VI
O que se llama aquí la Gran Semana, es dedicada principalmente a «la más noble conquista del hombre»; «la más noble conquista del hombre» ya se sabe que es el caballo.
Ya fué la fiesta de Auteuil, en donde, con la complacencia de un día amoroso y dorado, se vió un brillante ejército de mujeres deliciosas, vestidas con el arte de encantamiento que los costureros saben; irrupción de rostros sonrientes, trajes de primavera, sombreros y sombrillas que alegran de armoniosos colores el espectáculo: un ir y venir de gentes elegantes; en las tribunas una aglomeración de notas encantadoras; y cerca, los lagos, los carruajes ostentosos, también con su carga de belleza y de riqueza; ya Chantilly, con su Derby que hace competencia y vence en Epsom, Chantilly, lugar aristocrático y deleitoso; ya Longchamps, adornado de lujo e hirviente de mundo; al Gran Prix, con sus pompas y ruido.
El entusiasmo que hay en París por las carreras, sólo puede compararse al que hay en España por los toros. Se juega mucho, se juega demasiado. El sport actual no ve la mejora de la raza caballar sino en la ganancia. El cuadro estético interesa poco. La equitación, atacada por la bicicleta y el automóvil, está en decadencia. Saxon, Jocely, Chéri son aclamados, más que como «violentos hipógrifos», como fuentes de entradas, de francos o de luises. Los que pierden, ciertamente, no aclaman al cuadrúpedo triunfante. Pero por el momento los nombres de los ganadores van hasta las constelaciones. Desde 1873, una larga lista señala triunfos sucesivos—tal una enumeración de papas, de reyes o de generales: The Ranger, Vermont, Gladiateur, Ceylan, Férvacques, The Earl, Glaneur, Sornette, Cremome, Boïard, Trent, Salvator, Kisber, Si-Cristope, Thurio, Nubienne, Robert-Devil, Foxhall, Bruce, Frontín, Little Duhk, Paradox, Mintin, Tenebreuse, Stuart, Vasistas, Fitz, Roya, Clamart, Rueil, Ragotski, Dolman Baghtche, Andree Arreau, Doge, Le Roi Soleil, Pert, Semandria, hasta el glorioso bruto de ahora, Chéri, cuyo propietario, Caillaut, no cabe en su orgullo. Calígula no andaba muy errado. Las publicaciones sportivas son numerosísimas y el público las compra como el periódico noticioso, el diario preferido. Los principales cafés y bars tienen un servicio de información inmediata para las carreras; las gentes del alto mundo, tanto como las del bajo, tienen su animal favorito y apuestan. Los suicidios a consecuencia de pérdidas en los hipódromos no son escasos. Hay quienes opinan que las carreras son útiles y de alta moralidad política. Las ha llamado alguien «pararrayos de las revoluciones», exactamente como Huysmans llama pararrayos de las tempestades diurnas a los conventos. El pueblo se divierte, dicen, y así no hay temor de que se subleve. Panem et circenses. Mas no se fijan que las carreras sin el pan, no contentan a los proletarios; y lo que se está preparando en lo nebuloso del porvenir, por obra del fermento popular, y de la miseria negra que contrasta con la insolencia de la riqueza exhibicionista, no es la caída de un ministerio más o menos Waldeck, o de una república más o menos radical o clerical; es algo que soñó demasiado hermoso Hugo y que previó demasiado rojo Heine; algo que le va a quitar el automóvil al príncipe D'Arenberg y las caballerizas a M. Edmond Blanc. Eso no lo sabe tanto orgulloso satisfecho de los que tienen por Homero a Jean Lorrain y por gráfico retratista al mordiente Sem.
Grandes sportwomen hay, que se apasionan por el juego elegante, y otras que son dueñas de haras. Por mucho tiempo la vizcondesa d'Harcourt hizo lucir sus caballos, con sus jockeys blanco y oro. Hoy se ve siempre en la tribuna a la duquesa d'Uzés, a la de Noailles, a muchas duquesas; a las condesas de Roederer, de Le Marois, de Saint-Phallier, de Portales, a la princesa Murat, y cien otras nobles más, y señoras de propietarios de écurie, y mundanas en profusión tanto como semi-mundanas... Y es desde luego una parada de elegancias, una exposición de trajes y joyas, en competencia; visión de sedas y encajes sutiles, visión de flores y de sombreros, de sonrisas, de gestos graciosos. Del lado de los hombres, el todo d'Hozier, la banca, los negocios, los clubs. Entre las barbas blancas, la del duque de Chartres y del rey Leopoldo, y las patillas que enmarcan la cara dura del barón Alfonso de Rothschild. Luego el grupo de los comisarios, dueños de caballos, corredores, etc., y la tribuna de entraîneurs y jockeys.
Los jugadores y curiosos pobres están más allá, bajo los árboles, a la hora del salchichón al aire libre, y junto a la reja en el momento de la corrida de las ligeras bestias.
Y cuando la carrera empieza es el enorme griterío, la expectación, la impaciencia por saber cuál ha de ser el dichoso ganador; y los nombres de los animales que corren en competencia se pronuncian entre el ruido, mientras los caballos van por la pista como la bola en la ruleta. Así, como el entraîneur de M. Caillaut, propietario de Chéri, llegase tarde cuando el Gran Prix se corría, no encontró lugar en la tribuna en que le correspondía estar, y no supo la victoria de los caballos de su amo sino por las exclamaciones que entre la tempestad de gritos llegaban a sus oídos: se nombraba a Saxon, el ganador de Chantilly, y al inglés Lady Killer, hasta que el hábil hombre de caballeriza sintió un soplo de alegría al oir aclamar en último instante a Tibère y a Chéri.
Desde el presidente de la República al último camelot, pasa en triunfo el nombre del vencedor, los colores del patrón adquieren un nuevo brillo y como que, al pasear al bruto triunfante, se dejase ver, en cuatro patas flacas y con una cabeza soberbia, la imagen de la vanidad, pasajera y momentánea. Pues el doble event es cosa rara, y Saxon, ganador en Chantilly, no tuvo el gran premio. Y ese principado hípico tiene el fin de todos los principados humanos. Arquías hacía ya lamentarse al corcel antiguo triunfador en la carrera; «me he visto, dicen los versos de la Antología, coronado, en otra época, en las orillas del Alfeo; gané dos veces el premio junto a la fuente Castalia; y obtuve aclamaciones de la muchedumbre y aplausos, en Nemea y en el Istmo; a la piedra de Nisipo pasaba como llevado por el aire, ¡Oh desdoro! hoy doy vueltas a la piedra de un molino, en ruin ocupación, y sufro el látigo». Los Saxon y los Chéri no irán, gracias a los progresos de la industria, a hacer harina; pero no está en lo imposible que sus gloriosas carnes sean mañana, cuando la vejez llegue, consumidas en beefteaks de culinaria subrepticia, o claramente ofrecidos a la hipofagia parisiense. No serán los primeros outsiders víctimas del apetito.
Un bello espectáculo es sin duda alguna el desfile, cuando las horas doradas de la tarde ponen en el Bosque su ambiente de amorosa alegría, en esta estación que hace hervir las savias y precipitarse la sangre. El presidente de la República se retira, y generalmente es aclamado a su paso. Una interminable procesión de vehículos se extiende, en un resonar sordo de cascos y un sacudimiento de sonorosos arneses. Pasa el mundo oficial, el gran mundo, los batallones de clubmen. Las hetairas no son las menos miradas como comprenderéis—, la Emilienne d'Alençon en su cab inglés, la Otero en su equipaje superior al del mismo millonario Chauchard, y todas las celebridades de la gracia en venta y del amor profesional. Se disemina el inmenso río de carruajes y automóviles y bicicletas. Quiénes van a los restaurants del Bosque, quiénes a la ciudad. París murmura, se estremece, bañado de fuego vespertino, y al entrar a la plaza de la Concordia, al ver el casco de oro de los Inválidos, las lejanas agujas de Santa Clotilde y, en el inmenso forum que engrandece y alegra el espíritu al propio tiempo, el obelisco sobre el fondo verde de las Tullerías; al respirar este ambiente y sentir filtrarse en uno el alma del día, se experimenta un singular placer. Se viene de coronar a un caballo; pero no importa. Allá está enterrado Napoleón, aquí respiró Víctor Hugo; sentimos como que vamos sobre el pecho del mundo.
Venimos de la coronación de un caballo; en Atenas también se hacía lo mismo. Un caballo bueno vale más que un general malo. Y luego, «la más noble conquista del hombre» siempre ha sido compañera de la gloria; no se concibe a Alejandro sin Bucéfalo, al Cid sin Babieca; no puede haber Santiago en pie, Quijote sin Rocinante ni poeta sin Pegaso. El caballo es noble, es generoso, es bueno. Merece más que los elogios de M. de Buffon.
Lo lamentable es que en el sport moderno, lo repito, en las carreras, no se tenga por mira el espectáculo estético, sino el lucro, el azar, la ganancia. La gran pelousse equivale a una mesa de billar, a una carpeta de juego. La Gran Semana es la semana de la ostentación del lujo por un lado y la apoteosis del juego por otro. Dicen que esto es el 14 de Julio sportivo. Hay razón en decir eso. Mas no es envidiable la celebración desde aquel punto de vista.
Mejorar la raza caballar es una gran cosa. Se ha llegado en esto a resultados admirables. Mejorar las razas humanas sería indiscutiblemente mejor. Mejorar los cuerpos, mejorar las almas. No la persecución imposible de una humanidad perfecta, pues esto no está en la misma naturaleza; pero sí un progreso relativo, seguir el camino que muchos conductores de ideas han señalado y señalan para bien de los pueblos. Es mucho el contraste entre la maravillosa exposición de bienestar y de riqueza sobrante y desafiadora, y la enorme miseria que se agita, y el enorme aplastamiento del obrero por la masa del capital.
La noche del Grand Prix he visto a la célebre Fagette, una mediocre divette que sale a las tablas con un «bolero» que cuesta millón y medio. No es equivocación del corrector: millón y medio.
Luego, se asustan de Ravachol.
La mejor conquista del hombre tiene que ser, Dios lo quiera, el hombre mismo.