LA FIESTA DE VELÁZQUEZ

15 de junio de 1899.

Floja, muy flojamente se han celebrado las fiestas del «pintor de los reyes y rey de los pintores». Cuando el centenario de Calderón, hubo inusitadas pompas y agitaciones académicas que hicieron murmurar a Verlaine en un soneto. Es verdad que la España de entonces no estaba en la situación actual; pero, con todo, a España no le ha faltado nunca ganas y dinero para divertirse; y don Diego de Silva Velázquez bien valía una verbena. Por Rembrandt acaba de hacer relucir todas sus alegrías Holanda, presididas las fiestas por la «naranjita» real à croquer, Guillermina. Aquí el Gobierno ha hecho poca cosa, y el entusiasmo de los artistas no ha podido suplir todo. Inauguración de la Sala Velázquez en el Museo del Prado; recepción en Palacio, inauguración de la estatua obra de Marinas; y se acabó. Tiempo hubo de sobra para realizar algo digno de la ilustre memoria, y con un poco de buena voluntad se hubiese rendido el tributo justo a quien con Cervantes lleva el nombre de España a lo más alto de la gloria universal. Inglaterra envió a sir Edward J. Poynter, Francia a Carolus Durán y a Jean Paul Laurens—todos caballeros cubiertos delante de Velázquez—. Todos tres, el día en que se descubrió la estatua, saludaron al maestro antiguo y al arte que une los espíritus de todos los climas y razas en la misma luz y adoración imperiosa. En la Sala de Velázquez se ha reunido todo lo suyo existente en el Museo; y al cuadro de «Las Meninas», se le ha colocado de manera que triplica la ilusión.

¡Famoso empeño, descubrir a estas horas al gran pintor! No es mi intención haceros un largo capítulo en que no hallaríais nada nuevo; antes bien y a mucho andar, algún extracto de lo que con mayor prolijidad y competencia podéis aprovechar en Justi o en Stirling, en Madrazo o en Lefort, en Curtis o en Michel o en la reciente obra monumental que ha dado al público Beruete con prólogo de Bonnat. Pero mi buena suerte ha hecho llegar a mis manos un libro casi desconocido, que se ha puesto a la venta, a pesar de estar impreso desde 1885; me refiero a los Anales de la vida y obras de Diego de Silva Velázquez, escrito con ayuda de nuevos documentos por G. Cruzada Villaamil. Madrid, librería de Miguel Guijarro. Y de este libro, sí, os diré algo, aprovechando la ocasión. El año de 1869, el autor, por cargo oficial que a la sazón desempeñaba, tuvo oportunidad de registrar el archivo del Palacio Real de Madrid, y entre papeles e inventarios del tiempo de Felipe IV y su hijo, encontró gran número de documentos de alto interés, referentes a Velázquez. No dejó de observar que otra mano había andado por ahí antes que la suya, la cual mano extrajo buena cantidad de papeles valiosísimos. En posesión de esos documentos, y los que luego consiguió en Simancas y en el archivo histórico nacional, nutrido de buena, aunque escasa bibliografía velazquina, y armado de su experiencia de crítico de arte, el señor Cruzada Villaamil dió comienzo y fin a su obra, que dedicó al rey Don Alfonso XII, por haber este monarca apoyado su empresa. Muertos ya Don Alfonso y el autor, se dió fin a la impresión del libro, y, creo que por causas de testamentaría, u otro motivo judicial, es el caso que los pliegos, todavía sin encuadernar, yacen en su depósito. De esos pliegos sueltos es el ejemplar que está en mi poder, el cual debo a la amabilidad de un distinguido caballero de la Corte.

En estos Anales se nos presenta a Velázquez en su vida y en sus obras, sencilla y claramente, al paso de los días. Es un arsenal precioso para el Taine o el Ruskin de más tarde. El señor Cruzada Villaamil escribía sin dificultad y sin estilo, o más bien, su prosa es de esa prosa académica que por tan largo tiempo ha subsistido entre estos escritores, a largas circunvoluciones de períodos, cansadora, monótona, pesada. Pero la carta, la anécdota, el documento, interesan y atraen. Comienza la obra con una exposición del estado de la pintura en el reinado de los Felipe II y III, y resaltan las figuras del «divino» Morales, el mudo Navarrete, Sánchez Coello el portugués, Carvajal Barroso y Pantoja, mientras en Italia se alza la soberana persona del viejo Ticiano, quien no dejó de ser aprovechado por el Segundo Felipe y pintó para el Escorial «El Martirio de San Lorenzo» y la «Santa Cena». Felipe III no impulsa tanto el arte, aunque artistas italianos que residían en España prosiguiesen en su labor continua. Este período tiene, no obstante, de notable la llegada de Rubens, enviado por el duque de Mantua a Valladolid. Curiosa es la nomenclatura de los regalos que traía el flamenco: «para Su Majestad una hermosa carroza tallada—que el señor Villaamil cree sea la que hoy se conoce en las reales caballerizas como el coche de doña Juana la loca,—con sus caballos; doce arcabuces, de ellos seis de ballena y seis rayados; y un vaso de cristal de roca lleno de perfumes. Para la condesa de Lemus, una cruz y dos candelabros de cristal de roca. Para el secretario Pedro Franqueza, dos vasos de cristal de roca y un juego entero de colgaduras de damasco con frontales de tisú de oro. Veinticuatro retratos de emperatrices para don Rodrigo Calderón, y para el duque de Lerma un vaso de plata de grandes dimensiones, con colores, dos vasos de oro y gran número de pinturas, que consistían en copias, mandadas sacar en Roma al pintor Pedro Facchetti, de los cuadros más preciados de aquel tiempo». La opinión que Rubens tuviera de los pintores españoles en tal momento es digna de notarse. Él escribía al secretario del duque de Mantua, Iberti, que el duque de Lerma «quiere que en un momento pintemos muchos cuadros, con ayuda de pintores españoles. Secundaré sus deseos, pero no los apruebo, considerando el poco tiempo de que podemos disponer, unido a la miserable insuficiencia y negligencia de estos pintores, y de su manera—a la que Dios me libre de parecerme en nada—absolutamente distinta de la mía». Y en otra parte: «El duque de Lerma no es del todo ignorante de las cosas buenas; por cuya razón se deleita en la costumbre que tiene de ver todos los días cuadros admirables en Palacio y en El Escorial, ya de Ticiano, ya de Rafael, ya de otros. Estoy sorprendido de la calidad y de la cantidad de estos cuadros, pero modernos no hay ninguno que valga». Rubens partió, y acaeció el incendio de El Pardo, en donde se perdieron tesoros pictóricos. Así el reino de Felipe III concluye para la vida artística.

Felipe IV fué el rey artista: escritor, pintor, actor, algo tenía entre las paredes del cerebro de lo que hoy anima las aficiones y bizarría de Guillermo de Alemania. Los pintores, tanto como los poetas, fueron protegidos, y entre todos, el fuerte Velázquez no cesa en su labor. Los retratos se multiplican, y son sus modelos desde las princesas hasta los bufones y los perros. No dejó la malquerencia de visarle, la envidia de morderle. El monarca, no obstante, le sostuvo en su favor. Lo cual regocijaba al buen Francisco Pacheco que viera los comienzos de su amado don Diego, allá en su obrador de Sevilla. Es de interés la descripción de la casa de Pacheco en donde se reunían escritores, poetas, artistas de toda especie, a charlar y discurrir; no faltó a tales reuniones cierto manco que creara cierta novela inmortal.

Tanto quiso Pacheco a don Diego, que le dió su hija por mujer. «Después de cinco años de educación y enseñanza, le casé con mi hija, movido de su virtud, limpieza y buenos portes, y de las esperanzas de su natural y grande ingenio». «Y porque es mayor la honra de maestro que la de suegro, ha sido justo estorbar el atrevimiento de alguno que se quería atribuir esta gloria quitándome la corona de mis postreros años». Página misteriosa es la de los amores de Velázquez. Quizá su matrimonio fué hechura exclusiva de su maestro, sin que la pasión tuviera la menor parte. Influído por Tristán y por lo tanto por el Greco, afianzóse el artista en su vigor de colorido, al brillo de la gloriosa luz veneciana. Es en 1622. Velázquez va a visitar El Escorial, y para ello parte para la Corte con buenas recomendaciones y con el encargo de hacer el retrato de Góngora. Con buen viento llega, y le reciben sus paisanos los andaluces, entre los cuales estaba la alta influencia del conde-duque de Olivares. De allí a poco, hace el retrato del rey. En este orden siguen los años que duró la vida del pintor, con gran copia de documentos, con cartas curiosas; con papeles en los cuales se ve que no era muy envidiable el puesto de Velázquez en Palacio, a pesar de todo lo que entonces era considerado como una honra. Al artista se le concedió la comida palaciega en esta forma: «Diego Velázquez, mi pintor de Cámara, he hecho merced de que se le dé por la despensa de mi casa una ración cada día en especie como la que tienen los barberos de mi cámara, en consideración de que se le debe hasta hoy de las obras de su oficio que ha hecho para mi servicio; y de todas las que adelante mandare que haga, haréis que se note así en los libros de la casa. (Hay una rúbrica del rey). En Madrid, a 18 de septiembre de 1628.—Al conde los Arcos, en Bureo».

Como ésa hay otras tantas llamativas notas en el grueso volumen del señor Villaamil; y en cuanto a la parte de la obra artística, análisis de los cuadros, legitimidad de algunos dudosos, y otros puntos de esta especie, dicho libro es de aquellos que no deben faltar en la biblioteca de un Museo, o de un artista estudioso; y es una lástima que no se ponga a la venta, por las razones que dejo expuestas anteriormente.

Quise hablar con sir Edward J. Poynter pero no me fué posible encontrarle. En cambio, puedo transmitir mis impresiones de una entrevista con Jean Paul Laurens y Carolus Durán. Son dos tipos completamente opuestos. Laurens es el hombre de labor, el artista austero y consagrado a su ideal de una manera tiránica. Durán es el elegante pintor de los salones, el retratista de las princesas de la aristocracia y de las princesas plutocráticas de los Estados Unidos... No hay que negar su habilidad suma, sus dotes de ejecución, su colorido, su dibujo, las condiciones todas que le han llevado a la presidencia de la Sociedad de Artistas Franceses, y a la fama universal y a la fortuna. Han pasado escuelas modernísimas y tentativas varias delante de su inconmovible invariabilidad. Carolus Durán ha sonreído de todo, y, comprendiendo su tiempo, sigue la corriente.

Su cabeza es la hermosísima cabeza de un Lohengrin adonjuanado; el cuerpo, elegante, a pesar de la imposición del vientre en lucha con la gimnasia y con la esgrima. La melena y la soberbia barba, nevadas de días y noches de buena vida; el ojo perspicaz y voluptuoso, como la boca; el gesto principesco. Carolus Durán, munido de su indispensable y parisiensísima pose, es un hombre encantador. Me habló de Velázquez, de la pintura española, todo esto en español, pues lo habla correctamente, aunque de cuando en cuando le falta el vocablo. Le hablé de Buenos Aires. «Buenos Aires...» Conoce poco. Lo que él conoce es Nueva York. ¡Ya lo creo!... No obstante, sabía que en Buenos Aires está la «Diana» de Falguière y que la ciudad tiene cerca de un millón de habitantes. Nuestros ricos sudamericanos, decididamente, debían acordarse algo más de que es preciso tener un retrato de Carolus Durán.

Jean Paul Laurens parece al pronto un hombre seco y hasta adusto. Y debe tener muy temerosa idea de los periodistas, pues antes de serle presentado por Ruiz Guerrero, apenas me contestaba una que otra palabra. Luego—fué en el Círculo de Bellas Artes—, se abrió, en la más grata franqueza, sonriendo amablemente su dura cabeza de apóstol. Me habló también del arte español y de Velázquez, y me hizo un curioso croquis verbal de su compañero y amigo Carolus Durán, con quien había estado en oposición, «pero siempre en la nobleza y altitud del arte». «Buenos Aires. Sí. ¿Conoce usted a Sívori? He ahí uno que tiene algo dentro de la cabeza. Pero, pauvre garçon! ¿qué hace por allá? Là-bas es imposible todavía hacer arte. ¿Es usted amigo suyo? Dígale que no haga pintura para cocineras. Hay que hacer arte por dentro, para uno mismo, en la independencia del provecho y de la moda. En América no se entiende de ese modo, ¿no es así? Mucho industrialismo artístico; y así se pierden los talentos y las disposiciones que da la Naturaleza. Dígale usted a Sívori que dice su maestro Laurens que haga arte por dentro, y que no se cuide de cuadros para la cocina».

Traduzco al pie de la letra, hasta donde puede permitirlo el vuelo de la conversación.

Volví a verle.

El Círculo de Bellas Artes dió una fiesta íntima, por decir así, a los artistas extranjeros.

Almorzamos bajo un toldo, al amor de altos árboles, en el jardín del Círculo, casi desecho hacía pocos días por el más formidable de los pedriscos de que hay memoria en Madrid. Los vinos españoles animaron la fiesta, y se comió al aire libre, al son de una orquesta de guitarras. Jean Paul Laurens sonreía en su gravedad bajo sus espejuelos; Carolus Durán llevaba el compás de los tangos y de las seguidillas y sevillanas. Cuando el poeta Manuel del Palacio ofreció la fiesta, ya se oía por allí el ruido de las castañuelas de las bailaoras. Habló Durán, en español; brindó Laurens, que estrechó la mano al joven Marinas, el de la estatua. «¡Yo me complazco en descubrirle!» dijo. En un instante, tras el champaña, ya estaba la tarima puesta para la pareja del baile. Eran dos muchachas; la vestida de hombre, con el ceñido incitante calipigio, morena; la otra blanca, con admirables ojos y cabellos obscuros. Bailaron, pero antes de que comenzasen ellas al grito de las guitarras, Carolus Durán se puso a esbozar unas sevillanas, con levantamiento de pierna y meneo de caderas que no había más que pedir. Primero todos nos quedamos abasurdidos, como diría Roberto Payró; pero después, no pudimos menos de decir: ¡ole! Jean Paul Laurens sonreía. Sir Poynter no estaba en la fiesta. Si llega a estar, nadie le quita de sus británicos labios un irremediable shocking!

Bailó, pues, la pareja de danzantes de oficio; mas había una nota de color que ya había llamado la atención de los extranjeros: una familia de gitanos. El viejo, bien preparado, con disfraz de guardarropía, modelo de Doré, para no dejar perder la influencia del «color local», obstentaba desde el calañés hasta la faja imposible y la chaquetilla fabulosa, y el bastón de enorme contera. La vieja gitana, de ojos de cuencas negras; y las gitanillas, tan cervantinas como antaño, una de doce, una de quince, otra de veinte años. Cuando la pareja de baile cesó, llegaron los gitanos. Bailaron todas las hembras, pero las dos menores se llevaron la palma. Sobre todo la más chica, que bailaba, según el decir de Carolus Durán, «como una princesita rusa». Bailaba en efecto maravillosamente. Era el son uno de esos fandangos en que se va deslizando el cuerpo con garbo natural y fiereza de ademán que nada igualan, en una sucesión de cortos saltos y repique de pies, en tanto que la cara dice por la luz de los ojos salvajes, mil cosas extrañas, y las manos hacen misteriosas señas, como de amenaza, como de conjuro, como de llamamiento, como en una labor aérea y mágica. Todo en un torbellino de sensualidad cálida y vibrante que contagia y entusiasma, hasta concluir en un punto final que deja al cuerpo en posición estatuaria y fija, mientras las cuerdas cortan su último clamor en un espasmo violento. Después fué otra danza en que la zingarita triunfó de nuevo. Ágil, viva, una paloma que fuera una ardilla, moviendo busto y caderas, entornando los párpados no sin dejar pasar la salvaje luz negra de sus ojos en que brillaba una primitiva chispa atávica, se dejaba mecer y sacudir por el ritmo de la música, y dibujaba, esculpía en el aire armonioso un poema ardiente y cantaridado al par que traía a la imaginación un reino de pasada y luminosa poesía. Entonces se daba uno cuenta del valor de sus trajes abigarrados, sus rojos, sus ocres, sus garfios de cabello por las sienes, sus caras de bronce, sus pupilas de negros brillantes. Sonreían como si embrujasen; sus dedos sonaban como castañuelas.

Carolus Durán puso dentro del corpiño de la gitanilla un luis de oro.


LA CUESTIÓN DE LA REVISTA
LA CARICATURA

En España, como entre nosotros—¡es un triste consuelo!—, no se ha llegado todavía a resolver el problema de la revista. Es singular el caso que aquí, en donde se ha contado con elementos a propósito desde hace largo tiempo, acaezca a este respecto lo propio que en nuestros países de progreso reciente. España no cuenta en la actualidad con una sola revista que pueda ponerse en el grupo de los «grandes periódicos» del mundo; no existe lo que llamaremos la revista institución—Revue des Deux Mondes, Nuova Antologia, Blackwood's o North American Revue. La España Moderna, que podría ocupar el puesto principal, se sostiene gracias al cuidado y entusiasmo de su propietario el señor Lázaro. No faltan los escritores de revistas, y la prueba es que las revistas extranjeras tienen colaboradores españoles de primer orden—; he encontrado principalmente a Ramón y Cajal, el eminente sabio que acaba de partir a los Estados Unidos a dar conferencias, llamado por una de las mejores universidades; a Salillas, el antropólogo; y a un escritor cuyo nombre en Europa, en el mundo del estudio, es bien conocido: Rafael Altamira, profesor de la Universidad de Oviedo.

¿Cuál es la causa de que en España no prospere la revista? Primeramente, la general falta de cultura. En Inglaterra, o en Francia, no hay casa decente en donde no se encuentre una de esas publicaciones condensadoras del pensamiento nacional y reflectoras de las ideas universales. Para el parisiense de cierta posición, de atmósfera, llamémosla así, «senatorial», burgués de cualquier profesión elevada, propietario que se receta sus lecturas, o buen varón de la nobleza, la Revue des Deux Mondes es una costumbre, o una necesidad. No hablaré, además, de tales o cuales revistas pertenecientes a estas o aquellas agrupaciones, políticas o religiosas; son legión. Albareda, que realizó aquí los esfuerzos que en Buenos Aires los señores Quesada, tuvo que ver la lamentable desaparición de su obra, y, si no ha acontecido lo mismo al señor Lázaro, es porque lucha bravamente contra todo peligro. Las tentativas han sido muchas desde hace largos años, en este siglo, que entre tantas peregrinas cosas, es el siglo de la revista. El Teatro Crítico del padre Feijóo, puede muy bien considerarse en el siglo XVIII como una gran revista española, en cierto sentido; en la centuria actual la crítica de revista se cristaliza en Fígaro, aunque sean muy anteriores a los escritos de Larra algunas otras publicaciones que se asemejan al tipo de la revista. Si no tan antiguo como el francés, hubo en la corte española un viejo Mercurio. Asimismo, otras publicaciones periódicas y en forma de folleto que, a la manera del Teatro Crítico del padre Feijóo, eran redactadas por un solo escritor. Entre las muchas revistas o semirevistas de aquel tiempo, he de citar, aunque sin orden cronológico, además del Mercurio, El Censor, El Pensador matritense, El Correo de los Ciegos, El Pobrecito Hablador, de Larra, el Semanario Pintoresco, el Museo pintoresco, la Revista Española, la Revista Mensajero, El Laberinto, de Antonio Flores y Ferrer del Río, La lectura para todos, el Periódico para todos, El Museo Universal, La Ilustración de Madrid, la Revista Española de Ambos Mundos, la Revista Ibérica, la Revista Hispanoamericana, La Abeja, de Barcelona, La Revista de Ciencias, Literatura y Arte, de Sevilla, la Minerva, o el Revisor General, El Criticón, de Bartolomé Gallardo, la Crónica Científica y Literaria, el Almacén de Frutos literarios, la Miscelánea, las Cartas Españolas, la Lectura para todos, la Revista de Madrid y El Europeo de Aribau. Entre las que he citado, muchas han sido ilustraciones, magazines, del tipo de revista para familias, variadas e ilustradas a la manera del antiguo Magasin pittoresque, de París. Las hubo que tenían un carácter puramente literario y científico; algunas, como La Abeja, se limitaron a ofrecer traducciones de varios autores extranjeros, especialmente alemanes, y no pocas intentaron producir un movimiento intelectual elevando el nivel de cultura, sin conseguirlo por desgracia.

Las últimas revistas, puramente tales, en forma de cuadernos, tipo Revue des Deux Mondes, que lucharon con todo heroísmo, fueron la Revista de España, fundada por don José Luis Albareda, y la Revista Contemporánea. La de Albareda contaba con colaboradores de primera línea, con las autoridades de la época, como don Manuel de la Revilla y don Juan Valera en lo referente a la crítica; pero poco a poco fué perdiendo su interés, disminuyó la colaboración, y el público, que no necesita mucho para proteger su pereza cerebral, abandonó las suscripciones. La Revista Contemporánea fué creada por don José del Perojo. Era una publicación más científica y filosófica que de literatura y arte. Al lado de importantes trabajos españoles, se insertaban traducciones de autores en boga. Allí se publicó la primera novela rusa que haya aparecido en España, una de las mejores de Turgenev: Humo. También la Revista Contemporánea fué paso a paso enflaqueciendo, por falta del apoyo público. Dirigióla por algún tiempo don José de Cárdenas. Es seguro que el motivo del decaimiento estribó en lo que por lo general causa la muerte de las revistas. Los que las dirigen, por pobres tacaños, quieren henchir el cuaderno con trabajos que no les cuestan dinero, y recurren a la falange de los grafómanos que hacen fluir gratis los productos de sus inagotables sacos; reunen suscriptores entre sus amigos y conocidos, que por fin se cansan de la continua bazofia, y rompen, a veces con la amistad, el recibo de la suscripción. Nada más grotesco que el director de una publicación que cuenta para ella «con sus amigos». La Revista Contemporánea está dirigida hoy por don Rafael Álvarez Sereix, y está bastante mejor que en tiempo de Cárdenas; pero según tengo entendido, se produce también por colaboración espontánea, sin redactores ni colaboradores fijos, interesados en su mantenimiento y progreso.

La Revista Hispanoamericana se fundó con muy buenos propósitos, pagaba con esplendidez los trabajos; pero no supo el director conducirla, faltó buena administración en el sentido de la propaganda; no encontró eco, por lo tanto, y murió no sin costarle a su editor varios miles de duros. La Revista Mensual tuvo corta vida y estaba hecha à l'instar de la Revue générale de Bruselas. El Ateneo, con excelentes elementos, se fundó para publicar las conferencias, discursos, etc., dados en el Ateneo de Madrid. No interesó, a pesar de su material de importancia. La América, de Eduardo Asquerino, con colaboración americana, en un inaudito cafarnaum, pletórica, concluyó igualmente. La España Moderna comenzó con bríos y colaboración española escogidísima. Luego se aumentó con la Revista Internacional que dió a conocer a muchos autores extranjeros; pero la Revista Internacional concluyó muy pronto, y la España Moderna, como lo he manifestado ya, con una suscripción relativamente escasa, se sigue publicando gracias al loable desinterés de su director y dueño don José Lázaro. La Revista crítica de Historia y Literatura españolas, portuguesas e hispanoamericanas, tuvo un brillante aparecimiento, con colaboración de primer orden, nacional y extranjera, en que resaltaban especialistas tan eminentes como Menéndez y Pelayo y Farinelli. Esta revista continúa, dirigida por don Rafael Altamira; pero paréceme que lleva una vida lánguida y que no aparece con la regularidad que sería de desear.

Ha habido algunas revistas interesantes, de ramos especiales, y entre las de derecho y administración se distinguió una publicada por don Emilio Reus, la Revista de Legislación y Jurisprudencia. Todas las corporaciones científicas, de ingenieros, arquitectos, militares, etcétera, publican órganos especiales que, por lo general, dan pobre idea de la cultura del elemento oficial. Casi siempre, no se encuentran sino indigentes reflejos del saber fundamental de otras naciones. Exclusivamente de arte, ya sea a la manera de la Gazette des Beaux Arts, o a la manera del Studio, o sus similares alemanes, no existe ninguna.

Las revistas independientes, producidas por el movimiento moderno, por las últimas ideas de arte y filosofía, y de las que no hay país civilizado que no cuente hoy con una, o con varias, tuvo aquí su iniciación con Germinal, de filiación socialista, apoyada por lo mejor del pensamiento joven. Murió de extremada vitalidad quizás... Demás decir que en Cataluña, sí, hay revistas plausibles, que, más o menos, dan muestra de la fuerza regional, como L'Avenç, Catalunya, Revista Literaria y La Renaixensa. Vida Nueva, con formato de diario, es una especie de revista semanal, y es de lo mejor que se publica en Madrid. Revistas puramente intelectuales e independientes, al modo de Mercure de France, Revue Blanche o La Vogue, de París, del Yelow Book; o el Savoy, de Londres, la Rasegna, de Milán, Chap Book o Bibelot, de los Estados Unidos, Revista Moderna, de México, o Mercurio de América y El Sol, de Buenos Aires, no hay más que una, a la manera de La Vogue o de la antigua Revue Indépendante, de París, la Revista Nueva. Es ciertamente extraño que, existiendo un grupo de escritores y artistas que sienten y conocen, así sea incipiente y escasamente el arte moderno, no hayan tenido un órgano propio. Creo que la causa de esto se basa en el carácter de la juventud literaria, en lo general poco amiga del estudio y sin entusiasmo. La Revista Nueva se propone reunir todos esos elementos dispersos, y desde luego cuenta con varias firmas de las más cotizables en literatura castellana actual. Ha tenido la dirección el buen talento de no hacerla sectaria ni aislada en un credo o bajo un solo criterio. Pueden caber en ella y caben los versos de los que intentan una renovación en la poesía castellana y los versos demasiado sólidos del vigoroso pensador señor Unamuno; los sutiles bordados psicológicos de Benavente y las paradojas estallantes de Maeztu; los castizos chispazos de Cávia y las prosas macizas de Unamuno, que valen más que sus versos, aunque él no lo crea. Además, la Revista Nueva está en relación con Europa y América, y su colaboración aumenta cada día. Quiera Dios que no vaya, también, una buena mañana, a amanecer atacada de la enfermedad mortal de las revistas.

Las ilustraciones no son pocas en España, y entre ellas van a la cabeza la antigua Ilustración Española y Americana, fundada por don Abelardo de Carlos, y la Ilustración Artística, de Barcelona. La Ilustración Española y Americana está asentada sobre inconmovibles bases, entre las primeras del mundo. Sus redactores son de por vida, como el invariable Fernández Bremón, o el que fué don Peregrín García Cadena. Su forma, sus grabados, la colocan en el grupo de L'Illustration, de París, Illustrated London News, Graphic y sus semejantes de Berlín, Roma, Munich o Nueva York. Con los progresos del fotograbado, ha disminuído un tanto la aristocracia de sus viejos grabados en madera, que alternan hoy con el inevitable clisé de actualidad. Aunque su plana mayor se compone de escritores veteranos, tiene campo abierto para las manifestaciones del pensamiento nuevo, como se sepan guardar «las conveniencias», pues hay que recordar que si La Ilustración Española y Americana es popularísima, no deja por eso de ser el periódico preferido de las clases altas, y eso tanto en España como en la América española.

La Ilustración Artística, de Barcelona, viene en seguida, y se distingue por su preferencia de los asuntos artísticos, fiel a su nombre. Uno de sus colaboradores fijos es doña Emilia Pardo-Bazán.

Los Estados Unidos han enseñado al mundo la manera como se hace un magazin conforme con el paso violento del finisecular progreso. Los adelantos de la fotografía y el ansia de información que ha estimulado la Prensa diaria, han hecho precisos esos curiosos cuadernos que periódicamente ponen a los ojos del público junto al texto que les instruye, la visión de lo sucedido. El Blanco y Negro va aquí a la cabeza; luego vienen la Revista Moderna, El Nuevo Mundo y algunas otras como el Álbum de Madrid, que publica retratos de escritores y artistas, artículos literarios y poesías. El Blanco y Negro es muy parecido a nuestro Buenos Aires o a Caras y Caretas, con la insignificante diferencia de que posee un palacio precioso, tira muchos miles de ejemplares y da una envidiable renta a su propietario el señor Luca de Tena. En Barcelona hay varias revistas como Barcelona Cómica más o menos literarias y artísticas; y La Saeta, periódico picante por sus fotograbados, por lo común desnudos, poses de malla o camisa, género Caramán Chimay y aun más pimentados.

La caricatura tiene por campo una o dos páginas de cada «almacén» o revista ilustrada. Casi siempre, la política y la actualidad es lo que forma el argumento. Pero no existe hoy un caricaturista como el famoso Ortego, por ejemplo. Como todo, la caricatura ha degenerado también. Ortego, me decía muy justamente el señor Ruiz Contreras, director de la Revista Nueva, ha sido el rey de la caricatura en España; ninguno de los otros puede compararse con él; él creó la semblanza de todos los políticos y monarcas, de todos los personajes de la revolución; él hizo a Montpensier imposible, con una caricatura. Si analizáramos la influencia que ha tenido Ortego en el porvenir de la Nación, nos horrorizaríamos. En este pueblo impresionable, una nota se agiganta y se hace un libro, un chisme se transforma en historia y una calumnia en débâcle inmensa. Más daño que todos sus enemigos le hicieron a Montpensier las caricaturas de Ortego, ¿fundadas en qué? Pues en que Montpensier tenía una huerta de naranjas. «El rey naranjero». Esto bastó para desacreditarle. Como bastó, para hundir a don Carlos, pintarle un día rodeado de bailarinas y sacripantas. Ortego, además de su intención profunda, tuvo una ventaja sobre todos, y es que dibujaba maravillosamente. Solía también encontrar en el personaje un rasgo fisonómico para su caricatura, y acertaba tanto en la elección, que no era posible ninguna variante. Su Narváez, su Prim, su Sagasta, su Isabel II, son inolvidables. Asimismo se dedicó mucho a la caricatura de costumbres, en la que hizo prodigios. En esto era un inmediato descendiente de Gavarni. El pueblo de Madrid, con sus toreros, con sus curas, con sus manolas, sus majos, sus cursis, sus hambrientos, sus oficinas, sus teatros y sus verbenas, aparece y resucita en los dibujos de Ortego, que son para el historiador un documento de grandísima importancia. Hace algunos años se reunieron los dibujos de Ortego en álbumes especiales, pero la publicación, con ser de tanto interés para todos, no se hizo popular. El público estaba distraído con otra cosa.

Luque, Padró, Perea y Alaminos han hecho casi solamente, la caricatura política. Menos hábiles en el dibujo, buscaban la intención en las ideas; sus caricaturas tienen más bilis que lápiz; demuestran sus odios políticos más que su arte. Iban sólo a hacer daño; más que revolucionarios de su tiempo, eran anarquistas. Destruían con el ridículo, aumentándolo, inventándolo a veces. Perea se dedicó luego a la especialidad de toros y sus dibujos de La Lidia han circulado por todo el mundo. Sojo ha sido también un político de lápiz; dibuja poco: todo el interés de su obra se basa en el pensamiento. Cilla y Mecachis explotan por algún tiempo la crítica de costumbres. Cilla inventa los personajes, mucho más que los toma de la realidad; ha creado varios tipos que repite constantemente. Así ha hecho Mars en París. Cilla es en el dibujo en España algo como López Silva en sus versos. Nada más alejado de la verdad, nada más falso que los chulos de López Silva, a quien llaman el heredero de don Ramón de la Cruz; y sin embargo, se ha convenido en que los chulos de López Silva son los verdaderos, y por tales se les mira y admira; y queriendo hablar en chulo, la gente joven habla en López Silva. Lo mismo sucede con los dibujos de Cilla. Nadie es exactamente como lo que Cilla dibuja, pero, a fuerza de verla, parece más real su mentira que la realidad. Más humano es Mecachis: y como más humano es también menos monótono; como observa y copia, varía más. Después de Ortego, Mecachis. Todos los demás, excelentes periodistas. Ángel Pons, que hoy está en México, empezó bien; pero también tiene más ideas que dibujo; tampoco es un observador. Y muy observador de la caricatura extranjera, como Rojas su discípulo. Puede decirse que casi todos los actuales dibujantes se proveen de inventiva y de rasgos felices en las revistas de otras naciones. Apeles Mestres y Pellicer saben dibujar y dibujan de firme. Mestres ha hecho caricaturas admirables en los periódicos satíricos catalanes. Es un moralista, como casi todos los verdaderos caricaturistas. Es de recordar una caricatura publicada en La Esquella, de Barcelona. Un coche fúnebre, con ocho caballos empenachados y otro con un jaco de mala muerte; y la leyenda: Com mes richs mes besties: Como más ricos, más animales. Pellicer conoce su arte y estudia las costumbres. Sus dibujos son documentos y sus ilustraciones de obras admirables estudios. Para las obras completas de Larra ha dibujado tipos como Fígaro pudo concebirlos; a Larra le ha hecho como era.

Ese retrato ha quedado definitivo para el futuro, con un valor de época, inimitable. Pellicer ha superado en esto al mismo Madrazo. Moya y Sileno, Rojas y Sancha trabajan profusamente y tienen bastante demanda; Sileno ilustra principalmente el Gedeón, y sobresale en la sátira política. Sancha se ha hecho un puesto especial, apoyado en el Fligene Blatter, y deformando, hace cosas que se imponen. Sus deformaciones recuerdan las imágenes de los espejos cóncavos y convexos; es un dibujo de abotagamientos o elefantiasis; monicacos macrocéfalos e hidrópicas marionetas. Marín estudia mucho, y apoyado en Forain, hace excursiones al bello país de Inglaterra. Es un erudito de lo moderno, un simpático artista, cuyo modelo principal debe de ser una elegantísima y singular mujer, apasionada de D'Annunzio y fascinada por París. Leal da Cámara, portugués, joven, de indiscutible talento, dibuja en Madrid, un tanto desganado, con el pensamiento puesto en Jossot, a quien conoce, y animado por el espíritu de Cruikshank, a quien seguramente ignora.