* * *

Todas las campanas con eco pausado

Doblaron á muerto:

Las de la basílica, las de las iglesias,

Las de los conventos:

Desde el alba hasta entrada la noche

No cesó el funeral clamoreo:

¡Qué pompa! ¡Qué lujo!

¡Qué fausto! ¡Qué entierro!

Pero no hubo ni adioses ni lágrimas,

Ni suspiros en torno del féretro...

¡Grandes voces sí que hubo!... Y cantáronle,

Cuando le enterraron, un Requiem soberbio.

***

Siente unas lástimas,

¡Pero qué lástimas!...

Y tan extrañas y hondas ternuras...

¡Pero qué extrañas!

Llora á mares por ellos,

Les viste la mortaja

Y les hace las honras...

Después de que los mata.

***

De la noche en el vago silencio,

Cuando duermen ó sueñan las flores,

Mientras ella despierta, combate

Contra el fuego de ocultas pasiones,

Y de su ángel guardián el auxilio

Implora invocando piadosa su nombre:

El de ayer, el de hoy, el de siempre,

Fiel amigo del mal,

Mefistófeles,

En los hilos oculto, del lino

Finísimo y blanco cual copo de espuma,

En donde ella aún más blanca reclina

La cabeza rubia,

Así astuto y sagaz, al oído

De la hermosa en silencio murmura:

«Goza aquél de la vida, y se ríe

Y peca sin miedo del hoy y el mañana,

Mientras tú con ayunos y rezos

Y negros terrores tus horas amargas.»

«Si del hombre la vida en la tumba

¡Oh bella, se acaba,

Qué profundo y cruel desengaño,

Qué chanza pesada

Te juega la suerte,

Le espera á tu alma!»

***

Á la sombra te sientas de las desnudas rocas,

Y en el rincón te ocultas donde zumba el insecto,

Y allí donde las aguas estancadas dormitan

Y no hay humanos seres que interrumpan tus sueños,

¡Quién supiera en qué piensas, amor de mis amores,

Cuando con leve paso y contenido aliento,

Temblando á que percibas mi agitación extrema,

Allí donde te escondes, ansiosa te sorprendo!

—¡Curiosidad maldita!, frío aguijón que hieres

Las femeninas almas, los varoniles pechos,

Tu fuerza impele al hombre á que busque la hondura

Del desencanto amargo y á que remueva el cieno

Donde se forman siempre los miasmas infectos.

—¿Qué has dicho de amargura y cieno y desencanto?

¡Ah!, no pronuncies frases, mi bien, que no comprendo;

Dime sólo en qué piensas cuando de mí te apartas

Y huyendo de los hombres vas buscando el silencio.

—Pienso en cosas tan tristes á veces y tan negras,

Y en otras tan extrañas y tan hermosas pienso,

Que... no las sabrás nunca, porque lo que se ignora

No nos daña si es malo, ni perturba si es bueno.

Yo te lo digo, niña, á quien de veras amo;

Encierra el alma humana tan profundos misterios,

Que cuando á nuestros ojos un velo los oculta,

Es temeraria empresa descorrer ese velo;

No pienses, pues, bien mío, no pienses en qué pienso.

—Pensaré noche y día, pues sin saberlo, muero.—

Y cuenta que lo supo, y que la mató entonces

La pena de saberlo.