LA JOVEN ARISTOCRACIA
Cuando el rey de España recibe a los nuevos grandes que deben cubrirse delante de él, es costumbre que cada cual diga unas cuantas frases en que, después de recordar la gloria de sus antepasados y el timbre de sus blasones, ofrezca al monarca sus servicios y protestas de lealtad. Sorprendió hace algún tiempo el discurso de cierto joven grande de España, que más o menos, dijo a la reina estos conceptos: «Señora, mis abuelos fueron mis abuelos y su gloria es de ellos; yo soy ingeniero y mi título y mi trabajo es lo único que puedo poner a los pies de vuestra majestad». Lo llamativo y simpático de la nota, despertaba en la generalidad este pensar: «¡Hay, pues, nobles que trabajan!» La sorpresa era justa. Es un hecho reconocido que en nuestras sociedades modernas, según la frase reciente de M. de Montmorand, ce qui caractérise le noble, c'est son oisiveté, son inaptitude au travail.
En todas partes, y por su propia culpa, la nobleza ha perdido terreno.
Las necesidades de la vida actual, el desarrollo del comercio, las ambiciones de la gran burguesía, han trastornado un tanto los armoriales: y el día en que un Rothschild ha sido ennoblecido a causa de su dinero, el espíritu de Dozier flotó sobre las salazones de Chicago. Desacreditada y todo, la nobleza impone sus pergaminos. Las señoritas adineradas de los Estados Unidos, y por no quedarnos atrás, algunas de la América del Sur, pagan a buen precio el derecho de poder ostentar una corona marcada en su ropa blanca, o pintada en la portezuela del carruaje. En nuestras democracias, la presencia de un noble siempre es decorativa en la vida social. Huelen esos caballeros, mal educados, ignorantes, obtusos, pero casi siempre ¡visten tan bien! A América suelen llegar gentlemen y escrocs; nobles verdaderos y nobles falsos. Algunos han ido a parar a la penitenciaría de Buenos Aires.
La nobleza francesa, que en estos últimos tiempos ha dado tan poco edificantes espectáculos, diríase que constituye el más claro tipo de decadencia. Su incapacidad es tan solamente igualada por su ligereza; y si en algo puede confiar la estabilidad de la república, es en la ineptitud intelectual y flaqueza moral que se revela en ese plantío de gardenias y claveles. Con gran justicia un escritor de criterio certero, Paul Duplan, dice, en un estudio reciente: «Cuando se estudia la historia de nuestro país de cien años acá, queda uno estupefacto de la increíble incoherencia sociológica y política de los nobles. Hacen constantemente lo contrario de lo que se podría prever; están siempre a caballo cuando se debería estar a pie; parlanchines y ruidosos cuando deberían estar silenciosos y prudentes; pierden en la vida pública el tacto que conservan en sus salones; empujan la república a la izquierda con la intención de atraerla a la derecha; demasiado católicos al fin del siglo XIX después de haber sido volterianos al fin del siglo XVIII, pierden el contacto con la democracia y se obstinan en confiar sus hijos a los religiosos, cuando debían hacerlos educar en nuestros colegios; caen en el snobismo inglés, cuando debían hacer prevalecer la elegancia francesa; chismosos y maldicientes; descontentos y vejados bajo la Restauración, bajo Luis Felipe, bajo Napoleón III, bajo la tercera república; vuelven la espalda a la ciencia contemporánea que no es clerical y quieren que lo sea; se hacen ridículamente zurrar el 16 de mayo; se meten en «la Baulange»; exageran el antisemitismo después de haber adoptado a los grandes judíos, aceptado sus regalos y frecuentado sus castillos, sus yates y sus cacerías. En fin, gentes en su mayor parte surannés y vieux jeu, aun en el dominio de sus placeres. Han quedado como cazadores diligentes, y ¿qué ardor les devora? Por ejemplo, la caza a la carrera como en las épocas prehistóricas: cansar, en nuestras pequeñas florestas, a un desgraciado animal, casi amansado, que a menudo no quiere correr; entregarle a la ferocidad de los perros y gozar con ese terror y con esa muerte. ¿Y el estúpido tiro de pichón? ¡Qué singular élite, la de esta nobleza ociosa e ingenua, que no tiene otra carrera que el matrimonio de dinero!»
La nobleza española no ha llegado a este último estado, hay que confesarlo. (¿Es por falta de cotización?) Pero nada señala que la patria española pueda esperar algo de sus grandes o de su aristocracia. A pesar de que buena parte de las principales familias educan a los hijos en pensiones inglesas, es difícil encontrar aquí el gentleman-farmer blasonado. Los propietarios de tierras de labranza, o los ganaderos, o arriendan o dejan los trabajos al cuidado de administradores, que poco interés han de tomarse, como no sea el propio provecho. El propietario cobra sus rentas, sin que se le ocurra pensar en introducir mejoras, o aplicar la experiencia de otros países, en procedimientos o maquinaria.
Algunos se dedican a la política; raros, rarísimos, como Valdeiglesias, al periodismo. Señalados son los que en las letras tienen nombre, o se consagran a estudios especiales. En cuanto a los grandes nombres científicos, ni Cajal, ni Federico Rubio, ni Builla, ni Posada, ni Pedro Dorado, ni Augusto Linares, pertenecen a la nobleza... En el teatro, durante el tiempo que llevo en Madrid, dos títulos han presentado al público sendos arreglos del francés. En cambio, hay un actor grande de España, y varios emparentados con linajudas casas. Ahora bien, con la última estadística a la vista, he contado 41 duques, 358 marqueses, 203 condes, 30 vizcondes y 49 barones.
De antiguo he sabido la poca afición al trabajo de la nobleza española, a causa sobre todo de las preeminencias de la hidalguía y de los mayorazgos.
Familias llenas de oro y acostumbradas al regalo, mal podían pensar en otra cosa que en los privilegios de su grandeza. En tiempos de Felipe II, el duque del infantado tenía 90.000 ducados de renta; el de Medina de Río Seco, 130.000; el de Osuna, 130.000; dependían de ellos más de 30.000 familias feudatarias. Los duques de Alba, de Nájera, y de Zúñiga poseían tierras que daban 80.000, 60.000 y 70.000 ducados de renta, en Castilla la Vieja; el de Medinaceli, en Toledo, 150.000; en Granada, Extremadura y Jaén, los duques de Medina Sidonia, de Arcos y de Feria, 150.000, 70.000 y 60.000. En Cataluña y Valencia los duques de Gandía y Córdoba, 80.000 ducados de renta cada uno. (Ms. de Denys Geoffroy. V. Weiss).
Algunas de estas familias todavía conservan mucho de sus pasadas riquezas. Otras, como la de los Osuna, han tenido que caer bajo el martillo del rematador.
La juventud aristocrática, como he dicho, se educa generalmente en el extranjero: Inglaterra y Bélgica son los países preferidos.
La educación es esencialmente religiosa. Siempre, en las altas familias está la influencia del sacerdote.
Si el joven sigue una carrera, una vez obtenido el título se dedica a vivir de sus rentas; se case o no se case, en Madrid y en el extranjero, la vida social y el sport le absorberán todo su tiempo. La moda inglesa, el britanismo, se apodera de algunos; otros tienden a la vida chulesca. Son amigos de los toreros, y, los días de corrida, van a la plaza con indumentaria que pregona sus aficiones, en lujosas calesas tiradas por mulas llenas de cascabeles, o en sus espléndidos carruajes. Hoy que medra el café-concert, hay quienes se aficionan a las divettes. Por lo que toca a la vida íntima, a la familia, naturalmente, diré que no la conozco. Se me dice, no obstante, que el padre Coloma exagera un poco sus Pequeñeces.
Las antiguas virtudes esencialmente españolas, parece que también han desaparecido. Dejo la palabra a don Santiago Alba.
«Por de pronto, ya hemos revelado y hemos aprendido que sin una educación positiva no conservan los pueblos algo de que nosotros hubimos de creernos depositarios, a través de los siglos de los siglos, simplemente por el mágico efluvio de nuestras glorias legendarias: el valor y el patriotismo. Mientras que aquí la aristocracia de la sangre y la del dinero—con ligeras y honrosísimas excepciones—seguíase divirtiendo en plena guerra «a fin de evitar perjuicios al comercio y a la industria», allá, en el pueblo de los «mercachifles», todo un batallón de millonarios pedía puesto en la guerra y recibía en la vanguardia el saludo de los fusiles españoles».
El faineantismo da esos peligrosos frutos.
La joven nobleza también ha sabido divertirse de bastante sonoras y extraordinarias maneras. No generalizo: pero un buen ramillete de hechos os hará ver que la «indiada» de Buenos Aires no tendría mucho de que ufanarse ante ciertos ejemplos de por acá. En todos lugares la jeunesse dorée es censurada por causa de su poco juicio y de su humor, y nuestra América no está fuera de la regla. Durante mi permanencia en Chile pude observar la campaña que la Prensa entablara contra la famosa «juventud dorada» de Santiago; y en Buenos Aires he visto cómo se protesta ante las hazañas de los «indios», hoy ya casi desaparecidos, o destituídos por precarios aunque estrepitosos compadritos. Hay que consolarse con que el caso ha sido de todos los tiempos; y Alcibíades al cortar la cola a su perro, y Erostrato incendiando el templo de Diana, eran ya precursores. En la grave Inglaterra podéis recordar las proezas realizadas por los distintos Clubs de que nos habla Hugo en una de sus más bellas novelas. Los hechos sucedían entre jóvenes de la nobility y de la gentry. La broma se convertía a veces en crimen. Se divertían «decentemente», dice Hugo. Había el She romps club, cuyos miembros ponían con los pies para arriba a la primera mujer que pasaba por la calle; si se oponía, se la azotaba. Los del Merry-dances «hacían bailar por negros y blancas las danzas de los picantes y de los tintirimbas del Perú, especialmente la mozamala. Los del Hellfire tenían por especialidad cometer sacrilegios. Los de Las cabezadas las daban a las gentes. Los del Fun rompían espejos y retratos, mataban perros, hacían circular falsas noticias, incendiaban, hacían daño en las casas. Los del Mohock, reían hiriendo y martirizando a pobres transeúntes». Y concluye Hugo: «Esos eran, al principio del siglo XVIII, los pasatiempos de los opulentos ociosos de Londres. Los ociosos de París tenían otros. Monsieur de Charolais soltaba un tiro a un burgués a la puerta de su casa. De tout temps la jeunesse s'est amusée». Ya veis una vez más que nada hay nuevo bajo el sol.
Ahora, veamos algunos hechos graciosos de nuestros parientes los hidalgos.
En un pueblo de la provincia de Segovia, el duque de S. F. tuvo la humorada de dar una cacería, a la que invitó especialmente al cura. De pronto, en lo más intrincado del bosque, aparece un grupo numeroso de «damas alegres» con la indumentaria de Diana y sus ninfas.
El joven conde de F. S. y el primogénito de los marqueses de R., una mañana de invierno, al salir de una juerga, tuvieron a bien bañarse en el estanque helado del Retiro, de donde fueron sacados medio muertos.
El hijo del conde de P. R. y el del conde de F. S., en una noche de verano encuentran en el paseo de Recoletos a una joven aguadora, y con unas tijeras ejercen de peluqueros profanando una de las bellas poesías de Gauthier... Estos mismos jóvenes risueños encerraron en una leñera de una casa en la calle de Isabel la Católica a la portera, e hicieron apalear por el portero a un quidam.
Un sobrino del duque de V. se divierte tanto, que la familia resuelve enviarlo a Filipinas. Allá es sumamente atendido por el Arzobispo, que le ofrece desde luego su coche. El joven acepta y lo aprovecha para ir a ciertas casas. Las gentes que pasaban y veían allí situados el coche y los cocheros de su ilustrísima, se hacían cruces: «¡Qué casas visita el señor Arzobispo!»
Un personaje ya citado penetra en una casa de juego, y revólver en mano se adueña del dinero. Nadie le dice una palabra. Al día siguiente vuelve; pero hay listos dos sujetos «de buena voluntad» que le meten en un coche, le llevan al camino de Chamartín de la Rosa y le pegan tal paliza que queda casi sin vida.
El marquesito de R., temible por lo que llama el sabio Cajal el matonismo, arruinó a un tabernero de la plaza de Santa Cruz, con la célebre frase «apunte usted». El infeliz se dejó arruinar sin proferir una queja.
A veces la farsa es trágica. En una provincia, dos caballeros joviales encuentran a una desgraciada y «porque está melancólica» determinan echarla al río. Lo hacen, y la mujer se ahoga.
En un balcón de cierta casa de la calle de la Palma tuvo toda una noche vestidas de Eva a tres jóvenes del batallón de Citeres, el duquesito de S. F.
Un burgués rico, andaluz y muy chistoso, va con una dama en un carruaje; ordena al cochero que vuelque, y resulta la dama con las piernas rotas. Otra vez se complace en meter a un bufón popular en el vientre de un caballo muerto.
El hijo de un gran general entra en un café sable en mano cierta noche con una compañera de escasa indumentaria. Hace desalojar la sala y la convierte en alcoba de placer. Este mismo va a una funeraria y encarga un servicio para cierto difunto que estaba muy vivo en su casa.
El nieto de un célebre escritor, hijo del conde de C. A., y emparentado con la más alta nobleza, estando en el teatro de cierta ciudad, contestó el saludo de un amigo que estaba en la platea, tirando de su palco silla tras silla. El mismo rompió en Gijón todo el servicio de un café, sin la menor protesta del dueño. Después, en un teatro de otra ciudad, suspendió la función a garrotazos.
A veces las cosas resultan mal. Al hijo natural de un insigne hombre político le asesinaron en la calle de la Flor unos cuantos chulos.
En Almería un joven distinguido va a una casa de diversión. La dueña se opone a que entre, y él la deja muerta de un tiro.
Tres de los ya señalados ataron una noche a un sereno ante la estatua del teniente Ruiz—cara a Julio Ruiz.
Un buen día el marquesito R... necesita dinero, y saca y lleva a una casa de préstamos las más ricas ropas de la señora marquesa.
El conde de P... apuesta con un amigo que irá a París a ganarse la vida pidiendo limosna y tocando la guitarra por las calles. Y lo hace.
Hay otras tantas cosas delicadas de citar, por la altura de los personajes que tomaron parte; pero que, aunque la Prensa no se haya ocupado de ellas, están en la memoria de todo Madrid.
Así, nuestros indios con su fun ya veis que se han quedado un poco atrás. Sus ocurrencias no son causadas por el soplo que viene de la Pampa y que aun trae el eco del malón. La «indiada» de las noches alegres bonaerenses tendría que aprender de los descendientes de ilustres casas, de jóvenes cuyos cuarteles de familia tienen la consagración de muchos reyes. La filosofía del asunto sería que el deseo del mal por el mal es innato, y que el sentido de la perversidad de que habla Poe duerme en su célula, esperando la oportunidad de aparecer. El estudio y el trabajo son los únicos antídotos contra ese veneno natural e íntimo. Con ellos se doma la fierecilla que va con nosotros. Mas en las clases ricas y extrañas a todo lo que no sea capricho y goce de la existencia, entre la ociosidad y el fastidio, el trabajo y el estudio no pueden obrar. Agregar a esto los privilegios sociales, la pobreza fisiológica y la degeneración demostrada de las familias nobiliarias, y decidme si se puede «hacer patria» con tales elementos.
No, no puede aguardar nada España de su aristocracia. La salvación si viene, vendrá del pueblo guiado por su instinto propio, de la parte laboriosa que representa las energías que quedan del espíritu español, libre de políticos logreros y de pastores lobos.