LA EVOLUCIÓN DEL RASTACUERISMO
ONSIEUR Charles Wiener, el muy estimable diplomático francés, tan conocido en la América del Sur, dió en una ocasión una conferencia sobre el Uruguay; en la cual conferencia, publicada después, se leen estas palabras: «El número enorme de los animales matados permite juzgar la importancia del comercio de las pieles secas o saladas, en gran parte acaparado por un trust norteamericano. Permitidme aquí una explicación etimológica: los hombres que manipulan las pieles de los animales desollados, y que, además, no son destazadores artistas, constituyen una categoría de obreros llamados «arrastracueros», de donde viene, por corrupción, la palabra extraña de rastaquouère. Aprovecho ese paréntesis filológico para hablaros algo sobre la palabra y sobre la cosa».
La etimología de M. Wiener es, como otras semejantes, muy poco segura; pero en todo caso, mejor que la que hace venir la palabra de la jerga del Greluche de Meilhac, brasileño de pega. Su hablar—«¿Quo resta buena avatas salem pampas?»—es de la misma especie que el turco de cierta farsa clásica. Parecida a la opinión de M. Wiener es la que trae el Larousse: «Otros pretenden que los primeros americanos del Sur, cuya prodigalidad y lujo chillón llamaron la atención, eran antiguos hacendados enriquecidos con la venta de pieles y cueros. Se les había llamados «rascacueros», y de allí «rastacueros». ¿Aurelien Scholl inventó su personaje de D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, o en efecto, como él lo afirmaba siempre, el tipo fué amigo suyo y persona en carne y hueso? Es de creer que el finado expresidente del «Cercle de l’Escrime» tuvo muchas oportunidades de conocer a muchos americanos del Sur, cuyos hábitos y figura pudieron dar vida a su retratado. «Desde el día en que D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, bajó en el hotel del Louvre, desde donde irradió sobre la sociedad parisiense, pocos extranjeros han osado presentarse en el café de la Paix sin haberse encasquetado un título cualquiera.» Rastacuero, «que debía dar su nombre a la gran tribu de los exóticos», está aún presente en todas las memorias: una cara de pain d’épice; dos ojos negros, con el movimiento de rotación de los ventiladores; una gran nariz de loro, bajo la cual un espeso bigote de alambre se retorcía orgullosamente poniéndole un punto de admiración en cada mejilla. Tenía en su bolsillo pepitas de oro y naipes, cartas de Hernán Cortés y direcciones de damas. Cuando estaba sin blanca, Rastacuero hacía un viajecito a la América del Sur y volvía algunos meses después con dos millones en cartera. Se decía que había ido a matar a alguien en la Cordillera de los Andes, y que traía sus despojos. Al partir, tenía cuidado de dejar su dirección: «poste restante, en Buenos Aires», o «poste restante, en Valparaíso». Rastacuero tenía los dedos cargados de sortijas; una cadena de reloj que hubiera podido servir para atar el ancla de una fragata; tres perlas, gruesas como huevos de garza, le servían de botones de camisa, y usaba un alfiler de corbata que era una garra de tigre rodeada de brillantes. El personaje que corresponde a las señas del de Scholl se puede aún encontrar, con más o menos variantes en todos lugares. Y algún personal motivo de malignidad tuvo el famoso cronista para hacerlo aparecer como argentino o como chileno. No solamente de Valparaíso y de Buenos Aires venían y vienen a París los dueños de las pepitas de las garras de tigre y de los bigotes de alambre. Y justo fué el redactor del Figaro, Gaston Jollivet, al decir en un artículo: «Muchos parisienses enriquecidos son rastacueros»; cosa que ha repetido hace poco, y de manera dura, Luis Bonafoux: «Rastacuería o Rastilandía están en todas partes...»
Pero ¿en qué consiste esencialmente el ser rastacuero? ¿En ser exótico? Jamás se le ocurriría a nadie aplicar el calificativo a Krüger o a Li-Hung-Chang. ¿En el amor y uso de las piedras preciosas? Nadie se atreverá a tachar de rastacuero a Robert de Montesquiou... ¿En los muchos anillos en las manos? Mi buen amigo Ernesto Lajeunesse anda con las suyas semejantes a las de un rey bárbaro. ¿En el tipo? El mismo Scholl tuvo bigotes de alambre y muchos parisienses tienen los ojos de D. Iñigo. ¿En el color? El pain d’épice no se le puede aplicar a todos los exóticos. ¿El derroche inopinado y ridículo? Los petits-sucriers abundan en este maravilloso país.
A mi entender, el rastacuerismo tiene como condición indispensable la incultura; o, mejor dicho, la carencia de buen gusto. Desde lejanos tiempos, desde los embajadores que envió Harun-al-Raschid a Carlomagno, los diplomáticos y los viajeros extranjeros de fausto y de riqueza han venido a París a dejar una huella de oro y de lujo. Se necesitó que viniesen de tales o cuales países americanos opulentos caciques o arregladores de empréstitos para que la célebre figura representativa surgiese. Puesto que de esos países vinieron, no los más cultos, sino los más hábiles, con todos los defectos nativos sin barnizar. Parvenus o señorones de aldea, creyeron que Lutecia era conquistable con exceso de colorines y mala ostentación de grandezas. Luego fueron los ingenuos ricachos, como el personaje de una de las novelas del escritor chileno señor A. del Solar. Y el rastacuero agrega entonces a su mujer y a sus hijas, esas hijas que formarán lo que llamaba Juan Montalvo matrimonios deslayados; jóvenes ricas que se casan con nobles arruinados. Por eso el mismo Scholl se atrevió a decir en otra ocasión: «Casi todas las extranjeras sin marido son rastacueras.» En cuanto a los que no osan presentarse en el café de la Paix sin encasquetarse un título cualquiera, los hay de la manera más sonoramente grotesca. Millones incásicos o aztecas compran títulos del Papa—y no en el café de la Paix, sino en el mismo mundo de la nobleza—, surgen los Iñigos marqueses y príncipes. La injusticia aparente que se ve en el parisiense contra el hispanoamericano, habiendo tantos valacos, griegos y levantinos que merecen el epíteto célebre, se explica por tales razones y ejemplos.
Raspacueros, rascacueros, arrastracueros, siempre hay cueros en la palabra, y como en donde de manera principal abundan los ganados y de donde vienen los cueros es de la América del Sur, y en especial del Río de la Plata, el epíteto, con etimologías comprensibles, como la de M. Wiener, se singulariza. Solamente es de asombrar que a los yanquis, comerciantes en pieles, en tocinos, en jamones; archimillonarios y derrochadores, y tipos de grandes rastacueros delante del Eterno, por derroches y extravagancia, no se les aplique el dictado de rastacuero. ¿Por qué? ¿Por la falta del color de pain d’épice o de forro de bota, como dijo el jesuíta Coppée? Pues entonces que no se llame rastacuero al más estupendo de los hispano-americanos, al célebre Guzmán Blanco, que era culto, hermoso, de puro tipo caucásico y que casó a una de sus hijas con el hijo del arbiter elegantiarum del segundo Imperio, M. de Morny. ¡Ah! muchos rasca, raspa o arrastracueros entroncan hoy en árboles genealógicos de la nobleza europea por virtud de los mismos cueros. Y eso no es nuevo... Tan no es nuevo, que en su latín lo decía ya en lo antiguo el maravilloso y rudo Juvenal:
Neu credas ponendum aliquid discriminis inter
Unguenta et corium. Lucri bonus est odor ex re
Qualibet. Ylla tuo sententia semper in ore
Versetur, Dis atque ipso Jove, digna, poetæ:
Unde habeas quaerit nemo; sed oportet habere.
No, el rastacuero no tiene nacionalidad, tiempo ni profesión, ni necesita de fortuna para serlo—el rastacuero tal como se entiende en París, una vez adoptada la palabra—. Buckinghan no era un rastacuero, ni el duque de Osuna, ni Aguado el banquero. Pero sí tales tipos singulares, cuyos nombres se olvidan, italianos, españoles, argentinos, peruanos, chilenos, mejicanos, bolivianos; cuatro caballos, título inesperado o desenterrado, pompa de encargo, propinas del chá, cuando no juego sospechoso; sport a la mala, matrimonio de agencia o intermediario, castillo súbito, relaciones compromitentes.
La evolución del rastacuerismo se nota en su civilización. La extravagancia exterior en la decoración personal, en las maneras de derroche violento y copioso, han dado paso a una especie de compenetración con la alta sociedad parisiense—nunca en el riñón del Fauboug—, sobre todo después de que los millonarios yanquis han abierto la mayor parte de las puertas antes cerradas herméticamente. El «brasilero» de Meilhac y Halévy no existe hoy, sino corregido y aumentado por la facilidad de relaciones.
Y en cuanto a la manera de juzgar, ha cambiado también. Se dice entre el demimonde: «¡Qué «rasta» estás esta noche!», para alabar un lujo o una elegancia. Y en ese mismo medio mundo no hace muchos años, cuando los Prados y Pranzinis, la palabra «rastacuero» era un insulto... y una alabanza. En el mundo literario he oído llamar «rasta» a M. de Heredia, y en el alto mundo a notables individualidades se les da la calificación en diarios mundanos...
Los verdaderos están en todas partes...
...Ellos van, ellos y ellas, en los automóviles, vestidos de cueros...; ellos van, ellos y ellas, bajo la noche fría, en los magníficos carruajes, vestidos de pieles...; ellos van, ellos y ellas, indignos de sus riquezas, por todas partes, con los huevos de garza y las garras de tigre de que hablaba el mosquetero Scholl.
Cueros y perfumes, los internacionales Guarangos: Unguenta et corium...