Prólogo que es página de vida.

I

Estas líneas, que sirven de prólogo a la producción literaria del doctor Luis H. Debayle, puede decirse que constituyen una página de mi vida. O más bien dos páginas: una de primavera y otra de otoño, ambas perfumadas por nuestras esencias de Nicaragua, de flores de jardines domésticos, rosas, azucenas, «mapolas» u orquídeas del bosque intrincado.

Pues mi conocimiento con este querido sabio armonioso viene desde la infancia, allá en la centroamericana ciudad de León. Allí tenía yo un primo que reunía en fiestas dominicales a niños amigos, entre los cuales Debayle y yo. ¡Oh la casa de mi tía Rita, en que la fatalidad se descargó un día!—¿justa o injustamente? ¡Dios lo sabe!—, y aquellos bailes de adolescentes, al son del piano, y los cuales solía perturbar, regocijar o asustar la aparición de dos enanos velazquinos que mi tía albergaba en su casa... Exactamente como en el Museo del Prado y como en la Historia.

Alegremente seriecitos nuestros bailes—trece, catorce, quince años el que más de nosotros—. Mi primo tenía «haciendas» de ganado y de caña de azúcar y su padre era cónsul. Otros eran hijos de médicos, de abogados, de gente excelente del Municipio. Luis Debayle presentaba muchas ventajas: tenía un bello tipo, era francés, y su padre, cuyos ojos azules reflejaban empresas de Lally-Tollendal y la Compañía de Indias, que habrían deleitado a Francis Jammes, hacía cargar en los puertos que dejaron los viejos españoles bergantines con la bandera de Francia, que traían a Europa maderas olorosas y de tinte, rojas como el Brasil y amarillas como la mora. Pero entre todos los adolescentes que danzábamos mazurcas y polcas con las niñas, era yo el que hacía versos. Ello me creaba la extraña, pero innegable superioridad que tienen el arzobispo, el ruiseñor, el torero y el pavo real. Como me comprenden ellos bien, ni el arzobispo ni el ruiseñor tomarán a mal lo promiscuo. Ya se entenderá que yo, que veía en Luis Debayle el hijo de un realizador de ensueños que había sorprendido en tal cual almanaque, y él, que me confiara desde luego su amor a la música, hiciésemos en seguida una gentil unión de cariño. En casa de Debayle, a poco tiempo de nuestra primera intimidad, bajo la complacencia maternal, fraternizábamos furiosamente en el acordeón. Por lo que a mí toca, hoc era in votis, y he aquí por qué aun estoy y estaré siempre enredado entre los profusos y dificultosos para la marcha en el mundo de laureles apolíneos.

II

Fué, pues, Luis Debayle uno de mis primeros compañeros de armonía. Así en acordeón, cielo azul, u órgano en la iglesia de la Recolección, de los jesuítas. O en San Ramón, donde tanto él como yo y tantos otros ostentamos en el pecho la cinta azul y la medalla de oro de los congregantes:

Oh María,

madre mía,

dulce encanto

del mortal...

dirigidos y acariciados por un padre Tortolini, anciano, un padre Valenzuela, poeta de Colombia, un padre Koning, sabio astrónomo, un padre Juinguito, hoy obispo de Panamá... Y lo que he perdido en el recuerdo...

Hay muchas lagunas en este largo poema de tiempo en donde cantan tantas elegías... Mas es el caso que Luis Debayle y yo simpatizábamos en el amor de la lira y que ya él empezó a quererme como un hermano y yo a corresponderle de igual manera. Hasta donde me era posible, ¡helas!, pues el primero, que tenía haciendas y bufones le quería también como un hermano, y a pesar de mi ventaja poética, la competencia no era posible. Solamente la gran Hoz pone todo en su punto de justicia.

La verdad es que, poco tiempo después, yo me eclipsé, o más bien no aparecí literariamente, pues las odas y las cantatas de los padres hacían otros privilegiados, entre los cuales ese buen talento tan práctico y tan literario y tan sentimental de Román Mayorga Rivas que, comprendedor de su tiempo y de su misión, es hoy director del primer diario a la yanqui de la República del Salvador. ¡Y todavía Francis Jammes!

Entre estas memorias, que yo pongo aquí:

(Este ramo de ciprés para Mercedes, y este otro ramo de ciprés, con una rosa blanca, para Narcisa.)

III

Aquí no debía faltar que yo hablase de don Juan Pallais, uno de los tíos Pallais, de Luis de Bayle, hermano de su madre, afianzándose así el predominio de la sangre francesa. Y mi gratitud debe expresarse en memoria de quien fuera mi iniciador en la guía gala y la golosina, siendo como era aquel buen caballero gourmand gourmet. Y qué capítulo por escribir el de la cocina nicaragüense, que viene de seguro de aquellos platos profusos y maravillosos que se hacía servir el emperador mejicano Moctezuma y de los que hablan Cortés, Gomara y Bernal Díaz.

Mas llega el instante en que, en revistas ínfimas y precarias, en un medio primitivo, los jovencitos tentados por el demonio literario que era entonces ángel jesuíta, diéramos al viento sendas silvas a la clásica, naturalmente dirigidas al Mar, al Sol o la Virgen María. Y Luis Debayle realizó entonces tales o cuales lanzamientos líricos, más o menos divino Herrera o humano Alberto de Lista, que hoy mismo pueden sin desdoro figurar entre sus producciones rimadas. He de insistir siempre en que los padres de la Compañía de Jesús fueron los principales promotores de una cultura que, no por ser, si se quiere, conservadora, deja de hacer falta en los programas de enseñanza actuales. Por lo menos conocíamos nuestros clásicos y cogíamos al pasar una que otra espiga de latín y aun de griego. Jóvenes nicaragüenses de ese tiempo hay hoy, que, según tengo entendido, son hasta obispos y profesores en lejanas regiones.

El tiempo pasó. Yo partí, aun en la adolescencia, de mi tierra. Debayle supe entonces que había ido a París a estudiar medicina. ¡A París! A su dulce Francia, en que tanto él como yo soñábamos después de desleir en el fuelle armónico y viajero alegres marianinas, romanzas sentimentales o sones aprendidos de los marineros de Corinto o del estero Real.

Cuando partió Debayle escribió una página cordial en que junta a sus dos patrias: la grande Francia y la pequeña Nicaragua, en su afecto igual. Pero por más que él diga, prevalece, a pesar del afán de la tierra, el corazón francés.

Corazón francés, cerebro francés, nombre francés, eso es Luis Debayle. Solamente su gloria es centroamericana, pues el laurel no da sus ramos sino en donde se le riega. Y si, aunque nacido en Nicaragua, es ciudadano de Francia, su ciencia es en el país tropical y maravilloso donde vierte su bien.

Su ciencia. Los que vivís en ese gran Buenos Aires de millón y medio de habitantes, palenque de todos los progresos del mundo; los que lucháis en esas capitales ricas y soberbias—dos o tres apenas en nuestro continente hispano-parlante—no podéis saber lo que de posible y de imposible ha realizado Luis H. Debayle para el saber médico en su pequeño país de acción y para que su nombre sea reconocido con elogio y su persona rodeada de consideraciones en los centros científicos europeos. Por más que adelantamos, Europa es aún el crisol del pensamiento del mundo. Y el mejicano Herrera; los brasileños, los argentinos Pérez, Ramos Mejía, Ingegnieros, Sixto y algunos otros, han logrado, al dejar su nombre marcado en una roca europea en la ascensión de la ciencia humana, lo que muchos no comprenden. Y así el franco-nicaragüense Debayle, descendiente de Montgolfier.

Saber e investigar mucho, constantemente; enseñar, curar, dar la vida, contribuir en tantas partes de la tierra: Wáshington, Méjico, La Habana, Budapest, París, a la recopilación de ciencia y de experiencia; ser querido y alabado por los Peau, Richelot, Landouzy; ser llamado un día a presidir, en la metrópoli de la gloria, un congreso de eminencias; amar de veras y con toda el alma su don científico y todavía saber recordar que Esculapio es hijo de Apolo. Pues he aquí que Debayle ha perseverado en el amor de la Lira, lo cual contribuirá a que en su jardín interior, aun en el invierno vital, haya rosas frescas.

IV

Si él publica este libro, es quizá por consentimiento a indicaciones amistosas, y sin ninguna ambición de «ma-tu-lu». Y luego, casi todas son flores de un jardín familiar; flores nicaragüenses: «cundiamor», «bellísima» y azucenas de todos colores. Hay sones de las antiguas liras románticas, de las que se «pulsaban». Hay sentimientos de hogar, antiguos ecos amorosos, perfumes que aun quedan de una tradición patriarcal. Y el mar nuestro aparece, mar de descubrimiento, de Robinson y de Antilla. Y aquí que yo recuerde al Debayle que volví a ver, después de tantos años, en el otoño de mi vida. Fuí a mi país tras larga ausencia. Toda aquella tierra ardiente fué para mí como un incensario. Se festejó nacionalmente el retorno del poeta pródigo. ¡Cuántos amigos de menos! ¡Cuántos que se llevó la muerte, cuántos cambiados, cuántos esquivos o por indiferencia tímida o por miserias ciudadanas que hasta a las nueve musas visten con un color político! ¿Qué tengo yo que desear allá sino que mi país natal adquiera fuerza, riqueza y cultura? ¿Qué sé yo de los oñacinos de León o de los gamboinos de Granada? Mas he de decir que el primer abrazo, o el más fraterno, de la llegada, fué el de Luis H. Debayle. Grises ya ambas cabezas, florecieron en seguida nuestros recuerdos, para los cuales contribuyó la literatura y este o aquel rememorar de amor igualmente perseguido antaño y nuestras mutuas conquistas y su París y mi Argentina. Y yo desperté en aquella imaginación de buen sabio la amable locura de los versos. Y fuimos a pasar los días de fuego de aquel verano tropical, a una isla risueña, desde la cual se divisan los cocotales del puerto de Corinto. Y allí hicimos rimas y ritmos. Y allí supe cómo la pasión estética coronaba bellamente una existencia de bienhechor de la Humanidad, y cómo el antiguo amigo de las odas a la hispánica había ya escuchado las siringas y liras de los modernos pastores y corifeos de poesía.

En el seguro monumento que su patria ha de ofrecer al doctor Debayle, junto a las simbólicas figuras que indiquen ciencia y caridad, sería propio esbozar una musa, no por discreta menos de origen divino. Y el abuelo Montgolfier estará en su eternidad satisfecho, cuando vea cómo de cuando en cuando su ilustre descendiente se ha fugado de las prisiones prácticas de la tierra para ir por los espacios de su globo, caballero en el sublime caballo alado.

Letras chilenas.
FRANCISCO CONTRERAS
UN LIBRO SOBRE ITALIA

Hay un poeta de Chile que vive en París desde hace algunos años. Es joven. Ha publicado ya varios libros y goza de renombre en el mundo intelectual hispano-parlante. Se llama Francisco Contreras. Su primera obra aparecida en Europa, Toisón es una colección de sonetos. De él dijo el incomparable Max Nordau: «Es realmente un toisón de oro suntuoso, fabuloso, digno objeto de la heroica aventura de Jason, fin «feérico» de la navegación del Argos». «Casi todas las piezas están saturadas del éter poético, tienen un aspecto deliciosamente patricio, son superiormente vistas, sentidas, dichas». A pesar del dañoso elogio del doctor, que ha escrito lo que ya se sabe sobre todo lo que brilla y vale en el arte contemporáneo, ese primer libro de Contreras tiene poesías de mérito, sobre todo porque de los primeros ha procurado apartarse del nuevo «poncif» castellano que ha echado a perder, entre otras cosas, el alejandrino y el gusto por lo «compuesto». Aun cuando se notan los orígenes o las supersticiones en la mayor parte de los poemitas, el autor logra que se advierta su propio espíritu, sus modos individuales de pensar y de sentir. He aquí una pequeña labor muy bien trabajada, aunque con el exceso de preparativos que se acostumbrara desde la introducción del simbolismo.

En desmesuradas yemas,

sobre los tallos entecos,

en los parterres ya secos

se esponjan las crisantemas.

Flores raras, son emblemas

del arte de nuevos ecos,

amante de orlas y flecos

y de rarezas supremas.

Exóticas y hieráticas,

como princesas asiáticas,

pues que son raras, son bellas,

Prendidas entre los rasos

o abiertas sobre los vasos

como monstruosas estrellas.

Toisón fué publicado en 1906.

Esto nos hace retroceder algunos años, al tiempo de la preocupación por la escritura «artista» y por lo principalmente formal. Aun quedan algunos cultivadores de la manera, tanto en América como en España. El poeta chileno, por su parte, ha procurado, avanzando, renovarse.

Así publicó, después de Toisón, Romances de hoy. Hasta puede decirse que el salto fué demasiado brusco, de la poesía trabajada, erudita, un tanto complicada, con escenarios fabulosos, con vocabulario aristocrático, con un si es no es de dandismo, casi todo de influencia, o de reminiscencia europea, a la poesía sencilla, sin artificio, quizá a veces algo prosaica, o bastante ingenua en su sinceridad, pero que mereciera estas palabras de un juez insospechable, el gran Mistral: «Siento en sus versos, decía a Contreras el padre de «Mireia», la amplia y libre vida de la América española». ¿Cómo no iban a ser del gusto de Mistral versos como estos?

Sobre el suelo, en la hora sin tules,

las sombras se cortaban nítidamente azules.

En torno del ramaje de higueras y cedrones,

rodaba un estridente rumor de moscardones.

Sobre un cerezo un mirlo gorjeaba con desgaire.

A intervalos, llegaban en la quietud del aire

gritos roncos, galopes raudos, ladrar de perros...

Era una trilla próxima, sobre el cordón de cerros.

Se veía la era, yeguas, los arriadores:

Guasos, mozos montados, con ponchos de colores.

Paróse. Dió unos cuantos pasos. Desperezóse,

enarcando los brazos con inocente goce.

La cabellera suelta, oscura, perfumada,

cubrió entonces sus hombros en sedosa cascada.

Hundió los ojos húmedos en la azul lejanía.

Luego, inconscientemente, despreocupada, fría,

trasponiendo la reja de madera del huerto,

echó a andar paso a paso hacia el gran campo abierto,

por la vieja alameda que servía de entrada,

sin mirar, sin pensar, sin recordar ya nada.

El autor didactiza en su prólogo, y habla de un «período narrativo». No oigamos sus explicaciones; gustemos de sus músicas gratas. Y los que no hayáis vivido en el país chileno, podéis saber, por las notas del volumen, muchos detalles locales. Y hallaréis, por ejemplo, esta noticia inquietante: «Existe en Chile la preocupación de atribuir a los poetas los calificativos de loco, perdido, vagabundo. De manera que, lo que en toda sociedad culta es un señalado honor, en la nuestra se trueca en motivo de escarnio o sello de ridículo. Un distinguido poeta nacional nos contaba que en cierta ocasión, habiendo sido presentado a una dama con las palabras de: el poeta señor Tal, se vió obligado a protestar asegurando que era objeto de una mala broma...»

¡Pardiez! Buenos Aires será todo lo prosaico, lo comercial, lo financiero, lo práctico que se quiera; pero no podré olvidar que en mi último viaje a la gran ciudad argentina, entre las manifestaciones de gentileza que recibí de personas de diferentes clases sociales, está la de una alta dama, gala de los salones, que, sin tener yo la honra de conocerla, envió a mis órdenes su regio automóvil, durante todo el tiempo de mi permanencia. Y todo a simple título de poeta.

Y, sin embargo, con su reserva, menos ejecutiva que la disposición platónica, Chile demuestra cordura. Los poetas son seres que perturban el común pensar de las gentes, los modos de hablar y hasta las costumbres. Así, si Chile ha levantado un monumento a don Andrés Bello, es porque ese poeta venezolano llevaba en una mano un Código y en otra una Gramática. Verdad es, que en el cerro de Santa Lucía de Santiago hay otro monumento dedicado a don Benjamín Mackenna, que aunque no escribió sino en prosa, era un varón de confianza con todas las nueve musas. Y, con todo, ahí están los versos del romántico y melodioso Eusebio Lillo, del huguizante Matta, del vario y noble de la Barra, del sonoro Prendez, del horaciano Tondreau, del humorístico Irarrazábal. Y ahí está lo hecho por la nueva generación que se enorgullece con la producción del malogrado González, y de líricos como Borquez Solar, Magallanes Moure, Valledor Sánchez y Miguel Roucuaut. Entre ellos se destaca Contreras, sobre quien puedo ahora repetir lo que dijera hace algunos años: «Creo que en nuestra América hay pocos que tengan un tan sincero y hondo fervor de arte. Luego, en medio de ese fervor, es ponderado y reflexivo. No violenta ni la idea ni el lenguaje. Mucho me complace que no se haya dejado arrastrar por las peligrosas tentaciones del versolibrismo. Hay en él duplicidad: es un intelectual-sentimental que conduce bien sus designios entre los naturales desequilibrios del talento». Cuando apareció Toisón, escribióle el ilustre J. Enrique Rodó: «Muy grata ha sido para mí su lectura. Son versos de juventud y sinceridad: sinceridad aun en sus artificios. Reflejan bien el voluble y gracioso vuelo de un espíritu juvenil entre las cosas, o mejor, entre sus figuraciones de las cosas». Y luego: «Crea usted que sigo con afectuoso interés su actividad literaria. Su sentimiento del arte, el amor que usted le profesa, son verdaderos y hondos; bien se transparenta. No son la frívola vanidad de quien penetra sin real vocación en los dominios del arte, y no dejará, de sus pasos, más huella que la que puede quedar, en las baldosas del templo, de los del visitante profano, que entró por un momento, movido de curiosidad y no de fervor. Usted perseverará, completará su personalidad artística; y seguro estoy de que cuantas veces, interesado en saber nuevamente de usted, lo busque con la mirada, he de encontrarlo más arriba de donde le haya dejado la última vez». Rodó fué profeta. Las nuevas obras de Contreras señalan siempre mayor elevación. Su permanencia en París le ha impregnado de la gracia artística y de la cultura ambiente. Y el vivir le va enseñando cosas mayores.

Sólo que, como todos los que no gozamos de rentas producidas por grandes capitales y tenemos que sacar del cerebro para nuestros lujos, caprichos, vicios o simples y precisos elementos de existencia, se ha dedicado al periodismo. Así sus libros de prosa son sus artículos de periodista. Y si el periodismo constituye una gimnasia de estilo, y el pensador y el artista lo son siempre, no todo lo que para el diario se escribe, por razones que no necesitan demostración, es digno de la antología. Lo que es estrictamente de la actualidad tiene que pasar como el instante. Sin embargo, siempre pone algo de su corazón o de su mente el artista que escribe. Y ese algo suele verse a través de las informaciones de esos libros de prosa urgida. Sin contar con que, de cuando en cuando, surgen páginas íntegramente puras. En las líneas preliminares de Los modernos, pongo por caso, he encontrado incrustada una de las poesías de Francisco Contreras que son más de mi agrado.

Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.

Bajo el puente oscilante del raudo transatlántico,

el mar alza en la sombra como un solemne cántico,

la luna que se eleva tras lívido celaje.

Tiende un cendal de perlas al trémulo oleaje,

y la sirena alada de la brisa marina,

pone en mi oído una canción triste y divina.

Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.

A mi espalda el miraje de la nativa tierra.

Con su fértil campiña y su nevada sierra:

la ciudad en un nido de bosques frescos, grandes,

bajo el dosel de plata de los mágicos Andes;

el hogar entre rosas de la heredad florida;

y la madre dejada, y la amada perdida...

Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.

Ante mí la amenaza del porvenir arcano:

el mar que entre las sombras canta su canto arcano,

el horizonte negro, mudo como una esfinge;

la luna que en la niebla un llanto eterno finge.

Y el soplo de la brisa golpeada de destellos,

que estremece las jarcias y azota mis cabellos.

Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.

¿Será mi afán fecundo? ¿Realizaré mi sueño?

¿Me dará la victoria su laurel halagüeño?

¿Conquistaré, en mi ruta la áurea forma suprema

para engastar la idea que me obsede; me quema?

¿Conseguiré tras todo, aunque en porción escasa,

donar una luz nueva a mi raza?

Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.

¿O, tras esfuerzo vano, tras ensueño deshecho,

sólo hallaré el vacío del querer satisfecho?

¿La desilusión trágica, el dolor desmedido,

del amante no amado, del apóstol no oído?

En fin, en una frase, de todo visionario:

¿El desencanto eterno y el eterno Calvario?

Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.

Heme aquí sobre el puente del raudo transatlántico,

el mar me envía el trueno de su solemne cántico,

la luna que muequea en la penumbra ingrata,

me envuelve en la tristeza de su llanto de plata.

Y la sirena alada de la brisa marina

pone en mi oído una canción triste y divina.

Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.

Y en este nuevo libro sobre Italia, que se titula Almas y panoramas, fuera de cálidas pinceladas, de «manchas» justas, de observaciones juiciosas, lo mejor son los sonetos que a modo de musical introducción hace resonar a la entrada de cada capítulo. De las principales ciudades de arte de la divina tierra itálica, elige un alma y una visión; y antes, el soneto sintetiza armónicamente e inicia el tema ideológico: Así habla de «la ciudad de los palacios», o canta a Roma:

Sólo restos y rastros de la imperial prosapia:

el Foro, el Coliseo y la antigua Vía Apia,

uno que otro sepulcro desmoronado, informe,

y al caer el crepúsculo, tu columna trajana

parece, en el incendio de la atmósfera grana,

la cruz desmesurada de un sarcófago enorme.

Recomiendo a los buenos gustadores estos sonetos fervorosos de amor y de admiración por la gloriosa península. El de Nápoles:

Bacante poseída de embriaguez infinita,

bajo el beso del sol eternamente rubio,

del agua eternamente azul al suave efluvio,

Nápoles danza. Nápoles ríe, Nápoles grita.

En vano al horizonte como un ara maldita,

siniestra espiral de humo rojo lanza el Vesubio,

el mar sereno y límpido, bajo el áureo diluvio

del sol, en una eterna fiesta de luz se agita.

Desde los verdiclaros jardines de la playa

y el pintoresco y loco viejo barrio de Chiaia

con sus rejas floridas que el aire azul engríe,

hasta el monte en que albea su vetusto castillo

y sus cincuenta iglesias llenas de falso brillo,

Nápoles danza, Nápoles grita, Nápoles ríe.

He citado íntegros esos vívidos versos napolitanos, que tienen tanto color y tanta alegría, porque son de los mejores del volumen. El de Bolonia, «ciudad sabia, de estetas y doctores»: el de Venecia, «¡Oh, ciudad de las islas y los fúnebres barcos!»: el de Milán,

Erótico y ascético como Manzoni, o como

Luini, Milán es un señor grave y de gala,

la oreja siempre atenta al eco de la Scala,

el ojo siempre atónito ante el mármol del Duomo;

son excelentes. Y es de sentirse que no encontremos en el libro los que corresponderían a otras urbes, como Pisa, Florencia y Turín. Quizá el poeta los realice más tarde para una obra completamente lírica.

El vaticinio de Rodó se ha de seguir cumpliendo y hemos de ver el completo triunfo de quien desea que en su patria crezcan y se propaguen los laureles verdes que, tanto o más que a los guerreros, pertenecen por derecho propio a los portadores de lira.

Un poeta argentinófilo.
CARRASQUILLA MALLARINO

En el Bogotá intelectual que os describiera en un libro memorable el bien recordado Martín García Mérou, se destacaba de singular manera, hace ya algunos años, la figura de don Francisco de Paula Carrasquilla. Este era un gentilhombre de ingenio. Lleno de cultura y amargado de vida desde muy temprano, supo acorazarse de filosofía, y su espíritu prefería siempre manifestarse en epigramas apotegmáticos, alusivos, corrosivos o risueños, que iban de boca en boca picando como abejas. De la más pura tradición española, su castizo epigramario, en la parte que no tiene de exclusivamente, diríamos así, municipal, debería figurar en las antologías. En Colombia, desde luego, viven y se prolongan en la memoria del pueblo.

Como en la mayor parte de los satíricos, había en Carrasquilla un sentimental, y sus espinas métricas estaban impregnadas de curare de íntimas amarguras. Así murió con su filosofía y con su sufrimiento.

Con su filosofía y con su sufrimiento diríase que renace en el espíritu de su hijo Carrasquilla Mallarino, cuyo libro Visiones del Sendero acabo de leer, y cuyo hallazgo me apresuro a comunicar a mis habituales lectores.

Sé que hay quienes se extrañan por lo que llaman el exceso de mis alabanzas y de mi entusiasmo para con los jóvenes. ¿Y a quién alabar y por quién entusiasmarse sino por la juventud? Cuando el talento empieza a florecer es cuando necesita riegos de aliento. Maldito sea aquel mal sacerdote que engaña o descorazona al catecúmeno. Cuando han pasado los días de los ímpetus primeros y se sienten venir las flechas de los primeros desengaños vitales, ¿de qué sirve el estímulo? Los que supimos de dolorosos comienzos y no encontramos en los albores de nuestra carrera sino críticas acres o desdenes hirientes, comprendemos el valor de un empuje, de un apretón de manos, de una sonrisa aprobadora, de una rosa confraternal a tiempo. Quien no anima al joven que se inicia, anatematizado sea.

Y todo debe ir basado en la comprensión, porque sin comprensión todo es comedia o engaño. Así pues, comprendiendo bien el alma de Carrasquilla Mallarino, alma translúcida como un cristal y alma de amanecer, os hablaré de ella y de sus condiciones de mentalidad y de armonía. Yo conocí a este joven poeta en mi natal Nicaragua y allá fué mi compañero solar junto a los mangales y cocotales y bajo los soles abrasantes de la isla de Corinto.

Fuéme simpático por lo comunicativo y cordial de su carácter, por su rapidez de entendimiento, por saber que siendo de tan pocos años había corrido mares y tierras extranjeros, hablando lenguas distintas y ganándose el vivir noble y bravamente, y luego porque me encontré en él a un gran admirador y amador de la Argentina, y porque supe que era sobrino de Jorge Isaacs, el autor de María.

Nuestras conversaciones eran sobre asuntos de artes y de letras. Él era comedido, pulcro, observador, y jamás se propasó en confianza o se explayó en pedantería. Pedía consejos a mi experiencia y pagaba con buen cariño mi interés por su intelecto. No estaban en choque en él sus dotes de hombre de negocio y comercio con sus facultades de escritor y de lírico, y jamás fueron destruidos los perfumes bogotanos por relentes de Nueva York. Por pura afición mental acompañóme hasta la ciudad imperial yanqui, desde la isla nicaragüense cuando mi retorno del último viaje que hiciera a las tierras de mi infancia. Después nos vimos varias veces en Europa. Se me aparecía de súbito, sin previa anunciación. Venía de Rusia o venía de Italia, o venía de Holanda, pues sus afanes de globe trotter no tienen punto de reposo, y he aquí que de pronto no recibo su visita personal, sino la de su libro, su libro de poeta, que he leído en esta otra isla de poetas.

Inútil decir que se trata de una obra «moderna». Nadie puede hoy, en cosas de pensar y de escribir, levantar la cabeza sin sentir que le rozan la frente las ráfagas libres de las ideas nuevas. Y cómo será la virtud de éstas, que aun, a su influjo, se suelen ver florecer fósiles.

En este pancours du rêve au souvenir si hay mucho de ideal hay no poco de sentimental. La primavera se impone; pero no es una primavera triste, casi otoñal, como suele verse frecuentemente en el corazón de los poetas de verdad.

Desde el comienzo del libro se ve que el autor venera piadosamente la memoria paternal. Él estima y comprende la espiritual herencia.

Así dirá en uno de los poemas:

Hiciste de mi cuerpo una copa vibrante

para exprimir las uvas de tu viña sobrante;

y en el pretexto lírico de mi tiorba filial

ha seguido cantando lo que en ti fué inmortal.

Al comienzo de la existencia ha tenido que saber de las angustias y penalidades del mundo. Hay que comprender que en los días actuales René y Olompio, además de sus congojas interiores, tienen que soportar mayores ásperas luchas con la vida. En los intervalos de reposo este cantor ha sabido estar, como dice el verso inglés: «de día con su alma y de noche con su corazón».

In the day the mind,

in the night the heart.

Los hombres de la semiciencia hablarán de una precoz neurosis; pero esto no es culpa de quien, desde los comienzos de su aurora, se siente vibrar al soplo de ráfagas combativas. Nadie sufre por gusto, y esa cosa misteriosa que se llama la fatalidad no usa de farsas. Fijémonos en que cada uno de nosotros lleva envuelta su vida en un formidable misterio.

Así, pues, quedamos en que en este libro no hay mucha risa ni sones de pandero, ni mucho contentamiento por estar sobre la tierra.

Nótase juntamente que entre asuntos de amor y de ensueño hay tendencia al himno civil, al vigor heroico, y amor e interés por el porvenir de nuestra gran patria americana. Junto a una «gema simbólica», dedicada a un poeta, hay un canto a Cuba, dedicado a la «memoria de Martí»; hay tendencias a lo exótico, al japonismo; hay obsesión sensual y carnal; hay el insaciable deseo baudeleriano de marchar siempre, de ir siempre lejos, aun fuera del mundo, Anywhere out of the World. Y de repente surge la serpiente bíblica, la dulce y terrible víbora femenina que, escrito está, ha de morder a todo hombre, y ella será, como es lógico e inevitable, «alma divina», «vaso de marfil», y toda la letanía.

Como el lírico yerra por tierras distintas, el encantador áspid habrá de renovarse, y ya acaecerá esto en París, ya en Méjico, ya en Nicaragua, ya en Bélgica, ya en Cuba. Y ello será de tal manera, que no es de extrañar que el corazón de un joven lleno de ilusiones y enfermo de poesía quede hecho una lástima. Se encuentra el consuelo de lo carnal, pero, ¡ay!, todos sabemos que la carne es triste...

Para distraerse un tanto en tales emergencias se van dejando madrigales en el camino. Se dicen decires y se cantan canciones, y luego está el gran arsenal de los recuerdos. Así nos sorprende Carrasquilla Mallarino rememorando, después de su querida parisiense, o flamenca o española, una sabanera de su tierra natal, y de la cual dirá:

Oh mi blanca sabanera

de pie desnudo y pequeño,

de porte franco y risueño

y vigorosa cadera;

oh, paloma tempranera

que diviniza el ensueño...

Con tu bambuco halagüeño

despertabas la pradera.

...Amparado en tu cariño

burlo mi dolor de niño

en el imborrable ayer.

Hoy, lejos de tu alquería

tengo la melancolía

de nunca volverte a ver.

· · · · · · · · ·

Por el boscaje sombrío

la gloria plenilunial

se filtra; murmura el río

su sonata de cristal.

Desde el callado bohío

sube el humo en espiral.

Los corderos tienen frío

bajo su toisón pascual.

Las neblinas fingen velos...

Están de boda los cielos

y en el plateado turquí

hay un lamento que vaga

—una pregunta que indaga

si te olvidaste de mí.

Variados ritmos y rimas se dedicarán a la gracia y tentación carnales. Hay una especie de masoquismo lírico para cada una de las personas de las partes del cuerpo femenino. Son los ojos, las caderas, las cejas, la boca, las manos, el cabello y—como en D'Annunzio y en Verlaine—una y otra vez las manos. Como es de rigor, han de surgir de cuando en cuando los principales conocidos personajes de la farsa italiana. De cuando en cuando, entre mujer y mujer, se impondrá un buen trozo de filosofía. En climas diferentes y bajo cielos distintos, la invasora e inexorable tristeza, y el tábano interior del forzado recuerdo. Encuentra un hermano en cada artista. Así tal hombre que toca el violoncello sobre las olas:

Fluye un pasaje trémulo de Bach... El violoncello

es como un aparato para hablar con el cielo

de las cosas del alma. El músico es todo arco;

diríase que es suyo el corazón del barco...

Aquí pasa una visión parisiense; allá se ve una luna de Flandes; aquí se canta el «gran despertar de la tierra». Y las vampiresas vuelven a imponerse de tanto en tanto, como por irremediable turno, y ante ellas se deshojará una copiosa cantidad de versos.

Mas he aquí que se imponen deberes espirituales y superiores y, por ejemplo, «El grito de la hora», dedicado «a la memoria del gran Bartolomé Mitre», nos señala otra actitud del poeta:

Soy el último, es cierto, más sería el primero

en derramar la sangre lírica por el fuero

de la divina raza de América latina,

cuyo sol milagroso parece que declina...

Las águilas y halcones sienten hambre. En el Norte

los inviernos castigan y los fuegos de junio.

Los pájaros rapaces buscan el plenilunio

de los amados cielos, donde brilla la corte

de estrellas que derraman la luz del porvenir.

—¡Hermanos! ¡Es la hora de poderos unir!

Él admira la luminosa figura del patricio argentino, ansía el glorioso porvenir de nuestra raza, sueña con la fraternidad de nuestras naciones, y teme la conquista de los fuertes bárbaros blancos del Norte. Estas ideas han de exteriorizarse más claramente en su poema Estelar, especie de confesión rimada, que es de lo más intenso e interesante del volumen. Véase este fragmento:

...No más lenguas extrañas

ni extranjeras amantes, veleidosas y frías.

Un hálito de América anima las campanas

y los densos palmares murmuran alegrías.

El océano a la espalda, con hervores de estelas:

la playa que el sol dora, rica y hospitalaria.

...Plegaban los marinos las fatigadas velas...

cuando, desde la proa, modulé mi plegaria:

—¡Salud! Patria doliente, bella hasta en el ultraje

del bárbaro del Norte: Bríndame tu hospedaje,

dame de tus almíbares y acójanme tus cielos,

abrígame del frío que he sentido en los hielos;

y hoy que sobre tus llanos mi blanca tolda fijo,

déjame que te llame con amores de hijo.

—Tengo tu misma savia, hablo en vivo español,

llevo fiebre de montes y nací bajo el sol.

· · · · · · · · · · · · · · · ·

Y oficio en los altares de mi Patria, contrito

de haber manchado un día la blancura del rito.

...¿Mi Patria?... ¡Sí! Mi patria es todo un continente

sin fronteras, sin odios y sin rivalidades,

sin funambulerías y sin mediocridades,

sin canalla que erija palacios a Monroe,

sin turbas de alma triste ni «reyes paralíticos»,

ni zafios mercaderes, ni rufianes políticos...

Y sin oro de Wáshington, que envilece y corroe.

· · · · · · · · · · · · · · · ·

Bien sé que hemos nacido en los tiempos amargos

de ojiazules mercurios y de frivolidad,

de las «infamias duras y de los vientos largos»,

con precio a la vergüenza y a la debilidad.

Que ya no hay Robespierres ni Dantones en Galia,

que Fallières va a Britania y que el Emperador

de los bigotes clásicos sonríe... Y que la Italia

recibe dulcemente a Roosevelt «cazador».

Que España, bisabuela de glorias y blasones,

sobre cuyos dominios brilló el sol de Josué,

ya no tiene castillos de ultramar ni pendones,

ni Felipe II, ni corajes de fe.

· · · · · · · · · · · · · · · ·

Mas fulge en nuestra América una aurora divina

—Helios en campo blanco y entre franjas de azur—

gloriosamente noble: Es el sol de Argentina.

Es la flor de la raza que ha nacido en el Sur.

Desplegado en el cielo con que se viste el Ande

—azul y blanco y fuerte el gayo pabellón—

ha de ser en la historia como ninguno grande

porque inicia un abrazo de confederación.

Grande porque de Anahuac y Cuba hacia el Estrecho

de Magallanes cunden los fueros del Derecho.

Oigo palpitaciones como en un solo pecho

ante el águila negra colocada en acecho.

· · · · · · · · · · · · · · · ·

Como se ve, se está ya muy lejos de la idolatría de «l'enfant malade y doce veces impura», y a pesar de las urgencias amorosas de la juventud, la voluntad del canto se remonta a conceptos universales y trascendentes. No tendré sino aplausos para tales ímpetus, y el deseo de que se sostenga la perseverancia.

En cuanto a la construcción y técnica del libro, a nadie sorprenderá que un poeta que no ha llegado a los veinticinco años no sea poseedor de una segura experiencia. En tales o cuales partes se podría señalar un exceso de exuberancia—defecto de la primavera y del americano bosque—un abuso del paréntesis; una, en ocasiones innecesaria, complicación de ritmos y cierta audacia de adjetivación, tachas todas que indicarán cualquier cosa menos mediocridad.

En resumen: se trata de un artista, de un poeta, poseído del ensueño, del innegable deus que exalta a los verdaderos enamorados de la belleza; de un sensitivo, de un intelectual, de un cantor de cantos que vive con su mente de día y con su corazón de noche. Y, pues, ama a la Argentina, si en su carrera errante algún día llegase a pisar vuestro suelo, haced que sienta suaves y propicias las brisas del gran Río de la Plata.