VII

ARÍS, ardiente me ha soplado con boca de horno empujándome a la orilla del mar, a Dieppe, frente a Inglaterra, en el Canal de la Mancha. Es lo que está más cerca de París, para pasar el tiempo de verano al amparo del frescor marino, sin ir a los deliciosos y peligrosos paraísos de la Costa de Azur, de la Grande Bleue. He llegado en días gratos y de espectáculos pintorescos. Buena cosecha, o si queréis, pesca de impresiones.

Anidado, cerca del agua, comienzo por dar un buen vistazo a la ciudad. La cual se divide en dos partes: la elegante y muy moderna, ceñida de villas y chalets, que se extiende por la calle Aguado hasta el viejo castillo y el morisco edificio del Casino, y la que contiene el bario de Pollet, en donde está el puerto. Calles interiores estrechas, casas sin carácter, más no exentas de uno que otro golpe pintoresco. Por las cuadradas ventanas que se decoran de tiestos floridos como en España o Italia, suele aparecer la faz graciosa de una muchacha, o la vieja coronada de apretado trapo blanco, muy semejante a un gorro de dormir.

Por la Grande Rue, un comercio y un vivir de ciudad de pocos ruidos. No encuentro mucho de original, como no sean los escaparates de labores en marfil que un tiempo tuvieron tanta boga y renombre. Al paso, en una plaza, la Nacional, veo a Duquesne en bronce, gran dieppense aquel marino; crespa y larga cabellera, bravo talante, firme en sus botas, bocina en mano. Cerca una vieja iglesia, con su torre que recuerda la de Saint Jacques, de París, y que lleva el mismo nombre, afirma la nobleza severa del arte antiguo que la levantó y la fuerza de la olvidada piedad.

Una callejuela me hace caer de pronto en pleno mercado de cosas marinas, la Poissonnerie. En un instante pasan por mi mente figuras de Thwlow; versos de Richepin. Un olor salado flota en el aire. De las barcas que atracan al muelle sacan los cestos de mariscos; los azulados bonitos, anchas y sonrosadas rayas, plomizas anguilas, aranques como puñales, y el «cardenal de los mares» todavía sin su púrpura, y enormes cangrejos y erizadas centollas. Como salidos de un baño de rosas se miran los salmonetes, de rosas y madreperlas; lácteos, azulados y semitransparentes, los calamares; como pasados por laminador, los lenguados grises; y los gordos peces mayores, dejando entrever la flor escarlata de las agallas. Aquí de Simón Pedro, aquí de Tobías, aquí de las Mil Noches y una Noche y de Brillat Savarín. ¡Y los admirables tipos de gentes de mar! No hace falta sino saber dibujar, eroquer, tanta cara singular, tanto aspecto lleno de carácter: la anciana revendedora que asiste al remate, fuera del recinto propio del mercado; la joven más fresca que el pez recién sacado, y perfumada de mar también, atrayente con su rostro encendido, sus copiosos cabellos, su sonrisa; los viejos y duros pescadores, cabezas de pipa como hechos en madera; narices rojas, barbas en barboqueio o herradura; el bigote afeitado, las anchas manazas, las firmes patazas; quien con el arete de oro a la oreja, o la cachimba entre los dientes, y en la mirada una profundidad inmensa, esa profundidad serena e inmensa que comunica la frecuencia del Océano, el azul de los golfos, lo vasto del cielo, a los hombres que viven y trabajan sobre las olas, acostumbrados así a los cantos del alba, a la dulzura de las saladas brisas, como a las injurias de la espuma y las bofetadas de la tempestad.

El lugar de la venta del pescado no es muy extenso. Es una sólida galería de hierro, con puestos laterales, en donde las pescadoras exponen sus artículos ¿Es una obsesión, o es la asendereada ley del medio?

Parece que todas estas mujeres, las de edad como las mozas, tuviesen en su rostro algo de pescado; los ojos y las bocas, sobre todo, casi ictiomorfos... Una pescaderita de quince años, que ríe con finos dientes y tiene en su cabellera reflejos de algas, se me antoja que tiene algo de sirena. Guardo y paso.

Ante sus langostas, me detiene con su figura una robusta anciana, como sacada de no sé qué olvidado cuadro. Bajo el cucurucho blanco del gorro dos macizas arracadas de oro puro descienden hasta los hombros; un corpiño obscuro aprisiona auténticos y generosos testimonios de maternidad; una falda corta acampanada, deja ver las columnas de las piernas cubiertas por medias de lana; sobre los duros zuecos, dos bien construídas carabelas en que un Colón de Liliput podría ir a descubrir en Noche Buena no importa cuál América de nacimiento.

La venta es buena. Al día siguiente han de comenzar las fiestas. Así, pasan a mi lado haciendo sus compras varios burgueses de Dieppe; y, nota parisiense entre la concurrencia, blanca toda, fina, bella, una señorita que ha bajado de su carruaje, llega, acompañada del groom, compra un buen paquete de langostinos y se va, rápida como un pájaro.

El apetito, más que despierto, me hace dirigirme a un restaurant vecino, cerca de las arcadas del Café Suizo—aquí, como en todas partes del universo, hay un café Suizo.—Comida barata sabrosa, marisco fresco, ausencia de vino y presencia de sidra, rica sidra de ámbar o de topacio, pues en Normandía, como en el paraíso terrenal, triunfa la manzana. Mientras almuerzo, oigo de lejos cantar la draga en el canal, como un gran grillo de hierro.

El día comienza a ponerse opaco. Se hace recordar la vecindad de Inglaterra. Mientras en París se derriten los sesos de las gentes, aquí se siente un grato frescor. Después del café, me dirijo a la playa. Llega al desembarcadero un vapor de Newhaven. La niebla aumenta poco a poco. Casi ha invadido todo el mar, toda la costa. La tarde naciente se ahuma. Empieza a vocear, triste, insistente, la campana de la bruma, allá en el faro. La campana, en tiempo de niebla, hace las veces de la luz; es el faro del oído. Las olas llegan a la arena en actividad y encrespamiento que hacen resbalarse a la continua los guijarros; mas no es la soberbia acompasada que enarca las gruesas marejadas cuando se enoja el viento. El agua no carnerea, hierve, en la enorme extensión, sin rasgarse. De cuando en cuando una vela fantasma, una sombra de barca, se percibe en el tupido vapor flotante; a través del aire espeso llegan lejanos ruidos de sirenas y de esquilas. La humedad se insinúa en la piel, barba y cabellos. Se gusta la sal del ambiente.

El sol, que se asemejaba a luna una, o a un astro de pesadilla, no logra hacerse paso entre las espesas nubazones. Así se desliza el tiempo hasta la noche, en que se aclara un tanto el espacio. Las luces de los faros rielan sobre las aguas. Las aguas, más tranquilas, dan campo a la mirada que puede ya lanzarse al horizonte. Quietud.


Volvía yo de recorrer el bulevar marítimo, a eso de las diez, cuando una aglomeración de muchedumbre, un son de trompetas y un brillo de antorchas en la sombra de una calle me hicieron detener. ¿Qué capitulo de viejo libro estaba viendo? Ante el pueblo reunido, había dos heraldos, de armas y un regidor, montados en sendos caballos un pelotón de arcabuceros y otro de arqueros. Uno de los heraldos desenrolló un largo papel, y con una gran voz, dijo:

Or, tost, accourez tous, faictes bonne silence et oyez.

Es nom des schevins et tout ayant étè par eux arresté avec très honorable sire Charles des Marets, capitaine du Chastel et de la ville de Dieppe, pour Notre Roy et soubverain segneur Charles le septième.

Faisons assavoir:

Que le jour de demain, dimanche, septième de Juillet, se doibvent tenir en ceste cité des festes soulennelles et espéciales pour le resjouissement et grand proffit de tous.

Adonc, en celluy jour de demain, sus le midy ou environ, si haura par les voies et carrefours de ceste ville, une belle y avenante monstre numéreuse a la vérité diré, jusques a passer cinq censt parsonnes, et figurant, sommairement et comme par abrégé, avec personnages les mieux en point que puet estre, les faicts les plus illustres en l'histoire de Dieppe à travers les âages et les plus dignes de ramentevance.

Et maintenant, cecy dit, de vostre part, bourgeoys, manans et vilains, faut jà vous retirer. Et sitôf que s'oyra covre feu soner, bien nous vos advison que tout bruyt se doibt cesser, que toute chandoille de sieu ou resine doibt estre esteinte.

Et bien vous préparez, par un bon somme, à estre frais et dispoz pour célébrer dignement et alégrement la grant journée de demain.

¡NOEL! ¡NOEL! ¡VIVE LA FRANCE!

Como el grupo era pintoresco, la música alegre y la noche fresca, seguí a los heraldos de Charles des Marets «capitaine du Chastel et de la ville de Dieppe», entre el regocijo de crecido número de pescadores y pescadoras que iban en la procesión, y así escuché varias veces el pregón. Y siguiendo después el consejo de prepararme con un buen sueño, para estar frais et dispoz para la fiesta próxima, me encaminé a mi hospedaje, en donde, al amor del mar, dormí gratamente, hasta que la animación de la aurora entró por los cristales de mi ventana y la armoniosa lengua de las olas me dió los buenos días.

Bueno era ese, de sol claro, de cielo lavado y bruñido. La ciudad, llena de banderas, se agita en su fiesta. Gente del lugar y forastera circula por las calles principales e invade la playa. Se oyen a lo lejos gritos, cantos y petardos. Camelots de París venden sonoros mirlitones. En la Grande Rue se extiende un mercado improvisado, un mercado de aves, de manteca y quesos, de verduras, de productos de la campaña; y en la plaza Nacional se instala un bazar de cuanto os podáis imaginar de cosas viejas y nuevas, con el aditamento de muy baratas. Hay desde frenos hasta calzoncillos, y mientras un zapatero remendón elogia las botas claveteadas que ha rejuvenecido, un vistoso charlatán canta su ditirambo delante de una cabellera fenómeno que debe su famosa riqueza a una botella de agua milagrosa.

Llegan los trenes de París y Rouen repletos de gente. Los vecinos de Treport, Puy, Varengeville, aumentan la suma de visitantes. Se advierten tipos de la capital, mujercitas del bulevar, y no faltan cabezas del Barrio Latino y de Montmartre. No son los que menos se notan los ingleses. Hay bastantes bicicletas, y, bufando, se han hecho presentes dos o tres automóviles. Los marinos y pescadores no ponen buena cara al hipógrifo de caucho.

El cortejo, el gran cortejo histórico «Dieppe a través de los siglos», comenzará a desfilar dentro de poco.

El cortejo. Era primero el siglo xv, y venía a la cabeza dando al aire sus sones la fanfarra de la milicia burguesa. Son los tiempos en que los dieppenses, fatigados de la lucha con el inglés, acaban de volver a su independencia, por obra y empuje de Desmarest. Allí viene Desmarest tras el preboste de los comerciantes, los ballesteros casqueados y forrados en sus túnicas rojas, los regidores de negro, los trompeteros violeta, azul y encarnado, y los heraldos de armas con dalmáticas y cota. Es el bravo Desmarest o Des Mares, caudillo desde la adolescencia, y que luego, brazo poderoso, fué creciendo en empuje hasta sus acciones en Dieppe y Bures, y a quien después de rudo batallar y vencer, no pudo la muerte arrancar del mundo sino cuando en el descanso de su ancianidad, había llegado a ciento quince años.

Viene después Dieppe en el siglo siguiente en la época de su mayor auge. Este tiempo opulento se anuncia desde luego con oros y colores. Un grupo de niños llega con palmas doradas en las manos y sombreros de airosas plumas sobre las rosadas cabezas. Preceden a Descellier, el geógrafo que antes de Gerardo Mercator publicaba su planisferio que mejoraba los trazados ptoloméicos. Viene Descellier en el carro de la hidrografía enseñando a sus discípulos, pues, según las palabras de Asseline, a propósito de las cartas marinas, «le sieur Pierre des Cheliers, preste a Arques, a eu la gloire de'avoir ètè le premier qui en a fait en France. Aussi estoit-il un si habile géographe et astronôme qu'il fit une sphère plate, au milleu de laquelle en voioit un globe qui représentait toutes les parties du monde.» Vestido de negro pasa en su carro, que imita una bella boiserie que existe en el castillo de Gaillón; y tras él la música de los arcabuceros, negro y azul, jóvenes pajes, a la manera florentina, y precedidos de sus capitanes, el armador magnífico y fuerte Jean Angó, aquél que solo y con flota propia, declaró la guerra al rey de Portugal, sin que nada tuviese que ver en la empresa el gran rey Francisco. Angó es la figura más brillante de Dieppe. Por él la ciudad, antes de que las luchas de religión contribuyesen a su ruina, se levantó a una situación de riqueza y de poderío. Angó heredaba de su padre el espíritu. Como él, Angó se lanzó a empresas coloniales en la India y en América. De allá viniéronle riquezas en sus navíos, y con ellas llevó vida de príncipe, opulento, lujoso, y al mismo tiempo de pensar maduro y juicioso. Hizo aquí construir un palacio admirable. «La fachada, de madera de encina, había sido esculpida por los más hábiles artistas y representaba escenas de navegación, combates entre ingleses y normandos. Los cuadros y las estatuas de los más grandes maestros ornaban ese palacio, y le daban un aire de magnificencia incomparable. Desde sus ventanas Jean Angó tendía sus miradas sobre el puerto, sobre el mar y sobre el valle de Arques.» Francisco I le visitó, y la ciudad permitió al magnate que las fiestas fuesen pagadas con su peculio. El rey quedó maravillado de la fastuosidad de su anfitrión. Hubo lujo de vajilla italiana, en plata labrada, viandas exquisitas y vinos incomparables, arcos de triunfo, y, para paseo por el mar, barcas doradas que corrieron las aguas con buen tiempo y cielo propicio. Angó murió en la pobreza, y he recordado su grandeza de un tiempo ante la piedra tumbal que cubre sus viejos huesos, en la iglesia de Saint-Jacques.

Redoble de tambores. Acorazados de cuero y en la cabeza el casco, pasan los soldados de la milicia burguesa; los oficiales de a caballo van casqueados también, y brillan sus coseletes de hierro. Los gremios desfilan en seguida, los de la industria del hierro que llevan jubón azul; los de la cerveza, violeta, y los del marfil, en cuero de gamuza. Amarilla y negra la banda de la guardia real, lanza su música, y oro y negro y a la espalda un manto, los heraldos del rey. Sigue el gobernador Aymar de Charles, con su uniforme de caballero de Malta; el capitán de Vardes luce su jubón gris, y luego seis pajes azules en grandes caballos, antes del gran escudero que porta el real estandarte, anunciador del rey soberbio, cuya magnífica armadura relampaguea al sol. Allí va luego el «padre de la agricultura», el buen Sully, de negro, al que hacen fondo los suizos vestidos de verde. Es el tiempo en que Enrique IV ha venido a Dieppe antes de la batalla de Arques y de Ivry, en que hubo de salir triunfante del duque de Mayenne.

Tras el tiempo caballeresco y heroico, el siglo pomposo. Semejantes a otros tanto Aramises y Portos, los mosqueteros a caballo, gran chambergo emplumado, coraza y larga capa negra de terciopelo, desfilan seguidos del gobernador Montigny. El rey Sol es aún niño, y en una carroza de gala va en compañía de Ana de Austria, la de las bellas manos. La reina está representada por una graciosa moza que saluda linda y realmente. A caballo sigue el rojo Mazarino, y un grupo de cortesanos le acompaña. Llegan gentes de mar. Son los hombres de Duquesne. Allá, sobre una reducción de la Sainte André, el gran marino, el orgulloso calvinista que desecha por su fe el bastón de mariscal, está de pie. Angó era el fuerte armador del comercio; Duquesne es el hombre de la guerra. Es el combatiente de Suecia como vicealmirante de Cristina; es el reorganizador de la armada francesa y el jefe de la expedición de Nápoles; es el luchador feliz contra españoles, ingleses y holandeses; es el generoso vencedor de Ruyter, el bloqueador de Chio y el temor del Dux veneciano. Cuando Duquesne murió, el rey le negó una sepultura...

Tambores. A compás marchando van ocho tamborcitos, luego una banda militar y el pabellón. Dos ujieres de la ciudad se adelantan al maire y al cuerpo comunal; en todos los negros trajes lucen tan sólo las hebillas de plata de los zapatos. Y luego Balidar. ¿Quién es Balidar? Es el desconocido turbulento y terrible, el que impuso su nombre como una bandera de amenaza en la Mancha, el corsario de quien John Bull supo mucho, y que en Roscoff, cansado de pelear bajo el poder de Napoleón, puso a su casa balcón de plata maciza, y freía monedas de plata y oro para arrojárselas al populacho bien calientes. Cuando la independencia americana, Balidar fué a pedir carta de corsario, y no se supo más de él que su paso por las costas mejicanas. Ese fué Balidar. Así, pasa orgulloso entre sus hombres de mar; síguele un grupo de marinos veteranos; luego, la guardia consular y los trompetas vestidos de amaranto o blancos brandeburgos. En su caballo blanco cierra la marcha Napoleón, el Napoleón de largos cabellos del tiempo consular. Unos cuantos oficiales le acompañan; los húsares, de azules dormanes van tras él. Tal ve Dieppe pasar su pasado. Un pasado casi legendario, de empresas bravas y singulares conquistas, con princesas bellas, reyes gallardos, bizarros capitanes, corsarios temerarios, magníficos marinos. Y así inaugura el Dieppe de hoy su bulevar marítimo, que pone hacia las olas que vieron tantas proezas, un balcón extenso para los veraneantes que no, es por cierto, de plata, como el de Balidar.

«Al principio no había nada.» El mar cubría la mitad de la playa y la marea llegaba hasta el valle del Arques. Luego hubo un lento retiro, de siglos. Un día se creó la pelouse donde hoy se alzan los grandes hoteles de la calle Aguado. Creció allí hierba y pastaron rebaños. La ciudad prosperaba, comerciaba y entonces los ingleses, como siempre, aparecieron. Los échevins alzaron entonces fortificaciones, y tres grandes torres para polvorines. Luego vino la iniciación de los baños de mar en Dieppe. La sociedad parisiense comenzó a venir en «largas diligencias», y la moda se hizo. A comienzos de este siglo ya venía mucha gente cuando la duquesa de Berry afirmó la boga. Se construyó un teatro, se alzó un casino para los grandes señores de la Restauración. En 1836, el Estado vendió los terrenos en que antes había fortalezas. Se levantaron casas y se creó la calle Aguado, cuyo nombre tiene a causa del banquero español que intentó dotar a Dieppe de un ferrocarril, intentó, pero no lo realizó. La calle, sin embargo, lleva su nombre. Napoleón III quiso pasar su luna de miel en Dieppe. Eugenia quedó encantada del lugar. Gracias a ella se embelleció y prosperó en poco tiempo. Veinticinco años después la ciudad hizo fuertes gastos para el establecimiento de sus primeros casinos. Los terrenos de la playa centuplicaron su valor, y el Estado, interviniendo entonces, vendió a la ciudad la playa en 451.000 francos. En 1895 el alumbrado eléctrico fué introducido. Así continuó hermoseándose, hasta que se observó el daño que causaban a la plaza las invasiones del mar. La municipalidad dieppense resolvió la construcción del bulevar, una sólida muralla, flanqueada de rotondas provista de un parapeto con un ancho trottoir carrelé alumbrado con numerosos postes de luz eléctrica. Entre este bulevar y la calle Aguado se extiende la espaciosa plaza llena de césped. El bulevar tiene cerca de un kilómetro de largo, es un paseo excelente y fué construído por el ingeniero Herzog.