SAINT-POL-ROUX
ORQUE hay una familia del Río de la Plata que ha venido a buscar aire fresco a tierra bretona, he oído en la mañana de cristal vidalitas junto a menhires. Gratamente habrían sorprendido al padre del poeta, que habita en el manoir del Boultous, pues recordarán sus oídos de viajero antiguas noches de Buenos Aires, tardes de las costas uruguayas.
A un lado del camino vemos de cuando en cuando cuadros pastoriles o agrícolas. La tierra es pobre de árboles. Sobre las colinas nos hacen pensar en nuestro Don Quijote los molinos de viento. Pegado a los filos de la tierra se ve el ajonc con sus pompones de oro. En los cuadrados de hortalizas, la patata, modesta, pero dignamente, luce cerca de la madre col sus flores claras. Encontramos muchachas robustas, campesinos, soldados. De pronto, al acabar de subir una cuesta, se presenta a nuestra vista el panorama de Camaret. Las casitas grises pegadas a la costa, las barcas de pesca en la bahía, la espuela de roca que se interna en el mar y en cuya roseta se aloja la iglesita de Notre-Dame-de-Roch-Amadour y el famoso y vetusto castillo de Vauban. Al frente, sobre lo alto, se destaca el semáforo, y se miran como en un cuento de caballero las torres del manoir en que sueña y piensa Saint-Pol-Roux, no lejos del chalet de Antoine, el histrión ilustre.
Bajo un árbol estamos, ya cerca de la puerta en donde nos reciben amables el perro gris y la criada rubia. En el salón hay panoplias de armas, el piano, los retratos de los hijos y las dos insignias pirográficas que Gauguin tenía en su casa de arte allá en Tahiti, donde pintó con sol extraño, metiendo su alma por los ojos entre almas primitivas y descubriendo las partes secretas de la Belleza. Y cuelgan, secas ya, las ramas rituales que vinieron de la iglesia donde se repartieron en el día del triunfo de Jesús.
Estamos luego en un saloncito blanco y oro.
Sobre el marco del espejo hay pintada una fantasía marina. En la mesa libros de poetas, en cuyas páginas dicen las sendas dedicatorias los más admirativos conceptos. Y he aquí al dueño de casa. Viste el traje en que recorre a pie todos estos contornos. Terciopelo castaño, polainas de cuero, zapatos sólidos. La melena de antaño está un tanto recortada. El rostro es dulce, la mirada del más bello oriente, el gesto acogedor, la voz con blandura e inflexiones de bondad. Ya ha hablado fraternalmente; ya no nos deja partir sin que almorcemos con él; ya habla de América como de un país de encanto, y aunque confunde a Buenos Aires con el Brasil, a pesar de los periplos paternales, no importa. Este gran despertador de valores del verbo es un sencillo. Este «raro» es un familiar. Suele inclinarse de tanto en tanto cuando habla, habituado como está a portar su carga de pensamiento. Una formidable conciencia de su valer le aisla indiferente a los vanos esfuerzos de los adoradores del momento.
Su espíritu ha descifrado lo hondo de la inscripción del Templo délfico. Y al oído le han repetido: Platón, lo Bello es el esplendor de lo Verdadero; Platino, lo Bello es la idea de lo Verdadero; Gœthe, hay diosas augustas que reinan en la soledad; alrededor de ellas no hay ni lugar ni tiempo; se turban cuando se habla de ellas. La Bruyère, aquel que no considera al escribir sino el gusto de su siglo, piensa más en su persona que en sus escritos; hay siempre que tender a la perfección, y entonces, esta justicia, que nos es a veces negada por nuestros contemporáneos, la posteridad sabe otorgárnosla.—Con tales ensalmos bien aprendidos se abren innumerables sésamos invisibles.
El meridional que ha cantado tan bellamente a la sonora Marsella, ha extraído de los silencios de Bretaña ricos diamantes de concentración. Asombra la joyería metafórica y el prodigio de combinaciones ideícas; es el dominio del iris y la sujeción de todas las gamas; y el volcar de la aladínica mina íntima un inacabable tesoro.
Emperador de las Imágenes, rey de las Analogías, es para mí un gran placer la comunicación fraternal con tal creador de nuevas existencias y conceptos, y mirar, por el don amistoso, como la del argentino Lugones, como la del griego Moreas, transparente su alma. Tales tratos inmunizan contra la mirada de los basiliscos y las ponzoñas de los escorpiones.
Être admiré n’est rien, l’affaire est d’être aimé,
dijo un lírico de sufrimiento. Saint-Pol-Roux ha logrado ambas cosas.
Se presentó, toda ella un bouquet de gracia, Mme. Saint-Pol-Roux. Es parisiense de París, y a pesar de sus largos años de Bretaña hay en su acento un grato acento montmartrés. Nos sentamos a la mesa. Y aparecen también Cœcilien, tan celebrado por su prosa gallarda como por buen nadador y mozo de corazón, y Loredán, en la flor de los catorce años, y Divine, la diminuta y gentil madrina de la antigua chaumière de Roscanvel. Y así todo, desde el pescado hasta el champaña entablamos la más sabrosa de las charlas. Descubro a Ricardo Rojas, ojos de fauno, cuando al decir sus años aplaudimos tanta juventud. Y nos vamos luego, con un gran cariño y una admiración grande, frescos aun los labios de la espuma del montebello.
Y ya de vuelta, al descender las colinas en la tarde de ámbar, pienso en la obra vasta de ese solitario que ha huído de la ciudad dorada y martirizadora, y que va descendiendo su existencia apoyado en su bastón de cordura. El fué con los del alba simbolista, de los que comenzaron a practicar la libertad mental sin dejar por eso de amar a sus maestros «como a dioses», siendo los dos maestros, el uno un pobre profesor de inglés, el otro un bohemio desventurado, ebrio de alcoholes y de dolores. Es el poeta de sus Anciennetés, en que canta en «el tiempo abstracto de lo solo» el orgullo humano hecho una llama, a su manera, la arcilla ideal de Hugo, de la reina primitiva, de la «rosa maligna»; la vuelta de Odises; el chivo emisario en el mundo judío, la divina Magdalena,
La femme au cœur plus grand qu’un lever de soleil
Lázaro y el Gólgota, en versos que hubieran sido de un Leconte de L’Isle flexible y trascendente.
Aquellos pasados «reposorios» que aparecían en el primer Mercure, y hoy coleccionados en series que forman una sucesión de, como dice el poeta, «temas filosóficos, símbolos de alma, notaciones de estaciones, pinturas de horas, magias de fenómenos», constituyen una de las obras más hondas y más puramente artísticas de la última época intelectual. Son de esas criaturas cerebrales que suelen resucitar a través de los siglos.
Concentraré. Aún me deleita, como la primera vez, aquella inicial significación de las alondras. «Les coups de ciseaux gravissent l’air.» Es el poemal comienzo de la vida en la sucesión cotidiana. Son el clarín del gallo, «la diana» y la salida del sol. De poner los ojos en una rata nace una música de ideas, y aun de ver la ropa lavada que tiende la madre en la aldea. Cada paso en la existencia da nacimiento a una lírica expansión. Interpreta el tiempo, el número, el espacio. Siempre está en él el pensamiento. Las apariencias se expresan, se entrelazan las alegorías. ¿Es prosa, es verso? El ritmo impera. Y hay verso y prosa, o solo verso, según el entender mallarmeano.
Yo he respirado los perfumes de la Rosa y me he herido en las Espinas del camino... Del sol me he abrevado con el que nació en el Mediodía y no he perdido nunca su don apolíneo; y con brazos de fuego he penetrado la floresta del misterio, clamando, por donde Mæterlinck habla en voz baja...
Largas páginas tendría que escribir para hacer un estudio de esta producción de psíquicas piedras preciosas. Desde el primero hasta el reciente tomo de los Reposorios, la maestría se ha querido demostrar, lográndolo, poseída de don infuso, extraordinario. ¿Quién le llamó pastor? ¿Quién le llamó loco? Pastor de ideas, loco de poesía, con más filosofía que las bibliotecas y ardiendo en amor humano. ¡Ser pastor, Dios mío, ser pastor como Apolo, como Jesucristo! estado, por consiguiente divino.
Rara vez habréis leído en ningún autor tal maravilla de transposiciones conceptuales en un discurso prestigioso casi todo constituído de alusión. Y la manera es por extremo singular de armonía y de libre voluntad. El poeta dice en cortos períodos sonoros las voliciones íntimas de las cosas, los secretos del vínculo, las correspondencias de las plantas y de los animales, Gaspard Hauser en el arca de Noé, Orfeo que ha habitado en París. ¿Quién aseguraba que tan solamente en el Norte florecía bajo las nieblas el árbol del misterio? De misterio vivía envuelto en sol Raimundo Lulio, en un día hecho de pedrerías; de misterio arden aún las mágicas Mil y una Noches, y por Saint-Pol-Roux del misterio vienen, de una selva encantada de misterio, su blanca Paloma, su negro Cuervo, su Pavo real.
«Por mínimo que fuese, yo he sido, tal vez por momentos, el protagonista del gran Pan», dice alguna vez.
Es la reducción del Universo al servicio del poeta, en cuya alma, por divina virtud, se juntan todo el tiempo y todo el espacio. ¿A quién se parece Saint-Pol-Roux? Primeramente, «a sí mismo», y luego, a la Poesía. Mas no por ser tal flor de propio carácter dejará de tener tales relaciones. Hay en la obra de Saint-Pol-Roux esencias que creéis distinguir en el ramo singular. Esencia de Píndaro y esencia de Ezequiel, esencia de Rabelais y esencia de Virgilio, esencia de Góngora y esencia de Hugo, esencia de Gœthe y esencia de Mallarmé... Mas, sobre todo, esencia del día y esencia de la noche, esencia del cielo y esencia de la tierra, esencia de la Vida y esencia de la Muerte. ¡La Muerte! Desde Orcagna, desde la danza Macabra, nadie ha podido como él traer por el poder del Arte ante nuestros ojos, personalizada y vestida de símbolos, a la siniestra Flaca, a la Dama de la Hoz. Una vez lograda esa caza de prodigio, volvió a los reinos vitales.
Y así continúa, coleccionando en el receptáculo de los libros la riqueza que extrae de sus hondos senos propios. Y para andar entre las gentes preciso le es el hablar el idioma de todos los días, vivir la diaria vida. Sus pescadores, sus vecinos sencillos, le aman. Cuando pasa por las calles del pueblo todo el mundo le señala con afecto.
Con las rocas habita, en una altura, en frente del mar. Abajo tiene arena blanda; sedas de espuma. Y en el invierno, el viento hace temblar el manoir. Se levanta matinal. Trabaja fumando su pipa. La luz de su lámpara sirve de faro a las barcas de pesca que vuelven por la madrugada.