II
En estos días ha habido, como muy a menudo, divertimientos alegres para los distinguidos oficiales de esta férrea guarnición. Persona que ha asistido a ellos, me celebra la distinción y las elegancias de las jiras sportivas. Ha sido un fox hunting de lo más ameno y variado, después de gozar los invitados de la hospitalidad de Mr. Larios—, uno de la egregia familia que sabéis. Galopes animados hacia Salt Pans, por amables colinas, por Agua Corte; persecución de un zorro cerca de Polmones Village; amazonas animosas y bravos cazadores, que iban en caballos veloces; magnífica jauría;
Van perros de fina raza,
Cornetas de monte, en fin,
Cuanto exige Moratín,
En su poema La Caza.
como diría, en los buenos tiempos en que hacía versos, el señor presidente Marroquín, de Colombia. Además de zorros, ha habido jabalíes, entre los cuales uno viejo y terrible que hirió gravemente a dos sabuesos. Nada os diré de las excelentes provisiones, siendo ingleses los de la partida. Hasta versos se han rimado, en los cuales se dicen bromas anglosajonas que tocan al «honorable secretario». He aquí esa muestra del humor britanocalpense:
Oh where and oh where is the gallant «Hon. Sec.»
Oh where and oh where can he be?
There's no one to keep these bold «thrusters» in check
No signs of E. M. can we see.
We met at «the Farm» (sure 'twas after the Ball)
And gossiped and «coffe-housed» there,
And drinks (though the need of Dutch courage is small)
While violets decket each dame there.
Chorus.—And there, oh yes there, was the genial «Hon. Sec.»
His smile beaming broadly and bland
As fietd money tickets he swift did collect
By scores were they thrust in his hand.
Eso, con otras estrofas más, se ha cantado con uno de esos joviales aires ingleses que habéis oído más de una vez. Así se divierten los militares que guardan la vasta fortaleza de rocas que humilla el amor propio de la Europa entera. Así se divierten, como en todas partes donde moran. Unos son enviados a la India, o a otras posesiones coloniales. Otros hay que viven aquí desde hace mucho tiempo. A veces suena un pífano, se oyen tambores. Un grupo de soldados pasa, solemne. Se lleva a enterrar a un compañero que quedará por siempre en el peñón, como están en el cementerio viejo, bajo túmulos grises, llenos de inscripciones, víctimas de Trafalgar... Pero son los amos de cuanto su vista abarca.
Como leyese las anteriores líneas a un mi amigo español que está en el mismo hotel que yo, sonríe amargamente.—«¿Usted no sabe hasta dónde llega la conquista de la libra esterlina y de los cañones del Peñón, en tierras de España, en tierra de nuestro D. Quijote? Pues escuche.» Y me lee unos recortes que saca de su cartera:
«Junto a Algeciras los ingleses disponen de campos para jugar al «golf», de cotos para cazar, de huertas para recrearse. Apenas alguien necesita en Algeciras vender una casa, los ingleses la adquieren, y a buen precio. Pronto habrá en Algeciras más propietarios ingleses que españoles. Sin embargo, Algeciras, es como Gibraltar una plaza fuerte. Bien es verdad que esta condición no se halla justificada sino por una vetusta batería artillada por algunas piezas de las que se cargan por la boca; pero no importa, buena, o mala, Algeciras es una plaza de guerra, y como tal, está sujeta a reglas especiales, ni más ni menos que la plaza de Gibraltar.
Sin extremar, como en Gibraltar se extreman—por ser allí la jurisdicción militar la única que rige—la dignidad, el honor, si todavía estos vocablos quieren significar algo en nuestra patria, debieran imponernos cierta línea de conducta. Entretanto, del propio modo que La Línea, El Campamento y Puente Mayorga son arrabales de Gibraltar, Algeciras se convierte paulatinamente en una dependencia del imperio británico. Hay una provincia inglesa que tiene por capital Gibraltar, y que comprende de hecho el Peñón, el Campo, Algeciras y todo el territorio hasta Tarifa por un lado, y de Ronda por otro. Es verdad que esta provincia tiene autoridades militares, civiles y judiciales españolas; pero quien gobierna efectivamente en ellas es el Foreign Office de Londres, y por mandato suyo, el general gobernador de la plaza de Gibraltar. Allí no se hace nada sin anuencia de los ingleses, en tanto que los ingleses hacen allí lo que les parece, seguros de hallar la aprobación tácita o la sanción legal de parte de España. La soberanía española en aquella región de la Península es una pura ficción. Conviene hablar claro y que lo proclamemos muy alto; es indispensable que España lo sepa: existe de hecho, enclavada en los dominios de la monarquía española, una provincia inglesa de Gibraltar, de la cual el Peñón es la cabeza y la ciudadela.
Los ingleses se han creado intereses por doquiera, desde la margen del estrecho hasta la serranía de Ronda. Todo el mundo sabe lo que significa para los ingleses la fórmula «crearse intereses». La intervención activa de la Gran Bretaña en la colonia portuguesa de Lorenzo Márquez y la transformación de ésta en una especie de protectorado británico, débese principalmente al ferrocarril de Delagoa a Komati-Port, cuyo primer interesado es un súbdito inglés. Así también la zona recorrida por el ferrocarril de Algeciras a Bobadilla cae, según la teoría diplomática inglesa «dentro de la esfera de los intereses británicos». De ahí que conceptuemos este ferrocarril como una infamia, porque, una de dos: o esta línea aprovecha al país, o aprovecha a los ingleses: si lo primero, el más elemental patriotismo aconsejaba que se concediese a una compañía nacional, o por lo menos, no inglesa; si lo segundo, jamás, en manera alguna, debía haberse otorgado la concesión a quienquiera que fuera, y menos aun, a una compañía inglesa. Si los ingleses no se encuentran bien en Gibraltar; si el Peñón les parece incómodo y angosto; si la residencia en Gibraltar les es penosa, por la falta de campos, de espacio, de comunicaciones, ¡que se vayan! pero que no vengan a exigir de nosotros esas facilidades de que carecen. Desgraciadamente, para oprobio nuestro, esas facilidades las obtienen con creces; gracias a nosotros, Gibraltar reune para ellos todos los atractivos y todas las comodidades imaginables». Todo eso es la pura verdad, y mi amigo español me hace notar que se les ha dado y se les sigue dando hasta tierra. ¡Hasta tierra! Sí, se ha traído mucha tierra de España y la que se pisa, en el muelle nuevo, y más allá, es, ciertamente, «tierra española...»
¿Y agua?
Hay aljibes admirables en que se aprovecha toda el agua que cae en el Peñón; pero se trataba no hace mucho de concesiones de no sé qué fuentes de la sierra al lado de San Roque. Y ha habido un diputado a cortes que sostenía con entusiasmo esa concesión. «Gibraltar tiene en el parlamento español «sus» diputados. Los ingleses no civilizan nunca, corrompen, y el espíritu corruptor inglés se extiende como una lepra a muchas leguas a la redonda del Peñón.» No obstante... Podrán los ingleses no civilizar; más, desde Castellar, Ronda, y demás lugares que se van acercando a Gibraltar, de donde se desborda la invasión británica, advertís un aseo, una actividad, una higiene, un confort y un pale-ale, que muy poco tienen de españoles...
No he encontrado en los habitantes de Gibraltar, originarios de familias españolas, un manifiesto deseo de volver a la antigua bandera... Se advierte que un nuevo espíritu se ha posesionado de la raza. Todo el mundo ama el trabajo y procura la actividad. He recordado la palabra del siempre citable Nietzsche: «Las razas laboriosas no pueden soportar la ociosidad. Fué un golpe magistral del instinto «inglés» santificar el domingo en las masas y hacerlo aburrido para ellas, a tal punto que el inglés aspira inconscientemente a su trabajo de la semana.» El domingo en Gibraltar, es como el domingo en Londres, o en cualquier ciudad anglosajona. Religiosa o no, la población se encuentra triste, opaca, sin movimiento, en un exceso de santificaciones.
Todos los ciudadanos de Gibraltar que hablan español piensan en inglés. El Peñón está bien asido, como por las poderosas mandíbulas de un gigantesco bulldog. Este no soltará fácilmente, antes bien quiere avanzar, tierra adentro.
Como he dicho, no se permite al Gobierno de España ninguna fortificación vecina. Inglaterra desea mantener el campo, tal como quedó establecido en 1810, cuando fueron volados los fuertes existentes. «De 1810 a acá, dice un escritor español, cuantas veces hemos intentado levantar las fortificaciones derruídas o construir otras, Inglaterra ha hallado medio de hacer obstrucción. Nuestras tentativas por recuperar en la bahía de Algeciras el rango a que tenemos derecho, o simplemente por organizar la defensa de nuestro territorio, corresponden a la segunda mitad del siglo xix. El último proyecto, el que más nos interesa, puesto que se aplica a los modernos adelantos de la artillería y a las recientes innovaciones en el arte de la fortificación, lleva la fecha de 1900.»
Los ingleses, por su parte, hacen perfectamente, pues una vez bien fortificada la parte española y artillada con cañones modernos, El Peñón estaría, dada una conflagración europea, en verdadero peligro.