aquí, ¡cuántas calles se inundarian de llanto! ¡Cuántas calles irian de acera á acera! ¡Ah! Es bien seguro que el Emperador nadaria en lágrimas, y que romperia, pálido y tembloroso, la ley jactanciosa que ordena QUE EN FRANCIA NO HAYA POBRES.
Sí, hay pobres, hay miseria, hay llagas, hay dolores, hay lamentos; yo he raspado con el dedo la mezcla lisa que pone el palaustre, para que parezca bonita la parte exterior de las paredes; yo he quitado esa mezcla postiza, ese falso aliño, esa cara embustera; he penetrado más allá; me he visto dentro…. Para la ley no hay pobres; para la moral, sí; para los extraneros que tienen corazon, sí.
Antes habia mendicidad; no habia más que eso; no habia más que una cosa: ahora hay dos. La mendicidad, y una estéril y vana prohibicion. Ahora hay una mendicidad prohibida, una mendicidad afrentada; pero los pueblos, como los individuos, no pueden vivir sin su genio particular, y aquella ley, de puro ornato, de adobo y no otra cosa, era necesaria para dar á ese pueblo el relumbron que imperiosamente necesita el genio francés. ¡Pecador de mí! Ahora me explico yo por qué los franceses son tan aficionados á la luz eléctrica. Ahora me explico del mismo modo, que Paris sea la ciudad más alumbrada, más brillante del universo. Todo lo que tire á luces, y reflejos, y visos, y prismas, entra de lleno en el gusto francés.
La ley aboliendo el pauperismo, no es más que un reflejo de ese cristal; un golpe mágico de aquel palaustre, un chiste de aquel cómico. Deberia hablar tambien de la moralidad de Paris con relacion á la ciencia y al dogma; pero las originalidades que en este punto ha tenido Francia son tan extravagantes, tan atrevidas, tan francesamente atrevidas y descocadas (perdóneme Paris este castizo nombre español), que casi sospecho que no cabrian en la medida de nuestro país. Estoy seguro de que habia de lastimar muchas orejas, muchos entendimientos, muchas, muchísimas conciencias, y no escribo este libro para causar lástimas.
Para muestra, y nada más que con el fin de que sirva de muestra, presentaré un ejemplo de ciencia y otro ejemplo de religion.
El hecho de ciencia es el siguiente, hecho que acaso ignoran muchos franceses de alto coturno, y que yo sé por una de esas inesperadas dichas que se ofrecen al extranjero.
Un viejo ilustre, muy ilustre y muy venerable, tambien hay viejos venerables en Francia, óigalo el Sr. Dumas; un viejo que habia sido maestro de Luis Napoleon, antes de ser Luis Napoleon III, llevó cierto libro á Luis Napoleon, cuando ya era Luis Napoleon III, Emperador de los franceses.
El viejo de que hablamos era el honrado, valeroso, austero y lealísimo senador Vieillard, maestro y amigo del Emperador. Cuando el imperio se puso á votacion en el Senado, el Senado en peso, todo el Senado entusiasta y unánime, le prestó su sufragio. En medio de la general aclamacion, una voz seca, grave, segura y poderosa, dejó helados á los senadores, al público y al Emperador mismo: aquella voz inexorable, aquel acento de la conciencia, de la amistad y del cariño, aquella palabra que parecia ser la palabra yerta y metálica de un cadáver, dijo clara y resueltamente: ¡NO! Quien pronunció este no tremendo fué el senador Vieillard. El único senador tal vez que era amigo de Napoleon, un amigo grande, un amigo digno, uno de esos amigos que valen la pena de que un hombre nazca para que pueda honrarse con tal amistad, fué tambien el único que votó en contra del imperio. Napoleon, no obstante, continuó queriéndole y respetándole hasta el fin de sus dias. El voto contrario del maestro, y el respeto constante del discípulo, son cosas que hacen tanto honor al discípulo como al maestro.
Llega su última hora al honrado viejo, hallándose en San Cloud el Emperador; le participan que el senador Vieillard está agonizando; corre á Paris, acude á casa del moribundo, penetra en la alcoba, Vieillard espira, y Napoleon recibe el aliento postrero de aquel grande hombre; de aquel hombre ignorado hoy, pero que es sin disputa uno de los caractéres más bellos con que puede honrarse la historia moderna.
La verdad, lector mio, Napoleon no es santo de mi devocion, como decimos por nuestras tierras. Si te dijera que le queria, te diria un embuste; no le quiero, la verdad ante todo; tengo muchísimas razones para no quererle; pero desde que supe que vino de San Cloud para recoger el último suspiro de un viejo ilustre, de un hombre verdadero y honrado, no le quiero tampoco, no le puedo querer; pero no le odio. Si tuviera que perdonarle, en honra de la noble memoria del senador Vieillard, le perdonaria.
Ahora preguntaré: ¿se cumplió el testamento del senador Vieillard? Creo que no. ¿Por qué? Acaso Luis Napoleon lo sabe, acaso lo ignora, pero la verdad es que la última voluntad del difunto no se cumplió. Me parece oir á un lector que dice: pues ¿qué sucedió en esto? Amigo mio, ahora no podemos entrar en explicaciones. Ignoro si podré tocar este punto en algun pasaje de este libro; en este momento no puede ser.
Pues volviendo á la historia, decía que el senador Vieillard llevó un libro á Napoleon. Dicho libro tenia un epígrafe en la portada, acerca del cual llamó Vieillard toda la atencion de su antiguo discípulo. Napoleon leyó, volvió á leer, miró á su maestro, leyó otra vez, pensó luego un rato, hasta que por fin dijo: c'est trop hardi; mais c'est vrai. Esto es muy atrevido, pero es verdad. ¿Qué calcula el lector que decia el epígrafe? Decia lo siguiente: le dieu de l'antiquité n'est plus. Aujourd'hui, l'humanité c'est Dieu. El Dios de los antiguos no existe; hoy, la humanidad es Dios, ó la humanidad es el Dios moderno.
El Emperador dice que esto es verdad, yo pido perdon al Emperador, y con su vénia creo que es mentira. Yo creo que antes, lo mismo que ahora, y ahora lo propio que despues, la humanidad no ha sido, no es, no será, no puede ser nunca el Dios del mundo, ni de sí misma, ni de nadie, ni de un triste gusano, porque la humanidad no ha creado á nadie, ni al triste gusano, ni á sí misma, ni al mundo, ni puede hacer, ni decir una palabra en punto á marcar el último destino de las cosas, ese dia misterioso y sagrado, ese enigma supremo, oculto y recogido en el pensamiento del soberano artífice. Con perdon del Emperador, creo que los modernos no tienen otro Dios que los antiguos, porque ni los antiguos ni los modernos pueden cambiar de Dioses, como el año muda de estaciones, ó como nosotros mudamos de camisa, ¡Qué! Cuando no podemos mudar de arenas, de playas, de mares, de ambiente, de nubes, de estrellas, de soles, ¿quieren los franceses que mudemos de causa suprema? Cuando no podemos mudar de ojos, de cejas, ni aún de pestañas, ¿quieren los franceses que mudemos de Dios?
Pero seamos justos ante todo. ¿Os parece, lectores mios, que el autor del libro ha querido decir tal dislate, y que el Emperador ha podido prestarle asenso? No. En esto, como en todo lo que aquí pasa, media cierta poesía fantasmagórica, cierta fascinacion aérea. Lo que el autor ha querido decir, lo que el Emperador ha podido creer, es una cosa semejante á la que sigue: «la revelacion del principio supremo en la antigüedad, era, por ejemplo, el milagro. La revelacion de aquel principio sumo en los tiempos modernos, es el análisis, el experimento, el compás, el exámen, el axioma, la demostracion, más claro, la razon humana. En la antigüedad no existian más que castas teológicas, la idea de Dios era la que exclusivamente reinaba. En los tiempos modernos hay castas sociales; al lado de la excelsa idea de un Dios, reina en el mundo la idea del hombre. En la antigüedad como en nuestra era, como en todas las eras posibles, Dios representa el génesis de la sustancia; hoy el hombre representa el génesis de la forma.» Esto, y no otra cosa es lo que el autor de aquel libro quiso decir, y lo que el Emperador pudo creer; pero si se hubiera expresado como yo lo he hecho, aquella idea hubiera entrado en la gerarquía de las cosas oscuras, humildes y plebeyas, no hubiera valido la pena de que un Vieillard llevase el libro á un emperador, y de que un Emperador bajara la cabeza y pensase, y de que volviera á estar cabizbajo y pensativo.
El autor sabria que se hallaba en una sociedad entusiasta por los relumbrones, y diria para sus adentros: ¿sí? pues allá va ese magnífico y sorprendente relumbron. EL DIOS DE LA ANTIGÜEDAD HA PASADO; LA HUMANIDAD ES EL DIOS MODERNO. Y las gentes se miran unas á otras, se agrupan, se hablan al oído, cuchichean, y el libro corre de boca en boca, de pensamiento en pensamiento, de bolsillo en bolsillo; el autor crece, se hace de moda, se hace francés, y hé aquí realizado el adagio de que fray Modesto nunca llegó á guardian. Esto, que es una verdad en todos los pueblos del mundo, es verdad y media en este país de las ALTAS NOVEDADES. En el Paris curioso verémos hasta qué punto se abusa aquí de la expresion heráldica: ¡ALTA NOVEDAD! La primera vez que mi mujer y yo vimos ese pomposo y campanudo rótulo, impreso en letras elegantísimas sobre los vidrios de un escaparate, nos aproximamos con cierta avidez…. ¡Ni el diablo inventa lo que los franceses! ¿Qué dirán mis lectores que era el objeto anunciado al público de una manera tan altisonante y rabiosa, por decirlo así? Pero estamos fuera de lugar. Estas noticias tocan de derecho al Paris curioso, y no debemos perjudicar esta segunda parte de nuestros humildes apuntes.
Vamos al otro ejemplo de que hablé; al ejemplo de dogma. Bastará decir en este punto que la Francia ha corrido el espacio que media entre proclamar: NO HAY DIOS, hasta celebrar misa en un altar cristiano, que está precisamente sobre las cenizas y la estátua de Voltaire. En efecto, el Panteon, ese suntuoso mausoleo que el pueblo francés ha levantado á sus grandes hombres, se habilitó hace poco para templo cristiano, y el altar en que un sacerdote católico dice misa diariamente, viene á caer sobre la tumba del más furioso de todos los enciclopedistas; es decir, sobre la tumba del más furioso de los protestantes franceses.
No llevo á mal que la Francia reconocida haya levantado aquel suntuoso mausoleo á sus grandes hombres; no llevo á mal tampoco que Voltaire sea un grande hombre que ocupe un lugar en el espléndido mausoleo de su patria; lo que digo es que me huele á cosa francesa, una cosa que pica y que escuece, el que un sacerdote católico diga misa sobre los sepulcros de Voltaire y de Diderot. Digo que es refinadamente francés, refinadamente chispeante y fosfórico, el que las tumbas de Voltaire y de Diderot ocupen su puesto en un mausoleo cristiano, y que en ese mausoleo cristiano no hayan entrado las cenizas de un Bossuet, de un Flechier, de un Bourdaloue, de un Fenelon. Este es positivamente el fenómeno que menos he podido explicarme, un fenómeno que me aturde. Sobre una rareza tan extraordinaria, he pedido noticias á personas muy competentes; pero todas se encogen de hombros y murmuran algunas palabras á media voz. Ahora ya no pregunto á nadie. Las singularidades de esta calaña no tienen explicacion posible en el individuo francés; están explicadas únicamente por el carácter general del país; por el carácter, por el genio, por la necesidad de todos; están explicadas … por la Francia.
Otros muchos ejemplos notables se me ocurren, en historia principalmente; pero si me dejase llevar iria muy léjos; sumamente léjos, y no puedo dar tanta extension á esta primera parte, cuando me está esperando la segunda, que debe ser mucho más larga, y bastante más entretenida.
He examinado la moralidad de Paris, en las varias esferas sociales, y en todas partes he hallado una misma tendencia, un mismo secreto, una misma cifra: relumbron, efectos cómicos ó trágicos, caras muy lavadas y bonitas por fuera, palaustre. Mucho bombo y mucho platillo, para que acuda gente, para que el corro sea muy grande, y pueda hacer negocio el que maneja los cubiletes.
Pero á esto se dirá: ¿cómo se explica que un arte postizo, domine de tal modo en el mundo? Es muy sencillo, contesto yo. El que quiera verse seguido de centenares y centenares de personas, vístase de azul, de encarnado, de amarillo, de verde, de blanco y de negro; cúbrase la cabeza con plumas de pavo real, de cuervo, de buitre, aunque sea de gallo ó de gallina; si no hay plumas, póngase la cola de una zorra, ó cosa semejante; toque luego un chinesco, un tambor, una gaita; toque unas trévedes ó un almirez, sino tiene á mano otros instrumentos; toque con fuerza, haga ruido, mueva estrépito, mucho estrépito, alarme las orejas de todo el mundo…. No tengais cuidado, no irá solo.
No quiero decir que esta gran ciudad es un payaso, no. De ser payaso, habría que confesar que era un payaso muy magnífico. Me he valido del símil anterior, como pude haberme valido de otro cualquiera, para dar á entender el misterio con que Paris domina al mundo. El misterio consiste en que da á todos sus guisados una salsa picante, que excita el paladar, que lo estimula, que lo llama, que lo emboba; que lo mata luego, pero que lo provoca antes, y esto basta para el consumo de la cocina.
Y ¿qué significa esa salsa picante? Esa salsa picante es el cáustico que se pone sobre un tumor; es el cauterio que se aplica á una llaga; es la fuente que se abre á un ético; es la cantárida que se receta á un pecho podrido. Ya no basta el sér de las cosas, y se busca el sér de los adobos. No basta la verdad, y hay que acudir á la mentira. No basta la naturaleza, y tienen que implorar la ayuda de la mágia. No basta el encanto del arte, y tienen que llamar la fantasmagoría del artificio. No basta el rey, y tienen que acudir al reyezuelo. La salsa picante de los franceses significa una cosa algo peor que el soñado puñal de la soñada Manola de Madrid; algo peor que la soñada mata y el soñado facineroso, de que nos habla el brillante y reluciente Alejandro Dumas; algo peor que las soñadas jícaras como dedales, en que toman el chocolate los españoles; peor tambien que la soñada señorita española, que como dice el mismo novelista, exclamaba cándida y apasionadamente: ¡mi amado toro! Aún cuando todo eso fuera verdad, aún cuando existiese en nuestro país una señorita que requebrase á un toro con el epiteto de amado, y matas que ocultaran facinerosos, y dedales que sirviesen de jícaras, y puñales que á manera de ligas, decorasen las medias de la Manola de Madrid; aún cuando realmente existiera ese enjambre de desatinos, esa porcion de sueños extravagantes y risibles de una imaginacion que tiene fiebre; pues, sí, señor Dumas, mi muy querido novelista señor Dumas; aún cuando todo eso existiese en España, creo que seria menos malo que lo otro que existe en Paris, menos malo tambien que la calentura que usted padece de decir, de contar poéticas graciosidades, á fin de embaucar á sus paisanos, para que le escuchen con la boca abierta, y aflojen los sueldos de la suscricioncilla. Sí, señor novelista; creo que es más fácil purgar el desierto de beduinos, arrojar los cafres de las costas de oro, y poblar de hombres la Nueva Zelanda en que viven los antropófagos, que purgar á Paris de esa civilizacion engañosa, de ésa fascinadora cultura, de esa idolatría chillona que comprende tan bien el secreto de hacerse admirar.
=Resúmen de esta série. =
Voy á reasumir en pocas palabras todo lo expuesto sobre la moralidad, sobre la tan cacareada moralidad del pueblo parisiense: Tal vez me hago insufrible á mis lectores; pero esto es una operacion de cirujía, y todos tenemos la obligacion de ser pacientes hasta donde podamos aguantar. Cuando, él lector no pueda más, tiene el recurso de quemar mi libro.
Noto aquí, ni puedo ni debo ocultarlo, una grande armonía entre la ley pública y la conducta privada, entre la sociedad y el individuo.
No hallo, la he buscado inútilmente por todas partes; no veo la moralidad de la intencion, esa moralidad interior, absoluta, que existe por sí, que tiene bastante con ella misma; esa moralidad que nace de nuestro albedrío, de nuestra voluntad, de nuestra deliberacion, de nuestro deseo, este deseo que es la virtud más alta y más grande con que Dios enaltece al hombre; no veo, no hallo, no vislumbro la moralidad del sentimiento que ama lo justo y lo virtuoso, por el placer magnánimo de amar la justicia y la virtud. No veo, no hallo la verdadera y única moralidad.
Hallo y veo una virtud que es virtud mientras que ve un castigo; que puede ser vicio, que lo es frecuentemente, cuando se ve sola, léjos de la ley y de su pena, léjos de la opinion y de su fama; una virtud que obra bien, siempre que no puede obrar mal impunemente.
Hallo y veo una hábil hipocresía.
Hallo y veo un egoismo sábio.
En fin, hallo y veo un palaustre que lava esta cara como las lava todas.
Creo, pues, que Paris es un pueblo inmoral; inmoral de un modo picante, novelesco, fantasmagórico; inmoral de una manera delicada, graciosa, aún artística: sobre todo, de una manera relumbrona, dramática, teatral. Brillante, muy brillante, muy reluciente, muy bonito, muy fascinador, todo lo que se quiera; pero inmoral; tan inmoral, que ha logrado el prodigio de civilizar la inmoralidad; el prodigio asombroso de hacer de la inmoralidad una cultura célebre.
Esto dice á Paris y al señor novelista Dumas, un infeliz cafre de allende el Pirineo.
Si eso es civilizacion, quiero que mi país sea salvaje.
Si eso es ser culto, quiero que mi país sea bárbaro.
Si por eso el Africa ha de principiar en los Pirineos, que principie en buen hora, y Dios la dé mucha fortuna, mucha salud, y que á mi no me olvide, como decia el autor del Quijote.