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Ya no mana la fuente, se agotó el manantial;

Ya el viajero allí nunca va su sed á apagar.

Ya no brota la hierba, ni florece el narciso,

Ni en los aires esparcen su fragancia los lirios.

Sólo el cauce arenoso de la seca corriente

Le recuerda al sediento el horror de la muerte.

¡Mas no importa!; á lo lejos otro arroyo murmura

Donde humildes violetas el espacio perfuman.

Y de un sauce el ramaje, al mirarse en las ondas,

Tiende en torno del agua su fresquísima sombra.

El sediento viajero que el camino atraviesa,

Humedece los labios en la linfa serena

Del arroyo que el árbol con sus ramas sombrea,

Y dichoso se olvida de la fuente ya seca.

***

Cenicientas las aguas, los desnudos

Árboles y los montes cenicientos;

Parda la bruma que los vela y pardas

Las nubes que atraviesan por el cielo,

Triste, en la tierra, el color gris domina,

¡El color de los viejos!

De cuando en cuando de la lluvia el sordo

Rumor suena, y el viento

Al pasar por el bosque

Silba ó finge lamentos

Tan extraños, tan hondos y dolientes,

Que parece que llaman por los muertos.

Seguido del mastín, que helado tiembla,

El labrador, cubierto

Con su capa de juncos cruza el monte;

El campo está desierto,

Y tan sólo en los charcos que negrean

Del ancho prado entre el verdor intenso

Posa el vuelo la blanca gaviota

Mientras graznan los cuervos.

Yo desde mi ventana,

Que azotan los airados elementos,

Regocijada y pensativa escucho

El discorde concierto

Simpático á mi alma...

¡Oh, mi amigo el invierno!

Mil y mil veces bien venido seas,

Mi sombrío y adusto compañero.

¿No eres acaso el precursor dichoso

Del tibio mayo y del abril risueño?

¡Ah!, si el invierno triste de la vida,

Como tú de las flores y los céfiros,

¡También precursor fuera de la hermosa

Y eterna primavera de mis sueños!...