II.
Discurso de los mitilenios en la junta de los confederados de Grecia.
«Varones lacedemonios, y vosotros, aliados y confederados: Bien sabemos que es costumbre, admitida entre los griegos como justa y legítima, que los que en tiempo de guerra se rebelan contra los aliados y se pasan a los contrarios, los que los reciben les tratan bien tanto tiempo cuanto piensan que los rebelados les pueden ser útiles y provechosos; pero considerando después la traición que han hecho a sus primeros amigos, los tienen por ruines, y creen que serán peores en adelante. Sería esto razonable si las cosas fuesen iguales de parte de los que se rebelan como de aquellos de quien se apartan. Porque si son iguales en las fuerzas y aprestos de guerra, como lo son en consejo y amistad, no hay ocasión ninguna justa en que se deban rebelar y apartar unos de otros. Pero esto no sucede entre nosotros y los atenienses, según os mostraremos para no pareceros malos si nos apartamos en tiempo de guerra de aquellos que nos honraron en el de paz.
»Pues venimos a pedir vuestra amistad, bien será, ante todas cosas, justificar nuestra causa y hablar de la justicia y de la virtud, porque ni puede haber amistad firme entre los particulares, ni unión perdurable entre las ciudades si no hay un crédito verdadero de virtud y bondad de una parte a la otra, y una comunicación y conformidad de voluntades y costumbres; que si son discordes las voluntades y pareceres, también serán diferentes las obras.
»Sabed, pues, que nuestra amistad y alianza con los atenienses data desde que vosotros os apartasteis de la guerra contra los medos y ellos prosiguieron la empresa. Entonces nos confederamos con ellos, no para poner a los griegos bajo la sujeción de los atenienses, sino para librarles de la servidumbre de los medos. Mientras nos tuvieron por iguales, siempre los seguimos con entera voluntad; pero al ver que, terminada la guerra contra los medos, procuraban someter a sus amigos y confederados a servidumbre, no pudimos dejar de recelarnos. Y porque no era posible a los otros aliados y confederados unirse para defenderse de los atenienses, por la diversidad de votos y pareceres que suele haber entre muchos, todos quedaron sujetos a servidumbre, excepto nosotros y los de Quíos.
»Usando siempre de nuestro derecho y libertad, les ayudamos en la guerra como amigos y confederados, empero nunca tuvimos a los atenienses por verdaderos caudillos y capitanes, tomando ejemplo de lo pasado: pues no era verosímil que habiendo sujetado a los otros, que también eran sus amigos y confederados, dejaran de hacer lo mismo con nosotros cuando viesen oportunidad para ello: que si todos disfrutáramos de nuestra libertad, como antes, podríamos tener confianza en que no querían innovar cosa alguna; pero habiendo ya sujetado todos los más, de creer es que sufrirán de mala gana que queramos tratarles de igual a igual, y que obedeciéndoles todos los demás, nosotros solos nos queramos igualar a ellos, mayormente ahora que cuanto más poderosos llegan a ser, venimos nosotros a ser menos fuertes por estar solos y desamparados.
»No hay cosa que tanto haga fiel y firme la amistad y confederación como el temor que tiene uno de los aliados al otro si hace cosa que no debe, porque el que quiere traspasar los términos de la amistad y alianza se refrena y abstiene cuando ve que sus fuerzas solas no son bastante: y si considera que el otro es tan poderoso como él, teme acometer el primero. Si ellos nos han dejado hasta aquí gozar de nuestra libertad, ha sido porque pensaban tener más firme y estable su señorío, so color de que usaban más de razón y de buen consejo que de fuerza y violencia manifiesta, y a fin de que si hiciesen la guerra contra algunos, justificarla diciendo que, de no ser justa, ni nosotros ni los otros, que aún disfrutaban de su libertad, les ayudaríamos.
»De esta suerte han aumentado su poder muchas veces en perjuicio de los débiles, sujetando poco a poco a muchos, unos en pos de otros, para que los que quedasen no tuvieran medios de defensa; que de empezar contra nosotros teniendo los otros sus fuerzas enteras, no lo pudieran hacer tan sin peligro, y también porque temían nuestra armada y sospechaban que, si las juntábamos y nos uníamos a vosotros o con otros, les podríamos hacer daño.
»Así nos hemos librado de ellos hasta ahora, procurando siempre ganar la gracia del pueblo de Atenas y de los que le gobernaban, con halagos y cumplimientos y por buenos medios. Esto no pudiera durar mucho si no se hubiera comenzado esta guerra, según se advierte por el ejemplo de los otros; pues ¿qué amistad puede haber, o qué confianza verdadera, donde los unos tienen por sospechosos a los otros y procuran agradarse contra su parecer: es decir, que ellos nos agradan en tiempo de guerra por temor a ofendernos, y nosotros hacemos lo mismo con ellos en tiempo de paz por igual razón, y lo que hace firme y estable la amistad entre otros, que es el amor, lo hace el temor entre nosotros? De manera que si hemos perseverado en la confederación y amistad de los atenienses, ha sido antes por temor que por amor, y sería nuestro primer aliado quien antes nos facilitara medios de romperla sin peligro. Por tanto, si a alguno le parece que hemos hecho mal al prevenir sus actos rebelándonos contra ellos, y que debiéramos esperar a que declararan primero la mala voluntad que pensábamos nos tenían, atento que no la habían aún mostrado, este tal no acierta, porque esto no sucediera si nosotros fuéramos tan poderosos para tramarles asechanzas, y esperar la nuestra, como ellos lo son, y en tal caso no habría peligro, siendo iguales. Mas viendo que ellos tienen poder y medios de emprender lo que desean y acometernos cuando quisieren, justo es que nos anticipemos a rebelarnos al ver oportunidad de defendernos.
»Ya sabéis, varones lacedemonios, y vosotros los confederados, las causas por que nos hemos apartado de los atenienses, las cuales parecerán claras y razonables a todos que las quieran entender, y muy bastantes para justificar nuestra intención y demanda, porque con razón les tememos y con razón venimos a pediros socorro, como teníamos determinado hacerlo antes que se comenzase la guerra, y para ello entonces os enviamos nuestros embajadores a pedir vuestra amistad y alianza y tratar de rebelarnos y apartarnos de los atenienses. Entonces impedisteis vosotros que lo lleváramos a efecto.
»Ahora que somos llamados por los beocios a ello, acudimos sin dilación, pensando que nos hemos rebelado por dos razones bastantes: la primera, porque siguiendo el partido de los atenienses, y perseverando en ello, no parezca que damos favor y ayuda para oprimir y maltratar Grecia, sino que, con vosotros, la ayudamos a defenderse; y la otra, por conservar nuestra libertad, para no perderla en adelante como los otros.
»Declarada nuestra intención, es necesario que con la mayor diligencia nos socorráis, mostrando por obra en este punto que queréis defender y amparar a los que estáis obligados, y por consiguiente, dañar a vuestros enemigos por todas las maneras posibles, pues al presente tenéis mayor y mejor oportunidad que nunca, porque los atenienses están desprovistos de gente por la epidemia, faltos de dinero por la guerra, y sus naves esparcidas, unas en vuestra costa del Peloponeso, y otras en la nuestra para hacernos la guerra, de suerte que no es verosímil puedan tener abundancia de barcos si vosotros en este verano los acometéis por mar y tierra; antes es de creer, o que seréis más poderosos que ellos por mar, o a lo menos que ellos no serán bastantes para poder resistir a vuestras fuerzas juntas con las nuestras.
»Y si alguno piensa que no debéis poner en peligro vuestra propia tierra para defender la nuestra, que es ajena y está lejos de la vuestra, yo os digo de verdad que el que juzga la isla de Lesbos lejos y apartada, conocerá por los efectos que el provecho que puede recibir de ella está muy cercano; que la guerra no se ha de hacer en tierra de Atenas, como piensan, sino en aquellos lugares de donde los atenienses sacan su dinero y llevan sus provechos; pues sus rentas las tienen de los aliados y confederados, las cuales podrían ser mayores si nos hubiesen sujetado también a su dominio; que en tal caso ninguno de los otros aliados osaría rebelarse, y nosotros también seríamos suyos, y tan mal tratados como lo son los otros que ya tienen sujetos. Si vosotros nos dais ayuda, pronto tomaréis en vuestra compañía una ciudad como la nuestra que tiene abundancia de barcos, de que vosotros estáis muy necesitados, y podréis destruir a los atenienses, quitándoles sus aliados, para que siguiéndonos, e imitando nuestro ejemplo, se atrevan a rebelarse. Por esta vía disiparéis la mala opinión que las gentes han concebido de vosotros de no querer recibir en amistad ni ayudar a aquellos que se os ofrecen por aliados y compañeros de guerra, y si os mostráis favorables a ayudarles y librarles, tendréis más firmes vuestras fuerzas para la guerra.
»Tened, pues, vergüenza de faltar a lo que los griegos esperan de vosotros, y de no reverenciar al dios Apolo, en cuyo templo, al presente, estamos suplicando y pidiéndolo por merced. Amparad y defended a los mitilenios, tomándolos por amigos y compañeros, y no nos dejéis en manos de los atenienses, nuestros enemigos, con gran daño y peligro de nuestras personas, pues de nuestra buena suerte depende el provecho común de toda Grecia, y de nuestros males el daño evidente de todos. Mostraos al presente tales como los griegos os estiman según nuestra necesidad al presente lo requiere y demanda.»
Cuando los mitilenios acabaron su razonamiento, los lacedemonios y los otros aliados y confederados celebraron consejo sobre ello, y determinaron recibirlos por amigos y compañeros, y asimismo entrar de nuevo aquel año en tierra de Atenas. Para ello mandaron a todos los otros aliados que se apercibiesen y estuvieran a punto lo más pronto que pudiesen, y proveyesen las dos partes de la armada.