Algunas notas sobre Valle Inclán.
I
Recuerdo la primera impresión. Este es uno de los que quieren épater al burgués, me dije. Sombrerón de anchas alas, barbas monjiles, gesto militar, palabras estupefacientes, maneras de aristo. El cuerpo delgado bajo un macferland cuya esclavina se convertía por instantes en dos alas de murciélago satánico; los ojos dulces o relampagueantes, y la sonrisa entre la cual se escapaban frases a cortos golpes paradójicos, o buenas, o espantosas. Sobre todo espantosas, épatantes.
Él me pudo decir entonces: Hombre de América que vienes aquí para ver España: mira en mí algo de lo que queda de lo más nacional, típico y poético. Yo soy un Conquistador, y además, otras cosas. Mi sombrerón de anchas alas te dice de mis cariños y andares en las tierras de Méjico que tanto recorriera aquel mi muy admirado varón de gesta que tenía por nombre Hernán Cortés. Mis barbas monjiles te manifiestan la tradicional religión del monje que he sido; mi gesto militar explica que he llevado uniforme en luchas civiles, en la misma tierra en que manda el legendario y justamente alabado por Tolstoi, general don Porfirio Díaz. En cuanto mis palabras que dejan a las gentes estupefactas o espantadas, son las de aquel que sabe que hay en la tierra y en el cielo cosas que no comprende nuestra filosofía...
II
Desde entonces Valle Inclán ha crecido como un bello león. Perdió su brazo, pero parece que por allí le hubiese brotado una nueva garra invisible.
Cuando Octave Mirbeau descubrió en el Fígaro parisiense a Maeterlinck, nombró a Shakespeare. Hugo, si no me engaño, en una breve frase, rememoró al omnividente Will, a propósito de las extraordinarias niñerías de Rimbaud.
Yo no he encontrado la sensación shakespereana más que en algunas cosas de Lugones—en quien encuentro todo—y en los últimos libros de Valle Inclán. Poe queda aparte como Jules Laforgue.
III
El éxito internacional—y lo digo con motivo de que en Francia han comenzado a traducir las obras de Valle Inclán—no tiene nada que ver con el mérito artístico, con los valores ideales. D'Annunzio, a pesar de su réclame, no se puede regodear de una Quo vadis?, y Sienkiewicz nada vale al lado del Coloso: ¡George Ohnet!
George Meredith acaba de morir, y aquí en España no he visto en ningún periódico más artículo respecto a la desaparición del prodigioso inglés, que el que ha enviado a un diario su corresponsal en Londres, varios días después de los funerales.
IV
Los personajes que en su ya larga serie de obras ha creado este espíritu de excepción, son vivientes más allá de la real vida, más allá de la vida normal; no existen como los héroes balzacianos o zolescos, sino como Hamlet, Otelo, o el viejo Lear.
Los tipos retratados o encarnados de lo cotidiano, mueren, desaparecen, como los que vemos todos los días. Poeta o escritor que quiere dar a sus seres supervivencia tiene que plasmarlos e infundirles un alma bajo un concepto de eternidad. No viven hoy diez mil tipos animados por mil autores que tuvieron en su tiempo ganga y celebridad, y que hacían la labor de fuera para dentro. Viene Celestina simbólica y que parece tan real como quien hubiera merecido ser su esposo o compañero, el gordo Falstaf. Ambos tuvieron forma y alma de dentro para fuera. Así el ilustre Bradomín, don Juan Manuel de Montenegro, las damas de ensueño y los bufones de misterio que, en un ambiente desconocido, aparecen en la obra profunda y encantadora de Valle Inclán.
V
Yo he retratado antaño a este admirado y querido amigo mío en el siguiente soneto:
Este gran don Ramón de las barbas de chivo,
cuya sonrisa es la flor de su figura,
parece un viejo dios, altanero y esquivo,
que se animase en la frialdad de su escultura.
El cobre de sus ojos por instantes fulgura
y da una llama roja tras un ramo de olivo.
Tengo la sensación de que siento y que vivo
a su lado, una vida más intensa y más dura.
Este gran don Ramón del Valle Inclán me inquieta,
y a través del zodíaco de mis versos actuales
se me esfuma en radiosas visiones de poeta,
o se me rompe en un fracaso de cristales.
Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta
que le lanzan los siete pecados capitales.
Tales catorce versos no dicen en verdad la complicada figura de este gran don Ramón. Tan complicada, que ha llegado a ser casi burgués, casándose con un «alma hermana» que le comprende y le ama muy de veras. La antigua cabellera ha desaparecido; una indumentaria inglesa ha sustituído a la de los días pasados—aunque también el macferland era británico—y luego, nunca, nadie podrá decir que ha visto a Valle incorrecto. Siempre, aun en días duros, fué el caballero, el fidalgo. En su casita, que es un nido de arte, en la calle de Santa Engracia, una niñita sonrosada es una rosa sobre su gloria, es la princesa.
VI
Este no es un estudio; dicho está que son notas. Largo trabajo se necesitaría para exponer la obra—y la vida unida ella—de Valle Inclán. Porque lo que he dicho sobre lo shakespeareano, tiene, en la introspección, una base de realidad. Atiéndase bien:
Todo lo que en la poemática labor de Valle Inclán parece más fantástico y abstruso, tiene una base de realidad. La vida está ante el poeta, y el poeta la transforma, la sutiliza, la eleva, la multiplica; en una palabra: la diviniza, con su potencia y música interior. El que no tiene el daimon no puede hacer eso, y, por tanto, he sostenido la superioridad de Unamuno sobre otros puramente formales o virtuosos en la lírica.
VII
Femeninas, Epitalamio, Cenizas, fueron la primera floración en el jardín de este gran señor de letras. Se dirá de reminiscencias extranjeras—por lo de la forma—, mas nunca del modo que se le ha señalado a D'Annunzio. Valle Inclán ha sido d'annunziano en alguna de las sonatas—cuestión de orden y contrapunto verbal, y hasta dandismo, porque era el momento, y, cuando cantan los ruiseñores, les llevan y les modulizan el canto los vientos que vienen de todas partes. Para esto, ver lo que últimamente ha dicho uno de los superiores, un gran poeta y de los más conscientes y firmes de saber, el catalán Marquina, a quien si alguna vez le ha faltado algún don—siendo con todo de los excelentes—y hablo ahora en cuanto a crítico—, es el don de la diferenciación.
VIII
Las Sonatas, que hoy, por primera vez, van a hacerse conocer en Europa, son ejecuciones primigenias de Valle Inclán. Bravas ideas y aventuras sentimentales dichas en exquisitas maneras. La demostración, en los primeros momentos, de nuestra lucha hispanoamericana por representarnos ante el mundo como concurrentes a una idea universal—Idea, no Moda—que comenzaba a llenar de una nueva ilusión o realización de belleza, todo lo que entonces pensaba altamente en la tierra. En ello hay el anhelo de la novedad—y de antigüedad—que caracterizó a los Nuevos. Que mañana seremos Viejos. Pero él va fecundando. Y las Sonatas de las cuatro estaciones tendrán una repercusión incomparable en la historia de las letras castellanas. Poniendo su escenario en tierras distintas, como los capitanes de antes su bandera y sus proezas, en que hacían tan soberbiamente drama o novela, él cierra, en un momento, ese zodiacal cielo y va a hacer otra cosa.
IX
Entonces vienen las Comedias Bárbaras—que tienen únicamente, y todo relativo, algún parentesco con los poemas del olímpico francés y con las odas del poderoso italiano—. Bárbaro, en esta extensión de la palabra, es lo que en expresión, simbolismo o manera de ser, representa una mentalidad medioeval, ásperamente expresiva, invasora y gótica; popular en lo del fondo del corazón del pueblo: feudal, caballeresca, burgrave, mística, llena de conocimientos o suposiciones milenarios, y al mismo tiempo ingenua, pagana en lo mucho que de paganismo tenía la Edad Media: con el sentido de la Fatalidad que había en tiempos de pestes extrañas y fulminantes que supiera comprender un Edgar Poe; y de peregrinos con sus conchas en las caperuzas; y de leprosos que para atraer o alejar al viandante, tocaban sus esquilas en los caminos, mientras todo el orbe, desde el montículo papal, temblaba por el advenimiento de lo Extraordinario.
Como Galicia ha sido una de las regiones santuarios del mundo, tiene una infinidad de infinito flotante y de religiosidad imperante en que podía bien anclar este fundamental artista. Todo eso legendario de Compostela, todas las sendas de fe, que han ido abriendo generaciones de generaciones por siglos de siglos: todo el creer de la labriega que sabe los decires de las brujas, las apariciones particulares o numerosas; el hablar de las piedras para quien las entiende, como el de los árboles en la sombra para quien los oye; todo lo que la circunstante naturaleza tiene en esa región de España, está en la obra de Valle Inclán. Pero, y aquí viene mi cita de Shakespeare, adquiere por la virtud genial, una expansión absoluta. Y el marqués de Bradomín se irá por todas partes, sin marca de fábrica francesa o sin estampilla escandinava, y respirando con más placer y dignidad, antes que los perfumes forasteros, los del gran botafumeiro de su catedral.
X
Ahora empieza la serie de los cruzados de la causa. Novelas carlistas. No hay nada comparable sino los chouanorias de Barbey. No he visto más adorable Cervantes, sin esperar nada del palacio veneciano de Loredán y del apartamento de París. Él cree, él ve la epopeya, que lo fué, estupenda, en aquel encuentro largo de leones, de una y otra parte. Él cree, y principalmente, sabe, porque está documentado como en todo. Es esta una campaña de ideal de que no se han dado cuenta aquí. El viejo e ilustre Galdós debía haber hablado ya y decir quién viene después de él. No para dejarse devorar, como en ciertas tribus, sino para que se le respetase más.
Y conste que hoy yo amo y respeto a don Benito, casi ya lapidariamente maestro.
XI
¡Y luego, Valle Inclán es un poeta tan exquisito! ¡Su libro pequeño y lindo de versos está lleno de tan supremas cosas! A Rodó, a Lugones, a Díaz Rodríguez y a los otros compañeros más serán un regalo. Pero fíjense en los acompañamientos de gaita que van al fin de cada poemita. Es que el celta nos conquista; e irá de allí a todas partes. Solamente que, ¿qué citar? Citaré las Prosas de dos ermitaños:
En la austera quietud del monte
y en la sombra de un peñascal,
nido de buitres y de cuervos
que el cielo cubren al volar,
razonaban dos ermitaños:
San Serenín y San Gundián.
—San Serenín, padre maestro,
tu grande saber doctoral
que aconseja a papas y a reyes,
¿puede a mi alma aconsejar
y un cirio de cándida cera
encender en su oscuridad?
—San Gundián, padre maestro,
y definidor teologal,
confesor de papas y reyes
en toda la cristiandad,
el cirio que enciende mi mano
ninguna luz darte podrá.
—San Serenín, padre maestro,
mis ojos quieren penetrar
en el abismo de la muerte,
el abismo del bien o el mal,
donde vuelan nuestras ánimas
cuando el cuerpo al polvo se da.
—San Gundián, padre maestro,
¿quien el trigo contó al granar,
y del ave que va volando,
dice en donde se posará,
y de la piedra de la honda
o de la flecha, a dónde van?
—San Serenín, padre maestro,
como los ríos a la mar,
todas las cosas en el mundo
hacen camino a su final,
y el ave y la flecha y la piedra
en ceniza se trocarán.
—San Gundián, padre maestro,
todo el saber en eso da:
cuando es misterio, en el misterio
ha de ser por siempre jamás,
hasta que el cirio de la muerte
nos alumbre en la eternidad.
—San Serenín, padre maestro,
esa luz que no apagarán
todas las borrascas del mundo,
mi aliento quisiera apagar.
¡El dolor de sentir la vida
en otra vida seguirá!
—San Gundián, padre maestro,
mientras seas cuerpo mortal
y al cielo mires, en el día
la luz del sol te cegará,
y en la noche las negras alas
del murciélago Satanás.
Callaron los dos ermitaños
y se pusieron a rezar.
San Serenín, como más viejo
tenía abierto su misal,
y en el misal la calavera
abría su vacío mirar.
En ello no hay el acompañamiento musical de la región, como os he dicho, pero oid esto, que se llama «El milagro de la mañana»:
Tañía una campana
en el azul cristal
de la santa mañana
oración campesina,
que temblaba en la azul
santidad matutina.
Y en el viejo camino
cantaba un ruiseñor,
y era de luz su trino.
La campana de aldea
le dice con su voz
al pájaro que crea.
La campana aldeana
en la gloria del sol
era el alma cristiana.
Al tocar esparcía
aromas de rosal
de la virgen María.
Esta santa conseja
la recuerda un cantar
en una fabla vieja:
«Campana, campaniña
do Pico Sacro
toca porque floreza
a rosa do milagro.»
Todas las exquisitas suavidades o gestos rítmicos de Valle Inclán indican en este pequeño libro la existencia de un poeta, que, si lo quisiese, podría hacer una obra lírica y métrica, como la que va realizando de modo que no se le puede encontrar igual en Europa, Meredit, apenas, y en otro rumbo y mundo mental, sin no hacer más que aumentar la gloria del gran inglés esta opinión.
XII
¡Ah! ¡Si Valle Inclán quisiere hacer un viaje a Buenos Aires! Posiblemente será antes a Nueva York.
Los diplomáticos poetas.
AMADO NERVO
PRIMER SECRETARIO DE LA LEGACIÓN DE MÉJICO EN MADRID
Cuando acaba de ascender en la carrera, y el gobierno de S. M. C. acaba de condecorarle, un nuevo libro de poesías viene a demostrar que el peso del uniforme no impide el vuelo. Indico a Amado Nervo.
Ese hombre dulce, de cabeza cristiana, porta una espada decorativa. En nada se opone a la normalidad de las cosas que quien ha nacido para monje concluya sus pacíficos días en el noble y ceremonioso cargo de introductor de embajadores, y sustituyan a los ágapes conventuales los áulicos banquetes y al untoso «benedictine» el toast bien recortado.
Aunque Amado Nervo es mejicano, nada en él encontraréis de azteca. ¿Os he dicho ya que se parece a Jesucristo? Mas ahora caigo en la cuenta de que os estoy hablando del Amado Nervo que yo he conocido hace algunos años en París, y cuyo busto, plasmado por el escultor Nava, su compatriota, figuró en uno de los salones. Sí, aquel Nervo tenía ciertamente una cara israelita y un aire nazareno. El de hoy, mutilado, pues estirpó su bella barba característica y apartó su amable aire de ensueño, es el que corresponde a las atenciones del protocolo y al diario contacto con su jefe, el notario mundano y distinguido señor de Beistegui, el mismo que regaló, si no me equivoco, al Museo del Louvre, de París, una famosa colección numismática.
En París pasamos juntos días de ilusión y de alegría, pimentados con el poco de locura y capricho que los bizarros años y el medio nos exigían. Allí tuvimos ciertas relaciones extraordinarias, ciertos amigos fantásticos, entre ellos el pintor Henry de Groux, loco o genio; pero, desde luego, un tipo desconcertante; el cual nos fué presentado por otro personaje prodigioso, músico y ocultista, que tenía unas hijas encantadoras y nos leía unos alucinantes comentarios del Apocalipsis... Nervo ha hablado en alguno de sus libros, aunque someramente, de esos días incomprensibles. Nuestro contagio se extendió por el Barrio latino, adonde fuimos a perturbar la calma de unos cuantos pintores y escultores, compatriotas de Nervo y pensionados por su gobierno.
¡Oh!, en diez años, ¡cómo ha cambiado el escenario y la corriente de nuestras vidas!
Yo he admirado en Nervo siempre su amor de belleza, su culto misterioso de idealidad. El simbolismo influyó mucho en él. Después, libre su personalidad lírica, fué por todas partes en vuelo y en armonía. Tras largas complicaciones estéticas, ha llegado a uno de los puntos más difíciles y más elevados del alpinismo poético, a la planicie de la sencillez, que se encuentra entre picos muy altos y abismos muy profundos. Por todo esto, pues, sabéis ya, que Amado Nervo tiene mi amistad y mi admiración.
Desde Perlas negras, desde Místicas, obras suyas primigenias, simpaticé con su suave ideología y con su culta sentimentalidad. Oí sus misas—misas rezadas—con fraternal devoción. Y al llegar a la República Argentina tuve el placer de ser el primero en dar a conocer a mis amigos intelectuales a aquel hermano que hacía cosas muy bellas en la tierra de Moctezuma.
Desde la publicación de sus primeros libros hasta el que acaba de aparecer, En voz baja, la evolución de Nervo ha sido variada, pero siguiendo siempre un solo rumbo. Ha sido un admirable sincero y por eso mismo es un admirable poeta. Luego, tiene una individualidad. Es de esos poetas privilegiados que ponen algo inconfundible en lo que producen. Para quien conozca su obra, una poesía de Nervo no necesita la firma. Además, es un poeta aristocrático, en el sentido original de la palabra. Su música es di camera. Ha cantado casi siempre «en voz baja». Condición excepcional esta en la sonante España y en nuestras Américas españolas, donde hay cada Stentor indígena y capa hombre-orquesta que ensordecen las ágoras. Así, de la risa diríase que no se oye en la producción de este lírico. A él se le ve sonreir, y, como de su tiempo, esa sonrisa es triste. Además él nos dirá en un dístico:
El proverbio latino harta razón tenía:
«Non est magnum ingenium sine melancholia.»
El poeta verdadero vive de su propia meditación y la persecución de lo absoluto es causa de inenarrables angustias. Hay que hacerse un alma de notario o de sportsman para librarse de las malas consecuencias que traen las incursiones y exploraciones dentro del propio espíritu. La diplomacia también es bastante para el caso.
Nervo, entre sus primeros libros y el que está recién salido de la imprenta, ha convidado a los amadores de bellas flores artísticas, a la visión de muy bellos Jardines, decorados con los primores de su fantasía, y en donde cantan pájaros de encanto, exquisitas estrofas. También ha dado, en prosa, narraciones enigmáticas, entre ciencia y sueño: y ha demostrado un filosófico humor en páginas sencillas y excelentes.
Nervo está en una edad que en Francia le colocaría entre los muy jóvenes academizables; pero que en Italia le condenaría a ser devorado por los futuristas del poeta Marinetti. Es célibe. Hombre tranquilidad, de orden, con instintos de coleccionista y ciertos gustos de abad. Ha sido pronto y justamente ascendido en la carrera que hoy sigue, probando que, como decía alguien, los poetas, además de los versos, hacen tan bien, o mejor que los otros hombres, lo que éstos hacen.
Mas bueno será que os halaguen ya algunos sones del ideal instrumento que con tanto arte y sutil elegancia toca este músico singular.
En voz baja se compone de cuatro partes: la primera, que da el título a la colección: La sombra del ala, Un libro amable y Del éxodo y las flores del camino. El poeta dedica el volumen a su madre:
Madre: los muertos oyen mejor;
¡sonoridad celeste hay en su caja!
A ti, pues, este libro de intimidad, de amor,
de angustia y de misterio murmurado en voz baja.
A una hermana espiritual expresa su deseo de poner en su obra,
el alma triste, arcana,
sutil y misteriosa
que tienen los paisajes.
Hay prosas y versos, diríamos en este caso recordando a Flaubert, que quisiéramos estrechar contra nuestro corazón. Nervo no es de los incontenibles; es de los concentradores, de los de calidad. Creo que el poema de más extensión que ha escrito es La Hermana Agua. El resto de su producción se cristaliza en gemas o se diluye en reducidos elixires.
Aquí ya da una delicada nota de intimidad amorosa a una «cabecita rubia, nido de amor, rizado y sedeño»; o de otra dirá:
¡Es su faz un trasunto de ideal tan completo!
¡Son sus ojos azules de tan raro fulgor!
Sella todos sus actos un divino secreto...
¡No le habléis de amor!
¡Es tan noble el prestigio de sus manos sutiles!
¡Es tan pálido el rosa de sus labios en flor!
Hay en ella el misterio de los viejos marfiles...
¡No le habléis de amor!
Tiene el vago embeleso de las damas de antaño,
en los lienzos antiguos en que muere el color...
¡No turbéis el silencio de su espíritu huraño!
¡No le habléis de amor!
Sus intimismos no tienen relación con los de otros poetas, como Rodenbach, por ejemplo. Su Vieja llave, hecha de manera tan moderna—¡y tan antigua!—es de una gracia melancólicamente doméstica y siendo tan personal, encuentra en el lector un eco de canción conocida y de algo sentido por uno mismo. Son las reminiscencias de las casas de los primeros años, saudades de tiempos ya lejanos que con su recuerdo traen al alma una vaga y sutil ternura. Y es algo criollo, algo americano y mansamente señorial al mismo tiempo.
Esta llave cincelada
que en un tiempo fué, colgada
(del estrado á la cancela,
de la despensa al granero)
del llavero
de la abuela,
y en continuo repicar
inundaba de rumores
los vetustos corredores;
esta llave cincelada,
si no cierra ni abre nada,
¿para qué la he de guardar?
Ya no existe el gran ropero,
la gran arca se vendió;
sola en un baúl de cuero,
desprendida del llavero
esta llave se quedó.
Herrumbrosa, orinecida,
como el metal de mi vida,
como el hierro de mi fe,
como mi querer de acero,
esta llave sin llavero
¡nada es ya de lo que fué!
Me parece un amuleto
sin virtud y sin respeto;
nada abre, no resuena...
¡Me parece un alma en pena!
Pobre llave sin fortuna
... y sin dientes, como una
vieja boca, si en mi hogar
ya no cierras ni abres nada,
pobre llave desdentada,
¿para qué te he de guardar?
Sin embargo, tú sabías
de las glorias de otros días:
del mantón de seda fina
que nos trajo de la China
la gallarda, la ligera
española nao fiera.
Tú sabías de tibores
donde pájaros y flores
confundían sus colores;
tú de lacas, de marfiles
y de perfumes sutiles
de otros tiempos, tu cautela
conservaba la canela,
el cacao, la vainilla,
la suave mantequilla,
los grandes quesos frescales
y la miel de los panales,
tentación del paladar;
mas si hoy, abandonada,
ya no cierras ni abres nada,
pobre llave desdentada,
¿para que te he de guardar?
Tu torcida arquitectura
es la misma del portal
de mi antigua casa oscura
(¡que en un día de premura
fué preciso vender mal!)
Es la misma de la ufana
y luminosa ventana
donde Ines mi prima y yo
nos dijimos tantas cosas,
en las tardes misteriosas
del buen tiempo que pasó.
Me recuerdas mi morada,
me retratas mi solar,
mas si hoy, abandonada,
ya no cierras ni abres nada,
pobre llave desdentada,
¿para qué te he de guardar?
Esto es delicioso, sencillo y fino. No puede haber expresión más transparente y simple. De más decir que al autor de tales versos se le señala y clasifica entre los llamados modernistas.
En Hojeando estampas viejas el lírico tiene la imprecisa sensación de una vida anterior, heroica y amorosa. En Ruego pide a un âme soeur, como dicen los franceses, piedad y suavidad: en Til qu'en songe becqueriza a su modo.
Expresa extraños sentires que le hacen dudar de si aun existe en este mundo. O recuerdos indefinidos:
Es un vago recuerdo que me entristece
y que luego en la noche desaparece;
y que surge de un ignoto pasado,
que viene de muy lejos y como muy cansado;
que llega de las sombras de indefinido;
un recuerdo de algo muy bello que se ha ido
hace ya muchos siglos, ¡hace... como mil años!
¡Y tantas desesperanzas!
Los alegres compadres protestan y se escandalizan. Es demasiada tristeza... ¿Qué les pasa a los poetas jóvenes de hoy, a los de la pasada y de la actual generación? ¿No hay cosas risueñas que contar?
Y los inenarrables de siempre.—¡Cómo! ¡Un poeta americano que sigue las huellas de tales o cuales desconsolados europeos! ¿Y vuestros ríos que parecen mares? ¿Y vuestros bosques, y vuestros lagos, y la fecunda zona que el sol enamorado circunscribe? ¿Y los libertadores? ¿Y el oprobioso yugo y el león de España? ¿Y la virtud de vuestras matronas? ¿Y la Patria, por fin? ¿Y la Patria?
Muchas más interrogaciones hay que dejan estupefactos a los cisnes, bajo la sombra, no siquiera de Bonhomet, sino del convencido e inmortal farmacéutico. No, dicen los buenos gustadores, no hagamos caso de esas preguntas. En este bello breviario, una desolada y encanecida Bella del bosque durmiente, dice lo irreparable. Hay «languideza» en versos fatigados. ¿Quién dirá que no es hermosamente valiente y castizo ese romance que empieza:
Clavó su castillo el conde
en la roca más hostil
del monte...;
¿Y que no hay remembranzas de la pasada pasión, y cosas que habrían complacido a René y a Olimpio? ¡Un romántico! Sí. Nervo es un romántico. Un romántico del siglo XX. Esto no sienta mal, porque ya sabéis la opinión de Stendhal sobre el particular. Él se declaró romántico. Y, además, era cónsul.
Saludemos, pues, a la señorita a quien en ese libro se le expresa:
Angélica y Oriana;
Melisandra y Cordelia,
Margarita y Ofelia
te llamarán hermana.
A lo cual agrega el poeta fatal haciéndose el viejo:—¡No tanto, amigo mío, no tanto!
¡Oh! ¡que no pueda yo, señora mía,
aguardar que el botón se vuelva rosa,
embotando del tiempo que me acosa
la tiranía!
Toda esa nonchalance impera en la primera parte del volumen. Cánticos discretos, breves en su mayor parte, a la sordina, «en voz baja».
«La sombra del ala» debía estar bajo la invocación de Montaigne. Es un conjunto de variaciones sobre el «Que-sais-je?» eterno.
... Pero dí, ¿qué esfuerzo cabe
en un alma sin bandera,
que lleva por donde quiera
su torturador? ¡quién sabe!
· · · · · · · · · · · · · · · ·
¡Oh padre de los vivos! ¿a dónde van los muertos,
a dónde van los muertos, Señor, a dónde van?
· · · · · · · · · · · · · · · ·
¡Oh, buena hada! ¿tendrá Dios
piedad de nosotros?
· · · · · · · · · · · · · · · ·
Mas, ya todos sabemos que el poeta puede cambiar con el instante, siendo su sucesión de impresiones y sensaciones a veces tan variadas como la naturaleza misma. De este modo, no causa extrañeza el paso de algunas horas sonrientes y de algunos momentos optimistas. Aprobad, pues, que por éstas, por aquellas razones diga el cantor en veces ¡está bien! Y pues llega «papá Enero», estos versos:
Papá Enero, que tienes tratos
con los hielos y con las nieves
(y que sin embargo remueves
el celo ardiente de los gatos),
Guarda en tu frío protector
el cuerpo y el ánima en flor
de mi niña de ojos azules
(en cuyas ropas y baúles
hay castidades de alcanfor).
Mantén sus ímpetus, esclavos,
mantén heladas sus entrañas,
(como los fjords escandinavos
en su anfiteatro de montañas).
¡Pon en su frente de azahares
y en su mirar hondo y divino,
remotos brillos estelares,
quietud augusta de glaciares
y claridad de lago alpino!
Él vive la vida europea. Mas de pronto le asaltan los recuerdos de su tierra. Madrigaliza a una niña de dieciséis años. A su amigo el ex embajador Casasús, noble poeta, escríbele clásicamente:
Libio, yo estoy prendado de tal modo
de la naturaleza peregrina,
que ansiando en mi amor loarlo todo,
le grito ¡bis! al ruiseñor que trina,
¡olé a la onda que cuajó en espuma,
y ¡hurra! al sol que calienta y que ilumina.
¡Gracias! digo al clavel que me perfuma
o al lirio que brotó bajo mi planta,
y ¡bravo! a la oropéndola que empluma.
Y rima otras galanas palabras y casa otras lindas ideas, con una innegable maestría.
«El éxodo y las flores del camino» es la parte de verso de un libro en verso y prosa publicado con ese título. Es un corto reisebilder. Notas de viaje, líricamente expuestas y rimadas, es su Parcours du rêve au souvenir; ¡pero bastante lejos de Montesquiou-Fézensac!—Irlanda, Londres, Bretaña; y París, y mujeres, y artistas; y otra vez París, y Flandes; y Lucerna, y Bohemia; e Italia y París; y mujeres; y arte; ¡y París y París!
¿Te acuerdas, mi querido colega, de aquella joven parisiense que en una comida de amigos, en su casa, te cantó unos versos hechos por ella, tan triste y tan dulcemente, versos de adiós? ¿Y que poco tiempo después se murió?... Aquella era una de tantas ilusiones de París. Ahora me he acordado de ella.
La literatura en Centro América.
EL POETA DE COSTA RICA
Costa Rica tiene el espíritu más ordenado y pacífico de todas las cinco repúblicas de la América Central; Costa Rica tiene sangre gallega; Costa Rica tiene un notable diplomático en Europa que se llama el conde de Peralta; Costa Rica tiene el mejor teatro de aquellas regiones; Costa Rica tiene la corte suprema de justicia centroamericana en la ciudad de Cartago, y un edificio que le regala Carnegie; Costa Rica tiene un tranquilo pueblo de agricultores, y Costa Rica tiene un poeta. Tiene, es verdad, otros poetas, pero «su» poeta, el poeta nacional, el poeta regional, el poeta familiar se llama Aquileo J. Echeverría. Este poeta ha sido empleado público, militar, diplomático, periodista. Yo le he conocido hace ya muchos años, cuando era ayudante del presidente Cárdenas, de Nicaragua. En Wáshington, donde perteneció a la Legación de su país, fué íntimo amigo de un distinguido argentino, el señor Attwell. Ha gustado siempre de la vida social y no ha andado muchas veces lejos de la vida del país de Bohemia. Su indestructible pasión fueron las amables musas. Después de errar en varias repúblicas centroamericanas, retornó a su país y se casó, y, como en los cuentos, tuvo muchos hijos. Su carácter, siempre jovial, siempre alegre, se opuso a los persistentes golpes de la mala suerte. Sus dones intelectuales se fueron aquilatando con los años, pero el hada Carabosse que, como es costumbre había aparecido ante su cuna en los instantes en que otras hadas buenas le dotaban con muchas cosas buenas, le hizo el poco grato obsequio de la mala salud. Y he aquí por qué, cuando escribo estas líneas, se encuentra el poeta de Costa Rica en un Sanatorio de Barcelona. Ha venido a Europa por una disposición especial del Congreso de su país, en la cual, como sucede siempre en esos casos, se hace saber oficialmente y sin eufemismos, que es poeta y que es pobre. Desde su lecho de enfermo, prepara en la ciudad Condal una nueva edición de sus versos el sentimental e ingenioso autor de Concherías.
¿Qué significa la palabra conchería? El distinguido escritor costarriqueño, señor Brenes Mesén, nos lo explicará: «Aunque la palabra «conchería» es bien inteligible para los nacionales, no estará demás indicar que en Costa Rica, de unos ocho años para acá, se llama «concho» al campesino, al aldeano. Por lo tanto, una conchería es una acción, o una expresión propia de un campesino». Habla el poeta la lengua de los hombres rurales de su tierra. Una ráfaga del aire que acarició las melenas de Martín Fierro o de Santos Vega ha pasado por allá. El canto brota del terruño como las flores y frutos autóctonos. Demás decir que Echeverría no ha tenido nada que ver con princesas propias o ajenas; no ha contribuído a hacer odioso el alejandrino, no ha tenido jamás ningún rastacuerismo lírico, ni se cree un pistonudo genio. Tiene—¡ah, tener eso todavía, Dios mío!—tiene un corazón. Un corazón armonioso, sensible y lleno de alegría y de ternura. Ha sufrido las terribleces de la escasez y está padeciendo las amarguras de la enfermedad y, sin embargo, no hay en él un solo instante de pesimismo y, como buen pájaro natural, dice su decir rítmico celebrando las cosas lindas de la vida y despertando la sonrisa en los labios de los que escuchan su música jovial.
En pocas palabras sintetiza su valor uno de sus amigos, Antonio Zambrana: «No padeciendo o afectando enfermedades forasteras, no enclenque y canija, no vistiendo trapos de París manchados de vino, sino fresca y colorada, la musa de Aquileo nació en Cot, o en Barba; sobre eso puede haber disputa, y es muchacha alegre, honrada, si ligera de lengua, de muchas libras de peso. Aquí tienes, amigo lector, algo, no sólo de la raza, sino de la tierra, algo genuino, espontáneo y sin careta, hombre que a otros no les empresta la lira, contentándose a veces, para su música, con una flauta de caña hueca, pero hecha por él del material de nuestros bosques. Imaginación traviesa, pero que sabe ponerse seria si conviene; ingenio peregrino, verbo sonoro y abundante, hay uvas de lo mejor de Andalucía y naranjas de aquí, con semilla de Valencia, en el plato que te presento; regala tu paladar y sé agradecido». Sí puro, espontáneo; ciertamente, conténtase a veces para su música con una flauta de caña hueca hecha por él del material de nuestros bosques. Pan hacía lo mismo, dirá él. Su verso es bien modulado, y aunque diga cosas de la patria nativa, demuestra su descendencia clásica, la fuente original de donde ha fluído el admirable y bien sonante romancero castellano.
Echeverría habla bien su lengua patriótica. Para Rafael Obligado sería el numen de Aquileo simpático como su apellido. Y yo aprovecho la ocasión para declarar cuánto me encantan los poetas que, como el árbol de su floresta, dan la flor propia. Mi vida errante explicaría mi cosmopolitismo de antaño y mi exotismo el ansia de lo deseado.
Otro escritor, compatriota de Echeverría, dice: «Quien conozca nuestro pueblo y su lenguaje expresivo y sencillo; quien haya vivido nuestra vida y fortalecido el cuerpo enfermo con las emanaciones suaves de esta tierra; quien haya puesto su alma en contacto con esta naturaleza soberbiamente prolífica, tranquila y bella, no dejará de leer con amor los versos de este libro, porque de todos se desprende el vaho fortificante de nuestro suelo». Así ha sucedido, pues ningún otro poeta en Costa Rica tiene, como él, ni tantos lectores, ni tantos afectos conquistados.
Yo conozco la tierra de Echeverría. Los campos son fecundos y risueños. Si en las costas quema la furia solar del trópico, en el interior el clima es fresco y la vida apacible. Los campesinos tienen casi todos tipos europeos. En montes y campañas podréis hallar incultas bellezas, de hermosos rostros y voluptuosos cuerpos. Si he visto en San José, la capital, damas incomparables y mozas de la cofradía del diablo que en París hubieran sido unas bellas Oteros, pude admirar en mis excursiones mujeres e hijas de agricultores y carreteros, el rosado pie descalzo y la cabellera al aire, y para galantear a las cuales habría yo solicitado de mi amigo Aquileo algunas de sus gratas concherías. ¡Su musa lo sabe decir con tanta gracia y donaire! Su musa: hela aquí tal como él la pinta.
Mi musa es joven y ardiente,
morena, de erguido seno,
boca sensual y más roja
que las bayas del cafeto;
blanca y firme dentadura,
que es albo nido de besos;
ojos grandes y expresivos,
dulces, brillantes, serenos.
Una espalda tentadora,
mórbida como su cuello,
unos brazos que si abrazan
es difícil salir de ellos.
Corre por su cuerpo criollo
la roja sangre del pueblo,
fresas fingiendo en su boca,
rosas en su cutis terso
y en la gloria de sus ojos
cálido fulgor de incendio.
Canta a mi patria adorada,
canta a mi ubérrimo suelo,
a mis floridos rosales,
a mis frondosos cafetos,
al mozo fuerte y honrado,
alegre, bueno y sincero,
a la moza de alma blanda
y de durísimo seno,
a nuestras altas montañas,
a nuestros valles risueños,
a nuestra tierra fecunda,
a nuestro límpido cielo.
Que no brinda en copa de oro,
sino en los cálices bellos
que le ofrecen los claveles,
ya de nieve, ya de fuego,
que embalsaman con su aroma
mi apacible y caro huerto.
Desde luego, no estamos aún escuchando la parla de los conchos.
Ese romance revela su origen castizo y suena a España. Lo propio que cuando dice sentires de hogar y casa paterna, o cuando planta un tipo netamente popular costarriqueño al modo con que los maestros españoles nos han dejado la figura de los jaques andaluces o de los chulos madrileños. ¿Qué deciros si hasta, de pronto, aparece el recuerdo del sencillo helenismo de aquel honesto don Juan Meléndez Valdés?
Es Clori, la esposa
del Céfiro amante...
Ni las anacreónticas ni los romancillos son del poeta que he querido hoy celebrar, sino las gallardas, las nativas, las sabrosas concherías, en las que se encuentran, según las palabras del ya citado señor Brenes Mesén, «aliento fresco de los montes, respiración sana de terneras al levantarse la aurora, risas del campo cortando la tranquilidad de las horas...» Los usos y las costumbres del buen pueblo de Costa Rica, sus preocupaciones y sus supersticiones, algunas heredadas de los tiempos coloniales, sus maneras de divertirse, de enamorar, de pelear, sus duelos y sus negocios, todo dicho con sus provincialismos, con sus giros antigramaticales, pero semejantes a los de algunas regiones de España, todo ello se encuentra en los versos de Echeverría. El señor Brenes Mesén considera eso de importancia para los filólogos extranjeros. «No se le da bien disecado en su diccionario, sino viviente, tibio, como si se tomase de los labios mismos del pueblo». La transcripción se ajusta, tanto como es posible, para no chocar demasiado con los hábitos existentes a la verdadera pronunciación popular. Allí está justamente su importancia. Las palabras que los gramáticos han condenado como impropias, son, con frecuencia, arcaísmos, y en todo caso se nos ofrece la oportunidad de ver que las leyes fonéticas que presidieron a la formación de la lengua castellana, siguen ejercitando su influencia a través de la distancia y los siglos.
Si desde la época anticlásica vemos que la r final de los infinitivos se asimila a la l delante de los subfijos, y así lo observamos en Concherías, necesario será concluir que la vida de nuestra lengua posee una pujanza extraordinaria, y que allí donde se encuentra la libertad de hacerlo, se desarrolla tan fuerte como en los primeros años de su aparición en la Península ibérica. Entre vocales, la síncopa de la d fué ley constante, y así subsiste en nuestro lenguaje popular, que la suprime indefectiblemente en los participios de la primera conjugación. La elisión de la o y de la e delante de palabras que principian por vocal, también la observaron los castellanos y es ley dominante en la lengua «tica» y americana en general. Ticos se llama en Centro América a los habitantes de Costa Rica. Desde luego, demás está decir que para comprender algunas de las poesías de Echeverría se necesita un vocabulario especial, como sucede en casos semejantes, así sea un soneto de Pascarella, un Poema de Jehan Rictus, una página de Bill Nay o de Fray Mocho.
Veamos algunos ejemplos. Transcribiré el romance titulado Un hermano:
Bajo un mango corpulento,
y tendidos en la yerba,
junto a los bueyes que echados
perezosamente cenan,
están varios carreteros
alrededor de una hoguera,
que olla de hierro corona
montada sobre unas piedras,
y dentro la cual retozan
en el caldo que espumea,
ya las papas esponjadas,
ya el dominico de seda,
la blanca yuca de nieve,
la carne de rojas hebras;
el tiquisque delicado
asoma su faz morena,
o se presenta el avote
en forma de barquichuela
y con la cara encendida,
que está muerto de vergüenza
por ser primo del zapallo,
que es la verdura más fea;
el chavote su espinosa
y verde capota ostenta,
entre raíces y ñames,
camotes y berenjenas.
De cuando en cuando se asoman
algunas palabra feas,
es decir, que varios ajos
suelen sacar la cabeza,
y todo ello confundido
en una igualdad perfecta,
en que todo sabe a todo
y huele de igual manera:
especie de democracia
que sus doctrinas condensa
dentro la olla de fierro
que sobre robustas piedras
al beso de alegres llamas
canta, llora y burbujea,
vigilada por los mozos
que de bruces en la yerba
aguardan pacientemente
que se cocine la cena.
Algunas tortillas fiambres
que han adquirido dureza
junto a los tres tinamastes
que hacen escolta a la hoguera,
son retiradas, pues Marcos
dice que le olen a buenas,
y «quel pel» está seguro
que está cocida la cena.
Con dos sacos de gangoche
quitan la olla y se la llevan
a la orilla de un arroyo
que corre por allí cerca.
Después arriman los yugos
y muy alegres se sientan:
dan dos besos cariñosos
a sus chulas, las botellas,
que en el amplio vientre guardan
el contrabando, o el «nétar»,
con que el Supremo Gobierno
explota al par que envenena.
—Échate un cuento, Milquiades.
—O una historia verdadera.
—Que les cuente Sinforoso
lo que le pasó en Atenas,
—¡Que lo cuente!
—¡Sí! ¡Contalo!
—Miren qué cosa tan fea.
Hará tres años descasos
que me hablaron en Heredia
pa ver si jalaba un flete
pal puerto de Puntarenas.
Yo puse mis condiciones,
y después de algunas negas
entre si tanto, sin cuanto,
convenimos en lo quiera.
Ya esos güeyes eran míos,
pero no tenía carreta.
Los Arias me consiguieron
lo que fué de Chico Cerdas.
Salimos como a las doce,
sestiamos en Alajuela;
al llegar a Los Horcones
ya estaba la luna puesta,
y resolvimos quedalos
pa que los güeyes comieran.
—Muchachos—dijo Damián—
mientras se cuece la sena
¿por qué no v'alguno atrese
un trago de guaro Atenas?
—Yo voy, le dije.
—Está bueno.
—Treme un diacuatro de breba.
—A mí dos riales de puros.
—Pa yo una vara de mecha.—
Me puse la alforja al hombro
y descolgué una linterna,
y me tercié a la cintura
por si acaso, la cruceta.
Después de dale a los caites
entré por último a Atenas,
merqué todos los encargos;
y viniendo ya de vuelta,
comencé a sentir un tufo
como a la moda de mecha;
un tufo que no cesaba
por más y más que anduviera.
Me entró cierto recelillo;
pero voltié la cabeza
y nada vi, sólo el humo
que dejaba la linterna.
De pronto se oyó un chirrido,
me puse a parar la oreja,
y vide que en el camino
sola andaba una carreta,
sin ninguno que la guiara,
y sin güeyes ni compuertas;
y en el centro, en un atául,
el cuerpo de Chico Cerdas.
Eché mano a la cutacha
y me amparé de la cerca,
ise como cuatro cruces,
por supuesto con l'izquierda.
—«Hermano—me dijo Chico—
yo debo algunas promesas...»
A mí se me jué el resuello,
me se aflojaron las piernas,
me sucedió una desgracia,
me se adormeció la lengua.
Me encomendó a las tres Dulces
y a la virgen Margalena,
y le dije como pude:
—«¡Decí... lo... que... te... se... ofrezca!»
Se sentó dentro el atául
(caramba que pestilencia,
iedor a recién casada,
o como a letrina vieja,
o como a güevos podridos,
o como a nido de perra).
—«Le debo—dijo el difunto,
después de hacer unas muecas—
le debo a Concho Paniagua
tres pesos de una rialera,
a «mano» Froilán, seis reales;
a San Roque, una novena;
a Chico Antillón, dos pesos,
de un muerto que alcé en su mesa.
Deciles a las muchachas
que a vos te doy la ternera,
y el armario con el baúl,
y mi cama y mi cruceta.»
Después se despareció
el fantasma y la carreta.
A yo me hallaron trabao
a la orilla de la cerca.
Estuve dundo de viaje
más de una semana entera;
iba a andar y no podía,
iba a explicarme y la mesma,
hasta que mano Froilano
me aconsejó que me juera
a contale al Padre Chico
ce por be la contingencia;
me llevaron, le conté,
y se puso hecho una fiera;
sólo le faltó mentame
la mama dentro la iglesia;
me puso como un petate.
Enainiticas me pega
y me llamó fariseo,
mentiroso y poca pena;
¡pero, hombre! al rato ya estaba
sano de pieses y lengua.
—¡Ese jué milagro grande!
—¡Un milagro de de veras!
—¿Y los puros?
—¡Pero ni uno!
—¿Y la cusasa?
—¡Ni señas!
—¿Se la atoyaría el dijunto?
—¡Puede ser que asina juera!
—¡Ja! ¡ja! ¡ja!
—¿De que te ríes?...
—Estoy pensando en la mecha.
¿La mecha sí pareció?...
—¡Sin que le faltara una hebra!
—¿Pa qué te la dejaría?
—Yo me figuro que juera
pa enrollásela en el güecho
¡a la sonta de tu abuela!
¿Decidme si en lo que comprendéis de esta relación y de esos diálogos, al lado de algún baturro, gallego o andaluz, no percibís la taimadez y la picardía gauchescas, que el argentino Álvarez y otros han hecho perdurar aun después de la casi desaparición del gaucho? Hay otras poesías de Aquileo Echeverría en que eso se demuestra más claramente, y ello podrá comprobarlo quien lea su ameno libro.
Yo debo declarar que si en sus poesías de sentimiento me conmueve tanto como el murciano Vicente Medina—a quien tan admirablemente ha seguido una poetisa, también de Costa Rica, cuyo nombre no recuerdo en estos momentos—en los cuentos y descripciones criollas, aun en los que casi se dirían trabajos de folk-lorista, me perfuma y melifica el humor, me brinda el impagable regalo de la risa, de la honradez literaria, después de soportar tanta imitación desatentada, tanto pseudo modernismo, tanta farsa intelectual como los que han invadido la literatura española e hispanoamericana al amparo de la libertad del Arte y de la sinceridad y noble entusiasmo de los iniciadores.