INTENSIDAD
¡Oh, mirada! ¡oh, blancura! y ¡oh, aquel lecho
en que estaba radiante la blancura!
METEMPSICOSIS
YO fuí un soldado que durmió en el lecho
de Cleopatra la reina. Su blancura
y su mirada astral y omnipotente.
Eso fué todo.
¡Oh, mirada! ¡oh, blancura! y ¡oh, aquel lecho
en que estaba radiante la blancura!
¡Oh, la rosa marmórea omnipotente!
Eso fué todo.
Y crujió su espinazo por mi brazo;
y yo, liberto, hice olvidar a Antonio
(¡oh, el lecho y la mirada y la blancura!)
Eso fué todo.
Yo, Rufo Galo, fuí soldado, y sangre
tuve de Galia, y la imperial becerra
me dió un minuto audaz de su capricho.
Eso fué todo.
¿Por qué en aquel espasmo las tenazas
de mis dedos de bronce no apretaron
el cuello de la blanca reina en broma?
Eso fué todo.
Yo fuí llevado a Egipto. La cadena
tuve al pescuezo. Fuí comido un día
por los perros. Mi nombre, Rufo Galo.
Eso fué todo.
1893.
¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangra cálida,
la perla de tus sueños es una histérica...
A COLÓN
DESGRACIADO Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.
Un desastroso espíritu posee tu tierra:
donde la tribu unida blandió sus mazas,
hoy se enciende entre hermanos perpetua guerra,
se hieren y destrozan las mismas razas.
Al ídolo de piedra reemplaza ahora
el ídolo de carne que se entroniza,
y cada día alumbra la blanca aurora
en los campos fraternos sangre y ceniza.
Desdeñando a los reyes nos dimos leyes
al son de los cañones y los clarines,
y hoy al favor siniestro de negros Reyes
fraternizan los Judas con los Caínes.
Bebiendo la esparcida savia francesa
con nuestra boca indígena semi-española
día a día cantamos la Marsellesa
para acabar danzando la Carmañola.
Las ambiciones pérfidas no tienen diques,
soñadas libertades yacen deshechas:
¡Eso no hicieron nunca nuestros Caciques,
a quienes las montañas daban las flechas!
Ellos eran soberbios, leales y francos,
ceñidas las cabezas de raras plumas;
¡ojalá hubieran sido los hombres blancos
como los Atahualpas y Moctezumas!
Cuando en vientres de América cayó semilla
de la raza de hierro que fué de España,
mezcló su fuerza heroica la gran Castilla
con la fuerza del indio de la montaña.
¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas
no reflejaran nunca las blancas velas;
ni vieran las estrellas estupefactas
arribar a la orilla tus carabelas!
Libres como las águilas, vieran los montes
pasar los aborígenes por los boscajes,
persiguiendo los pumas y los bisontes
con el dardo certero de sus carcajes.
Que más valiera el jefe rudo y bizarro
que el soldado que en fango sus glorias finca,
que ha hecho gemir al zipa bajo su carro
o temblar las heladas momias del Inca.
La cruz que nos llevaste padece mengua;
y tras encanalladas revoluciones,
la canalla escritora mancha la lengua
que escribieron Cervantes y Calderones.
Cristo va por las calles flaco y enclenque,
Barrabás tiene esclavos y charreteras,
y las tierras del Chibcha, Cuzco y Palenque
han visto engalonadas a las panteras.
Duelos, espantos, guerras, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!
1892.
¡Oh Momotombo ronco y sonoro!
MOMOTOMBO
O vieux momotombo, colosse chauve et nu...
V. H.
EL tren iba rodando sobre sus rieles. Era
en los días de mi dorada primavera
y era en mi Nicaragua natal.
De pronto, entre las copas de los árboles, vi
un cono gigantesco, «calvo y desnudo», y
lleno de antiguo orgullo triunfal.
Ya había yo leído a Hugo y la leyenda
que Squire le enseñó. Como una vasta tienda
vi aquel coloso negro ante el sol,
maravilloso de majestad. Padre viejo
que se duplica en el armonioso espejo
de un agua perla, esmeralda, col.
Agua de un vario verde y de un gris tan cambiante,
que discernir no deja su ópalo y su diamante,
a la vasta llama tropical.
¡Momotombo se alzaba lírico y soberano,
yo tenía quince años: una estrella en la mano!
Y era en mi Nicaragua natal.
Ya estaba yo nutrido de Oviedo y de Gomara,
y mi alma florida soñaba historia rara,
fábula, cuento, romance, amor
de conquistas, victorias de caballeros bravos,
incas y sacerdotes, prisioneros y esclavos,
plumas y oro, audacia, esplendor.
Y llegué y vi en las nubes la prestigiosa testa
de aquel cono de siglos, de aquel volcán de gesta,
que era ante mí de revelación.
Señor de las alturas, emperador del agua,
a sus pies el divino lago de Managua,
con islas todas luz y canción.
¡Momotombo!—exclamé—¡oh nombre de epopeya!
Con razón Hugo el grande en tu onomatopeya
ritmo escuchó que es de eternidad.
Dijérase que fueses para las sombras dique,
desde que oyera el blanco la lengua del cacique
en sus discursos de libertad.
Padre de fuego y piedra, yo te pedí ese día
tu secreto de llamas, tu arcano de armonía,
la iniciación que podías dar;
por ti pensé en lo inmenso de Osas y Peliones,
en que arriba hay titanes en las constelaciones
y abajo dentro la tierra y el mar.
¡Oh Momotombo ronco y sonoro! Te amo
porque a tu evocación vienen a mí otra vez,
obedeciendo a un íntimo reclamo
perfumes de mi infancia, brisas de mi niñez.
¡Los estandartes de la tarde y de la aurora!
Nunca los vi más bellos que alzados sobre ti,
toda zafir la cúpula sonora
sobre los triunfos de oro, de esmeralda y rubí.
Cuando las babilonias del Poniente
en purpúreas catástrofes hacia la inmensidad
rodaban tras la augusta soberbia de tu frente,
eras tú como el símbolo de la Serenidad.
En tu incesante homalla vi la perpetua guerra,
en tu roca unidades que nunca acabarán.
Sentí en tus terremotos la brama de la tierra
y la inmortalidad de Pan.
¡Con un alma volcánica entré en la dura vida,
Aquilón y huracán sufrió mi corazón
y de mi mente mueven la cimera encendida
huracán y Aquilón!
Tu voz escuchó un día Cristóforo Colombo;
Hugo cantó tu gesta legendaria. Los dos
fueron, como tú, enormes, Momotombo,
montañas habitadas por el fuego de Dios.
¡Hacia el misterio caen poetas y montañas;
y romperáse el cielo de cristal
cuando luchen sonando de Pan las siete cañas
y la trompeta del Juicio final!
...¿Cuándo de tu divina
faz en la sangre pura resbalará el diamante?
ISRAEL
ISRAEL! ¡Israel! ¿Cuándo de tu divina
faz en la sangre pura resbalará el diamante?
¿Cuándo el viento del río hará que el arpa cante
entre el concurso eterno de la brisa argentina?
¿Cuándo será la cabellera que se inclina
agitada por un viento perseverante?
¿Cuándo el brazo de luz dará al Judío Errante
el vaso en que se abreve del agua cristalina?
¡Israel! ¡Israel! Eso será en la hora
en que cante a los cielos la alondra pecadora
y en el profundo abismo se conmueva el grande ojo.
Y cuando levantados el santo y el aristo,
ponga su blanca mano nuestro príncipe Cristo,
ponga su blanca mano sobre el infierno rojo.
Aguila que has llevado tu noble y magnífico símbolo
desde el trono de Júpiter, hasta el gran continente del Norte.
SALUTACIÓN AL AGUILA
...¡May this grand Union have no end!
Fontoura Xavier
BIEN vengas, mágica Aguila de alas enormes y fuertes
a extender sobre el Sur tu gran sombra continental,
a traer en tus garras, anillas de rojos brillantes,
una palma de gloria, del color de la inmensa esperanza,
y en tu pico la oliva de una vasta y fecunda paz.
Bien vengas, oh mágica Aguila, que amara tanto Walt Whitman,
quien te hubiera cantado en esta olímpica jira,
Aguila que has llevado tu noble y magnífico símbolo
desde el trono de Júpiter, hasta el gran continente del Norte.
Ciertamente, has estado en las rudas conquistas del orbe.
Ciertamente, has tenido que llevar los antiguos rayos.
Si tus alas abiertas la visión de la paz perpetúan,
en tu pico y tus uñas está la necesaria guerra.
¡Precisión de la fuerza! ¡Majestad adquirida del trueno!
Necesidad de abrirle el gran vientre fecundo a la tierra
para que en ella brote la concreción de oro de la espiga,
y tenga el hombre el pan con que mueve su sangre.
No es humana la paz con que sueñan ilusos profetas,
la actividad eterna hace precisa la lucha:
y desde tu etérea altura, tú contemplas, divina Aguila,
la agitación combativa de nuestro globo vibrante.
Es incidencia la historia. Nuestro destino supremo
está más allá del rumbo que marcan fugaces las épocas.
Y Palenque y la Atlántida no son más que momentos soberbios
con que puntúa Dios los versos de su augusto Poema.
Muy bien llegada seas a la tierra pujante y ubérrima,
sobre la cual la Cruz del Sur está, que miró Dante,
cuando siendo Mesías, impulsó en su intuición sus bajeles,
que antes que los del sumo Cristóbal supieron nuestro cielo.
¡E pluribus unum! ¡Gloria, victoria, trabajo!
Tráenos los secretos de las labores del Norte,
y que los hijos nuestros dejen de ser los retores latinos,
y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor, el carácter.
¡Dinos, Aguila ilustre, la manera de hacer multitudes
que hagan Romas y Grecias con el jugo del mundo presente,
y que, potentes y sobrias, extiendan su luz y su imperio
y que, teniendo el Aguila y el Bisonte y el Hierro y el Oro,
tengan un áureo día para darle las gracias a Dios!
Aguila, existe el Cóndor. Es tu hermano en las grandes alturas.
Los Andes le conocen y saben que, cual tú, mira al Sol.
¡May this grand Union have no end! dice el poeta.
Puedan ambos juntarse, en plenitud, concordia y esfuerzo.
Aguila, que conoces desde Jove hasta Zarathustra
y que tienes en los Estados Unidos tu asiento,
que sea tu venida fecunda para estas naciones
que el pabellón admiran constelado de bandas y estrellas.
¡Aguila que estuviste en las horas sublimes de Pathmos,
Aguila prodigiosa, que te nutres de luz y de azul,
como una Cruz viviente, vuela sobre estas naciones,
y comunica al globo la victoria feliz del futuro!
Por algo eres la antigua mensajera jupiterina,
por algo has presenciado cataclismos y luchas de razas,
por algo estás presente en los sueños del Apocalipsis,
por algo eres el ave que han buscado los fuertes imperios.
¡Salud, Aguila! Extensa virtud a tus inmensos revuelos,
reina de los azures, ¡salud! ¡gloria! ¡victoria y encanto!
¡Que la Latina América reciba tu mágica influencia
y que renazca nuevo Olimpo, lleno de dioses y héroes!
¡Adelante, siempre adelante! ¡Excelsior! ¡Vida! ¡Lumbre!
Que se cumpla lo prometido en los destinos terrenos,
y que vuestra obra inmensa las aprobaciones recoja
del mirar de los astros, y de lo que Hay más Allá!
Río de Janeiro, 1906.
¡Tannhäuser! Resuena la marcha marcial y argentina,
y vese a lo lejos la gloria de un casco imperial.
A FRANCIA
LOS bárbaros, Francia! ¡Los bárbaros, cara Lutecia!
Bajo áurea rotonda reposa tu gran Paladín.
Del cíclope al golpe ¿qué pueden las risas de Grecia?
¿Qué pueden las Gracias, si Herakles agita su crin?
En locas faunalias no sientes el viento que arrecia,
el viento que arrecia del lado del férreo Berlín,
y allí bajo el templo que tu alma pagana desprecia,
tu vate hecho polvo no puede sonar su clarín.
Suspende, Bizancio, tu fiesta mortal y divina,
¡oh, Roma, suspende la fiesta divina y mortal!
Hay algo que viene como una invasión aquilina
que aguarda temblando la curva del Arco Triunfal.
¡Tannhäuser! Resuena la marcha marcial y argentina,
y vese a lo lejos la gloria de un casco imperial.
1893
¡Vuestro sol!
DESDE LA PAMPA
¡Yo os saludo desde el fondo de la Pampa! Yo os saludo
bajo el gran sol argentino
que como un glorioso escudo
cincelado en oro fino
sobre el palio azul del viento,
se destaca en el divino
firmamento!
Os saludo desde el campo lleno de hojas y de luces
cuya verde maravilla cruzan potros y avestruces,
o la enorme vaca roja,
o el rebaño gris, que a un tiempo luz y hoja
busca y muerde,
en el mágico ondular
que simula el fresco y verde
trebolar.
En la pampa solitaria
todo es himno o es plegaria;
escuchad
cómo cielo y tierra se unen en un cántico infinito;
todo vibra en este grito:
¡Libertad!
Junto al médano que finge
Ya un enorme lomo equino, ya la testa de una esfinge,
bajo un aire de cristal,
pasa el gaucho, muge el toro,
y entre fina flor de oro
y entre el cardo episcopal,
la calandria lanza el trino
de tristeza o de amor;
la calandria misteriosa, ese triste y campesino
ruiseñor.
Yo os saludo en el ensueño
de pasados epopeyas gloriosas;
el caballo zahareño
del vencedor; la bandera,
los fusiles con sus truenos y la sangre con sus rosas;
la aguerrida hueste fiera,
la aguerrida hueste fiera que va a toque de clarín,
el que guía, el Héroe, el Hombre;
y en los labios de los bravos, este nombre:
¡San Martín!
De la Pampa en las augustas
soledades,
al clamor de las robustas
cien bocinas del pampero, yo saludo a las ciudades
de la mar,
con sus costas erizadas de navíos,
con sus ríos
donde mil urnas colmadas su riqueza han de volcar.
¡Argentinos! ¡Dios os guarde!
ven mis ojos cómo riega
perla y rosa de la tarde
el crepúsculo que llega,
mientras la pampa ilumina
rojo y puro, como el oro en el crisol,
el diamante que prefiere la República Argentina:
¡Vuestro Sol!
Colonia la Merced, Villarino. Abril de 1898.
...Y ví la singular doble serpiente
que enroscada al celeste caduceo
pasó sobre las alas de repente.
REVELACIÓN
EN el acantilado de una roca
que se alza sobre el mar, yo lancé un grito
que de viento y de sal llenó mi boca:
A la visión azul de lo infinito,
al poniente magnífico y sangriento,
al rojo sol todo milagro y mito.
Y sentí que sorbía en sal y viento
como una comunión de comuniones
que en mí hería sentido y pensamiento.
Vidas de palpitantes corazones,
luz que ciencia concreta en sus entrañas,
y prodigios de las constelaciones.
Y oí la voz del dios de las montañas
que anunciaba su vuelta en el concierto
maravilloso de sus siete cañas.
Y clamé y dijo mi palabra: «¡Es cierto,
el gran dios de la fuerza y de la vida,
Pan, el gran Pan de lo inmortal, no ha muerto!»
Volví la vista a la montaña erguida
como buscando la bicorne frente
que pone sol en l’alma del panida.
Y vi la singular doble serpiente
que enroscada al celeste caduceo
pasó sobre las olas de repente
llevada por Mercurio. Y mi deseo
tornó a Thalasa maternal la vista.
Pues todo hallo en la mar cuando la veo.
Y vi azul y topacio y amatista,
oro, perla y argento y violeta,
y de la hija de Electra la conquista.
Y escuché el ronco ruido de trompeta
que del tritón el caracol derrama,
y a la sirena, amada del poeta.
Y con la voz de quien aspira y ama,
clamé: «¿Dónde está el dios que hace del lodo
con el hendido pie brotar el trigo,
que a la tribu ideal salva en su éxodo?»
Y oí dentro de mí: «Yo estoy contigo,
y estoy en ti y por ti: yo soy el todo».
EN ELOGIO DEL ILMO. SR. OBISPO
DE CÓRDOBA, FR. MAMERTO ESQUIU, O. M,
UN báculo que era como un tallo de lirios,
una vida en cilicios de adorables martirios,
un blanco horror de Belcebú,
un salterio celeste de vírgenes y santos,
un cáliz de virtudes y una copa de cantos,
tal era Fr. Mamerto Esquiú.
Con su mano sagrada fué a recoger estrellas.
Antes cansó su planta, dejando augustas huellas,
feliz Pastor de su país;
ahora corta del Padre las sacras azucenas;
sobre esta tierra amarga, cogía a manos llenas
las florecillas del de Asís.
¡Oh luminosas Pascuas! ¡Oh Santa Epifanía!
¡Salvete flores martyrum! canta el clarín del día
con voz de bronce y de cristal:
Sobre la tierra grata brota el agua divina,
la rosa de la gracia su púrpura culmina
sobre el cayado pastoral.
Crisóstomo le anima, Jerónimo le doma;
su espíritu era un águila con ojos de paloma;
su verbo es una flor.
Y aquel maravilloso poeta, San Francisco,
las voces enseñóle con que encantó a su aprisco
en las praderas del Señor.
Tal cual la Biblia dice, con címbalo sonoro,
a Dios daba sus loas. Formó su santo coro
de Fe, Esperanza y Caridad:
Trompetas argentinas dicen sus ideales,
y su órgano vibrante tenía dos pedales,
y eran el Bien y la Verdad.
Trompetas argentinas claman su triunfo ahora,
trompetas argentinas de heraldos de la aurora
que anuncia el día del altar,
cuando la hostia, esa virgen, y ese mártir, el cirio,
ante su imagen digan el místico martirio,
en que el Cordero ha de balar.
Llegaron a su mente hierosolimitana,
la criselefantina divinidad pagana,
las dulces musas de Helicón;
y él se ajustó a los números severos y apostólicos,
y en su sermón se escuchan los sones melancólicos
de los salterios de Sión.
Yo, que la verleniana zampoña toco a veces,
bajo los verdes mirtos o bajo los cipreses,
canto hoy tan sacra luz;
en el marmóreo plinto cincelo mi epigrama,
y bajo el ala inmensa de la divina Fama,
¡grabo una rosa y una Cruz!
Hierro y piedra primero y mármol pario
luego, y arriba mágicos metales.
Una escala subía hasta el santuario,
VISIÓN
Tras de la misteriosa selva extraña
vi que se levantaba el firmamento
horadada y labrada una montaña.
Que tenía en la sombra su cimiento.
Y en aquella montaña estaba el nido
del trueno, del relámpago y del viento.
Y tras sus arcos negros el rugido
se oía del león. Y cual obscura
catedral de algún dios desconocido,
aquella fabulosa arquitectura
formada de prodigios y visiones,
visión monumental me dió pavura.
A sus pies habitaban los leones;
y las torres y flechas de oro fino
se juntaban con las constelaciones.
Y había un vasto domo diamantino
donde se alzaba un trono extraordinario
sobre sereno fondo azul marino.
Hierro y piedra primero y mármol pario
luego, y arriba mágicos metales.
Una escala subía hasta el santuario,
de la divina sede. Los astrales
esplendores las gradas repartidas
de tres en tres bañaban. Colosales
aguilas con las alas extendidas
se contemplan en el centro de una
atmósfera de luces y de vidas.
Y en una palidez de oro de luna
una paloma blanca se cernía,
alada perla en mística laguna.
La montaña labrada parecía
por un majestuoso Piraneso
Babélico. En sus flancos se diría
que hubiese cincelado el bloque espeso
el rayo; y en lo alto enorme friso
de la luz recibía un áureo beso,
beso de luz de aurora y paraíso.
Y yo grité en la sombra:—¿En qué lugares
vaga hoy el ama mía?—De improviso
surgió ante mí, ceñida de azahares
y de rosas blanquísimas, Estela,
la que suele surgir en mis cantares.
Y díjome con voz de filomela:
—No temas: es el reino de la Lira
de Dante; y la paloma que revuela
en la luz es Beatrice. Aquí conspira
todo al supremo amor y alto deseo.
Aquí llega el que adora y el que admira.
—¿Y aquel trono, le dije, que allá veo?
—Ese es el trono en que su gloria asienta
ceñido el lauro el gibelino Orfeo.
Y abajo es donde duerme la tormenta.
Y el lobo y el león entre lo obscuro
encienden su pupila, cual violenta
brasa. Y el vasto y misterioso muro
es piedra y hierro; luego las arcadas
del medio son de mármol; de oro puro
la parte superior, donde en gloriosas
albas eternas se abre al infinito
la sacrosanta Rosa de las rosas.
—¡Oh bendito el Señor!—clamé—bendito,
que permitió al arcángel de Florencia
dejar tal mundo de misterio escrito
con lengua humana y sobrehumana ciencia,
y crear este extraño imperio eterno
y ese trono radiante en su eminencia,
ante el cual abismado me prosterno.
¡Y feliz quien al Cielo se levanta
por las gradas de hierro de su Infierno!
Y ella:—Que este prodigio diga y cante
tu voz.—Y yo:—Por el amor humano
he llegado al divino. ¡Gloria al Dante!
Ella, en acto de gracia, con la mano
me mostró de las águilas los vuelos,
y ascendió como un lirio, soberana
hacia Beatriz, paloma de los cielos.
Y en el azul dejaba blancas huellas
Que eran a mí delicias y consuelos.
Y vi que me miraban las estrellas!
IN MEMORIAM
BARTOLOMÉ MITRE
ARBOL feliz, el roble rey en su selva fragante
y cuyas ramas altísimas respetó el rudo Bóreas;
áureas, líricas albas dan sus rayos al árbol ilustre,
cuya sombra, benéfica tienda formara a las tribus.
Feliz aquel patriarca que, ceñida la frente de lauro,
En la tarde apacible concertando los clásicos números,
mira alzarse las torres a que diera cimientos y bases
y entre mirajes supremos la aurora futura.
Sabe el íntegro mármol cuáles varones encarna,
a qué sér da habitáculo sabe la carne del bronce;
conocen el momento, las magníficas bocas del triunfo
en que deben sonarse larga trompa y bocina de oro.
Súbita y mágica música óyese en férvidos ímpetus,
y Jefe, o Padre, o Héroe, siente llegar a su oído,
entre los himnos sonoros, cual de la mar a la orilla,
el murmullo profundo de un oleaje de almas.
Pase el iconoclasta quebrantando los ídolos falsos:
el simulacro justo en la gloria del Sol, que perdure.
Que se melle en el tronco venerando la hoz saturnina,
y las generaciones nuevas flores y frutos contemplen.
Espléndida pompa que brindó al sembrador la cosecha,
panorama sublime, al ver de la vida en la cumbre,
o al descenso tranquilo que iluminan serenas las horas
con astros por antorchas en la escala del regio crepúsculo.
Negros y rojos sueños en las noches postreras persiguen
a pastores de gentes que fueron tigres o lobos;
tarde de imperial púrpura al pastor verecundo y sin tacha
cívico arco de triunfo y el laurel y la palma sonante.
Y a quien también adora la beldad de las musas divinas,
visión de golfos de azur y los cines de Apolo.
Mira la augusta Patria de su vástago egregio la gloria;
la hornalla há tiempo viva hace hervir los metales simbólicos.
Yo, que de la argentina tierra siento el influjo en mi mente
«llevo mi palma y canto a la fiesta del gran argentino.»
Recordando el hexámetro que vibraba en la lira de Horacio,
y a Virgilio latino, guía excelso y amado del Dante.
ENSUEÑO
Verlaine arde...
DREAM
SE desgrana un cristal fino
sobre el sueño de una flor;
trina el poeta divino...
¡Bien trinado, Ruiseñor!
Bottom oye ese cristal
caer, y, bajo la brisa,
se siente sentimental.
Titania toda es sonrisa.
Shakespeare va por la floresta,
Heine hace un «lied» de la tarde...
Hugo acompasa la Fiesta
«Chez Thérèse». Verlaine arde
en las llamas de las rosas
alocado y sensitivo,
y dice a las ninfas cosas
entre un querubín y un chivo.
Aubrey Beardsley se desliza
como un silfo zahareño.
Con carbón, nieve y ceniza
da carne y alma al ensueño.
Nerval suspira a la luna.
Laforgue suspira de
males de genio y fortuna.
Va en silencio Mallarmé.
Las hojas amarillas caen en la alameda,
en donde vagan tantas parejas amorosas.
VERSOS DE OTOÑO
CUANDO mi pensamiento va hacia ti, se perfuma;
tu mirar es tan dulce, que se torna profundo.
Bajo tus pies desnudos aún hay blancor de espuma,
y en tus labios compendias la alegría del mundo.
El amor pasajero tiene el encanto breve,
y ofrece un igual término para el gozo y la pena.
Hace una hora que un nombre grabé sobre la nieve;
hace un minuto dije mi amor sobre la arena.
Las hojas amarillas caen en la alameda,
en donde vagan tantas parejas amorosas.
Y en la copa de Otoño un vago vino queda
en que han de deshojarse, Primavera, tus rosas.
SUM...
YO soy en Dios lo que soy
y mi ser es voluntad
que, perseverando hoy,
existe en la eternidad.
Cuatro horizontes de abismo
tiene mi razonamiento,
y el abismo que más siento
es el que siento en mí mismo.
Hay un punto alucinante
en mi villa de ilusión:
La torre del elefante
junto al kiosco del pavón.
Aún lo humilde me subyuga
si lo dora mi deseo.
La concha de la tortuga
me dice el dolor de Orfeo.
Rosas buenas, lirios pulcros,
loco de tanto ignorar,
voy a ponerme a gritar
al borde de los sepulcros:
¡Señor que la fe se muere!
Señor mira mi dolor.
¡Miserere! ¡Miserere!...
Dame la mano, Señor...
LA BAILARINA DE LOS PIES DESNUDOS
IBA en un paso rítmico y felino
a avances dulces, ágiles o rudos,
con algo de animal y de felino
la bailarina de los pies desnudos.
Su falda era la falda de las rosas,
en sus pechos había dos escudos...
Constelada de casos y de cosas...
La bailarina de los pies desnudos.
Bajaban mil deleites de los senos
Hacia la perla hundida del ombligo,
e iniciaban propósitos obscenos
azúcares de fresa y miel de higo.
A un lado de la silla gestatoria
estaban mis bufones y mis mudos...
¡Y era toda Setene y Anactoria
la bailarina de los pies desnudos!
Oh pinos, oh hermanos en tierra y ambiente,
yo os amo. Sois dulces, sois buenos, sois graves.
LA CANCIÓN DE LOS PINOS
OH pinos, oh hermanos en tierra y ambiente,
yo os amo. Sois dulces, sois buenos, sois graves.
Diríase un árbol que piensa y que siente,
mimado de auroras, poetas y aves.
Tocó vuestra frente la alada sandalia;
habéis sido mástil, proscenio, curul,
oh pinos solares, oh pinos de Italia,
bañados de gracia, de gloria, de azul.
Sombríos, sin oro del sol, taciturnos,
en medio de brumas glaciales y en
montañas de ensueños, oh pinos nocturnos,
¡oh pinos del Norte, sois bellos también!
Con gestos de estatuas, de mimos, de actores,
tendiendo a la dulce caricia del mar,
¡oh pinos de Nápoles, rodeados de flores,
oh pinos divinos, no os puedo olvidar!
Cuando en mis errantes pasos peregrinos,
la Isla Dorada me ha dado un rincón
do soñar mis sueños, encontré los pinos,
los pinos amados de mi corazón.
Amados por tristes, por blandos, por bellos.
Por su aroma, aroma de una inmensa flor,
por su aire de monjes, sus largos cabellos,
sus savias, ruidos y nidos de amor.
¡Oh pinos antiguos que agitara el viento
de las epopeyas, amados del sol!
¡Oh líricos pinos del Renacimiento,
y de los jardines del suelo español!
Los brazos eolios se mueven al paso
del aire violento que forma al pasar
ruidos de pluma, ruidos de raso,
ruidos de agua y espumas de mar.
¡Oh noche en que trajo tu mano, Destino,
aquella amargura que aún hoy es dolor!
La luna argentaba lo negro de un pino,
y fuí consolado por un ruiseñor.
Románticos somos... ¿Quién que Es, no es romántico?
Aquel que no sienta ni amor ni dolor,
aquel que no sepa de beso y de cántico,
que se ahorque de un pino: será lo mejor...
Yo, no. Yo persisto. Pretéritas normas
confirman mi anhelo, mi ser, mi existir.
¡Yo soy el amante de ensueños y formas
que viene de lejos y va al porvenir!
Quietud, quietud... Ya la ciudad de oro
ha entrado en el misterio de la tarde.
VESPER
QUIETUD, quietud... Ya la ciudad de oro
ha entrado en el misterio de la tarde.
La catedral es un gran relicario.
La bahía unifica sus cristales
en un azul de arcaicas mayúsculas
de los antifonarios y misales.
Las barcas pescadoras estilizan
el blancor de sus velas triangulares
y como un eco que dijera: «Ulises»,
junta alientos de flores y de sales.
EN UNA PRIMERA PÁGINA
CÁLAMO, deja aquí correr tu negra fuente.
Es el pórtico en donde la Idea alza la frente
luminosa y al templo de sus ritos penetra.
Cálamo, pon el símbolo divino de la letra
en gloria del vidente cuya alma está en su lira.
Bendición al que entiende, bendición al que admira.
De ensueño, plata o nieve, esta es la blanca puerta.
Entrad los que pensáis o soñáis. Ya está abierta.
Aquí, junto al mar latino,
Digo la verdad:
¡EHEU!
AQUÍ, junto al mar latino,
digo la verdad:
Siento en roca, aceite y vino
yo mi antigüedad.
Oh, qué anciano soy, Dios santo,
Oh, qué anciano soy...
¿De dónde viene mi canto?
Y yo, ¿adónde voy?
El conocerme a mí mismo
ya me va costando
muchos momentos de abismo
y el cómo y el cuándo...
Y esta claridad latina,
¿de qué me sirvió
a la entrada de la mina
del yo y el no yo...?
Nefelibata contento
creo interpretar
las confidencias del viento,
la tierra y el mar...
Unas vagas confidencias
del ser y el no ser,
y fragmentos de conciencias
de ahora y ayer.
Como en medio de un desierto
me puse a clamar;
y miré el sol como muerto
y me eché a llorar.
La hembra del pavo real
estaba en el jardín desnuda.
LA HEMBRA DEL PAVO REAL
EN Ecbatana fué una vez...
O más bien creo que en Bagdad...
Era en una rara ciudad,
bien Samarcanda o quizás Fez.
La hembra del pavo real
estaba en el jardín desnuda;
mi alma amorosa estaba muda
y habló la fuente de cristal.
Habló con su trino y su alegro
y su stacatto y son sonoro,
y venían del bosque negro
voz de plata y llanto de oro.
La desnuda estaba divina,
salomónica y oriental:
era una joya diamantina
la hembra del pavo real.
Los brazos eran dos poemas
ilustrados de ricas gemas.
Y no hay un verso que concentre
el trigo y albor de palomas,
y lirios y perlas y aromas
que había en los senos y el vientre.
Era una voluptuosidad
que sabía a almendra y a nuez
y a vinos que gustó Simbad...
En Ecbatana fué una vez,
o más bien creo que en Bagdad.
En las gemas resplandecientes
de las colas de los pavones
caían gotas de las fuentes
de los Orientes de ilusiones.
La divina estaba desnuda.
Rosa y nardo dieron su olor...
Mi alma estaba extasiada y muda
y en el sexo ardía una flor.
En las terrazas decoradas
con un gesto extraño y fatal
fué desnuda ante mis miradas
la hembra del pavo real.
HONDAS
A Pichardo.
YO soñé que era un hondero
mallorquín.
Con las piedras que en la costa
recogí,
cazaba águilas al vuelo,
lobos, y
en la guerra iba a la guerra
contra mil.
Un guijarro de oro puro
fué al cenit,
una tarde en que en la altura
azul vi
un enorme gerifalte
perseguir
a una extraña ave radiante,
un rubí
que rayara el firmamento
de zafir.
No tornó mi piedra al mundo,
Pero sin
vacilar vino a mí el ave
querubín.
«Partió herida—dijo—el alma
de Goliat, y vengo a ti.
Soy el alma luminosa
de David!»
LIRA ALERTA
Lúgubres atardeceres
y amor y dolor.
A UN PINTOR
VAMOS a cazar, oh Ramos,
vamos por allí;
suenan cuernos y reclamos
y ecos de jaurías; y
vamos a cazar colores,
vamos a cazar
entre troncos y entre flores,
arte singular.
Pintor de melancolías,
amigo pintor,
la perla que tú deslías
tendrá mi dolor.
Teorías de dolores
has pintado tú;
y priapeas y ardores
que da Belcebú.
Amas la luz y la furia
que es un don de Pan
la poderosa lujuria
que los dioses dan.
Lúgubres atardeceres
y amor y dolor,
crepúsculos de mujeres,
masculino horror...
Vagos éxodos funestos,
gestos de pesar,
gestos terribles y gestos
de llorar y aullar.
El sol poniente que quema
la última ilusión,
o la bruma de un poema
que es fin de pasión.
Hondas negruras de abismo
y espanto fatal,
lividez de cataclismo
o anuncio mortal.
Ráfagas de sombra y frío
y un errante ir...
(Vamos a morir Dios mío,
vamos a morir!)
Pintor de melancolías,
deja esa visión.
Hay soles de eternos días,
Olimpo y Sión.
Vamos a cazar colores,
ilusión los bosques dan,
las dríadas brindan flores
y alegría el egipán.
El trigal sueña en la misa;
hay de besos un rumor;
y en la seda de la brisa
va la gracia del amor.
...sobre la pampa inmensa...
PRELUDIO
En «Alma América», de J. S. Chocano.
HAY un tropel de potros sobre la pampa inmensa.
¿Es Pan que se incorpora? No: es un hombre que piensa,
es un hombre que tiene una lira en la mano:
él viene del azul, del sol, del Océano.
Trae encendida en vida su palabra potente
y concreta el decir de todo un continente...
Tal vez es desigual... (¡El Pegaso da saltos!)
Tal vez es tempestuoso... (¡Los Andes son tan altos!...)
Pero hay en ese verso tan vigoroso y terso
una sangre que apenas veréis en otro verso;
una sangre que cuando en la estrofa circula
como la luz penetra y como la onda ondula...
Pegaso está contento, Pegaso piafa y brinca,
porque Pegaso pace en los prados del inca.
Y este fuerte poeta de alma tan ardorosa
sabe bien lo que cuentan los labios de la rosa,
comprende las dulzuras del panal y comprende
lo que dice la abeja del secreto del duende...
Pero su brazo es para levantar la trompeta
hacia donde se anuncia la aurora del Profeta;
es hecho para dar a la virtud del viento
la expresión del terrible clarín del pensamiento.
Él sabe de Amazonas, Chimborazos y Andes.
Siempre blande su verso para las cosas grandes.
Va como Don Quijote en ideal campaña,
vive de amor de América y de pasión de España;
y envuelto en armonía y en melodía y canto
tiene rasgos de héroe y actitudes de santo.
«¿Me permites, Chocano, que, como amigo fiel,
te ponga en el ojal esta hoja de laurel?»
Tal dije cuando don J. Santos Chocano,
último de los incas, se tornó castellano.
¡Si será Ella!...
NOCTURNO
SILENCIO de la noche, doloroso silencio
nocturno... ¿Por qué el alma tiembla de tal manera?
Oigo el zumbido de mi sangre,
dentro mi cráneo pasa una suave tormenta.
¡Insomnio! No poder dormir, y, sin embargo,
soñar. Ser la auto-pieza
de disección espiritual, ¡el auto-Hamlet!
Diluir mi tristeza
en un vino de noche
en el maravilloso cristal de las tinieblas...
Y me digo: ¿a qué hora vendrá el alba?
Se ha cerrado una puerta...
Ha pasado un traseunte...
Ha dado el reloj tres horas... ¡Si será Ella!...
CASO
A un cruzado caballero,
garrido y noble garzón,
en el palenque guerrero
le clavaron un acero
tan cerca del corazón,
que el físico al contemplarle,
tras verle y examinarle,
dijo: «Quedará sin vida
si se pretende sacarle
el venablo de la herida.»
Por el dolor congojado,
triste, débil, desangrado,
después que tanto sufrió,
con el acero clavado
el caballera murió.
Pues el físico decía
que, en dicho caso, quien
una herida tal tenía,
con el venablo moría,
sin el venablo, también.
¿No comprendes, Asunción
la historia que te he contado,
la del garrido garzón
con el acero clavado
muy cerca del corazón?
Pues el caso es verdadero;
yo soy el herido, ingrata,
y tu amor es el acero:
¡si me lo quitas, me muero
si me lo dejas, me mata!
En panorama igual al de los cuadros y hasta
igual al que pudiera imaginarse...
EPÍSTOLA
A la señora de Leopoldo Lugones.