I
NA sensación de bosque. Los árboles llenos de hojas forman cúpulas de frescura de donde se escapa suave rumor y una incesante polémica de pájaros. La fuente de Médicis evoca la gracia italiana que trajo aquella magnífica María, flor florentina. Las estatuas se duplican en el agua especular. A lo largo de las alamedas juegan los niños de piernas desnudas. Más allá, frescas muchachas se divierten con el lawntenis. Bandadas de gorriones saltan familiares sobre el terreno cubierto de hierba menuda y fina. Vuelan palabras, gritos, risas. La fuente central, frente al palacio, lanza su chorro verticalmente, que el aire transforma en una larga pluma cristalina y espumosa. En los bancos, al amor del delicioso ambiente, las gentes leen sus periódicos o sus libros. Varias mujeres hacen su labor. Uno que otro pintor copia rincones pintorescos. Abro mi diario y recorro sus columnas: la nueva ley sobre el servicio militar; una endemoniada en un convento; detalles sobre la catástrofe de la Martinica; todavía los Humbert... Llegan a mis oídos los acentos de una música militar. Por una almeada un sacerdote despacioso se adelanta; frente a él vienen dos estudiantes que discuten. Oigo la palabra laico... He ahí las dos fuerzas que hoy en Francia luchan con encarnizamiento... Y recuerdo la pregunta de Zola: «¿Adónde váis, jóvenes; adónde váis, estudiantes, que recorréis las calles manifestando, arrojando en medio de nuestras discordias la bravura y la esperanza de vuestros veinte años?—Vamos a la humanidad, a la verdad, a la justicia.» La Francia de mañana, los hombres de lo porvenir, no todos siguen el mismo rumbo. Hay la juventud atada a las tradiciones y prejuicios, y la juventud violenta de deseo, llena de ansias de futuro, dispuesta a la conquista de la felicidad humana. Hay la juventud gárrula, los hijos de papá, los trasnochadores de la taberna del Pantheon y otros d'Harcourts, y los laboriosos que siguen una carrera y la coronan, y no cesan de estudiar y bregar noche y día, dando lecciones, viviendo del propio esfuerzo, en tarea y en dignidad. Hay los ciegos o vendados por la influencia de la educación sectaria, voluntariamente inútiles, o poseídos de su idea parcial, y los que con los ojos bien abiertos buscan la vía segura, confían en la fuerza del pensamiento y se abrevan de ciencia vestidos de constancia y acorazados de voluntad. No creo mucho en las exageraciones de cierta juventud laica, que confinan con la filosofía de la crueldad y del absoluto egoísmo so pretexto de librar el alma de todo yugo dogmático. Ser laico, dice Lavisse, no es limitar al horizonte visible el pensamiento humano, ni prohibir al hombre el ensueño, y la perpetua rebusca de Dios; es reinvindicar para la vida presente el esfuerzo del deber. No es querer violentar, no es despreciar las conciencias aún detenidas en el encanto de las viejas creencias; es rehusar a las religiones que pasan, el derecho de gobernar a la humanidad que dura. No es odiar tal o cual iglesia o todas las iglesias juntas; es combatir el espíritu de odio que sopla de las religiones, y que ha sido causa de tantas violencias, carnicerías y ruinas. Ser laico no es consentir en la sumisión de la razón al dogma inmutable, ni la abdicación del espíritu humano delante de lo incomprensible; es no afiliarse a ninguna ignorancia. Es creer que la vida vale la pena de ser vivida, rechazar la definición de la tierra «valle de lágrimas», no admitir que las lágrimas sean necesarias y bienhechoras, ni que el sufrimiento sea providencial; es no tomar partido por ninguna miseria. Es no esperar en un juez que está sentado más allá de la vida, que ha de dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de reparar las injusticias y de consolar a los que lloran; es librar batalla contra el mal en nombre de la justicia. Ser laico es tener tres virtudes: la caridad, es decir, el amor a los hombres; la esperanza, es decir, el sentimiento bienhechor de que un día vendrá, en la posteridad lejana, en que se realizarán los ensueños de justicia, de paz y de felicidad que, mirando al cielo, acariciaban los lejanos antepasados; la fe, es decir, la voluntad de creer en la victoriosa utilidad del esfuerzo perpetuo. Estas palabras, escuchadas del labio del sabio maestro, me parecen simplemente una interpretación moderna de la antigua idea cristiana. Y no encuentro la razón de ser del anticristianismo que en estos momentos se manifiesta en una parte del joven pensamiento francés. Un ideal de verdad, de justicia y de paz universal no está en contradicción con la doctrina del Nazareno, como la fe, la esperanza y la caridad. El dañó está en el estrecho clericalismo. La juventud idealista francesa oye desde hace tiempo el anuncio de un alba nueva, de una aurora de redención, y lo que ve surgir de cuando en cuando, en una noche cada vez más obscura, son manifestaciones medioevales, apariciones de retroceso, odios sectarios, nacionalismo odioso, antisemitismo ferozmente arcaico, el elogio de las matanzas de religión, el despertamiento de las Dragonadas, la dormida Montagne Pelée de los ancestrales rencores que hace erupción cuando menos se piensa, poniendo en peligro la ciudad de libertad, de igualdad, de fraternidad que se va construyendo poco a poco. Una parte de la juventud se esfuerza en evitar el mal. Las otras partes la han amenazado, la han burlado, se le han opuesto. Los descendientes de la Revolución no han dejado, no dejan de proseguir su campaña, alentados por unos cuantos maestros. Ellos buscan que la educación política se emprenda sobre bases sólidas para que luego mantenga el edificio de la nación. Nuestro objeto, dicen, es hacer la educación republicana de las jóvenes generaciones de nuestro país. Su profesión de fe filosófica, política, social y artística, está concentrada en este verso de Fernand Gregh:
Aimer le vrai, rêver le beau, dire le juste.
Ponen frente al viejo ensueño semita del Evangelio, la «unión de la cordura antigua y de la ciencia moderna.» Luchan entre la anarquía moral por un ideal moderado, «en nombre de la Verdad contra los Dogmas, en nombre del Derecho contra la Fuerza, en nombre de la Justicia contra todas las iniquidades sociales.» Otros van más lejos y traspasan los muros de la ciudad utópica de la comunidad humana, mientras se mueren en su ingrato oficio los Trublions de Anatole France. El ejército se mira combatido por los que, como el marqués de Rochefort, abanderado del Estado Mayor, atacan de todas guisas la idea del militarismo. «Ah, voilà assez longtemps qu'on nous embête avec l'honneur militaire!» grita ese furioso viejo gamin. Drumont predica el patriotismo, al propio tiempo que llama al Ministerio de la Guerra «una caverna, un lugar de perpetuos escándalos, una cloaca que no podría compararse a los establos de Augías». El coronel Villebois-Mareuil, en una carta resonante, confiesa que «ciertamente, los galones no valen la pena.» El diputado nacionalista Alfonso Humbert, llama al pabellón símbolo de la patria, una «loque tricolore». El mismo Rochefort escribe que «nuestros vencedores no son más crueles respecto de nosotros que lo que nosotros hemos sido feroces con nuestros vencidos, y que «il faut absolument en finir avec le rêgne des soudards». Cassagnac deja constancia de que, bajo la república, se prefiere siempre a «un imbécil o a un canalla, y que el Estado Mayor está compuesto de imbéciles, de vanidosos y de ganapanes». Edmond Lepelletier demuestra que los jefes del ejército comienzan ya a ser escogidos entre los antiguos alumnos de las casas religiosas. Se citan versos de Coppée:
Vous portez, mon bel officier
Avec une grâce parfaite,
Votre sabre a garde d'acier;
Mais je songe à notre défaite.
Cette pelisse de drap fin
Dessine à ravir votre taille;
Vous êtes charmant, mais enfin
Nous avons perdu la bataille,
On lit votre intrépidité
Dans vos yeux noirs aux sourcils minces
Aucun mal d'être bien ganté!
Mais on nous a pris deux provinces.
Vos soldats sont-ils vos enfants?
Etes-vous leur chef et leur père?
Je veux le croire et me défends
D'un doute qui me désespère.
Lemaître declara que las promociones se hacen en el ejército entre los «flexibles, los intrigantes y los imprudentes», Charles de Freycinet, senador y tres veces ministro de la Guerra, afirma que hoy la vida del soldado más bien merma que aumenta su valor moral. M. Jules Delafosse, diputado conservador, asegura que con el servicio militar obligatorio y universal, no podrían rivalizar en obra de mal, «ni las epidemias mortíferas, como la peste o el cólera, ni las convulsiones del mundo físico, como los terremotos y los ciclones, ni las catástrofes devastadoras, como los incendios y las inundaciones». Y esto lo escuchan los jóvenes espíritus que han cantado la Marsellesa y que piensan en futuros ataques a la integridad de la patria. Otros piensan en otra patria mayor, en los intereses universales, en la solidaridad de los hombres. No admiten la divisa romana en el concepto romano de la patria: Tu regere imperio populos, Romane, Memento, y oyen palabras que, como la de Paul Bert, les dicen: «Queremos que se respete la patria, porque allí vemos una expresión, una de las manifestaciones más elevadas de la libertad humana.» La patria no se define por los límites naturales; no se define por la lengua, por la raza; no tiene que ver casi con la geografía, la lingüística, la etnografía. La patria se constituye por el libre y mutuo consentimiento de hombres que quieren vivir bajo un régimen político y social que han libremente creado o adoptado. Se cimenta por el recuerdo de las luchas sostenidas para conquistar ese estado social, por la fraternidad de los campos de batalla, de la sangre vertida y también por las aspiraciones comunes y por los intereses comunes. El peligro está, indudablemente, bien señalado, y contra él van los franceses de buena voluntad, jóvenes y viejos. Los sueños libertarios por bellos que sean, no dejan de estar muy lejanos. Los hombres de lo pasado, los representantes de las viejas ideas, se diría que son los únicos que tienen valor, energía, voluntad.
Ellos defienden bravamente su terreno conquistado desde tantos siglos, y no se dejarán destruir, armados como están de todas armas, y con un vigor que no demuestran los contrarios.
A un paso se alza la cúpula del Pantheon. A un paso está el Museo. Reinan un ambiente de gloria y un soplo de arte. El arte, la ciencia, la investigación del misterio humano, la liberación de todos los espíritus por medio de la Verdad y de la Belleza, he ahí la verdadera salvación de la Francia, de la tierra, de la humanidad entera. Los grandes creadores de luz son los verdaderos bienhechores, son los únicos que se opondrán al torrente de odios, de injusticias y de iniquidades. He ahí la gran aristocracia de las ideas, la sola, la verdadera que desciende al pueblo la impregna de su aliento, le comunica su potencia y su virtud, le transfigura y le enseña la bondad de la vida. Y es el camino hacia lo desconocido, en busca del secreto de nuestro ser. Mientras en la calle se entrechocan las antipatías y las hostilidades, mientras los portavoces de las pasiones violentas y malignas agotan sus terribles diccionarios, mientras se gastan en campañas miserables, i en trabajos de destrucción y de rencor fuerzas que podrían ser empleadas en bien de la comunidad, en provecho de la república, unos cuantos sabios prosiguen en sus laboratorios sus investigaciones; unos cuantos pensadores se afanan en la solución de más de un problema benéfico; unos cuantos artistas se aislan en su obra diaria, en la metódica labor que crea poco a poco la obra durable. Y hay por eso que confiar, que no desesperar. A la consecución de altos fines tiende el impulso vehemente de las almas nuevas. No sabemos si ese pálido joven de larga cabellera que acaba de pasar con un libro debajo del brazo es uno de los salvadores de mañana. Lo que sí sabemos es que los salvadores de mañana no están entre los danzantes de Bullier y donjuanes de la terraza. Felizmente, la juventud estudiosa americana que viene a París, buena parte encara los grandes problemas y consagra a la observación y a los libros sus mejores horas. No toda viene a bailar y beber.
He de ocuparme en los estudiantes americanos. He de escribir de su vida y de sus esfuerzos. He de visitarlos en los hospitales, en los laboratorios, en los talleres. Y he de contar la existencia del artista, pensionado o no, que pasa sus horas en la esperanza de su visión, en la fe en su arte, en el amor de su propósito. Estos no van a gritar a los monomios, ni buscan recomendaciones. Aprenden las maneras de la juventud libre y sana. No desdeñan reir, a pesar de la arruga que el pensamiento les cincela en la frente. Piensan en engrandecer la patria lejana, con todo y la indiferencia de los gobiernos y las sociales miserias, cegueras e injusticias. Miran, observan las agitaciones de las naciones europeas, los progresos, las tentativas, los fracasos y las victorias. Meditan en sus pensiones, en sus cuartos, en sus estudios más o menos pobres. Sonríen a uno que otro amor pasajero. Y, a la hora de los poetas, suelen venir a respirar olor de bosque bajo los árboles del jardín próximo, como estos verdes y frescos del Luxemburgo.