I.—FRISO

Cabe una fresca viña de corinto

Que verde techo presta al simulacro

Del Dios viril, que artífice de Atenas

En intacto pentélico labrara,

Un día alegre, al deslumbrar el mundo

La harmonía del carro de la Aurora,

Y en tanto que arrullaban sus ternezas

Dos nevadas palomas venusinas

Sobre rosal purpúreo y pintoresco,

Como Olímpica flor de gracia llena,

Vi el bello rostro de la rubia Eunice.

No más gallarda se encamina al templo

Canéfora gentil, ni más riente

Llega la musa a quien favor prodiga

El divino Sminteo, que mi amada

Al tender hacia mí sus tersos brazos.

* * * * *

Era la hora del supremo triunfo

Concedido a mis lágrimas y ofrendas

Por el poder de la celeste Cipris,

Y era el ritmo potente de mi sangre

Verso de fuego que al propicio numen

Cantaba ardiente de la vida el himno.

Cuando mi boca en los bermejos labios

De mi princesa de cabellos de oro

Licor bebía que afrentara al néctar,

Por el sendero de fragantes mirtos

Que guía al blanco pórtico del templo,

Súbitas voces nuestras ansias turban.

* * * * *

Lírica procesión al viento esparce

Los cánticos rituales de Dionisio,

El evohé de las triunfales fiestas,

La algazara que enciende con su risa

La impúber tropa de saltantes niños,

Y el vivo son de músicas sonoras

Que anima el coro de bacantes ebrias.

En el concurso báquico el primero,

Regando rosas y tejiendo danzas.

Garrido infante, de Eros por hermoso

Emulo y par, risueño aparecía.

Y de él en pos de las ménades ardientes,

Al aire el busto en que su pompa erigen

Pomas ebúrneas; en la mano el sistro,

Y las curvas caderas mal veladas

Por las flotantes, desceñidas ropas,

Alzaban sus cabezas que en consorcio

Circundaban la flor de Citerea

Y el pámpano fragante de las viñas.

Aun me parece que mis ojos tornan

Al cuadro lleno de color y fuerza:

Dos robustos mancebos que los cabos

De cadenas metálicas empuñan,

Y cuyo porte y músculos de Ares

Divinos dones son, pintada fiera

Que felino pezón nutrió en Hircania,

Con gesto heroico entre la turba rigen;

Y otros dos un leopaldo cuyo cuello

Gracias de Flora ciñen y perfuman

Y cuyos ojos en las anchas cuencas

De furia henchidos sanguinosos giran.

Pétalos y uvas el sendero alfombran,

Y desde el campo azul do el Sagitario

De coruscantes flechas resplandece,

Las urnas de la luz la tierra bañan.

* * * * *

Pasó el tropel. En la cercana selva

Lúgubre resonaba el grito de Atis,

Triste pavor de la inviolada ninfa.

Deslizaba su paso misterioso

El apacible coro de las Horas.

Eco volvía la acordada queja

De la flauta de Pan. Joven gallardo,

Más hermoso que Adonis y Narciso,

Con el aire gentil de los efebos

Y la lira en las manos, al boscaje

Como lleno de luz se dirigía.

Amor pasó con su dorada antorcha.

Y no lejos del nido en que las aves,

Las dos aves de Cipris, sus arrullos

Cual tiernas rimas a los aires dieran,

Fuí más feliz que el luminoso cisne

Que vió de Lada la inmortal blancura,

Y Eunice pudo al templo de la diosa

Purpúrea ofrenda y tórtolas amables

Llevar el día en que mi regio triunfo

Vió el Dios viril en mármol cincelado

Cabe la fresca viña de Corinto.