UNA REINA DE BOHEMIA

23 de diciembre 1889.

En estos días ha venido a despedirse de Madrid la célebre Mme. Rattazzi, que con el nombre de Barón Slock, dirige en París la Nouvelle Revue Internationale, antiguas Matinées espagnoles. Sin ser archimillonaria, esta señora, verdadera reina del país de Bohemia, ha mantenido casa puesta durante mucho tiempo, en tres o cuatro puntos de Europa. Conocida es en gran parte su curiosa vida. Poetisa, novelista, periodista, mujer de mundo sobre todo, caprichosa y rara cuando se le sube el Bonaparte a la cabeza, se ha casado tres veces y ha consagrado un perpetuo culto al amor y al arte. Fué su primer marido el conde de Solms; el segundo, el famoso hombre público italiano Rattazzi; el tercero, el español señor de Rute.

Ya la princesa está muy vieja; con mucho trabajo habrá debido resignarse a la tiranía del tiempo. Hoy viene a cerrar su casa madrileña y a decir adiós a España, a la que tanto quiere. Anteanoche ha dicho conmovida ese adiós, en verso, ante un concurso de amigos. Todavía tiene energías para trabajar y vuelve a París a proseguir en su labor; pero ya no verá más el cielo de España, ni volverá a escuchar las líricas salutaciones que antaño le dirigiera Castelar. Su memoria está poblada de recuerdos singularísimos; su existencia toda ha pasado entre grandezas dichosas y terribles tragedias.

Nieta de Luciano, y por lo tanto, sobrina del emperador, ha recorrido en triunfo todas las cortes europeas, en tiempos en que su belleza era cantada por los más gloriosos poetas. Si esta señora publicase sus memorias, que es probable tenga escritas, serían de lo más interesante. Posee autógrafos, artículos, versos, cartas amorosas de las primeras personalidades de este siglo; y no sé hasta qué punto esté de acuerdo con George Sand, que en una ocasión, a propósito de la publicación de las cartas de Lamennais, la decía: «Yo pienso como Eugenio Sué, que los muertos continúan amándonos, pero nosotros les debemos aún más de lo que nos deben, sobre todo, a señalados muertos, tan ultrajados y calumniados en vida, por haber amado y procurado el bien. El excelente Sué se inquietaba por las negligencias de estilo de sus propias cartas y nos pedía las revisáramos. Si Lamennais hubiese visto de nuevo las suyas, habría corregido también. En fin, yo contradigo aún a nuestro pobre Sué, en esto: que debemos atenernos todos a no escribir una línea que no pueda ser mostrada y publicada. No quiero pensar en lo que llegarán a ser mis cartas. Quiero persuadirme de que cuando son íntimas no saldrán de la intimidad benevolente». ¡La pobre Sand, que ha sido tan traída y llevada cuando la publicación de su correspondencia, y no hace mucho, cuando la resurrección del famoso Pagello! Eugenio Sué había escrito antes a María Letizia: «Creedme, mi querida María, un hombre honrado no se ruboriza jamás de ver expuestas sus opiniones, sus acciones, o sus pensamientos... Cuando escribe un hombre de nuestra posición, un escritor, sabe bien que sus cartas son desgraciadamente autógrafos y que, dentro de veinte o cuarenta años, serán entregadas necesariamente a la curiosidad o a la simpatía, por la persona a quien han sido dirigidas, o por sus herederos. Ya lo habéis visto por Balzac. A cada carta íntima que escribía a vuestra madre, le ponía a la cabeza: Brûler, y vos obedecíais como ella a esta indicación, mientras que las demás no tenían nada indicado, como si él adivinara el papel posible que debían representar en tiempo más o menos lejano. Hay, sin embargo, un caso, en que el silencio más escrupuloso se exige, por las simples leyes del pudor, y es cuando las cartas han sido dirigidas a la mujer y no al escritor. La mujer de letras es excusable siempre, loable a menudo, cuando busca hacer conocer por su correspondencia a un amigo literario o político que haya pertenecido a su salón; es censurable y poco delicado cuando turba el silencio del cementerio por revelaciones amorosas».

La señora Rattazzi haría muy mal en no formar el más interesante de los libros con tanto valioso documento como posee. Siendo muy joven, tuvo el placer de que Alfredo de Musset la hiciera versos. Sainte-Beuve fué uno de sus galanteadores y el viejo Dumas llegó, en días de mayor gloria, a ser su amanuense, copiándole, ¡todo un drama! Con Ponsard, el flirt es innegable como lo demuestra este soneto:

Hier dans votre sein, ma montre est descendue;

Le pays lui parut sons doute bien orné,

Car pour voir chaque site elle a tant cheminé

Que la pauvre imprudente à la fin s'est perdue.

Elle battait bien fort, vous l'avez entendue,

Mais vous ne saviez pas que j'eusse imaginé

D'y renfermer au fond mon cœur emprisonné;

C'était lui qui battait sur votre gorge nue.

Depuis ce temps, il bat d'un mouvement si vif,

Dans le cachot doré qui le retient captif,

Que ma montre en une heure achève la semaine.

C'est ainsi qu'à l'en croire il s'est passé des mois

Depuis que je vous vis pour la dernière fois;

Il s'est passé pourtant une journée à peine.

En otros versos, Ponsard ronsardiza:

Lorsque vous atteindrez le bout de la carrière,

Vieillie et regardant longuement en arrière,

Quand vous n'entendrez plus le langage d'amour,

Vous puissiez retrouver dans ces feuilles fanées

Un peu du doux parfum de vos jeunes années,

Et dire: Je fus belle et bien aimée un jour.

Que fué muy bella lo dicen los retratos de sus mejores épocas, los de su primera juventud y los de su plena lozanía. No ha sido su hermosura majestuosa belleza de matrona clásica, sino belleza delicada y fina, lo que expresa el delicioso vocablo francés mignonne. Víctor Hugo estuvo enamorado de ella, y no hay duda de que los suyos son los más valiosos autógrafos que conserva la anciana princesa. El poeta admiraba toda su beldad, pero sentía singular predilección por el pie, que debe indudablemente haber conocido al natural. Creo que me agradeceréis que os dé a conocer aquí algunas de esas curiosas cartas que dejan ver un lado poco conocido del gran lírico. Él llamaba a la princesa Rodope, y a sí mismo se bautizaba, con modesta naturalidad, Esquilo.

«Hauteville-House, 13 de noviembre. ¿Seríais, señora, bastante buena para decirme si La leyenda de los siglos, que habéis recibido, es la que os he enviado, pues el honrado correo imperial juzga a propósito interceptar la mayor parte de mis envíos? Algunos diarios que por ello se han quejado, en el extranjero, tal vez han llegado a vos. En todo caso, quizá os lleve el libro yo mismo, si Italia de aquí a entonces está ya libre, como lo espero. Permitidme que, esperando el gran artículo prometido por vos al público, os agradezca las veinte líneas encantadoras que habéis escrito sobre La leyenda de los siglos. Y concededme, señora, la gracia de besar vuestra mano, toda radiante de poesía. Pongo a vuestros pies todos los homenajes de mi alma y de mi espíritu.»

«Querida y sublime Rodope, un pensamiento al despertarme, un pensamiento de recogimiento y de adoración, al leer esas páginas tan tristes, tan melancólicas y tan dulces; dejadme en este ensueño depositar un beso sobre vuestro pie desnudo, pues, como dice Hesíodo, el pie desnudo es celeste. Si mi audacia os enoja, castigad mi carta quemándola.»

«17 de julio. No me pidáis ni verso ni prosa; pedidme, señora, que me conmueva hasta el fondo del alma por una carta como la que recibo; pedidme que os admire, que os aplauda, que os contemple—de muy lejos, ¡ay!—. Pedidme que comprenda que una mujer como vos es una obra maestra de Dios. Los poetas no hacen sino Ilíadas; sólo Dios hace mujeres como vos; es así cómo se demuestra. Todo lo que me decís me conmueve. No puedo pensar sin un pesar melancólico, y casi amargo, en el lugar casi radiante en que me habéis colocado en vuestra imaginación. Es la gloria, señora, semejante lugar; ¡y ello hubiera podido ser mejor que la gloria!... Dejadme que me incline ante vuestra soberanía de gracia, de belleza y de espíritu, y permitid que a la distancia, y sin intentar franquear toda esta mar y toda esa tierra que nos separan, y quedando en mi sombra, y replegándome en ella aún más profundamente y más resueltamente, me ponga, en pensamiento al menos, a vuestros pies, señora.»

«Hauteville-House, 1.º de julio. Vuestro encantador envío me llega, señora en medio de una nube de cartas políticas (algunas muy sombrías), como una estrella en un torbellino. No sabría deciros con qué emoción he visto ese deslumbrador retrato, que se parece a vuestro espíritu al mismo tiempo que a vuestro rostro, y la graciosa firma que lo subraya; buscad otra palabra que dé las gracias: je vous remercie no es suficiente.»

«2 de enero de 1883. El sombrío Esquilo da las gracias a la deslumbradora y divina Rodope. Las tinieblas están más que nunca enamoradas de la estrella. Vuestros pensamientos y vuestras cartas son perlas, de esas perlas ardientes de que habla el Korán. Sería preciso tener todo lo que vos tenéis, la dignidad mezclada a la pasión, la gracia exquisita y el deslumbrante espíritu; sería preciso ser vos misma, para que un hombre en el mundo pudiera creerse digno de vos. Me parece que si estuviese cerca de vos, en vez de estar tan lejos, os tomaría algo de vuestra alma, os robaría como Prometeo a los dioses, esa llamada celeste que está en vos. Pero estás en Roma ¡ay! Dejadme en este ensueño hablaros y evocaros... ¡Oh, señora! Quien dice grandeza dice franqueza, y vos sois franca porque sois grande. Desde hace doce días espero el coup d'Etat; espiaba y aguardaba... Hay que partir, ahora. Heme aquí de nuevo en el torbellino, en el vaivén, en el movimiento continuo. Escribidme, escribidme. Esquilo envía a Rodope toda su alma, todos sus ensueños.—Víctor Hugo.»

Ahora, en sus postreros años, todas esas cosas viven en la memoria de la antigua beldad, como pétalos de una seca flor entre las hojas de un viejo libro. La princesa, como he dicho, todavía va a Portugal, a Turquía, a Austria, en jiras artísticas o periodísticas. Es la sombra errante de su pasado. Además, ha sufrido durísimos golpes. Uno de ellos la muerte de una hija, a quien amaba mucho. Estando en Aix-les-Bains, un ómnibus decapitó a la niña que jugaba, cerca de la villa de la madre. Su hija Isabel, hija de Rattazzi, se casó en España, y su marido está en un manicomio. Y como éste muchos sufrimientos, muchas penas. Con esto paga a la suerte el ser de sangre napoleónica y tener talento. Y admiro a esta gran bohemia, de familia imperial, que ha sido bella y ha sabido defenderse de la vida, al amor de los versos y de los besos.