Recuerdos de canibalismo
Aunque la Trinidad está compuesta, como se sabe, del Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en el Trisagio se invoca y pide a las tres personas a la vez, sin embargo, hay otras formas de lograr el favor divino invocando separadamente a una sola de las personas de la Trinidad. Así, en la novena de Jesús sacramentado se pide al Padre por medio de la intercesión del Hijo, o mejor dicho, de solo una víscera del Hijo, de un órgano de su cuerpo; el Corazón, o más propiamente, del Sagrado Corazón de Jesús. “El Padre Eterno tiene complacencia, dice la novena (pág. 6), en que se le pida por el Corazón de su amado Hijo * * *.” “El Padre Eterno se lo dijo así directamente a la Venerable María de la Encarnación” (págs. 6-7): “Pídeme por el corazón de mi Unigénito Hijo, y por él te oiré, y alcanzarás cuanto me pidas * * *.” “Jesús dijo a su esposa Margarita: te pido * * * que el viernes inmediato a la octava de festividad del Corpus, se dedique particularmente al culto de mi corazón” (pág. 7).
La adoración al corazón no es simbólica; se adora al corazón real: “adorarán con más frecuencia a Jesús sacramentado y en él a su Divino Corazón” (pág. 7). Su novena se hará delante de una imagen de Jesús “o de su Sagrado Corazón” (pág. 19). El devoto, llevando su adoración hasta un resurgimiento de canibalismo atávico, dice a Jesús: “O dueño mío, vuestro mismo cuerpo me dais, y con él vuestro corazón, para que le coma” (pág. 12).
Hay una novena dedicada al Santo Ángel Custodio (Manila, 1897) que es el “Ángel delegado por Dios para que esté a nuestro lado, y ejerza con nosotros los amorosos oficios de un tutor cuidadoso, de un cariñoso ayo, de un preceptor amante, de un fiel conductor, y de un amigo íntimo y verdadero * * *” (pág. 6). “A ningún Santo del cielo le interesa tanto nuestra alma y nuestros negocios como al Santo Ángel de nuestra guardia” (pág. 6). Su intervención es tan útil que “no solo trasmite lo que se pide, sino que modifica las peticiones, cuando conoce que algunas de nuestras peticiones pueden acarrearnos algún mal espiritual o corporal” (pág. 7). Es, pues, la mayor garantía contra cualquier error nuestro, y naturalmente hace absolutamente inútil el sentido de responsabilidad.