* * *

Mientras el hielo las cubre

Con sus hilos brillantes de plata,

Todas las plantas están ateridas,

Ateridas como mi alma.

Esos hielos para ellas

Son promesa de flores tempranas,

Son para mí silenciosos obreros

Que están tejiéndome la mortaja.

***

Pensaban que estaba ocioso

En sus prisiones estrechas,

Y nunca estarlo ha podido

Quien firme al pie de la brecha,

En guerra desesperada,

Contra sí mismo pelea.

Pensaban que estaba solo,

Y no lo estuvo jamás

El forjador de fantasmas

Que ve siempre en lo real

Lo falso, y en sus visiones

La imagen de la verdad.

***

Brillaban en la altura cual moribundas chispas

Las pálidas estrellas,

Y abajo..., muy abajo, en la callada selva,

Sentíanse en las hojas próximas á secarse,

Y en las marchitas hierbas,

Algo como estallidos de arterias que se rompen

Y huesos que se quiebran.

¡Qué cosas tan extrañas finge una mente enferma!

Tan honda era la noche,

La obscuridad tan densa,

Que ciega la pupila

Si se fijaba en ella,

Creía ver brillando entre la espesa sombra

Como en la inmensa altura las pálidas estrellas.

¡Qué cosas tan extrañas se ven en las tinieblas!

En su ilusión, creyóse por el vacío envuelto,

Y en él queriendo hundirse,

Y girar con los astros por el celeste piélago,

Fué á estrellarse en las rocas, que la noche ocultaba

Bajo su manto espeso.

***

Son los corazones de algunas criaturas

Como los caminos muy transitados,

Donde las pisadas de los que ahora llegan,

Borran las pisadas de los que pasaron:

No será posible que dejéis en ellos,

De vuestro cariño, recuerdo ni rastro.

***

Al oir las canciones

Que en otro tiempo oía,

Del fondo en donde duermen mis pasiones

El sueño de la nada,

Pienso que se alza irónica y sombría

La imagen ya enterrada

De mis blancas y hermosas ilusiones,

Para decirme:

—¡Necia!, lo que es ido

¡No vuelve!; lo pasado se ha perdido

Como en la noche va á perderse el día,

Ni hay para la vejez resurrecciones...

¡Por Dios, no me cantéis esas canciones

Que en otro tiempo oía!

***

Vosotros que del cielo que forjasteis

Vivís como Narciso enamorados,

No lograréis cambiar de la criatura

En su esencia, la misma eternamente,

Los instintos innatos.

No borraréis jamás del alma humana

El orgullo de raza, el amor patrio,

La vanidad del propio valimiento,

Ni el orgullo del ser que se resiste

Á perder de su ser un solo átomo.