UNA
Tras de los limpios cristales
Se agitaba la blanca cortina,
Y adiviné que tu aliento
Perfumado la movía.
Sola estabas en tu alcoba
Y detrás de la tela blanquísima
Te ocultabas, ¡cruel!, á mis ojos...
Mas mis ojos te veían.
Con cerrojos cerraste la puerta,
Pero yo penetré en tu aposento,
Á través de las gruesas paredes,
Cual penetran los espectros;
Porque no hay para el alma cerrojos,
Ángel de mis pensamientos.
Codicioso admiré tu hermosura,
Y al sorprender los misterios
Que á mis ojos velabas..., ¡perdóname!,
Te estreché contra mi seno.
Mas... me ahogaba el aroma purísimo
Que exhalabas de tu pecho,
Y hube de soltar mi presa
Lleno de remordimiento.
—
Te seguiré adonde vayas,
Aunque te vayas muy lejos,
Y en vano echarás cerrojos
Para guardar tus secretos;
Porque no impedirá que mi espíritu
Pueda llegar hasta ellos.
Pero... ya no me temas, bien mío;
Que aunque sorprenda tu sueño,
Y aunque en tanto estés dormida
Á tu lado me tienda en tu lecho,
Contemplaré tu semblante,
Mas no tocaré tu cuerpo,
Pues lo impide el aroma purísimo
Que se exhala de tu seno.
Y como ahuyenta la aurora
Los vapores soñolientos
De la noche callada y sombría,
Así ahuyenta mis malos deseos.