EUGENIA DE GUÉRIN
ERVOR, veneración casi religiosa, devoción que casi va a la plegaria; he ahí lo que profesa a la dulce hermana de Mauricio de Guérin el piadoso y patriota conde de Colleville. Para él, Eugenia es una santa que a la diestra de Dios está en el Paraíso entre los santos.
No sin razón asegura que en Inglaterra tiene aquella lilial mujer muchos admiradores; Mauricio espera que ha de canonizarse a Eugenia, pues es de aquellas que el Soberano Pontífice honra profundamente. ¿Se quieren milagros? ¿Qué milagros mayores que la conversión de su hermano Mauricio y la de Barbey d’Aurevilly? El conde católico está en su razón. Por lo que respecta al nombre, será lindo en el santoral: Santa Eugenia de Guérin, virgen. ¿Y por qué no mártir? ¿No sufrió lo inexpresable en su vida de penar, por sí, por su hermano, por los tristes y los pobres todos? La obra que le ha consagrado el conde de Colleville pudiera decirse que pertenece a la hagiografía. Con justicia Coppée cree percibir, por las flores recogidas en el jardín de la doncella, un olor de santidad. El personaje no puede ser para Coppée más simpático.
Ha tenido desde sus primeros años una hermana que le consagró su vida, que ha sido todo para él... «ce qui m’émeut plus que tout, ayant vécu auprè d’une excellente sœur qui ne me quitta jamais...» Pues el amor de Eugenia para Mauricio era todo el amor, ternuras de madre, suavidades de esposa, cuidados sacerdotales, todo en un ambiente de Leyenda Dorada, impregnado de perfume bíblico, y más que bíblico, cristiano. Eugenia era un espíritu. Creyérase que la fisiología no tenía que ver con ella. Nada manifiesta del niño enfermo y doce veces impuro... Tanto alejamiento de lo terreno explica la adoración que por ella sienten sus devotos. Sobre todo si se la compara con la alta dama de hoy, en quien las principales preocupaciones son principalmente mundanas y sportivas. M. de Colleville no deja de señalar a este respecto las respetables excepciones: Madame de Mac-Mahon, Mme. de Cureville, la baronesa de Puille, Mme. de Saint Laurent, Mme. de Brigde, Mme. de Boury, «todas las que batallan por Dios y por la patria». Eugenia, es verdad, tenía poco de combativa. Era una monja sin hábito. Dios la llamó. Con tanta más razón que no era bonita. Como no tuvo devaneos ni pasiones amorosas, toda su femenina facultad se concentró en su hermano, y ese ardor sororal fué al propio tiempo la delicia y la amargura de su existencia. Colleville la define: «el perfecto modelo de la fille de race, absolutamente virtuosa y cristiana, ella es a la vez de una distinción acabada, de una educación exquisita, habla una lengua divina, y esta artista maravillosa hace ella misma su cocina, hila en su rueca, socorre a los enfermos, visita a los moribundos. Es leyendo a Platón, Fenelón, Bossuet, Corneille, cuando ella descansa de las tareas del hogar, es enseñando el Catecismo a los pobrecitos, hablando de Dios a los vagabundos, cuando ella emplea la lengua más noble y más sencilla del siglo XVII».
Tal arcaismo de expresión da en efecto a los escritos de Eugenia de Guérin un aire suranné, que le sienta a maravilla y le da el aspecto de otra edad, de tiempos más puros o menos contaminados que el siglo XIX en que escribiera.
Los Guérin son de origen veneciano. Guarini. La suntuosa Venecia de la más bella de las épocas reaparecerá en el paganismo íntimo del autor del Centauro, que debe haber amado como artista la Anadiómena de las ciudades. Mauricio y Eugenia, bajo el amparo de Dios, formaron la pareja perfumada de virtud casi angélica, que con los soplos del diablo y en los antiguos existires venecianos se habría transformado en una de aquellas locas llamaradas de incestos patricios que enrojecen las crónicas del tiempo. La noble ascendencia llega hasta ella diluída en fe religiosa y en caridad columbina. He dicho que no era linda; mas sus biógrafos hacen resaltar su distinción innata y su sencillez de casta flor. Paréceme en su cultura discreta y exquisita, nutrida de vidas de santos y de filósofos dulces. Cuando tenía catorce años, al despertar de la juventud, momento crítico en las niñas, ella «era entonces primitiva y casi ignorante, pero dotada de una bondad suma, como Francisco de Asís; amaba las bestias y conversaba con los pájaros». Es muy otra que Jacqueline Pascal. No ha nacido para las humanidades. Creo que no sabe griego ni latín; mas podría conversar con su hermana la alondra y su hermano el ruiseñor. Su fina lengua sabe, como muy pocas, alabar a Dios. Diríase que en ella no existe sexo. Y la facultad maternal que pudo tener se deriva toda en la pasión de su hermano, a quien trata como a un hijo, como a un esposo, como a un amigo.
Encanta esa vida gentil. La jovencita aprende a leer en la Imitación de Jesucristo y en San Francisco de Sales. Y ella enseña a su hermano menor, a su predilecto fraternal, a leer y a rezar, y a sentir la hermosura de la naturaleza, todo con una tendencia divina. Es matinal como las aves del bosque. Se complace en cultivar su inteligencia, pero se dedica asimismo a los trabajos de la casa. Dice sus oraciones, se pasea por el campo, visita a los enfermos.
En el dominio familiar del Cayla lleva una vida de «año cristiano». Un día escribirá a Mauricio estas palabras: «Sacarme de aquí es como sacar a Paula de su gruta; es preciso que sea por ti que yo pueda dejar mi desierto, por ti por quien Dios sabe que iría al extremo del mundo. ¡Adiós al claro de luna, al canto de los grillos, al glú glú del arroyo! Antes tenía también al ruiseñor; mas siempre algún encanto falta a nuestros encantos. Ahora nada, sino mi plegaria a Dios y el sueño.»
La prosa de la mujer amable y predestinada se desliza a modo de un agua de fuente. Es transparente, cristalina. Bajan a ella—se pensaría—a beber los corderos del amor divino, los corzos blancos de la caridad. Mauricio, que empieza la vida al claror de esa alba, no ha de olvidar nunca tanta candidez celestial, a pesar de las tempestades de París y de las tempestades de su propia alma de artista, en que palpitan violentos los jugos de la tierra.
Deseaba la hermana estar siempre al lado del hermano, y asistía a sus clases, hasta a la de latín; «cela m’aidera à comprendre mes offices», decía ella: ¡Cuan lejos del cotillón y del bridge! Por su parte, Mauricio, se manifestaba castamente enamorado de Eugenia.
Hélas! le monde entier sans toi
N’a rien qui m’atache à la vie.
«El sentimiento que inspiraba a Pablo estas palabras para Virginia, no era más sincero que el mío.» En efecto, son dos almas que se aman de amor, excluyendo toda sombra de malicia o pecado. Ella se aplica hasta a tareas de lavandera, evocando para el caso a Nausica, Santa Catalina de Sena y a las princesas de la Biblia. A los veinte años, sin belleza, es, sin embargo, atrayente. Lamartine ha dejado de ella un agradable retrato en que hace notar «el contorno armonioso del rostro» y «el talle esbelto y flexible que hace resaltar las formas del cuerpo». Toda ella se consagra a la devoción y a las prácticas religiosas. A la devoción, a las prácticas religiosas y a su hermano. Escribe versos inocentemente románticos. Y cuando la tristeza la invade, tiene el remedio de la oración. Los tempranos desencantos de Mauricio la hacen sufrir, y no cesa de darle, por lo tanto, buenos consejos. Él, soñador, como todos los de su tiempo, está enfermo de lo que se llama en estos momentos «el mal del siglo». Ella desearía verle dedicado a la carrera religiosa, confesarse con él, como la madre de San Francisco de Sales se confesaba con su hijo. Y luego, él tiene que ir a París. ¡París! ¡El pecado, la corrupción, el campo del demonio! Y deja Mauricio el Cayla y parte a la gran ciudad a continuar sus estudios. Comienza a escribir en los periódicos, se une a su maestro Lamennais, y cuando Lamennais se insurge contra la autoridad papal, Mauricio comparte sus opiniones, cosa que desola a Eugenia. Esta, entretanto, escribe sus admirables cartas y su Diario. Este libro es tenido como uno de los más bellos producidos por un cerebro femenino. Es un breviario ideal para las ascensiones espirituales. «Jamás su prosa deja ver el esfuerzo, dice Colleville; escribe con una naturalidad y una facilidad maravillosa, canta como el pájaro, naturalmente, así su pensamiento, se impone victoriosamente, nos seduce y nos penetra de esa religión que lo vivifica.»
La publicación de esa obra excelente se debe a Barbey d’Aurevilly y a Tributien. «No sé por qué, dice ella, en mí el escribir es como en la fuente correr.» La vida de su hermano en París la inquieta. Sobre todo, sus decaimientos de fe. Comenzaba a aparecer en Mauricio el despertamiento pagano. Pan se le había revelado y su oído oía en la sonora tierra el galope del antiguo centauro. Piensa su hermana en casarlo. Él se enamora de Mlle. de Bayne, pero le rehusan la mano de tal señorita. Enfermo, retorna al Cayla, en donde se repone.
Vuelto a París, un nuevo amor le consuela, y logra casarse con una joven originaria de Batavia, que le adora. Pero la tisis ha hecho presa ya de él.
Así regresa al dominio paterno. Eugenia, estoicamente cristiana, viendo perdido el cuerpo, se dedica más que nunca a la cura del espíritu. Logra su objeto y muere Mauricio en la absoluta fe católica. Ella continuará hablando con el ausente, con quien espera juntarse por siempre en la inmortalidad. «Del Calvario al cielo el camino no es largo. La vida es corta, y ¿qué haríamos de la eternidad sobre la tierra?»
Su pensamiento no se separará nunca de su hermano. «Él y yo eramos los dos ojos de una misma frente.» No cesará de rezar por él, de encomendarlo a Dios. «Bueno es llorar, pero no sin la plegaria. La plegaria es el rocío del purgatorio.» Luego, continuará su misión de dulcificadora de almas, con Barbey d’Aurevilly, íntimo amigo de Mauricio. Del dandy byroniano y un tanto satánico que era entonces el Condestable, hizo ella el paladín católico, el caballero de la Iglesia. «Es, pues, dice Colleville, un hecho, que el novelista, el crítico, el pensador, ha sido después de su conversión el servidor más decidido y más convencido de la Iglesia romana, y que es ciertamente a Eugenia a quien se debe esa milagrosa conversión.»
El dolor que le causó la pérdida de su hermano hízola hasta pensar entrar en religión; mas su deber de hija le impidió realizar esos propósitos. Y así bien queda la frase del crítico inglés en que la llama la Antígona cristiana. «Sin mi padre yo iría tal vez a juntarme con las hermanas de San José a Argel. Al menos, mi vida sería útil. ¿Qué hacer ahora? Mi vida la había entregado a ti, mi pobre hermano. Tú me decías que no te dejara nunca. En efecto, he permanecido cerca de ti hasta verte morir. ¿Qué voy a buscar ahora en las criaturas? Reposar en un pecho humano, ¡ay! Yo he visto cómo nos lo quita la muerte. Mejor apoyarme, Jesús, sobre vuestra corona de espinas. ¡Cuántas veces he soñado ser hermana de caridad para encontrarme cerca de los moribundos que no tienen ni hermana ni familia! Hacer veces de todo lo que les falta de amoroso, cuidar sus sufrimientos y hacerlos volver el alma a Dios. ¡Oh, bella vocación de mujer, que a menudo he envidiado! Pero ni esa ni otra: todas están cortadas.»
Y en otra parte:
«No comprendo cómo las mujeres que no tienen piedad no mueren todas locas. ¿Qué llegar a ser bajo tantas impresiones destructoras? Todo nos es hierro y fuego, nos rasga o nos quema, pobres mujeres que somos.»
En verdad, es una santa. El tota in utero se convierte toda en espíritu. Para ella no existieron los goces de la carne. A su hermano tocaron las tempestades de la duda, las negruras de la incertidumbre y la furia misteriosa de los sentidos, la savia pánica. «Yo he anudado mis brazos alrededor del busto del centauro y del cuerpo del héroe y del tronco de las encinas. Mis manos han tocado las rocas, las aguas, las plantas innumerables y las más sutiles impresiones del aire.» Sobre la floresta sonora en que Mauricio se compenetra con el monstruo divino, como la paloma blanca de las leyendas sagradas, el alma de Eugenia voló al cielo.