IV

Deseo también enmendar algún punto en que han errado mis defensores, que buenos los he tenido en España. Los maestros de la generación pasada nunca fueron sino benévolos y generosos conmigo. Los que en estos asuntos se interesan no ignoran que Valera, en estas mismas columnas, fué quien dió a conocer con un gentil entusiasmo muy superior a su ironía, la pequeña obra primigenia que inició allá en América la manera de pensar y de escribir que hoy suscita, aquí y allá, ya inefables, ya truculentas controversias. Campoamor fué para mí lo que testigos eminentes—entre ellos José Verdes Montenegro—pudieran certificar. Castelar me dió pruebas de intelectual estímulo. Núñez de Arce, cuando estuve en Madrid por la primera vez, como delegado de mi país natal, a las fiestas colombinas, fué tan entusiasta conmigo, que hizo todo lo posible porque me quedara en la Corte. Habló al respecto con Cánovas del Castillo—otro ilustre y bondadoso amigo mío—, y Cánovas escribió al Marqués de Comillas solicitando para mí un puesto en la Trasatlántica. Entretanto yo partí. No sin que antes en las tertulias de Valera se aplaudiesen y se criticasen algunos de los que llamaban mis atrevimientos líricos, que eran entonces, lo confieso, muy inocentes, y apenas de un modesto parnasianismo: Elogio de la seguidilla; un «Pórtico» para el libro En tropel, de Salvador Rueda.—Mis versos fueron bien recibidos la primera vez que hablara ante un público español—fué en una velada en que tomaba parte don José Canalejas—. Rueda me alababa, no tanto como yo a él. Mas mis amigos literarios, además de los que he nombrado, se llamaban entonces Manuel del Palacio, Narciso Campillo, el Duque de Almenara, el Conde de las Navas, D. Luis Vidart, D. Miguel de los Santos Alvarez... Me apresuro a decir que yo tenía la grata edad de veinticinco años.

Estos cortos puntos de autobiografía literaria son para hacer notar que se equivocan los que afirman que yo no he sido bien acogido por los dirigentes anteriores. En esos mismos tiempos mi ilustre amiga D.ª Emilia Pardo Bazán se dió la voluptuosidad de hacerme recitar versos en su salón, en compañía del autor de Pedro Abelardo... Y mis aficiones clásicas encontraban un consuelo con la amistosa conversación de cierto joven maestro que vivía, como yo, en el hotel de las Cuatro Naciones; se llamaba, y se llama hoy en plena gloria, Marcelino Menéndez y Pelayo. El fué quien, oyendo una vez a un irritado censor atacar mis versos del «Pórtico» a Rueda, como peligrosa novedad,

... y esto pasó en el reinado de Hugo,
emperador de la barba florida,

dijo: «Esos son sencillamente los viejos endecasílabos de gaita gallega:

Tanto bailé con el ama del cura,
Tanto bailé que me dió calentura.»

Y yo aprobé. Porque siempre apruebo lo correcto, lo justo y lo bien intencionado. Yo no creía haber inventado nada... Se me había ocurrido la cosa como a Valmajour el tamborilero de Provenza... O había «pensado musicalmente», según el decir de Carlyle, esa mala compañía.

Desde entonces hasta hoy, jamás me he propuesto ni asombrar al burgués, ni martirizar mi pensamiento en potros de palabras.

No gusto de «moldes», nuevos ni viejos... Mi verso ha nacido siempre con su cuerpo y su alma, y no le he aplicado ninguna clase de ortopedia. He, sí, cantado aires antiguos; y he querido ir hacia el porvenir, siempre bajo el divino imperio de la música—música de las ideas, música del verbo.