* * *

Los unos altísimos,

Los otros menores,

Con su eterno verdor y frescura,

Que inspira á las almas

Agrestes canciones,

Mientras gime al rozar con las aguas

La brisa marina, de aromas salobres,

Van en ondas subiendo hacia el cielo

Los pinos del monte.

De la altura la bruma desciende

Y envuelve las copas

Perfumadas, sonoras y altivas

De aquellos gigantes

Que el Castro coronan;

Brilla en tanto á sus pies el arroyo

Que alumbra risueña

La luz de la aurora,

Y los cuervos sacuden sus alas,

Lanzando graznidos

Y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,

Que ve del camino la línea escabrosa

Que aún le resta que andar, anhelara,

Deteniéndose al pie de la loma,

De repente quedar convertido

En pájaro ó fuente,

En árbol ó en roca.

***

Era apacible el día

Y templado el ambiente,

Y llovía, llovía,

Callada y mansamente;

Y mientras silenciosa

Lloraba yo y gemía,

Mi niño, tierna rosa,

Durmiendo se moría.

Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!

Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!

Tierra sobre el cadáver insepulto

Antes que empiece á corromperse..., ¡tierra!

Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,

Bien pronto en los terrones removidos

Verde y pujante crecerá la hierba.

¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,

Torvo el mirar, nublado el pensamiento?

¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!...

Jamás el que descansa en el sepulcro

Ha de tornar á amaros ni á ofenderos.

¡Jamás! ¿Es verdad que todo

Para siempre acabó ya?

No, no puede acabar lo que es eterno,

Ni puede tener fin la inmensidad.

Tú te fuiste por siempre; mas mi alma

Te espera aún con amoroso afán,

Y vendrás ó iré yo, bien de mi vida,

Allí donde nos hemos de encontrar.

Algo ha quedado tuyo en mis entrañas

Que no morirá jamás,

Y que Dios, porque es justo y porque es bueno,

Á desunir ya nunca volverá.

En el cielo, en la tierra, en lo insondable

Yo te hallaré y me hallarás.

No, no puede acabar lo que es eterno,

Ni puede tener fin la inmensidad.

—Mas... es verdad—ha partido,

Para nunca más tornar.

Nada hay eterno para el hombre, huésped

De un día en este mundo terrenal,

En donde nace, vive y al fin muere,

Cual todo nace, vive y muere acá.

***

Una luciérnaga entre el musgo brilla

Y un astro en las alturas centellea,

Abismo arriba, y en el fondo abismo;

¿Qué es al fin lo que acaba y lo que queda?

En vano el pensamiento

Indaga y busca en lo insondable, ¡oh ciencia!

Siempre al llegar al término, ignoramos

Qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

Arrodillada ante la tosca imagen,

Mi espíritu, abismado en lo infinito,

Impía acaso, interrogando al cielo

Y al infierno á la vez, tiemblo y vacilo.

¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana

Con sus ecos responde á mis gemidos

Desde la altura, y sin esfuerzo el llanto

Baña ardiente mi rostro enflaquecido.

¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan sólo

Lo puedes ver y comprender, Dios mío!

¿Es verdad que lo ves? Señor, entonces,

Piadoso y compasivo

Vuelve á mis ojos la celeste venda

De la fe bienhechora que he perdido,

Y no consientas, no, que cruce errante

Huérfana y sin arrimo,

Acá abajo los yermos de la vida,

Más allá las llanadas del vacío.

Sigue tocando á muerto—y siempre mudo

É impasible el divino

Rostro del Redentor, deja que envuelto

En sombras quede el humillado espíritu.

Silencio siempre; únicamente el órgano

Con sus acentos místicos

Resuena allá de la desierta nave

Bajo el arco sombrío.

Todo acabó quizás, menos mi pena,

Puñal de doble filo;

Todo, menos la duda que nos lanza

De un abismo de horror en otro abismo.

Desierto el mundo, despoblado el cielo,

Enferma el alma y en el polvo hundido

El sacro altar en donde

Se exhalaron fervientes mis suspiros,

En mil pedazos roto

Mi Dios, cayó al abismo,

Y al buscarle anhelante, sólo encuentro

La soledad inmensa del vacío.

De improviso los ángeles

Desde sus altos nichos

De mármol, me miraron tristemente

Y una voz dulce resonó en mi oído:

«Pobre alma, espera y llora

Á los pies del Altísimo;

Mas no olvides que al cielo

Nunca ha llegado el insolente grito

De un corazón que de la vil materia

Y del barro de Adán formó sus ídolos.»

***

Adivínase el dulce y perfumado

Calor primaveral;

Los gérmenes se agitan en la tierra

Con inquietud en su amoroso afán,

Y cruzan por los aires, silenciosos,

Átomos que se besan al pasar.

Hierve la sangre juvenil; se exalta

Lleno de aliento el corazón, y audaz

El loco pensamiento sueña y cree

Que el hombre es, cual los dioses, inmortal.

No importa que los sueños sean mentira,

Ya que al cabo es verdad

Que es venturoso el que soñando muere,

Infeliz el que vive sin soñar.

¡Pero qué aprisa en este mundo triste

Todas las cosas van!

¡Que las domina el vértigo creyérase!...

La que ayer fué capullo, es rosa ya,

Y pronto agostará rosas y plantas

El calor estival.

***

Candente está la atmósfera;

Explora el zorro la desierta vía;

Insalubre se torna

Del limpio arroyo el agua cristalina,

Y el pino aguarda inmóvil

Los besos inconstantes de la brisa.

Imponente silencio

Agobia la campiña;

Sólo el zumbido del insecto se oye

En las extensas y húmedas umbrías;

Monótono y constante

Como el sordo estertor de la agonía.

Bien pudiera llamarse, en el estío,

La hora del mediodía,

Noche en que al hombre de luchar cansado

Más que nunca le irritan,

De la materia la imponente fuerza

Y del alma las ansias infinitas.

Volved, ¡oh noches del invierno frío,

Nuestras viejas amantes de otros días!

Tornad con vuestros hielos y crudezas

Á refrescar la sangre enardecida

Por el estío insoportable y triste...

¡Triste!... ¡Lleno de pámpanos y espigas!

Frío y calor, otoño ó primavera,

¿Dónde..., dónde se encuentra la alegría?

Hermosas son las estaciones todas

Para el mortal que en sí guarda la dicha;

Mas para el alma desolada y huérfana,

No hay estación risueña ni propicia.

***

Un manso río, una vereda estrecha,

Un campo solitario y un pinar,

Y el viejo puente rústico y sencillo

Completando tan grata soledad.

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo

Basta á veces un solo pensamiento.

Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras

El puente, el río y el pinar desiertos.

No son nube ni flor los que enamoran;

Eres tú, corazón, triste ó dichoso,

Ya del dolor y del placer el árbitro,

Quien seca el mar y hace habitable el polo.

***

—Detente un punto, pensamiento inquieto;

La victoria te espera,

El amor y la gloria te sonríen.

¿Nada de esto te halaga ni encadena?

—Dejadme solo y olvidado y libre;

Quiero errante vagar en las tinieblas;

Mi ilusión más querida

Sólo allí dulce y sin rubor me besa.

***

Moría el sol, y las marchitas hojas

De los robles, á impulso de la brisa,

En silenciosos y revueltos giros

Sobre el fango caían:

Ellas, que tan hermosas y tan puras

En el abril vinieran á la vida.

Ya era el otoño caprichoso y bello:

¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!

Pues en la tumba de las muertas hojas

Vieron sólo esperanzas y sonrisas.

Extinguióse la luz: llegó la noche

Como la muerte y el dolor, sombría;

Estalló el trueno, el río desbordóse

Arrastrando en sus aguas á las víctimas;

Y murieron dichosas y contentas...

¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!

***

Del rumor cadencioso de la onda

Y el viento que muge;

Del incierto reflejo que alumbra

La selva ó la nube;

Del piar de alguna ave de paso;

Del agreste ignorado perfume

Que el céfiro roba

Al valle ó á la cumbre,

Mundos hay donde encuentran asilo

Las almas que al peso

Del mundo sucumben.