II
Es una noche azul y transparente, noche del trópico, tibia y fragante como lecho de recién casados. La multitud llena las calles. Los letreros de gas fulguran, temblorosos, como arañas trémulas que escalan los muros. El traqueteo de los coches, el chasquido de las fustas, la voz de los pregoneros, la charla de los enamorados, la risa de los alegres, los pasos de la turba, la respiración de la ciudad, constituyen el estrépito vagneriano, la extraña sinfonía de la prima noche.
El parque rebosa en gente. Una banda militar suena los cobres, de cuyas gargantas metálicas surgen notas vibrantes como centellas, suaves como caricias, dolorosas como lamentos, como cintarazos rudos. La multitud la rodea. La banda toca y toca. Aquellos músicos de uniforme, aquellos como soldados artistas, al final de cada partitura se embriagan con el aplauso, y á las veces repiten la tocata con furia lírica, llenos de un ardor marcial.
Al rededor del parque la gente se pasea. Algunos novios, dulces enemigos, se reconcilian en la penumbra, bajo el follaje; otros abren su alma, rico estuche de afectos, donde fulgura el amor, ese diamante, como una chispa de sol.
En la sombra, al pie de un frondoso árbol, en un banco de piedra, estrecho y rústico, se percibe la figura de Eudoro. Está solo; medita; y una como negra nube de dolor oscurece su frente.
La banda rompe de nuevo, después de unos minutos de silencio, con una armonía bélica. Es una marcha militar. Un instante, Eudoro, fuera de su meditación, mira como pasaba y repasaba un hombre, marcando el compás. El individuo se devolvía de un farol á otro, en un espacio de veinte y cinco metros, casi en la sombra. Se divertía el buen sujeto sin creerse observado.
De pronto un grupo de jóvenes, estudiantes acaso, lo advirtió. El racimo humano de mozalvetes lanzó una sonora carcajada y prosiguió á su vez la marcha, marcando el compás. Una pareja de novios, dos muchachos, que venía detrás, del bracero, contagiada, imitó á los estudiantes; alguien imitó á su vez á los novios, y por un momento fue la plaza batallón alegre y revoltoso que marchaba al compás de la música.
Eudoro se sonrió melancólicamente á la vista de aquella multitud danzante y risueña:
—Qué barato compran algunos la felicidad, exclamó.
Ante la alegría de los demás Eudoro comprendió la profundidad de su tristeza.
Nada de lo que divierte á los otros, me satisface ni me gusta, se dijo. Yo me siento muy distante de esa multitud. Parodiando al Cristo, yo pudiera exclamar:
—Pueblo, ¿qué hay de común entre tú y yo?
Y prosiguió monologando, engolfado mentalmente en una desolada filosofía.
—Yo me alejo de la turba: la temo; me contagia su estupidez. Mi piedad para ella se resuelve en cóleras.
La música había terminado. La gente, poco á poco, abandonó la plaza. Apenas restaban grupitos, al pie de los faroles. De los cafés vecinos salían carcajadas. De cuando en cuando atravesaba, el paso menudo, recogido el enfaldo, aromando el ambiente, alguna devota de Afrodita. El cielo parecía un cofre en cuyo fondo azul centelleaban topacios. Los globos de luz eléctrica, pálidas lunas, iluminaban con su blanco fulgor de perla.
Un ebrio pasó haciendo eses y gritando:
—¡Viva la República!
Eudoro pensaba: la lucha es estéril. ¿Qué beneficiamos de ella? ¡Cómo consagrarle nuestra juventud, nuestras ideas, nuestras energías á una sociedad que nos abandona! Lo único amable es el amor. La juventud es de él, como la primavera es de las rosas. La poesía de la existencia consiste en el dolor de amar. Y cuando un hombre no puede darse al amor se debe dar á la muerte.
El soñador volvía al suicidio, como siempre que el Dolor lo acosaba; volvía al suicidio, con anhelo de refugiarse en la tumba.
Eudoro se decía: un suicida es un valiente. La única puerta por donde puede salir la dignidad, del mundo, sin doblegarse, es la del suicidio. Un hombre que se mata á conciencia es un héroe. Todas sus culpas, todas sus flaquezas, todas sus ignominias, si las tuvo, deben ser olvidadas. Ese se ha redimido. La muerte así es un crisol. Sí; el que se aventura á lo desconocido, el que da un puntapié á la existencia, el que se embarca en la barca negra, rumbo á lo ignoto, no teme cuanto existe de más temible: el misterio, la tumba, el olvido, en una palabra, la sombra.
Eudoro había cultivado en su alma la idea de la muerte voluntaria, como una flor, y ya la flor daba su aroma fúnebre.
Ya era tarde, y en el silencio nocturno, Eudoro oía su propio pensamiento. Un rayo de luna, filtrándose al través del follaje verde, acariciaba como un beso de plata aquel rostro. A esa luz se podían ver las centellas de aquellos ojos húmedos y claros como algas.
Muy cerca del banco rústico de donde surgía, de cuando en cuando, la voz de Eudoro, en aquel sordo monologar del enamorado, el fauno de bronce de una fuente vomitaba un chorro de agua refrescante. Casi todo el mundo había desaparecido. Un polizonte, de lejos, observaba la actitud sospechosa y escuchaba el lenguaje entrecortado y alarmador de aquel extraño platicante de la media noche.
Por fin se partió. El policía lo miró alejarse. El fauno de la fuente con su faz grotesca y empapada de agua se sonreía al verlo pasar; y alguno que conociese el lenguaje de los bronces tradujera la pícara sonrisa, el guiño de ojos del fauno, en un reproche por aquel abandono, en un presentimiento de tragedia, en un adiós melancólico.