MARIANO DE CÁVIA
L Ayuntamiento de Zaragoza, «la heroica», ha acordado rendir un homenaje de admiración a Mariano de Cávia, porque si no lo sabéis, sabedlo: Mariano de Cávia es aragonés como la virgen del Pilar y como la jota.
La noticia de ese homenaje ha tenido en toda España la mejor acogida y se ha aplaudido con todo entusiasmo. Mariano es muy admirado y muy querido. Se juntan en su caso las dos cosas del verso de Musset:
Être admiré n’est rien: l’affaire est d’être aimé.
Es el caso rarísimo de un hombre de talento sin enemigos. A través de la política, en su faena de periodista ha pasado sonriendo sin que le hayan rasgado las carnes los garfios salientes de los zarzales de los partidos. Siempre ha estado al alcance de su pensamiento una idea generosa que su pluma ha servido con buen humor y con gallardía. Su estilo ameno, ductil y elegante, es la transposición de su persona. Su cultura es varia y su don de oportunidad incomparable.
«Es único—dice El Imparcial—. Humanista y culto, a la manera de hombres insignes del siglo XVII y de muy contados de días posteriores, trajo al periodismo español, en pleno fragor de luchas políticas, una renovación de orientaciones y de ambiente. Su humorismo, castizamente español, burlón sin encono, ridiculizador sin acritudes, no tiene en el periodismo español más precedente ni semejante que el de Fígaro.»
Algunas veces se notará en su prosa cierta acidez, pero ella no es dañosa ni aun para aquellos a quienes va destinada. Es una acidez de manzana, de fruto sabroso. Tan castizos como él hay pocos, y, sin embargo, aparece libre de la hiperlogia española, de la elocuencia. Su discurrir es culto al propio tiempo que sencillo; en él va la alusión para los refinados, la reminiscencia para el erudito y la frase llana para el pueblo. Es el perfecto periodista.
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Ya he dicho en otra ocasión mi pensar respecto a eso del periodismo. Hoy y siempre, un periodista y un escritor se han de confundir. La mayor parte de los fragmentarios son periodistas. ¡Y tantos otros! Séneca es un periodista. Montaigne y de Maistre son periodistas, en un amplio sentido de la palabra. Todos los observadores y comentadores de la vida han sido periodistas. Ahora, si os referís simplemente a la parte mecánica del oficio moderno, quedaríamos en que tan sólo merecerían el nombre de periodistas los reporters comerciales, los de los sucesos diarios, y hasta éstos pueden ser muy bien escritores que hagan sobre un asunto árido una página interesante, con su gracia de estilo y su buen por qué de filosofía. Hay editoriales políticos escritos por hombres de reflexión y de vuelo, que son verdaderos capítulos de obras fundamentales—y eso pasa.
Hay crónicas, descripciones de fiestas o ceremoniales, escritas por reporters que son artistas, las cuales aisladamente tendrían cabida en libros antológicos, y eso pasa. El periodista que escribe con amor lo que escribe no es sino un escritor como otro cualquiera. Solamente merece la indiferencia y el olvido aquel que premeditadamente se propone escribir para el instante palabras sin lastre e ideas sin sangre. Muy hermosos y muy útiles y muy valiosos volúmenes podrían formarse con entresacar de las colecciones de los periódicos la producción escogida y selecta de muchos considerados como simples periodistas.
Cávia, de quien apenas si se ha publicado alguna que otra pequeña selección de artículos, ha tratado en los suyos de omnia re scibilli, de letras, de arte, de poesía, de ciencia y, sobre todo, de cosa pública, dando a cada cual lo suyo, haciendo siempre justicia, una justicia sonriente, un si es no es campechana, no sin mostrar cuando el caso lo ha requerido, que sus abejas productoras de muy sabrosa miel tienen un agudo y eficaz aguijón, que, como él diría, «hace pupa». Como clásicas han quedado sus famosas revistas de toros. Nadie como él para narrar las peripecias pintorescas de la lidia; nadie como él para conocer la calidad de un torero.
Por largo tiempo fué el Homero alerta, y con un buen par de ojos, del coso. Sin abusar del especial tecnicismo que convierte algunas páginas de esos artículos en jergas erizadas para el no ducho, sabía contarlo y calificarlo todo con insuperable gracejo; y en sus revistas aparecían siempre, sin arrastrarlos, sin forzarlos, el asunto de actualidad, la nota del día, el hecho culminante, en una aplicación que ni de intento. Dejó la literatura torera y se aplicó a esas sus impresiones del día, comento de sucedidos y magistrales improvisaciones. Aunque en él no haya nada improvisado, a pesar de las exigencias del periódico, porque bien nutrido como está, bien pertrechado en toda suerte de disciplinas, siempre encuentra para toda circunstancia la anécdota aplicable, la cita precisa, el recuerdo a propósito, el refrán irremplazable, el verso o la frase en castellano o en cualquier idioma vivo o muerto. El inglés, el francés, el italiano, el portugués, los conoce perfectamente. En cuanto al latín no sé si le conoce, pero sí que, como Sarmiento, si no sabe latín sabe latines.
¿Tiene una filosofía? Quizá la tenga guardada en alguna gaveta de su mesa de trabajo. Sólo sé que en él no han hecho mella ninguna de las importadas modas de pensar que han sido tan sonadas en estos últimos tiempos. ¿Tiene una religión? También lo ignoro; pero sí sé que está en excelentes relaciones con su paisana la Pilarica. Ateo, no es ni escéptico ni pesimista. Jamás se ha burlado de un culto ni se ha encarnizado contra ningún presbítero, ulema, pastor o rabino. Cree que todavía no es de mal gusto amar a la patria y sentir entusiasmo por sus glorias al soñar en su engrandecimiento. Es uno de los pocos que no dejan decaer las esperanzas de Juan Español. Es un fiel discípulo de nuestro Maestro Don Miguel de Cervantes y tiene afectos y ternuras para nuestro Señor Don Quijote de la Mancha.
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Por su don de comprensión es menester alabarle. Los limitados, los retraídos, aunque sean dotados de fortaleza, no gustan de los que en todo tienen la facultad de discernir. Mariano lleva su alegre discreción a todas partes y nada le es extraño, desde la teología hasta la gramática. Tiene sus caprichos. Un día, para indicar ciertas reformas urgentes, anuncia que el museo del Prado se ha quemado, y hasta después de irlo a ver la gente no se fija en el doble sentido de la ocurrencia. Otra ocasión, recientemente, se le antoja que debe rechazarse la palabra inglesa foot-boll, ser sustituída por una de su composición, «balompié». Y la gente, en su mayor parte, le hace caso a Mariano y comienza a decir y a escribir «balompié».
Ha escrito versos en francés, bien hechos; no sé si en latín, pero ciertamente en castellano como estos con que me obsequió en El Imparcial, cuando la aparición de mis Cantos de Vida y Esperanza, en tercetos monorrimos que compuso al modo litúrgico:
RAPSODIA
Ven, oh, musa de Rubén,
Ven a refrescar mi sien,
O a encenderla en llamas cien.
Que así eres aura sutil
O tienes con rayos mil,
Visión fiera o flor de abril.
Ya de vida y esperanza,
Ya de erótica añoranza,
Ya de plácida bonanza
Son tus cantos. Mas también
Haces plañir a Rubén
Trenos de Jerusalén.
Cuando presagia el fatal
Fin del América austral
Presa del Nemrod boreal.
No por el Mañana llores
Mientras el Hoy te da amores,
Risas, brisas, flores loores.
Cantando al Cisne de Leda
Con rima grácil y leda
Contenta tu ánima queda,
Musa andante de Rubén,
Que el americano Edén
Truecas por el parisién.
Otrora algo de tu sol
Buscas en el arrebol
Del horizonte español.
Rezas ante Don Quijote,
Para que dé nuevo brote
De vida al Reino del Zote,
Y ante el recuerdo de Goya,
En vez del «Aquí fué Troya»,
Nos brindas fúlgida joya.
Para lo bello y el Bien,
¡Vive, oh, Musa de Rubén,
Por siempre jamás, amén!
No ha sido hostil como otros para los nuevos poetas; pero sí ha sido y es implacable para los poetas malos; nuevos y viejos. Una cualidad habrá que reconocerle entre todas, y es ella la distinción. Es algo de abolengo. Su estilo, aun cuando emplee términos del pueblo y trate de tópicos ultramodernos, siempre es de capa y espada. Quevedo en el bulevar, como antes le llamara. Como todo el mundo, claro que ha sufrido; pero con un supremo estoicismo: no ha mostrado nunca sus quebrantos; y, a la japonesa, ha opuesto siempre al duelo su sonrisa.
Mariano ha creado unas «marionetas» que le sirven de intérprete de sus opiniones y de sus críticas, de vez en cuando. Madame de la Pilongue, una francesa importada que vale por tres; el profesor Humbugman, de la Universidad de Pluncake; Don Vicente de la Recua, Barón de la Reata, suelen representar sus oportunos papeles en el pasar de los cotidianos acontecimientos. También ha resucitado por su influjo otro personaje, creación de uno de los que él considera como precursores y maestros, el perínclito don Patricio Buena Fe, que no deja de parecemos un poco fuera de su centro y otro poco Falot, en esta época de autos, aviación y demás cosas precursoras del Antecristo...
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Ahora se trata de cuál sea la forma más indicada para rendir el homenaje. Hay un nombre célebre, una vida generosa y treinta y tantos años de labor. Por de pronto, está muy bien la lápida en la casa donde nació. Ahora estará muy bien pensar en darle la casa donde muera. Mariano ha sido la cigarra del periodismo. Ha desdeñado la intriga y la cábala, no ha querido ser más que un hombre de pluma y de libertad y no ha solicitado los que para él hubieran sido fáciles honores y prebendas. Ha sido un trabajador formidable en su temperamento acerado y hoy está tan vigoroso de intelecto como antaño. Pero ¡qué diablos! Uno no es de granito, y un día llega en que el cerebro necesita reposo, en que de las batallas del espíritu se sale quebrantado, aunque uno las gane. Y para los soldados del pensamiento no hay cuartel de inválidos. Dígalo el Mariscal Zorrilla, cuya corona de platería anduvo, en la ancianidad del glorioso, en una casa de empeño...
Pide la Prensa que Cávia entre a la Academia. La honra es merecida; pero no es Mariano para ir a sentarse gravemente a su sillón en la terrible tarea de cocinar el diccionario. A menos que haga lo que Anatole France en la Academia Francesa: no ir nunca a las sesiones. No veo yo a Mariano discutiendo un vocablo con el señor Cotarelo, o con el padre Mir. Mas si ello ha de ser, preparémonos a saborear el que será exquisito discurso de recepción del Benjamín de los inmortales españoles. Aunque ha hecho y hace más por el idioma desde las columnas de su periódico que lo que hacer podría entre los conservadores oficiales.
Y todo eso estará muy bien; pero estamos en el tiempo de ser prácticos. Hay que ser como los ingleses. El esfuerzo y la gloria son un valor que se cotiza. No a todos ha de tocar el premio Nobel; y los homenajes positivos son los más preciados homenajes. Cierto es que El Imparcial ha apoyado y apoya eficazmente a ese escritor que le ha dado lo mejor del jugo de su cerebro; mas no se trata de algo que deba hacer El Imparcial solo, sino toda la prensa y los poderes que ella mueva.
Que se haga, pues, algo que valga la pena, algo fundamental y algo contante y sonante. Y que se haga pronto, ahora que Mariano está todavía joven. No pase como lo que cuentan de cierto militar español, que cuando, ya viejo, le llevaban su sueldo de Capitán General, exclamaba:
—¿Y ahora para qué? ¡Si me hubiesen dado esto cuando yo era teniente...!