LA PÁGINA BLANCA

A. A. Lamberti.

Mis ojos miraban en hora de ensueños
la página blanca.

Y vino el desfile de ensueños y sombras.

Y fueron mujeres de rostros de estatua,

Mujeres de rostros de estatuas de mármol,

¡Tan tristes, tan dulces, tan suaves, tan pálidas!

Y fueron visiones de extraños poemas,

De extraños poemas de besos y lágrimas,

¡De historias que dejan en crueles instantes

Las testas viriles cubiertas de canas!

¡Qué cascos de nieve que pone la suerte!

¡Qué arrugas precoces cincela en la cara!

¡Y cómo se quiere que vayan ligeros

Los tardos camellos de la caravana!

Los tardos camellos—,

Como las figuras en un panorama—,

Cual si fuese un desierto de hielo,

Atraviesan la página blanca.

Este lleva

una carga

De dolores y angustias antiguas,

Angustias de pueblos, dolores de razas;

¡Dolores y angustias que sufren los Cristos

Que vienen al mundo de víctimas trágicas!

Otro lleva

en la espalda

El cofre de ensueños, de perlas y oro,

Que conduce la Reina de Saba.

Otro lleva

una caja

En que va, dolorosa difunta,

Como un muerto lirio la pobre Esperanza.

Y camina sobre un dromedario

la Pálida,

La vestida de ropas obscuras,

La Reina invencible, la bella inviolada:

La Muerte.

Y el hombre,

A quien duras visiones asaltan,

El que encuentra en los astros del cielo

Prodigios que abruman y signos que espantan,

Mira al dromedario

de la caravana

Como al mensajero que la luz conduce,

¡En el vago desierto que forma

la página blanca!