GRANADA
He venido, por un instante, a visitar el viejo paraíso moro. He venido por un ferrocarril osado, bizarría de ingenieros, hecho entre las entrañas de montes de piedra dura. He visto inmensas rocas tajadas; he pasado sobre puentes entre la boca de un túnel y la de otro; abajo, en el abismo, corre el agua sonora. Así el progreso moderno conduce al antiguo ensueño. Y cuando he admirado la ciudad de Boabdil, he tenido muy amables imaginaciones. He pensado en visiones miliunanochescas. He recordado el título del lírico libro del provenzal Aubanel: La granada entreabierta. Y he ideado las impresiones de la pequeña alma de una coccinela pequeñita que se pasease por una granada entreabierta... Va por la corteza rugosa que acaba en una corona, que ha sido flor roja como una brasa. Va, la pequeñita coccinela, por las durezas lisas o ásperas de la cáscara, hasta llegar al borde, desde donde se divisa el interior palacio de pedrería... Y los rayos solares ponen el encanto de los juegos de la luz en el corazón de la granada entreabierta; y la coccinela penetra entre las riquezas que se presentan a sus ojos, y se maravilla de ese esplendor, y luego sabe que el corazón de la granada es dulce como la miel. Como la almita de esa bestezuela de Dios mi alma. He mirado la corteza rugosa de la antigua capital mahometana, en un tiempo muy poco propicio, entre calles lodosas y bajo un cielo nublado; mas luego he ido hacia la parte entreabierta que deja ver el corazón de su historia y su propio corazón. Y he visto la pedrería fantástica de un arte exótico, amoroso y sensual. Y después, el sol ha brillado; y así, la encantadora ciudad se me ha mostrado primero brumosa y luego luminosa. Y sé que el corazón de la granada entreabierta es dulce como la miel.
Razón tuvo el rey que lloró como una mujer... Es este uno de los países en que uno crearía, para una primavera sin fin, un jardín de ilusiones. Un «carmen». Carmen, verso... Jóvenes enamorados, parejas dichosas de todos los puntos de la tierra, si sois ricos, venid a repetiros que os amáis, en el tiempo de la primavera, a un carmen granadino; y si sois pobres, venid en alas de vuestro deseo, en el carro de una ilusión, en compañía de un poeta favorito... Verso, carmen.
He tenido, por llegar en este frío Febrero, un singular gozo; estar solo en la Alhambra y en el Generalife. En otra estación, la afluencia de viajeros abruma y perturba, como en todos los lugares adonde puede guiar el rojo Baedeker. Pues es esta una de las ciudades más frecuentadas por los rebaños de la agencia Cook. Además, el guía, discreto, no ha pretendido instruirme evocando la sombra del erudito Riaño. Los rebaños de la agencia Cook, que van a dar de comer a las palomas de Venecia, a oir el eco del baptisterio de Pisa, y a reflexionar sobre la inclinación de la torre; los que andan en busca de la especialidad señalada en las guías, o narrada por los commis-voyageurs, ya se sabe lo que vienen a ver a Granada: los mosaicos y azulejos, que antaño destrozaba el turismo; la Alhambra anecdótica: «¡ah, cómo gozaban aquellos moros!»; Chorro e Jumo, el rey de los gitanos y los tangos de las gitanillas, en las cuevas, en donde se compran cestillas de mimbre y candiles de cobre. En otra ocasión y en otra parte, me he complacido en bailes de gitanas que bailaban maravillosamente, y he contado cómo el pintor Carolus Durán dejó caer en el corpiño de una pequeña Esmeralda un luis de oro. En cuanto al lamentable rey fâlof, vestido como los contrabandistas de la era romántica, con una indumentaria de comparsa de ópera cómica, «¡palojinglese!» le he mirado al pasar, a la entrada del palacio. Ya está muy viejo el pobre modelo de Fortuny, y vive apenas de las propinas anglo-sajonas.
No me perdonaríais que a estas horas os resultase con el descubrimiento de Granada. Todos, más o menos, acariciáis el recuerdo de vuestro «último abencerraje», y si no, el yanqui Washington Irving os habrá, de seguro, conducido por estas encantadoras regiones. Pero no es posible poner el pie en este suelo atrayente, contemplar la decoración histórica de estos recintos de leyenda, sin hacer un poquito el Chateaubriand. ¿Quién no se siente en un caso igual poseído de ese tartarinismo sentimental, que sin que notemos a la inmediata su influencia, nos solidariza un tanto con los tipos de nuestras lecturas, con los personajes que nos han hecho pensar y soñar un poco, por la poesía de su vida, que nos liberta por instantes de la prosa de nuestra existencia práctica cuotidiana? Así, pues, no he de negaros que he evocado a la bella Lindaraja cerca de su mirador, que he lamentado una vez más la atroz expulsión de los moros, de aquellos moros cultos, sabios, poetas, con industrias hermosas y pueblo sin miserias. Desde la Alhambra se mira el soberbio paisaje que presenta Granada y su vega Deliciosa. A la derecha, la antigua capital, el barrio actual del Albaicín, con sus tejados viejos, sus construcciones moriscas, su amontonamiento oriental de viviendas; al frente, la ciudad nueva, en que la universalidad edilicia sigue el patrón de todas partes; a la izquierda, la verde vega, con sus cultivos y sus inmensos paños de billar; más acá, cerca de la mansión de encajes de piedra, los cármenes, estas frescas y pintorescas villas, donde los granadinos cultivan en los ardientes veranos sus heredadas gratas perezas, sus complacencias amorosas y sus tranquilas indolencias. En el fondo, la sirena coronada de blancura. En verdad se sienten saudades del pasado. Se comprende el entusiasmo de los artistas que han llegado aquí a recibir una nueva revelación de la belleza de la vida. Se piensa en los novelescos guerreros y amadores que vinieron del Africa cercana a anticiparse en este país espléndido un poco del cielo mahometano. Nadie ha vivido la poesía como esa misteriosa y pensativa raza de hombres tristes de amor y de fatalidad. Su arte labra esas mansiones de recelo y capricho con talento de abejas. La decoración viene de la naturaleza misma, de las líneas de florales, de las geometrías de la clara del huevo batido o de los cristales de la nieve. Su arco diríase imitado de las herraduras de sus caballos; sus columnas de los datileros, o de los tallos de las azucenas. Y hay algo de inaudito y de fantástico en todo esto, de manera tal, que vienen al pensamiento esas moradas ilusorias en que habitan los inmortales príncipes de los cuentos que cuenta la prodigiosa Scherezada. Y tan no puede separarse la poesía de estas mágicas arquitecturas, que sus decoradores y ornamentistas aprovechaban sus magníficas caligrafías para adornos, adornos que al mismo tiempo que los ojos con sus combinaciones y bizarrías de caracteres, halagan la mente con el sentido de las suras o la significación de los versos. Y ¿ese encanto del agua, transparencia, frescor, armonía, en los patios de mármol, para creyentes en cuya religión son obligatorias las abluciones, y ardientes poligamos en cuyo paraíso el primer premio es la limpia, perfumada, adolescente y siempre virgen belleza femenina?
El agua por todas partes, en las copiosas albercas, en los estanques que reproducen las bizarrías arquitecturales, en las anchas tazas como la que sostienen los leones del famoso patio, o simplemente brotando de los surtidores colocados entre las lisas losas de mármol. Comprendían aquellos príncipes imaginativos que hablaban en tropos pomposos, que la vida tiene hechizos que hay que aprovechar antes de que sobrevenga la fatal desaparición. Fijáos en el significado de las inscripciones decorativas que a cada paso encontraréis: «Yo soy una esposa con las vestiduras nupciales, dotada de hermosura y perfecciones. Contempla el esplendor que me rodea y comprenderás la gran verdad de mis palabras. Mira también mi corona, la encontrarás semejante a la luna nueva. Ibn Nazar es el sol de este orbe del esplendor y la belleza. Permanezca en su elevado puesto sin miedo a la hora del ocaso. Mientras yo, llena de gloria por misericordia suya, publico siempre sus felicidades. Contempla este esplendor. Aquí se establece para administrar justicia a sus siervos. Siempre que de aquí se aleja, sus vasallos se entristecen de no encontrarlo. Pues por mi Señor Ibn Nazar colma Dios de beneficios a los que le sirven. Habiéndole hecho descendiente del Señor de la tribu de Jaxred Saad, hijo de Obada». ¡Gloriosos nazaritas y feliz Abul Walid Ismael! Y allí en dos nichos de la sala de Comares: «¡Alabanza a Dios! Yo deslumbro a los seres dotados de hermosura con mis adornos y mi diadema, pues los luceros descendieron a mí desde sus elevadas mansiones. Aparece el vaso de agua que hay en mí como un fiel que en la quibla del templo permanece absorto en Dios. A pesar del transcurso del tiempo, continuarán mis generosas acciones dando alivio al que tiene sed, y albergue al indigente. Pues por mí pasan las numerosas liberalidades de mi Señor Abul Hachach. Nunca dejan de brillar en mí sus resplandores, pues su luz resplandece aun en las tinieblas de la noche. Tallaron sutilmente los dedos de mi artífice mis labores, después de haber ordenado las piedras de mi corona. Me asemejo al solio de una esposa, pero soy superior a él, pues contengo la felicidad de los desposados. Aquel que venga a mí sediento, le conduciré a un lugar donde encuentre agua limpia, fresca, dulce y sin mezcla. Pues yo soy a manera del arco iris cuando aparece, y el sol nuestro Señor Abul Hachach. No dejen de vivir sus bondades tanto tiempo cuanto la casa del Excelso continúe concediendo los favores de la peregrinación». Por todos lugares encontraréis las alabanzas al dichoso dueño y morador, y, sobre todo, a Alah. Nada que contenga mayor filosofía que la divisa de los Alhamares: «Sólo Dios es vencedor». Para disfrutar tranquilamente de la magnificencia y suavidad de estos parajes y recintos, ninguna ayuda mejor que la tradición, eso que no está en los libros ni certifican los documentos. Así, al llegar a la pila en donde algo que se asemeja a una gran mancha sangrienta llama la atención del visitante, no escuchéis a los que os dicen que Ginés Pérez de Hita inventa, y creed firmemente en que esa oscura tacha de mármol es debida a las rojas degollaciones de que se habla en las leyendas de zegríes y abencerrajes. Y cuando estéis en el patio de Lindaraja, no pongáis atención a los arabizantes que os pretendan explicar la etimología del nombre y negar la existencia de la linda figura; antes bien: imagináosla muy rosada, muy blanca, muy ardiente para el amor, y con unos ojos almendrados, de negros mirares, como corresponde a una verdadera sultana de cuento. Los traductores como Lafuente Alcántara pueden serviros para saber que en la taza de la fuente, en ese patio, dejó un poeta estos pensamientos: «Yo soy un orbe de agua que se ostenta a las criaturas diáfano y transparente; un gran océano, cuyas riberas son obras selectas de mármol escogido, y cuyas aguas, en forma de perlas, corren sobre un inmenso hielo primorosamente labrado. Me llega a inundar el agua; pero yo, de tiempo en tiempo, voy desprendiéndome del transparente velo con que me cubre. Entonces yo y aquella parte de agua que se desprende desde los bordes de la fuente, aparecemos como un trozo de hielo, del cual parte se liquida y parte no se liquida. Pero cuando mana con mucha abundancia, sólo somos comparables a un cielo tachonado de estrellas. Yo también soy una concha, y la reunión de las perlas son las gotas. Semejantes a las joyas que la diestra mano de un artífice colocó en la corona de mi Señor Ibn Nazar, del que con solicitud prodigó para mí los tesoros de su erario. Viva con doble felicidad que hasta el día el solícito varón de la estirpe de Galeb, de los hijos de la prosperidad, de los venturosos, estrellas resplandecientes de la bondad, mansión deliciosa de la nobleza. De los hijos de la kabila de los Jazrech, de aquellos que clamaron la verdad y ampararon al profeta, él ha sido nuevo Saad, que con sus amonestaciones ha disipado y convertido en luz todas las tinieblas. Y constituyendo a las comarcas en una paz estable, ha hecho prosperar a sus vasallos. Puso la elevación del trono en garantía de seguridad a la religión y a los creyentes. Y a mí me ha concedido el más alto grado de belleza, causando mi forma admiración a los eruditos; pues ni jamás se ha visto cosa mayor que yo en Oriente ni en Occidente, ni en ningún tiempo alcanzó cosa semejante a mí rey alguno ni en el extranjero ni en Arabia». Salones, torres, ajimeces, bordadas piedras, aéreos calados, baños, jardines, miradores... Aquí encuentro que había Justicia; más allá que había Salud; más allá que había Belleza; más allá que había Placer. Eran sabios aquellos hombres de turbante; eran buenos, eran fuertes y eran artistas.
Si la Alhambra es más grande, más suntuosa, más imponente, el Generalife es más cordial, más íntimo, más amable. «Delicioso para el amor», escribió en el álbum de la dulce mansión una mujer llamada D.ª Cristina Santoyo. D.ª Cristina sintetizó así todo lo que pueden hilar los literatos y rimar los poetas sobre este rincón hechicero. Yo no sé si la marquesa de Campotejar, dueña actual de esa maravilla, es joven; pero si no lo es, tiene que haberlo sido y que haber amado en este nido de ensueño; y, por lo tanto, haber tenido por escenario de su amor el que le envidiarían todos los reyes de la tierra. Cuán explicables son los entusiásticos arranques del viejo Dumas, en las cartas en que se manifiesta poeta y amoroso: «Lo que hay de maravilloso en el Generalife, señora, no son por cierto sus salas, sus baños, sus corredores, pues que esto lo encontraremos en la Alhambra mejor y más bien conservado; lo que es allí bello, maravilloso, son sus jardines, sus aguas, su vista. Permaneced, pues, en medio de esos jardines lo que os sea posible, señora; embriagáos con los perfumes que no encontraréis iguales, porque en parte ninguna se hallarán reunidos en un más pequeño espacio tantos naranjos, tantos jazmines, tantas rosas; impregnáos con la muelle frescura que despide el agua, porque tampoco en parte alguna veréis brotar tantas fuentes, despeñarse tantas cascadas, rodar tantos torrentes; y, en fin, mirad por cada abertura, que cada abertura es una ventana abierta sobre el paraíso. Y lo que más os seducirá, señora, es ese sabor de Arabia que ha quedado flotando en el aire». Yo he gustado ese sabor de Arabia desde que penetré por entre la doble fila de cipreses y entré por la baja y ancha puerta del Generalife. Buenos genios me amparaban en mi paseo solitario. Por guía tuve a la hija del jardinero, una preciosa niña de trece a catorce años, rubia y seria, que me enseñó el secular ciprés, bajo el cual se sentaba la sultana Zoraida, y el estanque, y los mirtos, y los rosales, y las salas en que en los viejos lienzos se representan los antiguos señores, y el gran árbol genealógico, y las galerías silenciosas en donde dan ganas de suspirar y de besar. ¿Para qué hablaros de lo demás? ¿Para qué deciros vulgares noticias de las guías, datos y fechas que os resultarían ridículos? ¿Para qué hablaros de la Granada actual, de la ciudad que hace política y en donde se pregonan las últimas noticias del conflicto ruso-japonés? He dejado Granada con pena, por su corazón de mármol labrado, por su viejo corazón, por sus divinas vejeces, que hace más adorables una naturaleza singular. Es uno de los pocos lugares de la tierra en que uno querría permanecer, si no fuese que el espíritu tiende adelante, siempre más adelante, si es posible fuera del mundo, «anywhere out of the world!» Y al dejarlo, han venido a mi memoria las estrofas de una romanza que en mi niñez oía cantar:
Aben Amet, al partir de Granada,
su corazón desgarrado sintió,
y allá en la vega, al perderla de vista,
con débil voz su lamento expresó...