La herencia de don Juan.

Después de las mil y tres formas que fueron cien veces más, después de los vinos capitosos y de los alcoholes quemantes, después de sus femeninos triunfos en partes diversas, don Juan no murió reumático en Cartagena, según lo supuso Campoamor: don Juan murió alcohólico y averiado. Él se fué al cielo conforme con Zorrilla, o al infierno como era de justicia. ¿Supo la herencia que dejaba? ¿Se dió cuenta de lo que quedaba de miseria y de dolor en el mundo por culpa suya? Su egoísmo y su animalidad no le permitieron hacer ninguna reflexión al respecto. Él vivió y gozó. Ejerció su poder de fortaleza y de conquista. Él no tenía nada que ver con los sermones y tiradas de mil comendadores. De todas maneras, quedó la herencia de don Juan. ¿Cuál es esta herencia?

Voy por una calle, en día domingo. Veo venir en larga fila, uniformados de azul, los niños de un hospicio. Van guiados por un inspector. Sus caritas son pálidas, abotagadas o flacas. Una innata tristeza se ve en ellos. Esa infancia es poco pródiga de sonrisas. Se advierte la obra dañina del raquitismo y de la escrófula. Unas faces son como apagadas, en otras los ojos indican un vago extravío. El paso demuestra debilidad. En algunos se ha detenido el espíritu al borde de la imbecilidad o de la idiotez. En otros se diría que está en flor, en flor malsana y emponzoñada, el delincuente de mañana. Pasan.

En un jardín. Allí, con sus nurses y gouvernantes están los niños y niñas de las gentes pudientes, de las gentes de hotel y automóvil, de los ricos. ¿Encontraré aquí la salud y la alegría de la edad infantil? ¡Oh, cuán poco! Encuentro el lujo, la ostentación, y aun ya el flirt, en esa humanidad minúscula; pero son excepcionales las faces sonrosadas y sanas, las miradas límpidas, los aspectos de flor. La pierna emerge del calcetín o se modela bajo la media, sin robustez, como sin consistencia; abundan los huesos largos, que terminan con fealdad en la rótula saliente. Las caras tienen como prematuras arrugas y gestos dedisivos, caras de hombrecitos y de mujercitas, con muy poco de puerilidad. No se piensa sino en las tuberculosis y las anemias, las debilidades y las taras. Y entre los escasos tipos frescos y desbordantes de vitalidad, pues los hay también, pasan, con sus raquetas de tennis o sobre sus patines rodantes, esos infantes y adolescentes raquíticos o minados por un mal interno y prematuro, como una fruta por su gusano.

Y eso, ¿qué es?

Eso, es la herencia de don Juan.

Los padres han comido las uvas verdes y los hijos tienen dentera, dice la Biblia. Y un pedagogo eminente: «Cada uno de nosotros, largo tiempo antes de ser padre, debe a los niños que podrán nacer de él no tocar aquellos frutos peligrosos. Era ordinariamente después de haber comido las uvas, que se pensaba en lo que dice la palabra bíblica. Ella era la amenaza del castigo inevitable y ya incurrido. Nosotros comenzamos más antes a decirla a los demás a nosotros mismos; es una advertencia, un consejo, una orden. Sin pretender que nuestros antepasados valían menos que nosotros, parece que en muchos casos en que ellos obraban mal sin vacilación, escrúpulo ni remordimiento, no tenemos ya su plena seguridad; ya no nos atrevemos a decir que nuestro derecho es abusar de los placeres y cuando nuestra cobardía se abandona a las pasiones, sabemos muy bien que no nos hacemos daño solamente a nosotros. A pesar de todo, la idea de nuestra responsabilidad turba, si no a muchos de nuestros contemporáneos, al menos a un número no despreciable y que va aumentando». ¿Es esto cierto? Así parece, según los datos y manifestaciones de especialistas dedicados a esas cuestiones interesantes. Pero no es muy grande el triunfo todavía; M. Ferdinand Gache asegura, sin embargo: «Una cantidad de jóvenes pasa su juventud alegremente, pero ya no se oye tanto como antes, a padres y madres proclamar: Il faut que jeunesse se passe». El descuido se hace más raro respecto a las decadencias orgánicas o las taras mentales que se pueden transmitir a los niños. Los hacedores de pena han perdido su arrogancia y no osan más gritar: «¡Después de mí, el diluvio!» Ese grito, lo presiente, levantaría censuras. Se dan cuenta de que alrededor de ellos no se ven ya con descuido la salud, el bienestar, la felicidad de las generaciones por venir. En Wáshington se celebró en el 1908, en el mes de marzo, el primer Congreso internacional en favor del bienestar infantil. «Se trabaja por libertar al niño de la herencia de don Juan. Y he aquí que en la ciencia aparece un descubrimiento que hace pensar en Ibsen: el «signo Sisto».

En el mundo médico europeo ha llamado vivamente la atención ese hallazgo del doctor argentino, Jenaro Sisto. El «signo Sisto»—así bautizado por el eminente profesor Comby—es el grito inconsciente del recién nacido que denuncia la herencia donjuanesca, la revelación del veneno paternal.

Fué en Buenos Aires en donde la observación del médico desde hoy ya llegado a la celebridad, encontró que ciertos gritos de los niños de pecho, repetidos «sin cesar y sin razón», como dice el sabio francés, tenían por causa la enfermedad terrible que hiciera escribir un poema a Jerónimo Fracastoro y una pieza dramática a M. Brieux, de la Academia Francesa. Al sospechar el mal heredado, dice el doctor Comby en el prólogo de la obra en que el doctor Sisto trata del asunto, «habiéndose traducido esa suposición, como debía ser siempre en clínica infantil, por el tratamiento mercurial inmediato, nuestro colega tuvo la satisfacción de ver cesar de gritar a sus enfermitos, al mismo tiempo que los síntomas específicos, cuando se presentaban, desaparecían más o menos rápidamente. La demostración estaba hecha».

Es, pues, el niño, con su grito, el prematuro revenat ibseniano. Desde la cuna, desde que aparece sobre la faz del mundo, libre ya de la prisión materna, clama que viene herido, que viene, por culpa ancestral, con una carga de sufrimiento. Y por la ciencia, el clínico de hoy reconoce en seguida al delator.

Siempre el niño ha gritado al venir a la vida. Ya sea que demuestre con ello, como dice el mismo doctor Sisto, que vive y que tiene la fuerza suficiente para introducir el aire en sus pulmones, cuyo funcionamiento comienza precisamente con ese primer grito; ya que éste señale, al decir de Fernández Figueira, la ruptura de las trabas de la vida intrauterina; ya, según Longnet, que sea dictado por una ley primitiva de la naturaleza, «la fuerza desconocida que domina todos los fenómenos de la vida», o, según d'Espine y Picot—citados todos en la obra de Sisto—, sea ese primer grito debido probablemente a la impresión desagradable producida por el aire exterior sobre la superficie del cuerpo, el caso es éste: al llegar al mundo el hombre, llora, el hombre grita, como si ya sospechase a dónde llega, como si ya supiese la significación de la litúrgica frase «valle de lágrimas». Las lágrimas vendrán después, pero él ha lanzado el grito.

Notad estas curiosas observaciones. Billard nota que el grito del niño se compone de dos partes: «una sonora, suficientemente prolongada; es el grito propiamente dicho. Se hace oir durante la espiración, empieza y acaba con ella, y es el resultado de la expulsión del aire que sale de los pulmones a través de la laringe. La otra parte del grito es el resultado de la inspiración; el aire precipitándose a través de la glotis, para introducirse en los pulmones, se encuentra comprimido por la contracción, en cierto modo espasmódica, de los músculos vocales, y hace oir un ruido muy corto, pero agudo, a veces menos perceptible que el grito propiamente dicho; es una especie de reprise, que está entre el grito que acaba y el que va a comenzar. A menudo el grito existe solo y la reprise no se hace oir, o bien sólo se oye la reprise, y el grito queda ahogado». Y Baginski hace esta observación fónica: «a veces el grito adquiere caracteres patognomónicos, y se puede decir, de una manera general, que las vocales «a» y «e» dominan en el grito provocado por la cólera o el descontento, en tanto que la vocal «i» expresa el dolor». En el erudito libro del doctor Sisto, Les cris chez les nourrissons hay otras cuantas citas de diversos autores respecto a esa manifestación primera de dolor o de vida, o de ambas cosas. Pero la trouvaille del médico argentino no se refiere a esa clase de grito. Es otro grito que viene después, el grito constante, persistente, en el tiempo de la primera lactancia, «entre dos semanas y tres, o cuatro meses», es el grito revelador de la ponzoña hereditaria, la demostración desde hoy, para el facultativo conocedor, del doloroso legado de don Juan.

Hay que leer las observaciones y ver las fotografías de los niños en la obra de que me ocupo. En uno de los casos el aspecto de la criatura no dice nada; se creería, al contrario, que la salud florece y brilla en su aspecto; en otros, sí, se notan el sufrimiento, la degeneración, la tara.

Ni es de mi competencia, ni este es el lugar para entrar en mayores detalles, siquiera fuesen reproducidos de los diferentes casos observados por distintos pediatras y clínicos.

Pero he querido manifestar el placer que he sentido al ver apreciado en su justo valer por sabios de este continente la labor de un estudioso, cuyo nombre se agrega a las listas de los eminentes argentinos a quienes se refiere el doctor Comby cuando escribe: «Nuestros hermanos latinos de la República Argentina, antes nuestros discípulos, y hoy llegando a maestros a su vez».