S. M. EL REY DON ALFONSO XIII
Al entrar en el salón de recepciones—se lo explicará el lector fácilmente—el poeta prevaleció sobre el ministro. Aquella pompa, aquella ceremonia, aquel joven descendiente de los más gloriosos reyes, fueron, por unos instantes, la Historia. Como es costumbre en la corte de España—costumbre que, a pesar de todo, han infringido algunos talentosos y verbosos hispanoamericanos—, no pronuncian discurso ante el Rey sino los embajadores. Yo dije dos palabras para entregar mis credenciales, y luego, pronto estuvo Don Alfonso en conversación conmigo. ¿Podría juzgarlo por esa vez? Desde luego que no. Todos sabemos las preparaciones del Protocolo. Pero, en otras ocasiones, sea que hablase conmigo, sea que se dirigiese a otros diplomáticos al lado mío, pude darme cuenta de la seguridad y cordura con que trata cualquier asunto que inicia. El retrato que en pocas palabras ha hecho de él un observador como el famoso M. Paoli, es de una absoluta exactitud: «Sa haute et fine silhouette s'accusait avec une élégante aisance dans un complet gris clair; un large sourire éclairait son visage fortement hâle, son visage imberbe d'adolescent qu'ornaid un grand nez à la barbe courbe bourbonienne, cumpé en bec d'aigle entre deux yeux très noirs, pleins de flamme et de malice». Y luego la impresión oficial: «Quelle ne fut pas ma surprise, ensuite, lorsque, à Orléans, où l'on avait fixé la première étape officielle, je le vis apparaître, cette fois, en gran uniforme de capitaine général, la physionomie empreinte d'une singulière noblesse, la démarche altière, imposant à toux le respect, par l'impressionnante dignité qui se dégageait de sa personne, ayant le mot juste pour chacun, souceux des moindres nuances de l'étiquette, évoluant, causant, souriant au milieu des uniformes chamarrés, avec une aisance souveraine, montrant du premier coup qu'il connaissait mieux que quiconque son métier de roi». Su oficio de rey. Arduo oficio en los días actuales. Porque la mayoría de las gentes no ven sino la parte dorada y legendaria de esas vidas principales. No saben los cuidados y las inquietudes de hombres que hay en esos personajes simbólicos que encarnan a los pueblos. Por eso es absurda, sobre todo, la ciega preocupación anarquista.
Generalmente se quiere ver en el Rey de España un rey sportmant por su conocida afición a los ejercicios físicos. Ya he dicho en otra ocasión a ese respecto lo siguiente:
La educación del Rey fué como correspondía. Se procuró, sin fatigar su espíritu, darle una cultura apropiada, y teniendo muy en cuenta la poca fortaleza de sus primeros años, se tendió a su mejoramiento progresivo físico, al cultivo prudente y eficaz del corpore sano. De ahí que desde niño se haya aficionado a toda clase de deportes, sin menoscabo de sus condiciones intelectuales y sin descuido de una instrucción tan metódica como variada. Los principales principios científicos y literarios, la historia y las disciplinas militares le fueron inculcados. Inútil decir que la religión tuvo la mejor parte, en quien debía ostentar el hispánico y consagrado título de S. M. Católica, y en quien tuvo por padrino al Pontífice León XIII. Una vez en el caso de tomar esposa, eligió a la bella princesa protestante que, convertida al Catolicismo, trajo sus prestigios y encantos al Palacio de Madrid. Entre la reina Cristina, maternalmente amorosa, austera y tradicional, y la reina Victoria, primaveral, reina de cuento azul, se alza la figura del rey joven, mirando hacia el porvenir en los comienzos del siglo XX. Es un rey caballero. Es un rey gentleman. No es un rey fanático, ni un rey del pasado. Es de su instante histórico, sin perder natural y felizmente el antiguo e invariable concepto de la jerarquía, base de todo Gobierno monárquico. Ama el aire libre, la agilidad, el vigor. Dichosamente libre de la oratoria, en otros soberanos tan puesta de manifiesto, sabe hablar cuando la ocasión llega, y sabe conversar. Posee algo que atrae a las muchedumbres: la simpatía, y algo que seduce al mundo: el valor. Es uno más de la serie de los ilustres Alfonsos de España.
Para el soberano de España no haré nunca mejor que repetir la enumeración de un mi pasado capítulo de mi España contemporánea, sobre los ilustres Alfonsos españoles:
«El I, férrea flor de Covadonga, todavía con la pura savia goda, fuerte como un roble de sus bosques, lancero formidable de Cristo, terror de la morería, y en el corazón primitivo un diamante de nobleza; el II, casi iluminado, favorecido con manifestaciones extranaturales, hombre de lecturas y meditaciones, Alfonso el Casto; el III, el Magno, bizarro y aguerrido desde lo fresco de la juventud, terror del mogrebita, varón de tanta fe como valor; el IV, quien como más tarde el César Carlos V buscaría en un monasterio la tranquilidad espiritual; el V, el de los buenos fueros, legislador y espíritu de Consejo, también luchador feliz con los infieles y sostenedor de la fe; el VI, que aparece soberanamente a su lado la figura del mío Cid el rey de la conquista de Toledo, y que tuvo la previsión de ver hacia abajo y favorecer al pueblo con leyes bondadosas y fueros justos; el VII, Alfonso el Emperador; el VIII, que perpetuó el nombre suyo en las Navas de Tolosa; siendo después, al propio tiempo que caballero de combate, amante de la Sabiduría el IX; el X, formidable figura, cerebro y brazo, el rey de las Partidas, alquimista y poeta, astrónomo y filósofo, cuya palabra aun se escucha y se escuchará en los siglos, ya comience: «Ficieron los omes...», o inicie los balbuceos encantadores de sus toscas estrofas; el XI, que juntó la habilidad política al vigor militar, monarca de largas vistas y uno de los más amantes de sus súbditos; «y a quien verá muy cerca—agregaba—animado por la palabra maternal, por el inmediato eco de su vida; será su padre. Será para él el rey modelo y honrará la memoria de el Pacificador. A él le ha tocado un tiempo de decadencia de todo ideal, de despertamiento de odios, de exacerbamiento de pasiones y violencias sociales, de locuras colectivas que se traducen en furiosos ímpetus aislados; de ansia de goces, agonía de esperanzas y luchas terribles por la consecución del dinero. El Dinero, el Dios de la época. El bíblico Becerro del Sinaí, multiplicado en los toros auricoronados que se apacientan en el Far West y en las Pampas, y que se propagan por toda la redondez de la Tierra entre una creciente desbandada de águilas y cisnes». Acontecimientos posteriores han puesto a la vista del mundo, en muy hermosa luz, la figura de ese excelente príncipe, que ha podido dignamente encarnar la España moderna, conservando las dos virtudes tradicionales de su país: inteligencia y valor. Recordé al comenzar este artículo a M. Paoli, el veterano conductor de reyes. Concluiré con una frase suya referente a Don Alfonso XIII; C'est un charmeur. ¿Y cómo podría ser de otro modo puesto que es hijo de aquel rey querido del pueblo que se llamó Don Alfonso XII y de Doña María Cristina, que junta a la amabilidad personal más exquisita, la dignidad de las más rígidas aristocracias?