El faunida.
En una estación del Metropolitano, o del metro, como aquí se rebana. Un hombre, en cuya cara se encuentran rasgos de un famoso retrato de Carrière, pero que revela una tranquilidad y pasividad esencialmente burocráticas, ve pasar gentes y gentes, oye el ruido de los subterráneos trenes, cuenta paquetes de cartones, apunta números en calepines, acaricia lápices y perforadores. No le perturba ninguna inquietud. Llega a las horas fijas de su empleo y se retira cuando han cesado sus funciones. Tiene asegurados los huevos al plato y la coteleta, gracias a la administración. Fuera de su ropa diaria, tiene la menos modesta dominical y de los días excepcionales. ¿Es casado? ¿Es soltero? No me ha interesado el averiguarlo. De todas maneras, debe portarse correctamente y cumplir con sus obligaciones. Creerá en los beneficios de la república, tendrá su mira puesta en un ascenso y obtendrá quizás pronto las palmas académicas. Todos los años, en una fecha fija, sabe que es obligación suya reunirse en un café de barrio, con unos cuantos hombres y mujeres que dicen discursos y versos a la memoria de su padre, y que comen por tres o cuatro francos, en fraternal ágape, con la locuacidad de los hombres de letras. Él llena su misión sin comprender muy bien lo que se dice. Vagamente sabe que hay algo que le debe dar cierto orgullo y algo que le debe dar cierta vergüenza. Lo que es un hecho es que es un buen empleado, que merece el elogio de sus superiores y que nadie tiene que hacerle el menor reproche en su conducta.
Es un hombre relativamente feliz. Ignora las angustias del ajenjo, de la lujuria y de la gloria. Es el faunida, es el hijo de Paul Verlaine.