Los servidores de Su Majestad

Resolvedlo por quebrados
ó bien por regla de tres:
Tweedle-dum no será nunca
Tweedle-dee: ya lo veréis.
Dadle vueltas al problema,
retorcedlo sin cesar:
la vía de Pilly-Winky
no es la que á Winkie-Pop va.

Había estado lloviendo copiosamente durante un mes entero... lloviendo sobre un campamento de treinta mil hombres, millares de camellos, elefantes, caballos, bueyes y mulas, todo ello reunido, en un sitio llamado Rawal Pindi, para que lo revistara el Virrey de la India. Recibía éste la visita del Emir del Afganistán, rey salvaje de un salvajísimo país, y el Emir había traído consigo, como escolta, ochocientos hombres y otros tantos caballos que jamás habían visto en su vida un campamento ó una locomotora: hombres y caballos salvajes, también, sacados de algún sitio en el corazón del Asia Central. No pasaba una noche sin que un pelotón de esos caballos rompiera las cuerdas con que estaban atados, y se lanzara con estrépito de un lado á otro del campamento, por entre el barro y en medio de la obscuridad, ó bien sin que los camellos se desataran y corrieran por allí, tropezando con las cuerdas que sostenían las tiendas, y ya puede imaginarse lo agradable que esto sería para la gente que intentaba entregarse al sueño. Estaba mi tienda lejos de las filas de camellos, y creía yo que el sitio era seguro; pero una noche asomó un hombre, por aquélla, la cabeza, y me gritó:

—¡Salid pronto, que vienen! Á mí me han derribado ya la tienda.

Ya sabía yo quienes eran los que venían, y así púseme las botas, echéme el impermeable y salí corriendo por el lodo. Vixen, mi perrita fox-terrier, salió por el otro lado; y á poco se oían bramidos, gruñidos y burbujeos, tras de lo cual hundióse la tienda, por haber saltado hecho astillas el palo que la sostenía, y comenzó á bailar como duende loco. Un camello se había metido y enredado en ella, y á pesar de mi malhumor y de la mojadura, no pude menos de reirme. Luego seguí corriendo, porque no sabía cuántos eran los camellos que se habían soltado, y al cabo de poco rato perdí de vista el campamento, caminando con dificultad por entre el barro.

Caí, al fin, sobre la cureña de un cañón, y esto fué para mí indicio de que me hallaba cerca del sitio en que acampaba la artillería y donde las piezas eran colocadas por la noche. Como no quería seguir vagando bajo la lluvia y en medio de la obscuridad, puse mi impermeable sobre la boca de uno de los cañones, formé así una especie de choza con dos ó tres atacadores que hallé á mano, y me tendí sobre la cureña de otro de aquéllos, preguntándome por dónde debía de andar Vixen y dónde yo mismo estaría.

Cuando iba ya á dormirme oí ruido de arreos y una especie de gruñido, tras de lo cual pasó junto á mí un mulo sacudiendo las mojadas orejas. Pertenecía á una batería de cañones atornillables ó de montaña, porque así me lo indicaba el ruido de las correas, anillas, cadenas y demás pegando sobre el basto. Estos cañones, cómodos y pequeños, se componen de dos piezas que se unen en el momento de usarlos, pudiendo así llevarse fácilmente, por las montañas, donde los mulos hallen un sendero, por lo cual prestan grandes servicios en todos los países en que abundan las rocas[12].

Venía detrás del mulo un camello cuyas enormes y blancas patas se hundían y resbalaban en el barro, mientras su cuello se balanceaba, dirigiéndose hacia todos lados como el de una gallina perdida. Afortunadamente conocía yo lo bastante el lenguaje de los animales (no el de los salvajes, por supuesto, sino el de los que se hallan en los campamentos, que había aprendido de los indígenas), para saber lo que decía entonces.

Debía de ser el mismo que entró en mi tienda, porque le gritó al mulo:

—¿Qué haré? ¿Á dónde iré? Me he peleado con una cosa blanca que se movía, y la cosa cogió un palo y me pegó un golpe en el cuello. (Referíase al palo roto de mi tienda, y yo me alegré mucho de oirlo). ¿Seguiremos corriendo?

—¡Ah! ¿Sois tú y tus amigos los que habéis venido á turbar la tranquilidad del campamento? Perfectamente. Ya te lo pagarán con una paliza en cuanto se haga de día; pero, de todos modos, voy á darte yo algo á cuenta.

Oí entonces el ruido de los arreos al retroceder el mulo, y el camello recibió un par de coces en las costillas, que resonaron como un tambor.

—Otra vez, dijo el mulo, lo pensarás mejor antes de pasar corriendo por entre una batería, de noche, y como si gritaras: ¡ladrones! ¡fuego! Échate y no muevas más ese estúpido cuello.

Doblóse el camello como suelen hacerlo éstos, en forma de escuadra, y se echó dando gemidos.

Oyóse acompasado ruido de cascos en medio de la obscuridad, y un gran caballo de los del ejército se acercó galopando con la misma regularidad que si estuviera en una parada, saltó por encima de una cureña y se paró junto al mulo.

—¡Eso es una vergüenza! exclamó, dando resoplidos. Ya han empezado esos camellos á meter bulla por entre nuestras filas... y es la tercera vez en lo que va de semana. ¿Cómo puede conservarse bien un caballo si no le dejan dormir por la noche?... ¿Quién anda por ahí?

—Soy el mulo que lleva la pieza de culata del cañón número dos de la primera batería de montaña, dijo el mulo, y aquel es uno de vuestros amigos. También á mí me ha despertado. ¿Quién sois vos?

—El número quince, compañía E, del noveno de lanceros... Soy el caballo de Dick Cunliffe. Echaos un poco hacia allá. Así.

—¡Oh! ¡Mil perdones! contestó el mulo. Está tan obscuro que no se distingue casi nada. Yo me marché de mi fila para ver si aquí podía tener un poco de paz y de tranquilidad.

—Señores míos, dijo el camello humildemente, tuvimos esta noche una pesadilla que nos atemorizó muchísimo. Yo no soy más que uno de los camellos de carga del treinta y nueve de la infantería indígena, y no tengo el valor que poseéis vosotros, señores míos.

—Entonces, ¿por qué demonio no te quedas en tu sitio y llevas el bagaje del treinta y nueve de la infantería indígena, en vez de estar corriendo por todo el campamento? repuso el mulo.

—¡Es que la pesadilla era tan horrible! Yo siento lo ocurrido. Pero, ¡escuchad! ¿Qué es eso? ¿Empezaremos á correr otra vez?

—¡Échate! dijo el mulo, ó si no vas á romperte esas piernas tan largas, tropezando con los cañones. Enderezó una de las orejas y púsose á escuchar, ¡Bueyes! exclamó. Los bueyes que arrastran los cañones. ¡Por vida de!... que entre tú y tus amigos habéis despertado á todo el campamento. Se necesita alborotar mucho para lograr que uno de los bueyes de las baterías se levante.

Oí una cadena que se arrastraba por el suelo, y una de las parejas de enormes y tercos bueyes blancos que arrastran los pesados cañones de sitio cuando los elefantes no se atreven á acercarse ya más á los fuegos del enemigo, llegó, empujando el hombro uno contra otro; y, casi pisando la cadena, venía también un mulo de los de las baterías, llamando á grandes voces á Billy.

—Este es uno de nuestros reclutas, dijo el mulo viejo al caballo. Me está llamando. ¡Aquí estoy, muchacho! ¡Basta de chillar! La obscuridad no hizo nunca daño á nadie.

Echáronse juntos los bueyes y comenzaron á rumiar; pero el mulo joven se precipitó junto á Billy.

—¡Qué cosas! exclamó. ¡Qué horribles y espantables cosas, Billy! Viniéronse á nuestras filas mientras estábamos durmiendo. ¿Crees que nos matarán?

—¡Me están dando unas ganas de largarte una coz de padre y señor mío! ¡Mira que ocurrírsele á un mulo de tu estampa, y tan bien enseñado como tú, venir á deshonrar la batería delante de estos caballeros!...

—¡Poco á poco! dijo el caballo. Acordaos de que, al principio, todos son siempre así. La primera vez que yo ví á un hombre (era en Australia, cuando tenía tres años de edad), estuve corriendo por espacio de medio día, y, si hubiera visto un camello, estaría corriendo aún á estas horas.

Casi todos los caballos que sirven para la caballería inglesa en la India son llevados allí desde Australia, y domados por los mismos soldados.

—¡Verdad es! asintió Billy. No tiembles más, muchacho. La primera vez que me enjaezaron á mí por completo, con todas las cadenas colgándome desde la espalda, me puse en dos pies, los delanteros, y á coces lo hice todo pedazos. No sabía aún entonces la verdadera ciencia de cocear; pero cuantos formaban parte de la batería dijeron que no habían visto nunca cosa semejante.

—Pero lo que se oía ahora no era ruido de arreos ni retintín alguno, dijo el muleto. Ya sabes que esto no me impresiona ya. Eran cosas parecidas á árboles, y caían por entre las filas burbujeando; y á mí se me rompió el cabestro, y no pudiendo hallar ni al que me cuidaba ni á tí, Billy, me escapé con... con estos caballeros.

—¡Je! exclamó Billy. Yo, en cuanto oí que los camellos se habían soltado, me fuí por mi cuenta, sin alborotar. Cuando un mulo de una batería... de una batería de cañones de montaña... llama caballeros á los bueyes que arrastran cañones de la otra clase, es preciso que esté bajo el peso de profunda emoción. ¿Quién sois vosotros, buena gente, que estáis ahí echados?

Dejaron de rumiar los bueyes por un momento, y contestaron á la vez:

—La séptima pareja del primer cañón de la batería de los grandes. Estábamos durmiendo cuando llegaron los camellos; pero, al sentir que nos pisoteaban, levantámonos y nos fuimos. Más vale tenderse en paz sobre el barro que sentir que le molestan á uno estando sobre un buen lecho. Á tu amigo, que está aquí presente, le dijimos que no había para qué asustarse; pero sabe tanto que opinó todo lo contrario. ¡Bueno!

Y continuaron rumiando.

—Ahí tienes lo que pasa cuando se tiene miedo. Se burlan de tí hasta los bueyes que arrastran los cañones. Me parece que estarás satisfecho, muchacho.

El muleto rechinó los dientes, y oí que algo decía sobre el poco miedo que le inspiraban todos los cochinos bueyes de este mundo, todos esos montones de carne; pero los bueyes no hicieron más que chocar los cuernos, uno contra otro, y seguir rumiando.

—No vengas ahora á incomodarte después de haber tenido miedo: mira que es ésta la peor clase de cobardía, dijo el caballo. Á cualquiera puede perdonársele el azorarse un poco de noche (ó al menos así lo creo yo), cuando ve cosas que le parecen incomprensibles. Nosotros (los cuatrocientos cincuenta que somos), hemos roto innumerables veces las ataduras que nos retenían á las estacas, sólo porque algún recluta venía á contarnos cuentos de látigos que se habían vuelto serpientes, allá en su tierra, en Australia, y, después de oirlo, nos asustaban horriblemente hasta los colgantes cabos de nuestros cabestros.

—Todo esto está muy bien en el campamento, afirmó Billy. Yo mismo confieso que siento ganas de salir escapado, sólo por el gusto de hacerlo, cuando he estado sin andar uno ó dos días; pero ¿qué es lo que vos hacéis cuando estáis en servicio activo?

—¡Ah! Eso es harina de otro costal, dijo el caballo. Entonces llevo encima á Dick Cunliffe, y él me aprieta las rodillas á los lados, reduciéndose cuanto he de hacer á mirar bien donde pongo los pies, conservar las patas traseras dobladas bajo el cuerpo, y obedecer al freno.

—Y ¿qué es obedecer al freno? preguntó el muleto.

—¡Por los gomeros azules de mi tierra! relinchó el caballo. ¿Acaso no te enseñan á tí también eso en el oficio que tú desempeñas? ¿Cómo puedes hacer nada si no sabes volverte en redondo, de pronto, al sentir que te aprietan la rienda sobre el cuello? Para el hombre que va contigo es cuestión de vida ó muerte, y, por supuesto, también lo es para tí. Da la vuelta sobre las patas traseras, bien recogidas, en el mismo momento en que sientas la rienda sobre el pescuezo. Si no tienes sitio para revolverte bien, levántate de manos, y gira, entonces, sobre los cuartos posteriores. Esto es lo que se llama obedecer al freno.

—Á nosotros no nos enseñan así, dijo Billy, el mulo, con gran frialdad. Lo que aprendemos es á acatar las órdenes del hombre que nos guía: dar un paso hacia aquí ó hacia allí, según él nos mande. Al fin, creo que todo será, poco más ó menos, lo mismo. Pero con tanta fantasía, y tanto empinarse, lo que debe de ser muy malo para vuestros corvejones ¿queréis decirme qué es lo que realmente hacéis?

—Eso es según los casos, dijo el caballo. Generalmente tengo que ir entre una infinidad de hombres desgreñados, que gritan y llevan cuchillos (unos cuchillos largos y brillantes, peores que los del albeitar) y he de atender á que la bota de Dick toque exactamente la del hombre que está á su lado; pero sin apretarla. Veo la lanza de Dick cerca de mi ojo derecho, y sé, entonces, que no hay cuidado. No quisiera ser del hombre ó del caballo que se nos pusiera delante, á Dick y á mí, cuando tenemos prisa.

—¿Y los cuchillos no hacen daño? preguntó el muleto.

—Te diré... á mí me hirieron una vez en el pecho; pero no fué culpa de Dick.

—¡Poco me importaría á mí de quien era la culpa si me hirieran! exclamó el muleto.

—Pues ha de importarte, contestó el caballo. Para no tener confianza en tu hombre, tanto da que te escapes de una vez. Esto es lo que hacen algunos de nuestros caballos, y yo me guardaré de censurarlos. Como decía, la culpa no fué de Dick. Había un hombre tendido en el suelo, y yo me alargué cuanto pude para no pisarlo; pero él me tiró un tajo. Otra vez que haya de pasar sobre un hombre tendré buen cuidado de pisarlo... y apretaré de firme.

—¡Je! dijo Billy, todo eso son locuras. Los cuchillos son siempre una cosa muy fea. Lo bonito es encaramarse por una montaña, bien ensillado, agarrarse fuerte, con las cuatro patas y hasta con las orejas, y trepar, arrastrarse, moverse de todas las maneras posibles, hasta que se llega á algunas docenas de metros por encima de la altura á que cualquiera otro pueda hallarse, sobre un reborde del terreno en que no hay más sitio que el preciso para poner los cascos. Entonces te paras, te estás quieto (no le pidas nunca á ningún hombre que te tenga del cabestro), te estás quieto mientras ponen en orden los cañones, y, luego, miras como las bombas, que parecen diminutas adormideras, caen entre las copas de los árboles, allá abajo, lejos, muy lejos.

—¿Y no dáis nunca un paso en falso? preguntó el caballo.

—Dicen que cuando un mulo lo dé será cuando pueda rasgársele una oreja á una gallina, contestó Billy. Alguna vez que otra, acaso, por culpa de un basto mal puesto, podrá caerse un mulo; pero ocurre esto rarísimas veces. Quisiera poderos enseñar cómo trabajamos. Es cosa hermosísima. ¡Con decir que me costó tres años el llegar á adivinar para qué teníamos hombres que nos dirigieran!... Toda la ciencia consiste en procurar que el cuerpo no se destaque como una mancha contra el cielo, porque, de no hacerlo así, serviría uno de blanco y podrían tirarle. Acuérdate de esto, muchacho. Escóndete siempre tanto como puedas, aunque para ello tengas que dar un rodeo de un cuarto de legua. Yo soy el que dirige la batería cuando hay que hacer alguna de esas ascensiones.

—¡Que le tiren á uno, sin dejarle siquiera la posibilidad de arrojarse sobre el que dispara! dijo el caballo, profundamente pensativo. ¡No podría sufrir yo eso! ¡Me moriría de ganas de atacar, junto con Dick!

—¡Ca! ¡No lo creáis! Ya sabemos nosotros que, en cuanto estén colocados todos los cañones, ellos serán los que se encarguen del ataque. Esto es científico y elegante; pero los cuchillos... ¡qué asco!

Rato hacía que el camello estaba balanceando la cabeza con el vivo deseo de meter baza en la conversación. Al fin, le oí decir, mientras carraspeaba nerviosamente:

—Yo... yo... yo he entrado también en batalla, más ó menos; pero no trepando ni corriendo, como vosotros.

—Sin duda. Ahora que hablas de ello, noto que á tí no debieron de hacerte ni para trepar ni para correr mucho. Bueno, vamos á ver, ¿cómo fué eso, costal de paja.

—Fué... como debe ser: nos echamos todos...

—¡Por vida de mi pretal y mi grupera! dijo entre dientes el caballo... ¿Os echasteis?...

—Nos echamos... y éramos cien... siguió diciendo el camello, formando un gran cuadro, después de lo cual amontonaron los hombres nuestros fardos y sillas, fuera del cuadro, y pusiéronse á disparar, por encima de nosotros, desde los cuatro lados á la vez.

—¿Qué clase de hombres eran? ¿Los primeros transeuntes...? preguntó el caballo. Enséñannos también, en la escuela de equitación, á tendernos y dejar que nuestros amos disparen por encima de nosotros; pero el único hombre á quien le permitiría yo hacer eso es Dick Cunliffe. Me molesta, haciéndome cosquillas junto á la cincha, y, además, con la cabeza en el suelo no puedo ver nada.

—¿Y qué importa quién es el que dispara por encima de uno? dijo el camello. Infinidad de hombres y de camellos tiene uno al lado, é infinidad de nubes de humo también. Entonces no tengo yo miedo. Me estoy quieto y espero.

—Y, sin embargo, repuso Billy, tienes pesadillas por la noche y alborotas todo el campamento. ¡Vaya! ¡Vaya! Antes de que yo me tendiera (nada digo ya de echarme á medias), y le permitiera á ningún hombre disparar por encima de mí, mis patas y su cabeza me parece que trabarían conocimiento. ¿Cuando oyó nadie cosa tan horrible como ésta?

Reinó largo silencio. Al cabo, uno de los bueyes levantó la enorme cabeza y dijo:

—Todo eso es verdaderamente absurdo. No hay más que un modo de entrar en lucha.

—¡Ah! ¡Vamos! ¡Sigue, sigue! contestó Billy. No hagas caso de que esté yo delante. ¡Hazme este favor! Supongo que vosotros, buena gente, tomáis parte en el combate sosteniéndoos sobre la punta del rabo.

—No hay más que un modo, repitieron ambos á la vez. (De fijo que eran gemelos). Y el modo es éste: uncirnos, las veinte parejas que formamos nosotros, al cañón grande, en cuanto empieza á tocar la trompa El de las dos colas. (El de las dos colas es, en el lenguaje vulgar de los campamentos, el elefante).

—¿Y por qué toca él la trompa? preguntó el muleto.

—Para significar que no quiere ya acercarse más al humo que hay del lado de allá. El de las dos colas es un grandísimo cobarde. Entonces empujamos todos juntos el cañón grande... ¡Heya! ¡Hullah! ¡Heeyah! ¡Hullah! Lo que es nosotros no nos encaramamos como gatos ni corremos como terneros. Atravesamos la llanura, la tierra nivelada, veinte parejas de frente, hasta que nos desuncen de nuevo, y, entonces... á pacer, mientras los cañones grandes tienen la palabra, y se la dirigen, á través del llano, á alguna ciudad de paredes de tapia, las cuales van cayendo en grandes pedazos, y nubes de polvo se elevan por el aire como al regresar de innumerables rebaños.

—¡Ah! ¿Y aquel es el momento que aprovecháis vosotros para pacer? dijo el muleto.

—Aquel, ó cualquier otro. El comer siempre es agradable. Nosotros vamos comiendo, hasta que nos uncen de nuevo, y arrastramos otra vez el cañón hacia donde El de las dos colas está esperándolo. Hay, á veces, en la ciudad, cañones de grandes dimensiones que contestan á los nuestros y matan á algunos de nosotros; pero así es más abundante el pasto para los que quedan. Eso es cosa del Destino... Nada más que del Destino. Pero sea como fuere, El de las dos colas es un grandísimo cobarde. Ese es el verdadero modo de combatir. Nosotros dos somos hermanos, somos hijos de Hapur. Nuestro padre era uno de los bueyes sagrados de Siva. Hemos dicho.

—¡Bueno! En verdad que algo he aprendido esta noche, afirmó el caballo. ¿Y vosotros, caballeros de la batería de cañones de montaña, también os sentís en disposición de comer cuando los cañones disparan contra vosotros y tenéis á retaguardia al de las dos colas?

—Tan poco, casi, como pocas son las ganas que tenemos de echarnos y de dejar que los hombres se tiendan sobre nosotros, ó bien de lanzarnos sobre gentes que empuñan cuchillos. Jamás oí semejantes simplezas. El borde de un precipicio en una montaña; una carga en que el peso esté bien distribuído; un mozo de quien pueda uno estar seguro de que le dejará ir por donde quiera... dénme eso y cuenten conmigo; pero lo que es lo demás... no, dijo Billy pegando en el suelo una patada.

—Por supuesto, contestó el caballo, no todos somos de la misma pasta, y bien adivino que á vuestra familia, por la línea paterna, debía de costarle mucho el entender ciertas cosas.

—Dejad tranquila á mi familia y á su línea paterna dijo Billy incomodado (porque no hay mulo al cual no le disguste el que le recuerden que su padre era un asno). Fué mi padre un caballero del Sur, y podía, si se le antojaba, derribar, morder, y reducir á piltrafas, de puro darle de coces, á cualquier caballo que se le atravesara en el camino. ¡Tenlo presente, gran Brumby!

Significa Brumby un caballo salvaje, sin crianza. Imaginad lo que sentiría el noble bruto, vencedor en las carreras, que se oyera tratar de acémila por uno que arrastrara un carro, y tendréis idea de la impresión que recibiría en aquel momento el caballo australiano. Ví como el blanco de los ojos le brillaba en la sombra.

—Mira, hijo de un borrico traído de Málaga, exclamó, apretando los dientes, voy á tener que enseñarte que yo desciendo por la línea materna de Carbine, la que ganó la copa de Melbourne; y que en mi tierra no estamos acostumbrados á dejarnos pisotear por un mulo, que, si charla como un loro, tiene tanta cabeza como un cerdo, y que no pertenece más que á una batería de cerbatanas para jugar los chiquillos. ¡Ponte en guardia!

—¡Y tú en dos pies! chilló Billy.

Hiciéronlo así ambos, puestos frente á frente, y ya esperaba yo asistir á una furiosa lucha, cuando, en medio de la obscuridad, y en dirección hacia la derecha, oyóse una voz gutural y profunda que decía:

—Pero, hijos, y ¿por qué os peleáis ahora? Estaos quietos.

Bajaron las patas ambos animales con un ronquido de disgusto, porque no hay caballo ni mulo alguno que pueda sufrir la voz del elefante.

—¡Es El de las dos colas! dijo el primero. ¡No puedo resistirlo! ¡Una cola á cada extremo! ¡Eso no es jugar limpio!

—Es lo que yo pienso, contestó Billy, apretándose contra el caballo para sentirse más acompañado. En ciertas cosas nos parecemos bastante.

—Las habremos heredado de nuestras madres, dijo el caballo. ¡Vaya! No vale la pena de que nos peleemos. ¡Eh, tú! ¡Dos colas! ¿Estás atado?

—Sí, contestó el interpelado con una risa que parecía írsele subiendo trompa arriba. Estoy sujeto para toda la noche. Ya he oído lo que habéis estado hablando. Pero no tengáis miedo: no voy á acercarme.

Los bueyes y el camello dijeron entonces, casi en alta voz:

—¡Tenerle miedo al de las dos colas! ¡Qué bobería!

Y los bueyes prosiguieron:

—Sentimos que lo hayas oído; pero es la verdad. Dínos, Dos colas, ¿por qué les temes á los cañones cuando disparan?

—Veréis... dijo El de las dos colas, frotando una de sus patas traseras contra la otra, ni más ni menos que lo que suele hacer con las piernas un chico que recita unos versos: no estoy muy seguro de que me entendáis si os lo explico.

—No, no lo entenderemos; pero ello es que tenemos que arrastrar los cañones, dijeron los bueyes.

—Sí, ya lo sé. Y también sé que sois mucho más valientes de lo que os figuráis. Pero yo soy distinto. El capitán de mi batería me llamó, uno de estos días, anacronismo paquidermatoso.

—Esto será otra nueva manera de combatir, supongo yo; dijo Billy que empezaba á recobrar el uso de sus facultades.

—Tú no sabes lo que eso significa, por supuesto; pero yo sí. Significa una cosa que está entre dos aguas, ó entre dos luces, indecisa, y así estoy yo, precisamente. Yo veo claro dentro de mi cabeza lo que ocurrirá cuando reviente una bomba, y vosotros, bueyes, no podéis verlo.

—Pues yo sí puedo, dijo el caballo. Por lo menos, en parte. Y hago todo lo posible para no pensar en ello.

—Yo alcanzo á verlo mejor que tú, y ¡vaya si lo pienso!... Sé que hay en mí un buen corpachón que cuidar, y sé también que nadie sabe cómo curarme cuando estoy enfermo. Todo lo más que hacen es quitarle el salario á mi cornaca hasta que vuelvo á estar bien, y lo que es en él ninguna confianza puedo yo tener.

—¡Ah! contestó el caballo. Ahí está la clave de todo. Yo puedo fiarme de Dick.

—Pues lo que es á mí, podrías ponerme encima todo un regimiento de Dicks sin que me encontrara poco ni mucho mejor. Sé lo suficiente para no hallarme muy á gusto, y no lo necesario para seguir adelante, á pesar de todo.

—No lo entendemos, dijeron los bueyes.

—Ya sé que no. No es á vosotros á quienes me dirijo. Vosotros no sabéis lo que es sangre.

—Pues lo sabemos. Es una cosa roja á la que chupa la tierra, y que huele.

El caballo dió una coz, un salto y relinchó.

—No me habléis de eso, dijo. Me parece que la estoy oliendo ahora, con sólo imaginármela. Me da ganas de correr... cuando no llevo á Dick montado sobre mí.

—¡Pero si aquí no la hay! dijeron el camello y los bueyes. ¡No seas tan tonto!

—¡Es vil cosa!... dijo Billy. Á mí no me da ganas de correr; pero no quiero hablar de ella.

—¡Esa es la fija! exclamó El de las dos colas, moviendo la suya como para explicar mejor sus palabras.

—Sí, sin duda. Pero los fijos somos nosotros que hemos estado aquí toda la noche, dijeron los bueyes.

El de las dos colas dió una patada en el suelo, haciendo resonar su anillo de hierro.

—No os hablo á vosotros, dijo. No podéis ver lo que pasa dentro de vuestra cabeza.

—No. No vemos más que lo que pasa fuera, y cuatro ojos tenemos para ello. No vemos más que lo que está delante de nosotros.

—Si yo pudiera limitarme á hacer esto, no se os necesitaría á vosotros para que arrastrarais los cañones de grandes dimensiones. Si fuera como mi capitán (que ve las cosas en su cabeza antes de que empiece el fuego, y tiembla todo él, pero sabe demasiado para que se le ocurra la idea de escaparse), si yo fuera como él, entonces sí que podría arrastrar los cañones. Pero á ser tan sabio, no estaría, tampoco, aquí. Sería rey en la selva, como fuí en otro tiempo, durmiendo durante la mitad del día, y bañándome siempre que se me antojara. Hace un mes que no he podido bañarme á gusto.

—Muy bonito es todo eso, dijo Billy, pero el darle á las cosas rimbombantes nombres no las mejora en lo más mínimo.

—¡Chitón! contestó el caballo. Yo creo que entiendo lo que quiere decir Dos colas.

—Me entenderás de aquí á un instante, dijo este último de mal humor. ¡Á ver! ¿Quieres explicarme por qué á tí no te gusta esto?

Y comenzó entonces á hacer sonar furiosamente su trompa.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Calla! exclamaron Billy y el caballo al mismo tiempo.

Yo oí como pateaban y temblaban, porque el trompeteo de un elefante es siempre desagradable, y sobre todo de noche.

—¡No quiero callar! dijo El de las dos colas. ¿Me haréis ahora el favor de explicarme esto? ¡Rrrumf! ¡Rrrert! ¡Rrrumf! ¡Rrrah! Paróse, luego, de pronto, y pude yo oir en medio de la obscuridad algo que se quejaba, algo que pronto adiviné ser Vixen, que me había hallado, al fin. Sabía ella, tan bien como yo, que á nada teme tanto un elefante como á un perrito que ladra; por lo cual se paró, para molestar al de las dos colas, en el sitio donde estaba atado, y allí se estuvo ladrando entre sus enormes pies. Dos colas se agitó, queriendo huir, y comenzó á chillar.

—¡Márchate, perro! exclamó. No me vengas á oler los zancajos si no quieres recibir una patada. ¡Perrito bueno... perrito mono! ¡Vete! ¡Anda á tu casa, maldito animal que no para de ladrar! Pero ¿por qué no lo apartan de ahí? ¡Va á acabar por morderme!

—Paréceme, dijo Billy dirigiéndose al caballo, que nuestro amigo Dos colas tiene miedo de infinidad de cosas. Si á mí me dieran un buen pienso por cada perro que he lanzado, de una coz, al otro lado del campo de maniobras, estaría casi tan gordo como Dos colas.

Dí un silbido, y Vixen vino corriendo hacia mí, llena de barro toda ella, me lamió la nariz y contóme un larguísimo relato de sus aventuras en el campamento, mientras iba en mi busca. Nunca le había dicho que entendiera el lenguaje de los animales, porque, de lo contrario, se habría tomado conmigo toda clase de libertades. Así, pues, me contenté con ponérmela sobre el pecho, abotonando por encima de ella mi sobretodo, y El de las colas se movió cuanto quiso, pateó y gruñó, solo ya.

—¡Cosa más rara! dijo. ¡Es extraordinario! Viene ya de familia. Pero ¡á ver! ¿dónde se ha metido ahora aquel diablo de animalejo?

Oíle que iba tanteando con la trompa.

—De uno ú otro modo, todos parecemos tener algún punto flaco, prosiguió, soplando para limpiarse la nariz. Ustedes, caballeros, se alarmaron un poco, me parece, cuando oyeron el sonido de mi trompa ¿verdad?

—Alarmarnos, precisamente, no; pero á mí me causó la impresión de que me picaban algunos tábanos en el sitio en que otras veces llevo la silla. No vuelvas á empezar.

—Á mí me da miedo un perrito, y al camello que ahí está le asustan las pesadillas que tiene por la noche.

—¡Fortuna que no tenemos que combatir todos del mismo modo! dijo el caballo.

—Lo que yo quisiera saber, observó el mulo, que había estado callado durante largo tiempo, lo que yo quisiera saber es por qué tenemos que combatir, sea del modo que fuere.

—Porque nos lo mandan, dijo el caballo con un ronquido de desprecio.

—Una orden que nos dan, añadió el mulo. Y rechinó los dientes al decirlo.

¡Hukm hai! (es una orden), dijo el camello con un ruido gutural, y Dos colas y los bueyes repitieron ¡Hukm hai!

—Sí; pero ¿quién es que da las órdenes, dijo, entonces, el muleto, el recluta.

—El hombre que va á tu lado... ó se te sienta encima... ó sostiene la cuerda que te atan á la nariz... ó te retuerce la cola... dijeron, sucesivamente, Billy, el caballo, el camello y los bueyes.

—Pero ¿quién les da á ellos las órdenes?

—Eso es querer saber demasiado, joven, dijo Billy, y es exponerse á recibir una coz. Tú no has de hacer más que obedecer al hombre que te guía, y no meterte á preguntar nada.

—Tiene razón, dijo El de las dos colas. Yo no siempre puedo obedecer, porque estoy como entre la espada y la pared; pero ello es que Billy tiene razón. Obedece al hombre que tienes al lado y que te da la orden, ó, de lo contrario, toda la batería tendrá que pararse por tu culpa; esto sin contar la paliza que te llevarás.

Levantáronse los bueyes para marcharse.

—La mañana se acerca, dijeron. Nos volvemos á nuestros puestos. Es cierto que nosotros no vemos más que con los ojos, y que no nos pasamos de listos; pero, así y todo, somos, esta noche, los únicos que no hemos tenido miedo. ¡Buenas noches, valientes!

Nadie contestó, y el caballo dijo, entonces, para mudar de conversación:

—¿Dónde está el perrito aquel? Un perro significa siempre que no anda lejos un hombre.

—Aquí estoy, ladró Vixen... bajo la cureña, con mi amo. ¡Como tú, camello, gran bestia, atolondrado, fuíste y nos echaste á rodar la tienda!... Mi amo está muy incomodado contigo.

—¡Psché! dijeron los bueyes. ¡Debe de ser un blanco!

—Por supuesto que sí. Pues ¿qué os figuráis? ¿Que á mí me cuida algún boyero negro?

¡Huah! ¡Ouach! ¡Ug! dijeron los bueyes. Vámonos pronto.

Lanzáronse por entre el barro, y con tan poco acierto que, sin saber como, metieron por el yugo que llevaban la lanza de un carro de municiones y se quedaron allí cogidos.

—Os habéis lucido, dijo con gran calma Billy. No forcejéis. Aquí os toca estar hasta que se haga de día. Pero ¿qué diablos os pasa ahora?

Lanzaron los bueyes aquellos largos y silbantes ronquidos que suele dar el ganado en India, y empujáronse, chocaron uno contra otro, dieron vueltas, patearon, resbalaron, y casi cayeron en el barro, gruñendo con salvaje furia.

—Mirad que vais á romperos el pescuezo, dijo el caballo. ¿Qué tenéis con los hombres blancos? Yo vivo con ellos.

—¡Se... nos... comen! ¡Tira! ¡Tira! contestó el buey que más cerca estaba. Saltó á pedazos el yugo, y ellos marcháronse juntos, andando pesadamente.

Hasta entonces no supe por qué el ganado indio le teme tanto á los ingleses: nosotros comemos buey, (cosa á la que nunca toca allí un boyero), y, por supuesto, al ganado no le gusta eso.

—Que me azoten con las mismas cadenas de mi basto si podía yo pensar que dos enormes pedazos de carne como ésos iban á perder la cabeza de tal modo, dijo Billy.

—No importa. Yo voy á ver á ese hombre. Sé que la mayor parte de los blancos llevan cosas en los bolsillos.

—Pues entonces te dejo. No soy muy aficionado á ellos. Por otra parte, hombres blancos que no tengan un sitio en que dormir es casi seguro que serán ladrones, y yo llevo encima una parte, bastante regular, de propiedad del Gobierno. Ven, muchacho: vámonos á nuestros puestos. ¡Buenas noches, Australia! Supongo que nos encontraremos mañana en la parada. ¡Buenas noches, costal de paja, y procura dominar un poco tus impresiones! ¿eh? ¡Buenas noches, Dos colas! Si nos encontramos mañana en el campo de maniobras no vayas á hacer sonar la trompa. Nos desbaratarías todas las filas.

Marchóse Billy, el mulo, renqueando un poco y balanceándose con el aire de un veterano, mientras la cabeza del caballo venía á oliscar en mi pecho. Dile bizcochos, y Vixen, que es una de las perritas más vanidosas que he visto, le contó infinidad de mentiras sobre las docenas de caballos que entre ella y yo poseíamos.

—Mañana iré á ver la parada en mi carruaje, en mi dog-cart, dijo. ¿Dónde estaréis?

—Á la izquierda del segundo escuadrón. Yo marco el paso para toda mi compañía, damisela, dijo él muy cortesmente. Pero tengo que volver á donde está Dick. Mi cola está hecha una lástima de barro, y lo menos, trabajando mucho, necesitará él dos horas para ponerme en disposición de ir á la parada.

Ésta, la gran parada de treinta mil hombres, verificóse aquella tarde, y en ella Vixen y yo ocupamos excelente sitio, junto al Virrey y el Emir del Afganistán, el cual llevaba su alto y enorme gorro negro de astracán con la gran estrella de diamantes en el centro. Todo sol fué la primera parte de la revista. Los regimientos fueron desfilando como oleadas de piernas que se movieran todas á la vez, y como multitud de fusiles puestos en línea, hasta que, al fin, los ojos se nos iban ya al mirarlos. Entonces llegó la caballería, al compás de la hermosa música para medio galope llamada Bonnie Dundee, y Vixen enderezó una de sus orejas, allá en el sitio del dog-cart en que iba sentada. El segundo escuadrón de lanceros pasó rápidamente, y allí estaba nuestro caballo, con la cola como seda acabada de hilar; la cabeza inclinada sobre el pecho; una oreja hacia delante y otra hacia atrás; marcando el compás para todo el escuadrón; moviendo las piernas con tanta suavidad como se mueven las notas de un vals. Vinieron, luego, los cañones de grandes dimensiones, y ví al de las dos colas, y á dos elefantes más, enganchados en fila á un cañón de sitio de los de cuarenta, mientras veinte parejas de bueyes caminaban detrás. La séptima pareja llevaba un yugo nuevo, y parecía estar cansada, moverse con cierta dificultad. Al fin venían los cañones de montaña, y Billy, el mulo, iba como si fuera él quien tuviera el mando de todas las tropas, llevando los arreos tan limpios y relucientes, gracias á una capa de aceite, que despedían luz. En mi interior llegué yo á vitorear á Billy, el mulo; pero él no se dignó mirar á derecha ni á izquierda.

Comenzó á llover de nuevo, y, durante algún tiempo, la neblina impidió ver lo que las tropas hacían. Habían formado un gran semicírculo en la llanura, y se desplegaban, luego, en línea recta. Fué creciendo ésta, creciendo, creciendo, hasta que llegó á ocupar cerca de un cuarto de legua desde una á otra ala, formando como sólido muro de hombres, caballos y cañones. Dirigióse, entonces, hacia el Virrey y el Emir, y, al estar cerca, la tierra empezó á temblar como la cubierta de un vapor que va á toda máquina.

Á no haberlo visto allí mismo, no podréis nunca formaros idea del pavoroso efecto que causa ese firme avance de tropas hacia los espectadores, aún cuando saben éstos que aquello no es más que una parada. Miré al Emir. Hasta entonces no había dado muestras de sentir el menor asombro, ni nada; pero, en aquel instante, sus ojos comenzaron á agrandarse, más y más cada vez, y, echando mano á las riendas de su caballo, miró hacia atrás. Pareció, por un momento, que iba á desenvainar el sable y á abrirse paso por entre los ingleses é inglesas que ocupaban los carruajes colocados detrás de él. Luego, el avance paró de pronto; la tierra quedó quieta; la línea entera saludó; y treinta bandas de música rompieron á tocar. Era esto el final de la revista, y los regimientos volviéronse, bajo la lluvia, á sus campamentos, mientras una banda de infantería tocaba:

De dos en dos los animales
¡Hurra!
de dos en dos iban marchando,
así elefantes como mulas...
¡y se metieron en el Arca
para guardarse de la lluvia!

Entonces oí como uno de los jefes asiáticos, de larga y entrecana cabellera, que había venido junto con el Emir, hacía algunas preguntas á un oficial indígena.

—Ahora, dijo, explicadme por qué medios ha podido llevarse á cabo tan sorprendente cosa.

Y contestó el oficial:

—Dióse una orden, y la obedecieron.

—Pero ¿es que tanto saben los animales como los hombres? dijo el jefe.

—Ellos obedecen, del mismo modo que los hombres. El mulo, el caballo, el elefante, el buey, obedecen al que los guía, y éste á su sargento, y el sargento al teniente, y el teniente al capitán, y el capitán al mayor[13], y el mayor al coronel, y el coronel al brigadier al mando de tres regimientos, y el brigadier al general, el cual, por su parte, obedece al Virrey, que es servidor de la Emperatriz. Así es como se hace esto.

—¡Ojalá sucediera lo mismo en el Afganistán! dijo el jefe, porque lo que es allí no obedecemos á nadie más que á nuestra propia voluntad.

—Y por esta razón, dijo el oficial indígena retorciéndose el bigote, vuestro Emir, al cual no obedecéis, tiene que venir aquí y recibir órdenes de nuestro Virrey.