I

RES horas de mar y héme aquí en Londres. La inmensa ciudad está lluviosa, lodosa, y una tempestad ha hecho chasquear sobre ella rayo tras rayo. De Victoria Station al hotel me lleva el cab y al cab lo lleva empujando el viento. Al paso desfilan las casas obscuras rayadas de lluvia. Lluvia que ya arrecia, ya persiste cernida, y que me ha de aguar la visita por varios días. Mas como no tengo tiempo que perder, encontrado un amable amigo que me espera, nos lanzamos a la calle. Enorme, bulle el profuso amontonamiento de hombres, cinco millones casi, en su fabuloso inmóvil océano de sombrías construcciones partido por el glauco Támesis sobre el que flotan brumas y pesadillas. ¡Capital potente y misteriosa! Cuantas veces la visitéis, siempre os dominará bajo el influjo de su severa fuerza. (¿En dónde estás, dulce sonrisa femenina de París?) Viril orgullo en las cosas mismas, aspecto de humana dignidad en las manifestaciones monumentales, serena majestad en la naturaleza. Es explicable en estas gentes confiadas en sí mismas, el ímpetu a la dominación, la necesidad leonina; porque no es el leopardo, sino el león del escudo el que, sobre la isla, vuelve la mirada a los cuatro puntos del horizonte.

Esta gente va, va. ¿Adónde va? Adelante, más adelante. Lo dicen en sus divisas, en sus proloquios, cortos, porque no son verbosos como nosotros los latinos, raza de retores. Y lo hacen. País de rapiña, se dice; tanto peor para los que no puedan resistirle y caigan bajo su zarpa... Esta gente va, va.

Gallia causidicos docuit facunda britannos;

pero no son pródigos en sus palabras ni de gestos, como el vecino de enfrente; van a lo que consideran indicado por su deber; su deber les dice ser vigorosos, crecer, engrandecerse más y más; y es el caso que desde ese navío anclado se tiene en jaque al mundo. Sin entrar a las pedagogías de M. Demolins, no es difícil explicarse que ese vigor colectivo viene del ejercicio de la energía individual. Ser hombres; ese es el oficio de los ingleses. This was a man es elogio shakespeareano. En ninguna parte se amacizan por igual cuerpo y espíritu como en la Gran Bretaña. La conciencia propia y particular ha creado la conciencia nacional y común. El orgullo norteamericano tiene aquí su origen, y las recientes fanfarronadas del millonario Carnegie, metido a periodista, debían haber comenzado por esa profesión. Pero el yanqui, como buen advenedizo—advenedizo colosal, es cierto—, es rastacuero y exhibicionista. El inglés es silencioso y guarda su íntimo conocimiento y convencimiento. Su respectability forma parte de su coraza. La raíz celta y la raíz anglosajona nutrieron de savia concentrada el tronco nativo; y desde la heptarquía hasta la dominación danesa y la conquista normanda, se fué desarrollando el árbol de Guillermo, que fué el árbol de Isabel, que fué el árbol de Victoria. No sabemos que exista aún acero para hacer un hacha que pudiera cortarle.

El inglés, generalmente, es fuerte y grande, bien musculado, de movimientos ágiles y seguros; pero no se crea que todo el mundo es en Londres coloso. Fuera de los policemen y de magníficos ejemplares de la raza anglosajona que sobresalen, el tipo medio es de un equilibrado desarrollo. Mas una cosa he de advertir: la inglesa fea de las caricaturas y la elegancia que siguen los anglómanos del extranjero, también un poco y hasta un mucho caricatural, son para la exportación. Sí, he visto en mis viajes de Italia, de España, de Francia, las caravanas de la agencia Cook, con muestras de la más exquisita fealdad; pero en Londres no he dado un paso sin encontrarme con deliciosas figuras de mujer; de un particular atractivo y dignas de ser incontinenti madrigalizadas y amadas. En cuanto a la fashión, en lo que he advertido, se sigue a la letra por los verdaderos gentlemen el principio aristocrático de Brummel: La elegancia suprema consiste en no hacerse notar.

El sentimiento de la dignidad personal y el respeto de sí mismo, son innatos en todo inglés. Esto obliga a la reserva. Cada inglés es isla. En su unidad y solidaridad moral, nada tiene el país soberbio que envidiar al mundo. Es dueño de Shakespeare y del Océano. Impera el oro en la tierra; los norteamericanos hablan de sus millonarios... Bastará nombrar a este imperial Beit, jefe de la casa Vernher, Beit and Co., propietario de la mitad de las minas del Africa del Sur, y, sobre todo, las de Kimberley...

Algunos agudos espíritus han creído ver en el coloso los síntomas de una decadencia. Es el efecto de la residencia tenaz de las repúblicas africanas. W. H. Darvey, en el Mercure de France, y Andrew Carnegie en la Nineteenth Century, han presentado razones y datos que traerían por consecuencia la disminución del antiguo poderío, la constancia de un desmoronamiento en la base del secular edificio. La marina, que antes se creía invencible, estaría hoy, según datos técnicos y estadísticos, en condiciones que dejan mucho que desear; el comercio, en merma; el poder militar, impotente para decidir de una vez la cuestión boer. Durante las guerras de Napoleón, dice el almirante Seymour, con un gran genio como Nelson a la cabeza de nuestra marina, sabéis qué dificultades no tuvo para descubrir aun las idas y venidas de sus enemigos; sabéis que, a despecho de su infatigable vigilancia, Napoleón logró escaparse de Egipto después de la destrucción de su marina en el combate del Nilo; recordáis las luchas desesperadas de Nelson en el gobierno, a propósito de la falta de barcos y de hombres; y todo eso con el mayor genio conocido para el mando. ¿Creeréis que nuestra marina en esa época era igual y aun un poco superior a la del resto de la Europa reunida? ¿Y a qué iguala nuestra marina actualmente? ¡Apenas a las Francia y Rusia combinadas! ¿Y dónde está el Nelson, en estas condiciones mucho más difíciles? Es un estado de cosas que debe hacer reflexionar. Y los calculadores, alarmados de la oposición, claman a los imperialistas tenaces el peligro económico. El comienzo de la época victoriana no fué copioso a este respecto. El tesoro inglés padecía las consecuencias de las guerras que turbaron los albores de la pasada centuria. Mientras en las altas regiones se verificaban los apuros, descendían sobre el pueblo los aumentos de impuestos, que eran recibidos con las protestas consiguientes. Así la situación al advenimiento de la difunta reina. Por muchos esfuerzos logrados no se mejoró ese difícil estado de cosas hasta el año 45, más o menos. Se realizaron economías, y la deuda pública fué suavizada en los últimos años.

Mucho tiempo—casi todo el reinado de Victoria,—la cordura vigiló la hacienda, con escasos intervalos, hasta el año 97, en que empezaron nuevos y extraordinarios gastos. Calculad con algunos datos sobre lo que se ha aumentado nada más que en el ramo de guerra y marina. El año de la coronación de la reina Victoria, 1837, los gastos de guerra y marina eran algo más de 300.000.000 de francos. Cincuenta años después han subido ya a 762.500.000 francos. Hay que advertir, naturalmente, que las fuentes de entradas crecieron en igual relación o algo más. Diez años después se ve aumentado el mismo presupuesto a más de mil millones. Después, en este último tiempo, ha llegado a 1.575.000.000.

Así los impuestos se han multiplicado. Hace menos de diez años eran de 1.875.000.000 de francos y este año han subido a 3.050.000.000. Sin contar los gastos de guerra, esa suma apenas basta para llenar el presupuesto ordinario del país. Los prudentes se miran con temor, pensando en que las tendencias, tanto en el Parlamento como fuera de él, van a mayores empresas. El imperialismo pide sangre y oro, ¡Pero son tan fuertes estos hombres!

Entretanto, Chamberlain cuida sus orquídeas. Roberts es colocado en el sentimiento popular entre Marlborough y Wellington, y al nuevo Iron Duque se le regala un buen por qué de libras esterlinas, juntando a la gloria el sentido práctico. Declara Kitchener fuera de la ley a los boers aún resistentes. El hard man demuestra que es el steel lord y que merece serlo. Y el rey Eduardo, que parece decir como su antecesor Enrique IV, en el drama tan bellamente vertido por Cané:

I have long dream'd of such a kind of man

So surfeit-swell'd, so old, and so profane;

But being awake, loide despise my dream,

se prepara medioevalmente para su coronación del año entrante—lo que no le impide seguir siendo rey de la moda y partidario del automovilismo.

Encuentro por las calles de Londres soldados vestidos de kaki, con la flamante medalla que acaba de colocarles en el pecho el rey Eduardo. Parece que su majestad cuida de llevar bien la corona como el «ocho reflejos». Así sea.

Interesante monarca el rey Eduardo. Se creía, antes de morir la reina Victoria, que al pueblo británico no sería simpático el reinado del célebre príncipe de Gales. Una vez éste en el trono—When thou dost oppear I am as I have been...—se ha visto que todo ha continuado de la misma manera. El rey, aclamado y querido, ha enterrado al ruidoso calavera de antaño. Él ha entrado en su papel, y puede decirse que es un digno soberano de su nación. Cada rey tiene el reino que merece. Guillermo II es estudiante y vive casi siempre en ópera wagneriana; Alfonsito XIII acaba de presentarse por primera vez en el coso madrileño y ha sido aclamado por la tauromaquia nacional; Inglaterra, «país tradicionalista y práctico en que la decoración de la vida social yustapone armoniosamente vestigios de arte gótico a construcciones de usina», está muy satisfecha con un rey que viste púrpura, armiño y oro, se coloca en la cabeza la corona de los viejos monarcas, ante su parlamento animado de fórmulas y ceremoniales, y luego, con un habano en la boca, se va en su automóvil, en menos de una hora, de Londres a Windsor; visita el yate que ha de disputar la copa a los yanquis, o se interesa por sus caballos Diamond Jubilee, Ambusch o Persimmon. Ese rey sportman es grato a su país de sportmen, es amable para los ciudadanos que gustan del tiro al blanco en Bisley, del remo en Henley, de las carreras en Ascot o en Epsom. El corpore sano de los universitarios, es una de las causas de la robustez, de la salud de la nación. Como algunos de nuestros repúblicos americanos, como algunos de nuestros directores de pueblos, el rey se interesa por las razas caballares, gusta de los ejercicios físicos, pero sabe su Shakespeare admirablemente, entiende de arte a maravilla, y puede consultar su Homero en griego y su Horacio en latín, como os lo certificarán sus compañeros de Oxford y de Cambridge.

No es Eduardo un príncipe guerrero. Llega ya tarde al trono y mal sentarían aires marciales y feroces al arbiter elegantiarum de los reyes y al rey de los gentlemen. El gran país de presa es odiado en la tierra toda; y ese odio se ha agriado más por los recientes sucesos africanos; mas es casi cierto que si el rey de la Gran Bretaña se presenta en esa misma Francia recelosa, será, como en Italia, acogido con la misma simpatía que la poderosa anciana imperial que pasaba con sus hindús y su burrito. La reina Alejandra, por su parte, es digna del cariño de sus súbditos y del respeto de los extraños. ¿No es acaso la princesita que cosía modestamente en compañía de su hermana, una zarina futura, en días de escasa fortuna en Copenhague? ¿No es la culta doctora en música de la Universidad de Irlanda? Y sobre todo, ¿no posee un carácter sencillo y amable desde la altura en que acompaña a su marido y no sabe adornar de suave majestad la gracia encantadora de su belleza? En Sandringhan como en Marlborough Palace, ha sabido ser una ejemplar señora, y en la corte de su suegra una ejemplar princesa.