FLORENCIA


Una vuelta por la Cascine, una recorrida al Lungarno, un saludo a Miguel Angel, una reverencia a Dante, y después de subir por la puerta Romana a respirar el dulce aire en que se recrea la vegetación florida que rodea al amable San Miniato, descender por este suelo que hollaron los pies de Beatriz, hacia la ciudad. Luego, pasar por las venerables construcciones de dominó, detenerse un rato en el Gambrinus, e ir en seguida a un restaurant, en donde no se coma a la francesa, y en donde se balancee en su armazón de níquel el grande y panzudo frasco de purísimo vino toscano. Es un buen programa para turista que va de prisa. Si sois artistas, esta ciudad es para largas permanencias, para venir a pintar un gran cuadro, vivir una bella vida, escribir un gran libro..., aunque fuese uno más en la inmensa bibliografía inspirada por la vieja urbe florida de los lirios y de las rosas.

Por la noche he ido al teatro en que cantan la Paccini y Bonci. Aquí no se exige el traje de etiqueta. Es algo así como si se diese a entender que lo que en otras partes es función extraordinaria y singular divertimiento, aquí es espectáculo natural y propio. Se está en casa de la Opera, de confianza.

Magnífica orquesta, concurrencia, en donde brillaban hermosísimos ojos de luz negra, o de ardientes resplandores azules; copiosas cabelleras de heroínas d'annunzianas, y un ambiente de comunicativa alegría. Y son los viejos Puritani, los que se cantan. Gloria a la música antigua, a la melodiosa ópera romántica, a los maestros que nos deleitan sin fatigarnos mucho el cerebro, con el «vapor del arte». Las músicas nuevas y sabias son para la cabeza; las que encantaron a nuestros abuelos son para el corazón. Feliz quien puede todavía gustar de esos goces de antaño, y salir del teatro con la imaginación fresca, el alma alada, como respirando un recién cortado bouquet de ilusiones, y, como en el encanto de pasados recuerdos, o en la esperanza de amor aún, tarareando una romanza que aún no han alcanzado a ajar los callejeros organillos.