VIII
A vuelta de Jules Bois de la India ha coincidido con un despertamiento de curiosidad para los estudios psíquicos. Le Journal y Le Matin han publicado relaciones de milagros, reportajes de personas iniciadas en los asuntos del au-delà; y han hablado sacerdotes, médicos, magos, espiritistas y videntes. He creído oportuno, pues ocuparme en este asunto; y me he dirigido a un amigo mío muy versado en lo que pasa de tejas arriba, artista y teólogo, perteneciente a los círculos swendemborguianos y espíritu convencido. He hablado ya de él en otra ocasión: me refiero a G. Núñez.
Era una tarde opaca, como de comienzos otoñales; llegué a la casa de mi amigo con objeto de saber su opinión a propósito de los milagros de Lourdes. Le encontré en medio de su familia y en unión de su inseparable Henri De Groux. Una gran Biblia estaba abierta en una mesa. Mientras el crepúsculo penetraba por los vidrios de los balcones, una de las hijas del artista despertaba suavemente en el piano, música vaga, triste, como adecuada al momento.
Debo advertir que creo en absoluto en la sinceridad de mi amigo. A pesar de que muchas veces he oído de sus labios narraciones, sucedidos y hechos personales que parecerían increíbles, no me han sorprendido tanto, después de haberme dedicado, en otros tiempos, a lecturas teosóficas y ocultistas. Las historias y experimentos de Núñez, no me parece que sobrepasen a lo que todos conocemos en William Crookes, H. P. Blavatsky, Richet, Lombroso y tantos otros. Núñez es un oculista cristiano; y, repito, es un hombre sincero. Es este el principal valor de su opinión.
Sentadas mis proposiciones y hechas mis preguntas, quedóse mi amigo meditando. Luego, comenzó a hablar:
—No pueden, me dijo, negarse los hechos. El mismo canónigo Brettes, dice que esas maravillas están anunciando en renacimiento de fe.
Animado por la lectura de esas polémicas y opiniones, había creído oportuno publicar algo de lo que yo creo comprender sobre los innegables milagros que se han producido y se siguen produciendo en Lourdes. Es muy cierto que la humanidad está esperando hoy un nuevo fiat lux.
Es muy cierto que aguardamos ese fiat lux, que venga a restablecer el orden moral que todos ansiamos.
Nos encontramos en plena era de lo metafísico.
Tenemos, por lo tanto, que hablar de todos los asuntos metafísicamente. Lo que es del «espíritu», «espíritu es», como dice el Evangelio, y lo que es de la «carne», «carne es». Tenemos, pues, que estudiar los milagros de Lourdes, desde el punto de vista espiritual, pues son un efecto material que nos admira, y para comprender su significación hay que estudiar sus causas.
Yo, como todos los que amamos la verdad, he estado durante años esperando el santo advenimiento de esa fe tan deseada, y después de muchos estudios he llegado a conseguir aquella voz del alma que Dios concede a los que buscan sinceramente. Fundando mis razones en esa verdad, en esa fe, voy a decir lo que sé sobre este singular y discutible fenómeno de los milagros de Lourdes y a poner de acuerdo a los que, como facciones opuestas todas ellas en guerra, buscan la solución y no la encuentran.
Tenemos enfrente una dificultad parecida a la del huevo de Colón. Vamos a verla. Vamos a romperla.
Según declaraciones personales del canónigo Brettes, el clero romano no quiere imponer al mundo católico la creencia en los milagros de Lourdes, y en sus palabras textuales califica de ignorante, de hombre de mala fe y de otras cosas que se abstiene de escribir, a todo aquel que se atreva a asegurar que el rebaño católico está obligado por Roma a sostener como artículo de fe que los milagros de Lourdes son auténtica obra del cielo.
M. Brettes sabe muy bien lo que está diciendo. Sus palabras son la expresión de todo el clero romano.
Este sabio e inteligente prelado añade a renglón seguido que los hombres pueden salvarse sin que sea para ello indispensable creer en los milagros de Lourdes, pero que su salvación sería más segura y fácil si creyeran. Por otra parte, monsieur Brettes cree firmemente en ellos y declara haber presenciado diez y siete curaciones milagrosas que se efectuaron entre cincuenta enfermos que él personalmente condujo en peregrinación al santo lugar de las aguas encantadas.
El que sepa leer entre renglones observará que el clero romano no se atreve a imponer la creencia en los milagros de Lourdes como dogma de la religión romana, porque en presencia de los hechos imposibles de negar, hay un vago presentimiento que les está diciendo que Lourdes puede llegar a ser su propia ruina, pues si por un lado la evidencia de los hechos los obliga a defender la existencia de los milagros, por otra parte ve y palpa que dichos milagros no tienen carácter divino; y si se niegan a reconocerlos como verdades del cielo, no por eso dejan de preconizarlos, de predicarlos y de desplegar en su honor todo el culto y respeto y pompa eclesiástica, con toda la grandeza y lujo que son capaces de ostentar cuando lo crea necesario.
El clero romano está dando al mundo el ridículo espectáculo de un pueblo arrodillado ante un rey que ellos mismos han reconocido, y que no se atreven a coronar, porque le temen. Esa misma es la actitud de M. Brettes. En su carácter de prelado romano no le es posible reconocer a Lourdes como una verdad, pero en su opinión particular se postra ante esa verdad que le es imposible negar.
Estas cosas tienen un sentido muy hondo, pues al mismo tiempo que Roma desconfía de Lourdes, las medallas, las imágenes, las reliquias y las aguas embotelladas como de Vichy o las de Huyady Janos circulan por el mundo católico recomendadas por todos los clérigos, dando con este proceder una prueba irrefutable de que sin querer dar la cara, están ellos mismos persuadidos de una verdad que no comprenden y temen reconocer abiertamente. Los milagros de Lourdes han puesto a Roma en un triste predicamento.
La ausencia completa de grandeza y majestad que se observa en ellos, los tiene perplejos, pues si es incontestable que hay curaciones milagrosas (eso no lo puede negar nadie), esos milagros no llegan nunca a la altura de dignidad y nobleza de los milagros que se relatan en los Evangelios y en el Viejo Testamento. Son de carácter interior y limitado. Imperfectos.
Monsieur Naudeau, hombre inteligente y sincero, presintiendo la verdad simple y sencilla, pregunta al canónigo de Brettes por qué no se ve nunca en Lourdes el renacimiento de un brazo o de una pierna amputada.
Si yo hubiera estado presente le hubiera preguntado a M. de Brettes por qué no se ha visto nunca en Lourdes un muerto resucitado por las aguas milagrosas.
Todo el clero romano, empezando por el papa y acabando por el sacristán, se hubiera visto imposibilitado de dar una respuesta satisfactoria.
¿Es que Dios le ha señalado un límite a la Reina de los Angeles, para producir milagros?
¿Por qué no se ven en Lourdes otros milagros sino el de la curación de enfermos?
Jesucristo resucitaba muertos, calmaba tempestades, convertía el agua en vino, andaba sobre los mares, dividía cinco panes para que comieran y se hartaran 5.000 personas.
¿Cómo es que a su Santísima Madre en Lourdes no le ha permitido curar sino a un diez por ciento de miles de enfermos que imploran la salud?
El clero romano, que sabe estas cosas, no ha establecido a Lourdes artículo de fe católica, porque no tiene mucha confianza en el autor del milagro, y tiene razón; pues si esos milagros dimanaran de la Divina Providencia, las virtudes de las aguas no estarían tan circunscriptas como se ve que están.
Los milagros verdaderos que proceden de Dios, no están limitados en manera alguna: son netos, redondos, francos, completos.
San Pedro y San Pablo resucitaron muertos, como consta en los Actos de los Apóstoles.
Según la teneduría de libros de las oficinas de Lourdes, los enfermos restablecidos en salud no han pasado nunca de un diez por ciento (información que se le dió a M. Emile Zola), y, sin embargo, es sabido que hay gente que ha hecho el viaje a Lourdes durante ocho y diez años consecutivos sin lograr que el milagro los toque.
No puede darse mayor fe que la de esos desgraciados. Nunca logran su curación, a pesar de su persistencia, y, sin embargo, Jesús ha dicho que la fe transporta las montañas. Jesús no ha mentido, pero los hombres trastornan su fe; ahí está la explicación.
¿Debemos creer, por los fiascos de Lourdes, que los poderes de Dios sean limitados o encuentren en el mundo material obstáculos imprevistos para realizarse?
No. Pero es lo cierto que nos encontramos en Lourdes con un dilema colosal. Hélo aquí: O Dios se encuentra imposibilitado para curar a todos los enfermos que van allí, o le ha puesto un freno al autor de los milagros para que no traspase los límites determinados por su infinita sabiduría.
El mismo M. de Brettes reconoce que hay en todo eso un designio particular de Dios que nosotros los hombres ignoramos. Tiene razón. Eso no puede negarse, como ha habido también un designio de Dios, y esto tampoco puede negarse—en las apariciones de espíritus (que M. de Brettes reconoce) y sus hechos ampliamente demostrados por los hombres de ciencia que no son capaces de mentir, y entre los cuales se nombra a M. Camille Flammarión, William Krookes, Zoelner y otros.
También ha habido designio particular de la Providencia cuando permitió que el príncipe de Gales, hoy rey de Inglaterra, presenciara los milagros portentosos hechos por los fakires indios, y que han sido relatados en sus viajes para asombro de los que los leen. Ya se ve por todo eso que Dios prepara un renacimiento de fe, como dice M. de Brettes.
El clero romano sabe o debe saber estas cosas. El mismo canónigo dice en su conferencia con Naudeau, que la aparición de los espíritus es un hecho, y si él y el clero romano saben a qué atenerse con respecto a los espíritus y a sus mentirosos milagros, habrán observado también que todos ellos tienen un mismo carácter, que todos están limitados a ciertos casos y a condiciones determinadas. Como pasa en Lourdes.
Los fines de la Providencia al permitir esos milagros, no son otros que el restablecimiento de la fe contra la ciencia experimental, contra el materialismo moderno y la filosofía positiva, que sin esos obstáculos que se oponen a su progreso se despeñarían como un torrente maligno. Dios ha querido desacreditar y destruir la ciencia de mala ley que se esfuerza en atacar el principio espiritual de la naturaleza.
El triunfo no puede ser más completo, pues aunque el clero católico se encuentre en un gran predicamento, la existencia de Dios y del mundo espiritual está bien probada. La ciencia y el positivismo moderno han sufrido y sufren un golpe mortal con los portentos de Lourdes. Lo espiritual ha vencido a lo material.
Con la misma piedra, sin embargo, Dios ha matado dos pájaros: a la ciencia materialista, y al catolicismo romano. Ambos van a morir en Lourdes. Voy a explicar por qué y de qué manera los milagros de Lourdes van a ser el Waterloo del clero romano.
Esta vieja y venerada institución no se atreve a declarar a Lourdes como artículo de la fe romana, y al mismo tiempo se encuentra, hoy por hoy, altamente comprometida a declararse abiertamente sin reticencias ni hipocresías, puesto que atribuye los milagros a la influencia y poderes de la Purísima Concepción; hemos de ver muy pronto que Roma en su agonía reconoce oficialmente a Lourdes como milagro de la Virgen, y cuando este reconocimiento tome la forma canónica y esté sancionado por la infalibilidad, hemos de ver que las aguas pierden sus virtudes y Roma se quedará abochornada, como sucedió con el cementerio de Saint Medard, en el siglo antepasado. La ciencia positiva, por otra parte, no tiene fuerzas en lo que ha dicho hasta hoy para negar a Dios y al alma, pero les sobra con las que tiene para negar con éxito las supercherías romanas.
Las razones que expone M. de Brettes para justificar el hecho de que esos milagros se efectúen con preferencia en Francia, no están bien explicadas en su conferencia con M. Naudeau. M. de Brettes no ha querido confesar que la Francia es hoy el país más materialista de la tierra. No sentaría bien en un clérigo romano semejante declaración, puesto que Roma no desea hoy otra cosa que tener de su parte a la fille aînée de l'église a la primera de las naciones latinas, a la más rica, y a la que podría poner a su disposición capitales, ejército, escuadras y un millón de hombres, dado caso de que la Francia doblara la rodilla a su santidad. Francia sería la más preciosa perla en la tiara de los papas.
Dice M. de Brettes que la prueba de que Dios ha preferido a la Francia para esas manifestaciones, es que hay enfermos que hacen el viaje a Lourdes cinco y seis veces, y que su fe permanece. No me parece que una cosa sea consecuencia de la otra; pero, en fin, que recuerde M. de Brettes que la Francia es el país de los Enciclopedistas, de Voltaire, de Diderot; que recuerde que en Francia fusilaron a un arzobispo en los tiempos de la Comuna, y que recuerde por fin que en Francia casi no hay sino materialistas y católicos fanáticos. Que recuerde que en Francia están hoy expulsando las congregaciones, y que aunque esto no sea completamente grave para Roma, prueba muy bien de una manera o de otra que la Francia es un país con quien no pueden contar abiertamente.
Por otra parte, yo creo que si Dios permite esas maravillas en Francia no es con el objeto de proteger a Roma, sino para extinguir la incredulidad que reina en este importante país. M. de Brettes es un clérigo muy discreto en lo que dice. Lo reconozco, y admiro su talento.
Ahora bien. «Un milagro, según la explicación que da el ilustre canónigo, es un fenómeno que se produce fuera de las reglas ordinarias, por la intervención directa de la Divinidad.» Eso podría negarse por los textos sagrados; pero pasemos adelante. Continúa el canónigo diciendo que las reglas ordinarias no son las reglas que rigen en el mundo. Así es como la resurrección de un muerto (según el canónigo), es menos grande que la creación de un ser humano, y la mies del campo que se produce todos los años es un milagro mayor que el de la división de los cinco panes entre 5.000 personas.
Yo, por mi parte, creo que son tan grandes el uno como el otro, pero reconozco que M. de Brettes es un pensador y, por lo tanto, le preguntaría lo siguiente:
¿Por qué Dios, en Lourdes, no puede resucitar a un muerto, siendo esto más fácil que hacer nacer el número de niños que seguramente nace allí diariamente?
¿Por qué Dios no puede curar más que un diez por ciento de los enfermos que van a Lourdes, ni reconstituir piernas amputadas, ni repartir su bien y su bondad con la misma abundancia con que Cristo dió de comer a 5.000 hombres, y con la seguridad y grandeza con que levantó a Lázaro, ya podrido, de su sepulcro, y con la certeza que Dios da la mies al campo?
No creo que esos milagros sean hechos por Dios, y si no lo son, son obra de su enemigo.
Son obra del Genio del Mal. De la entidad Demonio.
Y si fuera Dios quien los hiciera, no resultaría un diez por ciento del milagro, sino el milagro completo, pues según derrama Dios la luz del sol sobre justos e injustos, y llueve sobre buenos y malos, como dice Jesús, asimismo daría alivio y curación a todos los que se toman el trabajo de ir a Lourdes para ser curados por la gracia Divina.
Sin embargo, Roma, que desconfía mucho del milagro de Lourdes, quiere valerse de él para prolongar por más tiempo su dominio en el mundo.
El poder y el prestigio romanos están en las últimas, y Roma hace hoy alianzas con todo lo que cree que puede salvarla. Esa es su política presente.
Suponiendo que los milagros de Lourdes sean hechos por Dios con el objeto de levantar la fe católica y proteger a Roma y sus clérigos, éstos están dando ejemplo de una inconcebible ingratitud al Ser Supremo, no reconociendo esos milagros como artículo de fe; y si no, dan prueba de una gran apostasía entregándose hipócritamente a la especulación con un hecho que no creen procedente de la Divina Providencia.
Además de eso, debemos observar que esa celeste religión está recibiendo desde hace tiempo los golpes más rudos que la política del mundo puede darla. Por todas partes está perseguida. Ella cree que tiene vida eterna, pero toma sus precauciones atesorando cuanto puede por si vienen los malos días. Hoy no hay en ella sino especulación. Amor al dinero.
Esa religión querida y protegida por Dios, perdió en 1870 el poder temporal de los papas, milagro, en mi concepto, más grande que el de Lourdes; perdió anteriormente a la Inglaterra y a los países reformados; pierde su prestigio de día en día hasta el punto que la misma España, la nación más católica del mundo, quiere expulsar a sus religiosos; y sus congregaciones no saben dónde sentar el pie, pues su decadencia es manifiesta y conocida de todos. Eso sí es obra de la Divina Providencia.
¿No tiene Dios otro medio de salvarla que haciendo milagros con un diez por ciento de verdad? Si Dios quisiera restablecer la Iglesia romana en su anterior grandeza, otros medios tendría de hacerlo sin recurrir a esas cosas.
Los designios de la Providencia son otros. Más bien parece que quiere acabar con ella. En efecto, ¿Qué ha hecho el catolicismo romano en el siglo xix? ¿Qué le deben los hombres? La ruina de España. La ruina y la anarquía de las repúblicas sudamericanas. La pobreza de Italia. La decadencia actual de la Francia. Los países católicos están perdidos, pobres, ignorantes, infelices, debiles, y Roma quiere continuar dirigiendo el mundo habiendo sido un árbol que ha producido tan malos frutos.
¿Y cree Roma que Dios no ve estas cosas?
¿Cree Roma que puede continuar la adoración de huesos muertos en los tiempos presentes, y las simonías, y el comercio de almas, y la serie de iniquidades espantosas que insultan a Dios, y que cometen diariamente en el nombre de un Dios todo amor, que murió en una cruz para salvarnos?
Si yo creyera en la transmisión hereditaria de las llaves de Pedro, diría desde luego que de dos llaves entregadas a los pontífices romanos, ellos no han sabido usar sino una, y ésta es la que ha abierto las puertas del infierno y lo ha desencadenado como torrente espantoso sobre el mundo, y entre los hombres. La otra llave no han sabido usarla sino para abrirse ellos mismos las puertas de su propio cielo, que consiste en el poderío, el lujo y los deleites.
—¿Sabe usted, le dije, que habla como un clarín del Juicio final? ¿Y los milagros?
—Para comprender las cosas de procedencia espiritual hay que estudiarlas espiritualmente.
El fenómeno de Lourdes es espiritual en el fondo. Busquemos, pues, su explicación en el sentido espiritual que encierra, pues en el espíritu es donde hay que buscar las causas, y las causas no pueden conocerse estudiando los efectos; hay que proceder por el orden opuesto; buscar la causa para conocer el efecto. El hecho material que presenciamos en Lourdes, es un efecto, un hecho palpable, pero para encontrar su significación hay que buscarla en las causas que lo producen, y éstas las iremos esclareciendo poco a poco hasta que aclaremos bien lo que tenemos delante.
Como Dios no es un ser sujeto a vanidades ni a caprichos, ni es lícito suponer que haga lo que hace para ser mirado por los hombres, nos vemos forzados a convenir que los milagros de Lourdes, así imperfectos como son, han sido permitidos por Dios para que los hombres aprendamos con ellos algo que nos interesa saber.
El estudio y la observación en los tiempos presentes en la historia de la humanidad, nos están revelando que el mundo ha de cambiar de un momento a otro; que está cambiando. El canónigo de Brettes ha dicho, con mucha razón, que la crisis presente es demasiado fuerte. Que estamos en una época de agonía, de angustia, y que el sér humano implora la Verdad, cueste lo que cueste. Que es preciso que la Verdad se presente, que aparezca. El sér humano la llama a gritos, la invoca, la quiere. Una revolución moral está a la vista. Esas son sus palabras.
Todos los grandes pensadores están diciendo lo mismo. No hay quien no lo observe, y, sin embargo, mentira parece, nadie quiere darse cuenta de que estamos entrando en el gran día del Juicio final. Monsieur Brettes lo presiente.
Nadie se da cuenta de esa Verdad. Todos creen que aquel gran día está a una distancia inconmensurable de nosotros, sin advertir que lo tenemos encima.
No me sería difícil explicar las razones en que reposa ese engaño, pero, como quiera que sea, en ese gran día hay muchas cosas que están condenadas a perecer, y una de ellas es la religión católica, apostólica, romana.
El que quiera verlo claro, que lea los capítulos XVII y XVIII del Apocalipsis y se convencerá de ello; verá a esta religión tratada como una mujer vestida de oro y pedrería, con un cáliz en la mano lleno de abominaciones y un nombre en la frente: Misterium, etcétera.
Roma está condenada a desaparecer, y lo prueba su decadencia y su perdido prestigio.
Una nueva religión vendrá en que se adorará a Cristo en toda su gloria.
La gloria de Cristo va brillando más y más cada día, y el hombre observador notará que hay una gran verdad que se abre paso en medio de esta crisis, que aparece como envuelta en nubes, pero que cada día se ve más clara.
Esa es la nueva religión. La verdad cristiana en toda su pureza.
—¿Y el Antecristo?... me atreví a preguntar.
—Aquí es donde vamos a encontrar la solución del misterio de Lourdes; pero antes es necesario saber quién es el Antecristo.
El Antecristo no es un guerrero (como se ha dicho), que ha de venir del Oriente con grandes ejércitos cual otro Atila, a destruir la religión católica, apostólica, romana. Eso es un absurdo. No se necesita tanta fuerza y aparato semejante para destruir una institución que ya a estas horas está agonizando.
Cuando sepamos quién es el Antecristo, hemos de verlo cara a cara tal cual es; pero antes de desenmascararlo es conveniente que oigamos algunas palabras de los apóstoles, y especialmente de San Pablo, que lo tiene bien apuntado con el dedo.
Oigamos a San Pablo, hablando del Juicio final:
«No os engañe nadie en manera alguna; porque no vendrá aquel día sin que venga antes la Apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición.
El que se opone y se levanta sobre todo lo que se llama Dios o es adorado; tanto que, como Dios, se asienta en el templo de Dios, haciéndose parecer Dios, ¿No os acordáis que cuando estaba con vosotros, os decía esto?
Y vosotros sabéis qué es lo que impide ahora para que a su tiempo se manifieste. Porque ya se obra el misterio de iniquidad: solamente que el que ahora impide, impedirá hasta que sea quitado del medio.
Y entonces será manifestado aquel inicuo, al cual el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con la claridad de su venida.
Aquél cuya venida será, según la operación de Satanás, con toda potencia, y señales, y milagros mentirosos.
Y con todo engaño de iniquidad obrando en los que perecen.»
(II de los Tesalonicenses. Cap. II, 3-10.)
El Antecristo es La Muerte.
La muerte es un ser invisible, un espíritu malvado que habita en el mundo y que no desea ni hace otra cosa que trabajar por separarnos de la tierra. En otra Epístola de San Pablo, hablando también del Juicio final, dice lo siguiente:
«El postrer enemigo que será destruído es la muerte.»
(1a. de Corintios XV, 25.)
Ese hombre invisible es el hombre de pecado, el hijo de perdición de que habla San Pablo.
Nosotros no hemos visto en la muerte sino el fenómeno natural con todos sus horrores, pero no hemos visto la causa de ese fenómeno. Vamos a verla.
Si los hombres no pecaran nunca, ese hombre invisible no podría entrar en nosotros y habitar en nuestro cuerpo, pues el hombre no fué creado por Dios para morir como se muere, sino para transformarse de otra manera, y si fuéramos justos y no pecáramos nunca, seríamos al mismo tiempo inteligentes, sobrios, precavidos, y ese inicuo hijo de pecado y perdición no encontraría ocasiones de sorprendernos con su cortejo de enfermedades sucias y dolorosas y asquerosas que prepara con astucia en nuestro cuerpo, destruyendo nuestro organismo y arrebatándonos antes del tiempo en que nuestra transformación, semejante a la crisálida que se transforma en mariposa, hubiera de efectuarse. La muerte se desencadenó entre los hombres por medio de Caín, primer homicida en el mundo (la de Corintios XV, 21).
Ese hombre invisible, con la astucia que lo caracteriza, se ceba también en los animales, pero no con tanto celo como en los hombres, y por eso las enfermedades son menos frecuentes en ellos. Sabido es que los espíritus entran en los animales como entraron en los puercos que Jesús expulsó del loco de los sepulcros. (Marcos V, 13.)
La muerte tiene dominada a la humanidad por el miedo, el espanto, el terror.
La muerte vino al mundo por Caín.
El que quiera abrir una Biblia, encontrará un pequeño diálogo entre Caín y el Eterno, que ya sabía que Caín había de asesinar a Abel.
El Eterno le dice lo siguiente:
Si hicieres bien, ¿no serás aceptado? Mas si no hicieres bien, el pecado está a la puerta. Y a ti estará sujeta su voluntad y tú serás su señor. (Génesis IV, 7.)
Quiere decir que el pecado está obligado a hacer la voluntad del genio homicida. El pecado, pues, abre las puertas a la muerte.
Caín fué el primer homicida que hubo entre los hombres, y su espíritu ha dominado a la humanidad entera desde entonces acá.
Jesucristo vino al mundo precisamente para deshacer la obra de la muerte. Él no padeció jamás enfermedad, porque nunca pecó, ni tampoco murió de lo que llaman muerte natural, porque le mataron, y para revelarle a los hombres la gran mentira de la muerte, resucitó con su cuerpo y apareció varias veces después, delante de más de 500 personas, según el Nuevo Testamento. (la. de Corintios XV, 6.)
Los cristianos de la iglesia primitiva sabían estas cosas (ya olvidadas), y por eso vemos en los crucifijos el cráneo y los huesos debajo de los pies de Jesús. Es una tradición que viene desde entonces. El espíritu de la muerte puede entrar y salir en el cuerpo del pecador si así le conviene. Su puerta es el pecado, como le dijo el Eterno a Caín, y el pecado hace su voluntad.
Las enfermedades de los hombres son pecados funcionando en un organismo humano. Es lo que querían decir los apóstoles cuando decían que «todo pecado engendra la muerte.» La enfermedad es la materialización de un pecado. Se abriga en la carne.
La lepra (enfermedad incurable hoy), la curaban los sacerdotes de Leví con ritos y ceremonias religiosas que Jehova mismo reveló a Moisés.
Jesucristo les decía a los enfermos que curaba: «tus pecados te son perdonados»; y otras veces: «vete y no peques más». La enfermedad es efecto del pecado, que se anida en la carne y la destruye.
La muerte (el hombre invisible), se burla de los doctores y sus drogas.
Los milagros operados por reliquias, huesos de muertos, tierra de sepulcros, aguas encantadas, etcétera, son milagros de hombre invisible, de Caín, que como dice San Pablo, se sienta en el templo de Dios, haciéndose parecer Dios.
Ahí lo tenemos en Lourdes, subido en los altares y realizando milagros mentirosos.
Cuando ese hombre invisible, a quien la enfermedad obedece, no ha llegado todavía a destruir alguno de los órganos indispensables de la vida, la curación se opera con sólo retirarse del cuerpo enfermo, como sucede con las enfermedades nerviosas, parálisis, reumatismo y todas las enumeradas por M. Darieux en su entrevista con M. Naudeau. Pero cuando se ha destruído uno de los órganos indispensables del organismo, el hombre invisible no puede reconstruirlo, porque al infierno no le es dado crear sino matar.
Esa es la razón porque en Lourdes no se pueden ver muertos resucitados, ni piernas reconstruidas, y que las famosas aguas no pueden curar sino un diez por ciento de los enfermos.
Algunos de los que se curan tienen apariencia de muy enfermos, pero no lo están en realidad. Si fuera posible hacerles una autopsia, se encontrarían sus órganos enteros todavía, aunque enfermos muy graves en apariencia.
Milagros semejantes a los de Lourdes se han visto y se ven en todas partes del mundo, con todas las religiones; en el siglo pasado, cuando la muerte del diácono jansenista François de París, se vieron las mismas maravillas en el cementerio de Saint-Médard, hasta el punto que se tuvo que cerrar por orden del rey. Las curaciones eran idénticas.
La ciencia moderna ha dado un paso muy importante, descubriendo que las enfermedades son ejércitos de animales microscópicos destruyendo un organismo humano. Muy bien. Ya se empieza a ver que en la muerte hay un principio de vida. Lo único que falta es descubrir al capitán de esos minúsculos ejércitos. Ese es el hombre invisible, el genio de destrucción que está en nosotros y que en todas partes se ha sentado en los altares haciéndose pasar por Dios. En el antiguo Egipto, bajo la forma descarnada de Isis; en la Caldea, como un pez enorme; entre los negros de Africa, como un cocodrilo; en China, como un dragón, etc., etc.
Los hombres de todos los países y en todos tiempos, aterrados por el espectáculo de la muerte con su espantoso estado mayor de enfermedades y terriblezas, le atribuyó a la muerte poderes divinos y suprema omnipotencia.
No pudiendo imaginarse a ese Dios sino bajo aspecto horroroso, creyeron ver su símbolo en animales espantosos, como cocodrilos, serpientes y otras fieras asquerosas que realizaban en ellos la idea de la potencia destructora. De aquí viene el origen de aquellas idolatrías que tan salvajes nos parecen hoy. Pero no nos hagamos ilusiones; nosotros mismos, los civilizados del siglo xx, somos víctimas de los mismos errores, pues si es cierto que no adoramos serpientes ni dragones, veneramos como dioses encarnados a aquellos de nuestros semejantes que mejor han sabido matar hombres en grandes cantidades. La muerte nos engaña de mil maneras para echarnos fuera del mundo. Hoy se ven naciones que se despueblan por los vicios y la corrupción. Esa es su obra. Por último, los milagros de Lourdes son milagros del inicuo invisible, traídos por el infierno y permitidos por Dios para que sepamos que hay un más allá que no vemos con los ojos, pero desde donde se dirige la máquina del mundo.»
Me despedí, no sin cierta inquietud.
Era ya la noche.
Un tranvía eléctrico pasó ante mi vista. Subí y partí.