El doctor Doyen o la justa malquerencia.

El doctor Doyen es famoso. Tiene, pues, enemigos. El doctor Doyen es un cirujano prodigioso. Tiene, es claro, enemigos. Es dueño de una fábrica de champaña. Tiene muchos enemigos. Tiene unas amiguitas de belleza renombrada. Tiene muchísimos enemigos. Tiene y gana enormemente dinero. ¡Tiene innumerables enemigos! Ninguna mal querencia más justa.

Se le acusa, pues, por su fama, por sus operaciones, por su champaña, por sus amiguitas y, sobre todo, por su dinero. A pesar de todo, él continúa impertérrito, escribe en los periódicos, tiene un duelo quijotesco, y ahora da una conferencia en el Odeón sobre La malade imaginaire, de Molière. Ha operado bien. La dirección de la pieza ha estado perfectamente hecha, y el personaje principal ha resultado a la moderna un neurasténico. Luego presenta la cuestión de si el tipo molieresco es una invención escénica o la representación de un personaje de carne y hueso que Molière conociera. Doyen opina esto último. «Pero—dice—los médicos de Molière... debería decirse más bien, los médicos del tiempo de Molière, pues su ciencia dejaba mucho que desear. Desde luego, los médicos de la época de Molière eran ya los enemigos de toda innovación».

En el entreacto que precede a la representación de Le malade imaginaire, pláceme ir por el foyer, por los pasillos, donde se apiña una excelente concurrencia, en la cual hay muchos médicos. Y crítica por aquí, pinchazo de bisturí por allá, sonrisas sarcásticas acullá... ¡Envidiosos!