DESPEDIDA

Para María Guerrero, que los declamó en el Teatro Odeón, de Buenos Aires, la noche del 5 de Julio de 1897.

Al partir, justo es que os diga

cómo a mí no ha sido extraña

tierra en que renace España,

por hidalga y por amiga.

Frescos, fragantes y finos,

nutridos de savia ardiente,

hoy acaricia mi frente

los laureles argentinos.

Vuestros corazones son

armoniosos y vibrantes

por la sangre de Cervantes,

de Moreto y Calderón.

Y fuera en vosotros mengua

que desdeñarais un día

con vuestra propia hidalguía

vuestra raza y vuestra lengua.

Mas no; lleno de frescor

libre bajo el cielo brilla

el árbol cuya semilla

plantara el Conquistador.

Vine, sí, si vencí yo

la victoria conseguís:

estaré en otro país

pero en otra patria ¡no!

Aquí la musa divina

de Calderón halló rosas;

y tuvo palmas fastuosas

la de Tirso de Molina.

La Niña Boba en Castilla

más afamada no fué,

ni la desventura de

doña Estrella de Sevilla.

Vuestro afecto se aquilata,

y nuestro mental tesoro

se ufana en bajel de oro

sobre el Río de la Plata.

Sabéis honrar las brillantes

máscaras, que mi alma adora,

y a Talía vencedora

coronada de diamantes.

Que sois gentiles, es fama;

mas vuestro afecto conquista

a la dama y a la artista

como artista y como dama.

La noble sangre latina

y la lengua castellana

juntan con el alma hispana

la joven alma argentina.

Y, dichosa mensajera,

yo voy a decir a España

que en nuestra cordial campaña

flota una misma bandera.

Mantengamos ese fuego

que caliente ambas naciones...

¡y, hasta luego, corazones

argentinos; hasta luego!