REMY DE GOURMONT
E apresuro a escribir estas líneas porque una grave preocupación me inquieta: M. Rémy de Gourmont, autor para pocos, escritor de una élite, de una aristocracia mental internacional, está amenazado de la atención de todas las gentes... La prensa le solicita, el reporterismo le busca... Dentro de poco me temo que el nombre suyo sea, si no popular, vulgar, como el de Nietzsche... Vulgar en las citas, en las afirmaciones de la mediocracia escribiente: «M. de Gourmont por aquí; M. de Gourmont por allá...»; y eso es terrible... Fuera de que, como según parece, mi especialidad es la de lo «raro», mi admiración y mi afección por el autor de tanta obra excelente se basan en la intangibilidad de su vida, en su aislamiento severo, en su monasticismo intelectual. Hace como unos diez años que, con Lugones, saboreábamos sus obras extrañas y admirables, las de su campaña del idealismo, sus prosas del Mercure, sus plaquettes exquisitas, su sabio Latin mistique; y nos complacíamos el poeta y yo en lo enigmático y arcaico de cada edición, en lo hondo del pensar, en lo maravilloso del decir, en encontrar un erudito que fuese un poeta. Escalígero entre los lirios. Baluce entre las esfinges. Lipsio bajo los laureles. Después nos comunicamos por asuntos literarios, y cuando llegué a París era su amigo. Pasé aquí cinco años y no le fuí a visitar. Respetaba mucho su silenciosa y retirada labor, su misterio. Sabía que era, en esta capital americanizada por la réclame y por el industrialismo de la publicidad, lo que son los especiales diamantes y los especiales espíritus: un solitario.
Un día llegó en que hube de verle por fin. Calle de Saint-Péres, en su casa de libros. Una casa de libros, viejos tapices, obras de arte. Se pasa antes por un patio, en donde hay un pozo y unos árboles. Pierre de Querlon, un alma singular, describió eso en páginas sutiles y amables. Esas páginas eran hoy más bellas, porque él era joven y acaba de morir.
He visto primero a una prima y a un hermano de M. de Gourmont. Ella es la sobrina y heredera del escultor Clésinger, de quien os he hablado en otra vez. El es un joven delicado, fino, casi esquivo, que encierra un gran talento. M. Jean de Gourmont, cuyos pensares y decires sobre literatura son en el Mercure un buen regalo. La morada es silenciosa y triste, como conviene. Hay un ambiente de quietud y de ensueños, apenas turbado, según parece, por uno que otro demonio, entre otros el demonio Elzevir, diría Hugo.
Yo entré con cierto temor y timidez. No he podido—y ya estoy al medio del camino de la vida—llegar a ser familiar, confianzudo con el talento superior, y, sobre todo, con un hombre como M. Rémy de Gourmont. París no me ha inficionado de su bulevardismo igualitario, y en un maestro que es verdaderamente un maestro no veo yo a mi «querido colega».
M. de Gourmont es uno de los pocos maestros que aún hoy merezcan ese nombre. Yo, al estar sentado frente a él en su gabinete de estudio, al verle con su ropa monacal de labor entre libros y libros, junto a un soberbio Clésinger dorado de penumbra, apoyado en su mesa cargada de manuscritos y de volúmenes, y al hundir mi mirada en la suya, y al oirle hablar poco y difícil, hondo y seguro, pasé a otra época y a otro momento. Me creí estar en casa de un Erasmo, que fuese un Pascal, que fuese un Lulio. Sé bien que estos nombres no quedan bien para nuestro siglo y para nuestras costumbres; pero recordad siempre que os hablo en la sinceridad de mi conciencia, y que Pascales y Erasmos no existen muchos actualmente para la comparación. Así, pues, llegué tímido; salí encantado. Agradecido lo estaba antes, puesto que he merecido a M. de Gourmont juicios demasiado benévolos y defensas demasiado justas. Cuando por ahí se asombraban de que mis Prosas profanas fueran versos, el autor del Latin mistique me escribía del título: «C’est une trouvaille», para asombro de ciertas ignorancias. Encontré en él, bajo su indumentaria de fraile, una nerviosidad inquietante revelada por cierta quietud leonina; y por fin, mi hombre, mi autor admirado: un odio profundo a lo vulgar, a lo mezclado, a lo híbrido, al socialismo, al nacionalismo, al cientificismo oficial, al vulgarismo, a la moral de regla y a lo inmoral de regla, a todo dogma, a todo profesor, a todo doctor diplomado, a toda disciplina, a toda obligación. Y, sobre todo, el odio a lo estúpido; y más que a lo estúpido, a lo tonto. ¡Cuando yo decía que no es para todas las gentes! Y cuando yo os decía mi inquietud por la irrupción del Kodak y de la interview a su celda, a su refugio...
¿Qué importan las genealogías? Stemmata quid faciunt? Importan mucho, sobre todo, en este caso. Pierre de Querlon dice: «Desciende de la familia de los pintores, grabadores, tipógrafos, de los siglos XV y XVI, a que perteneció aquel Gilles de Gourmont a quien se deben las primeras impresiones hechas en París en caracteres griegos y hebreos.» Además, por parte de madre, Malherbe es uno de sus antecesores. Pero yo sé de uno más, que ninguno de sus biógrafos ha nombrado, y que explicaría ciertas conquistas mentales y actitudes audaces de este perfecto pensador y libre filósofo: Hernán Cortés. La combatividad ancestral se ejerce en otros planos y elementos; pero, como el antepasado, como el ancêtre, ante el problema de la vida, una vez llegado a una convicción en el océano de las sofías, ha quemado sus naves.
El que hubiera sido en otras épocas benedictino sapiente y creyente, el que ha creado tanta figura y castillo de ideal y de ensueño, tiende cada vez más a la explicación de la existencia fuera de toda teología. Yo admiro, pero no aplaudo; dado que, después de todo, no estoy por lo de quedarse en una costa desconocida con la ceniza de los únicos bajeles. Para mi uso particular tengo a bien conservar una pequeña nave, una navicella, una parva navis, si no completamente católica, muy cristiana. Eso sí; los remos son de marfil y las velas son de púrpura. Y ella conduce a alguna parte.
En los orígenes filosóficos, este cerebro, que se creería primero influído de un soplo platónico, se junta más, en su madurez, a la observación y al criterio aristotélico, por su investigación sobre el secreto humano, por su manera de encarar el enigma de nuestro ser. Solamente que se basa en lo que Aristóteles no comprendía: la libre acción del hombre en el universo.
He ahí lo que es este buscador de infinito y analizador de lo que cae bajo la lente de su criterio: un sabio del siglo XX, que corresponde a lo que era un amante de la sabiduría en la Grecia antigua, a un profesor en Sorbona en la Edad Media: para resumir en una comparación las faces de ese espíritu habría que buscar nombres que no son tampoco de nuestro tiempo. He nombrado a Pascal: no estaría de más nombrar a Descartes. Un Descartes que no se interesa demasiado en el pasaporte de la verdad y un Pascal sin el abismo.
Su erudición está aparte de la de los simples eruditos de biblioteca y academia. En la inmensa selva de la producción humana ha herborizado con una atención pasmosa y un gusto supremo. Estudio de religiones y estudio de lenguas; estudio de poéticas y estudio de dramáticas; estudio de razas y de costumbres, fisiología, etnología, folk-lor. Estudia después de lo que hay en los libros, en las palabras, en las doctrinas, lo que hay en la naturaleza. Se baja a ver una hormiga después que ha examinado una teoría. Escribe un capítulo de experimentación científica, un escolio, una apostilla, una nota, luego un verso. Yo no sé de qué rincón de su estancia, de qué cajón de su biblioteca, saca un caballo de ébano y marfil, como el de Kamaralakmar del cuento árabe. Se monta y se va al azul. Aparece el «conquistador» de la armonía lírica, mágica. Porque habréis comprendido que ese caballo extraordinario es, complicadamente, Pegaso. ¿No es verdad, Simona? Al menos si tú no lo sabes, la nieve lo sabe, el molino lo sabe, los árboles y la tierra lo saben. Su poesía es ardientemente concentrada, amorosamente serena. Su bucólica es misteriosa, su paganismo es religioso; mas después de todo,
Nunc in Aristippi furtim precepta relabor.
Más que el Gourmont de hoy—¿por qué no decirlo?—me place aquel Gourmont de antaño—¡de ese antaño no tan lejano!—que convenía a mis mirajes de juventud. Leyendo una página de la Física de amor, por ejemplo, tengo nostalgia del ambiente de las Letanías de la Rosa, de las Prosas morosas... Sin embargo, cada estación de la vida tiene sus frutos, y de ese robusto árbol mental la savia siempre es la misma.
En alguna ocasión he de realizar un verdadero ensayo sobre la obra de M. de Gourmont: Sixtine, novela de la vida cerebral; el Latin mistique, que tanto alabara Huysmans, y que es labor de concienzudo sabio al par que poeta; Lilith, poema dialogado de una extraordinaria concepción y de una purísima forma; Le Fantôme, en que está entrevisto el enigma de la mujer a través de un extraño ceremonial de ideas y de sensaciones, en un rito a la vez carnal y cuasi religioso; Théodat, la pieza dramática que dió tanto que decir cuando se representó, en el Théatre D’Art, en los floridos días del simbolismo; el admirable ensayo sobre Idéalisme; las joyas verbales de Fleurs de jadis; la secreta hermosura del Château singulier, y de las Proses moroses; la Historie tragique de la princesse Phenisa, los Hieroglyfes y las Histoires magiques, que en realidad lo son; Phocas, prodigiosa resurrección; y luego su obra de crítica, las decisivas y famosas Masques, que ilustró tan originalmente Valloton; su profunda y sólida Esthetique de la langue française, la Culture des idées, Le probleme du style, que destruye los sueños de inmortalidad de los que juzgan que todo se hace por recetas, y ese Chemin de Velours, de una filosofía tan nueva y de un tan agudo interés. Y luego las novelas, como Les Chevaux de Diomeds, en que el psicólogo seguro se une al celebrante de las glorias sensuales, o Le songe d’une femme, castillos en el aire y placer animal, ensueño y abrazo. Y después sus cuentos y tal o cual creación perfecta, como ese shakespeareano Vieux Roy, que la América latina conoce en castellano gracias a la versión de nuestro armonioso y soñador Díaz Romero.
Y, por último, la obra poética, corta, pero de especial riqueza de calidad, la cual, sí, no puede ser gustada sino por entendimientos escogidos. Así, Les saintes du Paradise, las Oraisons mauvaises y tales cuales poemas perdidos en las revistas. Sin contar con la vasta labor de las ediciones de ciertos autores antiguos que este bibliófilo entre los bibliófilos ha sabido dirigir, con un arte y un gusto que harán regocijarse en su eternidad el alma del abuelo Gillis. Y con los incomparables Epilogues, reflexiones, consideraciones, concreciones filosóficas, que, reunidos a la manera de algunos libros de Nietzsche, forman un trabajo de alto valer, macizo y firme bajo su ligera apariencia.
Su último libro, la Fisique de l’Amour, es un admirable estudio sobre la función sexual en la naturaleza; hay un deleitable maridaje de ciencia y de arte. El pensador y el artista son en este caso—como en el de Maeterlink—uno mismo. Y los que logran absorber el sutil vapor de ideas que se desprende de la obra de ese solitario, de ese aislado, de ese maestro meditabundo, son recompensados con la íntima voluptuosidad de comprender y admirar.