CATULLE MENDÈS
UANDO comencé a dar a mis ansias artísticas, hace ya cerca de veinticinco años, los nuevos rumbos que habían de traerme en América y en España tantos amigos y enemigos—«todo buena cosecha»,—uno de mis maestros, uno de mis guías intelectuales, después del gran Hugo—el pobre Verlaine vino después—fué el poeta que de modo tan horrible ha muerto, tras de vivir tan hermosamente: Catulle Mendès. Su influencia principal fué en la prosa de algunos cuentos de Azul; y en otros muchos artículos no coleccionados y que aparecieron en diarios y revistas de Centro América y de Chile, puede notarse la tendencia a la manera mendeciana, del Mendès cuentista de cuentos encantadores e innumerables, galante, finamente libertino, preciosamente erótico. Mi admiración se exteriorizó en un soneto:
Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura;
Puede regir la lanza, la rienda del corcel;
Sus músculos de atleta soportan la armadura...
Pero él busca en las bocas rosadas leche y miel.
Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura,
La carne femenina prefiere su pincel;
Y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura
Agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.
Canta de los oarystis el delicioso instante,
Los besos y el delirio de la mujer amante,
Y en sus palabras tiene perfume, alma, color.
Su ave es la venusina, la tímida paloma.
Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma
En todos los combates del arte o del amor.
Mi admiración fué siempre la misma, aun después de la nueva moda de revisar valores. Siempre le tuve por un admirable artífice de la palabra y por un espíritu alta y elegantemente romántico. Fué uno de los pajes predilectos del emperador de la Leyenda de los Siglos. Cuando la muerte de Gautier, cuya hija Judith fué la primera esposa de Mendès, Víctor Hugo escribió a éste:
«Hautevill-Housse, 23 Octobre 1872. 5 heures du soir.—C’était prévu et c’est affreux. Ce grand poète, ce grand artiste, cet admirable cœur, le voilà donc parti! Des hommes de 1830 il ne reste plus que moi. C’est maintenant mon tour. Cher poète, je vous serre dans mes bras. Mettez aux pieds de Mme. Judith Mendès mes tendres et douloureux respects.»
Alma muy 1830, queda hasta su último día la de Mendès. Yo no le traté personalmente, y vale más. Le ví muchas veces en París, y sobre todo en su café preferido, el Napolitain, donde, alrededor de una mesa, a la izquierda de la entrada, se reunen todas las tardes a conversar y tomar aperitivos unos cuantos hombres de letras y periodistas. Allí reinaba Mendès, teniendo a su lado a un gran amigo suyo, Courteline. Vi algunas ocasiones a Moreas, entre otros comediógrafos, poetas y cronistas. Una tarde vi también que llegó a buscar a su marido Madame Jane Catulle Mendès, bella, elegante, muy «parisiense.» Su marido, apartando un poco el guante, descubrió el rosado puño de su mujer y le dió gentilmente un beso. Ella, poco tiempo después, recuerdo que publicó un lindo tomo de poesías, en que en plausibles estrofas se manifestaba muy enamorada de él. Los versos eran exquisitos. No pasó mucho sin que ocurriese la separación de los cónyuges. Esto, en París, es muy sencillo.
Era ese poeta amable, de noble continente y gestos de hombre «nacido». Y era israelita. Nació dotado de gran belleza. Se cuenta que cuando llegó a París, muy joven, una noche, al presentarse en un palco, acompañado de su madre, llamó la atención su rostro de príncipe de cuento.
Fué un bizarro conquistador de amores. Hizo poética su vida. Hasta sus últimos años tenía, en un cuerpo ya cargado de edad, el alma fresca. Su muerte ¿un suicidio? Imposible. Anacreonte muere de otra cosa. Si la existencia no tuviese esos golpes violentos, debidos a una misteriosa lógica absurda, Mendès debió morir académico. Aunque más peligrosa a la blancura de los azahares, si su obra, allá en los primeros pasos, le llevó a la cárcel, como a Richepin, no tiene la brutalidad del Turiano. Y de seguro Mendès no hubiera escrito Père et mère... En cambio, Zo, Lo y Jo, sus antiguas figuritas predilectas, antecesoras de todas las Claudinas, hubieran concurrido a oir el discurso de recepción bajo la Cúpula.
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Era el poeta. Su crítica, sus cuentos, sus dramas, sus novelas, eran de poeta. A todo le daba valor armonioso. Puede decirse que no tenía creencias religiosas o que las tenía todas bajo el imperio de la poesía. Ese judío escribió páginas inefables, no sin el inseparable perfume venusino, en el Evangelio de la Santísima Virgen y en Santa Teresa. Todas las teogonías tenían para él, como para todos los poetas, los prestigios del misterio, del símbolo, del mito. Su inspiración vuela por todas las latitudes. Ya comprende e interpreta, desde sus primeros poemas, el encanto nórdico, explorando las brumas y las nieves del país en donde suavemente y fantásticamente brilla el sol de media noche, y hace dialogar a Snorr y Snorra; ya su pasión wagneriana, tan sólo superada en él por su pasión hugueana, le hace escribir una exégesis poemática de la obra del Thor musical, y novelas como aquella en que narra a su manera la legendaria vida del Rey Virgen; ya con su Hesperus flota en el mundo de Swedenborg, o con Panteleia crea una música astral y deliciosa. Como su dios Hugo, él tenía toda la lira, aunque más pequeña, y también sabía agregar la cuerda de bronce.
Tenía un admirable don de asimilación, y, voluntariamente, o por sugestiones sucesivas, dejó en su obra numerosa algo que hubiera firmado Hugo, algo que se confundiría con lo de Gautier, con lo de Leconte de L’Isle, con lo de Banville, con lo de Heredia. Es cierto que él perteneció, y se glorió siempre de ello, a la familia parnasiana, que se desarrolló bajo el ramaje del patriarcal Roble romántico.
El fué bondadoso con los poetas que vinieron después de su generación. No careció de enemigos, ésto conforme con su mérito. Mas da a quien lo merece el justo elogio con sus crónicas, y en su voluminoso trabajo sobre la poesía francesa en el siglo XIX, que escribió por encargo oficial.
Lo que nunca pudo ver con buenos ojos ni oir con benévolas orejas fué el verso libre. Que no le hablasen del verso libre. Y eso, siendo como era un gran conocedor de secretos musicales, un wagnerista, y habiendo escrito en prosa rítmica y rimada los más encantadores «lieds de France». Es una joya ese librito, en el que a los lieds de Mendès viene unida la música de ya no recuerdo cuál joven autor parisiense.
De todas las artes es la música la que más se compadece con la mentalidad israelita, y este poeta tenía la facultad musical en el verbo, que en el pentágrama tuvieron y tienen muchos artistas de su raza.
Yo admiro el buen tino del padre de Mendès que supo comprender desde la niñez de su hijo la verdadera vocación. ¿Qué digo tino? Debo decir don de profecía, pues si le impulsó a las letras en lo fragante y primaveral de su ensoñadora juventud, vió desde la cuna el laurel verde y así le llamó con nombre de poeta. El padre de Chapelain fué menos avisado, y su cosecha fué, como dicen los franceses, plutôt maigre.
Era el poeta. Un poeta pagano, alerta siempre, que sabía amar con elegancia y lirismo las mujeres y el vino; por lo cual debe haberle encantado el consejo luterano que leyera inscrito en letras góticas en las cervecerías alemanas, cuando, en sus días de estudiante, cantara en Heidelberg el Gaudiamus igitur después de los salamander, en los coros de escolares teutónicos. ¡Gentil epicúreo! Casi septuagenario, se regalaba con primicias ofrecidas por la Fama y por la Voluptuosidad. Su primera esposa era una musa; se separa de ella y se consuela con otra musa adoradora de Wagner como él; en seguida, su esposa es musa también; se separa de ella y se consuela con la amistad de una bella cortesana de letras.
Es muy de París, como hubiera sido muy de Atenas. Con sus corbatas de seda blanca y fina bajo su cuello doblado, con su en bon point, con sus cabellos entre plata y oro, su cara de Cristo satisfecho, con su indumentaria, si no de dandy nunca descuidada, me parecía más joven que todos los que a su rededor se congregaban, más joven que el mismo Moreas, tan lleno de juventud, y desde luego más joven que otros amigos jóvenes, pero de espíritu y corazón matusalénicos.
Luego se batía por cosas de arte y de poesía, defendía a sus maestros y daba la sangre por sus ideas estéticas. Un escritor y conferenciante, ya difunto, le agujereó el vientre en una de esas bizarras cyranadas.
Sabía latín bien; debe haber sabido griego, pues hizo muy buenas humanidades; el alemán debe haberle sido familiar, puesto que cursó en Alemania estudios universitarios. En cuanto a su español, si nos atenemos a las citas que alguna vez hiciera, y a los nombres estrafalarios de ciertos personajes de su Santa Teresa, debe haberlo conocido y hablado como un cisne francés...—No debe haber existido la tradición sefardita en su familia paterna—desde luego su madre era cristiana, según tengo entendido. Si no, ya hubiese parlado un sabroso castellano viejo, como el que habla el doctor Nordau; y si no, portugués.
Como crítico, siempre manifestaba para toda obra extranjera el parti pris, el modo de ver francés. Sus funciones de crítico teatral en el Journal parisiense fueron arduas. El hijo del judío rico, en sus últimos años, que debían haber sido de rentas y reposo relativo, tenía que trabajar como un negro para llenar sus necesidades de gentleman y de mundano. Porque era poeta con renombre de bohemio, el amigo de Glatigny y su resurrector, y el cliente del Napolitaine lo era también de Ritz y comía—como comió la noche de su muerte—en casa del banquero Openheimer.
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Sobre el movimiento literario contemporáneo francés tuvo ciertas expansiones, hace algún tiempo, con un escritor que fué a conversar con él a ese respecto. Creo que Mendès vivía en ese tiempo en la calle Boccador, frente a la Legación de Nicaragua. El visitante pinta su gabinete de trabajo, lleno de libros, y en el que resalta, dignamente enmarcado, un autógrafo de Hugo, «La siesta» de El arte de ser abuelo. Y habla del poeta, que se presenta sonriente y casi joven:
«M. Mendès ha visto morir el romanticismo, desenvolverse los destinos del Parnaso, nacer y morir el simbolismo; pero los años no le pasan, sobrevive a todos los naufragios alerta y alegre.»
Y Mendès da su opinión sobre la literatura francesa contemporánea. Para él no hay nada nuevo. Por otra parte, que se lea su «Rapport sur la Poesie». Con justicia se sulfura contra las escuelas. ¿Acaso había antes escuelas?, dice. «Hugo siempre negó haber fundado una escuela; en todos sus prefacios se acordó de protestar. El Parnaso no es tampoco una escuela. Era una agrupación de amigos que se estimaban y que trabajaban juntos; pero nuestras tendencias eran tan poco comunes, que nada se parece menos a la obra de Heredia que la de Coppée, a la de Sully-Prudhomme que la mía...»
Y luego:
«Cada poeta hace su obra como puede, como lo entiende, lo menos mal posible. Eso es todo. La escuela simbolista, la escuela romana, la escuela naturista, grupos sistemáticos y artificiales, ¡qué tontería! ¡Vedlos! Pasan su vida redactando proclamas y olvidan hacer obras.—No hay nada nuevo después de los prefacios de Cronwell y de Hernani. Todavía viven de eso todos; los comentan, los discuten, los niegan; pero es alrededor de ellos que se baten.»
Y el poeta se expresa poco amable con las técnicas nuevas. Los poetas jóvenes creen encontrar a cada paso un nuevo camino; pero siempre siguiendo las huellas de sus antecesores.
«Hacen ahora tragedias clásicas. ¿Y por qué? Porque yo he hecho Medea. Así se grita: ¡renacimiento clásico! Pero si yo tenía derecho de hacer Medea sin ver en ese asunto más que un motivo interesante de teatro. Entonces, porque he escrito El hijo de la Estrella se deberá clamar: ¡renacimiento bíblico! No. Cada poeta es libre de ir a extraer su inspiración de donde bien le parezca, sin que se pueda interpretar ese esfuerzo particular como una tendencia general. Corneille ha hecho tragedias griegas y tragedias españolas. Todos los asuntos son buenos; sólo el talento del poeta les da valor.»
Y cuenta que un día un amigo de Alejandro Dumas lo invitó a comer, ofreciendo darle «un excelente asunto para una pieza». Dumas fué a la comida, y preguntó a su amigo, que quizá sería el mismo Mendès:—¿Y ese asunto?—Es éste: un joven y una joven quieren casarse; pero el padre no quiere. En efecto, afirma el poeta, con eso hacéis El Cid, sólo que depende del modo que esté tratado el asunto.
Tenía sus admiraciones especiales: Rostand, Madame de Noailles. Con todo y no creer en los nuevos poetas, siempre estaba pronto a dar buenos consejos y a alentar a los que a él se acercaban. M. Saint-George de Bouhelier le debe mucho de su renombre.
Y con buenos lustros encima, era un formidable laborioso, pues teniendo a su cargo la crítica teatral de un diario parisiense, y casi la dirección literaria del mismo, tenía tiempo para hacer vida social y escribir dramas, comedias, cuentos, novelas, todo lo imaginable. Su pegaso estaba enyugado, como el de la poesía de Schiller y el del dibujo de Retzsche. Pero, de pronto, quedaba libre, y de un solo lírico impulso se elevaba al azul.
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Con motivo de su muerte se han repetido los ataques que la murmuración, con razón o sin ella, propagaban en su contra. Hemos quedado en que nadie es perfecto en la tierra. Los defectos que se le achacan, los pecados que se le critican, los tienen en el mundo infinitos fulanos, sólo que en él si existieron, como parece muy probable, resaltan más al brillo de su talento, al resplandor de su obra, que si no durará ha tenido su triunfo de belleza. Pero a veces la crítica aparta el prestigio de los dones singulares y se empeña en medirlo todo con igual rasero. Poco científico y poco justo. Cartouche no es Benvenuto Cellini, y Soleilland no es César Borgia.